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Jun
09

Espejo de otros tiempos

 

 

Publicado por segunda vez, con algunas fotos del lugar donde transcurre la historia.

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En el reflejo de sus pupilas encontró el fuego: nacido, ardiendo, siendo el primero… el primero logrado después de la lluvia. Fuego después de horas de frío bajo el torrente que, según parecía, jamás detendría su caer de aguas, pero que pasó por fin.

Eran frente al ardido, momentos antes, en la humedad y el frío, dos ojos que se achinaban como rezándole a una fuerza que pudiera más que la física, y que pudiera hacer nacer bajo la paja seca, bajo las astillas a cuchillazos de palos secos, era leve luz roja que sería el origen de todo.

Ahí quedó Iván Machado cuando encendió su fuego. Feliz, más niño, más inquieto, más calmo. La nube pasó, descubrió que el sol existía y la claridad volvió a achinarle los ojos, ahora para ser Dios el Hacedor, ése que lograba despejar la tormenta y tener el fuego, y unos segundos más tarde su humildad lo hacía voltear, diminuto y obediente, su vista otra vez hacia el fuego… Iván Machado siempre agradecía. Entonces fue sólo una criatura más, en ese delta infinito, cuya única preocupación consistía en poder calentar agua para tomar unos mates.

El calor regresó y halló reparo a la media sombra de los toratays que también le dieran leña.
Meones Chicos (1)

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Aquel día, Iván Machado tuvo la intención de dar con el cerro que llaman El Durazno. Eligió el camino más corto: entrando por un arroyo al que la gente conoce por Meones Chicos, pero el hilo del agua por donde navegaba con su kayak se volvió carpeta de repollitos y luego camalotal, hasta que la tapia lo atoró ya adentrado. Empujándose con los brazos, fue corriendo plantas de camalotes hasta alcanzar un pequeño terraplén, que serviría de resguardo para esperar el paso de la tormenta que llegaba lentamente desde el pampero. La tormenta llegó, mojó, refrescó; pero pasó y volvió el calor.

Sobre el pequeño albardón encontró los arbolitos y, un poco más atrás, un pozo de agua cristalina de unos diez metros de diámetro —entran dos kayaks de largo, pensó—. Probó la hondura con el remo: la pendiente, que parecía no haberse afectado por la gran sedimentación de esa zona, bajaba abruptamente y el remo quedaba corto antes de dar con el fondo.

Cuando sacaba la pala del agua, descubrió su rostro en el reflejo de la laguna. Así se habrán conocido a sí mismos los chanás y los guaraníes, pensó. La nitidez de la imagen de su cara fue mejor a medida de que más se acercaba al agua. Fue más cerca, hasta que la exhalación de su nariz arruinaba de arrugas la mitad inferior de su reflejo. Entonces vio al Machado de antes: más joven, adolescente. El chico del reflejo miraba sus manos: dolían. Callos en la palma marcaban el inicio de cada dedo. El remo y la guitarra, por esos tiempos, sacaban esos endurecimientos tan dolorosos … Y así Machado, con su remo y mbaracá, con sus dolores bautismales, empezó a ver la luz, o al menos esa luz que fue calma para sus ansias, y que puso distancia y melodía a esa pena tan grande de ser «el amor» una dicha esquiva para su suerte.

El reflejo se adornó de ondas concéntricas, circulares, que fueron salando el agua inmediata a su rostro. Machado secó sus lágrimas.
Por qué veo esas imágenes en el reflejo lagunero, se preguntó. A pesar del calor y el sol que le apuntaba a la espalda, el joven músico permaneció junto al pozo.

Abrió los ojos nuevamente, decidido a permitirse descubrir mucho más del pajé jejehexahá. Detrás del reflejo, más arriba —o más abajo—, en una pequeña y última nube rezagada de la tormenta, encontró el rostro de una mujer; ella dejaba su especto de nube para volverse compañera de piragua. Ésta es la boca del Tuyango, explicaba Iván Machado; Laura Aznar, su compañera en el reflejo, admiraba esos paraísos tan cercanos a la urbe, y tan misteriosos y solitarios. Ahora vamos a entrar en la zanja del Caica, seguía explicando el músico. Creyó ver muy nítida la última escena, donde él se miraba desde arriba de un sauce por última vez con la mujer que amaba, momentos antes de que ella lo abandonara para siempre, aquel día en que Laura Aznar despertó y quiso volver a su mundo iluminado y confortable.

Las imágenes se borraban en un suspiro del pampero, y la pena que se había vuelto honda había alcanzado el lecho profundo y cristalino de la lagunita. Y quiso ver más… Tal vez guiando sus deseos podría hallar imágenes a voluntad. ¿Con qué otro lejano olvido podría tropezar en el reflejo de otros tiempos? Su primera barrenada sobre una gran ola; su primer rolido. Observó con atención, sin distraerse en admirar los canutillos rojos, ni los pinitos que formaban extensos bosques subacuáticos diminutos.

Calló las ansias y esperó… Observó… Estuvo atento… Quietud… Y entonces la sorpresa: la silueta de una enorme criatura fue volviéndose nítida a medida que ésta se acercaba a la superficie, con su enorme boca abierta y sus bigotes adelantados a la cabeza, como brazos que intentaban alcanzar al joven que se sobresaltaba junto a la laguna. Era un enorme manguruyú de bigotes largos… larguísimos.

Machado, asustado, saltó hacia atrás, tumbando la pava en el rescoldo y chamuscándose la piel de la palma de su mano derecha al caer sobre las brazas. Fue tal su exaltación que tardó unos segundos en identificar la quemadura.

Cómo habrá aparecido ese animal acá, se preguntó. Un manguruyú gigante en una lagunita. No puede ser. Es imposible. Recordó, mientras volvía hasta el borde para poner la mano quemada en el agua, una de las historias de su abuelo paraguayo:

«El manguruyú es el más grande de los bagres del río. Es un monstruo casi extinto que pulula aguas profundas y correntosas. Esa vez el río nos dio uno gigante, cerca de Encarnación.»

Meones Chicos (1)

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Con temeridad, Machado volvía a abrir los ojos frente a la laguna, y su rostro reflejado era el abuelo, que en cruza de criollo y guaraní, continuaba con la historia.

«Con mi hermano Pepe habíamos atado a un floripondio grande que había crecido en la barranca, una soga de media pulgada que robamos al barquito acopiador que dejamos ir a la deriva. Con una canoa nutriera llevamos, Paraná adentro, el anzuelo casero que medía casi una cuarta de largo, y que tenía el rulo y la traba hechas a martillazos y lima. Le habíamos ensartado un sábalo entero por el lomo.»

Y ya no era a su abuelo contando la historia lo que enseñaba el espejo del estanque, sino a los mismos hermanos preparando la trampa que los haría atrapar al pez grande. Machado observaba la escena como si estuviera a pocos metros de sus antepasados ya finados. La mano ya no le dolía.

«Un fierro oxidado era el muerto que lo sostenía contra la corriente. Esperamos mateando en la costa, y ya habían pasado como dos pavas enteras…»

Los ojos de Iván Machado ardían, pues el humo del fogoncito de su abuelo había llegado hasta sus ojos. No hizo tiempo para asombrarse de ese milagro, pues vio en el agua, en el floripondio también, el golpe del pez que prendía del anzuelo.

«Y pegó tan fuerte que hizo caer como cuatro campanones de la planta de donde habíamos sujetado la línea. Y duró la pelea. Tanto duró la pelea que llegó la noche y no habíamos podido sacar al manguruyú del agua.»

La noche lo sorprendió al joven kayakero, y ya no hubo más reflejo que el del lucero, que ese año se había acomodado al crepúsculo del ocaso.

Iván Machado no necesitó ver más; conocía el final de la historia. Hacia el amanecer, sus antepasados pudieron sacar al pescado que, por lo grande, cargaron sobre el lomo del caballito que los había traído hasta la costa. Caminaron casi toda la mañana hasta Cambyretá, y esa semana hubo gran fiesta en el pueblo: todos aplaudieron la exitosa pesca de los muchachitos. Hubo de todo: chupín, asado, empanadas. El abuelo Machado decía que habían sacado más de 60 kilos de pura carne.

Era cierto. En el pequeño espejo de agua se ocultaba un manguruyú gigante como el de los relatos de su abuelo. Iván Machado no pudo entender cómo fue que esa fiera había caído en tan pequeño espacio de agua.

Para la hora de los mosquitos, el joven músico aún no había juntado leña, así que tuvo que armar la carpa sin demora. Lo hizo sobre la parte más alta del albardón, sobre unos canutillos secos, con cuidado de no pisar mucho, pues son los lugares que prefieren las yararás para hacer el nido.

Machado se durmió en seguida. En los sueños de esa noche, el bagre sapo era una representación del Y Jara, sentado sobre un amontonamiento sumergido de brillantes trozos de nácar. Frente al soberano de las aguas, un ejército de cadáveres humanos de pie, cual imagen sumergida de la Terracota oriental, parecía esperar la orden del pirá guasú para iniciar un avance. Entre las estatuas quietas estaban sus viejos conocidos: Morotí con su valiosa pulsera; Pitá y su inocencia; la fea Anahí; el jefe Timbó antes de volverse árbol y aún apoyado de oreja al piso; Antonio Cruz que espera un nombre; el deforme que se transformaba en flamenco para atrapar mujeres; el negligente Carau y, también quieto entre los cadáveres, el solitario Iván Machado.

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Casi dos años después, para el verano de 2009, la bajante histórica volvió a encontrar al músico con el arroyo de los Meones Chicos. Esta vez no lo hizo solo, fue acompañado por Facundo Santoro, un poeta y ensayista literario que hacía las veces de mejor amigo y compañero de remadas y aventuras.

De aquel hermoso estanque de agua cristalina sólo quedaba un pozo casi seco: con sus aguas contaminadas por el orín y el excremento de vacas. Ni el mínimo rastro del gran pez. Pero su inquietud no cesó y, dos días después, entrando por otro arroyo —éste con agua—, dieron con el cerro El Durazno.
Pidieron permiso a Jorge Cáceres, el puestero del lugar, para pasar la noche sobre el terraplén alto, junto a su rancho.

A medias, esa noche, Machado logró contarle al islero la historia de lo ocurrido en el arroyo y el hombre, creyéndole y, al parecer, conociendo ese acontecimiento, les enseñó a los jóvenes kayakeros un tesoro que los dejó con la boca abierta.

A este cacharrito lo encontré haciendo un pozo para cavar este horcón, habló el hombre mientras les enseñaba el pedazo de una vasija india, adornada con dibujos grabados en el barro cocido. Y, efectivamente, un gran pez con bigotes larguísimos se veía claramente en el lateral del trozo. El animal emanaba destellos y pequeñas siluetas de animales más pequeños parecían rodearlo.

No importa que el río esté bajo y las lagunas secas, habló el puestero Cáceres; ese fantasma sigue ahí. El bagre sapo de los Meones jamás se ha ido.

 

Nota:
«Cuando el incrédulo se jacte de haberlo visto todo en el río, sepa que desconoce que la sangre marrón de la Gran Madre, aun intoxicada de pólvora y lucro, sigue guardando suspiros en leves clamores ahogados y pacientes. Las lagunas guardan reflejos que son visiones claras de esas distorsiones que nos pesan, aunque la mayoría sólo aprenda en ellas a desconocerse.
Yo amo a mi río y sigo oyendo sus lecciones que no acaban.»

Iván Machado.

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18 Respuestas a “Espejo de otros tiempos”


  1. 1 anahí
    Junio 26, 2009 a las 00:49 p06

    no te había dejado un comentario antes, pero decirte que me hiciste emocionar, y de alguna manera me recordaste al maestro Roa Bastos, guau, no sé… las imágenes son re-grosas, y en ese sentido también, ya sabés, te envidio =)
    Abrazo.

  2. 2 Daniel de rosario
    Junio 27, 2009 a las 00:49 p06

    Santiago, conoces el paraje “el fogonazo”, en esa zona unos kilometricos arriba, los lugareños te cuentan la historia del carpincho blanco, en realidad hay que decirlo y por supuesto no lo comparto la mayoría de los isleños cazan carpinchos, es comun ver en los ranchos cría de carpinchitos como perritos, estos quedan huerfanos después de matar a los padres. la historia es que aparece en determinado lugar y aunque le disparen las munuiciones no le hacen nada, pero en verdad los lugareños no le disparan por el contrario le temen muchisimo, está asociado historia de mala suerte para quienes intentan casarlo.

    bueno espero haber aportado algo.

    saludos,

  3. 3 Pablo.
    Junio 27, 2009 a las 00:49 p06

    Hacia años que no escuchaba la historia del carpincho blanco ¡! Es mas ya me había olvidado, es una historia que escuche de chico… hace unos cuantos años atrás… la contó mi tío un tipo de andar en las islas y cazar, una noche después de comer contó que carpinchando por el Barrancoso se toparon en una curva con un carpincho blanco, lo tenían a una distancia a la cual era imposible fallar y a cada disparo apenas si movía el lomo… después de varios disparos y ver que el animal siquiera se tiraba al agua, se asustaron y empezaron a remar con todas sus fuerzas para la ranchada… nadie hablo del tema esa noche…, y solo lo contaron mucho tiempo después.
    Mis amigos y yo niños en ese momento nos quedamos bastantes asustados con la historia, luego cuando mi tío se fue bromeamos sobre lo narrado diciendo que habría sido el vino blanco que les había hecho mal…

    Quien sabe… solo el y sus amigos saben lo que vivieron esa noche.

    Slds,
    Pablo C.

  4. 4 Daniel de rosario
    Junio 27, 2009 a las 00:49 p06

    Pablo, si es verdad hace tiempo, yo lo escuche por primera vez hará uno 10 año o mas, pero en verdad hable con muchos que lo vieron y todos concuerdan que quien le dispara después tienen sucesos trágicos.

    Hay otra historia la del hermoso caballo silbador, segun comentan aparece en determinados lugares un caballo muy manso que uno se arrima para querer acariciarlo y hace uno metros metiendose dentro de la isla, lo que te obliga a seguirlo hasta que se comenta que se han perdido gente que jamas fue hallada.

    son historias, crease o no.

    saludos.

  5. 5 Daniel de rosario
    Junio 27, 2009 a las 00:49 p06

    perdón, cazarlo va con “z”, al menos que lo quieran casar por civil.

    saludos.

  6. Junio 28, 2009 a las 00:49 p06

    Es muy linda la historia del Carpincho Balanco. No conocía la del caballo silbador. Gracias, Dani. Voy a preguntarles a unos amigos isleros si saben algo más de ella.

  7. 7 Aldo Pestoy
    Junio 29, 2009 a las 00:49 p06

    Ya terminé con el historiador… Ahora estoy contigo, Del Río. Esto que se te viene te va a doler. Esta vez quitarte la máscara del carilindo libertador será mucho más sutil y doloroso para vos, Pochito Guevara.

  8. Junio 29, 2009 a las 00:49 p06

    Si estás al pedo anotate para presidente de mesa de las internas abiertas del próximo domingo.

  9. 9 Daniel de rosario
    Junio 29, 2009 a las 00:49 p06

    Santiaguito no sabes si está permitido el uso del rifle sanitario, reuteman y latorre, yo creo que si porque está considerado como plaga.

    saludos.

  10. Junio 29, 2009 a las 00:49 p06

    Daniel:

    copio y pego un mensaje que le mandé a unos amigos K:

    Lo de Reutemann y Latorre es una vergüenza. No son plaga: son basura privatizadora, corrupta, asesina, inundadora, sojera…

    En lo personal, trato de ser consecuente con lo que pienso, digo y hago, y jamás podría votar un candidato amparado por un aparato.

    Vos sabés que Rossi mintió cuando dijo que 160 mil santafesinos lo eligieron para que siga siendo diputado, pues quienes han votado por él, en su mayoría, son las personas relacionadas con la burocracia sindical (bancaria, CGT, etc) o la gente a quienes se les dio asistencialismo en la zona oeste de Rosario y quieren seguir viviendo del poder.

    La gente está cansada de las mentiras del INDEC, del clientelismo de Debido, de Moyano y Delía y de la política puramente fiscal y Rossi, en nuestra provincia, es el claro ejemplo del hombre obediente a este gobierno que desperdició tantos años de verano sojero y que ahora quiere seguir sosteniendo el modelo nefasto que instaló Menem en el 96 y profundizó Duhalde desde el 2002 basado en el clientelismo y en la destruccion de los recursos naturales. Imaginate lo cansada que está la gente de Buenos Aires de este modelo de mierda, que prefieren votar a la derecha más asquerosa. El Pro se parece la UCEDé, pero la gente domesticada y mediatizada lo elige antes que a estos cerdos K. Lo de Rossi es patético: defendiendo como buen sirviente a este modelo cruel que se agotó hace dos años.

    Pero bueno… podamos discutir o votar diferente, eso es básicamente la democracia, aunque para mí no creo que éste sea “el país que la gente vota”. Creo que el poder se disputa entre los candidatos que tienen acceso a una campaña mediática. Eso no es la democracia que enseño cuando trabajo en la escuela. después de cada publicidad debería decir cuánto costó ese spot, algo estilo la ley 23.344 que aparece en los atados de tabaco. Lo de Giustiniani me hizo acordar a lo del 99 con de la rúa.

    Con mi novia discutimos porque yo voté a Proyecto Sur y ella al PTS.

    Dani, me olvidaba:

    con esto podés subir tu foto en wordpress, para que no salgan esas caras feas.

    http://en.gravatar.com/

  11. Junio 29, 2009 a las 00:49 p06

    Bellas tus fotografías Santiago del Río, muy hermosas.

    Saludos

  12. 12 Danielderosario
    Junio 30, 2009 a las 00:49 p06

    Ya es algo personal, no puedo creer que la gente vote a Latorre, el viernes fue al programa de 12 a 14, camperita de cuero el pelo lacio, parecía Michel Jasson con los labios pintado.

    Lo triste que no puede hilar una párrafo completo.

    JODANSE BOLUDOS, sigan votándola es lo que se merecen.

    saludos.

    PD/ Entre a la dirección que me diste seguí todos los pasos, esperemos que aparezca una imagen.te mande un correo los otros días, es que el cartero anda medio curda.

  13. Junio 30, 2009 a las 00:49 p06

    No sé bien cómo es lo del gravatar, pero a mí me anduvo.

    Ojo que de la vereda de enfrente tampoco había gran material. la inmunda de Latorre no es la única basura que apareció en esta elección.

    El PSP de Binner, que gastaron millones de pesos nuestros, iba con Favario (ex funcionario de la dictadura) y Rossi ya sebemos a qué clase de política responde de forma obediente.

    Hay que concientizar a la gente de que vote candidatos que salgan de los barrios y no de los aparatos (hitlerianos como los de Binner, burócrata-sindicales como los de Rossi o estocolmistas, como los autoflagelados que le dan fuerza al ex-peronismo disidente).

    Del mail: nada, che. No me llegó.

  14. 14 Daniel de rosario
    Julio 1, 2009 a las 00:49 p07

    Santiago, la verdad que me arrepentí no votar a proyecto del sur, de pino,Carlos Del Frade, siempre laburando, me acuerdo de una denuncia que hizo hace como 10 años, que pasaban gente de una lado a otro del carcaraña para trabajar en la tala de arboles, creo no se si te acordas.

    Te reenvié un correo

    A partir del martes que viene paso a buscar una copia, del DVD, no me dejen afuera.

    abrazo.

  15. Julio 2, 2009 a las 00:49 p07

    Me acuerdo algo de esa denuncia… Incluso creo que por culpa de esa explotación se asentó una comunidad indígena en las costas del carcarañá… Pero lo escuché hace mucho y no lo recuerdo bien… Voy a preguntar.

    Vi tu correo.

    Gracias.

  16. Septiembre 4, 2009 a las 00:49 p09

    Santiago…me ha conmovido el relato.
    En los círculos concéntricos de la lagunita, uno se va encontrando, no?…hasta saber el porqué llego hasta aquí, por qué ama lo que ama, y por qué, a veces, no lo aman…y hasta se puede encontrar un manguruyú que le recuerde por qué quiere echar raíces aquí y no allá.

    Encontré, entre las hermosas fotos, a la flor de la Anahí. El ceibo que está al lado del jacarandá, en la ventana de la escuela, se está llenando de hojitas…todos los días lo voy viendo cubrirse de verde. Es increíble como de un día para otro los brotes se transforman en ramitas verdes.

    Bueno, como te iba diciendo…a las hermosas fotos, me las voy a llevar un día. Después no digas que no te avisé.

    Un beso.


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TAPA DEL LIBRO SANTIAGODELRIO Todos éstos están ahora atrapados en nuestro remanso costero:

«La caza es sólo una denominación cobarde para un asesinato especialmente cobarde de criaturas sin posibilidades. La caza es una forma secundaria de enfermedad mental humana». Teodoro Heuss.

Que nuestros humedales no sean transformados en una pampa ganadera.

Quema de pastizales

«El fuego quedó prendido, como testigo nuestro ... en silencio, contrarestrando los escopetazos de los bobos que todavía van a cazar algo cuando no necesitan de eso para vivir ... quitando una vida inutilmente.

Cuando era chico me gustaba cazar a mí también, hasta que traté que una perdiz levantara vuelo para tirarle y, como no subía a pesar de mis pisotones al suelo, al acercarme me di cuenta que tenía cría abajo ... nunca más le tiré con algo a un ser vivo.»

Capitán Martín Burbuja.

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A diferencia de los soldados, que en la mayoría de los casos tienen ante sí a un enemigo con iguales posibilidades, el cazador es especialmente cobarde: él dispara sólo cuando la víctima no se puede defender.

Que el hombre se atribuya el derecho de matar por diversión a seres vivos que sienten y que perciben el dolor igual que él, es algo absolutamente miserable.

Los cazadores futivos están acabando con la fauna nativa. No les sigas la fiesta a los matadores de carpinchos. Defendé nuestros recursos.

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