
DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 26 DE DICIEMBRE DE 2007.
Flamencos, biguás, garzas. Todos juntos en unas hermosas lagunas, justo antes de llegar a Oruro. Al entrar en la ciudad el tren transita por el medio de la calle. Mucha mugre en Oruro. Mucha pobreza.




Se ven mercados callejeros enormes por todos lados. El mercado parece abastecer el consumo interno. No hay almacenes, sólo mercaditos. Verduras, peluqueros, electrodomésticos, Mentisán, harina. Todos se ordenan y abarcan cada rubro por sectores (la cuadra de los luthiers, la de los zapateros, la de quienes venden ropa, de los artesanos…). Cholitas comen semillas y frituras todo el día. ¿Dónde están los varones? La mayoría de las trabajadoras son mujeres.
Llegamos a la terminal de ómnibus. Lleno de gente pobre pidiendo en la calle. Por lo que nos han comentado, los políticos anteriores a Evo han hecho esto. Bolivia es rica, pero repartida en pocas —poquísimas— manos. En Argentina los niños ricos comen 29 porciones de la torta mientras que los más pobres sólo una. En Bolivia esta diferencia es mayor.
¿Oruro es la ciudad con más iglesias del mundo? Las hay por todos lados. Claro: las montañas están llenas de plata. Como teníamos muchas horas hasta la salida del micro a La Paz, quedamos en encontrarnos en el Socavón. Machado, Santoro y Machado fueron en taxi. Paolo, Juan sin Nombre y yo, a pie. Caminamos mucho. Mucho sol.

















Llegamos a lo alto de la ciudad y preguntamos: Dónde quedan las minas del Socavón, en lugar de preguntar por la iglesia del mismo nombre. Nos pasamos de largo y dimos con uno de los yacimientos mineros más importantes de Bolivia. Llegamos a lo alto y pudimos observar el nevado de Sajama. La minería es algo infrahumano. La gente es muy pobre y muere muy joven. La caja cervecera los endeuda con créditos y los obliga a trabajar para pagar sus deudas. Trabajan niños, mujeres. Los socavones son salamancas muy profundas que agrietan las montañas. Encontramos cuevas de hombres topo.
Juan sin Nombre —futuro médico— nos explicó muchas cosas sobre los topos.
Algunas personas viven en casillas adentro de la planta que procesa la plata. Caen los arroyos contaminados desde las montañas hasta la ciudad. Encontramos un camino en las montañas y bajamos hasta el barrio de los mineros.
Vimos muñecos ahorcados. Preguntamos qué eran. Un chico nos dijo que son advertencias para los ladrones. Que si son agarrados robando son condenados al Palo Santo: siendo ajusticiados por la misma gente.
Sol. Sol insoportable. Quemaduras en brazos y cuello. Compramos ibuprofeno para el dolor de cabeza que nos generó la larga exposición al sol. Probamos con el Mentisán pero no dio resultado. La piel arde.



























Comimos unas hamburguesas en un carrito de la calle que regresaba a la ciudad y vimos un remolino de viento en la montaña —enorme— formado por cientos de bolsitas tiradas.
No hay autos particulares. Todos son taxis.
Antes de regresar a la terminal, acompañamos a Juan sin Nombre a comprar un violín. Muy lindo. El pibe tiene el germen del buen músico. Esperamos al resto de la banda adentro de la terminal. No aguantábamos el calor. En la terminal nos cobran por acceder a los andenes.
Por fin aparecieron. Santoro, Ferreyra y Machado, acompañados de los brasileros, fueron a la iglesia, bañada en oro y plata, y luego a unas aguas termales. Marcelo le sacó unas fotos a una niña y un dirigente indígena lo retó y le cobró 10 bolivianos —1.4 dólares—.















Nos despedimos de la familia de Brasil. Al fin, dirá el padre. A mí ya me daban vergüenza ajena los revoloteos de Leonardo Ferreyra y Facundo Santoro.
La Paz.
Colectivo a La Paz. Llegamos de noche y vimos la sábana de luces cubriendo la gran depresión paceña. Nos encontramos en la Terminal buscando alojamiento. Nos separamos de Juan sin Nombre… No sé para dónde irá. A nosotros nos ofrecieron un galpón enorme donde dormía el collado por sólo 5 bolivianos —65 centavos de dólar— pero no nos gustó. Por primera vez me dio miedo ser pobre. Estaban todos tirados y amontonados en el suelo, como si fueran cientos de cadáveres coloridos en una gran y oscura morgue común. Fuimos a un albergue a media cuadra del lugar. La habitación que nos tocó a mí y a Paolo es pequeña y con mucho olor y humedad. No entro parado. Paolo duerme conmigo.

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Los que se animan a levantar su voz