13
Jun
08

Veinticuatro horas

Salamandra

Las once de la noche.

 

Salamandra: de tanto que te lloré en

estos fríos de soledades,

por fin me diste una brasa buena.

Corazón galopando.

Del celo del rescoldo,

ése que vuelve a arder en

astillas de un viejo árbol,

nació la criatura en una

braza incandescente.

Ahí me veo,

junto a la criatura de

ojos aindiados

que se ubica en calma

sentada en esa silla.

La salamandra ha callado;

despertará fría… limpia…

Cualquier tonto pensará que

es sólo una estufa de fierro…

Pero respira bajito.

 

Las once de la mañana.

 

La nena llegó a la escuela… tiene dos años. La mamá la abandonó cuando pudo dejar de darle la teta.

Dos días atrás, el papá dijo que había perdido el dinero del asistencialismo mensual en el baile del último fin de semana. La directora de la escuela y Flor —la maestra de primerito— le compraron zapatillas y pañales, y la hicieron almorzar en el comedor escolar, junto al resto de los niños. El papá agradeció todo y se comprometió a cuidarla y a no delirar otra vez el dinero.

La nena volvió a la escuela. Tengo hambre, dijo. Tiene dos años y hace poquito aprendió a caminar. Llegó solita, por las villa miseria, a pedir su comida. Alguien, personal del comedor escolar, la echó para que no se acostumbrara a venir seguido. La seño Flor la tomó en brazos y se la llevó. Seguramente le habrá comprado un poco de comidita, y la habrá dejado en su casa.

Él corazón palpita fuerte. Golpes secos.

 

Las seis menos cuarto de la tarde.

 

«A ése dejalo que tiene guardapolvo blanco.»

 

Tengo sueño. He dormido poco por quedarme al lado de la salamandra casi toda la noche. Camino medio abombado. Vivo a quince minutos, a pie desde mi casa hasta la escuela.

 

«A ése dejalo…»

 

Me salvé por ser maestro, sino me la daban. En la mochila llevo el documento, la licencia de la moto que no tengo, la tarjeta del cajero, las llaves, la carpeta de planificaciones, la libretita de papel ecológico donde escribo ahora, la cajita con tizas, la campera con la que fui a trabajar hoy a la mañana.

 

«…que tiene guardapolvo blanco.»

 

Uno de los dos chicos que compartían la bicicleta —el que guiaba el manubrio— llevaba un arma en la cintura, a la altura del pene.

La vida no vale nada. Yo zafé —creo— porque seguro que le doy clase a algún primo o hermanito de ellos. Todos son primos o hermanos en las villas miserias. Las familias grandes prosperan. Las familias chicas desaparecen. Por eso los pobres tienen muchos hijos… para no desaparecer, aunque en la escuela les hacemos creer que es porque cogen sin forro o porque no toman pastillas. En las villas miserias todos son primos o hermanos. Del otro lado del terraplén ferroviario, todos somos desconocidos. El corazón se acostumbra a esto.

 

Guardapolvo blanco. «¡Guarda! Polvo blanco». Por la droga se hace lo que sea.

 

Las siete de la tarde.

 

Mañana llegan dos del campo, más algunos kayaqueros, más otros amigos del barrio. Mi casa es rancho de amistad. Todos son bienvenidos, siempre y cuando me ayuden a limpiar la mugre que dejamos tras cada comida.

Queremos pescado asado; fue el pedido de todos. Leonardo Ferreyra —el bioquímico del barrio Refinería— y yo, somos los que sabemos asar pescado sin que éste se pegue a la parrilla, sin que salga grasoso ni tufiento.

Voy a comprar pescado. Male, ¿vamos a pasear? Dale, vení, que no llevo guardapolvo blanco.

Y fuimos.

Hola, Rosendo. Hola, Santiago, me respondió. Dame cuatro sabalitos lindos, de esos que hacen aplaudir al asador. Son sesenta pesos, dijo.

Rosendo limpiaba los pescados. Maleva jugaba con otros perritos. Subía a la vereda, bajaba, movía la cola, visitaba los otros puestos de pescadores. Olía los triperíos mugrientos que caían al cordón, junto a la calle. Farolitos colgando de los techos de chapa, autos pasando rápido por la avenida, ruido, gritos de los vendedores de pescado: pare, venga, compre aquí, pescado frescoooo.

Y, entre la alegría de estar con otros perritos, el griterío de los vendedores, el ruido de los motores, el fuerte olor a pescado, Maleva bajó el cordón y no vio un auto que venía a toda velocidad por la avenida.

Medio segundo.

Todo en medio segundo.

Ella parada, encandilada, el ruido del golpe —la chocaron—, dos gritos: el de la perrita y el de una señora, el auto que aceleró para escapar, ella rodando por la calle, arriba del triperío.

Mi compañerita hermosa. El corazón volvió a acelerarse.

 

Las once de la noche.

 

La salamandra está apagada. La silla, en el mismo lugar de la otra noche. La luna, ella está por la mitad, creciendo. Imagino a la nena de dos años llorando en su ranchito de chapa; hace frío allá afuera. ¿Sabrán los punteros políticos, los desterradores de seres humanos, todo esto que les pasa a los que llegan a vivir a las ciudades? Los pibes de la bici deben estás duros pero no por el fresco. Male descansa sobre su almohadoncito en una galería de la casa, delante de mi estufita eléctrica. Por suerte pudo volver caminando… Le costó muchísimo. Todavía tiene los ojos vidriosos, tiembla… llora en su idioma. 

 

Son demasiadas cosas para sentir en un solo rato, en un solo día.

 

Maleva del R�o


7 Respuestas a “Veinticuatro horas”


  1. 1 adriana, mamà de la poro
    Junio 14, 2008 a las 00:49 p06

    me admira la conciencia humana de tus apreciaciones, siendo tan nuevito en esto que se llama vida, pero con tanta fuerza y convicciòn expresada. Ojalà tanta gente que vive en limbo te escuchara, y lo que serìa màs milagroso te entendiera y obrara en consecuencia. Desde mis largas vivencias personales , no es nada nuevo lo que decìs, pero , yo , me pregunto¿ còmo es posible que nos veamos obligados a hacernos siempre las mismas preguntas?, ¿ de que sirven las experiencias pasadas, si no logramos cambiar el rumbo de los acontecimientos?. Pero no importa , siempre que exista un loco lindo, que sueñe y obre en consecuencia a lo soñado, la vida serà digna de ser vivida. Vale màs la valentìa y la determinaciòn de gritar la verdad, que la obsecuencia de negar su existencia, gracias por seguir bregando.

  2. Junio 14, 2008 a las 00:49 p06

    No hay dudas, compadre, que cuando abres tu corazón escribes mejor de lo que cantas: No abandones la senda ésta al relatar loq te acontece, pues la realidá indica que cuando un poeta habla, hasta las flores quieren escuchar

    Pena por los chicos, Pena por los que van a la Estatua del Che a aplaudir su rosirinismo canaya y no mueven el culo por las ideas que el Che peleara

    Hoy me levanté cabrón, me sacaron de la cama para lo de la Estatua del Che, y no fuí: El Che como fuerza para ayudar a los que menos tienen; El Che para aplaudir y sentirnos mejores, la PORONGA!!

    Perdones la cabroneada…

  3. Junio 15, 2008 a las 00:49 p06

    Adriana: da bronca tener que acostumbrarse a ciertos males. Da bronca, impotencia, odio…

    Calixto: ¿gordo y enamoradizo me decía ud, no? Yo tampoco fui a ver la fiestita de cumpleaños. Me quedé haciendo lo que él, tal vez, hubiera hecho. Me fui al monte.

  4. Junio 15, 2008 a las 00:49 p06

    No debemos acostumbrarnos a ciertos males… nos tratan de imponer la naturalización de las injusticias, pro la pelea nuestra justamente es no naturalizarlos.

  5. Junio 15, 2008 a las 00:49 p06

    La estufa de fierro tiene vida… una vida misteriosa.

    Pro q´ cálida compañera es (cuando se tiene buena compañía)

  6. 6 Norberto Villarreal
    Junio 16, 2008 a las 00:49 p06

    La verdad que lo que dice Calixto sobre tu escritura, no se como cantás, pero que está bien escrito , etá bien escrito.
    Tien una buena cadencia, un buen tiempo, intimista, natural, ral, humano, transparente, simple, duro cruel, senciblemente durocruel…si hay que continuar, se nota que hay un crecimiento en el escribir, lo viencial.
    Hay que continuar, es el camino.
    Saludos

  7. 7 Fabíola
    Junio 20, 2008 a las 00:49 p06

    Ai, Léo, quantas vezes, desde a minha infância, que tenho vivido as cenas trágicas da favela e dos seus vicios e perigos…
    Mas com médico, enfermeiro e professor não se mexe! E daí veio a minha imunidade na vida adulta, que continua correndo por esses senderos.
    Y un bravoo a la vida de Maleva, que te sigue e te sigue los talones.


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TAPA DEL LIBRO SANTIAGODELRIO Todos éstos están ahora atrapados en nuestro remanso costero:

«La caza es sólo una denominación cobarde para un asesinato especialmente cobarde de criaturas sin posibilidades. La caza es una forma secundaria de enfermedad mental humana». Teodoro Heuss.

A diferencia de los soldados, que en la mayoría de los casos tienen ante sí a un enemigo con iguales posibilidades, el cazador es especialmente cobarde: él dispara sólo cuando la víctima no se puede defender.

Que el hombre se atribuya el derecho de matar por diversión a seres vivos que sienten y que perciben el dolor igual que él, es algo absolutamente miserable.

Los cazadores futivos están acabando con la fauna nativa. No les sigas la fiesta a los matadores de carpinchos. Defendé nuestros recursos.

«El fuego quedó prendido, como testigo nuestro ... en silencio, contrarestrando los escopetazos de los bobos que todavía van a cazar algo cuando no necesitan de eso para vivir ... quitando una vida inutilmente.

Cuando era chico me gustaba cazar a mí también, hasta que traté que una perdiz levantara vuelo para tirarle y, como no subía a pesar de mis pisotones al suelo, al acercarme me di cuenta que tenía cría abajo ... nunca más le tiré con algo a un ser vivo.»

Capitán Martín Burbuja.

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