Un viaje diferenta a las Sierras Comechingones.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.

Una brisa de ojos negros bajó hasta la cruz. Descansábamos, después de llegar a esa «cima con minúscula».
Cuarenta varones arriba de un colectivo. También nosotros cuatro, egresados de la promoción 1996 del colegio Politécnico de Rosario. Daniel —el abogado— nos invitó a este paseo organizado por la agrupación de Acción Católica donde militaba. Pipo —el historiador—, Polito —el niño de treinta— y yo —el re-escritor de monografías— estuvimos de acuerdo: Era algo que nos debíamos… tantos años habían pasado. Por supuesto: Pipo llevó escarapelas para repartir entre los pasajeros y choferes: era el Veinticinco de Mayo; y mi país recuerda a su primero gobierno patrio, en 1810.
Después de desviarnos de Villa Ciudad de América, en Calamuchita, y pasar de largo el Potrerillo de Garay, llegamos a una comuna llamada San Clemente, bajo las sombras orientales de las Altas Cumbres.
Una de las habitaciones pequeñas del refugio, dentro del bellísimo parque, sería la morada para nosotros cuatro. Primero hubo que bajar el bartulaje del micro: cajones con tomates, lechuga, cuatro heladeras de telgopor llenas de hielo y carne, bolsas con cebollas, cien botellas de vino, una garrafa, dos tablones, cuatro caballetes, veinte sillas de plástico —¿tanto entra en un colectivo de piso y medio?—, diez bolsas de carbón, etcétera, etcétera.
Cuando por fin todo estuvo en orden, salimos a caminar por un arroyito de aguas claras hasta la confluencia de más abajo, allí donde acaba el terreno del modesto complejo. Salame, queso y vino: la picada. Mis amigos se acostaron a dormir la siesta sobre una piedra iluminada por un sol tibio y acogedor, y yo me alejé por una angosta traza, más allá de la confluencia de los arroyos. Pasé un pinar —más allá del impacto para el medioambiente de este monocultivo, qué bonito es su alfombra roja, intercalando piedras sobresalientes y piñas semienterradas—, me acerqué a un caserío, donde un perro enfadado me señaló que allí no seguía la huella —¿cómo hará el cartero para hacerle llegar los impuestos a esta familia?—.
Volví a cruzar el arroyo —ya eran uno, después de la confluencia—, luego salté una pirca[i] y ascendí al morro desde donde podía observar todo el paisaje. Permanecí sentado junto a una cantera de mica[ii] y me detuve a contemplar el valle. Estaba tranquilo, a pesar de las pinchaduras de las semillas del amor seco que lograban atravesar las medias. Subí un poco más. Vi unos postes con sus respectivos cables y supe que allí estaba la ruta. Regresé hasta el pueblo haciendo dedo. Una camioneta me cargó sobre su caja. Cuando llegué al refugio, me enteré que uno de los hombres de la expedición quiso organizar una búsqueda para después de almorzar, con el fin de encontrarme.
En la noche helada descorchamos vino, fumamos, nos dejamos quemar la retina por la brillante luna creciente —ese mes habría luna azul[iii]—, observando cómo sus tonos de blancos, celestes y negros, contrastaban con las rojas brasas de nuestros cigarros —Por entre los «pinos» se ven, de lejos, los tucu tucu de los cigarros (Perdón maestro don Ata, pero me era inevitable citarlo[iv])—. Qué hermosa noche.
Su avío tangible fue puesto junto a la piedra donde descansaba. Su bagaje interior: reinterpretado en las toscas figuras de la piedra alta… del agua que va chocando bajo las quebradas.
El fuego calmo enseñó la helada. Primero unos arreboles y luego un rostro límpido, tímido, apenas desperezado. Amanece. El trasfoguero será avivado para calentar la pava.
Mientras observaba el humo suspendido en el aire, recordé las mañanas de invierno en la isla: el humo del fuego que calienta la pava y queda quieto sobre el río, que viaja decenas de metros desde la barranca para permanecer inmóvil, en un momento, sobre el agua; recordaba los amaneceres en el sur, suspendiéndolo sobre los lagos; en el Chaco, escapando hacia el Bermejito; en el norte, coronando los altos cardones. Acá, parecía un fantasma avanzando paciente sobre la escarcha; lentamente acercándose hasta la cabaña donde todavía dormían mis compañeros.
El espíritu de la madera —el humo— se filtró por la puerta, despertando así a mis amigos urbanos. Pobre Daniel: la bolsa de dormir le daba claustrofobia, y no podía más que utilizarla como manta. Y… ¡Ay de Pipo!, que me escribió un ensayo sobre los últimos días de Marco Antonio[v] para justificar el miedo que le generaba venir a las montañas. Pues si Marco, con toda su gloria y fama, tuvo temor en sus últimos días, ¿qué le esperaba a Pipo, en las enormes montañas, quien se reconocía menos que una rata de ciudad? Polito, en cambio, parecía el más curtido de los tres: me contó que estaba aprendiendo equitación y que el mes pasado había participado en la pialada de una yerra.
Nota del compilador: «según Daniel Gramaccini, el abogado, miente el autor al decir que fue él quien se despertó primero. A Pipo, expuso en su argumentación, le agarró un ataque de locura y felicidad esa mañana, levantándose eufórico al sonar la alarma de su celular, que tenía la melodía de la marcha centralista. Nos sacudió a todos, me dijo, al compás de la musiquita. Después abrió la heladera apagada que usábamos de armario, le pego un trago a la botella de ginebra, nos destapó a todos —a los chicos, que estaban dentro de las bolsas de dormir, les abrió el cierre; a mí me revoleó la manta para el suelo— y salió corriendo por el campo, dejando la puerta de la habitación abierta. Además, agregó Gramaccini, éramos cinco en la piecita, no cuatro.
Yo por mi parte, no creo que el autor le esté faltando a la verdad. Creo que es una costumbre muy frecuente en los escritores, el volver las situaciones más románticas y armoniosas cuando los matices del texto así lo disponen.»
Buenas noticias: empezaríamos el ascenso a las cumbres. Malas nuevas: en el año 2000, estas personas intentaron acarrear una cruz de metal hasta la cima de uno de los cerros. La lesión de uno de ellos, a una hora de alcanzar la cúspide, hizo convencer a los peregrinos de que la cruz quería quedarse en dicho lugar.
Allí la plantaron. Pero las inclemencias del tiempo y de las personas intolerantes la deterioraron. Ahora había que ir a arreglarla, y era necesario subir —¡qué desgracia!— un generador de energía eléctrica, para poder utilizar un taladro —mi papá tiene un taladro a pilas muy liviano—. La idea fue de un tal Dani, tocayo del abogado, al que teníamos entre ojos: nos había despertado varias veces arriba del micro, y nos hacía bromas todo el tiempo. Con esto se había ganado todo nuestro odio y sed de venganza.
Ella no me observaba. Tampoco hablaba con el resto de sus compañeros. Estaba cansada. Por lo que alcancé a oír, su grupo venía bajando desde la Quebrada del Condorito, a muchas horas de caminata desde nuestra «cima con minúscula».
Nos desviamos de la ruta ripiera, tomando una huella para autos entre un monte de álamos, pinos y eucaliptos. Los últimos hielos de la helada desaparecían y el sol, que tomaba fuerza, pintó de rojo las laderas de los cerros.
El generador, llevado al hombro por cuatro hombres dentro de un bolso de arpillera que colgaba de dos caños paralelos de tres metros cada uno, se acercó hasta mi grupo y preferí acelerar la marcha para evitarlo.
Me arrimé a Juancho, el guía, con quien me puse a conversar. Me aclaró que el frutito del crateu, una planta espinuda, no es venenoso, como amedrentaba mis padres cuando de niño me traían a vacacionar a las sierras: apenas compramos la video-casetera, me hizo creer que los chicos de «la Laguna Azul» se suicidaban con el fruto del crateu al final de la película.
Juancho me nombró animales y plantas; me explicó que a la colita de zorro, allí le llamaban cortadera. Me explicó cómo distinguir un tala de un molle, a reconocer la peperina y el romerillo, y a no confundir un cóndor por un jote. Uno de los viejos que iba en la caravana, recuerdo, cuando yo les advertí a todos que sobre nosotros planeaba un cóndor, me gritó que eso era un jote, humillándome delante del resto de la peregrinación. Él supo que era un jote porque «apareció muy rápido», todavía no estábamos cansados: el cóndor, imagino según su pedantería, aparece en lugares más inaccesibles y exclusivos. Viejo pelotudo: el animal era un cóndor. Juancho, el guía, me dio la razón.
Me tocó cargar el generador cuando se iniciaba el faldeo de la montaña. Rápidamente dejé de disfrutar el paisaje, y sentí mis hombros doloridos. Pasamos una tranquera, media hora más adelante, y abandoné la carga. Entonces hacía calor. Escondimos el excedente de ropa detrás de unas rocas. Yo me eché en el suelo, cansado, a ver cómo el cóndor nos observaba desde lo alto. ¿Me habrá visto tirado en el piso? Debe estar contento… ilusionado de que pronto moriré. Ya debe imaginar lo sabroso de mis entrañas aún calentitas. Maldito generador. Bebí un largo trago de agua, y un pequeño sorbo de la ginebra de Pipo.
Volvió a cargar la mochila. Nosotros también. ¿Saldríamos juntos? No, el encargado de la congregación decidió que partiríamos antes. Al pasar junto a la joven sentí interrumpido el olor a yuyos. Perfume. Y otra vez la montaña. El olor a pasto. Ahora bajaríamos por un despeñadero hasta alcanzar el río que corre en el fondo del cañadón.
El río de abajo dejó oír sus aguas correntosas. Deberíamos bajar hasta el final de la quebrada, cruzar el cauce, y subir el gran despeñadero hasta la cruz, que ya se veía desde donde estábamos ahora. Polito conversaba con Pipo. Hablaban de las criaturas misteriosas que habitan las montañas: según ellos, hombres-topo montañeses que atacan en grupo por las noches, y sirenas travestidas que habitan entre las heladas aguas de los arroyos cordobeses. Yo recordaba las historias que me contaba mi abuela —la Oma[vii]— de Villa General Belgrano. Nunca te duermas, me decía, debajo de un molle: te despertás flechado. Eso es por un antiguo derramamiento de sangre india a manos de un español de la conquista. Rodrigo de Soria —todavía recuerdo los nombres que mencionaba la Oma— conoció a la bella indiecita Mishki, que estaba enamorada de Alimi, el hijo de un cacique Comechingón. Rodrigo intentó seducirla, pero ella lo negó. El español, humillado, optó por raptarla. Cuando Alimi intentó rescatarla, una noche, fue descubierto por Rodrigo, quien decidió, impotente por no obtener nada del amor de la doncella, sacrificarla con un sablazo en el corazón antes que saberla feliz al lado de un jefe indio. Fue debajo de un molle que se realizó la matanza. Desde ese día el molle está ofendido, atacando con urticarias y crisis asmáticas a quienes busquan amparo bajo sus sombras. No es la leyenda más bella que haya oído —en realidad, una de las menos atractivas—, pero es más interesante que la referida a la Novia de la Laguna, la dama fantasma que aparece en los atardeceres, en la laguna que se encuentra en la cima del Champaquí, a unas pocas leguas del lugar donde nos encontrábamos entonces. Los cuenta-cuentos cordobeses no tenían mucha imaginación.
Alcanzamos el río. El generador cruzó con mucha dificultad entre las piedras. La última media hora me la pasé hablando con nuestro archi-enemigo: Dani, el tocayo del abogado. Me contó que él fue el constructor de la cruz de fierro —siguió alimentando mi fastidio— y que fue él el de la idea de subir con el grupo electrógeno para arreglarla —¡odio!—. La cruz se veía muy claramente —torcida y con los tensores sueltos— desde ahí abajo. Me dijo que su padre, ya fallecido, fue quien lo ayudó a fabricarla. Por qué no de bambú, le pregunté. Porque soy herrero, me respondió y agregó, mi padre me enseñó ese bello oficio. Después de oír esas palabras, mi odio se fue apaciguando.
Me ofrecí a subir el grupo electrógeno por el despeñadero. En las picadas angostas no podía subirse de a cuatro personas: era acarreado solamente por dos. No me dejaron llevarlo, la última parte estaba reservada para los miembros más importantes de la comunidad católica: ellos debían llegar con toda la gloria; nosotros sólo éramos «los invitados».
Una vez alcanzada la piedra donde estaba la cruz, nos alejamos hasta un cañadón para estar más tranquilos, sin el ruido del motor que acababa de arrancar. Treinta y seis ayudando a erigir nuevamente su cruz; cuatro apartados, tomando vino y comiendo un sándwich, observando cómo nuestro gigantesco amigo alado se adueñaba de las térmicas, que abundaban en el calor de ese mediodía. ¡Qué lugar! A cada paso, las perdices huían de nosotros en un aleteo que estallaba violento y sorpresivo.
Encontramos el reparo del ruido y del viento detrás de una gran roca.
Detrás de mí, sentía la presencia de los ojos negros, siempre manteniendo una breve distancia de la peregrinación masculina. Intenté retrasarme, ganar algunos metros, pero el escarpado descenso, pisando todo el tiempo los pastos patinosos sobre la delgadísima huella, hacía muy dificultosa la marcha: no había espacio para dejar pasar a otros. Detrás, seguía sintiendo su presencia.
Todos nos congregamos alrededor de la cruz cuando por fin estuvo reparada. Dimos las gracias al Señor de las piedras y las montañas y, no entiendo del todo la razón pero, algo raro escuchó en nuestras plegarias: de la cima del cerro se divisaron siluetas humanas. Confundidos por la luz del sol que nos daba en la cara, distinguimos otra caravana de personas peregrinando, al igual que nosotros, por las montañas. Venían en dirección opuesta, desde las Altas Cumbres: del otro lado del valle.
Tremenda y macabra la obra del destino: era un grupo de mujeres. Sólo ellas: seres de ese sexo misterioso y bello… de esos temples cifrados y puros. Ellas se acercaban lentamente. Nadie hablaba.
Ellos, mudos. Ellas, mujeres.
La que hacía las veces de guía avanzaba adelante, a paso firme, volteando a cada rato para ver la marcha del resto del grupo. La «cacica amazona de la montaña» vestía un sombrero de cuero quemado, camisa de algodón, bombacha de grafa, zapatillas de cuero con suelas altas y un bastón de pino, que había ido descortezando a lo largo de la caminata.
Observé a los anonadados varones. Se peinaban, se quitaban las semillas de amor seco, cambiaban las remeras transpiradas, sonreían nerviosos. Pipo se acomodó la boina, Polito se miró en un espejito que traía en la riñonera y Daniel, el abogado, apagó el cigarrillo. Yo usé el fondo de agua que quedaba en la cantimplora para lavarme la cara.
Detrás de la «cacica» llegaba el resto de las mujeres; dejaron la fila india, volviéndose un pelotón desordenado y ansioso —imagino— por llegar al descanso, después de la gran cantidad de horas que debió de estar caminando. Entonces alcanzaron la cruz. Adolescentes, adultas, preocupadas algunas, atléticas otras, agotadas en general. Todas con sus mochilas al hombro. Llevaban carpas, aislantes y bolsas de dormir. Sí que hacían una gran caminata. Nosotros, en cambio, sólo alcanzamos la «cima con minúscula». Maldito generador.
Compartieron con nosotros el minúsculo altiplano, antes de encarar el violento descenso por el despeñadero de los pastos patinosos. Polito, con sus zapatillas de lona, resbaló varias veces mientras ascendíamos, cayendo, una de éstas, varios metros por el faldeo.
La sombra de la montaña nos cubría. Observé los últimos rayos de sol que disparaban, en línea recta, desde las imperfecciones hondas en la silueta del filo más alto de la montaña. Fue cuando definí entre la tosquedad de las piedras quietas una última criatura en movimiento. Un viento helado comenzó su descenso desde el mismo lugar donde llegaba ella: la chica que iba haciendo punta al final de la caravana.
Una brisa de ojos negros bajó hasta la cruz.
Nota del compilador: «Daniel Gramaccini, el abogado, llora de la risa al oír estas palabras que le leo. Dice que son sólo mentiras. Ojo que reconozco que en el otro grupo había una morochita linda, me dijo, a la que los viejos no le sacaban los ojos de encima. Y para colmo, rió Gramaccini refiriéndose nuevamente al texto, el guía de ellos era un tipo, no una mina.»
La joven de ojos negros, la última en llegar, de transpirada musculosa de ribb blanca, de babucha negra y de zapatillas deportivas, se acomodó, separada del grupo, apoyando su espalda contra una roca plana. Se abrigó con un poncho color «raíz desnudada de espinillo en una barranca que se erosiona», y ahí permaneció. Ojos cerrados… Respirar suave…
Los viejos jesuitas se mezclaron con las amazonas veteranas y entablaron un diálogo pacífico. Los jóvenes, en cambio, un poco relegados, trataban de entrar en la conversación bajo el amparo de las alas de los temas que sacaban los mayores. Yo preferí detener mi atención en la última caminante. Los lacios cabellos, negros como sus ojos. La tez, blanca como un cúmulo solitario de nube. El poncho, escondiéndola del frío de mayo. Cansada, le pregunté. No, me respondió; me duelen, sí, los hombros… mucho; pero ya estamos por llegar a nuestro campamento.
De pronto sentí una mano que se apoyó en mi hombro. Una mano grande, de un hombre. Y un caño gélido que tocaba mi chicha —la parte de la espalda que tenía descubierta— justo sobre la cintura. Era Dani, el soldador, con su «hijo de metal» en la bolsa de arpillera. Qué hacés con la espalda al aire, rió, con el frío que hace ahora que baja el sol. Agarrá los caños, seguía riendo, que te toca cargarlo a vos y a Pipo. Pipo, definitivamente, fue a quien hallé al final de las barras paralelas.
Quise seguir hablando con la muchacha de los ojos negros, pero entonces los líderes de ambas caravanas pidieron la palabra. Maldito generador. Llegaba el momento de bajar. Nuestro líder —negativo— y el de las amazonas —bellísima— decidieron que lo mejor sería que los varones, que cargábamos con el nefasto artefacto, bajáramos primero; así, pues, en caso de un accidente, éste caería por el despeñadero sin ocasionar una avalancha de seres humanos. Juancho, el guía —no el líder, aclaro—, se rascaba la cabeza: seguía asombrado de que hubiésemos cargado hasta allí con ese peso inútil. El generador comenzó el retorno.
La bajada fue tediosa y patinosa, caminando todo el tiempo por sobre los pastos amarillos que se aplastaban a la pisada, dejando para los que llegaban atrás una huella delgada y sin agarre para las suelas.
Antes de alcanzar el río del fondo, llegó mi relevo. Dos jóvenes tomaron el generador por las barras, y yo permanecí sentado al costado del camino de pastos. Vamos, me pidió el líder de los varones. Estoy cansado, le respondí; ahora sigo. Los hombres seguían pasando y yo al costado, quieto, con la cabeza gacha, mirando los calzados que pisaban uno tras otros, de a pares simétricos reflexivamente. Pisadas inseguras, resbaladizas. Imaginaba que en cualquier momento cambiarían los talles y los sexos de las zapatillas. Habían pasado algunos segundos, cuando dos borceguíes negros se plantaron de frente a mis deportivas de cuerina. Vamos, me dijo el par negro con una voz que yo ya conocía: la de Daniel, el soldador. Estoy cansado, repitieron mis zapatillas sucias y llenas de abrojos prendidos en los cordones; ahora sigo. Te espero, me respondieron los borcegos.
Levanté la vista pero las mujeres estaban lejos. Maldito generador. Seguí caminando.
Pronto dimos con el río del fondo. Otra vez el olor a peperina del cañadón. Allí descansamos. Cinco minutos, gritó el líder negativo. Me senté sobre una roca. Dani, el soldador, volvió a acercarse. Qué lindas que son algunas de esas chicas que vienen ahí atrás, me dijo. Sí, le respondí sin mirarlo a los ojos.
Cuando las mujeres nos alcanzaron, nuestra caravana se dispuso a salir. Desde abajo alcancé a distinguir a «la punta», la que llevaba los ojos negros, que aún caminaba por el despeñadero. Polito dijo que me apure. Dani, «el punta» soldador, volvió a quedarse a mi lado, hasta que yo tuviera la dignidad de seguir caminando. De nada serviría decirle que iba a permanecer allí, y que iba a bajar solo y más tarde. Él haría detener a toda la peregrinación por mi culpa. De nada serviría decirle que yo ya conocía esas montañas, y que sabía cómo guiarme aunque me alcanzara la noche. De nada serviría que le explicara que he pasado largas temporadas en las Altas Cumbres, acampando en varias de sus cimas. De nada serviría.
Ellos querían ir todos juntos. Maldito generador; maldita inseguridad de los viejos éstos que se han pasado toda la vida delante de la radio y de la televisión; maldita inseguridad que los hacía temer por la suerte de Juancho, el guía, pues si a él le aconteciera un accidente estarían extraviados en el medio de la nada, tratando de llamar a Gendarmería con los celulares que, por supuesto, no tenían señal en el fondo del despeñadero. Si a Juancho le ocurriera una tragedia, reflexioné, querrían seguir a la líder amazona. Esta situación me sacaba de quicio, me volvía un salvaje; mi juicio no era el más lúcido en ese momento. Juancho podría resbalar… Podría ser empujado por accidente… Las mujeres me ponen así de nervioso, de ansioso. Quería dejar la caravana de hombres y quedarme con ellas. Dani me preguntó si ya estaba listo; si ya podríamos partir. Tal vez lo mejor sería hacer que Juancho, el guía, pereciera. ¿Qué estaba pensando? A Pipo lo veía tranquilo; a Polito también; Dani, el abogado, charlaba con un hombre gordo. Todos estaban serenos. Yo me quería quedar con las mujeres. Bajar con ellas.
Me planté sentado en la roca. Ahora sigo, le dije a Daniel, el soldador. Te espero, volvió a responder. No me importó.
Contrario a lo que yo pensaba, que las mujeres cargarían sus botellas y seguirían detrás de la peregrinación del generador, vi a la líder señalando y distribuyendo tareas. Algunas juntaban leña, otras limpiaban de piedras y yuyos a un claro más o menos plano, otras comenzaron desenrollar las carpas. Se quedaban ahí… ¡Se quedaban ahí! ¡A acampar! Acá debo quedar y no seguir, pensé. Noche de fogón y mujeres. Noches gloriosas, las mejores… Como en el ‘98, con Mariana: recuerdo cómo se consumía lentamente el troncazo de pino. Me recuerdo cruzando el río Los Reartes a medianoche, para poder alcanzar el camping donde acampaba ella. Casi se arruina todo con la crecida que había llegado ese mediodía; menos mal que para la noche el río había vuelto a la normalidad. Recuerdo a Guadalupe, en Mar Azul, cerca de Villa Gesell: arena, mar y luna. A Sandrita en Isla Verde, frente a Rosario. A Ivana, de Parque Sarmiento, en Carcarañá. A Franca, la mochilera, a orillas del lago Futalaufquen, en Chubut. A la hermosa Jorgelina, en el Charigüé. A Romina, en el Club Náutico de Diamante, a orilla del riacho de Las Arañas. A Francisca, en la noche puntana de Susques. Y Lorenza, la chica de la selva misionera. Mujeres, noche y carpa. Qué delicia del destino, de la incertidumbre.
Hay que seguir, nos atrasamos. Esta vez le hice caso a Dani, el soldador. Levantando la mano, la de ojos negros me saludó de lejos. ¡No!
Cuando nos alejábamos por la margen que nos devolvía a la comuna de San Clemente, volví la mirada y vi el humo que se suspendía en el aire. Otra vez el humo suspendido: el del refugio de la comuna, el del sur sobre los lagos, el del fuego de la pava sobre el río, el que corona los cardales, el que sube por el monte chaqueño de crespines… Oí una guitarra que rasgueaba unos acordes conocidos. Estaban tocando una canción de Joaquín Sabina. ¿Por qué no vi antes el instrumento?, me pregunté.
Me duele la desesperación, dije al soldador.
Cuando volvimos al campamento, horas más tarde —ya de noche—, el cielo se cubrió de nubes grises que taparon la luna creciente.
Comienza a nevar ahora. Dani, el abogado, duerme, al igual que Pipo, el historiador. Polito, el que fue a una yerra, está en el salón con los demás. Se escuchan las risotadas desde acá: desde la pequeña habitación del albergue. La nieve es espesa y cubre todo el pasto en forma veloz. Allá arriba deben estar ellas, solas, tal vez los hombres-topo de la montaña las hayan invitado a pasar a sus cuevas. Tal vez la sirena travesti de los arroyos las esté observando desde el fondo del «río de abajo»… envidiándoles el fuego y el humo suspendido.
Voy a morir esta noche. Me duele la desesperación.
FIN
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
Los miembros saintterrienses emborrachan al guía de montaña, y al candidato a intendente de la Comuna de San Clemente, mientras afuera nieva. El camarógrafo sufre por lo que dejó allá en la montaña.
.
.
.
.
[i] Pirca: cerco, en lengua quechua. Construcciones de piedra que se utilizan para separar los terrenos y evitar que los animales pasen de un lado al otro.
[ii] Mica: mineral compuesto de hojas brillantes, transparentes y delgadas que se separan con facilidad y forman parte integrante de varias rocas.
[iii] Luna azul: es cuando la luna se llena dos veces en un mismo mes.
[iv] La pobrecita, de Atahualpa Yupanqui, canta estos versos entre sus estrofas: por entre los surcos se ven, de lejos, los tucu tucu de los cigarros.
[v] Marco Antonio y Cleopatra, derrotados por las tropas de Octavio en la batalla de Actium, huyeron hacia Egipto. Marco Antonio, atemorizado por el asedio de Octavio en Alejandría, y creyendo que Cleopatra se había quitado la vida, se suicidó cayendo sobre su espada.
[vi] Pialar: tumbar animales utilizando un lazo. En las fiestas, se la reconoce a la pialada como una actividad de destreza criolla.
[vii] Oma: abuela, en alemán.








































0 Respuestas a “La montaña (litoraleños que se fueron a las sierras)”
Escribe un comentario