Archivos para 8/05/08
La grabación es horrible. No se la recomiendo.
Me dijo, muy triste un armau,
Que nunca lo llore al río;
Que el llanto enagria al mentau
Y de sal va su destino.
Corriendo, un ypacaá,
Dijo en huasca lagunero
Que el odio del puño cerrado
Hace penar el estero.
(Coro)
Si no echa flor el aguapé,
Paraná vencido,
En el supurar de espuma
Irá enfermo nuestro río.
Un carpincho, un patí y un tuyango
Piden tregua a su destino.
(Primer recitado)
Cuesta no llorarte, vena abierta de la selva atlántica; suspiro ahogado del pantano chamacoco, cauce nuevo del agua brillante guaraní, casa de los mil albardones que sedimentara sangre toba y wichi, ruta vieja del miserable jangadero que deriva su sueño por el torrente quirogano.
Cuesta no llorarte, si los gordos se ríen de tu pureza, inodoro grande que llevás manso la mierda de Alto Paraná, de Vicentín, Molinos, Dreifus, Cargill, Petrobrás, Celulosa, Yaciretá, Itaipú.
Cuesta no llorarte si a las moles cerealeras de acero no les interesan tus barrancas ni tus blancos arenales. Ellos quieren su dinero hecho grano y sólo eso.
Cuesta no llorarte si en la banda este acopian peces en harina. No perdonan tamaño, ni especies, ni pagan regalías por lo que es tuyo, río, y mío.
Cuesta no llorarte, si el imbécil de la lancha se ha cargado toda su miseria e impotencia en el dedo pesado que jala el gatillo contra ustedes, río, bestias, peces, aves.
¿Por qué no me dejan llorarlos, sirirí, lobito, nutria, crestón, pyrajú, carpincho, pacará, ambay, cachorro, manguruyú, sábalo, yacaré, carau, iguana, chajá, irupé, gallito.
Déjenme llorarlos. ¿Por qué no me permiten penarlos? ¿Qué es eso? ¿Qué me quieren decir? ¿Qué me señalan? Ánima del río que te siento hoy aquí adentro. Quitá el velo del lenguaje que hace a mi tosco entendimiento. Dejame oír tu voz; ésa que lenta y pesadamente llega en cálido viento norte.
Sí… te escucho, río.
Torcido, este sauce rezaba
Por el ánima del agua,
Pa’ que sane del mal desdichao,
De la peste que lo daña.
Yo quise sentarme a su lao
Pa’ velar junto a su sombra
Y me dijo: «no llores muchacho,
¡A luchar que ya es la hora!»
(Coro)
Si no echa flor el aguapé,
Paraná vencido,
En el supurar de espuma
Irá enfermo nuestro río.
Un carpincho, un patí y un tuyango
Piden tregua a su destino.
(Segundo recitado)
Te escucho y te entiendo. Siento el olor a muerte que trae el norte de la selva. Siento el olor a veneno agroquímico que cae de tus barrancas y cuchillas. Siento el olor, mezcla de la pólvora y combustible, de los cazadores. Veo el negro humo del crematorio del monte. Veo el aceite que deriva, manchando costas… vida. Veo a tus peces buscando inútilmente aire puro en la superficie. Toco y trato de sujetar al sauce que cae antes de tiempo de una costa que acusa socavones artificiales en las orillas. Toco a la víbora que se enreda en mis piernas, y la siento temblar de miedo. Escucho a los motores que no dejan de vociferar rugidos en tus costas. Escucho reír a los empresarios gordos, también a sus hijos idiotas y a sus mujeres plásticas… aman su dinero y te agradecen a ti, río, y los políticos. Escucho tiros. Amenazas. Pruebo el gusto del agua y me ardo de rencor al no poder usarla siquiera para calentar una pava para mate.
Te siento, río. Te quiero sobre todas las cosas. Y te veo sin armas. Sin voz que grite. Sin leyes que te cuiden. Y entiendo tu pedido. Me rogás que no te llore. Que te cuide. Que me levante, que me ponga de pie.
Ahí voy, Paraná que fuiste Bermejo, Salado, Paraguaí, Alto Paraná, Corrientes, Iguazú. ¡Ahí voy! Vos me diste la vida, la integridad. Ahora te devuelvo ésta, mi gratitud en lucha por tu paz.
(Último suspiro)
El crespín
El crespín[i]
«Cuando uno ha visto a un chiquilín reírse a las dos de la mañana como un loco, con una fiebre de cuarenta y dos grados, mientras afuera ronda un yasiyateré, se adquiere de golpe sobre las supersticiones ideas que van hasta el fondo de los nervios.»; Horacio Quiroga.
Horacio Quiroga… loco, genio, suicida.
Esto aconteció durante un fin de semana del verano de 2003. Juan Olivera, el profesor de canotaje, Fabián Trevisanut, el técnico en seguridad, y Kiara Osorio, la bella estudiante de lingüística, salieron a remar un sábado de mucho calor rumbo al Paso Destilería, un brazo del Paraná que se define entre las localidades de Capitán Bermúdez y Rosario, pero un súbito temporal imposibilitó el retorno a la guardería. Debieron quedarse a acampar.
Hacia la medianoche el viento amainó, pero ya era muy tarde para volver. El calor, con su manto de humedad, cubrió nuevamente al paisaje islero.
Cuando se acostaron, al apagarse las últimas brasas, un ave inició su canto desde uno de los sauces que estiraba sus ramas por sobre la carpa.
Pi pii…
A los pocos segundos —tres o cuatro— otra vez.
Pi pii…
Ninguno de los tres habló, es normal que las aves canten en las noches estivales.
Pi pii…
No le dieron mayor importancia y se acomodaron. Osorio ubicó su hamaca enrollada debajo de su cabeza, Trevisanut acomodó la bolsa de dormir bajo su cuerpo, Olivera se echó sobre su aislante. Hablaron tonterías por un rato, y al fin se dijeron las buenas noches.
Pi pii…
Afuera seguía la criatura.
Pi pii…
Kiara Osorio ya contaba los segundos entre trino y trino.
Pi pii…
—¡Qué pájaro! ¿Qué es ese bicho? —preguntó nerviosa.
—Un crespín —explicó Olivera—. El que llora en las canciones del monte.
Pi pii…
—Habría que salir afuera y tirarle un piedrazo.
Se taparon los oídos con los protectores que el técnico en seguridad industrial traía en su kayac. —Lo que pasa —explicó Trevisanut— es que, cada vez que venimos con mi hermano y mi primo a la isla, estamos toda lo noche de joda y cuando me quiero acostar, que ya es de día, empiezan a cantar todos los pajaritos, y me vuelven loco… Por eso traigo los tapones.
Pi pii… el canto no acababa y los protectores apenas si disminuían el trino.
—¡Ah! Yo voy afuera —salió Olivera enojado, casi desnudo, y comenzó a arrojar, apuntando a las partes altas de los árboles, las leñas secas que habían quedado sin quemar bajo el alero de la carpa. El ave hizo silencio.
—¿Le diste? —preguntó Trevisanut.
—No… Ni idea dónde estaba, pero se ve que se asustó.
Los tres, totalmente exhaustos, cerraron los ojos y trataron de dormir. Pasaron algunos minutos. Fabián Trevisanut ya comenzaba a roncar.
Pi pii…
—La puta que lo parió —la estudiante de lingüística hizo uso del idioma.
Dejaron de hablar, sólo se taparon los oídos y trataron de dormir.
Pi pii…
—Es como una gota de agua que te cae en la frente —se quejó Olivera—: es una tortura.
Pero por fin el cansancio fue más fuerte y el manto de oscuridad, suavemente, cayó sobre los ojos para velar el discernimiento.
Apareció la criatura extraña y me miró de frente, primero con desprecio y luego, al verme indefensa y sin armas, con algo de lástima. Era misterioso, morocho y de cara ancha. De muy baja estatura y, lo más extraño, sus tobillos parecían estar doblados en 180 grados cada uno, como si le hubieran retorcido los pies.
Qué extraño Golem fabrica mi inconsciente mientras intento conciliarme con el sueño. En mi cabeza aún sigue trinando, en un intervalo constante de tiempo, el fatídico crespín.
Somos barro, arena y somos raíz;
De la tierra despertamos…
Nos hacen las sales del suelo,
El agua mansa de los riachos
Y las fibras de los árboles.
Somos carne de animales
Que ceden su andar para
Darnos un cuerpo.
La tierra nos da sus frutos
Y el Gran Espíritu nos presta un alma.
Alguien alguna vez pensó estas palabras. Seguramente ya la habrán filosofado muchos otros antes que yo pero, después de tantos siglos, esta criatura me pide plasmarlas en una cama eterna, que sea condena de aquellos pensamientos que llegan a morir en su lecho justo en el momento en que son dados a la luz.
Esa extraña criatura me habló de las cosas de antaño.
Vos, que sos extranjera
Hasta la centenaria heredad,
¡Hasta que llegue otro más fuerte!
Vos, la de la casa caliente
Y la mirada fría…
Vos, que necesitaste asesinar al Hijo
Para poder sentir la culpa…
Vos, vos sos bienvenida.
Pero dale luz a mis palabras,
Que sólo fueron oídas por los historiadores
Para la estadística del museo
O como musa de algún poeta mediocre,
Porque tu historia fue hecha feriados
Y la nuestra: sólo museos y leyendas.
Y sabé, cara pálida,
Que uno solo es el lenguaje de la tierra
Y no fue babelizado,
Dice así, cada vez que te habla:
Vos, quedate
Para hacer más fértil
El suelo que te fuera nido.
Kiara Osorio; enero de 2003.
A la mañana siguiente los tres lucían enormes ojeras. Con ayuda de unas pajas secas prendieron el fuego y hablaron sobre el ave que se había posado en alguna rama, por encima de la carpa.
—Casi no pegué un ojo —dijo Trevisanut.
—Yo —agregó Olivera— soñé que perdía todo el habla y sólo podía decir Pi pii, quería comunicarme con mi mamá y sólo emitía un Pi pii. Ella lloraba porque pensaba que yo había perdido la cordura. Después aparecían mi papá y mis hermanos y todo seguía igual.
—Lo mío —habló Branda Osorio— fue extraño. No sé… Cuando llegue a casa voy a ponerme a repasar algunas historias del litoral. Anoche soñé que un duende me pedía que escribiera cosas.
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Oh, crespín misterioso que te apareces en los veranos litoraleños. El canto del crespín.
[i] Crespín: pájaro cucú. Ave pequeña que canta en el verano litoraleño. Según he oído por algunos isleros, el crespín de la comarca islera deja de cantar en el carnaval, preparando su ayuno para la cuarentena pascual. También he oído que cuando el ave cae muerta deja descubrir que contaba, para su gracioso vuelo, con dos pares de alas. Según Laura Borghi, profesora de Educación Física de la escuela toba Taigoyé, de Rosario, los pájaros pequeños como el crespín no mueren sino por un gomerazo, un gato hambreado o una tormenta: son animales que van directo al cielo.
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La bella Kiara. Así apareció ayer, a la hora de la siesta, en mis sueños. Menos mal que apreté el PRINT SCREEN a tiempo.
Qué alivio me dio saber que este personaje nefasto no la había tocado, que Kiara sigue inmaculada…
Estarás siempre en nuestra memoria, Doc.
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El Pomberito. Siempre al palo.

Lili, la rosarina.









Los que se animan a levantar su voz