14
May

A remo por la Amazonia Boliviana (actualizando de a poco días 22 y 23 de diciembre)

Cinco rosarinos muy diferentes el uno del otro: Marcelo Jalil, gomero, camionero y sociólogo -54 años-, Emiliano Casal, trabador social para una fundación que defiende a las mujeres argentinas -37 años-, Jorge Mac Donal, dentista -39 años-, Paolo Cardozo, el químico -28 años- y yo, Santiago del Río, maestro de primaria -29 años-.  Salimos de Rosario el 23 de diciembre, con ganas de hacer algo que rompiera con todos los moldes posibles sobr e lo que significan las vacaciones. Un mala costumbre anticanónica.

 

DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 22 DE DICIEMBRE DE 2007.

 

Ya tenemos vacunas, mochilas llenas. Todo está listo para la partida. Cumpleaños de Ceci, maestra de la Escuela Toba. Despedida de año con ellos.

 

VacunadaSufriendo los pinchazos

 

DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 23 DE DICIEMBRE DE 2007.

 

Cecilia borracha. Pierde la dentadura postiza, que se la guarda Laura, su hija, en la heladera. Mucha alegría. «Si el vino viene, viene la vida», Horacio Guarany.

Los maestros y maestras lloramos cuando recordamos las cosas del año. Pobres niños tobas. Pobres niños. Niños pobres, y pobres niños, no como Juanito Laguna, que sólo era un niño pobre. Los sojeros matan a los niños tobas. La soja mata a los indígenas. Ellos están muertos en una ciudad como Rosario. Nosotros somos sus maestros, pero ellos nos enseñan a nosotros.

El maestro Pepe y el maestro Sergio me acompañan a la Terminal. Mucha emoción… llegan Paolo, Emiliano, Pato y Emi.

 

En la terminal de Rosario

 

Nos vamos. Adiós Rosario a las 6:30 de la mañana. Nubes, rayos, tormenta. Llueve mucho.

Salimos de la provincia de Santa Fe.

En Pintos, Santiago del Estero, hace mucho calor. Uff…

En el sol de Pintos

 Llegamos cerca de la una. Gente con calor. Con Paolo nos hacemos los vivos y nos ponemos al sol… la gente nos advierte de que es peligroso, y nos dicen que hay perros malos y sueltos. ¿?

El monte es enorme. Infinito. Gigante el monte. Calor traspasa vidrio del colectivo. Calefacción no sirve con el calor del chaco santiagueño. Pero las vaquitas son ajenas… que pena.

Llano… liso… para que uno grite y nadie oiga.  Palos duros, distantes, que llevan cables.

Áspero.

En cada poste un cotorral. De tanto en tanto «pare, mire, escuche» ocultos por el óxido. Cruces de San Andrés se muestran en carteles de caminos polvorientos, perpendiculares a la ruta y a la vía que no ha dejado de copiarnos.

Hasta las nubes se desangran por el calor.

Artigas, Pigna, Bécquer, Borja. Nos acompañan unos cuantos, gritan desde adentro de los libros.

El monte es infinito. El chaco santiagueño es gigante.

Todo el mundo se volvió gigante. Ya no vemos el mundo desde arriba, desde el Google Earth. Desde adentro se ve infinito. Impenetrable.

Las nubes se desangran.

Vagones sueltos.

Cactus enormes. Sal. Aguadas remotas… muy remotas.

Vendo alfalfa. Casas del monte. Huaira muyo, Antonio Gil y los cotorrales.

La ruta 34 es hermosísima.

De la tormenta santafesina, sólo quedan tristes cúmulos de algodones pequeños que se juntarán, lejos, tal vez, para bendecir lugares muy distantes de aquí. Las nubes se desangran.

Ranchos pobres.

Desarmadero en el monte.

Dos caballos con las manos atadas agonizaban el calor a pequeños saltos.

14:30 y la siesta santiagueña.

Pasa el tiempo… sigue el monte.

Calor.

Las nubes se desangran.

EL protector de pantalla del DVD del micro rebota una marca contra los bordes del monitor. Pero el rebote jamás da en un vértice exacto. Siempre le pasa cerca por poco. Es como la hoja de Bécquer.

 

Hoja que del árbol seca

Arrebata el vendabal

Sin que nadie acierte el surco

Donde a caer volverá.

 

Creo que si algún día el chofer se olvidara de apagar el DVD, y la marca que rebota en el protector tocara un vértice de la pantalla, el mundo se acabará con todos sus seres en él.

 

La capital santiagueña nos encontró cantando «Sobre el puente carretero».

Una tormenta se empieza a formar cercana a la ciudad.

Saliendo de Santiago nos encontramos con un campo donde se cosechan bolsitas. Mugre.

Puente carretero

 

Abrí los ojos en San Miguel de Tucumán. Son las 16:30.

En la Terminal, una chica quiso subir un perrito. Éste nervioso. Chofer enojado.

La chica prefirió bajarse y perder el colectivo.

Muy bellas las montañas, las nubes que vuelven a tener sangre y el atardecer.

Cena.

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Lejos, tierra al sur…

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Entramos en ese país por Villazón, la ciudad vecina a la Quiaca.

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Mujer Cholita y niña.

Gringos rumbo al mercado de Villazón.

A levantar la basura.

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De Villazón, en tren hasta Uyuni, donde pensábamos pasar la Navidad, que debió ser festejada arriba del ferrocarril debido a un desprendimiento de rocas en la montaña que nos mantuvo, pues, atorados por más de cinco horas junto a un precipicio.

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Tren a Uyuni. 

Tupisa desde el tren.

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Una vez alcanzada la localidad de Uyuni, recorrimos el salar más grande del mundo.

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Niños del collado.

Salar graaaaande.

Modelos uruguayas, señalando la proeza de la muchacha ecuatoriana.

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Esa noche, nuevamente arriba del tren: hasta Oruro, la ciudad con mayor cantidad de iglesias del mundo. En Oruro, nos desviamos del recorrido habitual del turista -por error- pasándonos de largo la Mina del Socavón -una mascarita católica de lo que es la verdadera minería-, e introduciéndonos en las verdades cuevas, donde caminamos junto a los mineros por el interior de esas tenebrosas cuevas donde año tras año mueren decenas de hombres, mujeres y niños, todos trabajando de lo que a mí, personalmente, me pareció el trabajo más horroroso del todos los que he conocido. Los bolivianos son esclavos no sólo de esas terribles patronales, sino también de esa muerte que rápidamente los alcanza ahí adentro.

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Joven minero. ¿Cuántos años más?

Personas saliendo de los socavones salamanqueros.

Faldeo de Oruro.

Un horror… y algo tan bello…

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De Oruro a la Paz y el Alto: el ejido urbano más escalofriantemente majestuoso de Sudamérica. Dos millones de almas habitando un cráter gigantesco, al pie de dos gigantescos volcanes. La Paz es un monstruo de ruidos, smog y caos. Una maravilla que asusta tanto como se admira.

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Increíble.

Un poquito de lío. Ni Alejandro con su espada desata este «gordiano».

 

 

No me aguantaba las ganas.

La banda!!!!!

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Y entonces, después de conocer las ruinas de Tiawanacu y el lago Titi Caca, a bajar del altiplano. Partimos hacia las yungas por el Camino de la Muerte que une las ciudades de La Paz con Caranavi, la gran capital del monte, en las puertas del Amazonas.

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La cordillera al fonde, las yungas y la amazonia.

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Ruta de la muerte, desde nuestra cámara de fotos.

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Coroico, la ciudad más romántica de Bolivia. 

Un rosarino dibujado en el colectivo. 

Nuestro balconcito en Coroico.

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Llegamos el 31 de diciembre a Palos Blancos, en la comarca amazónica, donde decidimos pasar año nuevo. El primero de enero, de milagro, conseguimos un vehículo que nos llevara hasta Rurrenabaque, al pie de las sierras donde el río Alto Beni, un infierno de palos, remolinos y angostos de piedra, se vuelve el enorme afluente selvático que 1000 kilómetros más abajo se volverá el río Maderas.

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Caminando por Rurrenabaque.

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Sentí en Rurrenabaque un sentimiento de paz que jamás creí volver a encontrar; no sé si habrá sido por el aislamiento de esa ciudad respecto del resto del mundo -demoramos dos días en recorrer 150 kilómetros en auto-, si por estar a orillas del hermosísimo río Beni, o si esa paz llegaba por el hecho de compartir nuestros días con gente que se alternaba entre cambas -gente del llano-, coyas -de lo alto- y exejas -nómades de la selva-. Lo cierto es que jamás he encontrado paz de integridad como la que hallé en Rurre.

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Rurrenabaque urbano.

Angosto de Rurrenabaque. 

Niños chamitas contentos.

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Entonces decidimos cómo seguiría el viaje. La idea era navegar unos días por el río, y comenzamos la búsqueda de una embarcación. Las salidas desde las empresas de turismo costaban unos veinte dólares por día, por persona, y el presupuesto se nos iba de las manos.

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Saliendo de Rurre

A remar.

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Cuando llegaba la noche del día 3 de enero, dimos con la casa de los hermanos Pimentel: dos pescadores que tenían, amarrada a su rancho costero, una canoa vieja y semidestruida de doce metros de largo, hecha a partir de un tronco ahuecado de un árbol casi extinto llamado mara.

La tarde del 4 de enero nos encontró embarcados y a la deriva. Sabíamos que a unos 1000 kilómetros por agua, encontraríamos la ciudad de Riberalta, desde donde podríamos salir de la selva, y regresar a casa.

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Calor en el arroyo.

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          La remada del primer día fue muy corta: la noche nos alcanzó rápidamente y nos detuvimos en una comunidad costera, donde la gente nos recibió con alimentos -pescado, fruta- y mucha alegría. Allí pudimos arreglar los agujeros más grandes de la canoa, y trocamos bienes por nuevas palas -remos- y brea para tapar futuros agujeros.

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Güilson es canalla.

Decorando la canoa

El pintor.

Arreglando la canoa

Esta canoa está destruida.

Rápido que viene el agua

Armemos rápido el rancho, que viene agua.

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Recién al tercer día pudimos dedicarnos a remar sin otra preocupación que el calor del sol, las sorpresivas tormentas del trópico o el hecho de tener que encontrar un lugar para hacer noche en la costa: el río venía en rápida crecida y arrastraba muchos palos. La fuerte corriente, y el miedo de que un tronco pudiera romper alguna de las podridas tablas que completaban el tronco ahuecado, nos limitaban en el horario de remo.

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Qué come el mono?

Qué come el hombre??

Qué comen los caimanes???

No sabés usar una navajita.

Te va a quedar una marca.

Te toco una zamba?

Ojo que puede haber víboras en el pasto. 

Contra el aburriemiento

Ahí voy.

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Nuestros campamentos alternaban entre comunidades que encontrábamos a orillas del río, o en las pequeñas limpiadas que escasamente aparecían en el monte. La selva es un lugar frío y oscuro, y muy pocas veces nos atrevimos a internarnos en ella: Hay muchas plantas con espinas, serpientes, tarántulas, y una especie de hormiga gigante cuya mordedura genera un dolor tan grande que es realmente intolerante. Me aconteció que una de ellas mordió mi pulgar izquierdo. Ay, Dios. Un dolor de muelas es una caricia al lado de la toxina de este bicho.

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Grande, el arbolito.

Queremos guineos!!!!

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En las comunidades hemos sido muy bien recibidos. Fuimos curados cuando estuvimos enfermos o heridos, alimentados cuando tuvimos hambre -en nuestra dieta aparecían las toronjas, papayas, monos, peces, cacao, almendras, bananas, chanchos salvajes-. Siempre fuimos bien recibidos. Nadie jamás nos faltó el respeto o nos quiso robar. Cuando estábamos en las ciudades nos hablaron muy mal de las aldeas que encontraríamos en la selva, pero fue todo lo contrario. Algunas veces nos sentíamos incómodos con la gran atención que recibíamos: a veces ellos nos miraban comer en silencio, sentándose alrededor nuestro y sin hablar; y otras veces nos recibían en su mesa, donde compartíamos los alimentos con toda una familia: la que «tuvo la fortuna» de habernos recibido. Los adultos se asombraban cuando nombrábamos a Ronald Raldes o al Che Guevara, y los niños se detenían por algunos minutos a meditar «qué éramos»: collas, chamitas -nómades- o gringos -como llamaban ellos a todos los extranjeros blancos-.

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Muejeres barracas y emi

Hermosas mujeres barracas.

desde la barraca

Pasan un montón de palos.

no a las papelertas

No a Botnia ni a Alto Paraná. Papeleras de mierda.

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La remada continuaba cada mañana, después de un fuerte desayuno y unos ricos mates. Jamás se borrarán de nuestras mentes los rostros de los originarios probando por primera vez nuestra bendición amarga.

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Unos cimarrones vienen bárbaro.

Qué julepe. Acampemos en otro lado.

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La primer mitad del viaje mostraba un río muy meandroso y de costas bajas. Allí vimos muy poca gente y muy dispersa. La naturaleza mostraba su máximo esplendor en esos parajes. Hemos visto infinidad de monos, guacamayos; nos asombraron enormes caimanes y algunos árboles tan grandes que no podían ser abrazados ni entre todos lo tripulantes de la embarcación.

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Hermoso Amazonas

La selva.

Descansito

Descansito, por favor.

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         A la segunda mitad del raid la realizamos en un paisaje de barrancas muy altas y comunidades muy grandes y organizadas. Era la comarca de las «barracas». Allí se vivía de la castaña: uno trabajos muy peligroso y sacrificado. Grandes empresas de terratenientes ambiciosos esclavizan a las familias mediante créditos «truchos» que las endeudan, y las obligan luego a recolectar la preciosa semilla de la almendra por el bosque. Toda la familia tiene que pasar días enteros en la selva para pagar las deudas contraídas en los meses donde no hay trabajo. El almendro en un gigantesco árbol de treinta metros que deja caer su coco entre enero y marzo, y recién ahí puede ser recolectado: una bala de cañón de un kilo que cae en picada y le da un «castañazo» al boliviano que encuentra debajo. Mucha gente muere cada año, durante la cosecha de la almendra.

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Atardecer en la selva

El árbol de castaña.

Desayuno

Un desayuno con masaco.

Árbol de castaña (almendro)

Siguen las almendras.

El Amazonas

A la tarde es tan maravilloso.

La canoa

Listos para seguir viaje. Esto se termina.

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Pasados dieciséis días de remo, llegamos a una ciudad llamada Riberalta. Regalamos la canoa y, cuando pensamos que el viaje estaba terminado, nos enteramos que las abundantes lluvias habían destruido el camino de regreso a Rurrenabaque por tierra.

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Para entrar en esta pieza tuvimos que ponernos la antitetánica.

Última vez que vimos a Arará: la canoa.

Nos vamos. Chau Bolivia.

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Las únicas formas de regresar no eran las previstas: embarcarnos en una balsa a motor y remontar el río Mamoré durante dos semanas hasta la capital departamental de Trinidad, a tres días de Rosario, o dar la vuelta larga por Brasil, rodeando a Bolivia y a Paraguay por el Mato Grosso, hasta llegar a Misiones.

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Esto no es telo, che. Vayan a otro lado. 

La señor moja la vereda y el señor arregla cables de luz. Qué peligro!! 

Los sojeros al ataque.

La obra de Cargill y Dreyfus, y por supuesto: de los terratenientes.

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El resultado: 60 horas arriba de tres colectivos, haciendo una escala en Cuiabá, donde conocimos Chapada dos Guimarães: el centro geográfico de Sudamérica.

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Escapándoles a los guardaparques?

Esto está buenísimo.

Qué maravilloso es el ombligo de América.

Lo que queda de Mato Grosso.

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Por supuesto, un día más de descanso en Puerto Iguazú para conocer las hermosas cataratas, y las 20 horas finales de regreso a Rosario.

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Las maravillosas cataratas.

 

Se forma un remanso en la costa.

Qué linda la selva misionera. Qué lástima que la papelera Alto Paraná y los sojeros la estén detruyendo.

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Tantos matices en sólo cuarenta días. Un viaje que jamás olvidaremos ni terminaremos de relatar.

 

 

 

 

 

 

 

14
May

El lado sombreado de las hojas

El sol invernal en los arroyos muestra todo el tiempo el destello inagotable del lado sombreado de las hojas…

Un beneficio, el tiempo estival, que sólo puede verse en los minutos del ocaso.

Para verlo hay que llegarse hasta los montes de yuyo negro y salvia; ésos que no pueden matar las heladas. Esos son los albardones que todo el tiempo nos enseñan el destello inagotable del lado sombreado de las hojas.

El invierno tiene esos pequeños deleites. El monte tiene estos pequeños secretos.

 

 

 

 

 

12
May

El alumno

El alumno

 

 

 

 

 

             Muchas historias del río parecen encerradas en la nostalgia de un tiempo imaguaré, cuando los sapukais rompían el silencio del monte, o cuando el yacaré era el señor de los esteros. Aun así, y como es mi intención destacar, todavía se suceden maravillosas anécdotas que dejan entrever que el tiempo de la mística sigue marchando, que las letras chamameceras, las canciones y las leyendas litoraleñas, todavía tienen motivo de inspiración, si queremos que nuestra traza siga adelante.

Remando por el Paso Destiler�a

            Es cierto que las islas aún guardan misterios ocultos. Pero cada vez menos nos atormenta el llanto del crespín o las apariciones del carpincho blanco. Ocurre que las nuevas historias incluyen lozanas y renovadoras musas, muy distantes de aquellos mitos. Hoy, decenas de narraciones cantan al hombre perseguido que escapó de Coronda, a la venganza de las gatas peludas que avanzan río abajo, o al ecosonda que encuentra la silueta de un monstruo semienterrado en las profundidades del canal.

Regata esperando que llegue el viento

            A pesar de todos estos cambios, la tradición litoraleña nos estimula a mantener vivas las letras de nuestros viejos poetas. Así, las «Monedas de Sol» de Chacho Müller brillan con el mismo esplendor de antaño, y la «Canción de Cuna Costera» de Linares Cardozo sigue durmiendo al gurí que sueña con ser pescador. Pero debemos saber que el nuevo hombre también ha llegado al delta, ha visto con sus ojos color cemento y, a golpes de aire puro, ha matizado también su río. Ahora distingue un curupí de un aliso, un remanso de una corredera[i], un moncholo de un patí, un dos hileras de un bandoneón. Las obras nuevas abren las puertas a quienes disfrutamos de la prosa y el canto, renacidas del puesto vacante que dejaran nuestros viejos poetas.

Izando el estandarte

             Intentando hacerse cargo de este legado, la siguiente historia, escrita por Juan Olivera y revisada por Facundo Santoro, nos relata el episodio de Paolo Cardozo, un alumno de Río Marrón —escuela de canotaje de la zona norte rosarina— cuando decide salir a caminar por las islas. Trascurrió en la Semana Santa del año 2005, en Boca de las Cañas, Departamento Victoria. 

            Está escrita de manera infiel, enunciando muy pocos de los términos que utilizara Paolo, cada vez que la relatara en un fogón.

 

Campartiendo la meriendaAndando por el monteHumo otra vez?

            Esta vez, no sé si fue por voluntad o fuerza mayor, pero debí salir lejos y caminar hasta una laguna para buscar esa porción de misterio. Tuve que atravesar un albardón lleno de mosquitos y sauces, sortear los cardales secos, pasar por yuyeríos espinudos, enterrar las botas en el barro y, una vez sorteados esos obstáculos, por fin esperar. Ahí estaba yo… solo… con un telefonito celular en las manos y un paisaje gigantesco ante mis ojos —SIN SERVICIO—.

            A lo lejos se veían enormes los puertos cerealeros y, detrás de ellos, un fuego que encendía con furia las nubes blancas del poniente —UNA RAYITA DE SEÑAL (pero está en modo analógico)—. Un poco más acá se acostaban los esteros interminables del paisaje islero.

            Una garza mora apareció entre los pastos, dio varias vueltas por la zona y se perdió detrás de unas arboledas —DOS RAYITAS (sigue analógico: lo apago y lo vuelvo a prender para ver si pasa algo)—. Una pareja de zorzales de pecho colorado se arrimó a la escena, curiosos del ser humano que apretaba botoncitos, al tiempo que revisaba el fondo del agua, caminando con cautela y blandiendo su machete —HOLA, DULCE (el saludo inicial de mi teléfono)—.

El monte que no pudo quemarse

            —¿Serán taruchas o sabalitos? —Algo se movía entre los camalotes. El río, aunque mostraba unas leves subas por aquellos días, estaba pronto a bajar y estos charcos no tenían salida—. Si los agarro con el machete van a la fritanga; total… igualmente están condenados… que los coma yo o los caranchos… —Me lamenté de no tener una fija[ii] en ese momento— DIGITAL, CON UNA RAYITA (capaz que tenga suerte).

            Me di cuenta que eran sábalos, los de lomo negro, y no eran tan chiquitos.

            —A ver si llego —pensé.

            Caía la tarde y la mosquitada se hacía cada vez más insoportable —DIGITAL, CON DOS RAYITAS—. Cada vez estaba más cerca del animal.

            —Ya te tengo. No te me escapés, por favor —estaba tan cerca—, que te aso ahora mismo. Te veo y me hace ruido la panza.

            Aguanté los mosquitos, que ya tenía de a docenas en el rostro, elevé el brazo que empuñaba el arma y preparé el golpe certero. Elegí el lugar exacto donde iba a dar machetazo: entre la branquia y la aleta pectoral.

            —Ahí voy —pensé, pero entonces ocurrió:

R�o abajoSe va un kayaqueroLa ciudad vista desde el para�so

            —TI TI TI TI TI TI (¿eh?) MENSAJE RECIBIDO.

            El sábalo se ahuyentó con el ruido. ¡Se fue!

            —¡Ay! Se escapó. ¡Qué odio! ¡Qué tremendo mi fastidio! —vociferé insultos en cantidad; por supuesto, dije groserías mucho más fieras, pero me da un poco de pudor repetirlas en este momento, que lo cuento en frío.

            Después de aventar los mosquitos miré al aparato culpable de la fuga del pez.   

            —LEER (decía la pantalla, haciendo referencia el nuevo mensaje que había receptado) —mis sensaciones en aquel momento se parecían a una mezcla de bronca e intriga—. ¿Será de ella? —como por arte de magia, la totalidad de mis exasperaciones se volvieron sosiego y puras ansias.

            El sol que se alejaba y la luna que asomaba al este, miraban, rojos de celo, cómo mis ganas de leer el mensaje tan esperado hacían temblar las puntas toscas de mis dedos callosos, buscando desesperados en el pequeño aparato las respuestas a los grandes sigilos de la juventud

             Buscando costa donde bajarEl arroyoEncontrada la costa

            Nota de Facundo Santoro, censurada luego por Juan Olivera cuando la historia se publicó el la página oficial del la escuelita de canotaje: «supongo que, si el Señor me lo permite, años más tarde y al releer estas líneas, encuentre poco oportuno creer que Paolo utilizara de forma atinada la palabra juventud para identificar el momento donde el amor se presenta como un misterio por el cual nos enfermamos, hacemos humillantes manifestaciones públicas o, por el contrario, nos hacemos de la fortaleza para prescindir de casi cualquier cosa que no se parezca al placer de ocultarse en los ojos cálidos de la mujer amada. De lo contrario, si entiendo que juventud es la palabra acertada donde se encuadra el misterio del amor, entonces mi vida habrá dejado de tener sentido, igual que la de todos ustedes. Seguramente, si aún permanezco con vida: si aún no he cometido un suicidio, me hallaré llorando entre las sombras del muchacho que fui en este pasado… que fui en este presente que se me habrá vuelto tan lejano.»

            Desde lo altoSalvia que se asoma desde el agua buena

            Mis ojos se llenaron de regocijo al ver las letras oscuras en la pantallita verde:

            —QUÉ CALOR EN ROSARIO. TE EXTRAÑO MUCHO. CONTAME QUÉ ESTÁS HACIENDO DE LINDO. 

            Ahí estaba ella, mi Andrea, respondiendo al mensaje que le mandara ayer, antes de que entráramos en este riacho. Respondía y preguntaba desde la otra orilla… Y también estaban ellos, los dos dioses guaraníes, el Tupá y el Yasí, decorando los horizontes de aquel 26 de marzo, repartiendo ambos todo su poder a los vientos litoraleños. Arrojándome estrellas, arreboles, siriríes, brisas pamperas, mosquitos de a cientos, pero sin lograr desencantar mis ojos, que encontraron entre esas toscas palabras inertes, la voz de la niña más dulce de aquel momento.

            Tal vez haya sido Dios quien me habló, entonces, en su lenguaje cifrado y arcano, sirviéndose de las palabras de mi novia. Tal vez me dijo: CONTAME QUÉ ESTÁS HACIENDO DE LINDO, PORQUE SE TE VE CONTENTO DESDE LO ALTO. ¿VISTE?… AHÍ TENÉS TU PAISAJE Y TU GURISA, QUE SON LAS CLAVES QUE ELEGISTE PARA EDIFICAR TU INTEGRIDAD. ¿O NO SE PARECE A ESTO LO QUE BUSCASTE TODOS ESTOS AÑOS? AHORA… AHORA VOLVÉ CON LOS TUYOS. ANDÁ Y ABRAZALO A JUAN, TU PROFE, DECILE GRACIAS POR TODO LO QUE HIZO POR VOS, POR HABERTE TRAÍDO. PORQUE YO, TU SEÑOR, TOLERO MENOS LA INGRATITUD, QUE LA ARROGANCIA.

Jugando en el r�oSeñales de que el fr�o viene llegando

            Volví al campamento. Habían hecho fuego y estaban, como dijo don Julio Migno, «vistiando de humo las mosquitadas». Lo abracé al profe Juan y le comenté que mañana íbamos a hacer fijas con troncos de aliso para ver si agarrábamos unos sábalos. Me miró desconfiado y retrucó:

            —En esta escuela no matamos peces ni cortamos árboles.

            Igualmente le agradecí. Los ayudantes del profe (que en realidad habían ido al raid a tomar vino y a jugar a las cartas) rieron al ver la escena. Esa noche los oí: recordaron con Juan cuando robaban armados en los espineles de los pescadores distraídos, y cuando, a golpes de machete, desmontaban alisales enteros para armar aleros contra el sol y benditos[iii] para repararse de la lluvia.

 

            Segunda nota de Facundo Santoro: «Durante un asado en una guardería para kayacs, yo escuché a Paolo Cardozo relatándole esta historia a los integrantes viejos del Círculo Rosarino de Canotaje. Recibió aplausos y ovaciones.»

 .

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BIENAVENTURADOS LOS QUE ELIGEN AL CIELO COMO TECHO Y A LA TIERRA COMO NIDO.

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Chispazos de r�o


[i]

Corredera: agua desplazándose de forma veloz por un cause angosto o en las proximidades de una barranca.

[ii]

Fija: lanza que se utiliza para chuzear en las lagunas claras o en bancos de arena. En las márgenes del río Teuco o Bermejo, los wichis y los tobas la utilizan aun en las aguas oscuras, haciendo lanzazos ciegos desde la costa, pues la falta de acopiadores de pescados (cerdos empresarios: en Victoria, cerca nuestro, tenemos varios ejemplares de esta basura) permiten la abundancia ictícola.

[iii]

Benditos: rancho muy precario. Por lo general, hecho a partir de un travesaño, desde donde se descuelga sólo un nailon a dos aguas.

 

 





Los que están atrapados ahora en este remanso.


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