
DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 6 DE ENERO DE 2008.
La guitarra se deshacía por la humedad de tanta lluvia. Nos habíamos olvidado de guardarla. Ahora eran sólo partes de madera que nos servían para encender un fuego. La pava estaba arriba de las llamas que salían de las maderas ardidas.
Otro sueño horrible. La pesadilla es un estado natural en mí. En mi ciudada, en Rosario, sólo puedo dormir a la noche si tengo una radio prendida y escucho un locutor hablando.
La carpa está toda húmeda: ha llovido mucho esta noche. Los mosquiteros están negros de zancudos vivos, y esa imagen no estimula en absoluto a levantarse y dejar el reparo de la carpa. Paolo Cardozo sigue durmiendo. Noto que varias veces me despierto a la noche para apagarle la linterna. Parece que se despierta, prende la luz, y se vuelve a dormir. Afuera, unos gatitos corren a los pollos. El patito de Facundo Santoro no se oye.
Estaba pensando en Catu. Creo que ya me habrá olvidado… Antes de partir con la canoa, mientras revisaba mi correo en un cyber de Rurrenabaque, le he pedido a mi amigo Calixto que la convenciera de ir a Rosario. No creo que vaya. Ella no es lo que yo esperaba. Y está bien que así sea… Está bien que ella sea auténtica y no deje modelarse por idiotas como yo. Le he dicho a Catu que estaba enamorado de ella. Creo que me apresuré en manifestarle mis sentimientos.
Subió harto el río y Arara quedó flotando, al igual que la canoa de Nelson Chávez. Por suerte estaban bien amarradas a unos alisos.
Tengo diarrea. Otra vez a la letrina. Ahora sí sentí muy mal olor.
La gente del Beni no caza capibaras porque dejan mal olor. Una vez un brasilero le pidió a Nelson Chávez que le cazara uno y nuestro amigo lo hizo: prometió no volver a matar otro. Asegura que hasta el día de hoy le ha quedado el tufo en el mango del facón.





Partimos temprano de Puerto Salinas. Hoy remaríamos muchas horas. Quedan muy pocos bancos de arena y barro. Hace calor.
Escuchamos también a los monos carayás aullando desde la selva. Es impresionante cómo gritan.
Remamos a buen ritmo. De uno de los bancos donde paramos, el Consejo de Ancianos recogió barro para armar una cocina sobre la canoa. Justo antes de la bancada del timonel —que seguía siendo Facundo Santoro— ysobre el fondo de la canoa, acomodaron la tabla de madera que habíamos conseguido. Arriba de la tabla, moldearon con barro un contrapiso de unos 10 centímetros de altura. Cuando la obra de alfarería se secara, tendríamos una cocina sobre la Arara de Mara.
El sol estuvo fuertísimo. Jugamos mucho en los ratos en que no remábamos. Clavados al agua, persecuciones alrededor de la canoa, búsquedas de los agujeros por donde seguía filtrándose el agua —eran cientos y cada vez que se encontraba uno nuevo recordábamos a la madre de Mario Pimentel—. Comimos fruta ese día. Algunas bananas del cacho gigantes empezaban a mostrar un color más amarillento. También teníamos los mangos —acá les llamamos mangas—. Qué rico. No son como los que uno puede conseguir en una verdulería de Rosario: éstos tienen la parte carnosa como si fuera de una fibra y, al comerlo hasta el carozo, éste pareciera quedar todo peludo. Riquísimo.
Pasamos de largo la comunidad de Soraida.
Remamos muchas horas. Hizo mucho calor. Las serranías de Rurre casi no se ven. Estamos a unos 50 kilómetros, según el posicionador satelital.
El patito de Facundo Santoro se cansó de nosotros: se tiró al agua cerca de una barranca. Había una gran corredera ahí y no pudimos voltear para recuperarlo. Nadó hacia una empalizada y ya no lo vimos. El patito ganaba la selva. ¿Cuánto podría sobrevivir?









A la tarde dimos con la comunidad de Cachichira.
Nos recibió un hombre llamado José. Apenas llegamos, ya empezó a actual como el más capito, dándoles órdenes a su mujer y a unos niños que estaban por ahí. Hablaba, hablaba, hablaba. A pesar de su soberbia era muy atento con nosotros: nos dio una papaya gigante y nos invitó a comer esa noche en su casa. Nos contó que en Cachichira hace filantropía un grupo español llamado A.E.S.I., que les enseñan a trabajar el campo.
José nos habló sobre los fantasmas que habitan en el Beni: la sicurí, que es la serpiente gigantesca de veinte metros de ancho y 80 centímetros de grosor, que dibuja los grandes remanos en las curvas abiertas del río. La pucarara, que es una víbora de 6 metros que salta y canta. Ésos no son animales: según José son fieras. El caipi o paiche es un pez gigantesco y carnívoro, que come personas.
Hay un loro muy pelador. Con Leonardo Ferreya fuimos a molestarlo. Lo corremos con una ramita y nos amenaza.
Armamos las carpas en el pasto que está entre la primera construcción de la comunidad y el río.










Cada uno escribe su nombre. Santiago – Sheyla – Idmar – Paolo – Arará —a la canoa se lo tuve que escribir yo—.
Es de noche. Comemos en la casa de José. Sigue con sus monólogos de sabiduría. La gente de más abajo es muy mala; tengan cuidado. En especial la gente de Carmen de Lenero —¿se escribirá así, o será Carmen del Enero?—. A José le inquieta saber qué hay después de la vida, y nos pregunta a nosotros si tenemos alguna idea de ello. Las respuestas nuestras son de lo más variadas. Pero en una cosa estamos de acuerdo: todos en la mesa hemos dejado de creer en el Dios de las imágenes cristianas. ¿Estaremos errados? No me animo a hacer ningún juicio en ello… Iván fue un cristiano muy luchador por su fe hasta que enfermó su madre, y empezó a sentirse alejado de su Dios al punto de ser brasa sola que se apaga del todo. Facundo Santoro también tuvo su época de creyente, pero a él los vicios de la iglesia lo hicieron alejarse de la fe. Leonardo Ferreyra es agnóstico, pero cree en la Gran Madre, en San la Muerte y en el Gauchito Gil.
José y su mujer acuerdan con las políticas a favor del campesino, que lleva adelante Evo Morales.
José vivió muchos años en la zona de Trinidad, cerca del río Mamoré, pero tuvo que emigrar para estas regiones por problemas con la ley.
A dormir.





Santiago prometo tomar como lectura de cabecera tu vivencia.
Hijo del Viento.
como siempre muy bueno, me gusta leer todo lo que escribis y me mori de amor cuando lei lo que le escribiste a Katu eso que decia algo asi “esta bien que ella sea autentica y no se deje moldear por un idiota como yo”, muy dulce.
Gracias por tomarte el trabajo de leerlo, Patri. Un abrazo grande.