Archivos para 26/05/08

26
May
08

Sé querer como se quiere en el Rancho de Pascual…

 

El fin de semana estuvimos en el cumpleaños de Pascual Gómez, patriarca islero de la Boca de la Milonga. Todos estuvimos invitados.

 

 

El cuento está inspirado en los sucesos ocurridos en agosto de 2004, en el mismo lugar. Entonces Patricia, la mujer de Pascual, era la agasajada. Las fotos son de este finde.

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El cumpleaños

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A la memoria de Chicho

                       

 

I

 

 

            «Tanto cúmulo de borrador tal vez sea el presagio de la llegada de otro encarcelamiento para mis pensamientos. Cada vez son más frecuentes los inviernos irreales de mis ansias: noches sin luna ni estrellas, gritos sin vocales ni rima que retumban en un eco casi infinito…»

 

            Éstas fueron las últimas palabras que escribiera Facundo Santoro en aquel día de tímido sol invernal. Arrojó, indignado, el papel donde había escrito esas líneas tan oscuras, y propuso irse lejos. Puso yerba, dos vinos, fideos y unos caldos… todo adentro de la mochila, y partió con su bicicleta hacia la guardería náutica.

 

            Santoro no era sino un joven ensayista y poeta, perteneciente a una reservada y poco conocida agrupación del Barrio Lisandro de la Torre, en la zona norte de la ciudad de Rosario. La cofradía, denominada AKU desde su fundación, fue en algún momento la logia de alemnistas que organizara la revolución rosarina de 1890; tras la caída de don Hipólito, los mismos hombres fueron perseguidos y encontrados por Félix Uriburu; los sobrevivientes constituyeron, durante las décadas del 50 y 60, uno de los más violentos círculos de antiperonistas y, en su época más decadente, el AKU estuvo conformado por pseudos militares, soplones del genocida Jorge Rafael Videla.

            Hoy la puerta de la casita vieja de calle Reconquista, sigue pintada con el mismo antióxido que adoptara ante la aparición de sus primeras manchas en la chapa. Desde sus albores, la puerta supo tener la señal secreta de la logia, que fue en sus inicios la hoja triple del ceibo; una pluma de carancho durante los años del peronismo proscripto; y hoy, en la esquina superior derecha, como sello de la realidad que sigue vigente en su interior, lleva una calcomanía del Supermercado Celeste, tal vez por ser el proveedor más frecuente de las bebidas que, respetando la tradición, consumen en abundancia los miembros del AKU.

            Con respecto al nombre de la agrupación, sus misteriosas siglas no aparentaban tener relación alguna con un momento histórico ¿Cómo podía haber una K entre la A y la U? …Kioscos, kilos, kilombos tal vez, recordando la época de Pichincha…

             Ésa fue la pregunta fundamental del AKU desde su refundación, luego de encontrar unos documentos ocultos, meses después de arrendar la vieja casa, en el agujero que se escondía detrás de unos azulejos del baño. Tanta fue la intriga que generó esa aparición, que decidieron denominar la amistad del grupo de jóvenes con aquel nombre misterioso.

            —«Amigos y Kayaqueros Unidos» —propuso Kiara Osorio, la estudiante de lingüística. Hubo un silencio. Todos se miraron. El nombre sonaba muy mal: un verdadero horror, pero no hubo mayores objeciones.

            —«Agrupación de Kayaqueros Unidos» —propuso Juan Olivera, el profesor de canotaje—. Y que sea provisorio, hasta que a alguno se le ocurra algo mejor, o encontremos el verdadero significado de las siglas.

            Ése fue el veredicto final.

            —Arreglos provisorios para siempre —solía decir Gonzalo Sanz, cada vez que emparchaba con cinta teip el fondo de una piragua.

 Cumpleañero

No es broma

            —Lo único que faltaba —se quejó Santoro, indignado, cuando se desviaba unas cuadras para pasar pedaleando por el parque Alem—, que me dedique a afinar la guitarra en un día de sol —recordaba palabras del Libro del Fantasma, de Alejandro Dolina[i]—. Cómo me hago problemas por estos trastos. Mejor me voy a hacer doler por cosas más palpables.

            Con la carpa y la bolsa de dormir, una en cada extremo del manubrio de su bicicleta playera, llegó pedaleando hasta la casa de Iván Machado, el guitarrero de Barrio Unión, que al igual que su correligionario, también tenía el fin de semana libre.

            —Sólo los pobres trabajan los sábados —se le oía a Machado con frecuencia.

Hombres de la isla

Qué linda imagen

 

 

II

 

 

            Caía la tarde entre los montes de árboles jóvenes, al tiempo que los biguaces[ii] retrasados cortaban el aire buscando el palo seco que les dejara reposar el cansancio largo de la noche. La pincelada virgen del universo islero, perdía su castidad con la estancia de los dos muchachos, que quitaban el alcornoque himénico de otra botella de vino tinto.

            Hacía un rato que habían llegado a las Pajas, bosquecito de sauces emplazado sobre unas de las márgenes del riacho Paranacito, frente a las costas de la ciudad de Granadero Baigorria.

            —¿Viste que la eternidad es como una foto? —habló con tono de sabiduría el poeta de Barrio Arroyito.

            —¿Cómo? —lo miró desconfiado Iván Machado.

            —Una foto de momentos. Cerrás los párpados y es como que un instante fotosensible al ojo se instala en el baúl de los recuerdos.

            —Otra vez…

            —Sí, Iván —siguió Santoro—. Vos hacés tric y listo —parpadeó con fuerza—, a eso te lo llevás para siempre. Le sacás una foto a los paisajes.

            —Ajá… —consintió Machado. Los lugares, para él, siempre fueron una continuidad de movimientos; un andar de las cosas, que es como «la marcha de la vida»: el viento que mueve los pastos, las palometas[iii] que vuelven hervideros a los arroyos estancados, las tormentas que van llegando a puro refucilo; pero la tarde y el momento eran tan bellos que no necesitó iniciar una discusión, menos aun con su gran amigo. Prefirió dejarlo hablar y responderle sólo con un leve y consentido movimiento de cabeza, o con algún que otro gemido aprobador. ¡Claro! Cómo podía ser de otra manera, el paisaje estático era la ilustración perfecta para un pintor frustrado, como Santoro, que entonces intentaba aproximarse al arte con la poesía y el ensayo.

            —Porque hay quienes hacen del paisaje una descripción cinética, pero en la eternidad no hay caracoleros[iv] volando, sino un único caracolero que los representa a todos… Podrá estar como posando y haciéndose el que vuela, pero está bien quieto. Yo me lo imagino todo de negro, mirándome con cara de malo[v].

            —Ah… Me estoy imaginando al pajarraco —miraba el carau[vi] dibujado en su kayac.

            —Además, en la eternidad no existen ni el pasado ni el futuro. ¿Viste que el presente ya es pasado cuando ocurre, y el futuro también: se vuelve pasado antes de que comencemos a tocarlo? El presente es así, esa cosa amorfa entre futuros y pasados que no se detienen.  

            —…

            —A mí gustan las descripciones estáticas. Que es como tratar de hacer aproximaciones a ese presente inaccesible. Sí… es eso el presente.

            —¿Qué? —Iván Machado comenzaba a fruncir el ceño.

            —Es como una línea de luz que se asoma desde una hendija en la pared, pero que ésta, la hendidura, el diafragma en un f8, es tan delgada que no permite ver absolutamente nada del interior, sólo se sabe que hay luz ahí. Entonces, la misión de Dios, tal vez sea (y ya se metió en tratados de teología), como dueño de ese presente que se parece a la eternidad: abrir la pared izquierda, que se llama futuro; y la derecha, pasado, y dejar todo a la luz del interior, donde sólo pertenecen las cosas que Son (no era extraño que los sentidos progresistas del poeta se dirigiesen siempre hacia la izquierda).

            Así era Facundo Santoro, a los veintiocho años no tenía muy en claro ningún concepto, pero se mostraba comprometido con la idea del pensamiento filosófico; aun éste careciera de claridad, y estuviese aún teñido por una posadolescencia galopante. Iván Machado lo miraba sin hablar. En algún momento de su vida pudo llegar a asomar una contemplación desde el fondo de su alma: hoy esa mirada se parecía más a una sensación de lástima hacia su amigo.

            —Y las fotos, ¿congelan el presente o pertenecen a cosas del pasado? —se preguntó a sí mismo el poeta, continuando con su ensayo—. Creo que, como poseído por una inspiración Babélica, el hombre trata de ver qué hay más allá del pasado y del futuro congelando, así, la hendija luminosa.

            —(Pobre…)

            —Tal vez haya algo de cierto en la superstición islera —ahora la cara del poeta agrandaba los ojos, y dejaba ver el destello del fogón reflejado en sus pupilas—. ¿Por qué muchos lugareños del paraje del Timbó Blanco no quieren aparecer en fotos? ¿Acaso no creen que una parte del alma quede atrapada en el papel?

            —¿Te acordás aquella vez? —recordó el músico la ocasión en que corrían, con su cámara, a un pescador; y éste huía a la voz de «¡Eso es cosa de Mandinga!»—. Me contaron que el viejo Machuco se murió.

            —Ahora… —siguió el poeta, sólo observando las cejas de Machado, como si fueran éstas el punto único del universo, donde empiezan y terminan todas las cosas—, yo no creo en esos asuntos…

            Su compañero ya no lo escuchaba. Había encontrado en el vino y en el recuerdo del viejo Machuco la excusa perfecta para desoír las palabras de Santoro.

            —Sí… el presente debe existir —hacía un bollo de su pensamiento anterior y volvía a la carga con una teoría nueva y superadora—; no debe ser una hendija inconcebible. Sólo es el presente el momento de la vida. Pasado y futuro son meros conceptos que abstraemos porque, como dice la Kiara (Osorio, estudiante de lingüística), está el lenguaje en medio de todas las cosas, que es el que nos hace pensar todas esas boludeces… ¿viste? ¿O será que el pasado y el futuro son inventos físicos para ordenar las cosas en el tiempo…?

            —Bueno… Sí… Pero vamos a tocar algo, ¿dale? —Machado por fin se decidió a interrumpirlo; estaba cansado de las pavadas que hablaba su compañero.

            El poeta observó al músico. Su desbordante felicidad hacía de este momento, la oportunidad perfecta para llevar el cantar modesto de los caraus y los grillos, al arte sublime de la música y la poesía.

            —Dale —habló Santoro—. ¿Cuál tocamos ahora? —como despertando de su encarcelamiento mental, volvió sus ahora lúcidos ojos a la guitarra de Machado.

            —«Pescador y Guitarrero» —propuso el cantor, que repasó por unos instantes el cancionero fiel que guardaba en el fondo de sus recuerdos.

            Facundo Santoro echó unas ramas finas al fogón que iba amainando su luz, y que ya era puro braserío. Machado soltó a la brisa nocturna, los primeros acordes en la menor.

            El cantor suele nutrir su repertorio de las cosas que lo rodean y sostienen. Así, un chamamecero le canta a su familia, al árbol que le da la sombra, al río que le presta una vida, o al pago que tanto añora en su destierro; un tanguero encuentra sus matices entre los empedrados urbanos, en los bares de su barrio o en la mujer de ojos oscuros que lo atormenta; y, de una forma rebelde y corajuda, el roquero suele hallar su reflejo en el espejo distorsionado de los paradigmas sociales. El cancionero de Iván Machado era tan puro, cual gratitud digna de quien ve el vaso «medio lleno» en la escasez casi definitiva. Él, estudiante frustrado de cuanto intento académico emprendiera, ciudadano marginado que la vagancia neoliberal dejara casi sin dinero, hijo de adorables padres paraguayos y sobreprotectores, le cantaba al hombre que siempre admiró por el temple de soportar la subordinación salarial; al camalote que nunca pudo alcanzar, derivando río abajo; al amor que nunca golpeó a su puerta. Así… así de sencillo y puro era su cancionero.

 

            Pescador del Paraná que esperas pique de ensueño…

 Seriedad adulta

            Por algunos minutos, las sabias palabras de don Horacio «Pueblo» se hicieron luz en el cantar lozano de los mancebos. Pero no pudieron acabar la interpretación: la mal encordada tartamudeó hasta el segundo estribillo, cuando las herraduras de una yegua montada repiquetearon, asonantes, al ritmo de la canción litoraleña.

            El jinete se acercó al fuego para ver mejor a los jóvenes.

            —Oigan, cumpas —habló el hombre—. Me gusta eso que están tocando.

            —Gracias —Facundo Santoro, desconfiado, devolvió la gentileza.

            —Yo soy Rubén Gómez, el encargado de todo esto que ustedes ven acá —continuó el islero, al tiempo que señalaba con sus dedos todo el alrededor—. Toque otra vez eso que estaba…

 Jugando al truco

            «Costaba algunos segundos decodificar el mensaje, puesto que emisor y receptores ebrios perjudicaban considerablemente el acto locutorio. Incluso el canal, que olía a los sahuméricos sauces del brasero, se pobló de la pecaminosa turbiedad maloliente de la borrachera.»; esto fue escrito por Facundo Santoro algunos meses después, haciendo enfurecer a su buena amiga Kiara Osorio, quien se había pasado meses estudiando sobre la enunciación para que un salame, como lo llamaba ella, en un pobrísimo arrojo literario, hiciera uso indebido de tantos conceptos. El poeta de Barrio Arroyito era inmune a esa crítica. Su profesor de Filosofía, el que tuviera en uno de sus intentos por continuar con los estudios universitarios, le repitió varias veces que es bueno meter las narices en todo. Se cansó de convencerlo de que sólo los imbéciles se cuelgan la chapita de mediocres en el cuello, ésa que los autoriza a hablar de ciertos temas. Así, solamente los imbéciles médicos pueden hablar de medicina y sólo los imbéciles semiólogos pueden interpretar los signos de la vida social. Según estos tipos, los almaceneros únicamente deben preocuparse por disertar en asuntos referidos, por ejemplo, a la suba en los precios de la leche. Según ellos, las amas de casa imprudentes deben cuidarse de no realizar comentarios subversivos que escapen a los temas triviales: deben limitarse a hablar sobre la humedad, sobre el accidente de la Marta o sobre la cola que hay que hacer para pagar el agua sobre el último vencimiento.

            Por supuesto, estos imbéciles que no nos dejan opinar sobre algunos temas, son más que los que sí nos integran a su diálogo.

 

            —Tóquenlo otra vez —habló el hombre que había surgido de entre las sombras—, que eso a mí me gusta; y déme un poco de vino.

            Seguían con un aire suspicaz, y eso les hizo consentir en su pedido.

            —Dale, Iván, empezá a tocar —qué tímido era Iván Machado…

            En aquel atardecer invernal, la niña del agua, la que tiene su cabellera cubierta de escamas, observó desde el fondo del riacho a la guitarra, enemiga del silencio y del griterío, dejando de lado al cauce de las penas y arrimando el atardecer al remanso del vino y la amistad. El último febo esperó hasta el final del chamamé y, tal vez agradecido, les regaló una luna brillante y redonda que velaría por ese cuadro azul hasta el final de sus recuerdos. Según Facundo Santoro, aquel recuerdo se volvería «el cuadro quieto y frío de una noche pasmosa[vii]»; según Iván Machado, «las secuelas de una helada fresca que bajaba, en rocío constante, desde la luna llena» (acierta el lector al inferir que ambos amanecieron resfriados al día siguiente).

            —Me gusta eso que ustedes tocan —volvió a sentenciar el islero, enseñando una sonrisa incompleta de piezas blancas que tranquilizaba, por fin, las dudas de los muchachos—. Los espero esta noche en lo de mis padres. Es el cumpleaños de doña Patricia, mi mamá. ¿Vienen? Queda antes de la salida al río grande. Pregunte por Pascual: mi papá, o por mí: su hijo.

            —Claro —cantaron al unísono en mayor.

            Por unos instantes se miraron sorprendidos. ¿Qué nueva aventura depararía la isla para los rosarinos emprendedores? Permanecieron en completo silencio, sólo oyendo la leña que reventaba en el brasero. Ya no se oía el galope de la yegua que se alejaba.

            —Vamos, ¿eh?

            —De una.

 

La matriarca

 

 

 

 

 

          

        

   

  

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

III

 

 

            Segundo finau a la bolsa de los residuos. Al acabarse el segundo vino, los jóvenes se prestaron a marchar hasta el rancho de don Pascual, el padre de Rubén Gómez.

 

            «La luna se había vestido de plata para la ocasión. Lucía un vestido negro, encargado a los cuatro vientos costeros, de manto infinito y decorado con miles de lentejuelas que lucían, cual pinceladas de arte, las chispas quietas de un fogón congelado»; Facundo Santoro.

 

                        Se dirigieron aguas arriba por el riacho Paranacito. La marcha alternó diferentes paisajes. Primero bordearon la costa, avanzando con cautela por un serpenteante sendero de sauces jóvenes y espinillos que lucían sus primeras flores amarillas; sortearon varios alisos (árboles de la familia de los pioneros) y, nunca ausentes por las picadas deltaicas, algunos viejos y retorcidos curupíes lecheros[viii]. Cortaron camino por una huella que se abría al pasar por una tranquera y encararon las partes más bajas del albardón, hacia el interior de la isla.

            Los jóvenes siguieron hablando mientras caminaban ebrios y tambaleantes.

            —¿Por qué «La Albardonera», si es una letra islera, tiene que ser una chacarera? —preguntó el poeta.

            —Porque nosotros no somos isleros —respondió Iván Machado en el momento en que soltaba una rama de fruncidora[ix], que fue a impactar en el pantalón de Facundo Santoro.

            —¡Cuidado, bestia! ¡Pincha!

            —Nosotros estamos en zona de confluencia para los estilos folclóricos. Al sur tenés milongas, al norte guaranias, al este chamarritas, al oeste chacareras, incluso en Rosario hay trovadores muy ondayoístas.

            —¿Y eso qué tiene que ver?

            —¿Acaso (Ariel) Ramírez no le dedicó una zamba a Corrientes? Es lo mismo. Encima, en esta caso se tolera más porque estamos en zona de confluencia —volvió a repetir, orgulloso, el término aquél que solía darle un aire de instruido en el tema.

            —Pero si acá todos cantan chamamé y chamarras…

            —Justamente —continuó Iván Machado—. ¿A vos qué te hubiera gustado más: que Ernesto Montiel te regalara un tango o un chamamé…?

            —Ya entiendo.

            —¿…Que alguien que viene de viaje desde Cuba te traiga un habano o un mate?

            —Te dije que ya te entendí —se impacientó Santoro.

            —Bueno. Mi viejo es paraguayo, pero se crió en el norte cordobés. A mí me cuesta menos pensar en cuartetas iguales que en verseados litoraleños. Mamé de chiquito el talega de pan [x]. Y bueno… fue más espontáneo, aquella vez, escribir eso —para el tiempo en que compuso esa chacarera, aún no había afinado su inspiración hacia los estilos del litoral.

 

Convidados 

(Primera)

 

Derivando en el Careaga[xi]

Hasta Boca de las Piedras[xii],

Entre unos ranchos de adobe[xiii]

La vi a la guaina morena.

 

Cara de sudor y tierra,

Iba peinada a los vientos,

Temple de un timbó añoso

Que no vencieron los tiempos.

 

Quise darle casa firme,

Mostrarle otros horizontes;

Pero dio la media vuelta

Para volverse a su monte.

 

(¡Aura!)

 

Aquel día que naciera

Supe que hubo tormenta,

Ñande Jara fue a moldiarla

Con el barro de esa siesta.

 

 

(Segunda)

 

Pa’ ganar su amor islero

Elevé al Cielo mil ruegos,

Le ofrecí che agá porá[xiv]

Mas no me dio ni un resuello.

 

Cuando amaneció y volvía

No vi en el alba el lucero[xv],

Será que estuvo nublado

O ella era un ángel del Cielo.

 

No volví pa’l Barrancoso

A ver a la Albardonera;

Pero la recuerdo cuando

Yo canto esta chacarera.

 

(¡Aura!)

 

Aquel día que naciera

Supe que hubo tormenta,

Ñande Jara fue a moldiarla

Con el barro de esa siesta.

 

                                   Iván Machado

 

 

 

            Siluetas de montes arbolados se veían en todas direcciones, mientras la luna azulaba, salpicados de estrellas, los charcos que aún quedaban de la última crecida del río.

            —Las lagunas parecen pedazos de cielo que se cayeron a la tierra ¿viste? —habló Machado. Si algo apreciaba Facundo Santoro del músico del AKU, es que éste era, por sobre todas las cosas, un gran observador: un detallista de los matices ínfimos. «Mirá estos hormigueros»; «Escuchá esos sapitos»; «Debe haber un charco bajo esos alisos» —ésas eran las cosas lindas de las que hablaba Machado—. «No les tengás miedo a los perros de la isla, que son más buenos que los de la calle».

            —¿No estaremos muy crotos? —se miró entonces Santoro—. Está bien que hayamos venido a acampar pero estamos yendo a un cumpleaños y… las botas de goma, el buzo más sucio, el pantalón más roto, el olor más rancio y…

            —… la alegría más grandota… —interrumpió Iván Machado.

            Se oyeron unos sapukais[xvi] que interrumpieron la conversación, y entendieron que estaban muy cerca. El tamiz de la arboleda enseñó las luces del ansiado rancho. Terneros, alambrados y un zanjón. Ahí estaba la fiesta de doña Patricia Gómez. Sólo había que cruzar el cause que, según un tronco largo que los jóvenes hundieron, acusaba unos cincuenta centímetros de profundidad.

            —¿Cómo hacemos? —preguntó Facundo Santoro.

            —Ni idea.

            —No llegamos ni cerca con un salto.

            —No.

            —Ya sé. Le damos la vuelta por atrás del zanjón y caminamos hasta que se termine.

            —No se puede. Llega hasta una laguna.

            —Estamos listos, entonces.

            Caminaron junto al pequeño cause, buscando donde el canal se hiciera más angosto; pero fue inútil. No se achicaba de los tres metros que, sumado al barro blando que había dejado la reciente bajante del río, hacía imposible tomar carrera para saltarlo. Gritaron en busca del oído de algún paisano que deambulara por los alrededores, pero no tuvieron éxito. La resignación no dejó otra opción que regresar al campamento, y buscar los botes.

            —Volvamos —aceptó Facundo doblemente resignado, pues veía la tercera botella de vino pronto a acabarse.

            La caminata de regreso fue veloz y no se detuvieron ante mayores contemplaciones. La luz del astro vigía aún enseñaba las maravillas de la noche azul: el brillo del rocío sobre los pastos, las lagunas con luz propia, las siluetas de las arboledas…

            —¡Qué loco es todo esto! —exclamó el poeta de Barrio Arroyito, al tiempo que pausaba su marcha para reparar en los azules de la noche.

            —Dale, apurate —habló serio Iván Machado. Los efectos del alcohol parecían ir flaqueando con los minutos, y de la misma forma cambiaba su humor.

            —¿Abrimos otro vino, Iván?

            —Pará un poco… y apurate.

            —Qué buena tu contradicción —se le iluminó la cara a Facundo Santoro—; «pará y apurate».

            —Uy… Te estás poniendo pesado.

            —Mirá— exclamó el poeta—. Otra vez se ven los caminos de las hormigas ¡Qué interesante! Parecen rutas que surgen desde alguna ciudad subterránea, que por cierto debe de andar por acá escondida.

 Pascual y sus chicas

            Una de las cosas que Iván Machado había prometido a su madre, que emergía de una vieja leyenda litoraleña, era no subirse jamás con las botas puestas a una embarcación. El mito argumenta que, cuando el que calza la prenda de goma cae al agua, es instantáneamente sumergido por Y Jara —el espíritu del agua—, que clama las almas y los cuerpos con botas desde las profundidades.

            —¿No te sacás las botas, Iván? —preguntó Facundo Santoro.

            —¿Eh…? —fue la respuesta del músico, que logró subirse al bote haciendo equilibrio y agarrándose de las raíces que escapaban de la tierra.

            Las aguas apenas corrían por el riacho, y la tranquilidad de la noche hacía del líquido, el aspecto de estar remontando una gran mancha de aceite. Buscaron la penumbra que hacía la luna bajo los sauces inclinados de la orilla.

            —Cómo largaría todo y me vendría a vivir acá — suspiraba Iván, que perdía la mirada entre las telarañas que forman las hojas de los árboles al cruzarse con la luna.

            —¿Te gustaría?

            —Es otra vida, otra cosa… Sin televisor, ni ruidos, nada de eso. En la ciudad buscamos todo el tiempo que el otro nos sirva para algo —recordaba ideas de Arthur Schopenhauer—, si no nos sirve, ya no tiene ningún valor. Es puro egoísmo ahí. ¿Vos sabías que a la cortesía la inventó el hombre por miedo al egoísmo?: «No, gracias»; «Te agradezco, pero no lo necesito»; «Mandale saludos». Acá, al ser poquitos, todos de una u otra manera son necesarios, cada uno es la pieza clave de un motor que está todo el tiempo en marcha y no una masa de gente controlada que no sabe qué hacer de su vida. ¿Vos qué querés de la vida, Facundo? —continuó el músico—. Yo quiero juntar historias reales para contarles a mis nietos, quiero darle dosis de alcohol y adrenalina a mi cuerpo para que no se marchite de aburrimiento, quiero hallar algo de gracia a los ojos de Dios.

            —Para eso es que vivimos, supongo: para darle sentido a las cosas.

            —Entonces, ¿para qué carajo vive la gente que sabe del mundo por las noticias que le inventan otros: los que están delante de las cámaras, los boludos que hablan en la radio, en la tele?

            —Epa… —el poeta contuvo al músico —. Ya te metés en temas muy delicados. Yo no sé por, ni para qué estamos acá, pero bueno… de última tenemos algunos objetivos. Sabemos que hay que ser felices… Sí… Hay que darle sentido a la vida para poder ser felices. Eso es lo más importante. Y sabemos que mucha gente vive una ilusión que está lejos de cualquier designio que podamos tener nosotros, pero bueno… La mayoría define a la felicidad como la ausencia de infelicidad. Sus vidas parecen basarse sólo en la posibilidad de alcanzar productos que se puedan comprar, o sea, lo que la tele les diga que está bien.

            —Se quejan que en la televisión no dan nada bueno, pero la mayoría tiene cable.

            —Sí… De golpe, es importante que la casa huela a «flores del caribe», que el auto tenga levanta vidrios automáticos así no tenemos que hacer esos movimientos circulares tan poco ergonómicos, importa que la prótesis tecnológica, como dice un antropólogo que se llama Marc Auge, tenga mensajería digital para avisar a qué hora vamos a tener la comida servida.

            —Ajá.

            —Lo leí en la monografía de una chica de Psicología. Y te decía… la tele genera nuevas necesidades, súper inventadas e irreales. 

            —¿Culpa sólo de la tele?

            —No… por supuesto, pero la tele es el arma principal de los grupos de control capitalistas. Si no consumís, no existís…

            —¿Pero qué tiene que ver con la felicid…? —Machado trató de volver al tema de la conversación.

            —Que si no consumís, no sos feliz —interrumpió Santoro.

            —Ah… Claro.

            —Además la felicidad —continuó el poeta—, según la gente consumidora, sólo se evoca, Iván, no se vive. Si bien es cierto que recordar un viaje pude causar tanto placer como el viaje mismo, no nos podemos quedar simplemente en la añoranza. Sólo tomamos conciencia de la felicidad cuando estamos infelices. Este tipo, del que hablaba antes, el antropólogo, dice en su libro que «para tratar de ser felices, es necesario tomar conciencia del tiempo y jugar con él, aunque el objetivo sea detener su curso o vivir sólo el presente». Parece la frase de un libro de autoayuda, pero es interesante.

            —O sea que hay que hacer lo que a uno se le canta. ¡Hagan puras cagadas, que la vida ya se nos termina! —habló desconfiado el músico.

            —No. Ya se te perdió la idea. Acordate que estamos hablamos de la felicidad y del sentido de las cosas. Vos acá estás agregando la idea de libertad, que no tiene tanto que ver con esto… o sí… a ver… —Santoro meditó por unos segundos lo que había dicho y continuó—. En un disco del Chaqueño (Palavecino) hay una vidala que dice así: «La vida es un engaño, también es dulce y amarga. Pa’l que la goza es muy corta y pa’l que la sufre es muy larga». Tampoco podemos irnos así a los extremos. La felicidad y la libertad no son ideas tan relacionadas como nos quieren vender los tíos del norte. Hablamos de felicidad y de sentido, pero te digo una cosa… a mayor libertad, menor sentido tienen las cosas. Pensá en una chica que deja de ser una bolichera porque queda embarazada, imaginá un cubano oficialista, pensá en los pocos creyentes verdaderos: aparentemente tienen poca libertad, pero están inmersos en una vida llena de sentido. Ahí sí puede ser más fácil encontrar gente feliz. Si uno practica la amistad por sobre todo el resto, si uno cree en el amor que hace doler, si disfruta realmente de su trabajo, de sus locuras… o sea, si uno busca todo el tiempo algo que justifique su andar, eso restará muchas de las posibilidades que, «aparentemente», tiene alguien que facilita la gestión de su vida, basándose en autonomías económicas y jurídicas, pero velay que se gana en sentido. Eso es bien sabido. Aun así, todavía hay gente idiota que se aísla de la vida delante de una Play Station. Creen tener el control de su vida, pero sólo hacen lo que la tele dice que está bien. Hoy dice que hay que mirar los Simpson para poder reírnos, que hay que mirar el Discovery Channel para ser más inteligentes. ¡Pura basura! Dice que vas a ser flaco si tomás agua levemente gasificada. Es súper sutil para meterse en nuestras costumbres diarias. A las familias más débiles, la televisión les organiza el día entero; les dice que es la hora de comer porque está el noticiero, que son las cinco porque está el programa de chimentos o que es de noche porque dan una película.

            —¿Y nosotros somos mejores por no hacerle caso a la tele…? Ni ahí. Somos igual de buenos o malos que los otros.

            —Lo único que nos diferencia de ellos, es que las cosas, para nosotros, tienen sentido. ¿Te diste cuenta de que nosotros cambiamos el curso de nuestra propia vida? La mayoría de la gente no tiene esa posibilidad. Su vida es dirigida permanentemente por factores externos: porque pueden acceder a un trabajo que les deje más plata, y de esa manera pueden comprarse la camarita digital, porque se enferman y ya están adiestrados en que tienen que correr a la farmacia a buscar el Vick, porque se pueden ver a la moda, porque se les dice a qué lugares pueden ir a veranear. Toda su vida es dirigida por un dedo manipulador. La tele es, para ellos, el manual del propio andar. Su vida sí o sí debe parecerse a la de alguno de sus personajes: o al fashion de la moda, o al grasa de la novelita, o al culto del Canal A o del Encuentro. Pero no se pueden correr de ese lugar. La tele nunca les dice que se pongan a vivir un poquito: que en lugar de quedarse a limpiar la casa, se vayan a la plaza a ver qué gusto tiene la yerba cuando le pega el solcito colorado del ocaso; que en lugar de perder todo el domingo lavando el auto para escuchar el partido, se vayan a la costanera a ver cuál es la mejor carnada, que haga salir a los bagrecitos más grandes. ¿Me entendés?

            —Clarito, che.

            —Están mal porque su vida es una cagada, y buscan ayudas socialmente impuestas, en lugar de tratar de dignificarla. Encima… encima creen que son libres.

            El rancho de don Pascual Gómez comenzaba a verse al final de una recta.

            —¿Y escribís sobre todas estas pavadas? —terminó preguntando Machado.

            —No; como dice Jacopo Belbo, un personaje de Umberto Eco: «Inútil escribir cuando falta un motivo serio», «he jurado al mundo no afligirlo con un manuscrito más». Es muy pedorra esa frase que argumenta tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro para que la vida se termine de realizar. Imaginate la cantidad de gente que, según el ridículo que lo predica, queda afuera de carrera, viviendo una vida miserable y llegando a viejo sin integridad. Ja, ja… dejá… que el que tenga un cuento lindo o una bella poesía, lo escriba. A los pensadores dejalos deliberando en la Facu de Humanidades… o acampando en la isla, vino de por medio. No los pongás a escribir que, seguro, no sale nada bueno. Por ahí, si me agarra la locura, escribo unas notitas para algunas revistas de publicidades barriales. A mí me gusta escribir poesías y ensayitos, que más que ideas vertidas, son sólo juegos de palabras. Trato de no tentarme con escribir críticas hacia la humanidad. Ja, ja…

 

            Masinga

 

IV

 

 

            —¿Por dónde bajamos? —preguntó Santoro.

            —Mirá. Ahí hay gente, al lado de la barranca —exclamó el músico.

            —Dale.

            —¡Eh, cumpa! —gritó Iván Machado— ¿Me dice dónde dejamos los botes?

            —Déjelo ahí a la vueltita, nomás —respondió un hombre sonriendo, cuando arrojaba un hueso de costillar a los perros. —Mire que por ahí puede bajar. Está un poquito hondo, pero…

            —Asentaron sus kayacs sobre uno de los escalones en la barranca de barro y, no con pocas dificultades, debido al estado de beodez, salieron del cockpit.

            —¿Los vinos? —preguntó el poeta.

            —En mi mochila. Vos sacá la guitarra de los elásticos.

            Algo temerosos, los jóvenes se dirigieron al alero del rancho. Sólo unos niños, curiosos de las embarcaciones, salieron al encuentro.

            —Dale, Facundo, vamos —insistió Iván Machado al ver al poeta que se detuvo en la huella, a pocos metros de la entrada del rancho—. No tengás miedo.

            —¿Quién tiene miedo?

            Se acercaron a unos hombres que reían mientras se pasaban la botella de cerveza.

            —Qué tal —arremetió Facundo Santoro, como disimulando que tenía controlada su situación—. Estamos buscando a Pascual o a Rubén, su hijo. ¿Me pueden decir si ustedes son alguno de ellos? —por supuesto, los isleros fruncieron el ceño.

            —Vayan por allá —habló el que tenía la botella en la mano—. Pascual está saludando a los que llegaron de San Lorenzo.

            Entonces un hombre de talla robusta se les apareció de entre la multitud. Era el mismo hombre que unas horas antes los había invitado al lugar; ahora más limpio, pero mucho más borracho.

            —¿Cómo le va, don Rubén? —dijeron a coro los dos muchachos—. ¿Vio que al final vivimos?

            —¡Acá están los guitarreros! —clamó eufórico el hombre, tomando por los hombros a los dos kayaqueros, y dejándolos expuestos ante todo el genterío—. Les voy a presentar a estos grandes musiqueros —casi no podía mantenerse en pie—. ¡Bájele a la música! —le dijo al chico que controlaba el grabador.

            Apagó el equipo. Los bailarines quedaron como estatuas. Casi en un silencio sepulcral, todas las personas observaron a los mozuelos que nada entendían y, para su tremenda desgracia, lucían una guitarra en sus manos.

            —Estos son mis amigos —el hombre alzó la voz—. Son mis nuevos amigos. Sepan todos que Rubén Gómez hace nuevas amistades cada día.

            La vergüenza de Iván Machado hizo que sus piernas empezaran a temblar; el sudor helado comenzó a correr por todo su semblante. Estuvo a punto de salir corriendo hacia su bote y desaparecer para siempre. Facundo Santoro, por su parte, no pudo hacer más que reír, pero sintió un gran pavor ante tamaño lisonjeo. Las miradas de los paisanos se clavaron en ellos. Jamás habían tocado más que para sus parientes o amigos. Los bailarines, que hasta ese momento disfrutaban de un rasguido doble, lejos de despedir a sus parejas por el corte de la música, esperaron a que los jóvenes desenfundaran la guitarra.

            —Trajeron musiqueros —oyó decir Machado entre la multitud.

            —¿Y éstos? —seguía escuchando comentarios—. ¿Serán mejores que los de la banda del Gabriel?

            Ocurrió, pues, que una silueta, que en ese momento pareció gigante como la de un padre que llega al rescate, se interpuso entre ellos y los isleros. Las caras buscaron esconderse en la penumbra que generaba el rostro del paisano, ocultándose así de los pequeños foquitos que los delataban. El hombre los alejó hacia un costado del alero y, con una mirada, le dio a entender al chico del grabador que siguiera con lo suyo; y la música volvió a sonar. Ahora «La guampada» atestaba el aire, interpretada por Tarragó Ros.

            —Ustedes son los chicos que acampan más abajo, ¿verdad? —preguntó el hombre, sonriendo y asomando sus dientes amarillos—. Yo soy Pascual Gómez, el padre de Rubén.

            —Menos mal que nos sacó de ahí —manifestó aliviado el músico de Barrio Unión.

            —Yo soy Facundo y él es mi amigo, el Iván.

            —Mi hijo —habló lamentándose el hombre— tiene problemas con la bebida. Pero es buena persona, sólo un poco bullicioso para decir las cosas. Quédense tranquilos y vengan para acá —tomó a Santoro por el antebrazo— que vamos a comer algo.

            Iván Machado quiso seguirlo pero un dedo pesado lo llamó por el omóplato. Era nuevamente Rubén Gómez que, aferrándolo con fuerza, lo llevó hasta el parrillero.

            —Venga, cumpa, tómese unos tragos y coma un pedazo de costilla —le dio al músico una cuchilla engrasada hasta el mango, y una botella de cerveza fría.

            —Tomo vino, gracias —pero no dudó en manotear el Arbolito[xvii] afilado.

            El asador

            —¿Qué hacés por acá, che blanquito? —rió Gustavo Díaz, acercándose al poeta—. ¿Seguís remando, como siempre?

            —¡Autóctono! —profirió jubiloso el poeta de Arroyito—. Tanto tiempo, che.

            —Cómo frunciste cuando te agarró el Rubén.

            —Qué papelón…

            —La verdad que sí. Estás más barbudo. Te estás haciendo hombrecito.

            —¿Vos en qué andás?

            —Estuve nutriando hasta la semana pasada, pero no pasa nada. Me parece que voy a ponerme a criar animales, ahora que mandan tantas vacas para acá por lo de la soja.

            —¿Quiénes vinieron? —preguntó Santoro, que buscaba en la respuesta de Gustavo Díaz el nombre de la persona que quería oír.

            —Está mi vieja, mis hermanos, la familia del Bicho, el Dani… la Chicho, que va a ser mamá.

            —Felicitaciones. Ahora la voy a ir a saludar. Y… ¿te fijaste si está la Jor?

            —Ja, ja —rió el gigante—. Todavía sigue soltera, la Jorgelina. Anda por allá —señaló la parte trasera del enorme alero—, entre los de la familia del Iguano.

 

            —¿Usted es Patricia? —preguntó Iván Machado a la matrona, que se encontraba sentada en la mesa de cabecera, junto a las mujeres mayores de la fiesta.

            —Sí, jovencito. Soy yo.          

            —Doña Patri, la matriarca. ¡Qué bien!

            —Usted es el amigo de mi hijo Rubén.

            —Sí. Recién lo conocimos.

            —Me contó. Tóquese algo con la guitarra.

            —Pero yo…

            —Mi mamá te pide que toques algo —oyó la harto conocida voz del primogénito que le susurraba por detrás.

            —Tóquela bajito —habló Patricia—. No se asuste que no le voy a cortar el grabador ni nada de eso.

            —Una zambita. ¿Le gusta eso?

            —Sí.

            Doña Alicia llamó a su hermana con un toquecito en el hombro.

            —Me van a tocar una zamba —le dijo.

            Las mujeres se acomodaron, todas mirando al músico. Machado buscó inútilmente a su amigo, que estaba entrado en conversaciones con un islero grandote, al lado de Pascual Gómez.

            —Se llama «Te conocí bailando» —fueron sus palabras mientras templaba la última cuerda. Entonces dejó caer los acordes en sol mayor, cerró los ojos y se dejó llevar por la música lenta.

Mirando la parrilla 

 

 

(Adentro)

 

Te conocí bailando

En Puerto San Martín;

Pintabas todo el aire

Con un pañuelito color gris.

Te conocí bailando

En Puerto San Martín.

 

Yo te seguí en silencio

Esa noche de calor;

Vos transpirabas zambas

Aromando el baile con tu sudor.

Yo te seguí en silencio

Esa noche de calor.

 

(Vuelta)

 

Dibujás una «ese[xviii]» que sabe a sí,

Levantás tu mirada, me puedo ver…

Atado a tus arrestos[xix]

Quedé prendado del baile aquél,

Atado a tus arrestos,

Al remolino del baile aquél.

 

(Adentro)

 

Se acabaron las zambas,

Quise saber quién sos.

Vi tu cuerpo en la danza

Mas no sentí siquiera tu voz.

Se acabaron las zambas,

Quise saber quién sos.

 

Pensaba que esa noche

No llegaría a su fin,

Pero vos te perdiste

En calles de Puerto San Martín.

Pensaba que esa noche

No llegaría a su fin.

 

(Vuelta)

 

Dibujás una ese que sabe a sí,

Levantás tu mirada, me puedo ver,

Atado a tus arrestos,

Quedé prendado del baile aquél,

Atado a tus arrestos,

Al remolino del baile aquél.

 

            Facundo Santoro se levantó para ir al baño. Llegó hasta la letrina, pero había tres muchachas esperando para entrar. Como nadie lo estaba mirando, cruzó la cancha de bochas, pasó el alambrado y llegó al descampado de atrás. La luna seguía refulgente y dejaba ver todo. La helada ya comenzaba a blanquear los pastos. El poeta aprovechó y, sobre ella, con su orina, escribió las siglas de su agrupación. Belleza y alivio. Se enorgulleció al ver escrito AKU, con letras humeantes sobre los pastos fríos.

            —El delicado oculta su arte profano en el secreto de la noche —habló la voz de una joven cuando él subía el cierre de su bragueta—. Si puede escribir maravillas con su pichín.

            Era la voz de Jorgelina Heredia, la nieta de Pascual Gómez, el de la Milonga, prima segunda de Gustavo Díaz, el del Charigüé, prima hermana de Daniel Juárez, el del Embudo, sobrina séptima… etcétera.

            —¿Cómo andás? —tragó saliva el poeta.

            —Pobre y sin estudios, como siempre —respondió la moza, recordando antiguos argumentos de Santoro—. Por lo que veo, vos siempre de joda por estos lados.

            —Sí… estamos acampando con un amigo más abajo.

            —El guitarrero; lo vi.

            —¿Vos qué hacés por acá?

            —Alicia es mi abuela. Vine a su cumpleaños.

            —Mirá vos… Nunca te vi lejos del Charigüé. Vamos a tomar algo, así charlamos un rato. Estás re linda; se ve que los años te trataron bien. (Nota del compilador: lloro al escribir estas líneas)

            La joven prefirió no oírlo… desviar la mirada… Ya había sufrido bastante por el palabrerío de ese muchacho. Él se marchó de su lado, alegando cuestiones que tenían que ver con lo académico y con las diferencias de clases.

            —No sé quién soy; apenas me conozco. Veo a uno, un Facundo Santoro íntegro, mirándome desde adentro del espejo (con cuánta frecuencia le plagiaba esa inventiva a Borges); pero a otro mucho más miserable, si me reconozco ante la mirada de tus ojos.

            —Seguís siendo el mismo pendejo —habló seria la islera—. Todavía no sabés si tenés que conformar a tus sueños o a tus padres. No sabés si es mejor que estudiés para recibirte o volverte el revolucionario que podía ir en contra de las «corrientes de control». Todavía me acuerdo de las cosas que me decías. Justificabas que era una pérdida de tiempo encerrarse a escuchar las pedanterías que deliraban tus profesores. ¡Qué bárbaro! —la muchacha se miró las manos— todavía me acuerdo de las palabras que usabas.

            —Ay… sí… —suspiró el poeta.

            —Por las dudas, hay bagajes que es mejor no cargar —los ojos de Santoro se volvieron sombríos ante esas palabras; Jorgelina Heredia lo notó y siguió hablando—. ¿Para qué llevar olla en un viaje de mochilero, si el guiso para uno, se puede hacer perfectamente en la pavita? ¿Para qué llevar toalla? ¿Para qué el walkman? Para qué llevar peso extra, si molesta más de lo que se aprovecha… ¿Para qué complicarse con una negrita islera, si iba a causar en tu casa más dolores de cabeza, que regocijos en las veces que nos encontráramos? ¿Te suena, no?

            El joven levantó por fin la mirada y quiso tomarla de la mano, pero ella se negó.

            —¡Sacá! Encima me tocás con esas manos todas meadas. Mirá… yo no quiero venir a llevarme mal, ni generar una idea tonta en tu cabeza, pero a esto lo tenía guardado hacía varios años. Sabelo… sólo te lo quería decir.

            —¿Pensás que soy un sorete?

            —No. Pienso que sos un pendejo.

 

            La sabiduría de cuatro generaciones de isleros, terminaban completando el enorme porte de ese concepto. Si bien son pocos metros los que separan a las dos orillas, los tiempos culturales de la gente del delta son menos vertiginosos que los correspondientes a la inestabilidad de un joven urbano, donde casi todo vale en la medida que se palpa o se tiene para las próximas horas. Para Jorgelina Heredia, Santoro fue su tesoro, su novio, su esposo, el padre de sus futuros hijos. Él era como los demás hombres de su paraje: era un nutriero que la dejaba por unos días para ir a buscar el pan al otro lado del río, era un carpinchero que dejaba sus cimbras apostadas entre los montes de asfalto, y esperaba paciente que las presas cayeran en sus trampas. Éstas, lejos de ser fierros y alambres enrollados, eran pequeños folletos pegados en los pasillos de las facultades y en los profesorados de Rosario; eran breves mensajes, ocultos entre las páginas de los clasificados de diarios y revistas locales. Todas sus cimbras proclamaban este enunciado: SE PASAN MONOGRAFÍAS EN COMPUTADORA. BARATO. 156 432 014. FACUNDO.

            Para Santoro, Jorgelina Heredia era una flor de irupé, una Morotí que vivía en una casita de madera y chapa, con una mamá que trabajaba en el comedor de la escuelita a cambio de un plan social. Era la chica más hermosa de su verano del ‘98. Era una chica que vivía en la isla. Era una chica que lo escuchaba hablar e imaginar.

 Señora concentrada

 Arrimando al boch�n

Quedan de aquel verano algunas poesías, aparecidas en una revista de Barrio Refinería, referidas a distintos momentos de su relación con Jorgelina Heredia.

 

Tatuaje dorado, el tuyo,

Tan grande como tu cuerpo;

Fue Dios, que te ha pintado

Con pinceladas de sol y viento.

                       

                         Facundo Santoro; enero de 1998.

 

Así es que te quiero,

Con la locura de este silencio,

Con la calma y la percusión serena

De la llovizna sobre el alero.

 

Así de sencillo es que te quiero,

Y así de lindo porque enaltece

A esta ilusión nochera,

Cuando sueño que te tengo

A salvo de la tormenta.

 

Así es que te quiero,

Como a las gotas que llora el sauce…

Como a las ramas que bailan con la brisa…

Como a esa sumatoria de impercepciones

Que hacen de este silencio,

El sonido de la isla.

      

                        Facundo Santoro; febrero de 1998.

 

El «voy a volver» último

Suena como si te dijera que de alguna forma

Voy a pensar en vos…

O quizás…

Que a alguna novia le voy a contar que

Una vez te conocí.

Hoy,

Antes de subir a mi bote te digo

«Voy a volver»

Y te abandono en tu paraje…

Ahí donde la dignidad te deja

Expuesta y llorando sobre ese pontón,

Cerca de las ranchadas

Llenas de ojos que

Asoman desde el fondo de sus ventanas,

Llenas de manos que cierran celosías,

Anunciando en silencio la lenta

Llegada del otoño.

                    

                         Facundo Santoro; marzo de 1998.

Papá y bebé 

 

            —Cantás bien lindo —le dijo Sabina Gómez a Iván Machado. Otra nieta de don Pascual entraba en escena; ésta era robusta y de una edad indefinida: aparentaba estar entre los dieciséis y los treinta.

            —Gracias —sólo paraba de cantar para beber un poco de vino—. Se seca la garganta cantando, ¿viste?

            —Sos buen cantor. A mí también me gusta andar cantando por ahí.

            —Pasa que me da vergüenza hacerlo en público.

            —Yo me paso tardes enteras cantando por el campo, cuando hay que ir a juntar animales. Acá se trabaja mucho.

            —Esta piba vale como diez hombres —aclaró Patricia, la cumpleañera.

            —Je, je… En la isla se labura mucho. Hay que levantarse temprano, darle de comer a los animales del corral, cebarle mate a los nonos —ahí dejó escapar una sonrisita—. Después salgo a campear un rato, porque las vacas se van para el lado de los cerritos —señaló al este—, y pucha, que se complica; si hay que cruzar albardones, yuyeríos, hay que tener ojo con las víboras, con las rayas en el agua… Es bravo.

            —¿Te gusta? —preguntó el músico, cuando viajaba por el diapasón entre la menor y su dominante.

            —No lo cambio. Cuando vamos con el Pascual para la ciudad… ¡ay, que no vemos la hora de volver para acá, vos vieras! Acá es todo lindo: a la mañana caminar sobre el rocío, a la tarde matear bajo el alero, de noche ver las estrellas.

            —Te gusta trabajar con tu abuelo…

            —También con la Patri —explicó orgullosa—, nos ponemos a ordenar el patio, a podar las plantas, lo sacamos un rato al carpincho que está ahí atrás. Andá a verlo; tiene una cuchita de perro. Si no hay nadie, duerme la siesta en mi cama… Ja, ja… Vos no lo comentés, por las dudas.

            —Qué lindo. Me imagino que se la pasarán escuchando pájaros, oyendo al viento entre los sauces…

            —Sí, pero la verdad es que me gusta ponerme la radio. Escucho los chamamés y las cumbias que pasan por las radios de Baigorria y de Victoria:

            —Qué bueno. A mí también me gusta.

            —¿Te gusta la cumbia y el chamamé? A los de la ciudad les gusta todo eso raro que se baila a los saltitos; y del folclore, no salen de los Nocheros.

            —No somos todos iguales. A mí me encanta escuchar al Brujo Ezequiel, a los Lirios, al Alegría…

            —A los del Palmar…

            —¡Claro! —estipuló el músico—. Una vez tuve un grupo de cumbia.

            —No me digás…

            —Sí, y tocamos en varios lugares. Resulta que ese año no tenía ni un peso encima, y se dio la oportunidad. Yo tocaba la guitarra eléctrica. Mi primo, que era el cantante, fue quien me insistió.

            —¿Tocaron mucho?

            —Unos cuantos meses. Estábamos contratados por el dueño de La Diosa, un boliche del Cruce Alberdi. Escuchá esto que tocábamos; lo escribí yo.

Correntino s 

 

La cumbia, gracia de mi alma y mi voluntad,

Se adueña del movimiento en esta canción.

Ay, noche santafesina, en el Paraná

Con ritmo, bellas mujeres y mucho alcohol.

 

La luna, mansa patrona de mi cumbión

Alumbra los pardos ojos de tu mirar;

Morocha, tan seductora, tan bella flor,

Ay, vida, tú me deleitas este cantar.

 

Ésta es la cumbia, la cumbia de mi tierra,

La que te mueve y te lleva suavecito;

Éste es el ritmo que no falta en las peñas

Donde se baila, se baila cruzadito.

 

Ésta es la cumbia, folclore de mi gente,

De mi provincia, tierra santafesina,

Éste es el pan, el consuelo de los pobres,

Es la sonrisa de quien ama la vida.

 

Y tú, mi bella morena, que vas volando con mi acordeón;

Tu cuerpo que me enloquece ya ha conquistado mi corazón.

 

La cumbia, el dulce vino y una mujer

Son cosas que en esta vida no han de faltar

Al hombre que al Tata Dios le es siempre fiel

Y vive toda su vida con dignidad.

 

Ésta es la cumbia, la cumbia de mi tierra,

La que te mueve y te lleva suavecito;

Éste es el ritmo que no falta en las peñas

Donde se baila, se baila cruzadito.

 

Ésta es la cumbia, folclore de mi gente,

De mi provincia, tierra santafesina,

Éste es el pan, el consuelo de los pobres,

Es la sonrisa de quien ama la vida.

 

Y tú, mi bella morena, que vas volando con mi acordeón;

Tu cuerpo que me enloquece ya ha conquistado mi corazón.

…ya ha conquistado mi corazón,

…ya se ha adueñado de mi canción.

 

            Los ojos de Sabina Gómez brillaron por la emoción.

            —Y del chamamé ni hablar —continuó el músico.

            —Aguante Monchito Merlo, ¿eh?

            —Y los Ivotí, los Troperos, los del Gualeyán…

            —…los Barrios.

            —Muy melosos.         

            —Pero si son tan románticos.

            —Tóquese algo de eso —interrumpió Patricia Gómez—; y deje de engatusar a mi nieta.

            Iván Machado volvió en sí; pensó en las palabras que habló la anciana y supo que tal vez eso fuera lo mejor: dejar de galantear con una islera. Un enorme istmo separa esos dos mundos, distantes de realmente comprenderse. Recordó las líneas de un rasguido doble.

Tocando para Pascual

 

            —Ésta se llama «Un sendero y una mujer». Y curiosamente, la escribí una noche que me quedé donde estaba la Boca de la Zorra, acá nomás. Está inspirada en los dolores que vale la pena sufrir, por el simple hecho de saber qué gusto tenía la manzana que causó esa tribulación.

 

Ojos cerrados,

Respirar suave,

Y siento cada sonido,

Cada parte de mi cuerpo

Que es piedra en este camino.

 

Ojos abiertos,

Un horizonte;

Ahí van las serpientes

De agua, tierra y de cielo

Que en la distancia se pierden…

 

(Coro)

 

Que llegan al mismo ocaso

Que se repite:

Reflejos de aquellos ojos,

Detalles donde mi padre

Ha pintado a sol, con una mirada,

Su cuadro más hermoso.

 

Un árbol alto,

Yo en su copa

Gritándoles mis ahogos

Al llano que es infinito

Para que lo oyeran todos.

 

Entre los palos,

Todos iguales,

Abriendo todo en su aliento,

Rompiendo con este molde,

Con sus brazos tan abiertos.

 

(Coro)

 

Que llegan al mismo ocaso

Que se repite:

Reflejos de aquellos ojos,

Detalles donde mi padre

Ha pintado a sol, con una mirada,

Su cuadro más hermoso.

 

            No quedó muy claro qué fue lo que entendió Sabina Gómez por la letra de la canción. No importa; la poesía fue forjada por pulsiones oscuras, por miedos irracionales, por angustias inexplicables que no se definen en la rigurosidad transparente de los conceptos enciclopédicos. La muchacha dejó escapar un suspiro largo.

 Pascual el cumpleañero

            El cumpleaños continuó entre música y alcohol, entre amigos e historias. El alero los volvió a unir a los jóvenes, escapando uno del rocío y otro de Rubén Gómez, que había salido, junto con su sobrina, a recibir nuevas visitas que llagaban a caballo.

            —¿Dónde andabas? —preguntó Iván Machado, al tiempo que destapaba otra botella—. Menos mal que esta gente toma sólo porrón. Vamos con un syrah.

            —¿Ves ésa que está ahí? Ésa es Jorgelina.

            —¿La piba del Charigüé? ¿La que anduvo con vos?

            —Ésa. Estuvimos hablando hasta recién allá afuera.

            —¿Y…?

            —Nada. Me cortó el rostro y tiene razón. Yo me porté muy mal con ella. A vos te vi hablando con la grandota.

            —Sí. Es divina la piba —miraron al riacho y vieron que Sabina cruzaba con un chinchorro[xx] hasta la otra orilla, donde la esperaban dos isleros a caballos. La muchacha tomó las riendas del animal, le pasó una soga por el cuello, subió a los hombres a la embarcación y cruzó los veinte metros del ancho del arroyo, con el equino a tiro.

Linda, la alegr�a del islero

            —Vale como diez hombres, me dijo Patricia.

            —¿A qué te hace acordar? —preguntó Facundo Santoro.

            —No sé.

            —Pensá… Una zamba.

            —«A Doña María Ríos».

            —Sí.

            —El sueño del pibe.

            —Sí, pero por eso ella es tan feíta.

            —¿Cómo…? —se sorprendió Machado.

            —Es la ley que dice que no existe la mujer perfecta —habló el poeta de Barrio Arroyito—. Es la gran búsqueda del hombre. Todos los días buscando esa gran mujer, arquetipo de diosa que parece sólo existir para unos pocos, pero en realidad es sólo eso, un objeto inalcanzable. Así, uno se conforma sólo con amar lo que tiene.

            —¿…?

            —La mujer que esté a nuestro lado es causa de nuestras miserias, de nuestros vacíos por llenar. Podremos buscar años y años una gurisa perfecta, pero siempre está el dedo que mueve las piezas en ese plano tan sutil.

            —Sos un resentido, por eso decís esas cosas. Siempre, siempre hay una mujer perdida por ahí. Es cuestión de tiempo encontrarla.

            —Ja… Un poquito de tiempo, ¿no? Toda la vida. En todo caso existirá esa mujer pero el dedote se va a encargar de que no la encontremos. Y cuando creemos hallarla, entonces es ése el momento en que uno se enamora hasta el dolor…

            —…Me estás dando la razón… —interrumpió Machado.

            —…Dejame terminar —hablaba mientras lo señalaba con la botella, casi sin poder tenerse en pie—. Cuando uno ya lo cree encontrar, cuando ha hallado al gran amor de su vida, entonces llega la gran desdicha, el dolor, la humillación, los celos, el sufrimiento. El encuentro con el gran amor es el comienzo de la agonía más dolorosa —buscó con la vista a Jorgelina entre los invitados—. Amor y dolor son partes de la misma tragedia. Y uno: dejando pasar a los grandes amores por miedo a la vergüenza, al rechazo —la encontró y se fastidió al ver que hablaba con un muchacho.

            —Por lo que vos decís, no vale la pena enamorarse, si sólo causa martirios. Por eso te habrás dejado llevar por tus viejos; la dejaste a la Jorgelina en su isla y vos te fuiste con las adúlteras de la ciudad. Ja, ja… Se ve que te habías enamorado y… para qué ibas a sufrir, si podías irte antes de tiempo.

            —Sos un idiota.

            —Pero claro… —siguió reprochando el músico—. La dejaste ahí, antes de que el hechizo se acabe, antes de que veas que ella es de carne y hueso, antes de que la veas despeinada al levantarse, resfriada, enojada… antes de verla como a una mujer más. Preferiste congelar esa imagen, como te gusta recordar el pasado.

            Facundo Santoro arremetió contra el músico y lo arrojó al piso.

            —¡Vos no entendés nada!

            El poeta corrió hacia donde estaba la muchacha, que les enseñaba sus anillos a un pibe que le sonreía todo el tiempo. Atropelló a dos niños y a una mujer, hasta dar con ella. La tomo fuerte del brazo y con un gesto de enojo le indicó que caminara hasta afuera del alero.

            —¿Qué querés, bruto?

            —Vení, tengo que hablar con vos.

            Caminaron hasta la orilla del zanjón, donde estaban las embarcaciones.

            —¿Vos sabés por qué no pinté más por tu rancho?

            —…

            —Porque te amo como te recuerdo, porque temo que toda esa gran fantasía se pinche.

            Los ojos de Jorgelina se agrandaban.

            —Yo te amo, piba, todavía estoy enamorado, pero tengo miedo que…

            Entonces los ojos de Santoro ya no vieron nada. La oscuridad cubrió todas sus luces. El silencio y los sueños se hicieron de su persona.

Entrada a la laguna 

 

V

 

            —¿Qué pasó? —preguntó el poeta cuando volvió en sí.

            —Se enojó Jorgelina y te pegó.

            —¿Por qué?

            —Le dijiste unas cuantas barbaridades, supongo. La vi pasar enojada del lugar donde estaban, se metió en el rancho de Pascual y no volvió a salir.

 

            —¿Qué te pasó en la cara? —preguntó Pascual Gómez, al ver el moretón que lucía Santoro en su pómulo derecho. Machado respondió por él.

            —Se llevó puesta una rama. Cosas de borracho, ¿vio? ¿No tiene un poquito de hielo?

            —A ver… póngase un porrón frío donde le duele.

            La fiesta seguía, pero ellos eligieron ya no levantarse de uno de los tablones. La paisanada siguió bailando, doña Patricia, sonriendo, Rubén Gómez, el hijo de Pascual, dormía tirado al lado de un árbol, Sabina cruzaba gente de un lado al otro del arroyo, Jorgelina Heredia no dio señales por ninguna parte. Los dos urbanos parecían sólo una sombra ocupando un rincón del alero; el poeta, con una cerveza fría en la cara, el músico, con una botella de vino que lentamente acortaba su contenido.

            —Qué cosas —balbuceó Santoro— que nos pasan a los buenos, a los que queremos ser honestos.

            —Seguimos con las pavadas.

            —Vos a mí no me querés. Me maltratás. No estás de acuerdo conmigo. ¿En quién voy a confiar, si no es en vos, Iván…? Y vos no confiás en mí.

            —Siempre estás buscando que todos te aprueben tus cosas, ya sean buenas o miserables, que todos piensen lo mismo que vos; sino empezás con eso de que «hay algunos a los que yo no les puedo contar todo»… Claro, hombre, así es fácil pensarlo, si uno no se hace cargo de… —pero vio que Santoro estaba dormido. De nada servía seguir hablando.

            Machado encontró a Sabina Gómez entre la multitud de otra mesa y ya no les quitó los ojos de encima.

            —¿Sabrá que aún existo? —se preguntó—. ¿Se habrá dado cuenta de que mis ojos no dejan un segundo de acecharla? La imagino hablando de lo lindo de ver la familia unida otra vez, de quejarse de lo frío de la noche, pero, ¿sabrá que hay alguien que la desea terriblemente desde el fondo de las penumbras? Aunque nadie lo vea, ese espectador está ahí, siempre mirándote, siempre amándote…

 Niños en la casita flotante

Incluso los sauces,

Cuando uno no los ve,

Hacen lentamente el amor.

 

Se acercan de noche,

Cuando uno piensa que

El universo entero

Se compone sólo

Del fogón

Y las estrellas de alrededor.

 

Se tocan y hablan de

Tiempos lejanos…

De tiempos futuros.

 

Incluso mis ojos,

Cuando vos no me ves,

Te hacen el amor tan lentamente.

 

Te buscan en cada segundo

De la noche…

Y pienso en la dicha,

Compuesta sólo de

Momentos que paso cerca…

Muy cerca tuyo.

 

Te miran mis ojos y sueñan con

Tiempos eternos…

Te buscan,

Te aman,

Te esperan.

                       

            La noche fue pasando y los convidados se marchaban. El Yasí[xxi] de los penadores se dirigió hacia la última recta del poniente. Iván Machado ayudó a Facundo Santoro a levantarse.

            —Gracias por todo —el músico se dirigió a don Pascual.

            —Vuelvan cuando quieran —invitó el islero.

            —A usted también, Patricia, gracias. La hemos pasado muy bien.

            —Me alegro, gurí; pero cuídelo a su amigo, que bebió demasiado.

            Sabina saludó de lejos, mientras levantaba botellas del suelo.

            —¿Otra vez te vas a subir con las botas? —preguntó Santoro que a penas pudo entrar al cockpit de la embarcación.

 

            Cuando dejaban el zanjón, el poeta entendió que una sombra entre los pastizales, acusaba la silueta de una joven de pelo largo. Con lo que quedaba de la luna, alcanzó a distinguir el reflejo de un arroyo ínfimo y brillante derivando por sus mejillas.

            —La noche está llena de fantasmas, Iván.

            —La noche es un buen momento para que se arrimen las almas dolidas.

            —Me gusta parecer un fantasma. Me gusta llorar cuando todos se ríen.

            —Yo coincido otra vez con el viejo Arturo (Schopenhauer) —sentenció el músico, que pensaba en Sabina Gómez, en Jorgelina Heredia y en su desdichado amigo—. Yo tampoco entiendo cómo los que se aman no prefieren romper con las careteadas sociales, antes que terminar acabados en una zanja, pudriéndose en su mentira al lado de alguien por el que nada se siente, que es como matarse por miedo a esa aventura. O será que la vida realmente es una porquería y no vale la pena hacer tamaños sacrificios… entonces hago de cuenta que la amo imaginando que puedo ser otro, y que la puedo tener para siempre en la letra de una canción…

 

Coincido con el viejo Arturo

Y no entiendo cómo soy tan boludo. 

 

            Llegaron al campamento. Todo seguía ahí: la carpa, la olla pisada por el casco de un caballo, la línea tirada al agua y, en el fogón, los troncos pequeños vueltos cenizas y los más grandes, aún enseñando algún extremo encendido.

 

 Desde la casa de Pascual

El cumpleaños (zamba)

 

(Primera)

 

Cruzando en mi canoa

El ancho Paraná,

Paso el Destilería,

A la Milonga quiero llegar;

Ahí anda don Santoro

Con un vinito pa’ convidar.

 

No preguntan qué tenés,

Sino qué precisás:

Arrimá a la barranca

De tierra firme, quiero bajar.

Me espera el patio ‘e tierra

De Pascual Gómez para bailar

 

(Coro)

 

En un recodo del río,

Bajo una luna encendida,

Va Patricia en su noche,

En litoraleñas que cobran vida.

Levanta polvareda

Mezclando tierra con alegría.

 

(Segunda)

 

Mi compañero, salud,

Cantaremos los dos;

Le dije a don Santoro

En la Milonga junto al zanjón.

Afinemos gargantas

Que hoy cumple años aquí una flor.

 

Son setenta hermosos

Años de amor brindar.

Que gloria pa’ mi suelo

Que esté Patricia en el litoral.

Rojaijú tierra mía

Qué linda gente, la que nos das.

 

(Coro)

 

En un recodo del río,

Bajo una luna encendida,

Va Patricia en su noche,

En litoraleñas que cobran vida.

Levanta polvareda

Mezclando tierra con alegría.

 

                             Iván Machado.

Volviendo a la tarde


[i]   Tratado de música y afines; Alejandro Dolina. Biguá: cormorán. Palometa: nombre con que se conoce a la piraña, en el delta del río Paraná. Se conoce a los caracoleros como al conjunto de aves laguneras de color oscuro: cuervitos, caraus, bandurrias. Carau: ave zancuda, negra y de pico curvo; se la encuentra, en grandes cantidades, en las lagunas pampeanas. Pasmoso: el término refiere tanto al malestar de quien padece de un enfriamiento, como a un estado de asombro y admiración. Curupí: árbol del que se extrae el pega-pega. Fruncidora: arbusto espinudo, conocido también como «cierra culito». Sus hojas se abren con los días cálidos, y se cierran cuando hace frío o cuando se las roza. Talega de pan: nombre vulgar con que los maestros de danzas folclóricas nombran al ritmo de la chacarera. Careaga: riacho que conecta las dos barrancas vivas del río Paraná, a la altura de la ciudad de Victoria, en Entre Ríos, y al paraje del Quebrachito, en Santa Fe. Barrancoso: arroyo del delta superior. Adobe: en la comarca islera, mezcla de arcilla con estiércol de vaca. Che agá porá: mi alma buena, en lengua guaraní. Lucero: planeta Venus. Hay años en que puede verse al oeste y otros al este. Es la estrella más brillante de los crepúsculos y puede divisarse, con mucho esfuerzo para encontrarlo, a la plena luz del sol (incluso al mediodía). Una leyenda que he oído en San Juan, argumenta que una vez que el observador trata de dar con el paradero de dicho planeta, en las horas de sol, debe encontrarlo sí o sí antes de que la noche termine de oscurecer la jornada; de lo contrario morirá antes del alba. Sapukai: grito. Arbolito: marca legendaria de cuchillos. Los bailarines de la zamba, bailada a su modo tradicional, dibujan un serpenteo de ocho compases en el estribillo, al que frecuentan llamar la «ese». El/la bailarín/bailarina realiza un semicírculo hacia el centro de la rueda, saliendo con su pie izquierdo en sentido anti-horario, y se encuentra en cuatro pasos con su pareja, donde se saludan y entonces, dando el primer paso con el pie derecho, se aleja hasta la posición anterior de su compañero/a —afuera de la rueda— dibujando un semicírculo en sentido horario. Dibujan una «ese» en ocho compases. A pesar de que esta zamba nombre una figura muy tradicionalista, que ya casi no se utiliza, los dos versos que hacen esta referencia poseen doce compases cada uno, confundiendo, pues, al bailarín distraído, o permitiéndole un nuevo firulete al buen dominador de nuestra danza nacional. Arresto: encuentro de los bailarines en el centro de la pista. Es el momento más íntimo y sensual de la zamba. Chinchorro: embarcación de pequeño porte que se utiliza, generalmente, para descender a tierra desde un barco grande. Yasí: luna, en guaraní.   

El 24 de agosto es el cumpleáños de Patricia, la esposa de Pascual. Todo el mundo invitado. Miren cuánta es la anticipación. No hay excusas. Si no nos conoce, está invitado igual. El patio de Pascual es patio de amistad.

 




TAPA DEL LIBRO SANTIAGODELRIO Todos éstos están ahora atrapados en nuestro remanso costero:

«La caza es sólo una denominación cobarde para un asesinato especialmente cobarde de criaturas sin posibilidades. La caza es una forma secundaria de enfermedad mental humana». Teodoro Heuss.

Que nuestros humedales no sean transformados en una pampa ganadera.

Quema de pastizales

«El fuego quedó prendido, como testigo nuestro ... en silencio, contrarestrando los escopetazos de los bobos que todavía van a cazar algo cuando no necesitan de eso para vivir ... quitando una vida inutilmente.

Cuando era chico me gustaba cazar a mí también, hasta que traté que una perdiz levantara vuelo para tirarle y, como no subía a pesar de mis pisotones al suelo, al acercarme me di cuenta que tenía cría abajo ... nunca más le tiré con algo a un ser vivo.»

Capitán Martín Burbuja.

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¡¡¡Seguimos adelante!!!

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A diferencia de los soldados, que en la mayoría de los casos tienen ante sí a un enemigo con iguales posibilidades, el cazador es especialmente cobarde: él dispara sólo cuando la víctima no se puede defender.

Que el hombre se atribuya el derecho de matar por diversión a seres vivos que sienten y que perciben el dolor igual que él, es algo absolutamente miserable.

Los cazadores futivos están acabando con la fauna nativa. No les sigas la fiesta a los matadores de carpinchos. Defendé nuestros recursos.

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