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Sep
08

El ceibo de las dádivas

El texto es de 2005 y las fotos del 7 de octubre de 2007.   
 
         Frente a la costa oeste de la isla del Ternero, en el brazo del río Paraná conocido como Paraná de los Reyes, se erigía un árbol cuya mágica facultad era la de conceder deseos: un enorme ceibo que discutía sus asuntos fotosintéticos con un gran sauce y con un añoso timbó colorado.
            No era necesario presentarle ofrendas o rogarle; el árbol simplemente escuchaba las necesidades de las personas, cumpliendo con la voluntad del demandante, si ésta fuera noble y no interfiriese con la plática de las florestas.
            —Ojalá que acá salga pescado —y el río entregaba pescado.
            —Que no haya muchos mosquitos —y por las noches soplaba el viento del este. 
           —Que estos días sirvan para relajarme —y el acampante volvía a la ciudad totalmente renovado.
            Por supuesto, las personas no sabían sobre el poder mágico y secreto del ceibo gigante. Sólo un muchacho conocía el velado misterio. 
            Lisandro Conde, de la localidad costera de Puerto Gaboto, recorría el paraje varias veces por mes, cortando el césped y limpiando el lugar de la mugre que dejaban los lancheros. En sus días francos —trabajaba en el mantenimiento del fuerte Sancti Spíritu— navegaba sobre su piragua más tres horas por el arroyo del Ternero hasta llegar al Paraná del Medio —de los Reyes—. Conocía el lugar. Allí soltaba los remos y derivaba unos minutos, descansando para fumar su cigarrillo. Interrumpía la camaloteada cuando alcanzaba su clásico mirador al islote de enfrente, bajo la sombra de los tres árboles: el ceibo, el sauce y el timbó colorado.
             Después de subir la piragua se servía de su machete para mantener los yuyos al ras del suelo, juntaba un poco de leña —sólo utilizaba lo necesario para calentar el agua de su pava— y ahí se echaba a pasar las horas, soñando siempre con mantener su paz, siempre con seguir disfrutando de esa integridad que le daba el silencio de su paraje, sólo interrumpido por el trino de las aves, por las pisadas de las vacas, o por el diálogo que mantenían en brisa, desde hacía décadas, los tres gigantes costeros: el sauce moro que sólo hablaba de colonizar las costas del río grande; el timbó colorado que añoraba el tiempo en que los tres —pequeños brotes entonces— formaban parte del yuyerío junto a una laguna; y el ceibo, bondadoso, que sólo hablaba del regocijo que le brindaban sus dádivas.
             Por supuesto, el ceibo cayó bajo su propia ley. Un día quiso complacer un deseo de su cuidador: Lisandro Conde lloró bajo su sombra por el amor de una muchacha. El árbol lo escuchó, y dudó de aquel consentimiento. Prefirió consultarlo con sus dos compañeros. 
           —Si el muchacho deja de atendernos —habló el sauce ayudado por una brisa del norte, minutos antes de que ésta trajera una garúa otoñal— esos alisos acaparadores van a invadir todo. Imaginen después a la escobadura llevándose toda la humedad. Qué desgracia. No conceda ese favor, señor ceibo. Si los tres quedamos tan altos y lindos, acá solitos.
            —Yo sueño que esto va a volver a ser una laguna —retrucó el timbó en el trueno que rebotara en la galería de nubes y resonara otra vez, cuando la llovizna se volvía un aguacero torrencial—. Si Lisandro no regresa, todo va a volver a florecer alrededor. Podremos llamar otra vez a los mburucuyás, que hace tanto que no se los ve por acá. Tengo amigos irupés que no tardarán en crecer en los zanjones que se formarán. Y qué me dicen de las enormes tapias que volverán a traer a los carpinchos y las garzas. ¿Recuerdan cuando teníamos a todos esos animales alrededor? Yo estoy cansado de que se me arrimen estos inmundos chanchos y estas devoradoras vacas.
            El ceibo cumplió con el pedido del joven piragüero. Lisandro se enamoró de una señorita de Maciel, que al poco tiempo le enseñó una hija y un camino íntegro y venturoso.
            El ceibo lloró por su última dádiva. Lisandro ya no regresó a su limpiada. El lugar pronto se volvió un monte de espinas, víboras y mosquitos. Ya no hubo personas que disfrutaran de los tres árboles añosos, que perecieron sin que sus anhelos fueran oídos. El paraje no los rodeó de lagunas, tampoco de imponencia, menos aun les trajo nuevos soñadores. El río terminó por socavar la barranca, haciendo que los tres cayeran, al mismo tiempo, en lo profundo de la corredera.  
FIN
Anah�.
PARA RECORDAR:
LEYENDA GUARANÍ SOBRE LA FLOR DE CEIBO
fuente: http://www.redargentina.com/leyendas/ceibo.asp

Cuenta la leyenda que en las riberas del Paraná, vivía una indiecita fea, de rasgos toscos, llamada Anahí. Era fea, pero en las tardecitas veraniegas deleitaba a toda la gente de su tribu guaraní con sus canciones inspiradas en sus dioses y el amor a la tierra de la que eran dueños… Pero llegaron los invasores, esos valientes, atrevidos y aguerridos seres de piel blanca, que arrasaron las tribus y les arrebataron las tierras, los ídolos, y su libertad.

Anahí fue llevada cautiva junto con otros indígenas. Pasó muchos días llorando y muchas noches en vigilia, hasta que un día en que el sueño venció a su centinela, la indiecita logró escapar, pero al hacerlo, el centinela despertó, y ella, para lograr su objetivo, hundió un puñal en el pecho de su guardián, y huyó rápidamente a la selva.

El grito del moribundo carcelero, despertó a los otros españoles, que salieron en una persecución que se convirtió en cacería de la pobre Anahí, quien  al rato,  fue alcanzada por los conquistadores. Éstos, en venganza por la muerte del guardián, le impusieron como castigo  la muerte en la hoguera.

La ataron a un árbol e iniciaron el fuego, que parecía no querer alargar sus llamas hacia la doncella indígena, que sin murmurar palabra, sufría en silencio, con su cabeza inclinada hacia un costado. Y cuando el fuego comenzó a subir, Anahí se fue convirtiendo en árbol, identificándose con la planta en un asombroso milagro.

Al siguiente amanecer, los soldados se encontraron ante el espectáculo de un hermoso árbol de verdes hojas relucientes, y flores rojas aterciopeladas, que se mostraba en todo su esplendor, como el símbolo de valentía y fortaleza ante el sufrimiento.

Tomada de la narración oral
Y LES DEJO LA CANCIÓN SOBRE EL ORIGEN DE LA FLOR DE CEIBO. NO LA ENCONTRÉ EN CRIOLLO, PERO LES DEJO LA LETRA:
Anahí…
las arpas dolientes hoy lloran arpegios que son para ti 
recuerdan a caso tu inmensa bravura reina guaraní,
Anahí, 
indiecita fea de la voz tan dulce como el aguaí.
Anahí, Anahí,
tu raza no ha muerto, perduran sus fuerzas en la flor rubí.
Defendiendo altiva tu indómita tribu fuiste prisionera 
Condenada a muerte, ya estaba tu cuerpo envuelto en la hoguera
y en tanto las llamas lo estaban quemando 
en roja corola se fue transformando…
La noche piadosa cubrió tu dolor y el alba asombrada
miro tu martirio hecho ceibo en flor. 
Anahí,  las arpas, dolientes hoy lloran arpegios que son para ti 
recuerdan a caso tu inmensa bravura reina guaraní,
Anahí, 
indiecita fea de la voz tan dulce como el aguaí.
Anahí, Anahí,
tu raza no ha muerto, perduran sus fuerzas en la flor rubí.
 
 

 

El Prof. Víctor Hugo Vallejos (La Plata) envía este comentario:
 
Esta bonita canción pertenece al músico y poeta correntino don Osvaldo Sosa Cordero, nacido en Concepción, (Corrientes), y de quien se cumpliera el centenario de su nacimiento el año pasado (2006).

Si bien el ritmo es de guarania, más identificada con la música paraguaya, su autor, en letra y música, es argentino. Yo conocí a don Osvaldo y me refirió que compuso ese tema por pedido de autoridades del Ministerio de Educación de la Nación, cuando por decreto nacional, la flor del ceibo fue declarada Flor Nacional. Eso fue por la década del ´40.

 

15 Respuestas a “El ceibo de las dádivas”


  1. 1 Ricardo
    Septiembre 8, 2008 a las 00:49 p09

    Hola, Santiago, pasé a saludarte simplemente.
    Sucede que paseando por google earth noté que la zona de islas está bastante poblada de fotos tuyas y curioseando caí en tu blog. Como veo que compartimos algunos “gustos”, el delta, la travesía en kayak, por ahí entre las fotos vi una guitarra y como si eso fuera poco, una camiseta canalla y bueno, ni hablar de la llamemoslé “literatura”, no pude dejar de enviarte un abrazo.
    Yo guardo mi kayak en Catalú y salgo a remar los finde de todo el año, si nos cruzamos por algún estero va a ser un gusto invitarte unos mates.
    saludos

  2. Septiembre 8, 2008 a las 00:49 p09

    Claro, Ricardo. Pegame el chiflido.
    Un abrazo y muchísimas gracias por tu comentario.

  3. 3 Norberto Felipe Villarreal
    Septiembre 9, 2008 a las 00:49 p09

    Me gustó mucho el cuento como fue contado, hablo por la riqueza de imágens escritas, no asi por la fotografía que pareciera otro cuento, parece dos cuentos en uno. Está bueno iguál mas recursos para vivir en sensaciones.
    Enorme saludos
    Norberto

  4. Septiembre 9, 2008 a las 00:49 p09

    Un abrazo Santiago, muy buen Post

    Marcial

  5. 5 Alejandra
    Septiembre 9, 2008 a las 00:49 p09

    Cómo estás?
    No sé cómo esta página llegó a la dirección de mi trabajo. Me la reenvié a mi mail y aquí estoy.
    Maravilloso tu trabajo. Ya lo voy a seguir mirando más tranquila. Me emocioné mucho. Gracias.
    Segui con esto que yo…te sigo.Abrazo de río.

  6. Septiembre 9, 2008 a las 00:49 p09

    Norberto: en realidad son como veinte cosas en una… tenés razón, se me amontonó todo.

    Marcial:gracias por el saludo

    Ale: Otro abrazo de río. un millón de gracias por tu aliento.

  7. 7 MABEL
    Septiembre 9, 2008 a las 00:49 p09

    ME GUSTO MUCHO ESTE CUENTO, LA HISTORIA DE ANAHI LA CONOCIA. PERO HACIA MUCHOS AÑOS QUE NO ESCUCHABA LA CANCION MUY BUENA. Y ES UN ESPACIO PARA LA CULTURA ..UN ABRAZO FUERTE.Y UNA CORRENTADA DE COSAS LINDAS…

  8. 8 Ruben
    Septiembre 10, 2008 a las 00:49 p09

    Santiago… entre los míseros procederes y la soberbia de gobernante e inescrupulosos grupos de poder en distintos ámbitos del quehacer nacional que privilegian lo personal por sobre el interés de la comunidad toda, en la República Argentina tenemos la fortuna de encontrarnos con personas de tu talla. Que laboran silenciosamente y comparten lo mucho que rescatan de la vida con generosidad y espontaneidad.Simple y sencillamente gracias por lo que brindas y por extender el plano de la docencia a traves de la web.Siempre que repaso tu sitio aprendo algo reforzando el aserto “Todos los días, en algun momento, algo nuevo se aprende”

  9. Septiembre 10, 2008 a las 00:49 p09

    Mabel: a mí también me gustó cuando lo escribía. Esos árboles no paraban de hablar, y me dieron la letra para la historia. A mí me taladradron de chiquito con esa canción… Me gusta mucho la letra. TE mando un remanso de camalotes encerrados, que no paran de pasar y saludarnos en la costa.

    Rubén: Mil gracias. Me parece que me queda muy grande tu comentario, pero lo recibo animoso, aunque me haga poner un poco colorado.

  10. 10 flor
    Octubre 3, 2008 a las 00:49 p10

    tumba.. que fotos!!!!!muy bueno!! como siempre!! besos!!.

  11. 12 marta
    Diciembre 9, 2008 a las 00:49 p12

    Muy buenas tus fotos, buenísimas!!!. Me gustó leer acerca de la conversación de esos tres tipos…el sauce, ceibo y el timbó colorado. El tema Anahí se escuchaba amenudo por radio cuando yo era chica…por supuesto que no había FM, que Va!!!. Un abrazo

  12. Diciembre 9, 2008 a las 00:49 p12

    Siempre se dicen de todo esos árboles. De ellos aprendemos la paciencia. Son maravillosos, aunque el timbó, por lo general, es un poco pedante.

  13. Noviembre 17, 2009 a las 00:49 p11

    Gracias, Anahí, pero no es una leyenda sino un cuento.


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TAPA DEL LIBRO SANTIAGODELRIO Todos éstos están ahora atrapados en nuestro remanso costero:

«La caza es sólo una denominación cobarde para un asesinato especialmente cobarde de criaturas sin posibilidades. La caza es una forma secundaria de enfermedad mental humana». Teodoro Heuss.

Que nuestros humedales no sean transformados en una pampa ganadera.

Quema de pastizales

«El fuego quedó prendido, como testigo nuestro ... en silencio, contrarestrando los escopetazos de los bobos que todavía van a cazar algo cuando no necesitan de eso para vivir ... quitando una vida inutilmente.

Cuando era chico me gustaba cazar a mí también, hasta que traté que una perdiz levantara vuelo para tirarle y, como no subía a pesar de mis pisotones al suelo, al acercarme me di cuenta que tenía cría abajo ... nunca más le tiré con algo a un ser vivo.»

Capitán Martín Burbuja.

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A diferencia de los soldados, que en la mayoría de los casos tienen ante sí a un enemigo con iguales posibilidades, el cazador es especialmente cobarde: él dispara sólo cuando la víctima no se puede defender.

Que el hombre se atribuya el derecho de matar por diversión a seres vivos que sienten y que perciben el dolor igual que él, es algo absolutamente miserable.

Los cazadores futivos están acabando con la fauna nativa. No les sigas la fiesta a los matadores de carpinchos. Defendé nuestros recursos.

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