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08
May

Gente que se va de Rosario, que nos deja

Cada vez que se me va un amigo a otro país, en busca de prosperidad, me pongo muy triste. Es cierto… en España se va a poder comprar un auto viejito con lo que trabaja en medio mes, y va a poder cirujear muy buenos muebles usados por las noches.

Por eso se van… ¿o se van a vivir algo nuevo? ¿De aventura tal vez? Algunos dicen que a los pocos años vuelven con muchos euros —la canasta básica para una familia, en mi pago, es de 500 euros— para poder así comprar una casa y qué sé yo qué lindas cosas más… Una especie de seudo-nueva-conquista, pero al revés. Ellos, a lo largo de la historia, nos han robado miles de toneladas de oro y plata —hoy nos llevan hidrocarburos y divisas con empresas de servicios—, y ahora nosotros vamos por la revancha, a cambio del puñado de miles de euros que nos traemos a la Argentina. Por eso se van los que no se quedan. Se van al primer mundo… nosotros, acá, somos la mierda que no sirve para ser prósperos. La cultura dominante nos enseñó que en nuestro país es bueno morir siendo pobre… y nos creímos eso. Entonces nos volvemos, si queremos apostar a un bienestar a corto plazo, en cagadores o emigrados. Pero no la peleamos. Jamás la peleamos por las buenas.

Una vez, hace unos años, quise irme a Estados Unidos a no pelearla. A ser un sudaca con auto. Otra vez, al año siguiente, quise irme a no pelearla a España. Claro que allá iba a tener que pelear por otras cuestiones diplomáticamente burocráticas, pero no la peleaba con los míos. Para algunos está bueno no pelearla acá, sino afuera, pero pelearla en fin… con otros que no son los nuestros… Muchos piensan así. Algunos quieren irse hasta Chiapas a pelearla, pero no hacerlo acá.

Yo me quedo acá… dije el día que estaba haciendo la cola en la federal para sacar el pasaporte.

¿Por qué me quedo, si afuera puedo ganar más dinero? Más dinero… Mejor me quedo… el dinero nos tienta a todos por igual… pero me quedo.

Y me quedé.

 

Entonces pretendo, con esta publicación, simplemente enumerarles las siete razones por las cuales aposté a la lucha desde mi pago natal: Rosario —ciudad de grandes como el Che Guevara o Herminia Severini—:

 

1)      La gente del noreste que llega día a día a Rosario, es expulsada de su tierra por sojeros, zafreros y empresarios de Alto Paraná que compran sus tierras y desmontan sus pagos, echándolos a la calle. El veranito sojero duró desde 2003 a 2006, pero el costo social que tuvo ese éxodo —nuevas escuelos, nuevos centros de salud, nuevos asentamientos villeros, nuevos focos de violencia, más planes sociales— ha sido insostenible para el gobierno, por eso ha inventado esas retenciones que intentan, a toda costa, mantener el superávit fiscal para que las cuentas cierren en verde. ¿No vale la pena quedarnos a luchar por ellos? ¿Por los expulsados? Tratemos de lograr que puedan volver a sus tierras. A este ejemplo —¡Presten atención!— lo he usado mil veces, pero me parece contundente: cuando desparasitan a los niños tobas, en los barrios rosarinos, a los pocos días de vacunados les salen gusanos por la cola, nariz y boca. Una maestra está dando clase y de golpe —¡se interrumpe todo… pasa algo terrible!— a un niño rosarino le sale un gusano por la nariz. Sus cuerpitos no están preparados para comer basura podrida de los tachos. Por ellos me quedo… les hago el aguante y lucho… por esos niños nos quedamos. Y por todos los inmigrados. ¿O mejor miramos para otro lado y nos vamos?

2)      Los medios de comunicación en Rosario son manejados por empresarios del Opus Dei, de la Fundación Libertad, por cerealistas y demás basura. ¿No vale la pena quedarnos a publicar la voz de los que no pertenecen a esos nefastos empresarios? ¿No vale la pena quedarnos a alzar la voz? ¡Miren! Hay gente que empieza a desperezarse: desde que está la radio comunitaria Aire Libre en la 91.3 —no es una publicidad porque ellos ni siquiera me conocen— nuestra voz no está tan sola en el mundo. Ellos y los chicos de la radio Universidad —103.3— se animan a decir lo que pasa. ¿No nos quedamos a pelearla? ¿No vale la pena quedarse a gritar? Yo me quedo. A gritar como pueda… como me salga.

3)      La política en nuestra tierra es demagógica, y utiliza el clientelismo político para ganar votos. ¿No vale la pena quedarse a educar en la democracia? ¿Treinta mil vidas costó tener la democracia… no vale la pena quedarnos a defenderla, aunque sea por ellos, por los que ya no están? Yo me quedo a defender la democracia, que está re lejos de esa propagandita que nos vendieron, que decía que la democracia era el acto civil y responsable de poner un votito en una urna cada 4 años… eso no es democracia. La democracia es mucho más. Yo me quedo a defenderla. La democracia es participar… opinar… estar.

4)      La economía argentina no se anima a despegarse de los modelos neoliberales de dominación colonialista. Tenemos a Lugo, a Evo, a Chavez en nuestro continente. ¿Vamos a seguir aceptando que la CNN de Bush nos diga que son tiranos, fachos, pupulistas y trogloditas? Yo estuve en el medio de la guerra boliviana entre terratenientes e indígenas, y puedo dar testimonio. ¿No vale la pena quedarse acá alentar a nuestros universitarios, que están a la altura de cualquier empresario y son capaces de sustituir cualquier tipo de importación? ¿O nos moriríamos de hambre y frío si nos bloquearan las fronteras? ¿A qué le tenemos miedo? ¿No producimos buenos ingenieros en nuestra UNR? ¿Es verdad que estaríamos perdidos si nos cerraran las fronteras? Yo me quedo a proponer una nueva economía nacional. Un nuevo modelo económico que no margine ni dependa de los mercados internacionales para sostenerse. ¿O piensan que me va a poner de mal humor, si ya no puedo actualizar esta computadora hasta que los ingenieros nacionales se pongan al día con la tecnología? Uso la internet porque es rápida, cómoda y barata pero antes, con mi compadre Calixto, también militábamos y comunicábamos. A él lo echaron de su comité, a mí de mi escuela; pero los dos estábamos a la vanguardia de la queja con fundamento y de las nuevas propuestas, aun sin tener a nuestro alcance a las nuevas tecnologías. Y ojo que no hablo de retrasar todo… nuestros excelentes ingenieros rápidamente sustituirán todo este mamotreto de cosas lindas y cómodas, por buena industria argentina. Yo me quedo a alentar ese cambio. Los llamados economistas que sostienen a rajatabla los modelos de la globalización poco saben de lo que va a pasar. Les cuento un ejemplo, uno que viví en carne propia. Cuando él todavía era pobre, uno de los capos de Cargill —la empresa que encabeza la destrucción del Amazonas—, economista, que en este momento está tratando de abrir un mega puerto cerealero en el Mato Grosso, y que es amigo mío —yo también comparto mis veladas con Satanás—, en noviembre de 2001, a unos días del desastre económico más grande de la Argentina, me pidió 100 dólares prestado. ¿Entendieron? Un súper economista de la neo-liberación me pide dólares prestados, sin presentir la inminencia del fin del modelo de la convertibilidad. Entonces… ¿les seguimos creyendo a los economistas que hay que seguir bajo el yugo del las transnacionales, o abrimos los ojos y aceptamos que ni ellos saben lo que ocurrirá mañana? ¿O pregúntenle a Jorge Brito, el ex arbolito, a qué precio cotizará el euro la semana entrante?

5)      En nuestra provincia, un puñadito de empresarios tiene toda la tierra y la cultiva para beneficios propios, sin importarles que los peones estén en negro o que pierdan la dignidad del trabajo por nuevas formas de ganar dinero más rápido y sin esfuerzo como, por ejemplo, reemplazando a los tambos por campos de soja transgénica. Si repartiéramos la provincia de Santa Fe entre todos sus habitantes, a cada uno le corresponderían 4hs de terreno. ¿Le tenemos miedo a quedarnos a luchar por esa reforma agraria? La tierra no es de quien tiene la 4×4 y los títulos de propiedad, “la tierra es de quien la trabaja” según nos enseñara Emiliano Zapata. ¿No vale la pena luchar por eso? ¿Por qué no le damos la tierra a las familias que durante años la han trabajado y habitado, y se la sacamos de un tirón a los empresarios que la hacen trabajar a distancia desde sus celulares?

6)      La droga ilegal se lleva a los débiles de nuestro pago a perder rápidamente el cerebro y los ahorros y, por supuesto, no es tomada como una enfermedad por los gobiernos o policías. Es cruelmente castigado por la ley el enfermo adicto a las drogas como la marihuana y cocaína y sus tratamientos, por el contrario, no entran en la agenda médica o en las órdenes de las obras sociales. Yo me quedo al lado de los drogadictos… a tratar de enseñarles que hay cosas hermosas y que, para disfrutarlas, no hace falta la estimulación foránea con sustancias. ¿O mejor nos vamos de la Argentina? Nooo… hay que quedarse por ellos. No darles la espalda. Drogadictos hay en todo el mundo, pero a nuestros drogadictos hay que darles una mano. Si no los ayudamos nosotros, ¿quién lo hará? No se puede curar, sino mostrando que existen cosas mejores.

7)      En nuestra región, la contaminación nos está liquidando los recursos naturales a una velocidad terrible. Los casos de afecciones pulmonares de las ciudades que se ven a afectadas por Celulosa Argentina, por Molinos y por Vicentín, son contabilizados por cientos. Mujeres con mariposas en el rostro —lupus— se vuelven moda en las cercanías a los puertos cerealeros. ¿Nos vamos del país y que nuestro pago, solo, se pudra en su propia mugre? Yo me quedo. Seguiré marchando, yendo a las reuniones del taller ecologista, publicando en mi página, escrachando a los monstruos de la mugre, peleándome con los amigos que se han dejado tentar por el dinero y el bienestar, pero me quedo. Hay tantas personas inteligentes con las que podemos contar… ¿o no están en el Balseiro los mejores físicos nucleares de mundo? ¿No se les puede pedir a ellos que investiguen nuevas formas de producir más, mejor y más limpio? ¿Nuestros chicos universitarios no pueden sacar al país de esto? ¿No confiamos en ellos, o sólo los preparamos gratuitamente para que sean emigrados por multinacionales extranjeras?

 

Miren cuántas cosas que hay que hacer acá en el pago… y algunos, sin embargo, prefieren irse. Y son argentinos. Es increíble. Qué lástima que seamos así: que abandonemos el barco cuando se hunde, en lugar de bajar al casco a arreglar —y no sólo a tapar— las perforaciones, los agujeros. ¿Nos quedamos?

 

Y para vos, che, ¡argentino que te fuiste! ¿No es hora de que vuelvas a salvar a los tuyos? Te necesitamos otra vez en la taragüí porá, en la pacha misky, en la tierra nuestra. Volvete, por favor. Mientras muchos de ustedes están afuera del la Argentina —en países lejanos o en yopings centers—, gente de esos lugares extraños y lejanos está comprando por dos monedas los acuíferos guaraníes, las minerías andinas, los bosques chaqueños, la selva valdiviana, la llanura pampeana, los lagos australes, etcétera etcétera.

¿Qué hacemos? Nos quedamos, nos vamos, nos hacemos los pelotudos y miramos para otro lado, le echamos la culpa de todo a los políticos… participamos… ¿Qué vas a hacer?

Yo me quedo. Presente. A luchar por mi río, por mi gente y por el trabajo.    

 

            Me quedo.

                       

            Me hago cargo de lo poco que soy y de lo mucho que puedo.

 

            Me la banco.

08
May

Llorarlo al río (chamamé por su autor)

La grabación es horrible. No se la recomiendo.

 

 

 

Me dijo, muy triste un armau,

Que nunca lo llore al río;

Que el llanto enagria al mentau

Y de sal va su destino.

 

Corriendo, un ypacaá,

Dijo en huasca lagunero

Que el odio del puño cerrado

Hace penar el estero.

 

(Coro)

Si no echa flor el aguapé,

Paraná vencido,

En el supurar de espuma

Irá enfermo nuestro río.

Un carpincho, un patí y un tuyango

Piden tregua a su destino.

 

 

 

(Primer recitado)

Cuesta no llorarte, vena abierta de la selva atlántica; suspiro ahogado del pantano chamacoco, cauce nuevo del agua brillante guaraní, casa de los mil albardones que sedimentara sangre toba y wichi, ruta vieja del miserable jangadero que deriva su sueño por el torrente quirogano.

Cuesta no llorarte, si los gordos se ríen de tu pureza, inodoro grande que llevás manso la mierda de Alto Paraná, de Vicentín, Molinos, Dreifus, Cargill, Petrobrás, Celulosa, Yaciretá, Itaipú.

Cuesta no llorarte si a las moles cerealeras de acero no les interesan tus barrancas ni tus blancos arenales. Ellos quieren su dinero hecho grano y sólo eso.

Cuesta no llorarte si en la banda este acopian peces en harina. No perdonan tamaño, ni especies, ni pagan regalías por lo que es tuyo, río, y mío.

Cuesta no llorarte, si el imbécil de la lancha se ha cargado toda su miseria e impotencia en el dedo pesado que jala el gatillo contra ustedes, río, bestias, peces, aves.

¿Por qué no me dejan llorarlos, sirirí, lobito, nutria, crestón, pyrajú, carpincho, pacará, ambay, cachorro, manguruyú, sábalo, yacaré, carau, iguana, chajá, irupé, gallito.

Déjenme llorarlos. ¿Por qué no me permiten penarlos? ¿Qué es eso? ¿Qué me quieren decir? ¿Qué me señalan? Ánima del río que te siento hoy aquí adentro. Quitá el velo del lenguaje que hace a mi tosco entendimiento. Dejame oír tu voz; ésa que lenta y pesadamente llega en cálido viento norte.

Sí… te escucho, río.

 

 

 

Torcido, este sauce rezaba

Por el ánima del agua,

Pa’ que sane del mal desdichao,

De la peste que lo daña.

 

Yo quise sentarme a su lao

Pa’ velar junto a su sombra

Y me dijo: «no llores muchacho,

¡A luchar que ya es la hora!»

 

(Coro)

Si no echa flor el aguapé,

Paraná vencido,

En el supurar de espuma

Irá enfermo nuestro río.

Un carpincho, un patí y un tuyango

Piden tregua a su destino.

 

 

 

(Segundo recitado) 

Te escucho y te entiendo. Siento el olor a muerte que trae el norte de la selva. Siento el olor a veneno agroquímico que cae de tus barrancas y cuchillas. Siento el olor, mezcla de la pólvora y combustible, de los cazadores. Veo el negro humo del crematorio del monte. Veo el aceite que deriva, manchando costas… vida. Veo a tus peces buscando inútilmente aire puro en la superficie. Toco y trato de sujetar al sauce que cae antes de tiempo de una costa que acusa socavones artificiales en las orillas. Toco a la víbora que se enreda en mis piernas, y la siento temblar de miedo. Escucho a los motores que no dejan de vociferar rugidos en tus costas. Escucho reír a los empresarios gordos, también a sus hijos idiotas y a sus mujeres plásticas… aman su dinero y te agradecen a ti, río, y los políticos. Escucho tiros. Amenazas. Pruebo el gusto del agua y me ardo de rencor al no poder usarla siquiera para calentar una pava para mate.

Te siento, río. Te quiero sobre todas las cosas. Y te veo sin armas. Sin voz que grite. Sin leyes que te cuiden. Y entiendo tu pedido. Me rogás que no te llore. Que te cuide. Que me levante, que me ponga de pie.

            Ahí voy, Paraná que fuiste Bermejo, Salado, Paraguaí, Alto Paraná, Corrientes, Iguazú. ¡Ahí voy! Vos me diste la vida, la integridad. Ahora te devuelvo ésta, mi gratitud en lucha por tu paz.

 

(Último suspiro)

 

 

 

08
May

El crespín

 

 

El crespín[i]     

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«Cuando uno ha visto a un chiquilín reírse a las dos de la mañana como un loco, con una fiebre de cuarenta y dos grados, mientras afuera ronda un yasiyateré, se adquiere de golpe sobre las supersticiones ideas que van hasta el fondo de los nervios.»; Horacio Quiroga.

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Horacio Quiroga… loco, genio, suicida. 

 

                  

 

               Esto aconteció durante un fin de semana del verano de 2003. Juan Olivera, el profesor de canotaje, Fabián Trevisanut, el técnico en seguridad, y Kiara Osorio, la bella estudiante de lingüística, salieron a remar un sábado de mucho calor rumbo al Paso Destilería, un brazo del Paraná que se define entre las localidades de Capitán Bermúdez y Rosario, pero un súbito temporal imposibilitó el retorno a la guardería. Debieron quedarse a acampar.

La Pulper�a del Kayaquero

             Hacia la medianoche el viento amainó, pero ya era muy tarde para volver. El calor, con su manto de humedad, cubrió nuevamente al paisaje islero. 

            Cuando se acostaron, al apagarse las últimas brasas, un ave inició su canto desde uno de los sauces que estiraba sus ramas por sobre la carpa.

            Pi pii… 

           A los pocos segundos —tres o cuatro— otra vez.

            Pi pii…

            Ninguno de los tres habló, es normal que las aves canten en las noches estivales.

            Pi pii…

Para pasar el fr�o

            No le dieron mayor importancia y se acomodaron. Osorio ubicó su hamaca enrollada debajo de su cabeza, Trevisanut acomodó la bolsa de dormir bajo su cuerpo, Olivera se echó sobre su aislante. Hablaron tonterías por un rato, y al fin se dijeron las buenas noches.

            Pi pii…

           Afuera seguía la criatura.

            Pi pii…

             Kiara Osorio ya contaba los segundos entre trino y trino.

             Pi pii…

             —¡Qué pájaro! ¿Qué es ese bicho? —preguntó nerviosa.

            —Un crespín —explicó Olivera—. El que llora en las canciones del monte.

            Pi pii…

            —Habría que salir afuera y tirarle un piedrazo.

Campamento en los Galpones

             Se taparon los oídos con los protectores que el técnico en seguridad industrial traía en su kayac. —Lo que pasa —explicó Trevisanut— es que, cada vez que venimos con mi hermano y mi primo a la isla, estamos toda lo noche de joda y cuando me quiero acostar, que ya es de día, empiezan a cantar todos los pajaritos, y me vuelven loco… Por eso traigo los tapones.

            Pi pii… el canto no acababa y los protectores apenas si disminuían el trino.

            —¡Ah! Yo voy afuera —salió Olivera enojado, casi desnudo, y comenzó a arrojar, apuntando a las partes altas de los árboles, las leñas secas que habían quedado sin quemar bajo el alero de la carpa. El ave hizo silencio.

            —¿Le diste? —preguntó Trevisanut.

            —No… Ni idea dónde estaba, pero se ve que se asustó.

            Los tres, totalmente exhaustos, cerraron los ojos y trataron de dormir. Pasaron algunos minutos. Fabián Trevisanut ya comenzaba a roncar.

            Pi pii…

Kayaquero meditando

            —La puta que lo parió —la estudiante de lingüística hizo uso del idioma.

            Dejaron de hablar, sólo se taparon los oídos y trataron de dormir.

            Pi pii…

            —Es como una gota de agua que te cae en la frente —se quejó Olivera—: es una tortura.

             Pero por fin el cansancio fue más fuerte y el manto de oscuridad, suavemente, cayó sobre los ojos para velar el discernimiento.

               Apareció la criatura extraña y me miró de frente, primero con desprecio y luego, al verme indefensa y sin armas, con algo de lástima. Era misterioso, morocho y de cara ancha. De muy baja estatura y, lo más extraño, sus tobillos parecían estar doblados en 180 grados cada uno, como si le hubieran retorcido los pies.

Descansando en la costa

            Qué extraño Golem fabrica mi inconsciente mientras intento conciliarme con el sueño. En mi cabeza aún sigue trinando, en un intervalo constante de tiempo, el fatídico crespín. 

Somos barro, arena y somos raíz;

De la tierra despertamos…

Nos hacen las sales del suelo,

El agua mansa de los riachos

Y las fibras de los árboles.

Somos carne de animales

Que ceden su andar para

Darnos un cuerpo.

La tierra nos da sus frutos

Y el Gran Espíritu nos presta un alma.

              Alguien alguna vez pensó estas palabras. Seguramente ya la habrán filosofado muchos otros antes que yo pero, después de tantos siglos, esta criatura me pide plasmarlas en una cama eterna, que sea condena de aquellos pensamientos que llegan a morir en su lecho justo en el momento en que son dados a la luz.

            Esa extraña criatura me habló de las cosas de antaño. 

Vos, que sos extranjera

Hasta la centenaria heredad,

¡Hasta que llegue otro más fuerte!

Vos, la de la casa caliente

Y la mirada fría…

Vos, que necesitaste asesinar al Hijo

Para poder sentir la culpa…

Vos, vos sos bienvenida.

Pero dale luz a mis palabras,

Que sólo fueron oídas por los historiadores

Para la estadística del museo

O como musa de algún poeta mediocre,

Porque tu historia fue hecha feriados

Y la nuestra: sólo museos y leyendas. 

Y sabé, cara pálida,

Que uno solo es el lenguaje de la tierra

Y no fue babelizado,

Dice así, cada vez que te habla:

Vos, quedate

Para hacer más fértil

El suelo que te fuera nido.

Kiara Osorio; enero de 2003.

              A la mañana siguiente los tres lucían enormes ojeras. Con ayuda de unas pajas secas prendieron el fuego y hablaron sobre el ave que se había posado en alguna rama, por encima de la carpa.

            —Casi no pegué un ojo —dijo Trevisanut.

Por el monte

            —Yo —agregó Olivera— soñé que perdía todo el habla y sólo podía decir Pi pii, quería comunicarme con mi mamá y sólo emitía un Pi pii. Ella lloraba porque pensaba que yo había perdido la cordura. Después aparecían mi papá y mis hermanos y todo seguía igual.

            —Lo mío —habló Branda Osorio— fue extraño. No sé… Cuando llegue a casa voy a ponerme a repasar algunas historias del litoral. Anoche soñé que un duende me pedía que escribiera cosas. 

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Oh, crespín misterioso que te apareces en los veranos litoraleños. El canto del crespín.

Remando por el arroyo


[i] Crespín: pájaro cucú. Ave pequeña que canta en el verano litoraleño. Según he oído por algunos isleros, el crespín de la comarca islera deja de cantar en el carnaval, preparando su ayuno para la cuarentena pascual. También he oído que cuando el ave cae muerta deja descubrir que contaba, para su gracioso vuelo, con dos pares de alas. Según Laura Borghi, profesora de Educación Física de la escuela toba Taigoyé, de Rosario, los pájaros pequeños como el crespín no mueren sino por un gomerazo, un gato hambreado o una tormenta: son animales que van directo al cielo.

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La bella Kiara en mis sueños.

La bella Kiara. Así apareció ayer, a la hora de la siesta, en mis sueños. Menos mal que apreté el PRINT SCREEN a tiempo.

 

el_paisanito1.jpg

Qué alivio me dio saber que este personaje nefasto no la había tocado, que Kiara sigue inmaculada…

Doc Petroff

Estarás siempre en nuestra memoria, Doc.

 

Pomberito

El Pomberito. Siempre al palo.

 


litoral.jpg

Lili, la rosarina.





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