
DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 9 DE ENERO DE 2008.
Los caimanes no me dejaron dormir. Creo que conversan con Arara. Uno parece hablar desde al lado de la carpa, del lado de Paolo Cardozo. Dos veces tuve que apagarle la linterna a mi compañero. Él la prende cuando está asustado por la noche, para eliminar las siluetas del exterior y se queda dormido otra vez, con la luz … encendida. Pobre Paolo Cardozo. Dormir en la selva es hermoso pero da un poco de miedo. Estamos acostumbrados a acampar en todos lados, pero este lugar nos supera.
Amanece nublado y cargado de humedad el aire. El sol apenas se asoma. Hace calor. Tomamos unos mates y noté que todos estábamos agotados. Creo que nadie durmió bien anoche. Hablamos poco, lo mínimo y lentamente desarmamos el campamento para seguir.
Iván Machado otra vez protestó porque Facundo Santoro le apagó el fuego con la meada. Iván perdió un cuchillo cuando subía a la canoa. El lugar se llevaba la segunda faca. Dijo que Teresa se la había regalado. Músico picarón.








Facundo Santoro sigue al timón pero se lo ve cansado y casi no rema. Los remansos varias veces nos arrojaron contra las empalizadas llenas de tortugas.
Tomamos mate toda la mañana, mientras el Beni nos arrastraba aguas abajo. El Consejo de Ancianos nos pasaba el termo chiquito de acero de Leonardo Ferreyra y ellos se cebaban directamente de la pava sobre las brasas.
Facundo Santoro apagó el fuego que Machado había iniciado sobre Arara para calentar la pava, y el músico volvió a enojarse con el poeta.
Se está armando una tormenta al sur y otra al norte. El día está muy pesado y cada vez que se asoma el sol nos calcinamos. Llegamos a la comunidad de Carmen del Emero —al finar era así cómo se escribía—. Recuerdo a José, el hombre de Cachichira, que nos había advertido que la gente de este lugar es dañina y ladrona. Estábamos un poco sugestionados. Como siempre, nos recibieron los niños. Eran muchos y saltaban al agua desde la barranca, tratando de impresionarnos. Son hermosos. Los niños son lo mejor de la vida.


























Yo tomé la punta y me fui a caminar por la gran comunidad. Le pregunté a una señora por un almacén y me dijo que estaba un poco más adelante. Llegué… llegamos… compramos de todo: gaseosas frías, galletas dulces y saladas, comida, caramelos, ¡¡un insecticida!! Facundo Santoro dijo que éramos unos ridículos por llevar uno. Compramos y compramos y compramos. Iván Machado consiguió toronjas en la casa de un aldeano. Cuando volví a la canoa vi que algunos niños estaban mirando con mucha curiosidad lo que llevábamos. Danos guineos, me dijo uno. Esas bananas son mías, le retruqué. Queremos guineo. Danos. Bueno, pero ustedes esperen lejos de la canoa. ¿Por qué? Porque llevamos una pucarara debajo de los equipajes. Según la tradición del Beni, la pucarara canta y corre. Los niños tuvieron miedo. ¿Y no les hace nada a ustedes? Mirame a los ojos, le dije a uno, mirame bien… qué ves. Usted tiene ojos de gato, me dijeron todos. Soy encantador de serpientes, les dije. Podía decir todas esas barbaridades porque estaba solo. Iván Machado me hubiera golpeado si me oía. Soy un mago poderoso, y no me gustan los niños toquetones. Quedaron helados mirándome. Bueno… ¿quién quiere guineos? Les regalé unas diez bananas del cacho gigante y dejaron de pedirme. Para ellos esta especie de banana, tan dulce, es como una golosina. Volví a subir la barranca y les repartí la bolsa entera de los caramelos que había comprado en el almacén hacía unos minutos.




Seguimos el viaje.
Comimos sobre la canoa. Pasó una tormenta pero no llegó a apagar el fuego. Ahora se ve que otra más grande se está armando, pero todavía está lejos. Son distintas a las de nuestra zona. En el litoral argentino —de donde nosotros venimos— las tormentas son gigantescos frentes que ocupan todo el suroeste… una gigantesca sábana negra que avanza cubriendo todo. Éstas son pequeñas tormentas que van mojando por sectores. Uno ve la cortina de agua que van despidiendo desde las alturas. Son muy bonitas. Están unos minutos y pasan de largo. Oscurecen, llegan con viento —rara vez con truenos—, levantan unas olas pequeñas, hacen tremendo bochinche y al ratito otra vez está el sol calcinante.





Quínoa. Qué rico. Cuando me sirvieron el segundo plato me puse realmente contento… toqué algo duro en el fondo y pensé que había ligado un pedazo de puchero. ¿Un puchero en la selva? ¿En qué estaba pensando? Soñando que iba a chupar el agujerito del caracú, levanté la dureza que se encontraba sumergida en mi quínoa y descubrí un cráneo de mono que me miraba desde el plato. ¡Nooo! Qué impresión. Era una broma del Consejo de Ancianos. Todos reían… yo también, aunque extrañaba un buen puchero en mi olla negra. Papas, morrones, choclo, caracú, camote, zanahoria… qué lejos está todo eso…
Un sistema de nubes grande nos rodea. Estamos haciendo la digestión. La hora de la siesta. El único que permanece activo es Santoro, que va al timón. ¿Nos llegará a mojar? Conseguir un almacén nos ha alegrado a todos. Se viene oscuro, pero está tan lindo para seguir echado.
Arara esta cada vez más agujereada. Estoy apoyando la espalda en mi bancada, y por debajo de Paolo Cardozo veo las filtraciones. Los guacamayos siguen volando de a pares. Llegamos a una curva pronunciada y Santoro propuso que dejemos de remar y nos arrimemos a un claro en la costa para armar el nuevo campamento. Estuvimos de acuerdo.





Otra vez la selva impenetrable. Estábamos en la limpiada que había creado la sombra de un árbol gigantesco que ya no está, que el río se devoró como a Nininha. Preocupaciones otra vez: estábamos en la parte externa de la curva, donde el río no aluviona y golpea socavando. Todo el tiempo caían pedazos de barro al agua. El río comía y comía. Recuerdo una vez que mi hermano estaba tomando mates en una limpiadita cercana a Rosario, en el Paraná, a la que llamábamos «el Hornito». Como acá, allí el Paraná golpeaba con fuerza. Mi hermano sintió el ruido de raíces quebrándose, caminó hacia atrás, y vio cómo unos cinco metros de tierra se desprendía, con árboles incluidos, perdiéndose en el fondo del río. Casi se va al fondo.
Se acerca una gran tormenta. Oscurece. Armamos la carpa y un alero por la lluvia. Llueve. Cayeron dos árboles al río. Uno en cámara lenta y el otro con violencia y muchísimo ruido. Comimos charque y, de postre, una leche condensada que conseguimos en el almacén de Carmen del Emero.
El espacio es muy pequeño y algunos tenemos que cagar. Dónde hacer caca si no hay casi espacio en la limpiada. Yo subí a Arara y me colgué de una bancada, con el culo afuera. Facundo Santoro tomó un remo Pimentel, hizo caca arriba de la pala y la quemó. Qué asquete.
A la carpa, a dormir. Cayó otro árbol grande cerca. Dejó de llover. Escucho los caimanes lejos esta vez. Tengo mucho olor a sucio, pero la herida en la rodilla dificulta el lavado. Duele.
Facundo Santoro recitó una poesía muy hermosa sobre una mujer que camina sola por la selva, que en este texto representa la vida… No es fácil para este género que no termina de imponerse frente al masculino… No la recuerdo, debí haberla grabado. Cuando lo oía pensaba en Vero de La Paz, esclava del barbudo… Qué raras son las mujeres.






Los que se animan a levantar su voz