
DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 15 DE ENERO DE 2008.
Estamos en el casco de estancia de la empresa Amazonas, que se dedica a la cosecha de la castaña. La parejita de nativos que cuida la casa nos ha preparado un rico desayuno, con arroz y una deliciosa carne hervida. Muy sabroso. Iván Machado, el músico del barrio Unión, dio un bello recital por la mañana. Gente que estaba afuera se acercaba al mosquitero de la carpa para escucharlo cantar. Interpretaba canciones que hablan del río. Se acercaron algunos viejos y unos cuantos niños. Mucha paz… y comida.




Paolo el cuenta cuentos sale de la casa para acercarse a la gente que está afuera. Les voy a contar una historia de mi tierra, les dijo. Voy a usar los nombres de las cosas vivas tal como las conocemos en mi tierra, pues no sé cómo las llaman aquí. A duras penas hizo entender a la gente que el cuento se trataría de un ceibo. Creo que la gente no entendió que se refería a esa planta, pero no por ello hubo uno solo que durante esa media hora quitara la atención de las palabras de Cardozo.
No había mayor belleza en la laguna que la pequeña ceibo, que ya lucía toda la pompa de una adolescente que sacaba a resplandecer sus primeros atributos: a la ceibo le había asomado su primera flor. Ella no tenía muchos amigos; vecinos sí, pero le costaba mantener una buena relación con ellos. Para la brava arrogancia de la joven árbol, la escobadura era un yuyo petiso y fiero y hasta se animaba a llamarla «plaga» —insulto de los más terribles entre los seres vivos de la naturaleza—; la madera negra, una flacucha paluda que lo único lindo que podía hacer esa sonar sus cascabeles leguminosos cuando soplaba el viento; las chilcas eras yuyos que se creían árboles; el aliso, un palo bobo y la sagitaria que crecía cerca, en la zona inundada, una arrastrada que no sabía levantarse del barro. Al único que ella escuchaba era al viejo sauce, que de tan longevo apenas le quedaban hojas en una sola rama. La mayoría creía que el sauce, con la vejez, había perdido la cordura y que sólo podía hablar incoherencias.
El sauce puede renacer de su tallo amputado, se largaba a hablar el viejo árbol, y yo he sido muchos brotes ya. Nací en un hermoso arenal en la selva, besando el cristalino río Formoso del Bonito, viví muchos años allí hasta que un macaquinho gordo hizo quebrar una de las ramas y justo dio que mi ser estaba trajinando por ese extremo: tuve que caer el agua. ¡Mono gordo! Derivé largo por esos ríos durante mucho tiempo, hasta quedar trabado en playas del Paraguaí, listo para terminar mi vida. Iba a salirme la canción, justo cuando un yacaré overo pisó una de las puntas de la rama, clavándola en la arena y otra vez tuve que echar brote y repetirme árbol. Volví a crecer, volví a ser fuerte y lindo. Estaba tan alejado de otros árboles que, sin compañía, pude hacer cuanto quise con mi cuerpo: largar una rama para allá, otra para arriba, una para abajo… Ningún árbol hubo a mi alrededor que pudiera robarme siquiera un rayito de sol. Saqué ramas rectas, otras torcidas y hasta una que tenía un rulo hacia la arena y después volvía a subir. Por fin moriría en paz habiendo echado raíces.
Todos en la laguna callaban cuando el viejo sauce contaba sus historias.
Después de muchísimos años vino una tormenta como cualquier otra. Viento, rayos, lluvia, siempre se me iban algunos pedazos en los temporales, pero esta vez tuve visitas, vida a cargo, y temí por ellos. Había anidado una hermosa garza blanca y tenía sus pichoncitos en mi custodia. Yo le había dicho que buscara un árbol en la selva, en medio de otros más grandes para estar al reparo, pero la tonta no me hizo caso. La mamá garza no estaba cuando empezó el viento fuerte y tuve que irme al extremo donde estaba el nido para hablar con los bebés y tratar de calmarlos. ¿A qué madre se le ocurre salir a pasear cuando el viento está dulce y anuncia? Pobres pichoncitos. Entonces lo peor: un rayo dio justo en esa rama y caí al agua con toda la nidada. Los pichoncitos murieron ahogados y yo, otra vez, me vi separado del cuerpo principal del árbol, yendo río abajo. El Paraguaí golpea sus aguas contra un río violento y verdoso que baja de la selva, volviéndose este enorme cauce marrón por el que fui arrastrado hasta dar nuevamente en un banco, esta vez de barro, muy cercano a este lugar, donde estuve otra vez preparado para cantar la canción de la muerte. Mucho tiempo duró ahí mi rama verde. Mis hojas empezaban a largar el olor de los sauces cuando nos hacemos de río. Era feliz muriendo. Pero entonces llegó un humano con un machete. El hombre cortó el pedazo más recto que yo tenía y otra vez la desgracia me hizo ser tallo sin tierra ni raíz. El humano armó un alambrado para repartir la herencia de dos hermanos justo aquí, en esta laguna. Pero, a quién iban a interesarles estas tierras que se mojan. Estas islas fueron olvidadas por los hermanos, el humano siguió dedicado a la pesca y yo, poste de alambrado, volví a brotar para tener otra vida de árbol. Y estoy cansado, los árboles nacimos para echar raíces y no para andar viajando.
Está loco, se quejó el pehuajó. ¿Por qué no acepta lo que es y punto?: un viejo que ya no puede sostenerse. Sos un palustre feo y maleducado, respondió la ceibo; dejalo en paz; el sauce tiene razón y le creo todo lo que dice. Tanto viaje lo ha confundido, habló el aliso; ya no sabe si está en el delta o en la selva; su tiempo y espacio han quedado mareados para siempre. Otro que dice tonteras, volvió a atacar la ceibo, palo bobo y flaco, pronto te vas a romper por la mitad; y ustedes dejen de reírse, chilcas, que esta discusión es entre árboles y no entre yuyitos. La madera negra sacudió sus semillas y dijo: estás agrandada porque te salió la primera flor, pero vas a ver que pronto se te caerán las espinas y te vas a llenar de corteza fea y arrugada por todo el tronco.
El sauce volvió a hablar: tu primera flor, pequeña ceibo, es igual a las que lucía tu madre. ¿Conociste a mi madre, viejo sauce? Sí, sí que la conocí… era tan hermosa. Tu madre vivía en la costa, pero el río nunca la arrastró; por el contrario, el río la ha cuidado y le ha sedimentado a sus raíces para que ella permaneciera por siempre pero, por multiplicados que sean nuestros días sobre la tierra, la vida se nos acaba. Cuando yo quedé atrancado en el barro tu madre fue mi amiga, pero luego, cuando el hombre de la isla me trajo hasta aquí, me quedó lejos, estuve solo, y muchísimo tiempo después supe que terminaba su vida. Un día, hace no mucho tiempo, el viento que llega de la costa me trajo su voz: ella cantaba la canción de la muerte. ¿Cuál es esa canción, sauce? Cuando los árboles morimos, pequeña ceibo, la cantamos. Ya la oirás cuando le llegue la hora a alguno de nosotros. Cuando el viento trajo la voz de tu madre hasta la laguna, supe que terminaba su trabajo y debía devolver a la tierra su madera: ella debía partir para siempre; y tanto sufrí que se fuera que me vi arrastrado y tentado a cometer un gran pecado: le he pedido a la pollona negra que se llegara hasta la costa y me trajera una semilla de tu madre. Vos, ahora, sos esa semilla. Los árboles nacimos para echar raíces y yo, en un atropello, quise que nacieras aquí, para poder volver a oler como antes la fragancia leve y poder admirar las flores tan hermosas. Quise que echaras raíces lejos de la costa. No es bueno mover un árbol, pero yo quise tenerte cerca. La ceibo estuvo muy emocionada tras las palabras del viejo amigo. Quise que crecieras junto al alambrado. ¿Qué alambrado?, preguntó la ceibo. Es que ya no está; fue hace muchos años. Yo renací como un simple poste de alambrado. Ahora sólo quedamos los grandes sauces formando una larga hilera, como ves. Pero todos esos gigantes están muertos, viejo sauce. Es que fue hace mucho tiempo, pequeña amiga, sólo yo he vivido hasta hoy, pero pronto llegará mi día y podré descansar en paz. No es la más bella de las muertes, pero he vivido y andado demasiado, y ya me he cansado mucho. Los sauces soñamos con la hora de nuestra muerte y, cuando sentimos el río cerca, nos inclinamos a beberlo, tratando de caer y perdernos en las hermosas aguas. Si hubiera sido pacará, hubiera querido morir siendo una canoa de las recorredoras. Si un aromo: nido de aves hubiera querido morir. Si un aliso: enterrado en la tierra y sujetándola a mis barbas. Pero me ha tocado sauce y como sauce quisiera morir, pero sé que el río no vendrá y que yo no iré hasta la orilla, y sé que no les cantaré la canción a los peces; sé que moriré de pie, lejos del agua que me vio nacer. Podría llorar mi destino, pero ya he andado demasiado y me he cansado mucho. Qué son los peces, preguntó una escobadura. El sauce pensó un poco, hizo una pausa y le respondió: Son criaturas bellas y misteriosas que se mueven debajo de las aguas y que nunca salen a flote. Los hay pequeños como las flores del catay, grandes como las hojas del irupé y también los hay pesados como diez chajás posados en una misma rama. Pero no hay belleza más grande que mi flor, habló la ceibo en voz alta para que todos la oyeran. La sagitaria, cansada de escuchar su arrogancia, apuntó sus grandes hojas para otro lado y el pehuajó, por su parte, rió en la voz de una bandada de tordos renegridos que llegó a ocuparlo. Mi flor es una maravilla, es hermosa. No hay mayor preciosura que esta estrella roja que cuelga de mi rama. La pequeña ceibo se admiraba de ver su primera flor en el día, a la luz del sol, y en la oración, humedecida por el rocío que baja de la luna gigante. En la suave voz de un viento fresco y este, una noche, oyó a su viejo amigo: Según cuentan las historias que bajan del Guairá, de los hombres antiguos, anteriores a nosotros, Acá-ë fue la madre de tus flores. Ella fue la mujer más increíble de la tierra: una gran cazadora. El destino quiso que no tuviera un varón al lado, debido a un problema que padeció de nacimiento: Acá-ë tenía mala su cara. De chica fue dejada de lado por sus propios padres al destino de las sombras de la selva: todos en la comunidad temían que tan fea imagen humana pudiera repetirse en otro de los niños. Acá-ë, abandonada en la espesura oscura, fue criada por yaguaretés que la aceptaron como retoño propio y de ellos aprendió la lengua de Urupianga. Pasó su infancia entera junto a sus padres sin cultura cazando entre los saltos ya callados por el Itaipú de los hombres. Podía sumergirse por muchos minutos eligiendo los peces más grandes y ayudaba a sus nuevos padres tigres a atrapar las antas más peleadoras y bravías. Su voz era tan hermosa. Aprendió a cantar imitando a los urutaús y yasí yaterés que la custodiaban por las noches. Cuando fue adolescente, una tarde, vio por primera vez a sus semejantes humanos. Eran dos niños desnutridos que comían tierra y hongos. Estaban perdidos y asustados. Quién sabe cuánto tiempo anduvieron solos por la selva, desesperados y alimentándose de cuanta porquería encontraban aceptable al paladar. Los animales no son como nosotros, los árboles: ellos necesitan encontrar el alimento ya amasado por la naturaleza. A nosotros nos alcanza con encontrar la sal y el agua. Acá-ë sintió lástima por esas criaturas semejantes a ella, que lloraban el dolor del hambre, y se les acercó a ayudarles. Los niños temieron al ver la mujer con la cara mala, pero sus fuerzas estaban ya cansadas para huir. Acá-ë les entregó buen pescado y frutas de los árboles más altos y sabios, y ellos comieron y volvieron a llenar de esperanza su corazón. Ella no hablaba la lengua de los humanos, pero entendió que estaban perdidos y les ayudó a encontrar el camino de regreso. Los yaguaretés, al principio, no estuvieron de acuerdo en regresar a los pequeños, pero bastaba un dulce trino de su amada hija para que ellos la complacieran. Los tigres olieron y encontraron la huella que habían recorrido los niños. Pasados cuatro días y tres noches de andar por la selva, los tigres marcaron el final del camino: la comunidad de los humanos estaba muy cerca. Los niños corrieron al encuentro de sus padres, que lloraban de la alegría y los abrazaban y besaban. Acá-ë y sus padres tigres observaron la escena con ternura y, cuando se disponían a regresar al Guairá ya callado por el Itaipú de los hombres, oyeron las corridas de los indígenas que los interceptaron en el camino. Los niños habían marcado la posición de los salvajes, que en pocos segundos habían sido rodeados por todos los varones guerreros de la comunidad guaranítica. Entonces una mujer, con los niños tomados de la mano, se les acercó a los tres sin cultura y se arrodilló ante Acá-ë para besarle los pies y agradecerle por la vida de los pequeños. Acá-ë, la adolescente de la voz tan dulce y la cara mala, volvía a reunirse con humanos. Los guerreros de la tribu rindieron grande homenaje a los tres salvadores y entregaron a los tigres las mejores carnes asadas y a Acá-ë los mejores ornamentos para su cuerpo hermoso y desnudo. La joven de la cara mala fue nombrada corregidora de la comunidad y fue así la primera jefa indígena de la historia del gran Para Rehe Onáva. Acá-ë les enseñó a cazar el mejor pescado y ellos la respetaron, amaron y aceptaron como fiel maestra, a pesar de no hablar la lengua de los humanos. Por las noches ella cantaba los cantos más bellos de la selva, mientras los yaguaretés hacían de colchón para que los más pequeños de la tribu durmieran calentitos y sobre un lecho seco. El resto de los humanos de la pequeña comunidad, sentados en ronda, escuchaban las canciones y celebraban. Todo fue felicidad por muchos años.
Qué hermosa historia, viejo sauce. Pero no entiendo qué tiene que ver Acá-ë con las flores de los ceibos. Es que la historia no ha terminado, pequeña. La felicidad duró años, pero la tragedia fue la dueña del destino final. Viejo sauce, habló tímidamente la pequeña ceibo, no me gustan las historias tristes. No quiero oírla. Yo en cambio sí que quiero, se quejó la sagitaria. Entonces te la contaré; ésta es una bella noche para contar historias, dijo contento el sauce y prosiguió con el relato: Todo lo que hace el hombre blanco es para sojuzgar: al monte, al río, al otro, a sí mismo. Un día llegaron los hombres blancos al Guairá y empezó una nueva etapa para la selva. Los blancos entraron con armas en la pequeña comunidad de Acá-ë y entonces todo fue muerte y desolación: los niños salvados, que para entonces ya eran padres, fueron llevados prisioneros para realizar trabajos de esclavitud. Las pieles de los dos viejos tigres, que fueron desollados vivos en represalia a su resistencia, fueron a adornar la casa del adelantado que estuvo a cargo de la matanza. Las mujeres jóvenes fueron violadas y luego asesinadas. Acá-ë, debido a su cara mala, fue tomada por un monstruo; el corregidor religioso ordenó que se sacrificara a la criatura de Satanás en una hoguera que fuera tan fea como su rostro. Acá-ë fue atada de un viejo y retorcido árbol de hojas redondas y el misionero católico dispuso que fuera quemada viva. Encendieron el fuego bajo sus pies pero grande fue la sorpresa de los hombres blancos cuando, en lugar de ver lo que esperaban: un monstruo retorciéndose y gritando de dolor, la indiecita fea de la voz tan dulce, envuelta en llamas que no la quemaban, comenzó a entonar los trinos de las aves más misteriosas de la selva. Su dulce voz tapó el ruido de la leña húmeda estallando y ya no pudo oírse otra cosa que su canto. Un surucuá, un crespín y un lechuzón oscuro se posaron en los hombros de Acá-ë. El fuego tampoco podía quemar a las aves, que susurraron un mensaje de Urupianga al oído de la poderosa mujer y fue entonces que ocurrió la maravilla. El cuerpo de Acá-ë fue volviéndose en chipas rojas y brillantes que quedaron, para siempre, sujetas al árbol retorcido de hojas redondas. Cosa de hechicería, dicen los hombres. Así nacieron las flores del ceibo. Así cuentan los antiguos del Guairá ya silenciado por el Itaipú de los hombres.
La ceibo quedó en silencio por varios meses. Su hermosa flor cayó al suelo cuando llegaron los primeros fríos del otoño y el resto de la flora de la pequeña laguna, algo conmovida por su actitud, pensó que la arrogante planta por primera vez entendía de sufrimientos y diferencias. Cuando llegó el frío invierno, cuando el río había retirado casi todas sus aguas del humedal y los tonos áridos dominaban el paraje, un suirirí amarillo posó sobre una de las ramas de la ceibo, preguntándole el porqué de su largo silencio. ¿Y si el hombre blanco viniera también aquí a silenciarnos, igual que hizo con el Guairá, igual que hizo con la pequeña comunidad de Acá-ë…? ¿Si el hombre blanco viniera a silenciar la laguna? Lamento haber sido tan arrogante con mis amigos, lamento haber sido ingrata con los yuyos que dejan sus partes muertas para enriquecer el suelo donde he echado raíces. El sauce, cada vez más muerto y pelado de hojas, escuchó a la pequeña ceibo y respiró satisfecho. Cada vez sos más parecida a tu madre, habló; ella igual que vos fue ceibo y, como ceibo, también brilló arrogante, pero el tiempo un día le torció sus ramas en señal de humildad… como también te está pasando a vos.
El invierno llegó cálido y sin agua. La sagitaria era apenas una rama amarilla enterrada en el barro y el pehuajó había perdido su brillo y alto porte, siquiera era visitado ya por sus tordos renegridos. Lo que les llamó la atención a todos es que lo que durante años fue apenas un andurrial, un lugar alejado del resto de la civilización, ahora se volvía un lugar frecuente por humanos que llegaban a caballo y que traían consigo vacas.
Meses sin llover y los árboles de la lagunita casi no hablaban: trataban de aguantar la sed hasta la nueva estación lluviosa. La ceibo era apenas un palo flaco y espinudo que había perdido su flor, tanto como todas sus hojas triples y redondas. Los tonos mate amarillentos habían cubierto todo el lugar y en el paisaje escaseaban los verdes.
Un día comenzó a soplar un irrespirable viento de culebras nerviosas y dolores de cabeza. El cálido norte trajo hasta el pie de la ceibo una hoja negra, quemada, que volaba y se deshacía a cada golpe. Y otra hoja negra que pasaba. Y más tarde otra. Vio una nube oscura que se levantaba desde el norte y pensó que podía ser agua. Pero la nube vino por abajo, trayendo asfixia y hojas negras de a millares. Entonces vieron los demonios en lenguas de fuego que asomaron en el horizonte. La ceibo tuvo miedo. Al poco rato ya se oían los canutillos secos estallando. El humo tapó el sol y el norte duro pronto cubrió de hollín a los árboles de la laguna. Las lenguas ardidas no se detenían. Las aves volaban desesperadas, abandonando sus nidos. Las llaman pasaban donde la ceibo sabía que estaban enterrados los huevos de lagartos y tortugas. Las llamas envolvieron a un borrego de carpinchito que había nacido hacía unas diez noches. La muerte en lenguas de fuego se acercaba al pequeño monte donde habían echado raíces el viejo sauce, la pequeña ceibo y el aliso. Vio las telas de araña evaporarse antes de que el fuego las tocara. La ceibo tuvo miedo, pero pensó en Acá-ë… A ella el fuego no pudo herirla. Vio a la vieja ñacaniná retorciéndose desesperada cuando el fuego la achicharraba. La ceibo creía en Acá-ë. Urupianga vendrá; nadie cantará la canción de la muerte. El fuego se arrimaba a los sapos y era ver cómo se despellejaban enteros, antes de que la carne se les quemara. Cuando las llamas tocaron la elevación de tierra, los cascabeles leguminosos de las maderas negras se ardieron al tiempo que el fuego tocaba sus blandos tallos. Las chilcas explotaron desde adentro. Mis espinas no… Las espinas de la ceibo se ablandaron y las sentía hervir desde el interior. Acá-ë, Urupianga. Agua. Agua. Por favor. Entonces la oyó llegando desde el sur… suavemente.
Fuimos sombra, firmeza y reparo,
permitimos anidadas y descansos.
El aliso está cantando la canción de la muerte, no… ¡Mamá!… ¡Acá-ë, Urupianga! Vengan. Entonces el viejo sauce acompañó con la misma canción el murmullo de su amigo de madera blanda. La ceibo vio la pollona negra, pelada, que salía caminando de las llamas y moría chamuscada a sus pies.
Te hemos guardado, aire, en nuestras fibras,
te hemos amado, sol, con nuestro verde.
Nooo… Nooo… Nooo… ¡¡¡¡Noooooooooooooo!!!!
Y la pequeña ceibo dijo, a coro con sus dos eternos compañeros, en el momento en que las lenguas de fuego la vestían de ardor y muerte.
Saboreamos del vigor, la permanencia
y a la tierra devolvemos nuestras vidas;
a la sangre leve y dulce de este mundo
entregamos nuestra sabia.
y a la tierra de los padres devolvemos la madera.



Dentro de la casa seguían los dos muchachos de anoche. Les pregunté por qué estaban acá. Me dijeron que habían venido a ofrecerse a trabajar para la empresa. Estaban esperando que llegara el masca para hacer con él su negocio. Ahora entiendo: lo que necesitan es un préstamo, y se lo pagan trabajando para esta gente. Así se maneja esta mega empresa: te presto un montón de plata, te endeudo hasta el cogote, y después vos trabajás para mí y no le vendés la castaña a otro. Me acordé de los personajes que habíamos conocido: el que contaba chistes malos y el hombre que tenía las hijas lindas, todos ellos endeudados para por varios años, y llevándose a toda la familia a trabajar en la castaña. Estos muchachos estaban por firmar su pacto con Satanás. ¿Para qué querrán el dinero? Por qué no pueden organizarse y formar una cooperativa indígena y todos juntos vender la castaña a un mejor precio. No debe ser fácil.
Abrió un almacén frente a la casa grande donde habíamos pernoctado y fuimos de compra. Otra vez: compramos todo lo que entraba en la canoa. No había variedad, pero compramos mucho. Galletas, fruta, bolsas gigantes de la zafra. Salimos de la estancia y seguimos el viaje. Amenaza con seguir lloviendo. Esperemos que no.












Escribo acostado en la carpa de Arara.
Hemos cocinado quínoa y me ha caído mal. Tengo mucha diarrea. No sé si será la quínoa pero estoy súper descompuesto.
Salgo a remar un rato, pero enseguida tengo que colgarme de la bancada para defecar, y quedo enroscado en posición fetal por el dolor de panza.
Qué cagada…
A la tarde llegamos a la comunidad de Iberia. Fuimos recibidos por niños, que nos condujeron a la casa de un hombre viejo y respetuoso llamado Aníbal. Iberia es una comunidad muy organizada: un pequeño pueblo. Casi como Cabina. Tienen escuela, centro de salud, un grupo electrógeno que funciona todas las noches. Esa noche no era la excepción. Por primera vez en muchos días veíamos aparatos que funcionan con electricidad: una heladera que nos proveyó de mucha cerveza fría, una bombita que nos permitía ver todo el tiempo a la camba que nos atendía, que era nieta de Aníbal, el hombre que nos recibió, un televisor conectado a un reproductor de devedé y a un grabador de parlantes importantes que nos proyectaba música boliviana. Recuerdo año nuevo en Palos Blancos. Parece que hubiera pasado muchísimo tiempo.
Cenamos pez con arroz.
Había encontrado un rinconcito oscuro, a unos metros de la casa, donde podía ir a defecar cada vez que la diarrea me lo indicaba. Creo que ya debo estar cagando con sangre. Duele.














Cuando íbamos a proceder a armar las carpas para acostarnos, la camba linda que nos atendía dijo: ¿No van a ir al velorio? Tienen que ir porque murió un bebé y hay que acompañar a la madre.
Respetuosamente entramos a la casa donde se desarrollaba el ritual. Pasamos, nos sentamos en un banquito largo, llegó la mamá del bebé muerto y tomó cinco velas. Tienen que quedarse hasta que se apaguen, nos dijo una vieja que notó que nosotros éramos forasteros. Encendió las mechas y las acomodó junto al resto de las velas. Si fueran éstas unas Rancheras se acabarían rápido, pero veo que son de muy buena calidad… A ritmo que baja la cera estaremos acá toda la noche, o más. Sólo los niños estaban inquietos y entraban y salían de la habitación donde se llevaba a cabo el funeral. Iván Machado habló con una chica jovencita que era parecida a la mamá del angelito muerto. ¿Por qué el cadáver no está aquí? Porque el bebé murió en Riberalta, hace nueve días. Por lo que entendí en la conversación que mantuvieron, el niño muere y se celebra el funeral una semana después, durante ocho días. Al mes vuelve a celebrarse y otra vez al año.
Con Paolo Cardozo elegimos de quién sería cada vela, y la mía no ha bajado ni un centímetro. La de él está rodeada por otra velas, y al calor que se remansa en ese sector hace que su cera se derrita más rápido. No puede ser. Cambiaría mi vela de lugar. Paolo Cardozo le da un suave golpe a mi rodilla, como diciéndome que va derecho hacia una victoria contundente.
En un par de horas ganaría. Yo deberé seguir acá hasta que amanezca, o tal vez más. El sol estará alto y yo seguiré esperando que la cera de mi vela se acabe.
Pero entonces el Consejo de Ancianos tomó una resolución. Iván Machado se puso de pie y encaró a la mamá del bebé muerto. Pidió disculpas y dijo que deberíamos retirarnos a dormir porque estábamos de viaje. Ella aceptó y nos fuimos de la casa.
…pero te iba ganando… habló Paolo Cardozo.
Armamos la carpa en un clarito de pasto corto, cerca de un pozo de agua con una canilla. Unos adolescentes charlaban debajo de un farolito encendido. ¿Habrán ido al velorio ose habrán hecho la chupina?
Iván Machado se queja dentro de la carpa del Consejo de Ancianos: le duele mucho la herida del machetazo.

Los que se animan a levantar su voz