12
sep
08

La poesía fértil y los espejos (segunda parte)

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   Aunque el sitio donde transcurre la obra nos remonta al delta del Paraná cercano a la boya 500, y Jorgelina, la musa, viviera a la altura de la 420 (1) —ochenta kilómetros más al sur—, no nos cabe duda de que el poeta se ha referido a la misma mujer con quien mantuviera una amorosa relación en su joven adolescencia.
         La obra fue tocada una sola vez y nunca grabada. Aquella ocasión, en conmemoración del cumpleaños del Padre Ramón D’agostino, cura de una parroquia del Barrio Arroyito. Fue en una de las noches de peña que la agrupación de kayaqueros organizara cada jueves, en una guardería para embarcaciones menores llamada Espigón del Este. Éstos fueron los intérpretes: Iván Machado, primera voz y guitarra; Facundo Santoro, recitados; Ernesto Barbosa, primer acordeón; Matías Lanessa, segundo acordeón y coros; Fabián Trevisanut, segunda guitarra y coros; y Jesús Paradiso, percusión.
 
 
Parte primera (instrumental, luego recitada, y finalmente cantada)
 
         El agua pasa lenta, sin ruido. Sólo susurrándole asuntos de matices a las costas de las playas. Vuelvo a ver los tatuajes en el lomo del río: en ellos está grabada la historia de su cauce color de tierra. La historia que leo al acercarme donde instantes atrás sólo viera un enorme espejo de cielo claro… Espejo claro que se me vuelve hondura oscura, ahí donde imagino su sangre en peces que bregan en una espera mortal, en una agonía lenta, semilla del fruto que hallarán mis redes cuando sean echadas otra vez.
         Podré entregarle, entonces, el último suspiro al ocaso del chamamé que no he terminado de silbar en mis años ausentes. Ahora podré ponerle fin a esa melodía… Completar la poesía que esperó tantas estaciones, tantas lunas, que fue un rezo llorado a mi virgencita de Itatí, doblado de rodillas delante de los mil paisajes diferentes. Paisajes que viera en mi desventurada y errática peregrinación por la «Picada del Pobre».
         Te prometí que volvería. Te doy mil de gracias porque sí me esperaste; porque creíste en mis palabras. Éramos tan chicos. Ahora, dentrados en los veinte, enderezaremos los horcones caídos, armaremos la cuna y empezaremos a ser adultos. Leí en tu carta que el ceibo se puso rojo de contento; que los chingolos y cardenillas han hecho nuevos nidos; que tu padre ha señado la canoa con el Villa (2) y la red; se lo pagaré en el momento primero en que lo vuelva a ver, después de estrecharlo en un gran abrazo.
         Gracias, mi guaina; gracias, mi virgencita; gracias, mi Taita Santo que cuidaste de todo lo que hube de dejar acá.
 
Anduve ya por los cerros,
Tan enormes, coloridos;
Vadié cauces correntosos
En los valles del camino.
 
Sólo me guiaba el sueldo
Que en mis viajes yo forjé,
Y le debo a Ñande Jara (3)
Que a mi pago regresé.
 
Zafré en los cañaverales,
Fui obrajero en el Mailín (4),
Arriero en campos perdidos…
Años largos de sentir.
 
Vi al puma de los quichuistas,
Víboras de cascabel…
Más mío es el yarará,
El surubí y el yacaré.
 
(Coro, gritado para la dama)
 
El suspiro de tu boca,
Ko ivitú hatá (5) que hizo,
Y la sonrisa en tu cara
Floreció todo en su hechizo.
 
Ceibos rojos, chingolitos,
Río manso, cielo mío;
Mi gurisa, quiero tanto
Que tus ojos tengan mis hijos.
 
(A la segunda parte de la pieza se la introduce con un no poco admirable despliegue del talento solista de cada músico, y por esta breve declamación)
 
Vuelvo al pago, río… vuelvo al río, pago…
Suspiré llantos de tanto añorarlos…
Río… pago…
Derramé vida de tanto suspirarlos.
 
Volví a buscar a mi dama,
A mi tapera, a mi pasao;
Que los encontré en mi tierra,
Taragüí (6) no te he olvidao.
 
Qué largas se hacen las rutas
Cuando el ansia te domina:
Las añoranzas quejumbran
Y no calman las heridas.
 
Yo soy promesero bueno
Y en las noches, al dormir,
Rodeado de salamancas,
Me cuidó de Añá, Itatí.
 
Y me bendijo mi Taita (7),
Junté ahorros pa’ volver;
Me alcanzó para que compre
Una canoa y la red.
 
(Coro)
 
El suspiro de tu boca,
Ko ivitú hatá que hizo,
Y la sonrisa en tu cara
Floreció todo en su hechizo.
 
Ceibos rojos, chingolitos,
Río manso, cielo mío;
Mi gurisa, quiero tanto
Que tus ojos tengan mis hijos.
 
(Último suspiro de los instrumentos)
 
 
Parte segunda (recitado en glosas y sapukai)
 
         Se hizo de noche. Me detuve tranquilo frente a la Orzada de Nogoyá (8). Pronto llegaría hasta tu puerta. Preparé el fuego y eché la pava sobre las ramas. Permanecí pitando un cigarro, mirando otra vez mi río. Todo era hermosura; pero de pronto creí ver al payé (9) de los promeseros pobres de espíritu.
 
En las noches de otoño,
En la boya cuatro siete cuatro (474),
Donde está el gran remanso
Al que llora un sauce añoso;
Cuando al río dentra encono (10)
Por las almas que se fueron,
Se interrumpe ese silencio
Y llega el penoso llanto,
El mismo grito, el mismo canto,
Que forjaran del infierno.
 
Se abre paso entre el yuyal…
Las bichadas se estremecen…
Los cardales caen en muerte
Para dejarlo llegar,
A ese mismo animal
Que enloquece a los paisanos:
El fantasma ‘e los pantanos
Que purga en pago islero,
Y que lleva el nombre fiero
Del payé carpincho blanco (11).
 
(Sapukai rastrero)
 
(Música y último suspiro)
 
 
Parte tercera (instrumental. Contrapunteo de acordeones y guitarras: los fuelles se enfrentan a las encordadas en una agitada pugna que se bate por extensos y maravillosos minutos)
 
(Tónica compartida de un la menor que muere en el silencio)
 
 
Parte cuarta (cantado melodioso y sentido, luego de una breve introducción recitada. Santoro tuvo temor de que algún conocedor de la música joven correntina alzara la voz contra una de las estrofas de esta canción, descaradamente plagiada de los primeros versos del «Chamamé de los Esteros», de Mario Bofil)
 
(Introducción)
 
Pasaron ya tantos años
Desde el día que me fui;
De nuevo en los albardones
Vuelvo pa’ hacerte feliz.
 
Nunca olvidé tu mirada
Ni tu modo de reír…
Vengo a traerte la dicha
Que te prometí al partir.
 
(Se inicia el canto melodioso)
 
De nuevo en mi lindo ranchito
Del Paraná de los Reyes,
Que cuidaron los caranchos
Y bendijeron los peces.
 
Es mi comarca bonita
De Gaboto hasta Las Cuevas,
De Diamante hasta Victoria,
Del Ternero a la Azotea.
 
(Estribillo)
 
Seré un tosco espinillo
Pero firme cual su horcón,
Pionero como un aliso (12),
Como el sauce, servidor.
 
Soy de aquí, soy islero
De la raza del timbó;
Y vuelvo remando a tu orilla
Para cantarte mi amor.
 
(Interludio de acordeones que lloran la alegría del reencuentro)
 
Como no tengo dinero
Ni título ‘e posesión,
Te traigo un avío (13) lleno
De versos, cantos, dulzor.
 
Traje tu noble corona
Que no es de oro ni rubí,
La hice con camalotes,
Para vos, tu ñandutí.
 
(Estribillo)
 
Seré un tosco espinillo
Pero firme cual su horcón,
Pionero como un aliso,
Como el sauce, servidor.
 
Soy de aquí, soy islero
De la raza del timbó;
Y vuelvo remando a tu orilla
Para cantarte mi amor.
 
(Último suspiro del chamamé)
 
Parte última (El relator —Facundo Santoro— exhorta al silencio y prorrumpe en estas líneas)
 
¿A quién te parecés? Dejame pensar…
 
Tenés aspecto de poesía,
Tus ojos son del color de la inspiración (igual que tu río),
A tenerte no se le asemeja ni el regocijo del tejido (14) cargado,
Y tus palabras…
Tus palabras…
 
Ellas no hacen más que rimar
Con mis sueños,
Con mi espera,
Con las ganas de darte de mis manos
A vos, jardinera, esta semilla sagrada;
Que puedas con tu tierra
Hacer brotar raíces de mi alma.
 
¿A quién te parecés? Sí… a ella…
 
Te parecés a la poesía fértil
Del fruto de mi búsqueda (15).
 

     Facundo Santoro dedicó a Jorgelina Heredia, musa que lo inspirara en la creación la mayoría de sus numerosas piezas literarias, los versos de una obra conceptual y chamamecera llamada Poesía Fértil. La música fue compuesta por Iván Machado, gran amigo de Santoro, y arreglada por Matías Lanesse, acordeonista y pulpero de un tradicional parador frente a las costas de Rosario.
(1) Estos números refieren al kilometraje del canal para barcos desde el puerto de Buenos Aires.
(2) Villa: motores muy económicos, frecuentes en las canoas de los pescadores entrerrianos.
(3) Ñande Jara: gran espíritu; Dios.
(4) Mailín: Villa Mailín es una pequeña localidad de Santiago del Estero, conocida menos por el obraje donde fabrican carbón de madera, que por el descubrimiento de la cruz de madera del Señor de los Milagros. Según cuenta la tradición popular, promediando el siglo XVIII un hacendado llamado Juan Serrano fue atraído por una luz en el monte y, acercándose hasta un árbol, halló la mentada pieza de madera pintada con la imagen de Cristo, y con una calavera bajo sus pies del Salvador. Se realizan todos los años allí dos fiestas que congregan a millares de promeseros.
(5) Ko ivitú hatá: voz guaraní que refiere a una gran ventisca.
(6) Taragüí: tierra, en guaraní.
(7) Taita: padre; aquí hace referencia a Dios.
(8) Orzada de Nogoyá: brazo del río Paraná que une el Paraná del Medio —o de los Reyes— con el brazo principal —o canal—. Aquí, el joven observa la salida del brazo del Medio desde una barranca próxima al lugar.
(9) Payé: hechicería.
(10) Encono: sufrimiento por una herida que no cicatriza; también puede significar rencor. No sabemos a qué significación hace referencia el poeta al utilizar este término; suponemos que a ambas, pues señala al encono tanto como a un estado de ánimo, como al sufrimiento del río.
(11) Carpincho blanco o albino: criatura fantasmagórica que deambula errabunda por la zona de islas. Algunos sostienen que no es blanco, sino negro y, lejos de pensarlo una criatura del diablo, se lo santifica y se le prenden velas, pidiendo así por el éxito en la jornada de caza.
(12) Pionero como un aliso: se lo reconoce de esta forma pues es él árbol que inicia la levantada de los albardones, una vez que crece sobre los bancos de arena.
(13) Avío: provisión de los bienes necesarios para alimentarse o vestirse durante el tiempo que se tarda en volver al pago. Pañuelo grande y cargado, atado al extremo de un palo que se carga al hombro.
(14) Tejido: red de pescador.
(15) Creo que en estas líneas tan distantes de los primeros versos de la obra, el poeta deja entrever su estirpe de ajeno a la condición de islero. Aquí, Facundo Santoro nos muestra a un joven citadino que sufre la pena honda de tener a su amor en un mundo muy distante de su propia realidad.
 
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2 Responses to “La poesía fértil y los espejos (segunda parte)”


  1. septiembre 14, 2008 en 00:49 p09

    Como siempre, maravillada por las imágenes que compartes con nosotros…

    PD. Te dejé algo por el blog ;)

  2. septiembre 17, 2008 en 00:49 p09

    Así es, es un enredo de poesías entre el reflejo tenaz del espejo.


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Decálogo de la Naturaleza

1 No tendrás otros dioses delante de la Gran Madre Naturaleza. Amarás con todas tus fuerzas a la Creación que te ha dado vida.

2 No te harás imágenes artificiales de las cosas que están en la tierra, o debajo de las aguas o arriba en los cielos. Dejarás los árboles donde están los árboles, las aves donde están las aves y las nieves donde están las nieves. No levantarás un bosque donde hay desierto o harás un desierto del lugar donde está el bosque.

3 No tomarás el nombre de la Gran Madre en vano. No repetirás frases como «Todo bicho que camina va a parar al asador» o como «Todo árbol es madera pero pino no es caoba».

4 Acuérdate de tus tiempos libres, para visitar los espacios naturales de la Gran Madre. Seis días trabajarás, pero uno tendrás para acariciar la creación que cada día te da el pan y el oxígeno para que tú y los tuyos puedan vivir.

5 Honrarás a la Gran Madre, para que tus días y los de tus hijos se alarguen en la tierra que te es nido. 6 No matarás a ningún animal salvaje, sino es para alimentarte cuando no tengas otra posibilidad o cuando el que lo haya matado gane, por esa vida muerta, el pan para sus hijos.

7 No cortarás el árbol ni mandarás a cortarlo, si primero no has plantado sus semillas en un lugar seguro, poniendo tu vida como precio por la descendencia de ese ser longevo de esta tierra. No tendrás mueble de madera lenta ni papel que no uses de las dos carillas.

8 No le robarás su pan a las personas que sobreviven por las criaturas de la Gran Madre: ni al pescador, ni al horticultor, ni al cazador, ni al tambero le robarás la dignidad de vivir como vive.

9 No mentirás diciendo que eres lo que no, y serás consecuente si vas a estar de este lado de la lucha.

10 No desearás el árbol, el pastizal, el agua, los animales, las nieves, el oro, los bosques ni el suelo del que ha ocupado la tierra antes que ti y que la ha mantenido sustentable por cientos de años.

http://rioparana.wordpress.com/

Cuando era chico me gustaba cazar a mí también, hasta que traté que una perdiz levantara vuelo para tirarle y, como no subía a pesar de mis pisotones al suelo, al acercarme me di cuenta que tenía cría abajo ... nunca más le tiré con algo a un ser vivo.»

Capitán Martín Burbuja.


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