Archivos para la Categoría 'Cuentos del AKU'

10
Dic
09

arara de mara 14-01-2008

arara de mara

DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 14 DE ENERO DE 2008.

Venecia no es como lo imaginaba. El agua es transparente y los manguruyúes y surubíes nadan cerca de la superficie. Arara entraba a uno de sus canales y decenas de mochileras hermosas, desde sus costas endurecidas de ladrillos de piedras, nos sacaban fotos; otras mujeres, más lindas que las primeras, levantaban banderas con los colores de Rosario Central. Entre las mochileras estaba Catu. Ella, celosa, las corría a todas las otras con un remo Pimentel. Al fin llegaste, me dijo. Estuve dos años acá, esperando que cruzaras todo el mar. Las mochileras volvieron en avalancha y empujaron, tirándola al fondo del canal. Catu se hundía y una pelirroja linda como el fuego me ayudaba a bajar de Arara, abrazándome y gritando «hurras» por lo que habíamos logrado.

Pero entonces cantó un gallo al lado de la carpa. Kikirikiiiiiii!!!! No puede ser… Abro los ojos. Estoy en el duro suelo de la carpa.

Escribo otra vez… sigue siendo de noche. No he comido. Recuerdo este extraño día increíble como doloroso.

Me desperté en la carpa por culpa del gallo que arruinó mi lindo sueño. Ya nos habían dicho Jaime y Mario Pimentel que las cambas eran hermosas. Son tan lindas. Escuché que hablaban y preparaban algo en el patio, entre las dos casas. Espié por el mosquitero y las vi: pisaban harina en un mortero de tronco ahuecado.

Rio Beni bolivia barracas

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Nos levantamos con Paolo Cardozo para tratar de llamarles la atención. Elongábamos, hacíamos ejercicio, encendimos fuego con una chispa y soplando por la bombilla del mate, hacíamos jueguito con las toronjas caídas.

Ellas estaban ahí, golpeando el mortero hecho de una sola pieza de madera, como el fondo de nuestra Arara. Qué hermosas son las mujeres barracas.

Casi no me duele la espalda. A Paolo Cardozo, en cambio, harto le duele una de sus manos, ni siquiera puede tocar la guitarra. Yo lo cargo y le digo que es por puñetero, él dice que es por estar tantos días seguidos de timonel.

No hay mosquitos, el cielo está nublado, es una mañana maravillosa. Amanece sin sol. Una hermosura, como las cambas barracas. Es grandísima la diferencia, a simple vista, entre cambas y collas. El colla tiene cara de sufrido, se queja mucho, pareciera que trata de darte lástima, en cambio el camba es mucho más pobre que el colla pero tiene ganas de vivir, sonríe todo el tiempo, parece mucho más feliz, aun cuando camine todo el día entre tarántulas y pucararas. Desde mi lugar veo eso.

El hombrecito padre, el que estaba peleado con los pastores, se levantó y empezó a prepara el equipo para salir a la castaña. Afilar machetes, preparar un humero, algo de comida para llevar porque la jornada es larga.

Mientras se preparaba la expedición por el pan, yo jugaba con un mono muy lindo. Nos sacamos una foto. La bestia y el mono…

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Caminamos para la selva por un sendero angosto. Oscura, misteriosa, vimos una mariposa azul y gigante que dibujaba ochos en el aire, empieza a gotear algo de lluvia, a Paolo lo picó una hormiga gigante y dice que duele mucho. El hombre nos explica que para trabajar en la zafra de la almendra hay que tener cuidado con los castañazos, que son la caída del coco desde lo alto del gran árbol. El coco debe pesar medio kilo, pero cayendo a treinta metros de altura representa casi una bala de cañón. Mucha gente muere al año en la castaña. No usan casco para trabajar. Muestran como marcas de guerra las cicatrices del trabajo: a mí me dio en la cabeza, a mí en la espalda… Eligen primero los árboles altos con otros menores alrededor, para poder escuchar cuando la bala de cañón choca contra alguna ramita del árbol menor. Tip: cuando se suelta y choca una rama. Pum: cuando cae al suelo. El coco de la castaña sólo pude juntarse del suelo. Una vez caído, se lo aparta y se lo abre con el machete, para sacar la almendrita que está adentro —almendra o castaña: ellos la llaman igual—. Pasamos un árbol de la castaña pequeño, de unos cuatro kayaks de altura, pero lo dejamos atrás porque las castañas no avisan al caer y producen accidentes. Sólo hacen Pum. Éstos quedan para lo último. Llegamos a uno grande, gigante, enorme, increíble, admirable. Qué árbol. Tip, pum. Vi caer un coco. Si te pega te liquida. El hombre nos contaba sobre el árbol mientras los chicos apartaban los cocos que ya estaban en el suelo. Paolo Cardozo camina todo el tiempo con los brazos cubriéndose la cabeza. Ja, ja. Tip, pum.

Rio Beni bolivia barracas

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Nos despedimos del hombre para volver a la comunidad de Rosario a desarmar el campamento y continuar el viaje. Nos llevó un buen rato el camino de regreso. Las hermosas cambas seguían ahí. Sabíamos que no teníamos chance con ellas porque el vector estaba entre nosotros. Pateamos unas toronjas y dijimos de hacer un partidito. Facundo Santoro y Leonardo Ferreyra contra Paolo Cardozo y yo. Pero entonces se acercó la más linda de las barracas y nos dio una pelota de goma. Sí… Fútbol, el deporte más lindo de todos, y delante de una hinchada de lujo. Colgamos los trapos —una toalla de central y una camiseta— en el árbol de toronjas y empezamos el encuentro. Arco chico con arquero volante. A diez goles.

Empezaron ganando ellos, pateando desde lejos. Nosotros éramos mejores, pero ellos tenían suerte y la metían desde su área. El equipo del Consejo nos provocaba con burlas y el cuenta cuentos se había puesto nervioso y esa situación le jugaban en contra. Yo lo alentaba a tranquilizarse, levantamos y empezamos a igualar el partido. En realidad a pasarlos por arriba, pero ellos seguían con suerte al pegarle desde lejos. 7 a 4 ganaban. Con toque y toque pudimos mostrarles cuántos pares son tres botas. Igualamos a 7, pero ellos le pegaban tanto de lejos que algunas embocaban y tuvieron suerte hacia el final, cuando se pusieron 9 a 7. Facundo Santoro quiso sacarlo a Cardozo, provocándolo con cosas como: a estos dos ya los tenemos, que pasen los que siguen, dale que es re fácil, mirá cómo sufren. Traté de calmarlo a Cardozo, que quería irse a las manos con Santoro, y tuve que tomar las riendas del partido; el juega mucho mejor que yo, pero el enojo le nublaba el talento. Le di un pase cruzado al cuenta cuentos y nos pusimos a uno. Casi ocurre el desastre, cuando Ferreyra metió un pelotazo en el palo. En una avanzada, le di un un huascazo a la pelota y la mandé a la barranca, hacia el lado donde esperaba Arara. La excusa perfecta para el Consejo de Ancianos de querer terminar el partido. Les cantábamos lo mismo que a los simpatizantes del Glaciar del Parque: no abandonés, no abandonés…No me importaban las víboras, ni las tarántulas, ni nada… Iba a encontrar la pelota como sea. Revolví yuyos y más yuyos, hasta que la hallé junto a unas plantitas espinudas. Por suerte no se había pinchado. Volvimos al partido. Empatamos a 9. Ferreyra volvió a meter un pelotazo que pasó cerca. Entonces le recé a la Santa Maradona y pudimos pagarle con la misma medicina. Le pegué desde mitad de cancha, la pasé por arriba de Ferreyra, lo agarré distraído a Santoro, y la pelota se metió en el arco. 10 a 9… le ganamos al Consejo. Juventud kayakera derrotaba a estos viejos de una logia desgastada llamada AKU.

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Desarmamos el campamento.

Leonardo Ferreyra fue hasta Arara para hacer caca y volvió con la mala noticia de que una avispa le había picado en una de sus manos.

Cargamos todo en la canoa, le dimos algunos alimentos a una de las chicas cambas, y partimos. Ferreyra al timón. Cardozo había cedido el lugar por un dolor en sus manos.

Estaba pesado, la gran bolsa de mugre olía peor que nunca. Parecía que iba a armarse una tormenta enorme. Encendí el fuego, puse la pava y rogué que no se largara la lluvia… Leonardo Ferreyra estaba mal. Su mano se había hinchado mucho. Tomé por primera vez el timón. No se dan una idea de lo lindo de ver toda la embarcación a lo largo. Cómo dobla, cómo camina, cómo se mete en los remansos y cómo le cuesta salir. Es hermosa. Arara es una embarcación maravillosa. No quiero dejar de ser timonel. Y entonces llegó la lluvia. Y fue intensa. Eran las 11 de la mañana cuando empezó a caer el agua. Los derrotados del fútbol se metieron en la carpa y allí quedaron. Al principio la lluvia es linda, pero al rato se siente frío… y pasa el tiempo y el cuerpo no entra en calor… se deshizo el pilotín que me prestara Carmen, la maestra de la escuela toba. Qué lejos ha quedado esa fiesta de cumpleaños. Ahora estarían todos al sol en Rosario. Nosotros debajo de una lluvia torrencial que no se detenía. Pasan las horas, tengo hambre. No quiero comer más guineos. No hay galletas, no se pude hacer una olla. Ni unos mates. Tengo hambre. Qué feo es ser timonel en un día como el de hoy. Estuve todo el día, sin detenerme un segundo, al mando del timón bajo la lluvia. Leonardo Ferreyra y Facundo Santoro duermen bajo la carpa de Arara. Perdedores… Qué envidia que les tengo.

Pasaron las horas y la lluvia no se detuvo.

La carpa sobre Arara estaba llena de unos tabanitos que en nuestra región llamamos viuditas. Pican y fuerte.

Buscamos alguna comunidad o una limpiada en la selva donde parar, pero no hay nada. Es todo monte, esperamos encontrar algo atrás de cada curva, pero sólo vemos selva impenetrable. No hay dónde bajar. Cae la tarde y le levanta la noche.

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Coca y banana. Tengo hambre.

Está oscureciendo. No podemos dormir sobre Arara, tampoco navegar de noche, porque algún árbol a la deriva puede destruir nuestra embarcación. Imagine el lector a un árbol de treinta metros y cuatro metros y dos metros de diámetro golpeando nuestra vieja canoa en algún remanso o agarrándonos de atrás en una corredera. Por el Paraná casi no derivan árboles; muy pocos: sólo cuando hay creciente. Acá desfilan uno tras otro. Algunos son tan enormes que uno se puede parar arriba mientras éste avanza. Así viajan los rayadores. El problema es que muchas veces el Beni se pone más playo y, al ser fuerte su correntada, en lugar de trabar el árbol en el banco, hace que éste gire, haciendo que las ramas de su copa golpeen de forma violenta en el agua.

Pasaron ocho horas y la lluvia no ha cesado. Estoy congelado y está oscureciendo. No hay señales de limpiada o civilización en las márgenes. Todo selva.

Ha llegado la noche. Llovizna. Noto una gran preocupación en el Consejo de Ancianos. Santoro piensa que lo mejor sería abrir un lugar en la selva, a fuerza de machetazo. Nuestra situación es complicada.

De pronto una señal: Me parece, grité, que hay algo en la banda, crucemos. ¿Estás seguro? Creo que sí. Pero si no se ve nada. Me parece que vi algo; rememos más fuerte, que la corriente es mucha. ¿Cómo sabés que hay algo? Porque vi una línea horizontal a media altura entre el río y los árboles. Eran sólo siluetas porque era de noche, pero en el movimiento, al moverse la imagen de uno de los árboles, vi pasar la línea horizontal que un momento después quedó oculta por otro árbol. Yo estaba seguro de haber visto algo… no existen las líneas horizontales en la naturaleza a menos que sean horizontes. El Consejo me hizo caso y emprendimos el cruce a la banda.

Resultó que la línea horizontal no era otra cosa que el techo de una construcción. Gritábamos de la alegría. Al acercarnos vimos una lamparita encendida.

Llegamos a la costa. Bajamos. Santoro corrió a pedir permiso para quedarnos a la noche. Hacía mucho frío. Tuve que saltar un buen rato en el barro para que mi cuerpo se aclimatara.

Santoro volvió embarrado —se había caído en el camino— y nos trajo la buena noticia.

Estaba oscuro, pero seguimos un camino que nos llevó a un portón de madera. Caminamos por un patio limpio y llegamos a la casa. Estaba elevada, era muy grande y tenía el baño adentro. Tres hombres jugaban con dados en una mesa. Una mujer entraba y salía de la gran habitación. No hay comida, nos dijo Santoro, pero podemos dormir bajo este techo. Me siento mal… tengo hambre, estoy cansado. Todo hablan pero yo no escucho. Anoto en mi cuadernito anillado algunas cositas sobre lo que vivimos hoy. Acomodamos las bolsas de dormir en el suelo de la habitación. Santoro y Machado juegan a los dados con los parroquianos. Santoro les enseña un juego. Ellos ríen mucho. Qué linda es la gente de Bolivia. Tienen un paquete de galletitas sobre la mesa. Se los robaría. Escucho caimanes cerca de la casa. Santoro les pregunta… No son caimanes, son ranas. Entonces la otra noche, en la entrada de la laguna, habíamos sido asustados por ranas. Tengo sueño… y hambre.

03
Dic
09

arara de mara 13-01-2008

arara de mara

DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 13 DE ENERO DE 2008.

Barracas Santiago del Rio

Barracas Santiago del Rio

Barracas Santiago del Rio

Barracas Santiago del Rio

Hubieron ratas por la noche, deambulando por el barquito: las bananas que hemos dejado al lado de la carpa han aparecido mordidas.

El río subió y arrastra más palos que nunca.

Hizo mucho calor en las primeras horas de remo. Muuuucho. El río cambió su fisonomía: más rectos, muchos remansos y muy grandes contra las costas altas, algunos formaban grandes remolinos en la línea donde chocan las corrientes que derivan y las que se mueven en sentido contrario junto a la costa.

Pasamos el río Madidi, que nace cerca de Rurrenabaque, pero que hace un prolongada curva hacia el oeste, y vertiendo sus aguas recién aquí sobre el río Beni. Ahora a nuestra banda izquierda teníamos el departamento Pando —opositora a Evo de América—.

Barracas Santiago del Rio

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Barracas Santiago del Rio

Barracas Santiago del Rio

Barracas Santiago del Rio

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Llegamos a Cabina, una comunidad enorme, la más grande del Beni. Amarramos a Arara junto a una barranca altísima. Costó subir hasta el pueblo por el barro húmedo y colorado. Conseguimos un médico que le practicara una curación a Machado. Buenísimo. Una mujer se ofreció a prepararnos un desayuno —serían cerca de las diez de la mañana—. Qué bien. Tenía un pequeño almacén, y comimos también unas galletas dulces y varias gaseosas. En la casa, además de la mujer, había un grupo de tres varones. Nos vieron entrar y ya quisieron llamar la atención. Había uno que era el más capito y además contaba chistes: chistes horribles. Todo el tiempo contaba sus chistes, y encima sus dos amigos lo aplaudían en cada tontería. Creo que estaban ebrios.

¿Saben por qué yo he ido muchas veces a Tarija, a la frontera, pero nunca he pasado para Salta? Porque hay que entrar saltando… Por eso es Salta…

Un horror.

Barracas Santiago del Rio

Barracas Santiago del Rio

Barracas Santiago del Rio

Barracas Santiago del Rio

Barracas Santiago del Rio

Barracas Santiago del Rio

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Mientras la mujer preparaba el almuerzo, el Consejo de Ancianos fue al dispensario y Cardozo y yo tratamos de hacer una llamada. La mujer nos dijo que había un teléfono a tarjeta, y las tarjetas se conseguían acá nomás, en otro almacén.

Fuimos a buscar el teléfono, que estaba en el extremo del pueblo donde habíamos dejado a Arara amarrada. El teléfono tenía una antena enorme tipo radar, de más de un metro de diámetro en su disco, que apuntaba quién sabe a qué satélite estacionario.

Para hablar había que marcar una millonada de números, y dejaba de funcionar cada vez que una nube tapaba el celeste del cielo. Estaba lleno de nubes tapando el celeste. Puta suerte. Encima el sistema era tan lento. Paolo Cardozo me hizo señas desde afuera de la cabina —ahora caigo por qué el pueblo se llama Cabina— para que vea algo en la punta del radar. Una tarántula había nidificado en un agujero de la antena.

Se abre el cielo, tal vez tengamos cinco minutos. Millones de número… ahora el sistema me invitaba a marcar la característica: 54 para Argentina, 0341 para Rosario, y por fin el querido número de la casa de mi madre…

Pude hablar con ella. Tanto tiempo ha pasado desde que nos hemos comunicado por última vez. En la distante Rosario todos están bien. Si alguien hubiera enfermado, o muerto, sé que mi madre igualmente no me lo diría… «Que los muertos entierren a sus muertos», dijo el Señor Jesús. Nunca avisamos las cosas malas al que está de viaje: ése es un pacto de mi familia.

Paolo Cardozo trató de hablar pero fue imposible, igualmente ahora todas nuestras madres harían la cadena de la buena noticia: sus hijos viajeros estaban todos vivitos y culiando…perdón… y coleando —no olvidemos que sobra Arara está el vector—.

Me acerqué a la barranca para ver cómo estaba Arara, en el preciso momento en que un tronco gigante se dirigía justo hacia ella. Correr para sugetarla era imposible por el barro que había en el caminito para bajar. El tronco giró y enseñó una rama que pasaría por sobre la canoa, que iba directo a romper la carpa que Arará tiene en el medio. La rama ya estaba sobre la canoa, pero el tronco volvió a mecerse, haciendo que ésta pasara por arriba de la carpa, y la ranchada zafó, entonces el tronco volvió a girar hacia el lado de la canoa, y la rama golpeó varias cosas dentro de la embarcación, tirando dos remos al suelo y desacomodando todo lo que había en la sección derecha de la alacena. Bajé por la barranca para acomodar cosas que estaban sueltas y podían caer al agua si otra rama pasara sobre la embarcación. La olla al suelo, los remos, un par de tarros de plástico, el aislante que uso para sentarme sobre la bancada…

Volvimos al comedor de la señora. El chistoso se había ido —por suerte—. Comimos arroz con pollo. Muy rico. Comí mucho, terminé las raciones de Leonardo Ferreyra y de Facundo Santoro.

Partimos de Cabina. Iván Machado logró su curación, y conseguir unos calmantes y analgésicos.

Barracas Santiago del Rio

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Sigue el viaje. Pasado el mediodía cocinamos unas lentejas sobre Arara. Sigue haciendo mucho calor y el tiempo está más pesado que nunca.

A la tardecita llegamos a una comunidad muy pequeña llamada Rosario, como nuestra ciudad. Pedimos permiso para bajar las cosas ahí y no hubo problema. Nos recibió un hombre longevo, con reuma, petiso, de mirada segura y seria.

El Consejo de Ancianos permaneció con el hombre mientras nosotros armábamos el campamento, debajo de un árbol muy grande de toronjas.

El hombrecito hablaba mucho, pero lo escuchamos con atención porque una de sus hijas es realmente hermosa.

Odia a Evo por meterse con los intereses de los terratenientes; quiere lo mejor para sus hijos y nietos; trabaja en la castaña, está endeudado hasta las verijas y toda su familia tiene que ir a juntar los cocos de almendra; una mañana se desperó y dejó de creer en Dios; ese día se mamó harto con su mejor amigo, los pastores —hermanos—, desesperados, trataron de rescatarlo, pero él dejó la iglesia y volvió a su amor por el alcohol y los cigarrillos LM. Dice que no es necesario construir las casas elevadas por las crecientes sino que al ras de suelo están bien. Recuerdo la historia de Sonia, la enfermera boliviana del centro de salud que trabaja en paralelo con una de mis escuelas; su padre hizo la primera casa elevada en las márgenes del río Mamoré. Ella me dijo, antes de venir al viaje, que la gente del Beni es vaga y no le gusta hacer las cosas bien, me advirtió que las casas estaban a la altura del suelo y por eso había tanta gente evacuada en cada crecida y tanta gente padeciendo enfermedades de roedores o picaduras de víbora, pero que la gente del Mamoré es más precavida y hace sus casas como es debido. Sonia me contó que cuando su padre era viejo y tuvo que mudarse a Trinidad, también construyó su casa elevada, a pesar de estar ésta en el medio de la ciudad.

Iván Machado volvió a mentir: dijo que era padre y eso automáticamente hizo que las mujeres le prestaran mayor atención… y a nosotros que nos despreciaran. Qué raro. Por qué las mujeres prefieren a los que han dejado descendencia. Supongo que tener casi treinta años y no tener hijos es una señal de debilidad sexual.

El hombrecito —qué malo soy recordando, ¿por qué no he anotado su nombre?— dijo que mañana nos enseñaría cuál es el árbol de la castaña. Qué lindas son sus hijas. Pronto llegaremos a Riberalta. He perdido contacto con Catu, pero algo me dice que ella estará ahí.

29
Nov
09

Lo que sí

No sé explicar qué es ser kayakero. Una vez leí algo bastante interesante en el relato de Facundo Santoro: un amigo a quien persigo desde hace años para terminar la obra sobre una vieja logia llamada AKU. En su texto él se pregunta si esto del kayakismo —no canotaje— es un deporte, una actividad de recreación o un estado de búsqueda… probablemente no sea nada de eso y casi con certeza lo sea todo, y mucho más…

Cuando yo era más chico me acerqué a este mundo tan lindo y fácil de aprender, tal vez buscando el sentido de pertenencia a un grupo, tal vez para ver de cerca al Paraná: que entonces era ese misterio oscuro que encontraba al oír, en la radio de mi madre, a las voces de viento atrapadas en los payés chamameceros.

El porqué de volverme kayakero es confuso para explicarlo. Pero aquí estoy, intentándolo. Ciro Lorente: un amigo en común con los miembros del AKU —actualmente internado en un hospital psiquiátrico—, me dijo en el año 2002 eso que me cambiaría la vida y me volvería esto poco pero digno que soy ahora. Él me regaló, con esa propuesta, la oportunidad de irme alejando de forma definitiva de las necedades de los improductivos intelectuales a quienes admiraba sobre su estúpido y efímero pedestal, tan grande como una mesa de café. Bueno… dejé una pavada que habíamos puesto por nombre Saint Térrièns: la casa donde habitan nuestros alter egos y la gente famosa que se muere, y me permití superar lentamente el síndrome de Estocolmo, para por fin borrar esa vulgaridad tan ridícula de creernos poderosos e intelectuales. Ahora podía enamorarme de algo real y vivo.

Ciro Lorente me dijo ese año: «El día del equinoccio de septiembre dejaríamos todo atrás y cambiaríamos de vida». Nos iríamos a buscar un espíritu al que llamábamos «La Calma», que habíamos encontrado oculto en la poesía del finado santiagueño Jacinto Piedra.

Durante meses planeamos aquel momento. Sabíamos que a La Calma no se la encontraba de a poco, sino que se la recibía de un solo golpe. Si la hallábamos, ya sabríamos siempre donde encontrarla.

El día del equinoccio de septiembre de 2002 nos iríamos a su encuentro. Estábamos convencidos —«trabados» diría un amigo kayakero— que ese espíritu nos iba a estar esperando allá en el monte…

Llegó el 21 de septiembre. Llevamos hasta el río los dos botes viejos, feos y rotos que habíamos podido pagar con nuestros ahorros —Ciro Lorente ganaba 14 pesos por día trabajando doce horas en un lavadero de autos y yo pasaba en computadora trabajos prácticos y tesinas finales a 80 centavos la carilla—. Cargamos los kayaks con pocas cosas: unas ollas de aluminio que habían sido de mis padres, una carpa que habíamos comprado a medias, una bolsa de dormir, unas velas, un machete que le gané a Lorente en una apuesta —el que aguantaba menos sin fumar tabaco debía pagarle un machete al otro… el tiempo que tardamos en esperarlo al equinoccio nos dio muchos ideas con las que elegimos rellenarlo—.

Y salimos a remar el 21 de septiembre de 2002. Tuve la suerte de que mi padre me enseñara lo básico para mover un kayak en el agua, y que me animara a comprar uno simple —para un solo navegante—. Había oído hablar de un paraje llamado La Milonga, y le sugerí a Ciro Lorente que tal vez en aquella dirección podríamos encontrar al duende de La Calma. Me dijo que sí. Ahora que escribo recuerdo las historias de La Milonga; así me la describían: es la entrada a un arroyo con árboles a los costados que te lleva al interior del delta. Un lugar increíble ¿Cómo sería la isla por adentro? ¿Qué habría en esos lugares? ¿Serían montes maravillosos como ésos que se ven en las fotos aéreas de los arroyos meandrosos del norte? ¿Serían arroyos de vegetación bajita como la que se ve al costado del Ludueña?

Nos dijeron que la Boca de la Milonga quedaba a muchísima distancia de donde habíamos bajado al agua los botes, así que imaginamos que, superando un tapón artificial de arena, podríamos acortar la distancia y llegar por atrás, sin enfrentar la corriente de ir río arriba. Para ello, después de saltar el tapón utilizamos el canal de navegación del terraplén Victoria-Rosario, pasamos una laguna, alcanzamos el arroyo Paranacito y lo remontamos hasta entrar en los saucedales donde el albardón se vuelve más alto. Estábamos en el paraíso. El camino no era más corto que si hubiéramos seguido por el río grande, pero por primera vez remaba por el interior de las islas, donde todo es pajonal, madera dura y distante, y los horizontes son largos y descubiertos.

Acampamos en un recodo al que con los años llamamos Las Pajas. Dos sauces jóvenes nos daban sombra y leña. ¿Para qué más? Y ahí fui feliz. Aprendí a hacer un fogón, a oler el perfume salicílico cuando le rompía las leñas más delgadas a los tronquitos de sauce, a encontrar la Cruz del Sur. En la primera noche de campamento en mi reencuentro con el kayak —o en realidad en mi nacimiento como kayakero— oí el canto del misterioso alilicucú: muchos años me llevaría observarlo. Fue maravilloso. Entendimos, con Ciro Lorente, que habíamos encontrado al duende de La Calma: un pomberito silencioso que nos mira desde la copa de los curupíes (*)y, tirándonos con pega-pega, nos aferra el alma, el corazón y el cuerpo, volviéndonos el ser que se anima a salir a andar por la más grande de las búsqueda de la vida: la de vivir sin evocar.

Con Ciro Lorente creemos que «kayakeros» son esas personas que han encontrado al duende de La Calma. Hay los que son palistas, remadores, amantes del kayakismo… Pero ya lo hemos acordado con mi amigo internado: ni Ciro ni yo vamos a considerarlos «kayakeros».

Facundo Santoro.

Bueno, voy terminando… tanto palabrerío ya ha aburrido y poco material concreto he presentado… Ahora paso unas fotos y un video de un lugar común para los kayakeros rosarinos. A media hora de remo de la gran ciudad aparecen estas criaturas de la gran madre naturaleza. Para disfrutarlas hay que practicar eso tan lindo que sabemos hacer silenciando gritos, sin apuro, escuchando, tocando, besando el aire… y siempre agradeciendo que toda esa naturaleza lindera a la ciudad nos reciba con los brazos abiertos cada vez que salgamos a buscar a nuestro amiguito que espera sobre el curupí…

Nota:

(*) El curupí es un árbol muy frecuente en el río y en los campos de nuestra pampa ondulada, que larga de su interior una leche pegajosa a la que llamamos pega-pega y que los jauleros utilizan para volver prisioneras a las aves.

Iguana Overa (lagarto overo).

Picaflor verde.

Cría de iguana.

Espinero grande.

Nido del espinero.

Kayakero (Juan Olivera, profesor de canotaje).

Pichón de algún tordo (ictérido) practicando mudanzas sureñas.

Pichón de ictérido besando la tierra.

Información para la identificación: César Giarduz (ornitólogo): mi profe de fauna.



TAPA DEL LIBRO SANTIAGODELRIO Todos éstos están ahora atrapados en nuestro remanso costero:

«La caza es sólo una denominación cobarde para un asesinato especialmente cobarde de criaturas sin posibilidades. La caza es una forma secundaria de enfermedad mental humana». Teodoro Heuss.

Que nuestros humedales no sean transformados en una pampa ganadera.

Quema de pastizales

«El fuego quedó prendido, como testigo nuestro ... en silencio, contrarestrando los escopetazos de los bobos que todavía van a cazar algo cuando no necesitan de eso para vivir ... quitando una vida inutilmente.

Cuando era chico me gustaba cazar a mí también, hasta que traté que una perdiz levantara vuelo para tirarle y, como no subía a pesar de mis pisotones al suelo, al acercarme me di cuenta que tenía cría abajo ... nunca más le tiré con algo a un ser vivo.»

Capitán Martín Burbuja.

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¡¡¡Seguimos adelante!!!

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A diferencia de los soldados, que en la mayoría de los casos tienen ante sí a un enemigo con iguales posibilidades, el cazador es especialmente cobarde: él dispara sólo cuando la víctima no se puede defender.

Que el hombre se atribuya el derecho de matar por diversión a seres vivos que sienten y que perciben el dolor igual que él, es algo absolutamente miserable.

Los cazadores futivos están acabando con la fauna nativa. No les sigas la fiesta a los matadores de carpinchos. Defendé nuestros recursos.

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