28
Ago
08

Gubedtu: a correr, que se acaba la vida.

 

 

 I

 

              Era el día de su casamiento. EL lugar: el templo de la iglesia Perpetuo Socorro de Avenida Alberdi, en el Barrio Arroyito. Ahí estaba Roberto Vieytes junto a Graciela Almirón, que ya casi era su esposa. Sólo faltaban algunos minutos de ceremonia. El Padre Ramón D’agostino ya hablaba sobre los deberes conyugales.

 

             —Ahora llega el momento en que me hago invisible —pensó el novio, recordando su máximo deseo desde la infancia: desvanecerse para poder escapar, hacer que su cuerpo se esfume y aparecer en otro lugar. Imaginaba que tenía el dominio del espacio y del tiempo. Acostumbraba pensar que desaparecía de Rosario para volverse material en San Marcos Sierra, durante los ochenta, donde se hacía miembro de una comunidad hippie. Otras veces aparecía a principios del siglo veinte y formaba parte del los primeros equipos de Newell’s Old Boys.

 

            Su más grande anhelo era poder desaparecer de sus momentos tristes. Siempre quiso escapar. Escapar del jardín de infantes, cuando sólo quería estar en brazos de su mamá; escapar de las lecciones de Geografía durante la escolaridad primaria; huir de la casa de su tío en el ‘90, cuando perdimos la final con Alemania; de las horas de Física de la secundaria; del Gigante de Arroyito, cuando su equipo perdió cuatro a cero con Central; de su mismo hogar, cuando tuvo que salir a trabajar porque a su padre lo habían echado de una cerealera. Ahora quería escaparle a su miserable presente, al lado de una mujer que creyó haber amado hasta hace algún tiempo atrás. Aquel presente fue la consecuencia de tantos años de no huir.

 

           Roberto Vieytes no vivía en la Argentina. Había cambiado su tierra por un país europeo donde se hablaba un idioma que él carecía del menor entusiasmo por aprender, donde las reuniones de amigos eran amargas salidas de parejas que se encontraban sólo para emborracharse, donde compartía su trabajo con refugiados asiáticos, con desesperanzados africanos, y con los lugareños, que sólo se limitaban a llamarlo «Gubedtu».

 

             —Noruega es lindo —dijo con tristeza el día que regresó a la Argentina por las vacaciones estivales del norte, aprovechándolas a éstas para casarse unas semanas más tarde—. Vivimos a veinte metros del mar, en el invierno se ve la aurora boreal y en el verano hay veinte horas de sol.

 

Hacía dos días atrás se había encontrado con Facundo Santoro, uno de sus grandes amigos de la infancia. Vieytes le había argumentado que eligieron Noruega porque el país les ofrecía seguridad… Por supuesto, al marcharse Santoro, cuando el desterrado volvió a la soledad que le daba su cuarto, todavía ordenado como él lo dejara antes de irse a vivir con Graciela, se sintió un miserable. Le había mentido a uno de sus incondicionales compañeros, se había mentido a sí mismo, le estaba mintiendo a Graciela Almirón. Su vida era una gran falacia. «No levantarás falso testimonio contra tu prójimo»: le estaba mintiendo a su propia fe.

 

            De frente al altar miraba sus manos y se lamentaba de que ellas no se esfumaran. Seguían siempre igual: opacas, coloradas, visibles. Ese día tampoco se volvería intangible. Miró a su novia, a sus suegros. Les ensayó una sonrisa que se parecía más a la expresión de quien come un limón en ayunas. Volteó su rostro hacia atrás y buscó el amparo de sus amigos. Ellos estaban ahí, silenciosos.

 

                      Llegaron más imágenes; ahora sus «valientes» se interponían a la realidad. Sus ídolos, los que él llamaba sus «valientes», lejos de ser superhéroes salvadores, eran las personas que tenían la facultad de escapar. Recordó algunos escapes memorables:

 

           «Iván Machado le dijo una vez al encargado de Mc. Donald que estaba cansado de su pedantería y le escupió en el rostro. Al irse despedido le propinó un hermoso eructo a la cajera y le manoteó una teta a la moza. A Roberto Vieytes, aquel suceso le resultaba menos repugnante que admirable: la ira de una persona tan tímida como Iván».

 

           «Néstor Renzi se fue de su casa alegando que su madre no tenía derecho de seguir manteniendo a un vago. Vendió su moto, compró una carpa, una mochila y se fue a dedo hasta Perú. Explicó que su intensión era aprender cómo ser un buen artesano».

 

           «La hermosa Kiara Osorio puso como pretexto que su máximo deseo en la vida era cambiar los números por las letras. Dejó la carrera de Contador Público en el cuarto año para dedicarse a estudiar Letras en la Facultad de Humanidades. Luego expuso que su nuevo máximo deseo era cambiar las costumbres de su familia por cuestiones que ella consideraba realmente importantes: regaló sus celulares, sus vestidos y sus zapatos; donó los manuales de macro y micro economía; vendió su Renault Clio y compró libros de literatura, un kayak, una carpa, un poncho, una armónica y una caña de pescar. Más tarde tuvo otros máximos deseos: cambió de trabajo, de casa y de novio».

 

            Roberto Vieytes pensó que era el momento de ser uno de sus «valientes». Tragó saliva y balbuceó unas palabras. Abrió los ojos decidido. Las palabras de su padre resonaron en su cabeza:

 

            —Al lado de Graciela nunca vas a ser feliz.

 

           Vio cómo las figuras de sus amores pasados se volvían reales en las esculturas del templo. Yanina, la del bote colorado, aparecía con el halo dorado en el pedestal de La Virgen de Guadalupe. La estatua de San Francisco de Asís ahora tenía el rostro de Sandra Ibáñez, la doctora del Arroyo de las Lechiguanas. En la pintura de la Resurrección, María Magdalena era Anita Pomponio, la flaca de la popular. Incluso creyó que Jesús, en la cruz, lo miraba iracundo por su pasividad.

 

            —¿Qué hubieras hecho en este momento, Señor? —le preguntó. Recordó pasajes del Nuevo Testamento. «Todo aquél que es de la verdad, oye mi voz», pero Roberto Vieytes no oyó la Voz de Jesús (…si estaba mintiendo). «Nadie tiene mayor amor que éste, que uno ponga su vida por sus amigos», pero él eligió dejarse llevar a una tierra distante, lejos de las personas que realmente puedan necesitarlo. «No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sean que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen», pero sus perlas, que fueron su gran corazón, su euforia, sus ganas de pelear por su patria y dar toda su sangre para fertilizar el suelo que le fuera nido, como había jurado al Pabellón Nacional cuando tenía sólo diez años, ya habían sido echadas a las cuatro fieras. Una de ellas, el Premier Mundo, lleno de intereses opresores contra los países bananeros como el nuestro; otra, el Destierro, la alienación de todos nuestro ser; la tercera, la Desdicha, llamada también Infelicidad o Fracaso por algunos vulgares y la última, también tremenda como la tercera, el Conformismo, que es cuando ya todo nos representa lo mismo, cuando todo da igual.

 

             —Éste es el gran momento —dijo en voz baja—. Se va todo al demonio. Yo me largo… —pero el nerviosismo y la inquietud de su cuerpo alertaron a Graciela Almirón, que tomó fuertemente su mano y lo miró con la misma cara de odio conque ella acechaba a sus amigotes, especialmente a los que se hacían llamar «del AKU». Hasta el cura hizo una pausa en el discurso, asombrado por la mirada rabiosa de la chica de blanco.

 

            Roberto Vieytes no tuvo valor.

 

            Ahora se imaginaba de regreso en el avión a Noruega, reservado para esa misma semana. Pero se veía más gordo, tomando el elíxir del olvido, y esperando que una falla en los motores lo hiciera caer en la mitad del océano. Ya no le interesaba ser el único sobreviviente. Hubiera preferido que todos, menos él, se salvaran.

 

            Llevó sus ojos hasta el clérigo, que dijo:

 

            —Si alguien tiene algo para decir, que hable ahora o calle para siempre.

 

           Un silencio sepulcral se adueñó del templo. Un pelado tosió en el fondo, y una beba, la de Noemí Molina, la prima de Roberto, lloró por el hambre. La madre de la beba no dudó en descubrir su busto para amamantarla.

 

            —Si alguien tiene algo para decir, que hable ahora o calle para siempre —volvió a clamar el cura, al tiempo que levantó la vista por sobre los hombros de Roberto Vieytes, clavando su mirada en el público, especialmente en las personas de la primera fila, mientras buscaba que algún bruto pidiera la palabra: un típico acto irónico del Padre Ramón D’Agostino.

 

              La beba calló y el silencio se volvió absoluto. Sólo se oían los autos que transitaban por la avenida. El cura miró a los novios con una pequeña sonrisa y les susurró para que el resto no oyera:

 

             —Es el momento más estremecedor. Fluye adrenalina pura. ¿Vieron?

 

           Graciela se contuvo de golpearlo. Quería terminar con esto y volverse al verano Noruego.

 

           El eclesiástico retomó su trabajo:

 

            —Por el poder que me confiere la Iglesia, los declaro…

 

            Pero en ese momento se abrieron las puertas del templo. La silueta de Facundo Santoro se definió en la claridad que asomaba de la calle. Iván Machado, que estuvo al lado de Roberto Vieytes para hacer la entrega el anillo, acometió contra Graciela Almirón, y la retuvo, soportando sus arañazos e insultos. Al mismo tiempo, Gustavo Vieytes, el padre de Roberto, tomó a su hijo del brazo, alentándolo a correr hacia el exterior.

 

             En el camino se interpuso Marcos, el hermano mayor de Graciela, pero Kiara Osorio, la lingüista, logró noquearlo con un tremendo golpe en la nuca.

 

              Padre e hijo doblaron por la calle French y corrieron media cuadra más, donde los esperaban Néstor Renzi, Leonardo Ferreyra y Ariel Trevisanut, tres de sus mejores amigos, con un Fiat Regata que estaba en marcha.

 

           —Nos vamos para las Sierras hasta que pase el quilombo —habló Trevisanut—. Nos quedamos en la casa de mi tío, en Capilla del Monte.

 

            —Te llamo esta noche —intervino su padre—. Tomá este celular; nadie sabe el número.

 

            En el interior del templo había estallado una batalla campal. Los miembros del AKU y los Vieytes, peleando contra las líneas de los Almirón, que eran en su mayoría de Barrio Echezortu. Revoleaban piñas y patadas para todos lados. Aun el Padre Ramón, que había recibido una cachetada de la madre de Graciela, intervino en la pelea propinándole a ésta un tremendo puñetazo en el tabique. Sólo los monaguillos se resguardaron, cuidando en brazos a la beba de Noemí Molina, mientras ella golpeaba salvajemente a unas tías molestas de la desdichada novia.

 

             La policía tardó en intervenir. Las ambulancias también.

 

  

 

 II

 

 

 

             No pasaron muchos minutos y los fugitivos ya habían dejado la ciudad. Roberto Vieytes observaba la autopista, que para aquel año sólo llegaba a Carcarañá.

 

            Sintió un poco de culpa, pero ésta fue volviéndose alivio con los minutos. Pidió a Leonardo Ferreyra que encendiera la radio, y éste ubicó el dial en la FM de los cerealistas (meses después, llamada Gauchita). Estaban pasando una zamba de Artidorio Cressere interpretada por los Chalchaleros. «Voy a esconderme a una selva sólo a llorar…», alzaban a viva voz los cantores.

 

            Ariel Trevisanut convidó un cigarrillo al fugitivo.

 

           —Sabés que ya no fumo —le respondió el pelirrojo.

 

            —¿O sea que no querés? —habló riendo Néstor Renzi.

 

           Cuando llegaron a la Ruta 9, Roberto Vieytes bajó en un kiosco a comprar más tabaco.

 

             —¿Usted viene de una fiesta? —preguntó la kiosquera de Correa que observaba el traje negro—. Qué lindo ver a los chicos así vestidos. Ahora se usa eso de la ropa de todos colores que queda taaan feo.

 

            —En realidad vengo de un velorio —respondió el joven.

 

           —Disculpe —la mujer bajó la mirada entendiendo que había metido la pata.

 

            —No se disculpe, doña. Vengo de mi propio velorio. Hoy he muerto y vuelto a renacer.

 

           De regreso en la ruta, Vieytes sintió que el auto era la nave que rumbeaba con destino al «Mundo de la Felicidad». Hizo, en pocos kilómetros, lo que en siete años de propia opresión no pudo, mas siempre quiso. Fumó un pucho tras otro, le propinó un bello piropo a una chica de Amstrong, se compró dos pelotas en Belle Ville, en Villa María le revoleó un encendedor al oficial de tránsito que tenía un radar…

 

            Sintió que era feliz. Se sintió donde siempre quiso estar.

 

            Pidió a Trevisanut que cambiara la radio:

 

            —Dale, que ya no sintoniza nada —pero no tuvo respuesta—. Hey, Leo, cambiala vos —Ferreyra también parecía ignorarlo—. ¿Qué les pasa a éstos, Néstor? —mas no hubo respuesta alguna de Renzi. Los tres quedaron petrificados. El auto también se detuvo.

 

            Roberto, asustado, observó desde la ventanilla el paisaje, que hasta hacía unos segundos estuvo lleno de vida y en movimiento. Todo permanecía inanimado también ahí. Una vaca dura lo observaba fijo desde atrás de un alambrado. Una calandria quedó suspendida en el aire en el instante en que el tiempo se detuvo.

 

             Silencio. Quietud.

 

            Entonces la radio volvió a funcionar, pero ahora sólo se oía la voz del Padre Ramón que iba terminando la ceremonia desde el fondo del transmisor.

 

           Roberto Vieytes cubrió su rostro con las manos y dejó escapar un resuello de agonía.

 

 

 

   III

 

 

 

             —Por el poder que me confiere la Iglesia, los declaro marido y mujer. Pueden besarse.

 

            Se preguntó dónde estaban sus amigos en aquel momento. No entendió por qué el cura no preguntó siquiera si alguno estaba en contra: ésa era la última posibilidad de encontrar entre los convidados, algún argumento salvador. ¿Habría sido un arreglo entre Graciela y el Padre Ramón?

 

           Después del «efusivo» beso miró a su alrededor. Pensó que le habían tendido una trampa. Lo habían condenado. Sería tal vez por culpa de su novia, sería quizás una broma de sus amigos, o una sotreteada de sus padres. Nadie venía en su rescate. Todos lo veían sufrir y se reían. Le referían agravios al oído, lo besaban con lenguas bífidas, le arrojaban arroz en los ojos. Todos lo empujaban hacia afuera. Entre la gente alcanzó a distinguir a los suyos. Les extendió la mano pero permanecieron indiferentes. Hablaban entre sí. Seguramente ya estarían platicando sobre la luna, que empezaba a menguar esa noche. Seguramente ya habrían de empezar a olvidarlo.

 

            Afuera, marido y mujer subieron a un auto moderno que se los llevó para siempre. No hubo fiesta, noche de bodas, ni luna de miel.

 

             Roberto Vieytes, días antes de su casamiento, en una especie de arrojo filosófico, le comentó a Facundo Santoro que uno madura, que crece y que hay que saber hacer sacrificios. El día del casamiento, el indignado poeta de Barrio Arroyito colocó sutilmente, en el saco del condescendiente, un papel con estas palabras:

 

                     «Las personas decentes nos piden madurez y resignación. Quieren que olvidemos nuestras trágicas ensoñaciones. Pero nosotros no queremos olvidar. Y el que olvide, jamás, jamás podrá ser nuestro amigo»; Alejandro Dolina.

 

              Facundo Santoro juró no volver a hablar con Gubedtu.


13 Respuestas a “Gubedtu: a correr, que se acaba la vida.”


  1. Agosto 29, 2008 a las 00:49 p08

    Está muy bueno, creo que todos, alguna vez hemos imaginado un “gran escape” frente a esas situaciones en las que parecía prefible morir a tener que enfrentarlas…
    De hecho, esos momentos nos pasaron por encima, la vida siguió, pero siempre nos preguntamos como hubiera sido si hubiéramos tenido el coraje de “pegar el portazo” ese día.-
    No conozco mucho de literatura, pero me parece muy bien escrito, es atrapante y muy ágil. Me gustó mucho.
    el vasco

  2. Agosto 31, 2008 a las 00:49 p08

    Muchas gracias, Jorge. Es muy bueno aveces dar el portazo sin dar mayores explicaciones. Tampoco hay que pedirlas cuando la persona amada se va y nos deja para siempre.
    Dar el portazo es admirable.

  3. 3 Norberto Felipe Villarreal
    Septiembre 1, 2008 a las 00:49 p09

    Buenísimo el relato, , sensacional nene ! ! ! vamos en esa que hay concursos que participar y ganar che ! ! !
    Sorprendente …vos no sos comun!!…..
    Abrazo enorme.

  4. Septiembre 1, 2008 a las 00:49 p09

    Felipe; qué exagerado!!!!!
    GRacias.

  5. Septiembre 4, 2008 a las 00:49 p09

    Me lo paso un amigo que me parece que es amigo tuyo, en fin…
    No se si me habra querido dar un mensaje con el texto, me parece que si :D
    Esta muy bueno, subi y baje como loca con el relato, la parte del celular me lleno de adrenalina jejeje
    saludos ni idea quien sos pero esta bueno lo que haces.

  6. Septiembre 5, 2008 a las 00:49 p09

    Irina: buenísimo que te haya gustado. ME pongo colorado cuando leo comentarios (que son muy pocos) como los tuyos. Cuando presente el libro te invito a la presentación.
    Un abrazote.

  7. 7 maria avarello
    Septiembre 10, 2008 a las 00:49 p09

    no se como llego esto a mi. yo estoy en houston estados unidos pero sy de rosario y me case la primera vez en la erpetuo socorro,tu relato me parecio fantastico,me imagine todo perfecto por conocer el lugar ,no se quien sos ni que viejo sos pero me gustaria saber mas sobre vos para ver si te conozco.si tenes tiempo contestame a mi e-mail.chauuuuuuuuuuuuuuuuuuu

  8. Septiembre 10, 2008 a las 00:49 p09

    Un abrazo. Qué bueno que no hayas olvidado la Tierra que te fuera nido. Saludos desde acá-

  9. 11 Aleja
    Septiembre 12, 2008 a las 00:49 p09

    Bueno,qué suerte la mía. Como para ke no me arrepienta, ya está mi nombre y direccion.Me diverti mucho. Vivi hasta hace poco tiempo y sigo trabajando cerca de la iglesia Perpetuo Socorro.Soy canalla desde mi más tierna edad. Naci en el Sanatorio Nort y vivi en Refineria. Qué más…Ah si, tengo una amiga en Alemania y me gustaria que le llegue la página como a mi…`para descubrirla.Paso su mail
    para ke le envies.¿Si? ericarehl@web.de
    Muchas gracias igual x todo. Hasta pronto

  10. Septiembre 12, 2008 a las 00:49 p09

    Bueno… cuántas coincidencias. Capaz que también te hayas cruzado alguna vez con el Padre Ramón: un genio.

    Un abrazo, y le digo a mi amigo encargado de la difusión del sitio que vamos a hacerle llegar esto a tu amiga.

  11. 13 Aleja
    Septiembre 12, 2008 a las 00:49 p09

    Muchas gracias. A lo mejor logramos contactarnos más rapido x este sitio que x teléfono…llama a mi casa y estoy trabajando llama al trabajo y estoy afuera haciendo tramites…”-Querida Erica, si llegas hasta aqui es xque leiste todo.
    Te va a ser muy util para practicar tu castellano y no olvidarte del grandioso río Paraná”
    Ferpecto Santi. Una gran ayuda-
    Decime en que puedo ayudarte yo.
    Abrazo de rio.


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TAPA DEL LIBRO SANTIAGODELRIO Todos éstos están ahora atrapados en nuestro remanso costero:

«La caza es sólo una denominación cobarde para un asesinato especialmente cobarde de criaturas sin posibilidades. La caza es una forma secundaria de enfermedad mental humana». Teodoro Heuss.

A diferencia de los soldados, que en la mayoría de los casos tienen ante sí a un enemigo con iguales posibilidades, el cazador es especialmente cobarde: él dispara sólo cuando la víctima no se puede defender.

Que el hombre se atribuya el derecho de matar por diversión a seres vivos que sienten y que perciben el dolor igual que él, es algo absolutamente miserable.

Los cazadores futivos están acabando con la fauna nativa. No les sigas la fiesta a los matadores de carpinchos. Defendé nuestros recursos.

«El fuego quedó prendido, como testigo nuestro ... en silencio, contrarestrando los escopetazos de los bobos que todavía van a cazar algo cuando no necesitan de eso para vivir ... quitando una vida inutilmente.

Cuando era chico me gustaba cazar a mí también, hasta que traté que una perdiz levantara vuelo para tirarle y, como no subía a pesar de mis pisotones al suelo, al acercarme me di cuenta que tenía cría abajo ... nunca más le tiré con algo a un ser vivo.»

Capitán Martín Burbuja.

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