Archivos para Junio 2008

29
Jun
08

Para ponerse a llorar

Si usted es una persona depresiva, no lo lea porque se va a querer pegar un tiro.

La sojita patagónica

(nota de Clarín Rural)

 

 

En Choele Choel, dos emprendedores tienen rindes muy altos, de 5.500 kilos. Y suman también la ganadería.

 

Lucas Villamil. Especial para Clarín. 

 

 

 

En Choele Choel, en el valle medio de la provincia de Río Negro, Gary Gordon produce soja y maíz regando el árido terreno con el agua del río homónimo, y obtiene rindes que envidiaría cualquier productor de la región pampeana. Se trata de la soja más austral del planeta.

 

El proyecto agrícola “La Medialuna” busca demostrar que la soja es una posibilidad muy interesante en una zona que hasta el momento no la tuvo muy en cuenta. Los suelos secos y con poca materia orgánica del valle medio de Río Negro son, desde hace años, terreno de cultivo de hortalizas. La ganadería también se ha desarrollado con buenos resultados, pero el buen rendimiento de la soja resulta una novedad alentadora para el desarrollo productivo regional.

 

La idea nació del espíritu innovador de Gary Gordon, pero tomó más fuerza hace tres años cuando Ignacio Garitano, un productor de Buenos Aires, visitó la zona y se enamoró del emprendimiento sojero de Gordon. Hoy, La Medialuna produce 130 hectáreas de soja con rindes de más de 4.400 kg/ha, y va por más.

 

Este año, la cosecha de soja se realizó en mayo y el promedio de rinde en el caso del cultivo con riego gravitacional fue de 5.500 kg/ha, mientras que en el caso del sistema por aspersión, se obtuvieron entre 3.000 y 4.500 kg/ha. El promedio para la soja de segunda fue de 3.000 kilos por hectárea.

 

La mayor parte de los granos se destinó al puerto de Bahía Blanca para exportación y otra parte se guardó como semillas.

 

“La base de este proyecto es la estructura de riego: acá sin riego es mejor ni siquiera tocar la tierra”, afirma Gordon. El establecimiento cuenta con cuatro pivotes de riego por aspersión de 417 metros de largo que, en total, cubren más de 150 hectáreas. También riega unas 250 hectáreas con el sistema tradicional por gravedad, que utiliza aproximadamente 3 millones de litros por hora. Para esto se construyó una toma de agua sobre el río Negro, que está tan sólo a 800 metros de los cultivos, apoyada con sus correspondientes bombas.

 

El agua es el recurso más importante en la zona, y el Departamento Provincial de Agua autoriza su uso a un costo muy bajo para el riego de determinada cantidad de hectáreas cuando hay un proyecto concreto y viable. Al respecto, Gary Gordon asegura: “Mientras haya más agua que producción, el costo seguirá siendo bajo, pero en algún momento esto va a cambiar. Por eso estamos pensando en nuevos sistemas de riego que utilicen menos agua y la aprovechen mejor, como el riego presurizado y el riego por goteo”.

 

Por ahora, el riego gravitacional, por inundación, resulta mucho más eficaz, ya que en el riego por aspersión hay una evapotranspiración por viento y calor de entre 10 y 12 milímetros por día.

 

 

 

Suelo arenoso

 

El suelo de la zona es arenoso-limoso, tiene una profundidad de unos siete metros del mismo perfil, y se asienta sobre tierra. La materia orgánica es generada por los cultivos que se están desarrollando. “Con nuestro trabajo, además de producir granos, estamos recuperando suelos y eliminando malezas. Pensamos en la soja como una rotación con otros cultivos: la idea es lograr una secuencia rentable y sostenible en el tiempo”, asegura Ignacio Garitano.

 

El tratamiento que se le da a la soja patagónica no difiere mucho del que se le da en la región pampeana, pero hay que considerar algunos aspectos especiales. El período libre de heladas en la zona va desde el 20 de octubre hasta el 20 o 30 de abril, por lo que no se pueden utilizar variedades demasiado largas: como máximo, del grupo 3,5. La profundidad de siembra ideal es de entre 5 cms y 7 cms y, al tratarse de suelos poco desarrollados, la aplicación de fertilizantes juega un papel fundamental.

 

En esta campaña, “La Medialuna” utilizó la variedad Azul 35, grupo 3,5, y se aplicaron 140 kilos de fosfato monoamónico por hectárea, además de una doble inoculación con rizobio. “Esta cantidad de fertilizante resultaría elevada en la Pampa Húmeda, pero a nosotros nos parece razonable porque estamos pensando en altísimos potenciales de producción”, afirma Garitano.

 

El viento puede convertirse en un problema para producir en la Patagonia. En diciembre pasado, por ejemplo, se debía realizar un control pulverizando un herbicida, pero la operación se tuvo que atrasar a causa de los fuertes vientos. De todos modos, el clima tiene sus ventajas, ya que la falta de humedad impide el desarrollo de roya, y hasta el momento, no se ha observado la presencia de chinches.

 

Gordon y Garitano coinciden en que no han visto soja tan buena como la suya, en esta campaña, en el norte de Buenos Aires. Además, mencionan que tuvieron vainas de 4 y 5 granos, igual que en Santa Fe. “Estamos calculando que logramos 400.000 o 450.000 plantas por hectárea; debemos evaluarlo pero aún tenemos muchos aspectos por mejorar”, dice Garitano.

 

Tomando en cuenta el costo de la tierra, el rinde de indiferencia en soja para la zona de Choele Choel es de 3.000 kilos por hectárea. “Si se considera que la hectárea acá cuesta entre 1.000 y 1.500 dólares, y para comenzar hay que realizar una inversión en desmonte y riego que ronda los 2.000 dólares, el negocio puede ser rentable, sobre todo si se considera que estamos a 300 kilómetros del puerto de aguas profundas de San Antonio”, explica Gordon.

 

 

 

Modelo Productivo

 

El modelo productivo de “La Medialuna” se completa con cultivo de alfalfa para la producción de rollos, maíz, tomate y cebolla. Además, en invierno se implanta raigrás anual, raigrás con vicia y cebada con vicia, y hay un proyecto ganadero para desarrollar sobre el mismo círculo que ocupa actualmente la soja. La producción de carne es muy sustentable en la región, y el mismo Gary Gordon fue un pionero en la introducción de genética con rodeos Hereford y Angus.

 

El establecimiento La Medialuna’ constituye un excelente ejemplo de lo que se puede lograr con la innovación y el esfuerzo. De esta manera, las fronteras productivas podrían alcanzar en el futuro dimensiones nunca imaginadas. Pero, como reflexiona Gary Gordon, “esto es 5% inspiración y 95% transpiración”.

 

 

LA ÚLTIMA CUENTITA ES BUENÍSIMA.

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OTRA NOTA DE CLARÍN RURAL, EL GRAN DIARIO ARGENTINO.

 

 

 

 

EL MANEJO DE PASTIZALES: ANTE LOS RECIENTES PROBLEMAS EN LA ZONA

El potencial del Delta, más allá del incendio


 
 

 

Los autores destacan la fuerza productiva de la región y que sólo especialistas pueden manejar el fuego.


 
 
 


Susana Feldman, Israel Feldman. Especial para Clarín


“Piro” es una palabra griega que significa fuego. “Genia” proviene de génesis, inicio. Los pastizales que crecen en forma espontánea en el Delta del río Paraná son pirogénicos, es decir, pueden iniciar fuego con facilidad.
Los pastizales, o para ser más precisos, la biomasa herbácea que se acumula en las islas, es sumamente pirogénica cuando se seca y puede iniciar fuego con facilidad. Ese fuego pueden ser espontáneo, accidental o intencional.
En términos ecológicos, se conocen como plantas pirofílicas las que soportan los incendios y rebrotan con facilidad. Es el caso de la mayoría de las especies que se encuentran en las islas. Pero no todas son pirofílicas. Algunas especies de gramíneas y leguminosas, entre las que se encuentran las mejores forrajeras, no soportan el fuego.
Las especies pirofílicas de menor valor forrajero son las que se perpetuaron en las islas del Delta del Paraná, resistiendo a los incendios. Después de un incendio rebrotan rápidamente y a las pocas semanas se endurecen (lignifican), perdiendo palatabilidad y valor nutritivo.

La pirotecnia refiere al uso del fuego para manejo de pastizales. El fuego como herramienta es una técnica ancestral pero todo depende quién la use y con qué fines.

Por lo general, el isleño que se dedica a la ganadería vacuna sabe que quemar un totoral es contrario a sus intereses.

Por eso, la pirotecnia en el manejo de pastizales requiere de conocimientos y habilidades de especialistas. El fuego prescripto y controlado puede ser beneficioso utilizado bajo controles técnicos.

Las islas del Delta abarcan casi 2.000.000 de hectáreas ubicadas junto a centros importantes de consumo, como el Gran Rosario y el Gran Buenos Aires.

Si se las dejara ociosas no desaparecería el peligro de los incendios. La biomasa herbácea que se acumularía, en algún momento provocaría un incendio espontáneo, accidental o provocado. Existen dos abordajes al tema: el táctico o las medidas inmediatas, y el estratégico o de mediano plazo.

En forma inmediata se deben controlar todos los focos de incendio. Hace falta detectarlos y controlarlos con los medios y técnicas disponibles. Una técnica que no se debe desechar es la del contrafuego con fuego. En algunos casos puntuales, para evitar la expansión del incendio se puede construir un contrafuego, incendiando y apagando una franja de vegetación a sotavento del incendio principal. Cuando el fuego avanza se encuentra sin material combustible y se extingue.

En el mediano y largo plazo, habría que establecer un sistema de alerta y mapeo permanente de la vegetación de las islas, con la ayuda de imágenes satelitales. Se podrían detectar los lugares en los cuales potencialmente se podrían producir incendios y recomendar a los ocupantes la adopción de medidas preventivas. También habría que prohibir, por ley, la quema de vegetación sin la autorización de la autoridad competente.

El estudio de la biodiversidad de las islas del Delta debería ser objeto de especial atención. Es necesario conocer el funcionamiento del ecosistema, a los efectos de establecer pautas de manejo. Por otra parte es necesario desarrollar tecnologías apropiadas para el manejo sustentable de la producción económica de las islas. Las características ecológicas del Delta hacen que no se puedan transplantar las tecnologías de producción, agrícola, ganadera, ni forestal, tal como se practican en tierra firme. Quemar en forma descontrolada afecta negativamente a los habitantes y, además, no asegura ni un adecuado nivel de productividad ni la conservación del recurso forrajero y de la biodiversidad.

La ganadería en las islas del Delta se practica desde hace tiempo. Ultimamente sólo se aumentó la cantidad de animales. Las tecnologías utilizadas no son las apropiadas. No se construyen alambrados, no se hacen trabajos de infraestructura productiva, no se adoptan medidas para prevenir penurias forrajeras, ni se tiene en cuenta la posibilidad de inundaciones.

Contrariamente a lo que mucha gente supone, la ganadería intensiva bien manejada eliminaría la necesidad y el peligro de incendios. El aprovechamiento del potencial productivo de las islas del Delta del Río Paraná es mínimo. Por su ubicación geográfica y sus condiciones ecológicas, utilizando técnicas adecuadas, podría ser una región que abasteciera de bienes y servicios a toda la población urbana que las rodea e, inclusive, con destino a exportación.

 

 

 

INCREIBLE. NOS VAMOS TODOS. CLARÍN RURAL CÓMPLICE DEL DESTIERRO, DE LA DESTRUCCIÓN DE LA ESTEPA PATAGÓNICA Y DE LA PÉRDIDA DE LOS HUMEDALES ALUVIONALES.

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PARA CAMBIAR DE TEMA:

Non sancto

(nota de Página 12, del 29 de junio)

 

En el centro del negocio mundial de la soja y los pesticidas –que van de la mano– hay una multinacional norteamericana especializada en alta toxicidad. Una serie de investigadores denuncia a Monsanto por el sistema con que opera, que deja un tendal de monocultivo, deformaciones genéticas y enfermedades, y que quiere hasta patentar a los chanchos.

 

Por Alicia Dujovne Ortiz.

 

Desde París

 

“Hace más de veinte años que recorro el mundo, y en todas partes he oído hablar de esta multinacional norteamericana, a decir verdad bastante mal. Quise entender de qué se trataba y navegué por Internet durante meses. Es así como he descubierto que Monsanto representa una de las empresas más controvertidas de la era industrial, porque siempre ocultó la extremada toxicidad de sus productos. ¿Qué pasa hoy? ¿Nos dicen la verdad sobre esos OGM? ¿Podemos creerles cuando nos dicen que las biotecnologías resolverán el problema del hambre y de la contaminación del medio ambiente? Para responder a esas preguntas, retomé mi bastón de peregrina y viajé a lo largo y a lo ancho de tres continentes. Hoy estoy segura de que no debemos dejar que esta empresa se apodere de las semillas, vale decir, de la alimentación mundial.”

 

La autora de esas palabras, Marie-Monique Robin, ya había tomado su bastón de peregrina para ocuparse, entre otras cosas, de la presencia en nuestro país de la OAS, la organización paramilitar argelinofrancesa que a través de la Triple A exportó a la Argentina sus escuadrones de la muerte. Hace unos pocos meses Robin publicó un libro decisivo, El mundo según Monsanto, de la dioxina a las OGM, una empresa que nos desea el bien, y realizó un documental donde cuenta la historia de estos no menos espeluznantes escuadrones. Según sus declaraciones, los telefonazos insultantes recibidos a raíz de su primer texto fueron juego de niños en comparación con los aprietes que le valieron meterse con Monsanto.

 

No es la primera vez que se denuncia a esa empresa, pero sí es la primera en que el desenmascaramiento llega, por fin, a una cadena televisiva de tanta difusión como la francoalemana Arte, que transmitió hace poco el filme de Robin. Ya en el año 2000, Isabelle Delforge había publicado, en Bruselas, Alimentar al mundo o el agrobusiness, donde revelaba el engranaje oculto de Monsanto. Para escribir estas líneas me he guiado por los trabajos de Robin, de Delforge y del investigador Raoul Marc Jennar, de la Urfig/Fundación Copernic, que, como nuestro Premio Nobel Alternativo, el doctor Raúl Montenegro, tampoco se queda corto al analizar todo lo que en Monsanto resulta non sancto.

 

¿Merece Monsanto la calificación de “necroempresa” con que muchos la adornan? El siguiente relato parecería confirmarlo. Si a principios del siglo XX, los “mercaderes de la muerte” fueron la compañía alemana Krupp, la británica Vickers y la francesa Schneider-Creusot, Monsanto los reemplazó simbólicamente en 1945. En primer lugar, al asociarse, dentro de la Chemagrow Corporation, con la IG Farbenfabriken que había sostenido financieramente al nazismo en los años treinta y fabricado el gas para Auschwitz diez años después. Es cierto que una empresa no tiene por qué meterse a fisgonear en lo que han hecho sus socios, antes de haberlos frecuentado en carne y hueso; sobre todo si esa empresa está basada en un criterio de rentabilidad, acaso incompatible con el de humanidad, como el que el propio Edgar Monsanto Queeny, presidente de Monsanto desde 1943, manifestó con una sinceridad casi conmovedora: “I am a cold, granitic believer in the law of the jungle”.

 

Esta sociedad transnacional comenzó a hacerse célebre por ella misma, y no por sus malas compañías, durante la guerra de Vietnam y a causa de su tristemente célebre “agente naranja”. Destinado a desherbar la selva para impedir que los vietcong se escondieran entre sus vericuetos, el agente naranja, fruto de la combinación de los elementos 2,4-D y 2,4,5-T, fue difuminado en dosis gigantescas desde las avionetas norteamericanas. Pequeño problema, al fabricar este herbicida surge un producto derivado conocido como TCDD o dioxina, “impureza” que no puede ser eliminada y que provoca malformaciones del feto, transformaciones genéticas y cáncer. La hierba vietnamita murió, en efecto, de un solo saque, pero los seres humanos siguen muriendo de a poco hasta el día de hoy. En 1988, diecisiete años después del bombardeo desherbante, las sustancias tóxicas seguían presentes en la fruta y la verdura repletas de dioxina. “No nos nacen bebés sino monstruos”, exclamó un médico partero, el doctor Le Diem Huong, al tomar entre sus manos a un recién nacido de cuya carita salían los órganos genitales.

 

Penetrar los entretelones de Monsanto no es tarea difícil. Convencida de su derecho a llenarse los bolsillos, y fiel a la sinceridad de su fundador, la empresa no se traga la lengua. “Nuestro objetivo es la captación de toda la cadena alimentaria”, declaran sin ambages sus máximos representantes, refiriéndose a una dominación que les asegura el control absoluto de las distintas poblaciones por su lado más débil, el vientre. Las predicciones de Aldous Huxley y de Georges Orwell quedan reducidas al tamaño de un poroto, obviamente de soja, al lado de esta posesión de lo comestible que se manifiesta por medio de una curiosa idea: patentar la vida.

 

¿Cómo se obtiene la patente de algo que, con inconmensurable ingenuidad y en nuestra calidad de seres vivos, hemos creído nuestro? Desde la semilla “Terminator” (admitamos que el nombre es un hallazgo) hasta la producción de pesticidas y herbicidas, de hormonas de crecimiento y de organismos genéticamente modificados, altamente tóxicos y cancerígenos (¿pero acaso un “granítico frío” se achicaría ante tan nimio detalle?), se trata de inventar y de producir todo lo susceptible de ser comercializado en forma óptima, vale decir, sin el menor prejuicio de carácter ético. Ejemplo: crear especies vegetales Monsanto que resistan a los pesticidas y herbicidas Monsanto, y sólo a ellos. Dependencia asegurada: para garantizar la producción, no queda más remedio que desherbar y apestar con esas sustancias específicas y no con otras. Cada semilla genéticamente modificada es propiedad de su inventor, patentada y protegida por las reglas de la Organización Mundial del Comercio. La modificación genética puede ser tan ínfima y, por ende, tan insospechable, que el campesino que compra una semilla cualquiera, y la siembra sin suponer siquiera quién está por detrás, se expone a una persecución judicial. Es lo que acaba de sucederles a los campesinos mexicanos que sembraron maíz, tal como lo vienen haciendo desde mucho antes de Moctezuma. Un buen día les cayó encima Monsanto, a quien desde ese momento no me extrañaría que le llamaran Mondiablo. “Esa semilla es nuestra –les dijeron–. Ustedes no tienen derecho a utilizarla porque está… patentada.”

 

Terminator se llama así porque termina con las hierbas salvajes, y también con todo intento de autonomía agrícola. Gracias a la introducción de un gene autodestructor, la dichosa semillita sólo germina una vez, de modo que el campesino está obligado a comprarse otras todos los años, en vez de tomarlas de su cosecha anterior como lo tuvo por costumbre desde siempre. Aunque Monsanto haya anunciado que retira del mercado su semilla con nombre de juego electrónico para adolescente con cerebro lavado, otras firmas la comercializan, en particular su genio creador, la Delta & Pine Land Co. Sin contar con que la tecnología Terminator tiene como treinta patentes distintas, compradas por unas cuantas transnacionales agroquímicas que tampoco se andan con chiquitas. Transnacionales que, con Monsanto a la cabeza, extienden la práctica a todas las especies vivientes que puedan servir como alimento o como medicamento de origen vegetal, pero también animal. Esto último no es broma: Monsanto ha presentado una solicitud de patente para cerdos que, de ser aceptada, le permitiría cobrarle una suma por chancho a cada propietario de chiquero, en la Argentina, en Eslovenia y en Dakota del Sur.

 

Monsanto, fundada en 1901 por John Francis Queeny y así llamada en homenaje a su esposa, Olga Méndez Monsanto, ha debido enfrentar, y algunas veces perder, unos cuantos procesos. Los veteranos norteamericanos de la guerra de Vietnam, encargados de pulverizar el agente naranja pero incapaces de evitar que el mismo chorro les cayera a ellos; la asociación vietnamita de víctimas del agente naranja, que denuncia a Monsanto y a otros diez fabricantes de herbicidas por crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra; una Madre Coraje paraguaya, Petrona Talavera, entrevistada por Robin y cuyo hijo Silverio, como tantos otros Silverios argentinos, brasileños y paraguayos, súbditos de la “República unida de la soja”, murió envenenado bajo una lluvia de pesticidas; o la asociación bretona Aguas y Ríos, que acaba de reaccionar con santa indignación a una página de publicidad donde se exaltan los beneficios del célebre Roundup, causante de la fuerte contaminación de los ríos bretones y enérgicamente denostado, por sus claros efectos cancerígenos, durante el Grenelle del Medio Ambiente que tuvo lugar en Francia hará dos o tres meses; todos ellos han presentado sus quejas y hasta, en raras ocasiones, obtenido justicia. Nada de lo cual detiene a la necroempresa: en la actualidad, Monsanto es el líder planetario en la producción de glifosato, un herbicida total comercializado bajo la citada apelación de Roundup. La semilla de soja genéticamente modificada que le va como anillo al dedo se llama Roundup Ready y es, qué duda cabe, resistente al herbicida del mismo nombre.

 

Lo cual, de modo indefectible, nos lleva a preguntarnos: ¿y por casa?

 

Según datos publicados por este mismo diario, en la Argentina de 2007 la cosecha de soja transgénica llegó a los 47 millones de toneladas y abarcó 16,6 millones de hectáreas, rociadas con 165 millones de litros de glifosato. Los agronegocios basados en la soja transgénica desalojaron, en los últimos diez años, a 300.000 familias de campesinos e indígenas que fueron a engrosar los contingentes de las nuevas Villas Miseria. Un número aún indeterminado de peones perdió su trabajo, y su sueldito de hambre, porque el cultivo de la soja no requiere de muchos brazos. El avance de la soja obligó a desmontar 1.108.669 hectáreas de bosques en cuatro años, con el consiguiente empobrecimiento de la tierra en poco tiempo más. Las compañías que se han beneficiado con el negocio sojero son, por supuesto, Monsanto, pero además Dupont, Syngenta, Bayer, Nidera, Cargill, Bunge, Dreyfus, Dow y Basf, entre otras. Mientras tanto, las malformaciones de fetos, los abortos espontáneos, el aumento del cáncer en vastas zonas de nuestro país, y la aridez inexorable para dichas zonas, no regadas con lo mismo que en Vietnam pero casi, apenas si entran en las discusiones que nos agitan desde cien días atrás.

 

En el libro de Robin, el capítulo dedicado a la Argentina da frío en la espalda. Todo empezó con Menem a principios de los noventa, en medio de un coro de alabanzas oficiales y privadas a las biotecnologías que contribuirían a “ganar la guerra contra el hambre y a proteger el medio ambiente”. Al principio, las “semillas mágicas”, vendidas muy baratas, a pagar después de la cosecha y fácilmente sembradas con siembra directa sobre los residuos de la anterior, tuvieron el efecto de un canto de sirenas. Frente a la crisis de 2001, el boom mundial de la soja transformó el oro verde en “refugio y motor de nuestra economía”. Algunos comenzaron a comprender, lo cual no garantizó la durabilidad de su inteligencia: “Asistimos a una expansión sin precedentes del agrobusiness en detrimento de la agricultura familiar”, se lamentaba en 2005 un Eduardo Buzzi entrevistado por la investigadora. Sin embargo, las ganancias alcanzaban cifras astronómicas y un programa de “Soja solidaria”, implementado en las villas, pretendió taparles la boca a los pocos aguafiestas que entendieron la trampa.

 

Hoy tampoco son muchos los que lo saben ni los que lo difunden: la aparición de biotipos que ya no son tolerantes al glifosato obliga a aumentar las dosis de herbicidas. Consecuencia (aparte de las muertes fetales precoces): disfuncionamientos de la tiroides, de los pulmones, de los riñones, malformaciones genitales en los varones, nenas de tres años que ya tienen la regla. “Un verdadero desastre sanitario”, según el doctor Darío Gianfelici, médico de un pueblito entrerriano que ve lo que sucede y que se anima a decírselo, por lo menos, a una francesa, felizmente dispuesta a meter sus narices donde nadie la llama. ¿Habrá previsto el doctor en 2005 que sus palabras nunca serían escuchadas tal como hoy lo son las de un comprovinciano suyo, autor de la mejor frase acuñada en la Argentina en lo que va del siglo, “las vacas morirán de pie”, y para quien, frente a las cámaras, pibe más, pibe menos que nazca enfermo no es un tema que importe?

 

¿Pero para quién lo es? De memoria sabemos que el productivismo frenético del campo acrecienta la hambruna y la desnutrición en los países pobres, provoca el éxodo rural, la desertificación, la destrucción de los ecosistemas, introduce enfermedades por ahora incurables en las plantas, los animales y los seres humanos, y produce una “contaminación genética” de consecuencias imprevisibles. Con todo, es necesario machacarlo: cuando los responsables políticos sienten la más olímpica indiferencia hacia la seguridad sanitaria de sus respectivas poblaciones, y cuando la investigación científica se ve obligada a venderse al poder privado, la organización mercantilista del mundo gana por varios tantos.

 

Por sentido de la equidad, y porque el enriquecimiento desorbitado de un puñado de gente me da dentera, desde el comienzo del conflicto he apoyado las tan cacareadas, baladas o mugidas retenciones; y no puedo menos que felicitarme de que con esa plata, la Presidenta se proponga construir hospitales. Sin embargo, tampoco puedo menos que acongojarme al comprobar que los dimes y diretes entre el Gobierno diz que bifronte, y los cuatro jinetes del Apocalipsis, reunidos al grito de mozo jinetazo ahijuna, no hayan tenido en cuenta que, si se sigue sembrando nuestra tierra con semilla transgénica y espolvoreándola con los pesticidas que son su media naranja, ni los nuevos hospitales darán abasto. Toda redistribución de la riqueza que no le imponga las más draconianas trabas legales a Monsanto y a la sojización del territorio sólo será otro modo, por cierto no exclusivamente argentino, de una sola y misma complicidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

27
Jun
08

Sociedad Rural Argentina (sin caretas)

 La posición de estos hijos de puta

¿Leyeron el último párrafo?

Reforma agraria ya.

 

¡¡¡La tierra para quienes

la habitan y trabajan!!!

 Basta de fondos de inversión.

Basta de soja.

Soja para hoy,

hambre para mañana.

La soja mata, la soja desnutre, la soja da leucemia a los habitantes de zona rural, la soja es mala, la soja no alimenta, la soja da lupus a las mujeres, la soja contamina las napas de la tierra, la soja desertifica, la soja mata el monte, la soja destierra gente.

cargill, monsanto, dreyfus son soja… son muerte… son asesinos que hay que desterrar de nuestra tierra.

SOBERANÍA ALIMENTARIA…

FACULTADES DE AGRONOMÍA QUE ENSEÑEN A PRODUCIR ALIMENTOS Y NO A GENERAR NEGOCIOS… LOS CHICOS DE AGRONOMÍA SON GRANDES VENDEDORES DE VENENO, SON GRANDES ASESORES RURALES, PERO NO SABEN SEMBRAR CULTIVOS SUSTENTABLES. LA CASA DEL ESTUDIO ESTÁ AL SERVICIO DE GENTE BASURA COMO LA FAA Y COMO LA SOCIEDAD RURAL. EL GRITO DE ALCORTA YA NO ES EL LEMA DE LA FAA. ES UN SLOGAN QUE HOY LE QUEDA GRANDE.

Gracias, chamiga porá, por enviarme este dato.

 

27
Jun
08

Canción sin eco

Antes

 

Se me dobla la panza del dolor cuando

escuchos ciertos nombres,

cuando llegan ciertos meses,

cuando recuerdo tantas tristezas y rostros.

Qué hermosa estación para

enamorarse es el invierno…

o para sentarse solo, sólo a llorar.

isla del rio parana

 

Hoy (aire de zamba)

 

No sé para qué esconderte:

no has logrado borrar tus huellas;

pensás que no puedo verte,

que daré la media vuelta.

 

Entre imágenes te encuentro,

oculta en cada reflejo.

Más fueran tuyas las tardes,

si distamos del espejo.

 

No me detuve el día

que fingiste haber muerto.

Hoy te siento respirando

agitada aquí adentro.

 

¿Cómo pensás entender mis sueños si no has descifrado mi mirada? ¿Para qué pedirme una respuesta si, por más que muevas tus labios, de ellos no salen palabras?

 

No me detuve el día

que fingiste habías muerto.

Hoy te siento respirando

agitada aquí adentro.

 

Fuiste un día la roca,

fuiste un día el origen,

fuiste un día las coplas

que hoy ya no te eligen.

 

Facundo Santoro e Iván Machado; escrito en el Paso Correntoso —boya 474—, junto al árbol añoso (el más grande de la comarca de Alto Delta).

 

 




TAPA DEL LIBRO SANTIAGODELRIO Todos éstos están ahora atrapados en nuestro remanso costero:

«La caza es sólo una denominación cobarde para un asesinato especialmente cobarde de criaturas sin posibilidades. La caza es una forma secundaria de enfermedad mental humana». Teodoro Heuss.

Que nuestros humedales no sean transformados en una pampa ganadera.

Quema de pastizales

«El fuego quedó prendido, como testigo nuestro ... en silencio, contrarestrando los escopetazos de los bobos que todavía van a cazar algo cuando no necesitan de eso para vivir ... quitando una vida inutilmente.

Cuando era chico me gustaba cazar a mí también, hasta que traté que una perdiz levantara vuelo para tirarle y, como no subía a pesar de mis pisotones al suelo, al acercarme me di cuenta que tenía cría abajo ... nunca más le tiré con algo a un ser vivo.»

Capitán Martín Burbuja.

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¡¡¡Seguimos adelante!!!

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A diferencia de los soldados, que en la mayoría de los casos tienen ante sí a un enemigo con iguales posibilidades, el cazador es especialmente cobarde: él dispara sólo cuando la víctima no se puede defender.

Que el hombre se atribuya el derecho de matar por diversión a seres vivos que sienten y que perciben el dolor igual que él, es algo absolutamente miserable.

Los cazadores futivos están acabando con la fauna nativa. No les sigas la fiesta a los matadores de carpinchos. Defendé nuestros recursos.

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