Archivos para Mayo 2008

30
May
08

Música para cambiar al mundo. Parte 1.

Canción de Cuna de la Comunidad Toba

Antiguos Dueños de las Flechas; de Ariel Ramírez y Felix Luna, interpretado por el grupo Tonolec.

Antiguo dueño de las flechas

Indio toba
Sombra errante de la selva
Pobre toba reducido
Dueño antiguo de las flechasIndio toba
Ya se han ido tus caciques,
Tus hermanos chirihuanos,
Abipones, mocovies . . .Sombra de kokta y noueto
Viejos brujos de los montes
No abandonen a sus hijos
Gente buena, gente pobre . . .Indio toba,
El guazuncho y las corzuelas,
La nobleza del quebracho
Todo es tuyo y las estrellas.

Indio toba ya viniendo de la cangaye
Quitilipi, aviaterai, caguazu, charadai,
Guaicuru, tapenaga, pirane, samuhu,
Matara, guacara, pinalta,
Matara, guacara, pinalta . . .

Indio toba no llorando aquel tiempo feliz
Pilcomayos y bermejos llorando por mi
Campamento de mi raza la america es
De mi raza de yaguarete
Es la america, es . . .

Toba dueño como antes del bagre y la miel
Cazador de las charatas, la onza, el tatu
Toba rey de yararas, guazupu y aguaras
El gualamba ya es mio otra vez
Otra vez, otra vez . . .

 

 

 
Música: Ariel Ramírez
Poemas: Felíx Luna

Devuélvannos la Tierra. La tierra es nuestra. Eso es lo que piden estos Indígenas misioneros del río Iguazú en esta canción. ¿Serán oídos alguna vez?

Me acuerdo cuando me perdí en el parque nacionel Iguazú, en enero pasado, caminando de noche por la selva. Nos olvidamos de cambiar el horario del reloj, y nos dimos cuenta tarde que todo el mundo ya se había ido. Encontramos, con mi amigo Paolo, un hotel Sheraton ahí adentro. Tuvimos que irnos, pero sólo nosotros. A los turistas que tomaban unos tragos en el hotel, nadie les dijo nada. Al salir nos encontramos con una señora guaraní y quise comprarle un bolso tejido. El imbécil guardaparque vino armado con un revólver y nos amenazó para que nos fuéramos, prohibiéndole a la mujer originaria venderme el bolsito.

Eso es Argentina. Las cataratas son patrimonio de la humanidad, y el Sheraton: un pedacito, dentro del patrimonio, exclusivo para los adinerados. A los indios, a los maestros y a los argentinos que no somos ricos, nos echan con armas, a punta de pistola.

 

 

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28
May
08

Poquito falta para el cumpleaños número 80 de Ernestito de América

28
May
08

A remo por la Amazonia Boliviana (sigo actualizando de a poco 24 de diciembre)

Cinco rosarinos muy diferentes el uno del otro: Marcelo Jalil, gomero, camionero y sociólogo -54 años-, Emiliano Casal, trabador social para una fundación que defiende a las mujeres argentinas -37 años-, Jorge Mac Donal, dentista -39 años-, Paolo Cardozo, el químico -28 años- y yo, Santiago del Río, maestro de primaria -29 años-.  Salimos de Rosario el 23 de diciembre, con ganas de hacer algo que rompiera con todos los moldes posibles sobr e lo que significan las vacaciones. Un mala costumbre anticanónica.
 
DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 22 DE DICIEMBRE DE 2007.
 
Ya tenemos vacunas, mochilas llenas. Todo está listo para la partida. Cumpleaños de Ceci, maestra de la Escuela Toba. Despedida de año con ellos.
 
VacunadaSufriendo los pinchazos
 
DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 23 DE DICIEMBRE DE 2007.
 
Cecilia borracha. Pierde la dentadura postiza, que se la guarda Laura, su hija, en la heladera. Mucha alegría. «Si el vino viene, viene la vida», Horacio Guarany.
Los maestros y maestras lloramos cuando recordamos las cosas del año. Pobres niños tobas. Pobres niños. Niños pobres, y pobres niños, no como Juanito Laguna, que sólo era un niño pobre. Los sojeros matan a los niños tobas. La soja mata a los indígenas. Ellos están muertos en una ciudad como Rosario. Nosotros somos sus maestros, pero ellos nos enseñan a nosotros.
 
El maestro Pepe y el maestro Sergio me acompañan a la Terminal. Mucha emoción… llegan Paolo, Emiliano, Pato y Emi.
 
En la terminal de Rosario
 
Nos vamos. Adiós Rosario a las 6:30 de la mañana. Nubes, rayos, tormenta. Llueve mucho.
Salimos de la provincia de Santa Fe.
En Pintos, Santiago del Estero, hace mucho calor. Uff…
En el sol de Pintos
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Llegamos cerca de la una. Gente con calor. Con Paolo nos hacemos los vivos y nos ponemos al sol… la gente nos advierte de que es peligroso, y nos dicen que hay perros malos y sueltos. ¿?
El monte es enorme. Infinito. Gigante el monte. Calor traspasa vidrio del colectivo. Calefacción no sirve con el calor del chaco santiagueño. Pero las vaquitas son ajenas… que pena.
Llano… liso… para que uno grite y nadie oiga.  Palos duros, distantes, que llevan cables.
Áspero.
En cada poste un cotorral. De tanto en tanto «pare, mire, escuche» ocultos por el óxido. Cruces de San Andrés se muestran en carteles de caminos polvorientos, perpendiculares a la ruta y a la vía que no ha dejado de copiarnos.
Hasta las nubes se desangran por el calor.
Artigas, Pigna, Bécquer, Borja. Nos acompañan unos cuantos, gritan desde adentro de los libros.
El monte es infinito. El chaco santiagueño es gigante.
Todo el mundo se volvió gigante. Ya no vemos el mundo desde arriba, desde el Google Earth. Desde adentro se ve infinito. Impenetrable.
Las nubes se desangran.
Vagones sueltos.
Cactus enormes. Sal. Aguadas remotas… muy remotas.
Vendo alfalfa. Casas del monte. Huaira muyo, Antonio Gil y los cotorrales.
La ruta 34 es hermosísima.
De la tormenta santafesina, sólo quedan tristes cúmulos de algodones pequeños que se juntarán, lejos, tal vez, para bendecir lugares muy distantes de aquí. Las nubes se desangran.
Ranchos pobres.
Desarmadero en el monte.
Dos caballos con las manos atadas agonizaban el calor a pequeños saltos.
14:30 y la siesta santiagueña.
Pasa el tiempo… sigue el monte.
Calor.
Las nubes se desangran.
EL protector de pantalla del DVD del micro rebota una marca contra los bordes del monitor. Pero el rebote jamás da en un vértice exacto. Siempre le pasa cerca por poco. Es como la hoja de Bécquer.
 
Hoja que del árbol seca
Arrebata el vendabal
Sin que nadie acierte el surco
Donde a caer volverá.
 
Creo que si algún día el chofer se olvidara de apagar el DVD, y la marca que rebota en el protector tocara un vértice de la pantalla, el mundo se acabará con todos sus seres en él.
 
La capital santiagueña nos encontró cantando «Sobre el puente carretero».
Una tormenta se empieza a formar cercana a la ciudad.
Saliendo de Santiago nos encontramos con un campo donde se cosechan bolsitas. Mugre.
 
 
 
Puente carretero
 
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Abrí los ojos en San Miguel de Tucumán. Son las 16:30.
En la Terminal, una chica quiso subir un perrito. Éste nervioso. Chofer enojado.
La chica prefirió bajarse y perder el colectivo.
Muy bellas las montañas, las nubes que vuelven a tener sangre y el atardecer.
Cena.
 

DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 24 DE DICIEMBRE DE 2007.
 
Abro los ojos. Casas como en los videos de León Gieco. Bajitas, de adobe. Las he visto en fotos. Es de noche pero se ven por algunas luces de alumbrado. Casitas como las de las postales del norte. Cuánto silencio debe haber ahí afuera.
La Quiaca. Todavía es de noche. Hace frío. Bajamos todo del colectivo y subimos a un taxi. A la frontera.
Migraciones. Mientras los chicos hacían cola para anotarnos, yo fui a cagar a un estacionamiento, junto al arroyo, debajo de unos árboles.
Frío.
Amanece.
 
 

 

Lejos, tierra al sur…
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Llenamos los papeles del lado boliviano. Algunas personas gritaban porque querían pasar de un lado al otro y tenían problemas con su documentación. Por primera vez veo cholas en vivo. No parecen argentinas del manual; igual que los tobas de mi ciudad. ¿Qué clase representación de la Argentina tendrán estas personas?
 
Los argentinos son ricos o pobre, claritos o morochos, campesinos o urbanos, pero no son cholas. Las cholas son de Bolivia. Las cholas tienen cara triste.
¿Bailan las cholitas el carnaval?

Mujer Cholita y niña.
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Villazón, el barrio boliviano de la Quiaca. ¿O es la Quiaca la Villazón del lado argentino?
 

Gringos rumbo al mercado de Villazón.
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La gente hace mercaditos en las calles.
Cambiar dinero. Dólares por bolivianos. 1 dólar = 7,5 bolivianos.
Un niño cambia dinero en una ventanilla.
Veo personajes que parecen puros: un arbolito que quiere cambiarnos dinero, gente que ruega por que le compremos algo.
Subimos por una calle larga. Falta el aire.
 

A levantar la basura.
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Tren a Uyuni. 

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Estación de trenes.
Escribo de noche, recordando el día de hoy.
Hermoso lugar. Hermosa la gente. Pasamos mercadito grande.
Llegamos a estación de trenes. Faltan dos horas para que abran las ventanillas, pero hay que hacer la cola. Son cerca de las 7 am. Tuvimos que cambiar la hora del reloj.
Un borracho aparece pidiendo monedas. Tiene armónica. Pide por favor y se arrastra para pedir. Una señora la da. Se puso insoportable. Le agradeció veinte veces. Ahora con esto voy a poder comprar un pedazo de pan, le dice el borracho, y toca la armónica. Son melodías conocidas. El cóndor pasa, Caminito de llamas. Y se vuelve a arrodillar y a pedir monedas. Me hago el tonto para que no me agradezca. Qué vergüenza le hizo pasar a la señora. Una mujer tiene que ayudar a un hombre, gritaba el borracho, es humillante. Y volvía a llorar y a tocar la armónica.
Rato largo estuvo.
Emi y Paolo salieron a caminar.
Entramos a la estación. Un policía nos dio numeritos.
Compramos pasajes en la clase intermedia.
Tren Wara Wara.
La altura cansa mucho. Estamos muy agitados. Un hombre nos alquiló una piecita para dejar todos los bártulos así caminábamos aliviados de peso por la ciudad.
Esperamos el rato para que salga el tren caminando por Villazón. Mercado muy grande. Pato compró poncho de vicuña mal armado. Lo pagó barato.
Paolo jugó al pool en la calle con Emi. Caminamos mucho. La altura cansa. Un hombre borracho nos dijo que era sobrino de Bin Laden.
Salida del tren. Qué bueno. Una chica de Bélgica me preguntó si yo era rosarino, si estudiaba agronomía. No, le dije, ése es mi hermano. Siempre enamora a todo el mundo ese pibe.
Conocimos a Juan Sin Nombre, un chico de Buenos Aires. Me tocó estar a su lado en tren.
Los chicos se sentaron cerca de una familia brasilera porque les gustaba el cuero que pensaban era la madre.
El paisaje es maravilloso.
Qué lindo es el altiplano.
Cueva enorme en la montaña.
Hay un camino que va pegado a las vías. Ideal para bici o moto. Cerros nevados. Aparece nieve al lado de la vía. Estamos muy alto. El GPS de los chicos marca 4.00o metros.
El silencio es aliado de las miradas.
Plantaciones de maíz.
Una montaña de piedra y barro había caído arriba de un sendero.
Conversé con la chica belga y conocí a Agus, una uruguaya muy linda.
Atardece muy hermoso, pintando de rojo las montañas.

Tupisa desde el tren.
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Llegamos a Tupisa. Bajamos del tren a estirar y a comer humita. Sabroso.
Mercadito.
Las mujeres se esconden de la cámara de fotos, y apelan a la lástima para vendernos sus productos.
Seguimos viaje.
Cae la noche.
Voy al vagón donde está Agus, la uruguaya: el vagón. Voy con Juan sin Nombre.
El comisario de abordo se enojó y nos echó porque ése era vagón exclusivo para gente que paga más. Nos volvemos al nuestro de clase intermedia.
A las 21.00 hs se puede ir al vagón comedor. Allá iremos.
Falta poco para las 21.00 hs.
Esta noche es navidad. Nunca estuve para esta fecha sin mi familia.
Juan y yo en vagón comedor. Tengo vino. Tomamos cerveza, vino, bebidas varias. Gente de México, Venezuela, Alemania, Argentina, Uruguay, Bélgica.
Agustina es uruguaya y odia a la gente de Gualeguaychú. Tiene 18 años y parece segura e independiente.
A las 23.00 llegamos a Uyuni. Después hacemos brindis.
Tren se paró. Nadie sabe por qué. Cocineros tampoco.
No arranca. Estamos en un precipicio. Algunos están asustados.
Son las 22.00. Festejamos navidad uruguaya.
Son 22.30. Festejamos navidad venezolana.
Tren sigue parado. Hubo desmoronamiento en la montaña. Maquinistas con palas.
Quise buscar a los chicos pero cerraron mi vagón para que la gente que está en estado de pánico no se vaya de un lugar a otro. Tren ligeramente inclinado hacia el vacío. Cocineros dicen que es normal. Es la forma de la vía.
Son 23.00 Festejamos navidad argentina. Borrachos de tanto brindar.
Tren sigue parado.
00.00 Feliz navidad boliviana. Bolivia es hermoso. Los bolivianos son hermosos.
 
 
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DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 25 DE DICIEMBRE DE 2007.
 
El tren sigue detenido en medio de la montaña. Nos enteramos que por culpa de un derrumbe. Nos echaron a los vagones propios cuando el tren retomó la marcha. Como Juan y yo pertenecíamos al vagón de una clase más pobre, el comisario de abordo nos acompañó personalmente, y cerró con llave atrás nuestro para que no pudiéramos volver al ejecutivo, que tenía butacas más cómodas y unos ventiladorcitos por el calor.
En nuestro vagón, los chicos estaban de festejo tomando vino y chamullando a unas brasileras.
El final de la noche, hasta Uyuni, fue horrible. No pude dormir. Quedé con una tortícolis cuando miraba a la derecha ¡Cómo hace doler la derecha!
Llegamos a Uyuni con 4 horas de atraso. El lucero asomaba entre la montañas, azules de luna y frío.
Una mujer nos llevó a una posada. Ducha caliente. Cama cómoda. Dormir el resto de la noche.
Buen desayuno.
Fuimos a la terminar para sacar los pasajes en tren hasta Oruro.
Pagamos 17 dólares cada uno y una camioneta nos llevó a pasar todo el día al salar más grande del mundo. Sal… labios secos… ojos irritados… Museo de sal. Casas de sal. Ladrillos de sal. Camas de sal. Fuimos a una isla, en medio del salar, llena de cardones, buscamos hombres topo, conocimos a Pepita Cantalapiedra: ecuatoriana y cazadora de topos.
Comimos carne de llama y quínoa. Qué rico.
Fuimos a una fábrica de procesamiento de sal.
Conocimos el pueblo más pobre que conocí en mi vida.
Ese día le dimos mucho a la coca.
Antes de volver a Uyuni, pasamos por un cementerio de trenes. Ya anochecía. Frío. Los chicos se habían perdido. El chofer quería volver porque tenía que manguerear la camioneta para sacarle la sal. Los chicos aparecieron. Habían encontrado bulones con una esvástica nazi, en un vagón abandonado.
Fuimos a cenar a un bodegón.
En el andén del Wara Wara hicimos una guitarreada.
Otra vez el tren. Otra vez los asientos incómodos.
Pasamos por Machacamarca: un pueblo amurallado en uno de sus flancos.
 
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Niños del collado.
Salar graaaaande.
Modelos uruguayas, señalando la proeza de la muchacha ecuatoriana.
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DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 26 DE DICIEMBRE DE 2007.
 
Flamencos, biguás, garzas. Todo en unas lagunas, antes de llegar a Oruro. Tren va por el medio de la calle. Mucha mugre en Oruro. Mucha pobreza. Mercados callejeros por todos lados y gigantes. Mercado abastece el consumo interno. No hay almacenes, sólo mercaditos. Verduras, peluqueros, electrodomésticos, mentisan, harina. Todos se ordenan y en una cuadra abarcan cada rubro. La cuadra de los que venden ropa, de los artesanos, de los músicos. Cholitas comen semillas y frituras todo el día. ¿Dónde están los varones? La mayoría de las trabajadoras son mujeres.
Llegamos a la terminal de ómnibus. Lleno de gente pobre pidiendo en la calle. Los políticos anteriores a Evo han hecho esto. Bolivia es rica, pero concentradísima en poquitas manos.
Oruro es la ciudad con más iglesias del mundo. Claro: las montañas están llenas de plata. Como teníamos muchas horas hasta la salida del micro a La Paz, quedamos en encontrarnos en el Socavón. Marcelo, Emi y Jorge fueron en taxi. Paolo, Juan sin
Nombre y yo, a pie. Caminamos mucho. Mucho sol.
Llegamos a lo alto de la ciudad y preguntamos: Dónde quedan las minas del Socavón, en lugar de preguntar por la iglesia del mismo nombre. Nos pasamos de largo y dimos con uno de los yacimientos mineros más importantes de Bolivia. Llegamos a lo alto y pudimos observar el nevado de Sajama. La minería es algo infrahumano. La gente es muy pobre y muere muy joven. La caja cervecera los endeuda con créditos y los obliga a trabajar para pagar sus deudas. Traban niños, mujeres. Los socavones son salamancas muy profundas que agrietan las montañas. Encontramos cuevas de hombres topo.
Juan sin Nombre —futuro médico— nos explicó muchas cosas sobre los topos. Algunas personas viven en casillas adentro de la planta que procesa la plata. Caen los arroyos contaminados desde las montañas hasta la ciudad. Encontramos un camino en las montañas y bajamos hasta el barrio de los mineros.
Vimos muñecos ahorcados. Preguntamos qué eran. Un chico nos dijo que son advertencias para los ladrones. Que si son agarrados robando, son condenados al Palo Santo: ajusticiados por la misma gente.
Sol. Sol insoportable. Quemaduras en brazos y cuello. Compramos ibuprofeno para el dolor de cabeza por la insolación.
No hay autos particulares.
Los chicos fueron a la iglesia, bañada en oro y plata, y luego a unas aguas termales. Marcelo le sacó unas fotos a una niña y un dirigente indígena lo retó y le sacó 10 bolivianos —1.4 dólares—.
Nos encontramos en la terminal. Colectivo a La Paz. Llegamos de noche y vimos la sábana de nubes cubriendo la gran depresión paceña.
Buscamos alojamiento cerca de la terminal y nos ofrecieron un galpón enorme donde dormía el collado por sólo 5 bolivianos —65 centavos de dólar— pero no nos gustó. Fuimos a un albergue a media cuadra del lugar. La habitación que nos tocó a mí y a Paolo es pequeña y con mucho olor y humedad. No entro parado.
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Joven minero. ¿Cuántos años más?
Personas saliendo de los socavones salamanqueros.
Faldeo de Oruro.
Un horror… y algo tan bello…
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De Oruro a la Paz y el Alto: el ejido urbano más escalofriantemente majestuoso de Sudamérica. Dos millones de almas habitando un cráter gigantesco, al pie de dos gigantescos volcanes. La Paz es un monstruo de ruidos, smog y caos. Una maravilla que asusta tanto como se admira.
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Increíble.
Un poquito de lío. Ni Alejandro con su espada desata este «gordiano».
 
 
No me aguantaba las ganas.
La banda!!!!!
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Y entonces, después de conocer las ruinas de Tiawanacu y el lago Titi Caca, a bajar del altiplano. Partimos hacia las yungas por el Camino de la Muerte que une las ciudades de La Paz con Caranavi, la gran capital del monte, en las puertas del Amazonas.
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La cordillera al fonde, las yungas y la amazonia.
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Ruta de la muerte, desde nuestra cámara de fotos.
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Coroico, la ciudad más romántica de Bolivia. 
Un rosarino dibujado en el colectivo. 
Nuestro balconcito en Coroico.
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Llegamos el 31 de diciembre a Palos Blancos, en la comarca amazónica, donde decidimos pasar año nuevo. El primero de enero, de milagro, conseguimos un vehículo que nos llevara hasta Rurrenabaque, al pie de las sierras donde el río Alto Beni, un infierno de palos, remolinos y angostos de piedra, se vuelve el enorme afluente selvático que 1000 kilómetros más abajo se volverá el río Maderas.
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Caminando por Rurrenabaque.
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Sentí en Rurrenabaque un sentimiento de paz que jamás creí volver a encontrar; no sé si habrá sido por el aislamiento de esa ciudad respecto del resto del mundo -demoramos dos días en recorrer 150 kilómetros en auto-, si por estar a orillas del hermosísimo río Beni, o si esa paz llegaba por el hecho de compartir nuestros días con gente que se alternaba entre cambas -gente del llano-, coyas -de lo alto- y exejas -nómades de la selva-. Lo cierto es que jamás he encontrado paz de integridad como la que hallé en Rurre.
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Rurrenabaque urbano.
Angosto de Rurrenabaque. 
Niños chamitas contentos.
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Entonces decidimos cómo seguiría el viaje. La idea era navegar unos días por el río, y comenzamos la búsqueda de una embarcación. Las salidas desde las empresas de turismo costaban unos veinte dólares por día, por persona, y el presupuesto se nos iba de las manos.
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Saliendo de Rurre
A remar.
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Cuando llegaba la noche del día 3 de enero, dimos con la casa de los hermanos Pimentel: dos pescadores que tenían, amarrada a su rancho costero, una canoa vieja y semidestruida de doce metros de largo, hecha a partir de un tronco ahuecado de un árbol casi extinto llamado mara.
La tarde del 4 de enero nos encontró embarcados y a la deriva. Sabíamos que a unos 1000 kilómetros por agua, encontraríamos la ciudad de Riberalta, desde donde podríamos salir de la selva, y regresar a casa.
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Calor en el arroyo.
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          La remada del primer día fue muy corta: la noche nos alcanzó rápidamente y nos detuvimos en una comunidad costera, donde la gente nos recibió con alimentos -pescado, fruta- y mucha alegría. Allí pudimos arreglar los agujeros más grandes de la canoa, y trocamos bienes por nuevas palas -remos- y brea para tapar futuros agujeros.
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Güilson es canalla.
Decorando la canoa
El pintor.
Arreglando la canoa
Esta canoa está destruida.
Rápido que viene el agua
Armemos rápido el rancho, que viene agua.
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Recién al tercer día pudimos dedicarnos a remar sin otra preocupación que el calor del sol, las sorpresivas tormentas del trópico o el hecho de tener que encontrar un lugar para hacer noche en la costa: el río venía en rápida crecida y arrastraba muchos palos. La fuerte corriente, y el miedo de que un tronco pudiera romper alguna de las podridas tablas que completaban el tronco ahuecado, nos limitaban en el horario de remo.
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Qué come el mono?
Qué come el hombre??
Qué comen los caimanes???
No sabés usar una navajita.
Te va a quedar una marca.
Te toco una zamba?
Ojo que puede haber víboras en el pasto. 
Contra el aburriemiento
Ahí voy.
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Nuestros campamentos alternaban entre comunidades que encontrábamos a orillas del río, o en las pequeñas limpiadas que escasamente aparecían en el monte. La selva es un lugar frío y oscuro, y muy pocas veces nos atrevimos a internarnos en ella: Hay muchas plantas con espinas, serpientes, tarántulas, y una especie de hormiga gigante cuya mordedura genera un dolor tan grande que es realmente intolerante. Me aconteció que una de ellas mordió mi pulgar izquierdo. Ay, Dios. Un dolor de muelas es una caricia al lado de la toxina de este bicho.
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Grande, el arbolito.
Queremos guineos!!!!
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En las comunidades hemos sido muy bien recibidos. Fuimos curados cuando estuvimos enfermos o heridos, alimentados cuando tuvimos hambre -en nuestra dieta aparecían las toronjas, papayas, monos, peces, cacao, almendras, bananas, chanchos salvajes-. Siempre fuimos bien recibidos. Nadie jamás nos faltó el respeto o nos quiso robar. Cuando estábamos en las ciudades nos hablaron muy mal de las aldeas que encontraríamos en la selva, pero fue todo lo contrario. Algunas veces nos sentíamos incómodos con la gran atención que recibíamos: a veces ellos nos miraban comer en silencio, sentándose alrededor nuestro y sin hablar; y otras veces nos recibían en su mesa, donde compartíamos los alimentos con toda una familia: la que «tuvo la fortuna» de habernos recibido. Los adultos se asombraban cuando nombrábamos a Ronald Raldes o al Che Guevara, y los niños se detenían por algunos minutos a meditar «qué éramos»: collas, chamitas -nómades- o gringos -como llamaban ellos a todos los extranjeros blancos-.
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Muejeres barracas y emi
Hermosas mujeres barracas.
desde la barraca
Pasan un montón de palos.
no a las papelertas
No a Botnia ni a Alto Paraná. Papeleras de mierda.
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La remada continuaba cada mañana, después de un fuerte desayuno y unos ricos mates. Jamás se borrarán de nuestras mentes los rostros de los originarios probando por primera vez nuestra bendición amarga.
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Unos cimarrones vienen bárbaro.
Qué julepe. Acampemos en otro lado.
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La primer mitad del viaje mostraba un río muy meandroso y de costas bajas. Allí vimos muy poca gente y muy dispersa. La naturaleza mostraba su máximo esplendor en esos parajes. Hemos visto infinidad de monos, guacamayos; nos asombraron enormes caimanes y algunos árboles tan grandes que no podían ser abrazados ni entre todos lo tripulantes de la embarcación.
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Hermoso Amazonas
La selva.
Descansito
Descansito, por favor.
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         A la segunda mitad del raid la realizamos en un paisaje de barrancas muy altas y comunidades muy grandes y organizadas. Era la comarca de las «barracas». Allí se vivía de la castaña: uno trabajos muy peligroso y sacrificado. Grandes empresas de terratenientes ambiciosos esclavizan a las familias mediante créditos «truchos» que las endeudan, y las obligan luego a recolectar la preciosa semilla de la almendra por el bosque. Toda la familia tiene que pasar días enteros en la selva para pagar las deudas contraídas en los meses donde no hay trabajo. El almendro en un gigantesco árbol de treinta metros que deja caer su coco entre enero y marzo, y recién ahí puede ser recolectado: una bala de cañón de un kilo que cae en picada y le da un «castañazo» al boliviano que encuentra debajo. Mucha gente muere cada año, durante la cosecha de la almendra.
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Atardecer en la selva
El árbol de castaña.
Desayuno
Un desayuno con masaco.
Árbol de castaña (almendro)
Siguen las almendras.
El Amazonas
A la tarde es tan maravilloso.
La canoa
Listos para seguir viaje. Esto se termina.
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Pasados dieciséis días de remo, llegamos a una ciudad llamada Riberalta. Regalamos la canoa y, cuando pensamos que el viaje estaba terminado, nos enteramos que las abundantes lluvias habían destruido el camino de regreso a Rurrenabaque por tierra.
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Para entrar en esta pieza tuvimos que ponernos la antitetánica.
Última vez que vimos a Arará: la canoa.
Nos vamos. Chau Bolivia.
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Las únicas formas de regresar no eran las previstas: embarcarnos en una balsa a motor y remontar el río Mamoré durante dos semanas hasta la capital departamental de Trinidad, a tres días de Rosario, o dar la vuelta larga por Brasil, rodeando a Bolivia y a Paraguay por el Mato Grosso, hasta llegar a Misiones.
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Esto no es telo, che. Vayan a otro lado. 
La señor moja la vereda y el señor arregla cables de luz. Qué peligro!! 
Los sojeros al ataque.
La obra de Cargill y Dreyfus, y por supuesto: de los terratenientes.
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El resultado: 60 horas arriba de tres colectivos, haciendo una escala en Cuiabá, donde conocimos Chapada dos Guimarães: el centro geográfico de Sudamérica.
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Escapándoles a los guardaparques?
Esto está buenísimo.
Qué maravilloso es el ombligo de América.
Lo que queda de Mato Grosso.
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Por supuesto, un día más de descanso en Puerto Iguazú para conocer las hermosas cataratas, y las 20 horas finales de regreso a Rosario.
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Las maravillosas cataratas.
 
Se forma un remanso en la costa.
Qué linda la selva misionera. Qué lástima que la papelera Alto Paraná y los sojeros la estén detruyendo.
.
Tantos matices en sólo cuarenta días. Un viaje que jamás olvidaremos ni terminaremos de relatar.
 
 
 
 
 
 
 



TAPA DEL LIBRO SANTIAGODELRIO Todos éstos están ahora atrapados en nuestro remanso costero:

«La caza es sólo una denominación cobarde para un asesinato especialmente cobarde de criaturas sin posibilidades. La caza es una forma secundaria de enfermedad mental humana». Teodoro Heuss.

Que nuestros humedales no sean transformados en una pampa ganadera.

Quema de pastizales

«El fuego quedó prendido, como testigo nuestro ... en silencio, contrarestrando los escopetazos de los bobos que todavía van a cazar algo cuando no necesitan de eso para vivir ... quitando una vida inutilmente.

Cuando era chico me gustaba cazar a mí también, hasta que traté que una perdiz levantara vuelo para tirarle y, como no subía a pesar de mis pisotones al suelo, al acercarme me di cuenta que tenía cría abajo ... nunca más le tiré con algo a un ser vivo.»

Capitán Martín Burbuja.

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¡¡¡Seguimos adelante!!!

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A diferencia de los soldados, que en la mayoría de los casos tienen ante sí a un enemigo con iguales posibilidades, el cazador es especialmente cobarde: él dispara sólo cuando la víctima no se puede defender.

Que el hombre se atribuya el derecho de matar por diversión a seres vivos que sienten y que perciben el dolor igual que él, es algo absolutamente miserable.

Los cazadores futivos están acabando con la fauna nativa. No les sigas la fiesta a los matadores de carpinchos. Defendé nuestros recursos.

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SANTIAGO GUARÚ DEL RÍO

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