05
Jul
09

Niño y hombre

La noche.

Cuál será tu secreto, noche…
¿Acaso no estorbar la calma con
imágenes que sobran?
¿Acaso sólo traer voces nuevas de
las criaturas de la vigilia?
No lo sé…
me gusta la noche que
esconde mi rostro, mis odios;
que oculta este cuerpo corrompido de
tentaciones y pesadillas.

Pascual Gómez Santiago del Río

El río.

Cuál será el secreto del
serpentear largo.
Dónde me deja esta
curiyú dulzona que
me llama a andar sobre
su lomo lindo.
Algunos dicen que
lleva marcha paciente hacia
el mar enorme y lejano.
Otros,
que es custodia firme del
cunumí chiquito que le pide a
su piel un bocado de vida.

Chorlito

Ellos.

Niño y hombre nos vemos
sentados solos a su orilla,
esta noche.
Aquí la luna, menguada cual
machete afilado por
la chaira del Hacedor,
ha cortado en su salida a
esas nubes de un cielo que
amagó por horas tormentoso.
Niño y hombre solos.
A veces grita uno,
a veces calla el otro.
No sabemos si
nos acorrala el tiempo o
la crecida…
si los años pasan o
se nos cuelgan.
No conocemos el Cielo:
miramos hacia arriba de reojo y
no enaltecemos. No enaltecemos.
Miramos bajo.
Poco lo entendemos al río:
va, no nos mira, va, pasa,
permanece en remansos y
retoma su rumbo.
Niño y hombre le pedimos,
le damos, le quitamos y
ofrendamos, y éste
no hace más que ir.

Cazando vida con vida

Cara a cara.

Che cunumí. No seas tonto. El llanto lo enagria.
Usted me enseñó a llorar, che imaguaré. Cómo iba a saberme así, de grande. Lloro porque sé mi destino.
Ya te lo dijo el río que va… me doy cuenta. Qué lindas son las nubes cuando sale la luna.
Basta, viejo. Eso ya no te ilusiona como antes: cuando eras yo.

02
Jul
09

arara de mara 22-12-2007

Copia de arara de mara

 

Nota inicial:

Cada jueves se publicará de forma automática un día más en mi Diario de Viaje por la Amazonía Boliviana. Ésta es una publicación abierta, donde cualquiera puede participar y todo lo que se agregue y sume para enriquecer estos pobres textos será gratamente bienvenido.

 

Textos originales:

Santiago del Río.

Fotografías:

Marcelo Turco Jalil.
Jorge Pato Mac Donald.
Santiago del Río.

Integrantes:

Marcelo Turco Jalil.
Jorge Pato Mac Donald.
Paolo Chinchu Cardozo.
Emiliano Casal.
Santiago del Río.

 

« Entre lo que he registrado en mis cuadernitos se entremezclan pretéritos, según refieran a recuerdos, y presentes, que reflejan vivencias de aquel lejano momento. Nada de esto volverá, pero ya estamos listos para morir por haber visto lo que muy pocos…»

 

DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 22 DE DICIEMBRE DE 2007.

Ya tenemos las vacunas puestas y las mochilas llenas. Todo está listo para la partida… por fin empiezo a tener un poco de ansiedad por irme a otro país. Jamás he salido de la Argentina.

Pasaron varios meses desde que empezamos a armar esto. No sé cómo saldrá. La idea es alcanzar la amazonía boliviana para poder navegar en uno de sus ríos. Vimos, en los mapas y en el programa Google Earth, un río de nombre Beni. Vero, una conocida de Santa Cruz de la Sierra, nos dijo que no era buena idea porque el Beni es muy peligroso. Allá vamos. No llevamos mucho; lo puesto, una muda de ropa, un poco de dinero —entre Paolo y yo juntamos un poco más de 750 dólares—, dos cámaras de fotos digitales, documentos y algunos animalitos de barro para que nos ayuden con la suerte. Llevamos unos libritos, papel y lápiz y la Mal-encordada. Pato y Emi llevan un GPS y el Turco otra cámara de fotos.

Vacunando a Paolo Cardozo

Faltan algunas horas para la salida. Me despido de un grupo de gente con la que hace dos meses entablé un diálogo digital: la comunidad de la blogósfera. Me conecté a internet en noviembre. Gracias a mi cumpa Calixto Vergara pude hacerme un blog, que es como una página de internet gratuita para publicar lo que uno quiere y desde este espacio virtual difundir algunos textos que tenía guardados. Entre los amigos blogosféricos conocí a Catu: es colombiana y de Medellín. La convencí de que dejara al patético de su novio y nos fuéramos a recorrer el continente en dos motitos econos. Estuvo de acuerdo. Yo había sacado mi carnet para conducir, y ella me dijo que empezaría el curso para que en diciembre de 2008 partiéramos rumbo a la aventura. Qué bueno. Hubo mucho amor virtual (platónico, o como se diga) entre Catu y yo, y fue triste la despedida. Ella lloraba frente a su camarita web y yo abrazando un collar de palo de jabón que me regaló el maestro Abel Paredes, de una de las comunidades de desterrados Qom de Rosario.

Del Río consolando al vacunado Paolo

Mucho cambió en este 2007 en mi vida. Me mudé; terminé con una relación larga; compré una buena cámara de fotos; empecé mi militancia docente en las filas de las marchas; conocí gente no tan pelotuda; conocí a personas nefastas: una de ellas, una mujer indígena ladrona autoproclamada prócer, me denunció de abuso sexual y abandono de grado en su escuela y gracias a ello descubrí lo que un puntero es capaz de hacer cuando otro quiere abrirles los ojos de sus dependientes. 2007 es un año increíble en mi vida. Nunca pensé que iría al medio de un basural a buscar a mis alumnos, ni que vería a dos seres humanos peleándose por el plato de comida que una mujer dejara en la vereda de su casa para darle a algún perrito de la calle. Rosario 2007. Este año descubrí lo terrible de la soja transgénica y empecé a poner mis granos de arena contra el monocultivo. En este año elegimos a una mujer como nuestra presidente. Este año empezaron a no cerrar los números de Néstor Kirchner. Es un año durísimo…Este año llovieron 500 milímetros en una semana, se desbordó el Paraná, pero ya anuncian la sequía para el año que viene. Año raro para mí, que empiezo a desperezarme. Tal vez no lo sea para alguien que mira tele o que tiene más años despierto que yo, pero para mí es muy extraño.

jorge mac donald y emiliano casal

Ah… Y les hablaba de la maravillosa Catu. En eso raro que es el amor, dijimos que por qué no conocernos en persona… En el absurdo sueño romántico de los tortolitos que no se conocen decidimos que el encuentro debería ser en tierra neutral. Utilizando el Google Earth uní las ciudades de Medellín con Rosario: 4600 kilómetros de distancia. Busquemos un punto intermedio… 2300 kilómetros desde Rosario a Medellín…¿Podía ser de otra manera? La mitad de camino entre las dos ciudades me daba un punto entre las yungas y la amazonía boliviana en el departamento de La Paz, creo que sobre el Parque Nacional Madidi. El 26 de enero nos encontramos en Riberalta, le dije. Ella me dijo que podría ir. Ahora tengo que cumplir mi palabra con los chicos, de navegar el Río Beni, y también debo llegar a Riberalta antes del 26 de enero para encontrarme allí con Catu.

He apagado la computadora. Se la dejaré a mi madre hasta que regrese. Sigo escribiendo en mi casa, en el cuadernito de tapa azul.

preparando el viaje

Esta noche es el cumple de Ceci; lo festeja en la casa de su hija Laurita así que, desde ahí, me rajo para la Terminal.

Cumpleaños de Ceci, maestra de la Escuela Toba. Despedida de año de la escuela con ellos. No toda la escuela asistirá, porque los grupos de docentes están un poco divididos. Este año la he pasado bárbaro trabajando en la escuelita toba. Espero poder seguir trabajando ahí a pesar de las dificultades con esa gente: algunas personas son maravillosas y otros, ahí mismo, lucran y viven de las miserias que padecen nuestros alumnos…

He regado por última vez a mi flor sapo nocturna. Te dejo solita en el patio. Me voy… Ya me pasan a buscar.

01
Jul
09

Invirtiendo dinero

Mauricio Macri (PRO) hablando del excesivo gasto de campaña de Francisco de Narváez y dándole una lección a Pino Solanas sobre cómo cerrar buenos negocios.

29
Jun
09

No se arrima al fogón

La cicatriz que Iván Machado, el músico de Barrio Unión, luce en el costado izquierdo de su cara, es el recuerdo que le dejara una reyerta de noche de viernes. Ocurrió en la peña rosarina conocida como La Machadera, que funcionaba en el local de la Casa Paraguaya.

Machado estaba borracho y Néstor Renzi, su amigo artesano, le insistió en que subieran al escenario para cantar unas chacareras. El músico interpretaba los acordes de «De fiesta en fiesta», de Peteco Carabajal, al tiempo que Renzi la cantaba. Al concluir la canción, el público los abucheó en masa.

El músico alcanzó a distinguir, en una mesa larga, al grupo de chetos y chetas que empezaron con la silbatina. Así fue que, enojado y a pesar de su timidez, pidió a Renzi que bajara de la tarima y se adueñó del micrófono. Exigió silencio y habló:

—Fiero, tosco y desafinado es mi cantar de musiquero… No importa, me alcanza para cantar las penas que siento. Los años de guitarrero —comenzó a arpegiar entre acordes de la escala de sol mayor— me enseñaron que el imbécil, de mi voz, siempre se burla en su altanería de culto. En cambio el pobre… el humilde… él se consuela al oír mis letras; será tal vez por su situación doliente, o tal vez, porque sólo canto lumbres que intentan calmar los fríos de su alma. Hoy haré una excepción… —inició el rasguido—. Hoy le dedico mi canto al imbécil… al fulano agresivo que sólo puede hacer su crítica cuando se encuentra acompañado por los idiotas que lo vuelven arrogante y corajudo. Para ustedes —señaló a la mesa de quienes se burlaran instantes atrás—, que viven una peña folclórica como si fuera ésta una experiencia exótica; que los veo en la mesa de los reidores… para ustedes va esta doble .

(Primera)

Hay quien no canta y se ríe,
Que se burla del cantor,
Alegando desentonos
Justifica su razón.
Déjenlo al pobrecito
Si no se arrima al fogón.

Canta el grillo del ligustro,
Canta el sapo en el zanjón;
Cómo no cantamos juntos
Coplas que son tradición.
Déjenlo al pobrecito
Si no se arrima al fogón.

Le pregunto al viento pampa
Si conoce una canción:
Coplas del sauce en la brisa
Interpreta en sí mayor.
Déjenlo al pobrecito
Si no se arrima al fogón.

(Aura)

Vengan paisanos al coro,
Que vivan las chacareras.
Desafinen sin pudor
Zambas, guainos, chorrilleras .
Déjenlo al pobrecito
Si no se arrima al fogón.

(Segunda)

Me amonesta este fulano
Porque reprobé solfeo.
Me enseñó una garza mora
Una gaviota, un tero tero .
Déjenlo al pobrecito
Si no se arrima al fogón.

El alma pa’ echar raíces,
El corazón pa’ sentir,
Este garguero rasposo
Para cantarle al vivir.
Déjenlo al pobrecito
Si no se arrima al fogón.

Cuando se acaba la noche,
Cuando al este se ve el sol,
Al fulano le entró el sueño
Y el coro otro descorchó.
Déjenlo al pobrecito
Si no se arrima al fogón.

(Aura)

Vengan paisanos al coro,
Que vivan las chacareras.
Desafinen sin pudor
Zambas, guainos, chorrilleras.
Déjenlo al pobrecito
Si no se arrima al fogón.

Luego ocurrió la batalla. Más tarde llegó la policía. La peña fue clausurada durante más de tres meses y, a los miembros de la logia rosarina —el AKU—, ya no se les permitió el ingreso a la Casa Paraguaya.

26
Jun
09

Espejo de otros tiempos

 

 

Publicado por segunda vez, con algunas fotos del lugar donde transcurre la historia.

P1120283

En el reflejo de sus pupilas encontró el fuego: nacido, ardiendo, siendo el primero… el primero logrado después de la lluvia. Fuego después de horas de frío bajo el torrente que, según parecía, jamás detendría su caer de aguas, pero que pasó por fin.

Eran frente al ardido, momentos antes, en la humedad y el frío, dos ojos que se achinaban como rezándole a una fuerza que pudiera más que la física, y que pudiera hacer nacer bajo la paja seca, bajo las astillas a cuchillazos de palos secos, era leve luz roja que sería el origen de todo.

Ahí quedó Iván Machado cuando encendió su fuego. Feliz, más niño, más inquieto, más calmo. La nube pasó, descubrió que el sol existía y la claridad volvió a achinarle los ojos, ahora para ser Dios el Hacedor, ése que lograba despejar la tormenta y tener el fuego, y unos segundos más tarde su humildad lo hacía voltear, diminuto y obediente, su vista otra vez hacia el fuego… Iván Machado siempre agradecía. Entonces fue sólo una criatura más, en ese delta infinito, cuya única preocupación consistía en poder calentar agua para tomar unos mates.

El calor regresó y halló reparo a la media sombra de los toratays que también le dieran leña.
Meones Chicos (1)

Meones Chicos (1)

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Meones Chicos (1)

Meones Chicos (1)

Meones Chicos (1)

Aquel día, Iván Machado tuvo la intención de dar con el cerro que llaman El Durazno. Eligió el camino más corto: entrando por un arroyo al que la gente conoce por Meones Chicos, pero el hilo del agua por donde navegaba con su kayak se volvió carpeta de repollitos y luego camalotal, hasta que la tapia lo atoró ya adentrado. Empujándose con los brazos, fue corriendo plantas de camalotes hasta alcanzar un pequeño terraplén, que serviría de resguardo para esperar el paso de la tormenta que llegaba lentamente desde el pampero. La tormenta llegó, mojó, refrescó; pero pasó y volvió el calor.

Sobre el pequeño albardón encontró los arbolitos y, un poco más atrás, un pozo de agua cristalina de unos diez metros de diámetro —entran dos kayaks de largo, pensó—. Probó la hondura con el remo: la pendiente, que parecía no haberse afectado por la gran sedimentación de esa zona, bajaba abruptamente y el remo quedaba corto antes de dar con el fondo.

Cuando sacaba la pala del agua, descubrió su rostro en el reflejo de la laguna. Así se habrán conocido a sí mismos los chanás y los guaraníes, pensó. La nitidez de la imagen de su cara fue mejor a medida de que más se acercaba al agua. Fue más cerca, hasta que la exhalación de su nariz arruinaba de arrugas la mitad inferior de su reflejo. Entonces vio al Machado de antes: más joven, adolescente. El chico del reflejo miraba sus manos: dolían. Callos en la palma marcaban el inicio de cada dedo. El remo y la guitarra, por esos tiempos, sacaban esos endurecimientos tan dolorosos … Y así Machado, con su remo y mbaracá, con sus dolores bautismales, empezó a ver la luz, o al menos esa luz que fue calma para sus ansias, y que puso distancia y melodía a esa pena tan grande de ser «el amor» una dicha esquiva para su suerte.

El reflejo se adornó de ondas concéntricas, circulares, que fueron salando el agua inmediata a su rostro. Machado secó sus lágrimas.
Por qué veo esas imágenes en el reflejo lagunero, se preguntó. A pesar del calor y el sol que le apuntaba a la espalda, el joven músico permaneció junto al pozo.

Abrió los ojos nuevamente, decidido a permitirse descubrir mucho más del pajé jejehexahá. Detrás del reflejo, más arriba —o más abajo—, en una pequeña y última nube rezagada de la tormenta, encontró el rostro de una mujer; ella dejaba su especto de nube para volverse compañera de piragua. Ésta es la boca del Tuyango, explicaba Iván Machado; Laura Aznar, su compañera en el reflejo, admiraba esos paraísos tan cercanos a la urbe, y tan misteriosos y solitarios. Ahora vamos a entrar en la zanja del Caica, seguía explicando el músico. Creyó ver muy nítida la última escena, donde él se miraba desde arriba de un sauce por última vez con la mujer que amaba, momentos antes de que ella lo abandonara para siempre, aquel día en que Laura Aznar despertó y quiso volver a su mundo iluminado y confortable.

Las imágenes se borraban en un suspiro del pampero, y la pena que se había vuelto honda había alcanzado el lecho profundo y cristalino de la lagunita. Y quiso ver más… Tal vez guiando sus deseos podría hallar imágenes a voluntad. ¿Con qué otro lejano olvido podría tropezar en el reflejo de otros tiempos? Su primera barrenada sobre una gran ola; su primer rolido. Observó con atención, sin distraerse en admirar los canutillos rojos, ni los pinitos que formaban extensos bosques subacuáticos diminutos.

Calló las ansias y esperó… Observó… Estuvo atento… Quietud… Y entonces la sorpresa: la silueta de una enorme criatura fue volviéndose nítida a medida que ésta se acercaba a la superficie, con su enorme boca abierta y sus bigotes adelantados a la cabeza, como brazos que intentaban alcanzar al joven que se sobresaltaba junto a la laguna. Era un enorme manguruyú de bigotes largos… larguísimos.

Machado, asustado, saltó hacia atrás, tumbando la pava en el rescoldo y chamuscándose la piel de la palma de su mano derecha al caer sobre las brazas. Fue tal su exaltación que tardó unos segundos en identificar la quemadura.

Cómo habrá aparecido ese animal acá, se preguntó. Un manguruyú gigante en una lagunita. No puede ser. Es imposible. Recordó, mientras volvía hasta el borde para poner la mano quemada en el agua, una de las historias de su abuelo paraguayo:

«El manguruyú es el más grande de los bagres del río. Es un monstruo casi extinto que pulula aguas profundas y correntosas. Esa vez el río nos dio uno gigante, cerca de Encarnación.»

Meones Chicos (1)

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Con temeridad, Machado volvía a abrir los ojos frente a la laguna, y su rostro reflejado era el abuelo, que en cruza de criollo y guaraní, continuaba con la historia.

«Con mi hermano Pepe habíamos atado a un floripondio grande que había crecido en la barranca, una soga de media pulgada que robamos al barquito acopiador que dejamos ir a la deriva. Con una canoa nutriera llevamos, Paraná adentro, el anzuelo casero que medía casi una cuarta de largo, y que tenía el rulo y la traba hechas a martillazos y lima. Le habíamos ensartado un sábalo entero por el lomo.»

Y ya no era a su abuelo contando la historia lo que enseñaba el espejo del estanque, sino a los mismos hermanos preparando la trampa que los haría atrapar al pez grande. Machado observaba la escena como si estuviera a pocos metros de sus antepasados ya finados. La mano ya no le dolía.

«Un fierro oxidado era el muerto que lo sostenía contra la corriente. Esperamos mateando en la costa, y ya habían pasado como dos pavas enteras…»

Los ojos de Iván Machado ardían, pues el humo del fogoncito de su abuelo había llegado hasta sus ojos. No hizo tiempo para asombrarse de ese milagro, pues vio en el agua, en el floripondio también, el golpe del pez que prendía del anzuelo.

«Y pegó tan fuerte que hizo caer como cuatro campanones de la planta de donde habíamos sujetado la línea. Y duró la pelea. Tanto duró la pelea que llegó la noche y no habíamos podido sacar al manguruyú del agua.»

La noche lo sorprendió al joven kayakero, y ya no hubo más reflejo que el del lucero, que ese año se había acomodado al crepúsculo del ocaso.

Iván Machado no necesitó ver más; conocía el final de la historia. Hacia el amanecer, sus antepasados pudieron sacar al pescado que, por lo grande, cargaron sobre el lomo del caballito que los había traído hasta la costa. Caminaron casi toda la mañana hasta Cambyretá, y esa semana hubo gran fiesta en el pueblo: todos aplaudieron la exitosa pesca de los muchachitos. Hubo de todo: chupín, asado, empanadas. El abuelo Machado decía que habían sacado más de 60 kilos de pura carne.

Era cierto. En el pequeño espejo de agua se ocultaba un manguruyú gigante como el de los relatos de su abuelo. Iván Machado no pudo entender cómo fue que esa fiera había caído en tan pequeño espacio de agua.

Para la hora de los mosquitos, el joven músico aún no había juntado leña, así que tuvo que armar la carpa sin demora. Lo hizo sobre la parte más alta del albardón, sobre unos canutillos secos, con cuidado de no pisar mucho, pues son los lugares que prefieren las yararás para hacer el nido.

Machado se durmió en seguida. En los sueños de esa noche, el bagre sapo era una representación del Y Jara, sentado sobre un amontonamiento sumergido de brillantes trozos de nácar. Frente al soberano de las aguas, un ejército de cadáveres humanos de pie, cual imagen sumergida de la Terracota oriental, parecía esperar la orden del pirá guasú para iniciar un avance. Entre las estatuas quietas estaban sus viejos conocidos: Morotí con su valiosa pulsera; Pitá y su inocencia; la fea Anahí; el jefe Timbó antes de volverse árbol y aún apoyado de oreja al piso; Antonio Cruz que espera un nombre; el deforme que se transformaba en flamenco para atrapar mujeres; el negligente Carau y, también quieto entre los cadáveres, el solitario Iván Machado.

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Casi dos años después, para el verano de 2009, la bajante histórica volvió a encontrar al músico con el arroyo de los Meones Chicos. Esta vez no lo hizo solo, fue acompañado por Facundo Santoro, un poeta y ensayista literario que hacía las veces de mejor amigo y compañero de remadas y aventuras.

De aquel hermoso estanque de agua cristalina sólo quedaba un pozo casi seco: con sus aguas contaminadas por el orín y el excremento de vacas. Ni el mínimo rastro del gran pez. Pero su inquietud no cesó y, dos días después, entrando por otro arroyo —éste con agua—, dieron con el cerro El Durazno.
Pidieron permiso a Jorge Cáceres, el puestero del lugar, para pasar la noche sobre el terraplén alto, junto a su rancho.

A medias, esa noche, Machado logró contarle al islero la historia de lo ocurrido en el arroyo y el hombre, creyéndole y, al parecer, conociendo ese acontecimiento, les enseñó a los jóvenes kayakeros un tesoro que los dejó con la boca abierta.

A este cacharrito lo encontré haciendo un pozo para cavar este horcón, habló el hombre mientras les enseñaba el pedazo de una vasija india, adornada con dibujos grabados en el barro cocido. Y, efectivamente, un gran pez con bigotes larguísimos se veía claramente en el lateral del trozo. El animal emanaba destellos y pequeñas siluetas de animales más pequeños parecían rodearlo.

No importa que el río esté bajo y las lagunas secas, habló el puestero Cáceres; ese fantasma sigue ahí. El bagre sapo de los Meones jamás se ha ido.

 

Nota:
«Cuando el incrédulo se jacte de haberlo visto todo en el río, sepa que desconoce que la sangre marrón de la Gran Madre, aun intoxicada de pólvora y lucro, sigue guardando suspiros en leves clamores ahogados y pacientes. Las lagunas guardan reflejos que son visiones claras de esas distorsiones que nos pesan, aunque la mayoría sólo aprenda en ellas a desconocerse.
Yo amo a mi río y sigo oyendo sus lecciones que no acaban.»

Iván Machado.

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TAPA DEL LIBRO SANTIAGODELRIO Todos éstos están ahora atrapados en nuestro remanso costero:

«La caza es sólo una denominación cobarde para un asesinato especialmente cobarde de criaturas sin posibilidades. La caza es una forma secundaria de enfermedad mental humana». Teodoro Heuss.

A diferencia de los soldados, que en la mayoría de los casos tienen ante sí a un enemigo con iguales posibilidades, el cazador es especialmente cobarde: él dispara sólo cuando la víctima no se puede defender.

Que el hombre se atribuya el derecho de matar por diversión a seres vivos que sienten y que perciben el dolor igual que él, es algo absolutamente miserable.

Los cazadores futivos están acabando con la fauna nativa. No les sigas la fiesta a los matadores de carpinchos. Defendé nuestros recursos.

«El fuego quedó prendido, como testigo nuestro ... en silencio, contrarestrando los escopetazos de los bobos que todavía van a cazar algo cuando no necesitan de eso para vivir ... quitando una vida inutilmente.

Cuando era chico me gustaba cazar a mí también, hasta que traté que una perdiz levantara vuelo para tirarle y, como no subía a pesar de mis pisotones al suelo, al acercarme me di cuenta que tenía cría abajo ... nunca más le tiré con algo a un ser vivo.»

Capitán Martín Burbuja.

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