La tierra helada
«Aquella tierra era muy fría. Un grupo numeroso de aldeanos vivía sobre un mar petrificado y bajo un cielo nublado desde hacía miles de años.
Con mucho esfuerzo los antiguos habitantes pudieron levantar la villa sobre la única masa sólida que escapaba del hielo que abarcaba, en su totalidad, la cima de la montaña libre, como ellos la llamaban. Poco quedaba de la antigua civilización que una vez construyera la enorme ciudad rodeando la montaña, ésa que desde lo alto vigilaba la infinita llanura con bosques, lagos, mares.
En esta tierra no existía la alegría. Namesi, unos de sus habitantes, tuvo la suerte de ver una sonrisa de su madre cuando aún era un niño. La mayoría de los habitantes jamás vio alguna y habían quienes siquiera creían en ellas»; Facundo Iraolagoitía, Tartagal, 1998.
PARTE PRIMERA
Cuenta la leyenda que en los tiempos en que los hombres aún no habían acaparado toda la tierra, cuando sólo había aldeas aisladas, Tupá Jara, el soberano de los cielos[i], en un duro enfrentamiento con Y Jara, el dios de las aguas, llevaron a la población humana al borde mismo de la extinción.
El Poseidón de las aguas dulces ambicionó para sí la obra fallada de Añá[ii], que torpemente había querido imitar la creación de Tupá. El dios del sol, habiendo tomado un poco de barro entre las manos, lo amasó en el ritual de la vida y al abrirlas dejó escapar al mainumbí —el picaflor—; mas el golem[iii] del maligno, después de que también fuera amasado y se les repitieran las palabras del aliento, salió saltando y cantando croaques. Añá había creado al sapo.
La descendencia de esta criatura de poca belleza pertenecía al mundo de Y Jara; pero un día dejó su cuerpo de renacuajo, echándose a andar por las tierras del sol, en busca de su pueblo[v]. Al salir de las aguas de los charcos, rápidamente se dejó atrapar por las maravillas del reino que encontró sobre la superficie.
El soberano de las aguas, celoso y enojado, hizo elevar la altura del río a cuatro veces la de un hombre, cubriendo así toda la superficie de la tierra. Tupá, sabiendo que Y Jara habitaba bajo las aguas, miró para otras regiones. Su luz ya no alumbró al mundo.
Las aguas se enfriaron rápidamente. Y Jara trató inútilmente de escapar de las profundidades. Dio muchas brazadas para alcanzar la superficie —nunca se vio oleaje similar en los millares de años que han erosionado la cuenca del Paraná— pero fue inútil: afuera del agua le era imposible respirar.
Tras unos minutos todo terminó por congelarse.
El hielo marrón formó enormes crestas de olas que se hicieron piedra en el momento en que mostraban el horror de la marejada apocalíptica[vi].
Casi todo cuanto había sobre y bajo la tierra murió en la crecida. Carpinchos, iguanas, bagres, garzas. Los sobrevivientes tuvieron que acostumbrarse al frío. La mayoría no pudo hacerlo. A los pocos meses, que para los tiempos de los dioses fueron sólo segundos, ya habían muerto los últimos yacarés[vii] y martín pescadores. Así llegó la noche más larga. Ya no hubo sol. El frío y la oscuridad formaron grandes masas de nubes, y tampoco pudieron verse ya las estrellas. La naturaleza nómada de aquellas personas, fue profanada por un capricho desleal de las deidades corruptas, paganas y orgullosas[viii].
Un grupo de personas pudo sobrevivir a la devastación. Cuando las aguas subieron, lograron trepar a un pacará[ix] de cien años, aferrándose de sus ramas superiores. Éstos eran dos ancianos, cuatro niños, dos mujeres y tres varones. Estuvieron allí varios días, hasta que todo calmó; entonces uno de los longevos dio la orden de bajar del árbol. La mitad de las personas de ese asentamiento quedaron sepultadas bajo las aguas congeladas. A golpes de palo de espinillo —no conocían la piedra ni el metal— los sobrevivientes lograron excavar pozos en el hielo para sacar a sus muertos y buscar comida.
Pasaron trescientos años y la población llegó a ser de ochenta habitantes, retoños todos de los primeros habitantes de la nueva era. Con los años cavaron un gran hoyo en el suelo, dejando al descubierto casi una hectárea de tierra firme.
Se alimentaron, pues, gracias los animales congelados, que se encontraban en abundancia.
Tampoco faltó el combustible, que se extraía de las copas de los árboles a las que no había llegado el hielo. Dejaron éstos de ser las ramas salientes de las florestas sumergidas: el tiempo las hizo caer y se encontraban desparramadas, con una capa de hielo blanco que las cubría a una palma de profundidad, ocultas entre la marejada congelada, sobre los sitios donde alguna vez el río había permitido la levantada de los albardones[x] .
El peor enemigo que debieron enfrentar los habitantes de ese mundo helado era el Silencio Gris, como ellos lo llamaban. Era cierto que aquel cielo jamás despejaba sus nubes; pero en ciertas ocasiones éstas bajaban y entonces llegaba la niebla. Nada podía verse. Era imposible descender a los túneles cuando el velo de las sombras llegaba. Pasaban jornadas enteras dentro de sus viviendas. Los leños no prendían por la humedad y, por más que a un fogón se lo alimentara, éste terminaba por apagarse. Sólo el fuego santo seguía ardido. Un grupo de guardias era el encargado de que esta hoguera siempre estuviera alimentada.
Durante las épocas de la niebla, que a veces se extendía por varios meses, las raciones se acababan y había que echar mano a las reservas. Esos tiempos de ceguera eran caóticos para el orden de la aldea. Andaban a oscuras por entre las casas y el camino se escarchaba. Era muy difícil la marcha.
Pero un día por fin soplaba el frío pampero[xi], que trajinaba el Silencio Gris hacia otros rumbos.
PARTE SEGUNDA
En los pocos años de vida que tenía, Guasureí había escuchado ciento de historias referidas al mundo que ya se había terminado. Cientos de explicaciones que escapaban a lo racional. Preguntó innumerables veces al chamán cómo se haría para poder recuperar ese mundo que sonaba tan bello en los relatos sobre las «historias de los de imaguaré[xii]». Sólo mediando entre los dioses, respondía siempre el anciano. ¿Por qué no lo hemos conseguido aún?, insistía el muchacho. Lo han intentado muchos, explicaba el viejo; partieron de la aldea en busca del santo concilio, pero jamás han regresado. Dicen que todo alrededor es muy peligroso, que Añá reina ahora y que sus fieras acechan en todos los rincones.
Guasureí jamás puso su fe en la palabra de los ancianos, que sólo habían visto nacer y morir algunas almas más que él, pero que tenían el control de la tribu. El chamán disponía de los horarios, decidía cuándo era de día o de noche, cuándo había acabado el año, los momentos para alimentarse y en los que se debía ingresar a los túneles. Entrar en su casilla era un sacrilegio y estaba condenado con la pena de destierro, que era el peor de los castigos en esos tiempos de fríos infernales.
Guasureí no tuvo el permiso de su madre para abandonar la aldea en busca del concilio de las deidades, lo tuvo que hacer a la fuerza, profanando la casa del chamán para lograr el exilio.
Fue una escena muy triste, pero el chico logró su cometido. Se aprovisionó de algunos alimentos, unas hojas secas y un arco de madera para encender el fuego. Cargó una lanza de timbó con un cuerno de ciervo[xiii] en la punta, y también una bolsa de cuero con espinas de armado[xiv] y otros utensilios de primera necesidad. Su infracción a la moral del chamán le impidió que se le bendijera en la partida, pero poco le interesó en ese momento.
PARTE TERCERA
Guasureí caminó muy entusiasmado. Iba saltando cada ola que se cruzara en su camino. El ánimo lo mantenía del mejor humor, desdeñado de volver al pozo sin hielo. Si tenía hambre, comía; si el cuerpo le pesaba, se cubría con sus mantas y dormía algunas horas.
Iba cantando canciones de la tierra verde, de la que él sabía, iba a liberar de los grillos que les habían dispuesto los dioses. Cantaba incluso, canciones de las sirenas que habitaban los hielos de su paisaje. No creyó en Añá, ni tuvo temor por las criaturas que el viejo chamán inventara para atormentarlo de pequeño. Una vez creyó ver unas espinas abandonadas en la superficie del hielo, pero no se detuvo a contemplarlas. No creyó que éstas fueran los restos de un pez, devorados por una infernal criatura de los hielos.
Fueron entusiastas las primeras jornadas, pero ocurrió que un viento helado sopló del este en su quinto día de marcha. Sintió el frío en la espalda. Tuvo miedo.
Supo que se acercaba el fantasma.
Rápidamente el Silencio Gris dejó caer su velo y, tras unas pocas horas de oscuridad, las piernas se volvieron rígidas como el hielo mismo. Quiso encender el fuego pero sus esfuerzos fueron inútiles: era tal el dolor de sus dedos que no pudo friccionar las hojas secas con el arco. Trató de cubrirse con las mantas, pero rápidamente se humedecieron.
Gritó pidiendo ayuda.Nadie lo escuchó.
Hay voces que se pierden en la distancia,
Que llegan y se van.
El carcelero pasa por delante,
Lo oigo, lo busco,
Tanteo el hielo y
No hallo más que frío y desazón,
Y así la depresión surge del alma al rostro.
Y ya no pasa el tiempo
…Adentro sólo hay quietud…
Todo se detiene
…El frío ya no se respira y
Desaparece el pasmo de los huesos,
Los ojos se cierran para siempre.
El carcelero se adueña del cuerpo que yace
Y escribe,
Con escarcha sobre el lomo duro:
Al joven sedentario, de errabundo destino[xv].
PARTE CUARTA
Py’ Ahé Agá —Protestad de las Alma, como la llamamos los hombres simples de sentimientos oscuros— fue al encuentro de Guasureí, en su llegada al Purgatorio. Ella, entonces, le explicó que Ñande Jara es el creador[xvi], dueño de todo lo que vemos y de todo lo que se nos ciega. Que él, sin ayuda, creó el mundo en siete días.
El muchacho contempló en silencio su presencia.
Ella le enseñó que hay lugares y tiempos donde reina la voluntad de los hombres, y éstos no son menos terribles que los gobernados por las deidades.
Y así tuvo el entendimiento de todas las cosas. No vio al demiurgo pero entendió su entero proceder. Todo lo podía tocar, todo lo podía ver, y pensar, y oír; pasado, futuro, todo en un mismo panorama. Eso es la eternidad, le dijo Protestad, «ko apyra’y», pero ya no es necesario que lo diga en tu lengua. Ella hablaba con palabras y sonidos muy extraños, pero eso no le importó a Guasureí: las lenguas ya no eran un obstáculo. Así se hablaba antes de la Torre[xvii], explicó la niña.
Ella señaló hacia abajo y vieron al mundo sin el hielo. Las aguas estaban bajas y pudo conocer cómo era su terruño antes de la inundación. Vio las aves en las lagunas; los lagartos ocultos entre el camalotal; los mamíferos que andaban libremente por los albardones; también a los peces, sacudiendo la superficie del agua con sus coletazos; vio los insectos poblando cada rincón de la tierra firme; encontró arañas que viajaban por el aire volando en sus cometas de ceda; descubrió gusanos peludos depredando bosques enteros y emigrando río abajo; advirtió a cientos de mariposas que coloreaban de amarillo las costas barrosas de la bajante.
El mundo y sus anales pasaron delante de sus ojos.
También conoció a los seres humanos que llegaron del norte[xviii]. Coparon los terraplenes, las lagunas, los pajonales. Pelearon entre ellos, murieron muchos. Llegaron otros más fuertes y acabaron con los primeros[xix]. Después aparecieron los de tez blanca, que arribaron por el viborón naviero. Observó a dos guerreros que montaban el mismo caballo y éstos fueron muy poderosos. Los blancos levantaron enormes aldeas grises. Talaron los árboles, corrieron a los montaraces y pusieron a pastar sus bestias. Sembraron sus semillas y el suelo les regaló riqueza. Los que quedaron sin tierra fueron devorados por las ciudades. Todo volvió a estabilizarse. Hubo pocos enfrentamientos durante ese período. Allí, la riqueza gobernó sobre la fuerza. Pero entonces llegaron otros que ya no estaban interesados en el suelo, y pidieron el agua, y el agua les fue dada…
Ya viste demasiado, advirtió Protestad de las Almas, mas el joven siguió atento, observando todo, ¿Cuándo fue que subieron las aguas?, preguntó Guasureí, ¿Cuándo ocurrió eso? Busco y no lo hallo. En ese momento la muchacha señaló un recodo oculto en la curva de un arroyo. Vio a un grupo de aborígenes alrededor del fuego. De los labios de estos hombres salieron tres dioses enfrentados y así, entre las palabras, vio a las aguas subir y luego la oscuridad y el frío. Los hombres se marcharon y, seiscientos años después, en el mismo lugar, un muchacho volvía a hacer salir a los tres dioses enfrentados, pero esta vez no de sus labios, sino de la tinta azul que nacía impresa en una página blanca.
Guasureí prefirió permanecer callado y llorar en los brazos de Protestad. Todos somos la creación de alguien que nos está mirando en este momento, dijo ella, y también lloró.
«Por qué es tan ininteligible la eternidad, la creación, Dios. Cuanto más esfuerzo hago por tratar de entenderlo, más se vuelven mis horas de desvelo y vigilia. Yo también me voy a llorar un rato… como Protestad y como Guasureí. Voy a llorar por las miserias que le hice pasar al pobre Guasureí, por la soledad de la muchacha del Purgatorio: ese lugar que es sólo un plano más de mi laberinto dantesco. Y voy a llorar por mí, por mi poca fe, por el maldito orgullo que me da el haber escrito estas líneas tan profanas y dignas de ser expuestas ente una estatua de Baal[xx].»; nota de Facundo Santoro —el compilador de esta leyenda—, que también es la creación de otro que, oculto en estas líneas, lo observa en este momento… y también llora.














A todo el equipo e integrante de este hacer!!!
Felicitaciones por la patriada!!!
Desciendo de europeros que llegaron a estas tierras no hace tanto tiempo tampoco… si es que no lo medimos rigurosamente.
Me enseñaron entre tantas cosas amar esta tierra que les dio la oportunidad de vivir en LIBERTAD – y por ello la defiendo -; de cuidar la vegetación deleitándome con el verdor de los prados, sembrados y arboledas – y por ello resguado cada HOJA -, y escuchar el canto del agua – y por ello cuido las VERTIENTES, y empinarme en las montañas desde mi pequeñez y observar el vuelo de las aves – Y por ello albergo el AIRE y protesto cuando tiñen el aire puro -.
Y mañana … será la herencia que dejaré a mis hijos y a mi nieta, pero lo de Uds. me puebla de gozo, por esa osadía de juventud que hacer revivir a mis 61 años las utopías que aún anida mi alma. No hay geografía posible si su norte no tiene una utopía.
Gracias por renovar las esperanzas, gracias por revestirnos del orgullo de amar la tierra y lo que ello conlleva.
Más allá de las creencias, que el Padre Bueno los bendiga y los guarde de todo mal.
Marina
maravilloso!!! lleguè acà por un “espacio recomendado”..està bueno eso de dejar en nuestras pàginas espacios asì, la verdad me enemorè de la experiencia, y felicito a su creador y a la valentìa de compartirla con nosotros, los que estamos en la tierra helada de la realidad cotiadina y nos someten a silencios grises y nos maltrtan con gritos vìa televisiòn…
en fin, gracias, excelente fotografìa tb…
mi pàg: http://desayunossorpresadulce72.spaces.live.com, nada del otro mundo, tan sòlo mi vida publicada en internet……….
tu blog me encantó, ya hace mucho lo tengo agregado al mio como un espacio precomendado para ver! Felicitaciones. Atte. Mónica.
Gracias, Moni. un beso