Archivos para 11/07/08

11
Jul
08

La Poesía Fértil y los Espejos

Facundo Santoro dedicó a Jorgelina Heredia, musa que lo inspirara en la creación la mayoría de sus numerosas piezas literarias, los versos de una obra conceptual y chamamecera llamada Poesía Fértil. La música fue compuesta por Iván Machado, gran amigo de Santoro, y arreglada por Matías Lanesse, acordeonista y pulpero de un tradicional parador frente a las costas de Rosario.

Aunque el sitio donde transcurre la obra nos remonta al delta del Paraná cercano a la boya 500, y Jorgelina, la musa, viviera a la altura de la 420[i] —ochenta kilómetros más al sur—, no nos cabe duda de que el poeta se ha referido a la misma mujer con quien mantuviera una amorosa relación en su joven adolescencia.

La obra fue tocada una sola vez y nunca grabada. Aquella ocasión, en conmemoración del cumpleaños del Padre Ramón D’agostino, cura de una parroquia del Barrio Arroyito. Fue en una de las noches de peña que la agrupación de kayaqueros organizara cada jueves, en una guardería para embarcaciones menores llamada Espigón del Este. Éstos fueron los intérpretes: Iván Machado, primera voz y guitarra; Facundo Santoro, recitados; Ernesto Barbosa, primer acordeón; Matías Lanessa, segundo acordeón y coros; Fabián Trevisanut, segunda guitarra y coros; y Jesús Paradiso, percusión.

Parte primera (instrumental, luego recitada, y finalmente cantada)

El agua pasa lenta, sin ruido. Sólo susurrándole asuntos de matices a las costas de las playas. Vuelvo a ver los tatuajes en el lomo del río: en ellos está grabada la historia de su cauce color de tierra. La historia que leo al acercarme donde instantes atrás sólo viera un enorme espejo de cielo claro… Espejo claro que se me vuelve hondura oscura, ahí donde imagino su sangre en peces que bregan en una espera mortal, en una agonía lenta, semilla del fruto que hallarán mis redes cuando sean echadas otra vez.

Podré entregarle, entonces, el último suspiro al ocaso del chamamé que no he terminado de silbar en mis años ausentes. Ahora podré ponerle fin a esa melodía… Completar la poesía que esperó tantas estaciones, tantas lunas, que fue un rezo llorado a mi virgencita de Itatí, doblado de rodillas delante de los mil paisajes diferentes. Paisajes que viera en mi desventurada y errática peregrinación por la «Picada del Pobre».

Te prometí que volvería. Te doy mil de gracias porque sí me esperaste; porque creíste en mis palabras. Éramos tan chicos. Ahora, dentrados en los veinte, enderezaremos los horcones caídos, armaremos la cuna y empezaremos a ser adultos. Leí en tu carta que el ceibo se puso rojo de contento; que los chingolos y cardenillas han hecho nuevos nidos; que tu padre ha señado la canoa con el Villa[ii] y la red; se lo pagaré en el momento primero en que lo vuelva a ver, después de estrecharlo en un gran abrazo.

Gracias, mi guaina; gracias, mi virgencita; gracias, mi Taita Santo que cuidaste de todo lo que hube de dejar acá.

Anduve ya por los cerros,

Tan enormes, coloridos;

Vadié cauces correntosos

En los valles del camino.

Sólo me guiaba el sueldo

Que en mis viajes yo forjé,

Y le debo a Ñande Jara[iii]
Que a mi pago regresé.

Zafré en los cañaverales,

Fui obrajero en el Mailín[iv],

Arriero en campos perdidos…

Años largos de sentir.

Vi al puma de los quichuistas,

Víboras de cascabel…

Más mío es el yarará,

El surubí y el yacaré.

(Coro, gritado para la dama)

El suspiro de tu boca,

Ko ivitú hatá[v] que hizo,

Y la sonrisa en tu cara

Floreció todo en su hechizo.

Ceibos rojos, chingolitos,

Río manso, cielo mío;

Mi gurisa, quiero tanto

Que tus ojos tengan mis hijos.

(No poco admirable despliegue del talento solista de cada músico y esta breve declamación)

Vuelvo al pago, río… vuelvo al río, pago…

Suspiré llantos de tanto añorarlos…

Río… pago…

Derramé vida de tanto suspirarlos.

Volví a buscar a mi dama,

A mi tapera, a mi pasao;

Que los encontré en mi tierra,

Taragüí[vi] no te he olvidao.

Qué largas se hacen las rutas

Cuando el ansia te domina:

Las añoranzas quejumbran

Y no calman las heridas.

Yo soy promesero bueno

Y en las noches, al dormir,

Rodeado de salamancas,

Me cuidó de Añá, Itatí.

Y me bendijo mi Taita[vii],

Junté ahorros pa’ volver;

Me alcanzó para que compre

Una canoa y la red.

(Coro)

El suspiro de tu boca,

Ko ivitú hatá que hizo,

Y la sonrisa en tu cara

Floreció todo en su hechizo.

Ceibos rojos, chingolitos,

Río manso, cielo mío;

Mi gurisa, quiero tanto

Que tus ojos tengan mis hijos.

(Último suspiro de los instrumentos)

Parte segunda (recitado en glosas y sapukai)

Se hizo de noche. Me detuve tranquilo frente a la Orzada de Nogoyá[viii]. Pronto llegaría hasta tu puerta. Preparé el fuego y eché la pava sobre las ramas. Permanecí pitando un cigarro, mirando otra vez mi río. Todo era hermosura; pero de pronto creí ver al payé[ix] de los promeseros pobres de espíritu.

En las noches de otoño,

En la boya cuatro siete cuatro (474),

Donde está el gran remanso

Al que llora un sauce añoso;

Cuando al río dentra encono[x]
Por las almas que se fueron,

Se interrumpe ese silencio

Y llega el penoso llanto,

El mismo grito, el mismo canto,

Que forjaran del infierno.

Se abre paso entre el yuyal…

Las bichadas se estremecen…

Los cardales caen en muerte

Para dejarlo llegar,

A ese mismo animal

Que enloquece a los paisanos:

El fantasma ‘e los pantanos

Que purga en pago islero,

Y que lleva el nombre fiero

Del payé carpincho blanco[xi].

(Sapukai rastrero)

(Música y último suspiro)

Parte tercera (instrumental. Contrapunteo de acordeones y guitarras: los fuelles se enfrentan a las encordadas en una agitada pugna que se bate por extensos y maravillosos minutos)

(Tónica compartida de un la menor que muere en el silencio)

Parte cuarta (cantado melodioso y sentido, luego de una breve introducción recitada. Santoro tuvo temor de que algún conocedor de la música joven correntina alzara la voz contra una de las estrofas de esta canción, descaradamente plagiada de los primeros versos del «Chamamé de los Esteros», de Mario Bofil)

(Introducción)

Pasaron ya tantos años

Desde el día que me fui;

De nuevo en los albardones

Vuelvo pa’ hacerte feliz.

Nunca olvidé tu mirada

Ni tu modo de reír…

Vengo a traerte la dicha

Que te prometí al partir.

(Se inicia el canto melodioso)

De nuevo en mi lindo ranchito

Del Paraná de los Reyes,

Que cuidaron los caranchos

Y bendijeron los peces.

Es mi comarca bonita

De Gaboto hasta Las Cuevas,

De Diamante hasta Victoria,

Del Ternero a la Azotea.

(Estribillo)

Seré un tosco espinillo

Pero firme cual su horcón,

Pionero como un aliso[xii],

Como el sauce, servidor.

Soy de aquí, soy islero

De la raza del timbó;

Y vuelvo remando a tu orilla

Para cantarte mi amor.

(Interludio de acordeones que lloran la alegría del reencuentro)

Como no tengo dinero

Ni título ‘e posesión,

Te traigo un avío[xiii] lleno

De versos, cantos, dulzor.

Traje tu noble corona

Que no es de oro ni rubí,

La hice con camalotes,

Para vos, tu ñandutí.

(Estribillo)

Seré un tosco espinillo

Pero firme cual su horcón,

Pionero como un aliso,

Como el sauce, servidor.

Soy de aquí, soy islero

De la raza del timbó;

Y vuelvo remando a tu orilla

Para cantarte mi amor.

(Último suspiro del chamamé)

Parte última (El relator —Facundo Santoro— exhorta al silencio y prorrumpe en estas líneas)

¿A quién te parecés? Dejame pensar…

Tenés aspecto de poesía,

Tus ojos son del color de la inspiración (igual que tu río),

A tenerte no se le asemeja ni el regocijo del tejido[xiv] cargado,

Y tus palabras…

Tus palabras…

Ellas no hacen más que rimar

Con mis sueños,

Con mi espera,

Con las ganas de darte de mis manos

A vos, jardinera, esta semilla sagrada;

Que puedas con tu tierra

Hacer brotar raíces de mi alma.

¿A quién te parecés? Sí… a ella…

Te parecés a la poesía fértil

Del fruto de mi búsqueda[xv].

——————————————————————————–

[i] Estos números refieren al kilometraje del canal para barcos desde el puerto de Buenos Aires.

[ii] Villa: motores muy económicos, frecuentes en las canoas de los pescadores entrerrianos.

[iii] Ñande Jara: gran espíritu; Dios.

[iv] Mailín: Villa Mailín es una pequeña localidad de Santiago del Estero, conocida menos por el obraje donde fabrican carbón de madera, que por el descubrimiento de la cruz de madera del Señor de los Milagros. Según cuenta la tradición popular, promediando el siglo XVIII un hacendado llamado Juan Serrano fue atraído por una luz en el monte y, acercándose hasta un árbol, halló la mentada pieza de madera pintada con la imagen de Cristo, y con una calavera bajo sus pies del Salvador. Se realizan todos los años allí dos fiestas que congregan a millares de promeseros.

[v] Ko ivitú hatá: voz guaraní que refiere a una gran ventisca.

[vi] Taragüí: tierra, en guaraní.

[vii] Taita: padre; aquí hace referencia a Dios.

[viii] Orzada de Nogoyá: brazo del río Paraná que une el Paraná del Medio —o de los Reyes— con el brazo principal —o canal—. Aquí, el joven observa la salida del brazo del Medio desde una barranca próxima al lugar.

[ix] Payé: hechicería.

[x] Encono: sufrimiento por una herida que no cicatriza; también puede significar rencor. No sabemos a qué significación hace referencia el poeta al utilizar este término; suponemos que a ambas, pues señala al encono tanto como a un estado de ánimo, como al sufrimiento del río.

[xi] Carpincho blanco o albino: criatura fantasmagórica que deambula errabunda por la zona de islas. Algunos sostienen que no es blanco, sino negro y, lejos de pensarlo una criatura del diablo, se lo santifica y se le prenden velas, pidiendo así por el éxito en la jornada de caza.

[xii] Pionero como un aliso: se lo reconoce de esta forma pues es él árbol que inicia la levantada de los albardones, una vez que crece sobre los bancos de arena.

[xiii] Avío: provisión de los bienes necesarios para alimentarse o vestirse durante el tiempo que se tarda en volver al pago. Pañuelo grande y cargado, atado al extremo de un palo que se carga al hombro.

[xiv] Tejido: red de pescador.

[xv] Creo que en estas líneas tan distantes de los primeros versos de la obra, el poeta deja entrever su estirpe de ajeno a la condición de islero. Aquí, Facundo Santoro nos muestra a un joven citadino que sufre la pena honda de tener a su amor en un mundo muy distante de su propia realidad.




TAPA DEL LIBRO SANTIAGODELRIO Todos éstos están ahora atrapados en nuestro remanso costero:

«La caza es sólo una denominación cobarde para un asesinato especialmente cobarde de criaturas sin posibilidades. La caza es una forma secundaria de enfermedad mental humana». Teodoro Heuss.

Que nuestros humedales no sean transformados en una pampa ganadera.

Quema de pastizales

«El fuego quedó prendido, como testigo nuestro ... en silencio, contrarestrando los escopetazos de los bobos que todavía van a cazar algo cuando no necesitan de eso para vivir ... quitando una vida inutilmente.

Cuando era chico me gustaba cazar a mí también, hasta que traté que una perdiz levantara vuelo para tirarle y, como no subía a pesar de mis pisotones al suelo, al acercarme me di cuenta que tenía cría abajo ... nunca más le tiré con algo a un ser vivo.»

Capitán Martín Burbuja.

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A diferencia de los soldados, que en la mayoría de los casos tienen ante sí a un enemigo con iguales posibilidades, el cazador es especialmente cobarde: él dispara sólo cuando la víctima no se puede defender.

Que el hombre se atribuya el derecho de matar por diversión a seres vivos que sienten y que perciben el dolor igual que él, es algo absolutamente miserable.

Los cazadores futivos están acabando con la fauna nativa. No les sigas la fiesta a los matadores de carpinchos. Defendé nuestros recursos.

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