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Mujer al atardecer
Año nuevo de setiembre
Dos años diferentes en el mismo espacio y tiempo.
El tradicional, el del almanaque, el que organiza nuestro tiempo y agenda. El escolar, el laboral, el que empieza cuando el calor marca el tope del termómetro y bajan los rendimientos. Ese año empieza el 1ro de enero.
Hay otro:
El año natural. El de los pueblos originarios, el de la naturaleza, el que señala la siembra, el que echa flores, el que llama a la fauna a iniciar el celo, el de los brotes nuevos, el de la semilla que germina. Después de una gestación de meses quietos y fríos, la vida vuelve a estallar, como cada equinoccio de setiembre, como cada primavera. Cuando el sol pasa el Ecuador hacia el sur, cuando los días se alargan, cuando los gigenos se sacian mientras aguardan a los aguaciles, cuando el viento norte vuelve a cargar agua, ahí empieza este nuevo año.
Los hombres blancos desconocen casi por completo del año de la naturaleza, pero estos tiempos motivan transformaciones en muchos:
Va cansado de ciertas voces, de ciertas imágenes, de ciertas prendas y lugares… Ya no importan tanto algunas órdenes de mando y empieza a trabajar con desgano, ya diagramando los borradores de la constante mentira de la «vida nueva», ésa que dirá, como cada año, al levantar la copa de diciembre.
El hombre blanco que se sabe nuevo va saliendo temprano de casa con la luz solar, ya pensando en todo lo bello que no está en la planificación de la rutina pero sí, en cambio, empieza a sentirse en las veredas:
Jazmines oleáceos en los cercos, cerrajas que emergen de los pastos, lapachos de tez oscura que se vuelven rosados antes que verdes, palos borrachos tapados de algodones, fresnos en minúscula flor, escotes y polleritas, mates sin azúcar, bicicletas, farmacias vendiendo loratadina, panzas blancas que resaltan pelos negros, bermudas, sonrisas, vergüenzas…
La primavera es esa antítesis de lo ya estipulado y acomodado. Una revolución que estalla en el grito de los adolescentes, en los susurros de la tacuarita; es esperanza del jardinero endeudado y desoxidación de las viejas que buscan sombrear en la vereda.
Algo le ocurre al hombre blanco que, desconociendo los movimientos de la savia que sube, empieza a sonreír como niño en este tiempo del año nuevo natural.
Dejando de lado algunos contrastes y cosas que no puede evitar, ese extraño y sofisticado hombre blanco intenta dejar la rutina detrás para lanzarse en esta nueva aventura por la naturaleza, aunque no comprenda bien de qué se trate. Las ramitas duelen en los pies, la arena fina mata los hongos, las uñas suspiran y están más feas de lo que las recordaba.
Deja la ciudad, se olvida de todo y huye, o renace, refunda o intenta revivir lo que no hallará, pero busca.
A este hombre le gusta el monte. Sabe que el color verde entona mejor con sus ansias, observa todo lo que ya conoce como si nunca jamás lo hubiera visto. Flores, bichos, hojitas, pajaritos cantando…
…se asombra de los reflejos en el agua y admira la quietud matinal, ésa que falta cada vez que sale a ganar el salario.
Los colores, los matices, todo le pertenece en su renacer con el monte. El hombre blanco ha vuelto.
Ha dejado la prótesis tecnológica encendida sólo por si algún compinche lo busca por ese eme ese, aunque es sus ganas desesperada sueña con recibir el llamado de su jefe, en una emergencia, sólo para sugerirle, con lentitud y claridad, con la suavidad y erotísimo del primerísimo plano de la mujer comiendo una frutilla, que se vaya freír unos muuuy buenos churros.
El hombre cansado, el hombre renacido, el hombre que ha vuelto admira cómo la helada se ha transformado en rocío, y le gusta mojar su calzado en las mañanas del monte.
Todo verdea y él lo sabe.
Y tanto le gustan los verdes, que ha buscado yerba antiácida para seguir abusando de su adorada infusión aun con el stress que se manifiesta de diferentes formas en su interior.
No entiende qué nace, pero observa cómo las plantitas empiezan a ganar el cielo y en azarosa actitud trata de entender si serán trepadoras, pastos o futuros árboles.
La naturaleza renace con él, y nota un movimiento que, aunque crea siempre el mismo en el monte, en realidad es otro: el mismo de cada primavera entre los seres vivos. El monte verdea, los juveniles empiezan a ensayar sus primeros vuelos, los adultos a seguir buscando pareja y lugares para anidar.
Los niños dejaron sus canutos y muestran sus plumas «de leche».
Alturas confusas en el río artificialmente escalonado.
Cuando debía ser el fin del estiaje, las añoranzas de la crecida primaveral son puramente eso: la certeza de que los ciclos del agua se han modificado. Por suerte no para el monte y la fauna, que siguen sabiendo de sus ciclos.
La mayoría de los hombres blancos no han entendido esto, icluso tal vez usted que lee esto haya pasado de largo la oración anterior, pero deténgase un poco, al tiempo que el monte avanza.
«las añoranzas de la crecida primaveral son puramente eso»: alguna vez éste fue el tiempo en que terminaban las bajantes y empezaba a crecer el río, pero ya no. Demasiado desmonte y no se retiene agua, demasiado aterrazamiento del río para producir energía. El ser humano de estas latitudes no entiende el daño que está generando: no separa sus residuos, sigue haciendo mal uso de la energía eléctrica, sigue quemando combustibles fósiles para recorrer apenas un par de kilómetros, sigue pensando que la naturaleza es una idea utópica lejana a su hogar, siguen disparando armas de fuego sin siquiera sospechar que en esa plantita una pequeña hembra passeriforme cría unos indefensos pichones.
Por suerte la primavera trae también a este hombre cansado que siente una fuerza renovadora por este extraño y eventual acontecimiento de cada equinoccio.
También hay un renacer que es difícil de ver, pero que algunas veces es descubierto por nuestro hombre.
Nuestro hombre conoce a las cardenillas, las recuerda, sabe que estarán allí al regresar a su isla, sabe que son parientes del eterno prisionero canoro: el cardenal. Pero no ha visto que por fin han dejado su plumaje naranja para volverse adultas y, cuando el hombre blanco llegue al monte, ellas estarán listas para procrear en el nuevo año de la naturaleza.
Las jaborosas estrenarán hojas y el hombre sabrá que será feliz aun sin haber traído papel higiénico. Esta posibilidad que reconoce, le da la sensación de estar en medio de la nada, desamparado, pero con la eterna sabiduría de ser autosuficiente sin tener cerca ciertas comodidades cotidianas.
Al no ver las flores, no sabrá que el ceibo existe, ni que es un árbol espinudo ni caducifolio, pero será pronto que el ceibo se incorpore a su conocimiento del monte. Por ahora el ceibo es apenas uno de los tantos vegetales que verdean.
La ciudad. Nada más gratificante que saberla lejos, sin ruido, sin jefes, sin bocinas… pero al alcance.
Todo cae hacia el río. Todo va hacia el agua. Nuestra mirada, nuestro sueño. Todo es arrastrado por el gigante. Cada vez que buscamos esa refundación por siempre inconclusa, ese renacer del hombre triste que ha descubierto la primavera, ese escape de la odiosa rutina a la que pronto recaeremos, cada búsqueda va a un fondo donde todo es oscuro, caótico, donde todo es arrastrado por el viborón naviero.
Cuando vemos la paz de una deriva, no hay peor oscuridad que el destino de nuestro siempre trunco renacer en el monte. Y otra primavera siguiendo la misma búsqueda, otro equinoccio predestinado a fracasar las intensiones. El hombre blanco va en su búsqueda, pero aún no ha entendido, pero aún no se ha liberado.
Busca… lucha… está a un paso…
Por qué tenés esos tumores, árbol. Señal de que he sido alambrado. El hombre blanco es sabio cuando todo lo puede preguntar, y entonces el mundo se abre al descubrimiento. Cada primavera vuelve al eterno magisterio de la nueva vida.
Los machos han definido nombres, como el de esta ave: Varillero Negro. Pero es ella quien cría, pare, construye su nido.
La naturaleza presenta en su renacer anual la perfección del equilibrio:
Canales de la última crecida.
El Benteveo cantando y cantando.
El timbó contento que manda savia joven para nuevas hojas.
Los juveniles de Carancho dejando lentamente su plumaje marrón para volverse cada vez más negro.
Los potrillos estrenando nuevo corte, aspecto primavera-verano 2011.
Los herbívoros contentos del mastuerzo que ha vuelto verde el suelo, después de la limpiada del agua.
Los Gallitos de Agua luciendo sus primeras plumas adultas, después de casi un año de usar antifaz y plumas blancas.
¿Qué es esa brasita que el hombre blanco ha encontrado allá lejos? Acerquémonos con cautela para distinguir este animal.
¡Un churrinche! El primero de la temporada. Esta ave es un visitante estival que se ha adelantado al tiempo del verano.
El agua de la crecida se ha retirado, pero la vida emerge de cada grieta.
La vida…
…la vida…
…la vida…
…la vida…
la… la… (esteeee…). Bueno. En el renacer del año natural, del hombre blanco que busca su refundación, hay de todo.
Los carpinteros ya andan en yunta picoteando árboles secos para hacer el hueco que aloje sus huevitos.
Aunque parezca mentira… a éste morocho de pico color marfil también le tocó la primavera:
Sí. Los Caciques Solitarios han dejado su condición eremita para procrear y prolongar la especie.
La lagunas encerradas se llenan de cabombas y helechitos.
¿Acaso puede otra cosa que sonreír un tronco que ha sido elegido por las tacuaritas para gestar la vida?
Y el hombre blanco, el de la agenda, el de la rutina, el que está cansado de ciertas voces, de ciertas imágenes, de ciertas prendas y lugares, él también se viste de primavera y busca su lugar entre el monte que renace:
Mirando el verdeo de las cosas, el celo y grito de las aves, la tierra que se llena de hierbas, los biguáes que se marchan…
El pucará para la pavita, los mates más ricos…
…Los enfrentamientos entre carrancas y mejillones dorados…
…Las improvisaciones que lo vuelven humilde sabio entre la savia nueva.
Ha salido de la última luna para entrar en el año nuevo, en el tiempo de las renovaciones, en el ciclo que comienza tras los quietos meses fríos de la gestación.
El agua nueva, río que se ha puesto verde, color del monte…
…ciclo que se inicia, de la vida que comienza.
Como siempre:
…sin prisa,
en la casa del agua…
con la muerte del tiempo.
Los Unos
La gran fiera de la hondura…
el alma que en garras de tiempo y
correderas
dibuja costados al viborón.
I Yara:
no obstante su grado,
de arisco a nervioso,
de embestidas de golpes su andar.
Es marejada y remanso,
es corredera y empalizada.
Es dolor y sorpresa.
Yaguarón:
la bestia que es fiera,
la de garras filosas,
la de uñas de barro,
no es del tiempo rehén
y surca… socava… acomoda sin tiempo
en la Casa del Agua.
En la Casa del Agua una es la morada de Yaguarón
y no hay magna vastedad que su atalaya…
que no es morro, mangrullo o cerrito,
sino hondura…
pozo donde un remanso
amansa a Pirá Añá —de calmo nomás—
y dibuja su lecho con rayas cansadas.
Bejuco rastrero que se aferra de puro amor al árbol, que es uno con ella y por miedo al hombre que te ha sentenciado, pequeña mía, a encarnación de Añá tentando a la india desnuda para que deje de ser una con el mundo y se vuelva el mundo para ella; pero que ha sido ella, como toda carne que no sacia, quien te ha arrastrado a que te asgas, cual bejuco inerte, de la chilca costera pasando por rama.
Puta la hembra que pare las fieras, puta la hembra con cara de madre, con brazos que abrazan, con lengua que arrulla la canción de cuna que, fuera de calma, su fin es adormecer en el largo letargo de una vida que no será fuego ni hielo, sino mera tibia masa.
Tú con frío, bejuco enroscado, ni en tibio arrullo de adormecimiento serías la puta que tienta.
No es que faltas por pobre, ni por perezoso, por cómodo o cobarde. No por distante, dificultoso o intangible. Tú no has visto ni oído, ni palpado o suspirado.
Cuando el árbol se inclinó vedando o marcando la huella, tú has bajado la vista buscando la carta, la pantalla, el rumbo, y ese ser no ha sido más que un objeto, un obstáculo o un mero mojón que sólo recordarías si el instante hubiera pasado del sensor a la memoria.
No has estado si cuando el pájaro cantó sólo para ti, tú has callado el monte, apurando el motor, encendiendo una radio.
Por eso es que habrás pasado, pero no has estado. O habrás soñado desde la banda firme lo que no estarías dispuesto a andar ni conocer.
Hay veces que pienso que nadie, o pocos, hemos andado y conocido. En tiempos del descubrimiento significaba gozo, euforia, pertenencia celosa. Hoy, con la bruma levantada, apena hasta las lágrimas.
De los rojos a los negros… o azules fríos en los turnos de Yasí Yara. Nada hay más calmo si dejamos salir los tonos nuestros, putrefactos, latentes, más oscuros que la noche, libres para no volver. Nada más turbulento que echarse en el suelo, mirar sin enfocar, distinguir hojas de un sauce sacudirse con la masa térmica sin orden, que nace del fogón que no cesa su nervioso baile al compás de melodías vocalizadas apenas en un suspiro entre mil golpes de la leña que revienta, fuego cuya danza se vuelve sincopada, confusa, sus voces anacrusas, desordenadas, leves mientras ahí esté la madera, pero en la inmutabilidad del hombre echado sobre el suelo, la burbuja de fogón calma, enfría, calla en la coda silenciosa de las blancas cenizas, que entonces simplemente serán negras.
El sauce es el eterno condenado. Pionero del banco de arena y barro; pionero predestinado a caer, a cederle paso al agua que busca rumbos. Gigante que acaba antes de la vejez. Pero al fin: soldado que después de muerto sigue dando pelea. No rueda el raigón y se aferra… y emana el perfume que muy pocos hemos olido cuando, soñando con formar un nuevo banco para su descendencia, entona la canción de la muerte, que es voz común de todas las florestas.
Fuimos sombra, firmeza y reparo,permitimos anidadas y descansos.
Te hemos guardado, aire, en nuestras fibras,
te hemos amado, sol, con nuestro verde. Saboreamos del vigor, la permanencia
y a la tierra devolvemos nuestras vidas;
a la sangre leve y dulce de este mundo
entregamos nuestra sabia. y a la tierra de los padres devolvemos la madera.
Palabras del Poeta Entrerriano Juanele Ortiz:
Todo el día mi alma hoy estará suspensa de la voz del agua, como en un sueño mojado. ¡La voz del agua dulcemente cierra el mundo! Todo el día seré un niño que se está durmiendo. La vida será solo una voz querida.Nosotros bajo techo, encerrados, amontonando humanos de paso, sin posibilidad de salir, de volver… Pasó cuánto tiempo…
Un día de pronto del cielo cerró sus puertas y ya no llovió. Y esta vez no fue una tregua, un amague. No hubo cuervos, tampoco palomas liberadas, pero un chiviro pampa se acercó a la mesa, aún mojada, sirviéndose de las migajas que entonces no eran sino una baba amorfa con base de trigo. Come un chiviro, señal de buen tiempo: vieja ciencia de los poriajú.
Y pudimos seguir con nuestro viaje por lo sitios donde pocos han visto.
Desde el atalaya de Yaguarón
llevan voces
de Temple y paciencia:
Que en la casa del agua
Hay una estrella en la bruma:
Tú
Sin prisa
Sigues al morir el tiempo
Y eres la noche…
El rostro que no te has visto
suspira…
Se ve calmo
Al otro lado del río.
Vasta… leve… difícil…
tú… al otro lado.
Y te llevas algo,
y te guardas un poco
Tú, sin prisa…
en la casa del agua.
Güembé de la selva…
¿Qué aguapé
Ha echado raíces?
Si él, que de lejos,
se ha ungido de delta…
Tú, de aquí,
sin prisa…
has esperado al alba…
y sigues
al otro lado del río.
Temple y paciencia…
Así dibuja Yaguarón…
Y tú,
sin prisa,
en la casa del agua…
con la muerte del tiempo.
tú, sin prisa
Video Filmado en la zona del Parque Nacional Islas de Santa Fe.
Paraná Arriba
PARANÁ ARRIBA


La pala entra afilada,
como un Arbolito pasado por
la chaira más noble.
Abre un tajo pequeño sobre
el lomo del gigante,
y una empujada hacia atrás
forma el remolino que se extravía en
la profundidad oscura del manso en deriva.
Un poco más…
La costa ha pasado de
un arenal que alejaba del terraplén,
a la barranca viva que
desarma su rompecabezas lentamente y para siempre,
y voy buscando alivio en
el remanso que tire al remonte.
En cada banda del aluvión las tapias,
que ensordecen en su chillido,
copian las suaves ondas de
ese norte que las hace flamear como
un gigantesco pañuelo verde.
Cuando el sauce baja en sombra,
el bote encuentra calma por
pocos minutos en su fresca y verde galería,
ocupada por el martín pescador, que atento,
espera el descuido de mojarras que
enseñen algún brillo de lomo al ras del agua.
Duelen a los ojos el pasar de horas mirando costas,
buscando criaturas que
interrumpan la monotonía del
barro, la arena y la vida vegetal.
Los párpados pesan, y
en cada velo de la vista
el dios de las aguas grita en
norte y sopla en un olor a
sauce, a paico, a salvia,
y dejamos de ver…
y el resto de nuestros sentidos sigue vivo,
y el Paraná sigue llamando,
celoso de la impercepción,
que al ruido del viento y del zorzal,
le pueda hacer el
raspar del remo contra la cubierta.
Arremete en celos contra
el olor al sudor del cuerpo,
y ataca en verde que aroma todo,
en el constante despedir de sus plantas.
Ahora el bote pasa junto a un ceibo en flor,
y una fragancia llega,
como un fantasma,
y se aleja para siempre;
detengo el kayak para volver a olerlo,
pero ya se ha ido y
ya me ha cautivado,
y ya no volverá.
Los olores en el río son eso que pasa,
que no vuelve,
y no un hedor constante que
se estaciona hasta
el final de la descomposición.
Llega el final del domingo y
hay que volver.
Todo lo que fue
el Paraná arriba
ha quedado atrás.
La deriva prescinde de
ciertos matices.
Por eso me gusta ir remontando.
Facundo Santoro, diciembre de 2003.








































































































































































































Los que se animan a levantar su voz