05
Oct
08

El alumno (cuento del río)

El alumno
 
 
 
 
 
          Muchas historias del río parecen encerradas en la nostalgia de un tiempo imaguaré, cuando los sapukais rompían el silencio del monte, o cuando el yacaré era el señor de los esteros. Aun así, y como es mi intención destacar, todavía se suceden maravillosas anécdotas que dejan entrever que el tiempo de la mística sigue marchando, que las letras chamameceras, las canciones y las leyendas litoraleñas, todavía tienen motivo de inspiración, si queremos que nuestra traza siga adelante.
         Es cierto que las islas aún guardan misterios ocultos. Pero cada vez menos nos atormenta el llanto del crespín o las apariciones del carpincho blanco. Ocurre que las nuevas historias incluyen lozanas y renovadoras musas, muy distantes de aquellos mitos. Hoy, decenas de narraciones cantan al hombre perseguido que escapó de Coronda, a la venganza de las gatas peludas que avanzan río abajo, o al ecosonda que encuentra la silueta de un monstruo semienterrado en las profundidades del canal.
         A pesar de todos estos cambios, la tradición litoraleña nos estimula a mantener vivas las letras de nuestros viejos poetas. Así, las «Monedas de Sol» de Chacho Müller brillan con el mismo esplendor de antaño, y la «Canción de Cuna Costera» de Linares Cardozo sigue durmiendo al gurí que sueña con ser pescador. Pero debemos saber que el nuevo hombre también ha llegado al delta, ha visto con sus ojos color cemento y, a golpes de aire puro, ha matizado también su río. Ahora distingue un curupí de un aliso, un remanso de una corredera(1), un moncholo de un patí, un dos hileras de un bandoneón. Las obras nuevas abren las puertas a quienes disfrutamos de la prosa y el canto, renacidas del puesto vacante que dejaran nuestros viejos poetas.
          Intentando hacerse cargo de este legado, la siguiente historia, escrita por Juan Olivera y revisada por Facundo Santoro, nos relata el episodio de Paolo Cardozo, un alumno de Río Marrón —escuela de canotaje de la zona norte rosarina— cuando decide salir a caminar por las islas. Trascurrió en la Semana Santa del año 2005, en Boca de las Cañas, Departamento Victoria. 
         Está escrita de manera infiel, enunciando muy pocos de los términos que utilizara Paolo, cada vez que la relatara en un fogón.
 
         Esta vez, no sé si fue por voluntad o fuerza mayor, pero debí salir lejos y caminar hasta una laguna para buscar esa porción de misterio. Tuve que atravesar un albardón lleno de mosquitos y sauces, sortear los cardales secos, pasar por yuyeríos espinudos, enterrar las botas en el barro y, una vez sorteados esos obstáculos, por fin esperar. Ahí estaba yo… solo… con un telefonito celular en las manos y un paisaje gigantesco ante mis ojos —SIN SERVICIO—.
         A lo lejos se veían enormes los puertos cerealeros y, detrás de ellos, un fuego que encendía con furia las nubes blancas del poniente —UNA RAYITA DE SEÑAL (pero está en modo analógico)—. Un poco más acá se acostaban los esteros interminables del paisaje islero.
         Una garza mora apareció entre los pastos, dio varias vueltas por la zona y se perdió detrás de unas arboledas —DOS RAYITAS (sigue analógico: lo apago y lo vuelvo a prender para ver si pasa algo)—. Una pareja de zorzales de pecho colorado se arrimó a la escena, curiosos del ser humano que apretaba botoncitos, al tiempo que revisaba el fondo del agua, caminando con cautela y blandiendo su machete —HOLA, DULCE (el saludo inicial de mi teléfono)—.
         —¿Serán taruchas o sabalitos? —Algo se movía entre los camalotes. El río, aunque mostraba unas leves subas por aquellos días, estaba pronto a bajar y estos charcos no tenían salida—. Si los agarro con el machete van a la fritanga; total… igualmente están condenados… que los coma yo o los caranchos… —Me lamenté de no tener una fija(2) en ese momento— DIGITAL, CON UNA RAYITA (capaz que tenga suerte).
         Me di cuenta que eran sábalos, los de lomo negro, y no eran tan chiquitos.
         —A ver si llego —pensé.
         Caía la tarde y la mosquitada se hacía cada vez más insoportable —DIGITAL, CON DOS RAYITAS—. Cada vez estaba más cerca del animal.
         —Ya te tengo. No te me escapés, por favor —estaba tan cerca—, que te aso ahora mismo. Te veo y me hace ruido la panza.
         Aguanté los mosquitos, que ya tenía de a docenas en el rostro, elevé el brazo que empuñaba el arma y preparé el golpe certero. Elegí el lugar exacto donde iba a dar machetazo: entre la branquia y la aleta pectoral.
         —Ahí voy —pensé, pero entonces ocurrió:
         —TI TI TI TI TI TI (¿eh?) MENSAJE RECIBIDO.
         El sábalo se ahuyentó con el ruido. ¡Se fue!
         —¡Ay! Se escapó. ¡Qué odio! ¡Qué tremendo mi fastidio! —vociferé insultos en cantidad; por supuesto, dije groserías mucho más fieras, pero me da un poco de pudor repetirlas en este momento, que lo cuento en frío.
         Después de aventar los mosquitos miré al aparato culpable de la fuga del pez.   
         —LEER (decía la pantalla, haciendo referencia el nuevo mensaje que había receptado) —mis sensaciones en aquel momento se parecían a una mezcla de bronca e intriga—. ¿Será de ella? —como por arte de magia, la totalidad de mis exasperaciones se volvieron sosiego y puras ansias.
         El sol que se alejaba y la luna que asomaba al este, miraban, rojos de celo, cómo mis ganas de leer el mensaje tan esperado hacían temblar las puntas toscas de mis dedos callosos, buscando desesperados en el pequeño aparato las respuestas a los grandes sigilos de la juventud
          
         Nota de Facundo Santoro, censurada luego por Juan Olivera cuando la historia se publicó el la página oficial del la escuelita de canotaje: «supongo que, si el Señor me lo permite, años más tarde y al releer estas líneas, encuentre poco oportuno creer que Paolo utilizara de forma atinada la palabra juventud para identificar el momento donde el amor se presenta como un misterio por el cual nos enfermamos, hacemos humillantes manifestaciones públicas o, por el contrario, nos hacemos de la fortaleza para prescindir de casi cualquier cosa que no se parezca al placer de ocultarse en los ojos cálidos de la mujer amada. De lo contrario, si entiendo que juventud es la palabra acertada donde se encuadra el misterio del amor, entonces mi vida habrá dejado de tener sentido, igual que la de todos ustedes. Seguramente, si aún permanezco con vida: si aún no he cometido un suicidio, me hallaré llorando entre las sombras del muchacho que fui en este pasado… que fui en este presente que se me habrá vuelto tan lejano.»
        
         Mis ojos se llenaron de regocijo al ver las letras oscuras en la pantallita verde:
         —QUÉ CALOR EN ROSARIO. TE EXTRAÑO MUCHO. CONTAME QUÉ ESTÁS HACIENDO DE LINDO. 
         Ahí estaba ella, mi Andrea, respondiendo al mensaje que le mandara ayer, antes de que entráramos en este riacho. Respondía y preguntaba desde la otra orilla… Y también estaban ellos, los dos dioses guaraníes, el Tupá y el Yasí, decorando los horizontes de aquel 26 de marzo, repartiendo ambos todo su poder a los vientos litoraleños. Arrojándome estrellas, arreboles, siriríes, brisas pamperas, mosquitos de a cientos, pero sin lograr desencantar mis ojos, que encontraron entre esas toscas palabras inertes, la voz de la niña más dulce de aquel momento.
         Tal vez haya sido Dios quien me habló, entonces, en su lenguaje cifrado y arcano, sirviéndose de las palabras de mi novia. Tal vez me dijo: CONTAME QUÉ ESTÁS HACIENDO DE LINDO, PORQUE SE TE VE CONTENTO DESDE LO ALTO. ¿VISTE?… AHÍ TENÉS TU PAISAJE Y TU GURISA, QUE SON LAS CLAVES QUE ELEGISTE PARA EDIFICAR TU INTEGRIDAD. ¿O NO SE PARECE A ESTO LO QUE BUSCASTE TODOS ESTOS AÑOS? AHORA… AHORA VOLVÉ CON LOS TUYOS. ANDÁ Y ABRAZALO A JUAN, TU PROFE, DECILE GRACIAS POR TODO LO QUE HIZO POR VOS, POR HABERTE TRAÍDO. PORQUE YO, TU SEÑOR, TOLERO MENOS LA INGRATITUD, QUE LA ARROGANCIA.
         Volví al campamento. Habían hecho fuego y estaban, como dijo don Julio Migno, «vistiando de humo las mosquitadas». Lo abracé al profe Juan y le comenté que mañana íbamos a hacer fijas con troncos de aliso para ver si agarrábamos unos sábalos. Me miró desconfiado y retrucó:
         —En esta escuela no matamos peces ni cortamos árboles.
         Igualmente le agradecí. Los ayudantes del profe (que en realidad habían ido al raid a tomar vino y a jugar a las cartas) rieron al ver la escena. Esa noche los oí: recordaron con Juan cuando robaban armados en los espineles de los pescadores distraídos, y cuando, a golpes de machete, desmontaban alisales enteros para armar aleros contra el sol y benditos(3) para repararse de la lluvia.
 
         Segunda nota de Facundo Santoro: «Durante un asado en una guardería para kayacs, yo escuché a Paolo Cardozo relatándole esta historia a los integrantes viejos del Círculo Rosarino de Canotaje. Recibió aplausos y ovaciones.»
 
BIENAVENTURADOS LOS QUE ELIGEN AL CIELO COMO TECHO Y A LA TIERRA COMO NIDO.
 
Referencias.
 
1 Corredera: agua desplazándose de forma veloz por un cause angosto o en las proximidades de una barranca.
2 Fija: lanza que se utiliza para chuzear en las lagunas claras o en bancos de arena. En las márgenes del río Teuco o Bermejo, los wichis y los tobas la utilizan aun en las aguas oscuras, haciendo lanzazos ciegos desde la costa, pues la falta de acopiadores de pescados (cerdos empresarios: en Victoria, cerca nuestro, tenemos varios ejemplares de esta basura) permiten la abundancia ictícola.
3 Benditos: rancho muy precario. Por lo general, hecho a partir de un travesaño, desde donde se descuelga sólo un nailon a dos aguas.
 
 
 

4 Respuestas a “El alumno (cuento del río)”


  1. 1 Rubén
    Octubre 7, 2008 a las 00:49 p10

    Me parecen muy buenas las notas, las fotos, los relatos la fuerza del amor por la naturaleza, la pasión. Pero no entiendo cómo con tanto amor por lo natural, con tanta sensibilidad, se pueda acumular tanto odio contra los que no lo entienden !. Creo que deberíamos buscar la forma de llegar, de llegar a que sientan el daño y lo asuman y lo reconozcan, sin agresión, solo de esa forma vamos a lograr cambios, sino solo ganamos enemigos.

  2. Octubre 9, 2008 a las 00:49 p10

    No es odio contra los que no entienden de qué se trata esto. Para ellos va la educación. El odio es contra los asesinos de la vida, las esperanzas y la naturaleza.
    Las cosas por su nombre.
    El que destierra personas en el monte, es un asesino de las esperanzas y un usurpador.
    El que quema la isla para poner vacas, es un asesino de la naturaleza y de la salud del humedal deltaico.
    El que siembra soja cerca de un pueblo, es un asesino de la salud de sus vecinos porque los contamina con agroquímicos.
    Las cosas por su nombre,
    Viva la vida. viva la salud, la naturaleza.
    Cómo hacés para llegar sin agresión a alguien que destruye el mundo de sus vecinos, y de nuestros hijos?
    Vos te pensás que ellos no saben que manejan veneno al echar Round Up? Vos te pensás que no saban que ellos cortan al cadena alimentaria de los peces cuando cierran una laguna, te pensás que ellos no saben que los huevos de reptil, de aves, los cachorros de mamíferos como el hurón, el carpincho, las nutrias y lobitos mueren cuando ellos mandan a quemar los pastizales? Te pensás que ellos no saben que están dañando un ecosistema muy importante, al transfomar el alto delta en una pampa ganadera? Vos te pensás que ellos no saben que los ocho muertos en autopista de abril fueron por el humo que ellos generaron?
    Yo sinceramente prefiero verlos enjuiciados, multados, presos. No arrepentidos. Ellos saban lo que hacen. Que se arrepientan tras las rejas. Debemos tomar conciencia de lo que está pasando y hacer que toda la sociedad se les ponga en contra. Que estos asesinos de las esperanzas, la vida y la naturaleza ya no tengan un minuto de paz. la naturaleza es maravillosa y frágil. la esperanza es casi un mito de las culturas de desterrados, la vida es todo lo mucho o poco que uno tiene. no podemos dejar que ellos nos la roben sólo por dinero.

  3. 3 Ricardo
    Octubre 10, 2008 a las 00:49 p10

    les dejo una reflexión de un viejo periodista (Botana) sobre la culpa y el arrepentimiento, el decía:
    cuando era adolescente pensé que tenía que dedicar la vida a la joda y así hice, pero a los 20 me di cuenta que no, recién entonces era el momento de hacerlo y puse manos a la obra.
    Ya adulto sentí que había vivido equivocado, que pasados lo 40 era el momento de empezar la farra y no dudé en hacerlo al máximo.
    Por suerte hoy a los 50 y pico llegué a la conclusión que a esta edad y no antes hay que despreocuparse por todo y vivir de juerga, así que arrepentido de mi vida, pienso aprovechar el momento.

    O sea, si se arrepienten, que vayan al paraíso, pero mientras no le demos la espalda….
    saludos

  4. Octubre 15, 2008 a las 00:49 p10

    Ricardo: luchemos todo lo que podamos en vida. Yo también desperté de grande. Creo que eso es parte natural del aprendizaje. Muchas gracias por tu comentario.


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TAPA DEL LIBRO SANTIAGODELRIO Todos éstos están ahora atrapados en nuestro remanso costero:

«La caza es sólo una denominación cobarde para un asesinato especialmente cobarde de criaturas sin posibilidades. La caza es una forma secundaria de enfermedad mental humana». Teodoro Heuss.

A diferencia de los soldados, que en la mayoría de los casos tienen ante sí a un enemigo con iguales posibilidades, el cazador es especialmente cobarde: él dispara sólo cuando la víctima no se puede defender.

Que el hombre se atribuya el derecho de matar por diversión a seres vivos que sienten y que perciben el dolor igual que él, es algo absolutamente miserable.

Los cazadores futivos están acabando con la fauna nativa. No les sigas la fiesta a los matadores de carpinchos. Defendé nuestros recursos.

«El fuego quedó prendido, como testigo nuestro ... en silencio, contrarestrando los escopetazos de los bobos que todavía van a cazar algo cuando no necesitan de eso para vivir ... quitando una vida inutilmente.

Cuando era chico me gustaba cazar a mí también, hasta que traté que una perdiz levantara vuelo para tirarle y, como no subía a pesar de mis pisotones al suelo, al acercarme me di cuenta que tenía cría abajo ... nunca más le tiré con algo a un ser vivo.»

Capitán Martín Burbuja.

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