Todos con la bici… y el poncho…
Les voy a presentar un lugar mágico de la isla. Los Cuatro Gigantes que custodian la laguna de López (nosotros le llamamos la de Pascual). Les voy a mostrar cómo llegar allí, y cómo se oyen las voces de estos enormes colosos.
Primero es necesario alejarse de la urbe de cemento, cruzando el gigante de agua dulce.
Llegamos a la boca de la milonga, donde encontramos la casa de Pascual Gómez, un buen amigo de los kayakeros, y de todos los que aman el río, que lleva de puestero más de 40 años.
Pascual nos podrá contar maravillas sobre esos cuantro gigantes laguneros. Historias de ardidas, y reverdecidas que aprendió en su vida de islero.
Nos dejamos llevar por la corriente isla adentro. Que la isla nos conduzca a sus secretos y tesoros..
De tanto andar, daremos con el Pozo del Deseo —el pozo—, ahí donde se echan monedas de barro y se cumplen los tristes pedidos al amor, que son siempre oídos por el monte.
Una vez en el pozo…
…una disimulada entrada nos llevará al interior del monte de sauces, chilcas y alisos, ahí donde se inicia el camino a los cuatro gigantes.
El monte es un lugar fresco, oscuro, lleno de mosquitos y bello como sólo el Espíritu del Agua —Y Jara— puede imaginar y crear con depósitos de vida en sus sedimentos.
Es necesario internarse en lo más profundo del monte para alcanzar el objetivo. Podremos permanecer allí semanas, meses, segundos —los relojes de poco valen en su espesura— sin encontrar el camino apropiado. Y no es que uno pierda su rumbo. El monte nos atrapa con su encanto de crespines y zorzales.
Una vez superado el alisal, podremos distinguir a los cuantro gigante en la enorme lejanía lagunera. Habrá que pensar cómo atravezar esta impenetrable y casi infinita tapia.
Pero el río es sabio. Siempre da a quien lo ama. Es cierto que el dios del agua no es poderoso como el de los hombres, pero tiene sus recursos para ayudar a quien lo cuida y acaricia.
Y allá vamos… Al albardón aislado y mágico de los cuatro gigantes.
No hay belleza que no se presente delante de quien ama al río y a sus criaturas: maravillosos hormigueros flotantes…
…vida miniatura que llana en voces pequeñas desde la superficie lagunera…
…pinitos que enseñan una maravilla asomada en la superficie, pero que…
…esconden bosques enteros sumergidos, refugio de mojarras y sabalitos.
Allí es donde el afinar de ojos descubre la belleza más discreta…
…donde los pequeños alados nos vendrán a besar la piel sudada y…
…donde las bestias nos mostrarán que, en su torpeza, también se descubren matices que no contrastan con la magia de la laguna.
Entonces daremos con ellos. Los Cuatro Grandes Laguneros:
Cuatro enormes árboles de timbó que se levantan por sobre todos sus pares, que desde su altura vigilan que el agua se reparta por todas las lagunas de igual manera, que les cuentan a sus hermanos las historias más viejas del río, que reparan a los indefensos animales en sus altas copas, a salvo de las quemadas y las crecidas.
Los Gigantes, aun, guardan a los pobres humanos que buscamos la paz de la noche, que nos alejamos para no oír motores ni escopetas.
Y lo más maravilloso de los gigantes… allí la vida abunda y no le teme al hombre, pues los depredadores por diversión no pueden entrar con sus motores y reflectores. ¡¡¡Viva la vida!!!! Miren lo que es este lugar.
Viva la vida. Vivan los Cuantro Gigantes Laguneros.
Defendé el río. Defendé lo nuestro. Si todos conocemos lo que tenemos enfrente, entonces los multiplicadores del dinero y del dolor no van a poder seguir haciendo sus chanchadas.
Somos el río. Amamos el río. Enseñemos a los nuestros que ese paraíso que se pierde no es una pampa ganadera ni un lugar para ir a matar por diversión.
No nos conformamos con que tengamos unas costas lindas, verdes, tranquilas… Queremos recuperar nuestros tesoros perdidos. Queremos la reserva natural. Queremos recuperar el yacaré, el carpincho y la curiyú.
El Crespín
«Cuando uno ha visto a un chiquilín reírse a las dos de la mañana como un loco, con una fiebre de cuarenta y dos grados, mientras afuera ronda un yasiyateré, se adquiere de golpe sobre las supersticiones ideas que van hasta el fondo de los nervios.»; Horacio Quiroga.
Horacio Quiroga… loco, genio, suicida.
Esto aconteció durante un fin de semana del verano de 2003. Juan Olivera, el profesor de canotaje, Fabián Trevisanut, el técnico en seguridad, y Kiara Osorio, la bella estudiante de lingüística, salieron a remar un sábado de mucho calor rumbo al Paso Destilería, un brazo del Paraná que se define entre las localidades de Capitán Bermúdez y Rosario, pero un súbito temporal imposibilitó el retorno a la guardería. Debieron quedarse a acampar.Hacia la medianoche el viento amainó, pero ya era muy tarde para volver. El calor, con su manto de humedad, cubrió nuevamente al paisaje islero.Cuando se acostaron, al apagarse las últimas brasas, un ave inició su canto desde uno de los sauces que estiraba sus ramas por sobre la carpa.
Pi pii…
A los pocos segundos —tres o cuatro— otra vez.
Pi pii…
Ninguno de los tres habló, es normal que las aves canten en las noches estivales.
Pi pii…
No le dieron mayor importancia y se acomodaron. Osorio ubicó su hamaca enrollada debajo de su cabeza, Trevisanut acomodó la bolsa de dormir bajo su cuerpo, Olivera se echó sobre su aislante. Hablaron tonterías por un rato, y al fin se dijeron las buenas noches.
Pi pii…
Afuera seguía la criatura.
Pi pii…
Kiara Osorio ya contaba los segundos entre trino y trino.
Pi pii…
—¡Qué pájaro! ¿Qué es ese bicho? —preguntó nerviosa.
—Un crespín —explicó Olivera—. El que llora en las canciones del monte.
Pi pii…
—Habría que salir afuera y tirarle un piedrazo.
Se taparon los oídos con los protectores que el técnico en seguridad industrial traía en su kayac. —Lo que pasa —explicó Trevisanut— es que, cada vez que venimos con mi hermano y mi primo a la isla, estamos toda lo noche de joda y cuando me quiero acostar, que ya es de día, empiezan a cantar todos los pajaritos, y me vuelven loco… Por eso traigo los tapones.
Pi pii…
El canto no acababa y los protectores apenas si disminuían el trino.
—¡Ah! Yo voy afuera —salió Olivera enojado, casi desnudo, y comenzó a arrojar, apuntando a las partes altas de los árboles, las leñas secas que habían quedado sin quemar bajo el alero de la carpa. El ave hizo silencio.
—¿Le diste? —preguntó Trevisanut.
—No… Ni idea dónde estaba, pero se ve que se asustó.Los tres, totalmente exhaustos, cerraron los ojos y trataron de dormir. Pasaron algunos minutos. Fabián Trevisanut ya comenzaba a roncar.
Pi pii…
—La puta que lo parió —la estudiante de lingüística hizo uso del idioma.Dejaron de hablar, sólo se taparon los oídos y trataron de dormir.
Pi pii…
—Es como una gota de agua que te cae en la frente —se quejó Olivera—: es una tortura.Pero por fin el cansancio fue más fuerte y el manto de oscuridad, suavemente, cayó sobre los ojos para velar el discernimiento.Apareció la criatura extraña y me miró de frente, primero con desprecio y luego, al verme indefensa y sin armas, con algo de lástima. Era misterioso, morocho y de cara ancha. De muy baja estatura y, lo más extraño, sus tobillos parecían estar doblados en 180 grados cada uno, como si le hubieran retorcido los pies.Qué extraño Golem fabrica mi inconsciente mientras intento conciliarme con el sueño. En mi cabeza aún sigue trinando, en un intervalo constante de tiempo, el fatídico crespín.
Somos barro, arena y somos raíz;
De la tierra despertamos…
Nos hacen las sales del suelo,
El agua mansa de los riachos
Y las fibras de los árboles.
Somos carne de animales
Que ceden su andar para
Darnos un cuerpo.
La tierra nos da sus frutos
Y el Gran Espíritu nos presta un alma.
Alguien alguna vez pensó estas palabras. Seguramente ya la habrán filosofado muchos otros antes que yo pero, después de tantos siglos, esta criatura me pide plasmarlas en una cama eterna, que sea condena de aquellos pensamientos que llegan a morir en su lecho justo en el momento en que son dados a la luz.
Esa extraña criatura me habló de las cosas de antaño.
Vos, que sos extranjera
Hasta la centenaria heredad,
¡Hasta que llegue otro más fuerte!
Vos, la de la casa caliente
Y la mirada fría…
Vos, que necesitaste asesinar al Hijo
Para poder sentir la culpa…
Vos, vos sos bienvenida.
Pero dale luz a mis palabras,
Que sólo fueron oídas por los historiadores
Para la estadística del museo
O como musa de algún poeta mediocre,
Porque tu historia fue hecha feriados
Y la nuestra: sólo museos y leyendas.
Y sabé, cara pálida,
Que uno solo es el lenguaje de la tierra
Y no fue babelizado,
Dice así, cada vez que te habla:
Vos, quedate
Para hacer más fértil
El suelo que te fuera nido.
Kiara Osorio; enero de 2003.
A la mañana siguiente los tres lucían enormes ojeras. Con ayuda de unas pajas secas prendieron el fuego y hablaron sobre el ave que se había posado en alguna rama, por encima de la carpa.
—Casi no pegué un ojo —dijo Trevisanut.
—Yo —agregó Olivera— soñé que perdía todo el habla y sólo podía decir Pi pii, quería comunicarme con mi mamá y sólo emitía un Pi pii. Ella lloraba porque pensaba que yo había perdido la cordura. Después aparecían mi papá y mis hermanos y todo seguía igual.
—Lo mío —habló Branda Osorio— fue extraño. No sé… Cuando llegue a casa voy a ponerme a repasar algunas historias del litoral. Anoche soñé que un duende me pedía que escribiera cosas.
Oh, crespín misterioso que te apareces en los veranos litoraleños. El canto del crespín.
Paraná Arriba
PARANÁ ARRIBA


La pala entra afilada,
como un Arbolito pasado por
la chaira más noble.
Abre un tajo pequeño sobre
el lomo del gigante,
y una empujada hacia atrás
forma el remolino que se extravía en
la profundidad oscura del manso en deriva.
Un poco más…
La costa ha pasado de
un arenal que alejaba del terraplén,
a la barranca viva que
desarma su rompecabezas lentamente y para siempre,
y voy buscando alivio en
el remanso que tire al remonte.
En cada banda del aluvión las tapias,
que ensordecen en su chillido,
copian las suaves ondas de
ese norte que las hace flamear como
un gigantesco pañuelo verde.
Cuando el sauce baja en sombra,
el bote encuentra calma por
pocos minutos en su fresca y verde galería,
ocupada por el martín pescador, que atento,
espera el descuido de mojarras que
enseñen algún brillo de lomo al ras del agua.
Duelen a los ojos el pasar de horas mirando costas,
buscando criaturas que
interrumpan la monotonía del
barro, la arena y la vida vegetal.
Los párpados pesan, y
en cada velo de la vista
el dios de las aguas grita en
norte y sopla en un olor a
sauce, a paico, a salvia,
y dejamos de ver…
y el resto de nuestros sentidos sigue vivo,
y el Paraná sigue llamando,
celoso de la impercepción,
que al ruido del viento y del zorzal,
le pueda hacer el
raspar del remo contra la cubierta.
Arremete en celos contra
el olor al sudor del cuerpo,
y ataca en verde que aroma todo,
en el constante despedir de sus plantas.
Ahora el bote pasa junto a un ceibo en flor,
y una fragancia llega,
como un fantasma,
y se aleja para siempre;
detengo el kayak para volver a olerlo,
pero ya se ha ido y
ya me ha cautivado,
y ya no volverá.
Los olores en el río son eso que pasa,
que no vuelve,
y no un hedor constante que
se estaciona hasta
el final de la descomposición.
Llega el final del domingo y
hay que volver.
Todo lo que fue
el Paraná arriba
ha quedado atrás.
La deriva prescinde de
ciertos matices.
Por eso me gusta ir remontando.
Facundo Santoro, diciembre de 2003.











































Los que se animan a levantar su voz