Durante aquel mes de agosto, varios fueron los textos que Facundo Santoro le escribiera a la mujer que lo acompañara por los escasos meses que tardara ella, pues, en darse cuenta lo patético que resulta estar al lado de un kayakero soñador, que no tiene otro anhelo en la vida que alcanzar el último horizonte: ese lugar donde poder quedarse a ser parte de la tierra, donde ya no habrá domingos por la tarde que llamen a volver del campamento a la rutina del lunes.
Un eterno manotear de nubes:
a eso se pareció mi historia de pubertad…
nube…
rostros tan efímeros que
ya han sido pasados al olvido…
un mero y permanente banco de nieblas que
hacia el agua no enseña rumbo ni horizonte.
Y entre esa cerrazón,
en ese vacío donde sólo
golpeaba troncos rugosos y torcidos,
una criatura…
Una silueta lúgubre que tomó color al acercarme.
Mil noches rogué ese ser…
Mil noches para por fin haber sido oído.
He sido oído.




Que hermosa foto, Santiago. Vinimos a tomar unos matecitos, te dejamos besos mágicos de hadas.
Irlanda
GRacias por los mates. Un poco hervida el agua… mirá qué rápìdo se lavó la yerba. un abrazote.