Cinco rosarinos muy diferentes el uno del otro: Marcelo Jalil, gomero, camionero y sociólogo -54 años-, Emiliano Casal, trabador social para una fundación que defiende a las mujeres argentinas -37 años-, Jorge Mac Donal, dentista -39 años-, Paolo Cardozo, el químico -28 años- y yo, Santiago del Río, maestro de primaria -29 años-. Salimos de Rosario el 23 de diciembre, con ganas de hacer algo que rompiera con todos los moldes posibles sobr e lo que significan las vacaciones. Un mala costumbre anticanónica.
DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 22 DE DICIEMBRE DE 2007.
Ya tenemos vacunas, mochilas llenas. Todo está listo para la partida. Cumpleaños de Ceci, maestra de la Escuela Toba. Despedida de año con ellos.
DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 23 DE DICIEMBRE DE 2007.
Cecilia borracha. Pierde la dentadura postiza, que se la guarda Laura, su hija, en la heladera. Mucha alegría. «Si el vino viene, viene la vida», Horacio Guarany.
Los maestros y maestras lloramos cuando recordamos las cosas del año. Pobres niños tobas. Pobres niños. Niños pobres, y pobres niños, no como Juanito Laguna, que sólo era un niño pobre. Los sojeros matan a los niños tobas. La soja mata a los indígenas. Ellos están muertos en una ciudad como Rosario. Nosotros somos sus maestros, pero ellos nos enseñan a nosotros.
El maestro Pepe y el maestro Sergio me acompañan a la Terminal. Mucha emoción… llegan Paolo, Emiliano, Pato y Emi.
Nos vamos. Adiós Rosario a las 6:30 de la mañana. Nubes, rayos, tormenta. Llueve mucho.
Salimos de la provincia de Santa Fe.
En Pintos, Santiago del Estero, hace mucho calor. Uff…
Llegamos cerca de la una. Gente con calor. Con Paolo nos hacemos los vivos y nos ponemos al sol… la gente nos advierte de que es peligroso, y nos dicen que hay perros malos y sueltos. ¿?
El monte es enorme. Infinito. Gigante el monte. Calor traspasa vidrio del colectivo. Calefacción no sirve con el calor del chaco santiagueño. Pero las vaquitas son ajenas… que pena.
Llano… liso… para que uno grite y nadie oiga. Palos duros, distantes, que llevan cables.
Áspero.
En cada poste un cotorral. De tanto en tanto «pare, mire, escuche» ocultos por el óxido. Cruces de San Andrés se muestran en carteles de caminos polvorientos, perpendiculares a la ruta y a la vía que no ha dejado de copiarnos.
Hasta las nubes se desangran por el calor.
Artigas, Pigna, Bécquer, Borja. Nos acompañan unos cuantos, gritan desde adentro de los libros.
El monte es infinito. El chaco santiagueño es gigante.
Todo el mundo se volvió gigante. Ya no vemos el mundo desde arriba, desde el Google Earth. Desde adentro se ve infinito. Impenetrable.
Las nubes se desangran.
Vagones sueltos.
Cactus enormes. Sal. Aguadas remotas… muy remotas.
Vendo alfalfa. Casas del monte. Huaira muyo, Antonio Gil y los cotorrales.
La ruta 34 es hermosísima.
De la tormenta santafesina, sólo quedan tristes cúmulos de algodones pequeños que se juntarán, lejos, tal vez, para bendecir lugares muy distantes de aquí. Las nubes se desangran.
Ranchos pobres.
Desarmadero en el monte.
Dos caballos con las manos atadas agonizaban el calor a pequeños saltos.
14:30 y la siesta santiagueña.
Pasa el tiempo… sigue el monte.
Calor.
Las nubes se desangran.
EL protector de pantalla del DVD del micro rebota una marca contra los bordes del monitor. Pero el rebote jamás da en un vértice exacto. Siempre le pasa cerca por poco. Es como la hoja de Bécquer.
Hoja que del árbol seca
Arrebata el vendabal
Sin que nadie acierte el surco
Donde a caer volverá.
Creo que si algún día el chofer se olvidara de apagar el DVD, y la marca que rebota en el protector tocara un vértice de la pantalla, el mundo se acabará con todos sus seres en él.
La capital santiagueña nos encontró cantando «Sobre el puente carretero».
Una tormenta se empieza a formar cercana a la ciudad.
Saliendo de Santiago nos encontramos con un campo donde se cosechan bolsitas. Mugre.
Abrí los ojos en San Miguel de Tucumán. Son las 16:30.
En la Terminal, una chica quiso subir un perrito. Éste nervioso. Chofer enojado.
La chica prefirió bajarse y perder el colectivo.
Muy bellas las montañas, las nubes que vuelven a tener sangre y el atardecer.
Cena.
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Lejos, tierra al sur…
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Entramos en ese país por Villazón, la ciudad vecina a la Quiaca.
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Mujer Cholita y niña.
Gringos rumbo al mercado de Villazón.
A levantar la basura.
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De Villazón, en tren hasta Uyuni, donde pensábamos pasar la Navidad, que debió ser festejada arriba del ferrocarril debido a un desprendimiento de rocas en la montaña que nos mantuvo, pues, atorados por más de cinco horas junto a un precipicio.
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Tren a Uyuni.
Tupisa desde el tren.
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Una vez alcanzada la localidad de Uyuni, recorrimos el salar más grande del mundo.
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Niños del collado.
Salar graaaaande.
Modelos uruguayas, señalando la proeza de la muchacha ecuatoriana.
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Esa noche, nuevamente arriba del tren: hasta Oruro, la ciudad con mayor cantidad de iglesias del mundo. En Oruro, nos desviamos del recorrido habitual del turista -por error- pasándonos de largo la Mina del Socavón -una mascarita católica de lo que es la verdadera minería-, e introduciéndonos en las verdades cuevas, donde caminamos junto a los mineros por el interior de esas tenebrosas cuevas donde año tras año mueren decenas de hombres, mujeres y niños, todos trabajando de lo que a mí, personalmente, me pareció el trabajo más horroroso del todos los que he conocido. Los bolivianos son esclavos no sólo de esas terribles patronales, sino también de esa muerte que rápidamente los alcanza ahí adentro.
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Joven minero. ¿Cuántos años más?
Personas saliendo de los socavones salamanqueros.
Faldeo de Oruro.
Un horror… y algo tan bello…
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De Oruro a la Paz y el Alto: el ejido urbano más escalofriantemente majestuoso de Sudamérica. Dos millones de almas habitando un cráter gigantesco, al pie de dos gigantescos volcanes. La Paz es un monstruo de ruidos, smog y caos. Una maravilla que asusta tanto como se admira.
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Increíble.
Un poquito de lío. Ni Alejandro con su espada desata este «gordiano».
No me aguantaba las ganas.
La banda!!!!!
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Y entonces, después de conocer las ruinas de Tiawanacu y el lago Titi Caca, a bajar del altiplano. Partimos hacia las yungas por el Camino de la Muerte que une las ciudades de La Paz con Caranavi, la gran capital del monte, en las puertas del Amazonas.
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La cordillera al fonde, las yungas y la amazonia.
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Ruta de la muerte, desde nuestra cámara de fotos.
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Coroico, la ciudad más romántica de Bolivia.
Un rosarino dibujado en el colectivo.
Nuestro balconcito en Coroico.
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Llegamos el 31 de diciembre a Palos Blancos, en la comarca amazónica, donde decidimos pasar año nuevo. El primero de enero, de milagro, conseguimos un vehículo que nos llevara hasta Rurrenabaque, al pie de las sierras donde el río Alto Beni, un infierno de palos, remolinos y angostos de piedra, se vuelve el enorme afluente selvático que 1000 kilómetros más abajo se volverá el río Maderas.
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Caminando por Rurrenabaque.
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Sentí en Rurrenabaque un sentimiento de paz que jamás creí volver a encontrar; no sé si habrá sido por el aislamiento de esa ciudad respecto del resto del mundo -demoramos dos días en recorrer 150 kilómetros en auto-, si por estar a orillas del hermosísimo río Beni, o si esa paz llegaba por el hecho de compartir nuestros días con gente que se alternaba entre cambas -gente del llano-, coyas -de lo alto- y exejas -nómades de la selva-. Lo cierto es que jamás he encontrado paz de integridad como la que hallé en Rurre.
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Rurrenabaque urbano.
Angosto de Rurrenabaque.
Niños chamitas contentos.
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Entonces decidimos cómo seguiría el viaje. La idea era navegar unos días por el río, y comenzamos la búsqueda de una embarcación. Las salidas desde las empresas de turismo costaban unos veinte dólares por día, por persona, y el presupuesto se nos iba de las manos.
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A remar.
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Cuando llegaba la noche del día 3 de enero, dimos con la casa de los hermanos Pimentel: dos pescadores que tenían, amarrada a su rancho costero, una canoa vieja y semidestruida de doce metros de largo, hecha a partir de un tronco ahuecado de un árbol casi extinto llamado mara.
La tarde del 4 de enero nos encontró embarcados y a la deriva. Sabíamos que a unos 1000 kilómetros por agua, encontraríamos la ciudad de Riberalta, desde donde podríamos salir de la selva, y regresar a casa.
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Calor en el arroyo.
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La remada del primer día fue muy corta: la noche nos alcanzó rápidamente y nos detuvimos en una comunidad costera, donde la gente nos recibió con alimentos -pescado, fruta- y mucha alegría. Allí pudimos arreglar los agujeros más grandes de la canoa, y trocamos bienes por nuevas palas -remos- y brea para tapar futuros agujeros.
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Güilson es canalla.
El pintor.
Esta canoa está destruida.
Armemos rápido el rancho, que viene agua.
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Recién al tercer día pudimos dedicarnos a remar sin otra preocupación que el calor del sol, las sorpresivas tormentas del trópico o el hecho de tener que encontrar un lugar para hacer noche en la costa: el río venía en rápida crecida y arrastraba muchos palos. La fuerte corriente, y el miedo de que un tronco pudiera romper alguna de las podridas tablas que completaban el tronco ahuecado, nos limitaban en el horario de remo.
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Qué come el mono?
Qué come el hombre??
Qué comen los caimanes???
No sabés usar una navajita.
Te va a quedar una marca.
Te toco una zamba?
Ojo que puede haber víboras en el pasto.
Ahí voy.
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Nuestros campamentos alternaban entre comunidades que encontrábamos a orillas del río, o en las pequeñas limpiadas que escasamente aparecían en el monte. La selva es un lugar frío y oscuro, y muy pocas veces nos atrevimos a internarnos en ella: Hay muchas plantas con espinas, serpientes, tarántulas, y una especie de hormiga gigante cuya mordedura genera un dolor tan grande que es realmente intolerante. Me aconteció que una de ellas mordió mi pulgar izquierdo. Ay, Dios. Un dolor de muelas es una caricia al lado de la toxina de este bicho.
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Grande, el arbolito.
Queremos guineos!!!!
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En las comunidades hemos sido muy bien recibidos. Fuimos curados cuando estuvimos enfermos o heridos, alimentados cuando tuvimos hambre -en nuestra dieta aparecían las toronjas, papayas, monos, peces, cacao, almendras, bananas, chanchos salvajes-. Siempre fuimos bien recibidos. Nadie jamás nos faltó el respeto o nos quiso robar. Cuando estábamos en las ciudades nos hablaron muy mal de las aldeas que encontraríamos en la selva, pero fue todo lo contrario. Algunas veces nos sentíamos incómodos con la gran atención que recibíamos: a veces ellos nos miraban comer en silencio, sentándose alrededor nuestro y sin hablar; y otras veces nos recibían en su mesa, donde compartíamos los alimentos con toda una familia: la que «tuvo la fortuna» de habernos recibido. Los adultos se asombraban cuando nombrábamos a Ronald Raldes o al Che Guevara, y los niños se detenían por algunos minutos a meditar «qué éramos»: collas, chamitas -nómades- o gringos -como llamaban ellos a todos los extranjeros blancos-.
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Hermosas mujeres barracas.
Pasan un montón de palos.
No a Botnia ni a Alto Paraná. Papeleras de mierda.
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La remada continuaba cada mañana, después de un fuerte desayuno y unos ricos mates. Jamás se borrarán de nuestras mentes los rostros de los originarios probando por primera vez nuestra bendición amarga.
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Unos cimarrones vienen bárbaro.
Qué julepe. Acampemos en otro lado.
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La primer mitad del viaje mostraba un río muy meandroso y de costas bajas. Allí vimos muy poca gente y muy dispersa. La naturaleza mostraba su máximo esplendor en esos parajes. Hemos visto infinidad de monos, guacamayos; nos asombraron enormes caimanes y algunos árboles tan grandes que no podían ser abrazados ni entre todos lo tripulantes de la embarcación.
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La selva.
Descansito, por favor.
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A la segunda mitad del raid la realizamos en un paisaje de barrancas muy altas y comunidades muy grandes y organizadas. Era la comarca de las «barracas». Allí se vivía de la castaña: uno trabajos muy peligroso y sacrificado. Grandes empresas de terratenientes ambiciosos esclavizan a las familias mediante créditos «truchos» que las endeudan, y las obligan luego a recolectar la preciosa semilla de la almendra por el bosque. Toda la familia tiene que pasar días enteros en la selva para pagar las deudas contraídas en los meses donde no hay trabajo. El almendro en un gigantesco árbol de treinta metros que deja caer su coco entre enero y marzo, y recién ahí puede ser recolectado: una bala de cañón de un kilo que cae en picada y le da un «castañazo» al boliviano que encuentra debajo. Mucha gente muere cada año, durante la cosecha de la almendra.
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El árbol de castaña.
Un desayuno con masaco.
Siguen las almendras.
A la tarde es tan maravilloso.
Listos para seguir viaje. Esto se termina.
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Pasados dieciséis días de remo, llegamos a una ciudad llamada Riberalta. Regalamos la canoa y, cuando pensamos que el viaje estaba terminado, nos enteramos que las abundantes lluvias habían destruido el camino de regreso a Rurrenabaque por tierra.
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Para entrar en esta pieza tuvimos que ponernos la antitetánica.
Última vez que vimos a Arará: la canoa.
Nos vamos. Chau Bolivia.
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Las únicas formas de regresar no eran las previstas: embarcarnos en una balsa a motor y remontar el río Mamoré durante dos semanas hasta la capital departamental de Trinidad, a tres días de Rosario, o dar la vuelta larga por Brasil, rodeando a Bolivia y a Paraguay por el Mato Grosso, hasta llegar a Misiones.
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Esto no es telo, che. Vayan a otro lado.
La señor moja la vereda y el señor arregla cables de luz. Qué peligro!!
Los sojeros al ataque.
La obra de Cargill y Dreyfus, y por supuesto: de los terratenientes.
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El resultado: 60 horas arriba de tres colectivos, haciendo una escala en Cuiabá, donde conocimos Chapada dos Guimarães: el centro geográfico de Sudamérica.
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Escapándoles a los guardaparques?
Esto está buenísimo.
Qué maravilloso es el ombligo de América.
Lo que queda de Mato Grosso.
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Por supuesto, un día más de descanso en Puerto Iguazú para conocer las hermosas cataratas, y las 20 horas finales de regreso a Rosario.
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Las maravillosas cataratas.
Se forma un remanso en la costa.
Qué linda la selva misionera. Qué lástima que la papelera Alto Paraná y los sojeros la estén detruyendo.
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Tantos matices en sólo cuarenta días. Un viaje que jamás olvidaremos ni terminaremos de relatar.

































































































Los que se animan a levantar su voz