DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 14 DE ENERO DE 2008.
Venecia no es como lo imaginaba. El agua es transparente y los manguruyúes y surubíes nadan cerca de la superficie. Arara entraba a uno de sus canales y decenas de mochileras hermosas, desde sus costas endurecidas de ladrillos de piedras, nos sacaban fotos; otras mujeres, más lindas que las primeras, levantaban banderas con los colores de Rosario Central. Entre las mochileras estaba Catu. Ella, celosa, las corría a todas las otras con un remo Pimentel. Al fin llegaste, me dijo. Estuve dos años acá, esperando que cruzaras todo el mar. Las mochileras volvieron en avalancha y empujaron, tirándola al fondo del canal. Catu se hundía y una pelirroja linda como el fuego me ayudaba a bajar de Arara, abrazándome y gritando «hurras» por lo que habíamos logrado.
Pero entonces cantó un gallo al lado de la carpa. Kikirikiiiiiii!!!! No puede ser… Abro los ojos. Estoy en el duro suelo de la carpa.
Escribo otra vez… sigue siendo de noche. No he comido. Recuerdo este extraño día increíble como doloroso.
Me desperté en la carpa por culpa del gallo que arruinó mi lindo sueño. Ya nos habían dicho Jaime y Mario Pimentel que las cambas eran hermosas. Son tan lindas. Escuché que hablaban y preparaban algo en el patio, entre las dos casas. Espié por el mosquitero y las vi: pisaban harina en un mortero de tronco ahuecado.
Nos levantamos con Paolo Cardozo para tratar de llamarles la atención. Elongábamos, hacíamos ejercicio, encendimos fuego con una chispa y soplando por la bombilla del mate, hacíamos jueguito con las toronjas caídas.
Ellas estaban ahí, golpeando el mortero hecho de una sola pieza de madera, como el fondo de nuestra Arara. Qué hermosas son las mujeres barracas.
Casi no me duele la espalda. A Paolo Cardozo, en cambio, harto le duele una de sus manos, ni siquiera puede tocar la guitarra. Yo lo cargo y le digo que es por puñetero, él dice que es por estar tantos días seguidos de timonel.
No hay mosquitos, el cielo está nublado, es una mañana maravillosa. Amanece sin sol. Una hermosura, como las cambas barracas. Es grandísima la diferencia, a simple vista, entre cambas y collas. El colla tiene cara de sufrido, se queja mucho, pareciera que trata de darte lástima, en cambio el camba es mucho más pobre que el colla pero tiene ganas de vivir, sonríe todo el tiempo, parece mucho más feliz, aun cuando camine todo el día entre tarántulas y pucararas. Desde mi lugar veo eso.
El hombrecito padre, el que estaba peleado con los pastores, se levantó y empezó a prepara el equipo para salir a la castaña. Afilar machetes, preparar un humero, algo de comida para llevar porque la jornada es larga.
Mientras se preparaba la expedición por el pan, yo jugaba con un mono muy lindo. Nos sacamos una foto. La bestia y el mono…
Caminamos para la selva por un sendero angosto. Oscura, misteriosa, vimos una mariposa azul y gigante que dibujaba ochos en el aire, empieza a gotear algo de lluvia, a Paolo lo picó una hormiga gigante y dice que duele mucho. El hombre nos explica que para trabajar en la zafra de la almendra hay que tener cuidado con los castañazos, que son la caída del coco desde lo alto del gran árbol. El coco debe pesar medio kilo, pero cayendo a treinta metros de altura representa casi una bala de cañón. Mucha gente muere al año en la castaña. No usan casco para trabajar. Muestran como marcas de guerra las cicatrices del trabajo: a mí me dio en la cabeza, a mí en la espalda… Eligen primero los árboles altos con otros menores alrededor, para poder escuchar cuando la bala de cañón choca contra alguna ramita del árbol menor. Tip: cuando se suelta y choca una rama. Pum: cuando cae al suelo. El coco de la castaña sólo pude juntarse del suelo. Una vez caído, se lo aparta y se lo abre con el machete, para sacar la almendrita que está adentro —almendra o castaña: ellos la llaman igual—. Pasamos un árbol de la castaña pequeño, de unos cuatro kayaks de altura, pero lo dejamos atrás porque las castañas no avisan al caer y producen accidentes. Sólo hacen Pum. Éstos quedan para lo último. Llegamos a uno grande, gigante, enorme, increíble, admirable. Qué árbol. Tip, pum. Vi caer un coco. Si te pega te liquida. El hombre nos contaba sobre el árbol mientras los chicos apartaban los cocos que ya estaban en el suelo. Paolo Cardozo camina todo el tiempo con los brazos cubriéndose la cabeza. Ja, ja. Tip, pum.
Nos despedimos del hombre para volver a la comunidad de Rosario a desarmar el campamento y continuar el viaje. Nos llevó un buen rato el camino de regreso. Las hermosas cambas seguían ahí. Sabíamos que no teníamos chance con ellas porque el vector estaba entre nosotros. Pateamos unas toronjas y dijimos de hacer un partidito. Facundo Santoro y Leonardo Ferreyra contra Paolo Cardozo y yo. Pero entonces se acercó la más linda de las barracas y nos dio una pelota de goma. Sí… Fútbol, el deporte más lindo de todos, y delante de una hinchada de lujo. Colgamos los trapos —una toalla de central y una camiseta— en el árbol de toronjas y empezamos el encuentro. Arco chico con arquero volante. A diez goles.
Empezaron ganando ellos, pateando desde lejos. Nosotros éramos mejores, pero ellos tenían suerte y la metían desde su área. El equipo del Consejo nos provocaba con burlas y el cuenta cuentos se había puesto nervioso y esa situación le jugaban en contra. Yo lo alentaba a tranquilizarse, levantamos y empezamos a igualar el partido. En realidad a pasarlos por arriba, pero ellos seguían con suerte al pegarle desde lejos. 7 a 4 ganaban. Con toque y toque pudimos mostrarles cuántos pares son tres botas. Igualamos a 7, pero ellos le pegaban tanto de lejos que algunas embocaban y tuvieron suerte hacia el final, cuando se pusieron 9 a 7. Facundo Santoro quiso sacarlo a Cardozo, provocándolo con cosas como: a estos dos ya los tenemos, que pasen los que siguen, dale que es re fácil, mirá cómo sufren. Traté de calmarlo a Cardozo, que quería irse a las manos con Santoro, y tuve que tomar las riendas del partido; el juega mucho mejor que yo, pero el enojo le nublaba el talento. Le di un pase cruzado al cuenta cuentos y nos pusimos a uno. Casi ocurre el desastre, cuando Ferreyra metió un pelotazo en el palo. En una avanzada, le di un un huascazo a la pelota y la mandé a la barranca, hacia el lado donde esperaba Arara. La excusa perfecta para el Consejo de Ancianos de querer terminar el partido. Les cantábamos lo mismo que a los simpatizantes del Glaciar del Parque: no abandonés, no abandonés…No me importaban las víboras, ni las tarántulas, ni nada… Iba a encontrar la pelota como sea. Revolví yuyos y más yuyos, hasta que la hallé junto a unas plantitas espinudas. Por suerte no se había pinchado. Volvimos al partido. Empatamos a 9. Ferreyra volvió a meter un pelotazo que pasó cerca. Entonces le recé a la Santa Maradona y pudimos pagarle con la misma medicina. Le pegué desde mitad de cancha, la pasé por arriba de Ferreyra, lo agarré distraído a Santoro, y la pelota se metió en el arco. 10 a 9… le ganamos al Consejo. Juventud kayakera derrotaba a estos viejos de una logia desgastada llamada AKU.
Desarmamos el campamento.
Leonardo Ferreyra fue hasta Arara para hacer caca y volvió con la mala noticia de que una avispa le había picado en una de sus manos.
Cargamos todo en la canoa, le dimos algunos alimentos a una de las chicas cambas, y partimos. Ferreyra al timón. Cardozo había cedido el lugar por un dolor en sus manos.
Estaba pesado, la gran bolsa de mugre olía peor que nunca. Parecía que iba a armarse una tormenta enorme. Encendí el fuego, puse la pava y rogué que no se largara la lluvia… Leonardo Ferreyra estaba mal. Su mano se había hinchado mucho. Tomé por primera vez el timón. No se dan una idea de lo lindo de ver toda la embarcación a lo largo. Cómo dobla, cómo camina, cómo se mete en los remansos y cómo le cuesta salir. Es hermosa. Arara es una embarcación maravillosa. No quiero dejar de ser timonel. Y entonces llegó la lluvia. Y fue intensa. Eran las 11 de la mañana cuando empezó a caer el agua. Los derrotados del fútbol se metieron en la carpa y allí quedaron. Al principio la lluvia es linda, pero al rato se siente frío… y pasa el tiempo y el cuerpo no entra en calor… se deshizo el pilotín que me prestara Carmen, la maestra de la escuela toba. Qué lejos ha quedado esa fiesta de cumpleaños. Ahora estarían todos al sol en Rosario. Nosotros debajo de una lluvia torrencial que no se detenía. Pasan las horas, tengo hambre. No quiero comer más guineos. No hay galletas, no se pude hacer una olla. Ni unos mates. Tengo hambre. Qué feo es ser timonel en un día como el de hoy. Estuve todo el día, sin detenerme un segundo, al mando del timón bajo la lluvia. Leonardo Ferreyra y Facundo Santoro duermen bajo la carpa de Arara. Perdedores… Qué envidia que les tengo.
Pasaron las horas y la lluvia no se detuvo.
La carpa sobre Arara estaba llena de unos tabanitos que en nuestra región llamamos viuditas. Pican y fuerte.
Buscamos alguna comunidad o una limpiada en la selva donde parar, pero no hay nada. Es todo monte, esperamos encontrar algo atrás de cada curva, pero sólo vemos selva impenetrable. No hay dónde bajar. Cae la tarde y le levanta la noche.
Coca y banana. Tengo hambre.
Está oscureciendo. No podemos dormir sobre Arara, tampoco navegar de noche, porque algún árbol a la deriva puede destruir nuestra embarcación. Imagine el lector a un árbol de treinta metros y cuatro metros y dos metros de diámetro golpeando nuestra vieja canoa en algún remanso o agarrándonos de atrás en una corredera. Por el Paraná casi no derivan árboles; muy pocos: sólo cuando hay creciente. Acá desfilan uno tras otro. Algunos son tan enormes que uno se puede parar arriba mientras éste avanza. Así viajan los rayadores. El problema es que muchas veces el Beni se pone más playo y, al ser fuerte su correntada, en lugar de trabar el árbol en el banco, hace que éste gire, haciendo que las ramas de su copa golpeen de forma violenta en el agua.
Pasaron ocho horas y la lluvia no ha cesado. Estoy congelado y está oscureciendo. No hay señales de limpiada o civilización en las márgenes. Todo selva.
Ha llegado la noche. Llovizna. Noto una gran preocupación en el Consejo de Ancianos. Santoro piensa que lo mejor sería abrir un lugar en la selva, a fuerza de machetazo. Nuestra situación es complicada.
De pronto una señal: Me parece, grité, que hay algo en la banda, crucemos. ¿Estás seguro? Creo que sí. Pero si no se ve nada. Me parece que vi algo; rememos más fuerte, que la corriente es mucha. ¿Cómo sabés que hay algo? Porque vi una línea horizontal a media altura entre el río y los árboles. Eran sólo siluetas porque era de noche, pero en el movimiento, al moverse la imagen de uno de los árboles, vi pasar la línea horizontal que un momento después quedó oculta por otro árbol. Yo estaba seguro de haber visto algo… no existen las líneas horizontales en la naturaleza a menos que sean horizontes. El Consejo me hizo caso y emprendimos el cruce a la banda.
Resultó que la línea horizontal no era otra cosa que el techo de una construcción. Gritábamos de la alegría. Al acercarnos vimos una lamparita encendida.
Llegamos a la costa. Bajamos. Santoro corrió a pedir permiso para quedarnos a la noche. Hacía mucho frío. Tuve que saltar un buen rato en el barro para que mi cuerpo se aclimatara.
Santoro volvió embarrado —se había caído en el camino— y nos trajo la buena noticia.
Estaba oscuro, pero seguimos un camino que nos llevó a un portón de madera. Caminamos por un patio limpio y llegamos a la casa. Estaba elevada, era muy grande y tenía el baño adentro. Tres hombres jugaban con dados en una mesa. Una mujer entraba y salía de la gran habitación. No hay comida, nos dijo Santoro, pero podemos dormir bajo este techo. Me siento mal… tengo hambre, estoy cansado. Todo hablan pero yo no escucho. Anoto en mi cuadernito anillado algunas cositas sobre lo que vivimos hoy. Acomodamos las bolsas de dormir en el suelo de la habitación. Santoro y Machado juegan a los dados con los parroquianos. Santoro les enseña un juego. Ellos ríen mucho. Qué linda es la gente de Bolivia. Tienen un paquete de galletitas sobre la mesa. Se los robaría. Escucho caimanes cerca de la casa. Santoro les pregunta… No son caimanes, son ranas. Entonces la otra noche, en la entrada de la laguna, habíamos sido asustados por ranas. Tengo sueño… y hambre.


























































































































Los que se animan a levantar su voz