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arara de mara 23-12-2007

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DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 23 DE DICIEMBRE DE 2007.

Recién estuve en el cumple de Cármen, la maestra que tuve como paralela en este 2007 que está pronto a acabarse. Terminó borracha y perdió su dentadura postiza. Por suerte la encontró Laura —su hija— que la guardó en una estantería. Mucha alegría y momentos emocionantes en ese cumple, que también terminó siendo la despedida del año del grupo disidente de los docentes no oficialistas de la Escuela Toba.

«Si el vino viene, viene la vida», Horacio Guarany.

Los maestros y maestras lloramos cuando recordamos las cosas del año. Pobres niños tobas. Pobres niños. Niños pobres y pobres niños; no como Juanito Laguna, que sólo era un niño pobre y no un pobre niño. Los sojeros del norte matan a los niños tobas. El modelo sojero mata a los indígenas y ellos están muertos en una ciudad como Rosario. Nosotros somos sus maestros, pero ellos nos enseñan a nosotros. Los maestros Pepe y Sergio me acompañan a la Terminal.

Tomamos un café mientras hablábamos de Bolivia, de Evo y de los viajes que hizo cada uno. Llega la hora de partida.

Mucha alegría… llegan Paolo Cardozo, Facundo Santoro, Iván Machado y Leonardo Ferreyra.

Nos vamos. Adiós Rosario a las 6:30 de la mañana. Nubes, rayos, tormenta… todo eso afuera del micro. Llueve mucho. Adentro es una maravilla. Adentro nuestro sentimos una alegría que desborda.

Tengo que llegar a Riberalta para no fallarles a mis amigos y para no faltar a mi cita con Catu. Lo pienso y me río. No sé cuántas ganas de verla tengo… Tal vez no tantas como imaginaba al chatiar con ella: las mujeres siempre se enamoran de quienes tienen historias para contar. Tal vez tenga muchas ganas de conocerla, tal vez muchas ganas de contarle historias. No lo sé. Me ha pasado de conocer a mujeres que proyectan… pero que después no se mueven de la comodidad de su casa. Yo busco otra cosa. No lo he encontrado y tal vez nunca lo haga (algunas veces me resigno), pero ya no perderé tiempo en convencer a nadie de que se una al estilo de vida que he elegido. Por eso no me ilusiono tanto con Catu: si está: buenísimo, vale la pena jugársela por alguien que te espera al encuentro en la capital de la amazonía boliviana. Si no está, que es lo más probable, no me sentiré defraudado.

Leonardo Ferreyra, un amigo mío, me contaba de la existencia de dos mujeres hermosas que remaban en una piragua y que a nada le temían… que se metían en lagunas espantando las rayas, que no les importaba si tomaban mate sentadas al lado de una yarará, que remaban por horas buscando en las costas un lugar sin gente, que no tenían que volver a ninguna hora en especial, que eran solteras y hermosas. Después empecé a escuchar, de boca de otros personajes del río, los relatos acerca de las mismas y extrañas mujeres. Una era rubia, la otra morocha. A la rubia ya la había visto varias veces. Su nombre era Agustina y compartí varios campamentos con una hermana suya. A la morocha jamás, así que empecé a construir el personaje ideal a partir de ese ser que desconocía por completo.

No recuerdo dónde lo oí —tal vez en el programa del Negro Dolina—, pero sé de la historia de un hombre que se enamora, por relatos que le traían los cruzados que viajaban a oriente, de una mujer que nunca vio y que vivía en un país muy lejano al suyo. Este hombre, cada vez que llega un nuevo viajero desde aquellas regiones, preguntaba desesperado si había visto a tal mujer y si era real esa mentada belleza que todos cuanto había visitado esa zona referían. Cada testimonio aumentaba el sentir del hombre hacia la moza, pues no había quien viajara a esas regiones y no quedara deslumbrado por la muchacha. El hombre, entrado en años y perdidamente enamorado de una mujer que nunca vio, por fin se decidió a viajar para conocerla personalmente. Ya estaba muy enfermo y, al llegar delante de la mujer, murió en paz por haber visto con sus propios ojos a quien lo había mantenido enamorado durante tantos años. Con esta remadora morocha me pasaba algo por el estilo: los que la habían visto decían que era hermosa, valiente, independiente, amante de la naturaleza, que disfrutaba de estar en medio de una tormenta, que odiaba a los hombres estúpidos, que se llenaba de olor a monte sólo por gusto, que sólo navegaba por lugares alejados donde nadie pudiera molestarla. Y no podía ser de otra manera: yo me enamoré de ella sin haberla conocido. Llegué a pensar que no podría ser real, que el acetil salicílico, de tanto aspirar humo de sauce, habría producido en mis amigos un efecto colateral que los hacía ver alucinaciones. Hernán Dacharry, otro kayakero de los míos, me aseguró que eran reales las historias que se decía sobre la moza. ¡Changos! ¿De verdad, Hernán? Sí, del Río, y también es comunista. No podía creerlo… debía ser una mujer como todas las otras, pero entusiasmada con el kayakismo y soñando con románticas ideas emancipadoras, pero no… Yo trataba de pensarla sólo una amiga de Agustina. Ellos me decía que no… que era increíble. Yo insistía en mi negativa: «en algún momento todas las mujeres entregan el personaje».

El 22 de septiembre, un día después del último equinoccio, había amanecido con un pampero muy bravo. Quise llegar a un paso del río que llamamos los Meones, pero me fue imposible por el viento cruzado que tiraba mi bote contra las empalizadas de la costa. El pampero estaba indomable y pensé que lo mejor sería regresar hasta el arroyo que había pasado momentos antes. Cuando ya estaba pronto a entrar en el cauce de aguas calmas, veo la fantasmal figura de mis desvelos: Sí… era la mentada piragua azul con las dos mujeres de las leyendas kayakeras. La embarcación trepaba las olas gigantescas, quedaba suspendida en la cresta por instantes eternos de tiempo y volvía a caer en el lo profundo y frío del valle para desaparecer completamente, antes de iniciar una vez más el ciclo. Nunca vi a una embarcación de ésas luchar de una manera tan aguerrida contra una marejada de esas magnitudes. Al final ella era real… Pude ver que una de las palistas era la morocha. Existía. Desde ese 22 de septiembre no he podido dejar de pensar en la piragüera. Incluso mi relación de casi tres años sucumbió después de este encuentro…

Desde ese día me di cuenta que anda por ahí una mujer para cada hombre. Pienso en esa morocha y me retuerzo por el dolor lindo en la panza.

Imaginaba que Catu no iba a llegar a Riberalta, entonces sí quise que llegara…

Qué maravilloso es ver al micro arrancar. Chau Rosario, chau Ibarlucea, adiós la Salada y Salto Grande… Ya nos fuimos. En realidad el viaje empezó mucho antes: cuando miraba las imágenes satelitales, cuando buscaba música y fotos de los sitios a los que queremos llegar. Entonces ya estaba viajando. Pero ahora se vuelve tangible.

Después de algunas horas salimos de la provincia de Santa Fe.
Tengo mucho tiempo para escribir arriba del colectivo. Me gusta. Cuando escribo en la computadora me muevo en un movimiento como si supiera tocar al piano: en un lento bamboleo lateral siguiendo alguna melodía imaginaria. Cuando lo hago en el cuaderno estoy más quieto, y más aún cuando lo hago sobre un vehículo que tiembla y se mueve en toscas ondas verticales por los dibujos irregulares de la ruta.

En Pintos, Santiago del Estero, hace mucho calor. Uff… Llegamos a la Terminal de esta localidad cerca de la una. Gente con calor. Con Paolo nos hacemos los vivos y nos ponemos al sol… la gente nos advierte de que es peligroso, y nos dicen que hay perros malos y sueltos en las afueras de la Terminal. ¿? No importa, le dije. Saquémonos una foto al sol meridiano de Santiago del Estero.

Paolo Cardozo pintos santiago del rio

Vuelta a la ruta. El monte es enorme… infinito. Gigante el monte. El calor traspasa vidrio del colectivo y la calefacción no sirve con la siesta del chaco santiagueño.

Las vaquitas son ajenas, cantaba el maravilloso Don Atahualpa… que pena. Hay muchas vacas.

Llano… liso… para que uno grite y nadie oiga. Palos duros, distantes, que llevan cables paralelos a la ruta que cuelgan al infinito.

Áspero.

En cada poste un cotorral —¿serán nidos de cotorra?—. De tanto en tanto «pare, mire, escuche» ocultos por el óxido. Cruces de San Andrés se muestran en los carteles de esos caminos solitarios y polvorientos, perpendiculares a la ruta y a la vía que no ha dejado de copiarnos la travesía nuestra.
Hasta las nubes se deshidratan por el calor… Queda apenas un vestigio de esa gran tormenta que mojó todo nuestro viaje, pero ahora desaparecen. Ha llovido mucho este año, pero poca humedad se ve por estos lados. Canta el viejo Carabajal:

En mi pago cuando llueve
siempre nos llueve lo justo;
cuando me vaya pa’l cielo
vu’ hacer llover a mi gusto.

Pigna, Bécquer, el entrerriano Borja. Nos acompañan unos cuantos y gritan desde adentro de los libros que cargamos en las mochilas.

El monte es infinito. El chaco santiagueño es gigante.

Todo el mundo se volvió gigante. Ya no vemos el mundo desde arriba, desde el Google Earth. Desde adentro se ve infinito. Impenetrable. Desde la computadora parece tan chiquito.

Las nubes desaparecen.

Hay vagones sueltos en los tramos de vías que quedaron junto a la principal.

paolo cardozo santiagodelrio

Cactus enormes se ven en Santiago del Estero. Sal de a ratos. Aguadas remotas… muy remotas en los campos. Vendo alfalfa. Casas solitarias y dispersas en el medio del monte. Se ven algunos huairamuyos —remolinos— en los descampados, Antonio Gil no está ausente y aparecen sus oratorios de banderas coloradas…Y los cotorrales… uno en cada poste. Han pasado mil postes… han pasado mil nidos.

La ruta 34 es hermosísima.

De la tormenta santafesina sólo quedan tristes cúmulos de algodones pequeños que se juntarán, lejos, tal vez, para bendecir lugares muy distantes de aquí. Las nubes se desvanecen.

Ranchos pobres. Hay un desarmadero de chatarra en el monte.

Dos caballos con las manos atadas agonizan el calor a pequeños saltos. Pocas veces he visto estas imágenes tan crudas.

14:30 y la siesta santiagueña.

Pasa el tiempo… sigue el monte. Calor.
De las nubes nada ha quedado.

El protector de pantalla del DVD del micro rebota una marca contra los bordes del monitor. Pero el rebote jamás da en un vértice exacto. Siempre le pasa cerca por poco. Es como la hoja de Bécquer ¿Quién sabe dónde caerá?

Hoja que del árbol seca
Arrebata el vendaval
Sin que nadie acierte el surco
Donde a caer volverá.

Creo que si algún día el chofer se olvidara de apagar el DVD, y la marca que rebota en el protector tocara un vértice de la pantalla, el mundo se acabará con todos sus seres en él. Todo el planeta depende de cómo rebote la marca en el protector de pantalla. Con Paolo estamos hipnotizados y pensando pelotudeces. No podemos dejar de observar esa pantalla en espera, que espera una señal desde la cabina del chofer.

¿Queremos ir al Amazonas? Qué lejos que estamos.

Una chica tan antipática como bonita —no sé dónde habrá subido— se sentó en el asiento anterior al mío, al lado de Leonardo Ferreyra. Estamos en la planta baja. Yo en la ventanilla del último asiento, junto a Paolo. Ferreyra me pide que le saque una foto a la muchacha. Lo hago mientras ella duerme. El bioquímico de barrio Refinería está emocionado. Parece un adolescente que no sabe cómo empezar una conversación. Ella se ve molesta por nuestra presencia… Ja, ja.

sentada junto a pato santiago del rio

La capital santiagueña nos encontró cantando «Sobre el puente carretero». Llevo la guitarra y empezamos a tocar en el micro. Primero despacio, pensando que podemos molestar a alguien… pero, como nadie dijo nada… Hicimos un mini recital que alternó entre ritmos folclóricos y rockeros.

Una tormenta se forma cerca de la ciudad. El cielo se oscurece de nubes. Saliendo de Santiago nos encontramos con un campo donde se cosechan bolsitas. Mugre.

Abrí los ojos en San Miguel de Tucumán. Son las 16:30.

En la Terminal, una chica quiso subir un perrito. El animalito estaba nervioso: hizo caca adentro y empezó a llorar. Chofer enojado. Olor.
La chica prefirió bajarse y perder el colectivo. Pocas veces he visto estas imágenes tan tiernas hacia los seres de luz que son las mascotas. Sigue el viaje: Adiós capital tucumana.

Muy bellas las montañas, las nubes vuelven a tener agua y el atardecer es maravilloso.

Cena. Sueño.

PARA SEGUIR LEYENDO ESTE DIARIO DE VIAJE:

http://santiagodelrio.wordpress.com/amazonia/


3 Respuestas a “arara de mara 23-12-2007”


  1. Julio 9, 2009 a las 00:49 p07

    Qué bonita historia de amor!!! Aunque solemos idealizar a veces a aquellos a los que no conocemos y despiertan esa chispa sin saber porqué en nosotros…

    Un besito!!!

  2. Julio 10, 2009 a las 00:49 p07

    Esta historia es magnífica!
    Hasta el próximo jueves!

    Un beso.

  3. 3 Wally
    Octubre 18, 2009 a las 00:49 p10

    Mi Madre Santiagueña (falleciò el 26 de Agosto de 2006) y mi viejo Entrerriano (falleciò el 2 de Octubre de 2005)……esta historia me toca de cerca.
    Ella era de la zona que mencionas Bandera,Pintos,Tomayùn,los Gurises,…….naciò en la selva negra.
    Hasta Mañana.
    Wally


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TAPA DEL LIBRO SANTIAGODELRIO Todos éstos están ahora atrapados en nuestro remanso costero:

«La caza es sólo una denominación cobarde para un asesinato especialmente cobarde de criaturas sin posibilidades. La caza es una forma secundaria de enfermedad mental humana». Teodoro Heuss.

Que nuestros humedales no sean transformados en una pampa ganadera.

Quema de pastizales

«El fuego quedó prendido, como testigo nuestro ... en silencio, contrarestrando los escopetazos de los bobos que todavía van a cazar algo cuando no necesitan de eso para vivir ... quitando una vida inutilmente.

Cuando era chico me gustaba cazar a mí también, hasta que traté que una perdiz levantara vuelo para tirarle y, como no subía a pesar de mis pisotones al suelo, al acercarme me di cuenta que tenía cría abajo ... nunca más le tiré con algo a un ser vivo.»

Capitán Martín Burbuja.

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A diferencia de los soldados, que en la mayoría de los casos tienen ante sí a un enemigo con iguales posibilidades, el cazador es especialmente cobarde: él dispara sólo cuando la víctima no se puede defender.

Que el hombre se atribuya el derecho de matar por diversión a seres vivos que sienten y que perciben el dolor igual que él, es algo absolutamente miserable.

Los cazadores futivos están acabando con la fauna nativa. No les sigas la fiesta a los matadores de carpinchos. Defendé nuestros recursos.

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