Archivos para Agosto 2008

31
Ago
08

Pequeñeces albardoneras

NOS ASOMBRAMOS CUANDO VEMOS EL INMENSO RÍO QUE PASA HACIA EL SUR, CUANDO VEMOS LAS GIGANTESCAS NUBES OSCURAS HACIA EL NORESTE, CUANDO LOS ENORMES ÁRBOLES SE LEVANTAN COMO BRAZOS GIGANTES QUE RUEGAN AL CIELO, CUANDO UN CARPINCHO ADULTO SACUDE LAS AGUAS LAGUNERAS ESCAPÁNDOLE A LA MUERTE MISERABLE DE LA PÓLVORA. TODA ESA MAGNITUD NOS ATRAPA EN SU GRAN HERMOSURA, PERO HAY OTROS MATICES, CASI INVISIBLES, QUE TAMBIÉN SON DIGNOS DE ASOMBRO Y ADMIRACIÓN. PARA ELLOS VA ESTE ENSAYO FOTOGRÁFICO: PARA LAS PEQUEÑECES DEL ALBARDÓN.

 

28
Ago
08

Gubedtu: a correr, que se acaba la vida.

 

 

 I

 

              Era el día de su casamiento. EL lugar: el templo de la iglesia Perpetuo Socorro de Avenida Alberdi, en el Barrio Arroyito. Ahí estaba Roberto Vieytes junto a Graciela Almirón, que ya casi era su esposa. Sólo faltaban algunos minutos de ceremonia. El Padre Ramón D’agostino ya hablaba sobre los deberes conyugales.

 

             —Ahora llega el momento en que me hago invisible —pensó el novio, recordando su máximo deseo desde la infancia: desvanecerse para poder escapar, hacer que su cuerpo se esfume y aparecer en otro lugar. Imaginaba que tenía el dominio del espacio y del tiempo. Acostumbraba pensar que desaparecía de Rosario para volverse material en San Marcos Sierra, durante los ochenta, donde se hacía miembro de una comunidad hippie. Otras veces aparecía a principios del siglo veinte y formaba parte del los primeros equipos de Newell’s Old Boys.

 

            Su más grande anhelo era poder desaparecer de sus momentos tristes. Siempre quiso escapar. Escapar del jardín de infantes, cuando sólo quería estar en brazos de su mamá; escapar de las lecciones de Geografía durante la escolaridad primaria; huir de la casa de su tío en el ‘90, cuando perdimos la final con Alemania; de las horas de Física de la secundaria; del Gigante de Arroyito, cuando su equipo perdió cuatro a cero con Central; de su mismo hogar, cuando tuvo que salir a trabajar porque a su padre lo habían echado de una cerealera. Ahora quería escaparle a su miserable presente, al lado de una mujer que creyó haber amado hasta hace algún tiempo atrás. Aquel presente fue la consecuencia de tantos años de no huir.

 

           Roberto Vieytes no vivía en la Argentina. Había cambiado su tierra por un país europeo donde se hablaba un idioma que él carecía del menor entusiasmo por aprender, donde las reuniones de amigos eran amargas salidas de parejas que se encontraban sólo para emborracharse, donde compartía su trabajo con refugiados asiáticos, con desesperanzados africanos, y con los lugareños, que sólo se limitaban a llamarlo «Gubedtu».

 

             —Noruega es lindo —dijo con tristeza el día que regresó a la Argentina por las vacaciones estivales del norte, aprovechándolas a éstas para casarse unas semanas más tarde—. Vivimos a veinte metros del mar, en el invierno se ve la aurora boreal y en el verano hay veinte horas de sol.

 

Hacía dos días atrás se había encontrado con Facundo Santoro, uno de sus grandes amigos de la infancia. Vieytes le había argumentado que eligieron Noruega porque el país les ofrecía seguridad… Por supuesto, al marcharse Santoro, cuando el desterrado volvió a la soledad que le daba su cuarto, todavía ordenado como él lo dejara antes de irse a vivir con Graciela, se sintió un miserable. Le había mentido a uno de sus incondicionales compañeros, se había mentido a sí mismo, le estaba mintiendo a Graciela Almirón. Su vida era una gran falacia. «No levantarás falso testimonio contra tu prójimo»: le estaba mintiendo a su propia fe.

 

            De frente al altar miraba sus manos y se lamentaba de que ellas no se esfumaran. Seguían siempre igual: opacas, coloradas, visibles. Ese día tampoco se volvería intangible. Miró a su novia, a sus suegros. Les ensayó una sonrisa que se parecía más a la expresión de quien come un limón en ayunas. Volteó su rostro hacia atrás y buscó el amparo de sus amigos. Ellos estaban ahí, silenciosos.

 

                      Llegaron más imágenes; ahora sus «valientes» se interponían a la realidad. Sus ídolos, los que él llamaba sus «valientes», lejos de ser superhéroes salvadores, eran las personas que tenían la facultad de escapar. Recordó algunos escapes memorables:

 

           «Iván Machado le dijo una vez al encargado de Mc. Donald que estaba cansado de su pedantería y le escupió en el rostro. Al irse despedido le propinó un hermoso eructo a la cajera y le manoteó una teta a la moza. A Roberto Vieytes, aquel suceso le resultaba menos repugnante que admirable: la ira de una persona tan tímida como Iván».

 

           «Néstor Renzi se fue de su casa alegando que su madre no tenía derecho de seguir manteniendo a un vago. Vendió su moto, compró una carpa, una mochila y se fue a dedo hasta Perú. Explicó que su intensión era aprender cómo ser un buen artesano».

 

           «La hermosa Kiara Osorio puso como pretexto que su máximo deseo en la vida era cambiar los números por las letras. Dejó la carrera de Contador Público en el cuarto año para dedicarse a estudiar Letras en la Facultad de Humanidades. Luego expuso que su nuevo máximo deseo era cambiar las costumbres de su familia por cuestiones que ella consideraba realmente importantes: regaló sus celulares, sus vestidos y sus zapatos; donó los manuales de macro y micro economía; vendió su Renault Clio y compró libros de literatura, un kayak, una carpa, un poncho, una armónica y una caña de pescar. Más tarde tuvo otros máximos deseos: cambió de trabajo, de casa y de novio».

 

            Roberto Vieytes pensó que era el momento de ser uno de sus «valientes». Tragó saliva y balbuceó unas palabras. Abrió los ojos decidido. Las palabras de su padre resonaron en su cabeza:

 

            —Al lado de Graciela nunca vas a ser feliz.

 

           Vio cómo las figuras de sus amores pasados se volvían reales en las esculturas del templo. Yanina, la del bote colorado, aparecía con el halo dorado en el pedestal de La Virgen de Guadalupe. La estatua de San Francisco de Asís ahora tenía el rostro de Sandra Ibáñez, la doctora del Arroyo de las Lechiguanas. En la pintura de la Resurrección, María Magdalena era Anita Pomponio, la flaca de la popular. Incluso creyó que Jesús, en la cruz, lo miraba iracundo por su pasividad.

 

            —¿Qué hubieras hecho en este momento, Señor? —le preguntó. Recordó pasajes del Nuevo Testamento. «Todo aquél que es de la verdad, oye mi voz», pero Roberto Vieytes no oyó la Voz de Jesús (…si estaba mintiendo). «Nadie tiene mayor amor que éste, que uno ponga su vida por sus amigos», pero él eligió dejarse llevar a una tierra distante, lejos de las personas que realmente puedan necesitarlo. «No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sean que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen», pero sus perlas, que fueron su gran corazón, su euforia, sus ganas de pelear por su patria y dar toda su sangre para fertilizar el suelo que le fuera nido, como había jurado al Pabellón Nacional cuando tenía sólo diez años, ya habían sido echadas a las cuatro fieras. Una de ellas, el Premier Mundo, lleno de intereses opresores contra los países bananeros como el nuestro; otra, el Destierro, la alienación de todos nuestro ser; la tercera, la Desdicha, llamada también Infelicidad o Fracaso por algunos vulgares y la última, también tremenda como la tercera, el Conformismo, que es cuando ya todo nos representa lo mismo, cuando todo da igual.

 

             —Éste es el gran momento —dijo en voz baja—. Se va todo al demonio. Yo me largo… —pero el nerviosismo y la inquietud de su cuerpo alertaron a Graciela Almirón, que tomó fuertemente su mano y lo miró con la misma cara de odio conque ella acechaba a sus amigotes, especialmente a los que se hacían llamar «del AKU». Hasta el cura hizo una pausa en el discurso, asombrado por la mirada rabiosa de la chica de blanco.

 

            Roberto Vieytes no tuvo valor.

 

            Ahora se imaginaba de regreso en el avión a Noruega, reservado para esa misma semana. Pero se veía más gordo, tomando el elíxir del olvido, y esperando que una falla en los motores lo hiciera caer en la mitad del océano. Ya no le interesaba ser el único sobreviviente. Hubiera preferido que todos, menos él, se salvaran.

 

            Llevó sus ojos hasta el clérigo, que dijo:

 

            —Si alguien tiene algo para decir, que hable ahora o calle para siempre.

 

           Un silencio sepulcral se adueñó del templo. Un pelado tosió en el fondo, y una beba, la de Noemí Molina, la prima de Roberto, lloró por el hambre. La madre de la beba no dudó en descubrir su busto para amamantarla.

 

            —Si alguien tiene algo para decir, que hable ahora o calle para siempre —volvió a clamar el cura, al tiempo que levantó la vista por sobre los hombros de Roberto Vieytes, clavando su mirada en el público, especialmente en las personas de la primera fila, mientras buscaba que algún bruto pidiera la palabra: un típico acto irónico del Padre Ramón D’Agostino.

 

              La beba calló y el silencio se volvió absoluto. Sólo se oían los autos que transitaban por la avenida. El cura miró a los novios con una pequeña sonrisa y les susurró para que el resto no oyera:

 

             —Es el momento más estremecedor. Fluye adrenalina pura. ¿Vieron?

 

           Graciela se contuvo de golpearlo. Quería terminar con esto y volverse al verano Noruego.

 

           El eclesiástico retomó su trabajo:

 

            —Por el poder que me confiere la Iglesia, los declaro…

 

            Pero en ese momento se abrieron las puertas del templo. La silueta de Facundo Santoro se definió en la claridad que asomaba de la calle. Iván Machado, que estuvo al lado de Roberto Vieytes para hacer la entrega el anillo, acometió contra Graciela Almirón, y la retuvo, soportando sus arañazos e insultos. Al mismo tiempo, Gustavo Vieytes, el padre de Roberto, tomó a su hijo del brazo, alentándolo a correr hacia el exterior.

 

             En el camino se interpuso Marcos, el hermano mayor de Graciela, pero Kiara Osorio, la lingüista, logró noquearlo con un tremendo golpe en la nuca.

 

              Padre e hijo doblaron por la calle French y corrieron media cuadra más, donde los esperaban Néstor Renzi, Leonardo Ferreyra y Ariel Trevisanut, tres de sus mejores amigos, con un Fiat Regata que estaba en marcha.

 

           —Nos vamos para las Sierras hasta que pase el quilombo —habló Trevisanut—. Nos quedamos en la casa de mi tío, en Capilla del Monte.

 

            —Te llamo esta noche —intervino su padre—. Tomá este celular; nadie sabe el número.

 

            En el interior del templo había estallado una batalla campal. Los miembros del AKU y los Vieytes, peleando contra las líneas de los Almirón, que eran en su mayoría de Barrio Echezortu. Revoleaban piñas y patadas para todos lados. Aun el Padre Ramón, que había recibido una cachetada de la madre de Graciela, intervino en la pelea propinándole a ésta un tremendo puñetazo en el tabique. Sólo los monaguillos se resguardaron, cuidando en brazos a la beba de Noemí Molina, mientras ella golpeaba salvajemente a unas tías molestas de la desdichada novia.

 

             La policía tardó en intervenir. Las ambulancias también.

 

  

 

 II

 

 

 

             No pasaron muchos minutos y los fugitivos ya habían dejado la ciudad. Roberto Vieytes observaba la autopista, que para aquel año sólo llegaba a Carcarañá.

 

            Sintió un poco de culpa, pero ésta fue volviéndose alivio con los minutos. Pidió a Leonardo Ferreyra que encendiera la radio, y éste ubicó el dial en la FM de los cerealistas (meses después, llamada Gauchita). Estaban pasando una zamba de Artidorio Cressere interpretada por los Chalchaleros. «Voy a esconderme a una selva sólo a llorar…», alzaban a viva voz los cantores.

 

            Ariel Trevisanut convidó un cigarrillo al fugitivo.

 

           —Sabés que ya no fumo —le respondió el pelirrojo.

 

            —¿O sea que no querés? —habló riendo Néstor Renzi.

 

           Cuando llegaron a la Ruta 9, Roberto Vieytes bajó en un kiosco a comprar más tabaco.

 

             —¿Usted viene de una fiesta? —preguntó la kiosquera de Correa que observaba el traje negro—. Qué lindo ver a los chicos así vestidos. Ahora se usa eso de la ropa de todos colores que queda taaan feo.

 

            —En realidad vengo de un velorio —respondió el joven.

 

           —Disculpe —la mujer bajó la mirada entendiendo que había metido la pata.

 

            —No se disculpe, doña. Vengo de mi propio velorio. Hoy he muerto y vuelto a renacer.

 

           De regreso en la ruta, Vieytes sintió que el auto era la nave que rumbeaba con destino al «Mundo de la Felicidad». Hizo, en pocos kilómetros, lo que en siete años de propia opresión no pudo, mas siempre quiso. Fumó un pucho tras otro, le propinó un bello piropo a una chica de Amstrong, se compró dos pelotas en Belle Ville, en Villa María le revoleó un encendedor al oficial de tránsito que tenía un radar…

 

            Sintió que era feliz. Se sintió donde siempre quiso estar.

 

            Pidió a Trevisanut que cambiara la radio:

 

            —Dale, que ya no sintoniza nada —pero no tuvo respuesta—. Hey, Leo, cambiala vos —Ferreyra también parecía ignorarlo—. ¿Qué les pasa a éstos, Néstor? —mas no hubo respuesta alguna de Renzi. Los tres quedaron petrificados. El auto también se detuvo.

 

            Roberto, asustado, observó desde la ventanilla el paisaje, que hasta hacía unos segundos estuvo lleno de vida y en movimiento. Todo permanecía inanimado también ahí. Una vaca dura lo observaba fijo desde atrás de un alambrado. Una calandria quedó suspendida en el aire en el instante en que el tiempo se detuvo.

 

             Silencio. Quietud.

 

            Entonces la radio volvió a funcionar, pero ahora sólo se oía la voz del Padre Ramón que iba terminando la ceremonia desde el fondo del transmisor.

 

           Roberto Vieytes cubrió su rostro con las manos y dejó escapar un resuello de agonía.

 

 

 

   III

 

 

 

             —Por el poder que me confiere la Iglesia, los declaro marido y mujer. Pueden besarse.

 

            Se preguntó dónde estaban sus amigos en aquel momento. No entendió por qué el cura no preguntó siquiera si alguno estaba en contra: ésa era la última posibilidad de encontrar entre los convidados, algún argumento salvador. ¿Habría sido un arreglo entre Graciela y el Padre Ramón?

 

           Después del «efusivo» beso miró a su alrededor. Pensó que le habían tendido una trampa. Lo habían condenado. Sería tal vez por culpa de su novia, sería quizás una broma de sus amigos, o una sotreteada de sus padres. Nadie venía en su rescate. Todos lo veían sufrir y se reían. Le referían agravios al oído, lo besaban con lenguas bífidas, le arrojaban arroz en los ojos. Todos lo empujaban hacia afuera. Entre la gente alcanzó a distinguir a los suyos. Les extendió la mano pero permanecieron indiferentes. Hablaban entre sí. Seguramente ya estarían platicando sobre la luna, que empezaba a menguar esa noche. Seguramente ya habrían de empezar a olvidarlo.

 

            Afuera, marido y mujer subieron a un auto moderno que se los llevó para siempre. No hubo fiesta, noche de bodas, ni luna de miel.

 

             Roberto Vieytes, días antes de su casamiento, en una especie de arrojo filosófico, le comentó a Facundo Santoro que uno madura, que crece y que hay que saber hacer sacrificios. El día del casamiento, el indignado poeta de Barrio Arroyito colocó sutilmente, en el saco del condescendiente, un papel con estas palabras:

 

                     «Las personas decentes nos piden madurez y resignación. Quieren que olvidemos nuestras trágicas ensoñaciones. Pero nosotros no queremos olvidar. Y el que olvide, jamás, jamás podrá ser nuestro amigo»; Alejandro Dolina.

 

              Facundo Santoro juró no volver a hablar con Gubedtu.

27
Ago
08

Decálogo kayaquero con fotos de 2006

 

 Decálogo kayakero.

 

1- Preparar el bote cerca del agua para que, al levantarlo, el peso de la carga no dañe la fibra de vidrio.

 

 

2- Tener en cuenta el viento para elegir dónde acampar. Las personas muy ansiosas a menudo eligen los lugares de campamento con varios días de anticipación, y reniegan tanto para llegar a ellos como para disfrutarlos. Para qué vinimos al Lugar, si hay viento pampero. Por qué no nos metimos en el Paraná Viejo, y disfrutábamos mucho más al reparo de los árboles. Por qué armamos campamento donde el viento nos pega de forma frontal. Estas discusiones suelen traer mucho mal humor entre los grupos de kayakeros. Vamos donde el viento nos lleve… Si nos deja llegar donde queríamos, mejor.

 

 

3- Antes de pisar el albardón al bajar de su kayak, pídale permiso al río para entrar en su casa; allí donde usted, por más baquiano que se simule delante de sus amigos, será siempre forastero.

 

 

4- Para elegir dónde armar la carpa:

Mire hacia arriba. Si busca un arbolito para repararse del frío o de la helada, asegúrese que no haya ramas secas que puedan caer sobre la carpa. El árbol más frondoso e ideal para la búsqueda de buena madera, sombra y reparo es el laurel, pero en nuestra comarca es muy difícil de encontrarlo. El aliso y el sauce —uno de los pocos buenos aportes de los tiempos de la colonia— serán sus mejores compañeros entre las florestas.

Mire hacia abajo. Preste atención al suelo, antes de armar la carpa, para que ninguna raíz se acomode bajo su espalda. Ojo con el yuyo conocido como escoba-dura que, por la dureza de su tallo, traspasa los aislantes e incluso puede llegar a romper el fondo de la carpa. No descuide tampoco el tema de la pendiente. Si arma la carpa sobre una zona deprimida, ruegue que no le llueva. Prefiera las lomadas o las pendientes ligeras. Observe el suelo junto a los árboles más grandes. Entre las raíces pueden aparecer serpientes, lagartos y ratas. Téngale miedo a las ratas: la leptospirosis es muy común en nuestra comarca del Alto Delta. La caca de rata, aunque muy pequeña, es muy fácil de reconocer sobre la tierra sin pasto: son pequeños granitos, similares a los del arroz, de un color mucho más oscuro que el rojizo del suelo.

 

 

5- No deje asuntos pendientes en la ciudad. No sufra mal de amores para ir a acampar… La naturaleza nos vuelve muy susceptibles a los sentimientos. ¿Se imagina observando el fuego nocturno, y usted sufriendo por la persona amada? Desvelará en imaginar dónde se encuentra ella, mientras usted se retuerce de dolor y añoranza, rodeado del suindá y el urutaú gritándole la culpa de haberlos elegido por miseria o cobardía. No podrá ver otra cosa que el rostro de la persona amada entre las caprichosas formas que dibujan las llamas del brasero.

 

 

6- Si va a juntar leña del suelo, patéela antes y así logrará evitar ser sorprendido por una yarará oculto entre la gramilla o el yuyerío.

 

 

7- La vida ha estado allí antes que usted. Respétela. Préstela atención a la Gran Madre y no sea imbécil o negligente. ¡Cuidado! Si quema un tronco, puede liquidar inútilmente un hormiguero. La naturaleza ha puesto mucha energía y tiempo en darle vida y cuerpo a cada ser, y usted, en un acto de estupidez, puede cometer un grave error. No mate lo que no necesita. Sepa que hay especies protegidas —nutria, lobito, dorado, surubí, macá, carpincho, chajá, cucharón, tuyango— que debemos cuidar entre todos. No sea irresponsable, no sea depredador. No sea idiota. La pólvora está maldita, y quienes la cargan por diversión, como los kayakeros y lancheros, son personas miserables que no merecen ningún tipo de respeto. Hágales ver a estas personas que es muy dañino lo que hacen.

 

 

8- Queme para tener calor, luz, para ahuyentar mosquitos o para cocinar. Use la leña que necesita. No queme por quemar. A todos nos gusta el fuego, pero no todos somos tan zonzos como usted para quemar más de lo que necesitamos. Utilice el recurso del fogón sólo para momentos donde haya que unir o levantar la estima del grupo.

 

 

9- No le tenga miedo a los isleros por poseer éstos una cultura diferente. Pregúnteles todo lo que quiera saber. Ellos son muy buena gente. Pregunte todo. Mientras más sepamos del río, más estamos ayudando al cauce viejo.

 

 

10- Recuerde que cada campo, cada terreno arrendado —por la nefasta ley entrerriana de 2004—, cada albardón donde usted vea una vaca, cada laguna, cada arroyo… todo eso fue robado a comunidades chanás y guaraníes. Todo lo que se dice tener dueño fue robado. Cada dueño es un ladrón. Los chacos isleros fueron muy grandes, y las comunidades nómades debieron moverse todo el tiempo y por todos los albardones. No ocurrió como en el espinal, donde los criollos e indígenas, por la riqueza del suelo y por el exceso de recursos, pudimos haber vivido juntos. El delta fue ultrajado a fuerza de pólvora y lanza para no dejar un solo descendiente que pudiera legítimamente reclamar sus tierras.

 




TAPA DEL LIBRO SANTIAGODELRIO Todos éstos están ahora atrapados en nuestro remanso costero:

«La caza es sólo una denominación cobarde para un asesinato especialmente cobarde de criaturas sin posibilidades. La caza es una forma secundaria de enfermedad mental humana». Teodoro Heuss.

Que nuestros humedales no sean transformados en una pampa ganadera.

Quema de pastizales

«El fuego quedó prendido, como testigo nuestro ... en silencio, contrarestrando los escopetazos de los bobos que todavía van a cazar algo cuando no necesitan de eso para vivir ... quitando una vida inutilmente.

Cuando era chico me gustaba cazar a mí también, hasta que traté que una perdiz levantara vuelo para tirarle y, como no subía a pesar de mis pisotones al suelo, al acercarme me di cuenta que tenía cría abajo ... nunca más le tiré con algo a un ser vivo.»

Capitán Martín Burbuja.

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¡¡¡Seguimos adelante!!!

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A diferencia de los soldados, que en la mayoría de los casos tienen ante sí a un enemigo con iguales posibilidades, el cazador es especialmente cobarde: él dispara sólo cuando la víctima no se puede defender.

Que el hombre se atribuya el derecho de matar por diversión a seres vivos que sienten y que perciben el dolor igual que él, es algo absolutamente miserable.

Los cazadores futivos están acabando con la fauna nativa. No les sigas la fiesta a los matadores de carpinchos. Defendé nuestros recursos.

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SANTIAGO GUARÚ DEL RÍO

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