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12
Nov
09

arara de mara 10-01-2008

arara de mara 

DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 10 DE ENERO DE 2008.

Nos arrastran remolinos hacia grades empalizadas donde la canoa se golpea y rompe. Veo fondearse a Arara. Entre los palos agarrados al lecho hay anacondas, enormes y amarillas, enroscadas, que esperan que caigamos en su trampa. Logré llegar a la barranca… de los árboles de plátanos que veo salen harto víboras pequeñas que llegan a picarme.

Paolo Cardozo tiene la linterna prendida y duerme. También ha estado soñando. Es de noche pero empieza a aclarar. Abrí el cubre-techo y observé todo el espectáculo de la vida desde el mosquitero. Cuántos pájaros cantando, monos pasando de rama en rama, dos guacamayos colorados que pasaron muy cerca del lugar donde debería estar Arara, si es que un tronco no la ha arrastrado durante la noche.

Entonces el viento sacudió los árboles y, por detrás de la selva, se hizo presente una nube muy oscura. Truenos. Empezó a llover. No voy a salir de la carpa hasta que la lluvia no corte.

En 1998 estábamos de mochileros por las sierras de Córdoba, me contó Paolo Cardozo el cuenta cuentos. Yo apenas tenía 17 o 18 años. Íbamos a acampar a un paraje hermoso llamado Inti Yaco, a unos veinticinco kilómetros de Villa General Belgrano. Como venía haciendo calor por las noches, propuse a mis compañeros no llevar bolsas de dormir para ese lugar. Sólo Ciro Lorente —un miembro del AKU ahora internado en un neuro-psiquiátrico— me hizo caso. El resto de mis amigos fue más inteligente y llevó abribo y bolsa. Resulta que esa noche hizo un fresquete terrible… Nosotros, con poquísimo abrigo y sin bolsas de dormir, tuvimos que ingeniarnos para pasar la noche: flexiones de brazo, saltos de rana, envolvernos en diarios… nada resultaba y el frío seguía. Quise encender el fogón otra vez pero una nube había bajado sobre las sierras y todo estaba mojado… Fue terrible. Ciro había logrado dormirse cerca del amanecer. Yo no. No lo desperté pero sentí un poco de envidia por su logro. Despejó al amanecer y todo seguía mojando, incluso las hojas de los árboles. Había una tipa joven sobre la carpa y la no dudé en sacudirla para que el agua acumulada por la neblina de la noche cayera sobre el cubre techo. Ciro, salí rápido que llueve y se está mojando la ropa. Ciro asomó la cara, dormido, preocupado por la ropa, desvelado, sobresaltado… y el sol radiante del amanecer de enero impactó de lleno en sus ojos irritados. Pobre Ciro. Me odió.

Escuchaba la anécdota de Paolo Cardozo. Él tampoco saldría de la carpa hasta que no dejara de llover. Iván Machado, en un arrojo de voluntad, pudo salir a pesar del agua que caía y de los mosquitos que habían empezado a molestar otra vez. Buscó la leña seca que habíamos reparado bajo el alero y encendió la pequeña fogata. Recién salimos de nuestras carpas cuando el humo ahuyentó a los zancudos y dejó de llover.

Sigue el viaje.

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Remamos muchas horas bajo la lluvia. Casi todo el día. No vimos seres humanos recién hasta pasada la hora de la siesta, cuando un barquito que remontaba empujado por un peque peque apareció delante nuestro. Llevaba dos heladeras grandes. Eran acopiadores de pescado fino. Lo llevaban desde la selva hasta San Buenaventura, en la banda de Rurrenabaque, donde lo vendían a muy buen precio. ¿Qué pescado llevan?, preguntó Facundo Santoro. Pacú, respondió el hombre. Mi panza empezó a llamar, a crujir, a pedir ese alimento. Preguntamos el precio: 50 bolivianos: un regalo por un pez de ésos. Cinco kilos y ya está limpio. Qué bueno.

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Detuvimos la canoa en una selva muy oscura, debajo de unos árboles enormes. Qué lindo sería saber bajo qué plantas estamos. La única que distinguimos era la chonta, que es una palmera con espinas. Tuvimos que calzarnos porque no se podía andar en patas ahí. El Consejo de Ancianos decidió que el pacú se haría a la parrilla. Yo soy buen asador de pescado, pero ante la decisión de Leonardo Ferreyra, que lo quería cocinar a toda costa, yo me mantuve distante, ayudando a armar el campamento y juntar la leña.

Y ocurrió la tragedia.

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Facundo Santoro e Iván Machado, ambos con machete en la mano, preparaban la parrilla. Correte, Iván que te voy a dar un machetazo, estás muy cerca. Vos dale, Facu. No pasa nada. Todos estábamos cansado. Mucho calor, mucha lluvia, muchas horas de remo. Facundo Santoro, queriendo cortar una vara que había clavado en posición vertical, macheteó muy fuerte, cortando el palo, pero la hoja pasó de largo, impactando justo en el tobillo del músico del barrio Unión. Terrible. El machete cortó toda la carne, recién frenándose al chocar contra el hueso de Machado.

Hubo un gran silencio.

Se acaba la expedición.

Machado cayó al piso tomándose la pierna, con los ojos cerrados, tratando de aguantar el grito y el dolor. Santoro lo miraba… No podía creerlo. Dolor, sangre por todos lados. Leonardo Ferreyra corrió a socorrer. Mi corazón latía fuerte. Estábamos incomunicados y lejos de cualquier comunidad. Se hacía de noche. Paolo Cardozo quiso acercarse a ayudar y lo frené. Dejalos, le dije. Dejalos solos así no se ponen más nerviosos. Vos quedate conmigo que vamos a cocinar el pacú. Leonardo Ferreyra había borrado su permanente risa. Facundo Santoro miraba en silencio el dolor de Machado, que se había ubicado en la carpa del Consejo de Ancianos, acostado y sacando la pata lastimada para afuera. La sangre era abundante. Mi cortadura en la rodilla era ahora apenas una picadura de mosquito. Dejalos, Paolo. No los pongamos nerviosos. Ayudame a cocinar esto. No lo vamos a asar, lo vamos a hervir con plátanos y arroz. Vas a ver qué rico queda.

Señor creador de la selva y de los árboles. Señor todopoderoso que nos mandás esta pena al grupo… Señor, danos una mano para salir de ésta porque solos no podemos. Señor de los caimanes y los indígenas; Señor, por favor, poné tu poder en las manos de Leonardo para que su conocimiento en medicina pueda ayudar a Iván. Señor, por favor. Señor del agua y de Bolivia. Señor por favor. Dale a Leonardo la fuerza y el conocimiento para poder ayudar a nuestro hermano Iván. Señor, por favor. Te lo pido en el maravilloso nombre de tu hijo: el Señor Jesús. Señor, por favor. No nos desampares en este momento. No nos dejes solos porque solos no podemos, Señor…

Tardé cerca de una hora en terminar de cocinar. El Consejo de Ancianos estaba en silencio. Nos sentamos los cuatro ilesos alrededor del fuego. No nos molestaban los mosquitos. Facundo Santoro se encargó de llevarle alimento a Iván Machado, que no quería comer. No hablábamos.

Está muy rico, trató de estimularnos Santoro, pero no consiguió respuesta.

Leonardo Ferreyra hablaba solo. Nombraba términos técnicos sobre lo que le había practicado a Iván Machado. Prendí mi cámara para poder grabar lo que decía. Transcribo lo que llegué a entender del monólogo que hizo frente al fuego:

«El machetazo lesionó los tejidos superficiales hasta el hueso, sin tocar arterias o el tendón de Aquiles… Atravesó los planos musculares. Haciendo una compresión rápida se logró una buena hemostasia y se decidió no suturarlo por lo sucio de la herida y lo húmedo del clima selvático, dejando que cicatrice por segunda. Necesitamos llevarlo a un hospital.»

Luego cambió el discurso y se alentaba solo:

«Iván es fuerte y va a estar bien. Lo atendimos bien. Lo vamos a curar dos o tres veces por día y vamos a llegar a Riberalta.»

Cuando iba para la carpa vi una mariposa blanca que volaba en la noche. La seguí por unos segundos, hasta que desapareció detrás de unos arbustos. Y volvió a aparecer. Era casi fosforescente. Qué querés, bicho.

Se escuchan muchos ruidos. Animales pisan cerca de la carpa. Volvieron los mosquitos. Nadie habla. Armamos la carpa lejos de la del Consejo. Escribo. Ha pasado un largo rato. Paolo Cardozo no para de hablar ni de moverse dormido. Tiene muchas pesadillas. A pesar de todo su dolor, Machado interpreta las notas de Libertango de Piazzolla en la guitarra. Lo escucho desde acá. Eso me trae un poco de paz.

Un poco de paz.

03
Nov
09

arara de mara 09-01-2008

arara de mara

DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 9 DE ENERO DE 2008.

Los caimanes no me dejaron dormir. Creo que conversan con Arara. Uno parece hablar desde al lado de la carpa, del lado de Paolo Cardozo. Dos veces tuve que apagarle la linterna a mi compañero. Él la prende cuando está asustado por la noche, para eliminar las siluetas del exterior y se queda dormido otra vez, con la luz … encendida. Pobre Paolo Cardozo. Dormir en la selva es hermoso pero da un poco de miedo. Estamos acostumbrados a acampar en todos lados, pero este lugar nos supera.

Amanece nublado y cargado de humedad el aire. El sol apenas se asoma. Hace calor. Tomamos unos mates y noté que todos estábamos agotados. Creo que nadie durmió bien anoche. Hablamos poco, lo mínimo y lentamente desarmamos el campamento para seguir.

Iván Machado otra vez protestó porque Facundo Santoro le apagó el fuego con la meada. Iván perdió un cuchillo cuando subía a la canoa. El lugar se llevaba la segunda faca. Dijo que Teresa se la había regalado. Músico picarón.

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Facundo Santoro sigue al timón pero se lo ve cansado y casi no rema. Los remansos varias veces nos arrojaron contra las empalizadas llenas de tortugas.

Tomamos mate toda la mañana, mientras el Beni nos arrastraba aguas abajo. El Consejo de Ancianos nos pasaba el termo chiquito de acero de Leonardo Ferreyra y ellos se cebaban directamente de la pava sobre las brasas.

Facundo Santoro apagó el fuego que Machado había iniciado sobre Arara para calentar la pava, y el músico volvió a enojarse con el poeta.

Se está armando una tormenta al sur y otra al norte. El día está muy pesado y cada vez que se asoma el sol nos calcinamos. Llegamos a la comunidad de Carmen del Emero —al finar era así cómo se escribía—. Recuerdo a José, el hombre de Cachichira, que nos había advertido que la gente de este lugar es dañina y ladrona. Estábamos un poco sugestionados. Como siempre, nos recibieron los niños. Eran muchos y saltaban al agua desde la barranca, tratando de impresionarnos. Son hermosos. Los niños son lo mejor de la vida.

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Yo tomé la punta y me fui a caminar por la gran comunidad. Le pregunté a una señora por un almacén y me dijo que estaba un poco más adelante. Llegué… llegamos… compramos de todo: gaseosas frías, galletas dulces y saladas, comida, caramelos, ¡¡un insecticida!! Facundo Santoro dijo que éramos unos ridículos por llevar uno. Compramos y compramos y compramos. Iván Machado consiguió toronjas en la casa de un aldeano. Cuando volví a la canoa vi que algunos niños estaban mirando con mucha curiosidad lo que llevábamos. Danos guineos, me dijo uno. Esas bananas son mías, le retruqué. Queremos guineo. Danos. Bueno, pero ustedes esperen lejos de la canoa. ¿Por qué? Porque llevamos una pucarara debajo de los equipajes. Según la tradición del Beni, la pucarara canta y corre. Los niños tuvieron miedo. ¿Y no les hace nada a ustedes? Mirame a los ojos, le dije a uno, mirame bien… qué ves. Usted tiene ojos de gato, me dijeron todos. Soy encantador de serpientes, les dije. Podía decir todas esas barbaridades porque estaba solo. Iván Machado me hubiera golpeado si me oía. Soy un mago poderoso, y no me gustan los niños toquetones. Quedaron helados mirándome. Bueno… ¿quién quiere guineos? Les regalé unas diez bananas del cacho gigante y dejaron de pedirme. Para ellos esta especie de banana, tan dulce, es como una golosina. Volví a subir la barranca y les repartí la bolsa entera de los caramelos que había comprado en el almacén hacía unos minutos.

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Seguimos el viaje.

Comimos sobre la canoa. Pasó una tormenta pero no llegó a apagar el fuego. Ahora se ve que otra más grande se está armando, pero todavía está lejos. Son distintas a las de nuestra zona. En el litoral argentino —de donde nosotros venimos— las tormentas son gigantescos frentes que ocupan todo el suroeste… una gigantesca sábana negra que avanza cubriendo todo. Éstas son pequeñas tormentas que van mojando por sectores. Uno ve la cortina de agua que van despidiendo desde las alturas. Son muy bonitas. Están unos minutos y pasan de largo. Oscurecen, llegan con viento —rara vez con truenos—, levantan unas olas pequeñas, hacen tremendo bochinche y al ratito otra vez está el sol calcinante.

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Quínoa. Qué rico. Cuando me sirvieron el segundo plato me puse realmente contento… toqué algo duro en el fondo y pensé que había ligado un pedazo de puchero. ¿Un puchero en la selva? ¿En qué estaba pensando? Soñando que iba a chupar el agujerito del caracú, levanté la dureza que se encontraba sumergida en mi quínoa y descubrí un cráneo de mono que me miraba desde el plato. ¡Nooo! Qué impresión. Era una broma del Consejo de Ancianos. Todos reían… yo también, aunque extrañaba un buen puchero en mi olla negra. Papas, morrones, choclo, caracú, camote, zanahoria… qué lejos está todo eso…

Un sistema de nubes grande nos rodea. Estamos haciendo la digestión. La hora de la siesta. El único que permanece activo es Santoro, que va al timón. ¿Nos llegará a mojar? Conseguir un almacén nos ha alegrado a todos. Se viene oscuro, pero está tan lindo para seguir echado.

Arara esta cada vez más agujereada. Estoy apoyando la espalda en mi bancada, y por debajo de Paolo Cardozo veo las filtraciones. Los guacamayos siguen volando de a pares. Llegamos a una curva pronunciada y Santoro propuso que dejemos de remar y nos arrimemos a un claro en la costa para armar el nuevo campamento. Estuvimos de acuerdo.

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Otra vez la selva impenetrable. Estábamos en la limpiada que había creado la sombra de un árbol gigantesco que ya no está, que el río se devoró como a Nininha. Preocupaciones otra vez: estábamos en la parte externa de la curva, donde el río no aluviona y golpea socavando. Todo el tiempo caían pedazos de barro al agua. El río comía y comía. Recuerdo una vez que mi hermano estaba tomando mates en una limpiadita cercana a Rosario, en el Paraná, a la que llamábamos «el Hornito». Como acá, allí el Paraná golpeaba con fuerza. Mi hermano sintió el ruido de raíces quebrándose, caminó hacia atrás, y vio cómo unos cinco metros de tierra se desprendía, con árboles incluidos, perdiéndose en el fondo del río. Casi se va al fondo.

Se acerca una gran tormenta. Oscurece. Armamos la carpa y un alero por la lluvia. Llueve. Cayeron dos árboles al río. Uno en cámara lenta y el otro con violencia y muchísimo ruido. Comimos charque y, de postre, una leche condensada que conseguimos en el almacén de Carmen del Emero.

El espacio es muy pequeño y algunos tenemos que cagar. Dónde hacer caca si no hay casi espacio en la limpiada. Yo subí a Arara y me colgué de una bancada, con el culo afuera. Facundo Santoro tomó un remo Pimentel, hizo caca arriba de la pala y la quemó. Qué asquete.

A la carpa, a dormir. Cayó otro árbol grande cerca. Dejó de llover. Escucho los caimanes lejos esta vez. Tengo mucho olor a sucio, pero la herida en la rodilla dificulta el lavado. Duele.

Facundo Santoro recitó una poesía muy hermosa sobre una mujer que camina sola por la selva, que en este texto representa la vida… No es fácil para este género que no termina de imponerse frente al masculino… No la recuerdo, debí haberla grabado. Cuando lo oía pensaba en Vero de La Paz, esclava del barbudo… Qué raras son las mujeres.

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29
Oct
09

arara de mara 08-01-2008

arara de mara

DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 8 DE ENERO DE 2008.

Hoy es el día del Gauchito Gil. Mercedes debe estar desborada de personas. Acá no hay nadie.

Amanece soleado. Veo sólo ochos sombra pequeñas, ocho puntitos que desaparecen y vuelven a definirse: hay una tarántula caminando en en techo interno de la carpa. Afuera siguen oyéndose los mosquitos. Hablamos todos por un rato largo, mientras hacíamos fiaca y nos desperezábamos. Cada uno contaba sus fantasías sexuales. Facundo Santoro soñaba con una modelo narigona de tetas grandes que conducía un auto en una novela —no recuerdo ahora el nombre que me había dicho—. Roberto Fontanarrosa asegura en uno de sus cuentos que todas las narigonas tienen tetas grandes. ¿Será? Iván Machado dijo que le gustaría a costarse con todas las cambas que tengan marido. Paolo Cardozo imagina que es Iván Inca y se reencontraba con su amada en Rurrenabaque, y son los tres felices, viviendo en una casita junto al Beni, tomando chicha —no de maní— mientras se balancean en las hamacas —paraguayas—. Leonardo Ferreyra quisiera en este momento tener en brazos a una mujer hermosa —un poco aputazado para el momento, pero es lo que siente—. Se burlan de mí y dicen que yo quisiera estar con el metalero gordo que me practique sexo oral. Ja, ja. Estoy en paz. No necesito a una mujer ahora. Menos a Catu, que sé que no vendrá, que ha fallado a su promesa de ser única y valiente… de andar por la vida «avisando» y no «pidiendo permiso». Pero ella eligió no ser eso. Mejor… se ahorrará pesares. La felicidad no lo mismo para todos. Para nosotros es agarrar la vida con fuerza y «vivirla» para no tener que andar por ahí evocándola, como hace la mayoría de la gente.

Nadie se levantaba de la carpa para encender el fuego y tomar unos mates. Nadie… Todavía harto zancudos. La tarántula sigue caminando por el techo interno de la carpa. Traté de incentivar a mi compañero de carpa a salir, le dije: Tenemos que hacer tripa corazón y encender el mate, Paolo. Bueno, pero vos salís primero, gordo. Entonces salí y esperé el dolor insoportable de picaduras por todos lados, pero no fue tal. Los mosquitos que tanto gritaban estaban atrapados entre las paredes de la carpa, como nuestra amiga araña, y no había tantos al alejarse de la tienda. Con mucha suavidad para no lastimara, subí la tarántula —que no era de las más grandes— a un palito, y se las acerqué al mosquitero de la carpa del Consejo de Ancianos. Qué risa.

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El río había bajado cerca de treinta centímetros a lo largo de la noche.

Mientras calentábamos la pava, quemamos el primer remo Pimentel. Tomamos los mates más ricos del mundo. Somos felices.

Hoy estamos muy entusiastas pero vagos para hacer todo. Nos llevó muchísimo tiempo desarmar el campamento y seguir el viaje y el tiempo sobre Arara fue más para pasear, sacar fotos, pintar y armar la cocina, que para remar y avanzar. Leonardo Ferreyra, el bioquímico del barrio Refinería, y Facundo Santoro, el poeta de Arroyito, trabajaron arduo para que la obra estuviera terminada, y la inauguramos con unos deliciosos mates amargos. Ahora Arara también humea. Es maravillosa.

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En un recodo del Beni vimos a un hombre con un niño. Decidimos parar para conversar con ellos. Se dedicaban a cortar madera. El nombre del padre es Pedro. Habían montado un pequeño y precario obraje, con un campamento hecho a partir de lonas de plástico y un mosquitero donde ellos dormían. Vi la motosierra y una escopeta. Ésas eran sus únicas herramientas. Eran de La Paz, por lo que nos dijo. El niño era su hijo. Hacía más de un mes que estaban en el mismo lugar. Tuvieron un problema y el motor de su canoa no funciona. Cuando pasó el barquito maderero, el que les compra las vigas de cedro, ellos avisaron del inconveniente. Ahora deberían esperar el próximo barco, que llegaría en unos días, y les traería el repuesto para arreglr su peque peque. Pasaron navidad y año nuevos solos en este paraje alejado de cualquier comunidad. Habían hecho una parrilla de palos y, sobre los troncos, estaban cocinando un mono. La primera impresión fue dura, negativa, de incomodidad, pero sabemos que no todos somos iguales. Iván Machado no dudó en manotearle un pedazo de carne al primate muerto. Yo lo seguí. Es duro, no muy sabroso, pero es carne…

Caminamos por la selva y nos asombramos de ver árboles tan grandes. La selva en ese sector es oscura y fría. No había muchos mosquitos. Yo estaba descalzo y pisé algunas espinas. Hace muchos días que no uso calzado. Es hora de volver a confiar en mis ojotas o en las zapatillas.

Trocamos mal con el hombre. Le dimos bananas de las ricas, de nuestro cacho gigante, y él nos dio otras feas que sirven para fritar o hervir. No había visto de éstas. Son más alargadas y delgadas. Son feas crudas.

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Sigue el viaje. Tengo mucho tiempo para escribir sobre la canoa hoy que remamos tan poco por lo bueno de los vientos y la correntada.

Tres caimanes se tiraron al agua. El río está alto y no se los ve con facilidad. La gente dice que se han retirado a los lagos —lagunas que forman los antiguos cauces de este río meandroso—. Facundo Santoro y Leonardo Ferreyra, por su parte, aseguran que no hay porque los han cazado a todos. Yo prefiero creer en lo que dice la gente. Me pone triste la idea de estar remando por un río depredado por los hombres, como es nuestro Paraná.

Vimos varios guacamayos amarillos volando, y posándose en los árboles más altos.

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Mi pala Pimentel es la más liviana y todos se burlan de que no hago fuerza. Cuando remo en el Paraná, uso la más pesada para mi kayak, pero acá es al revés. Esta es livianita, arrastra poco agua y es muy cómoda. Me gusta. Puedo moverla con facilidad. Estaba sacándole un poco de madera para reducirle el perímetro donde la tomo con las manos, cuando se me pasó la navajita de largo y me la fui a dar en la rodilla… Con el filo me penetré medio centímetro por debajo de la piel. No duele, pero quema y sangra mucho. Leonardo Ferreyra vino en mi ayuda. Desinfectó la herida y la tapó con una gasa. Me prohibió tirarme al agua hasta que cicatrizara —eso fue lo que más me dolió— y me aconsejó curarla por lo menos dos veces al día. El agua del Beni, me explicó Ferreyra, arrastra muchas bacterias y sedimentos pesados y no se te va a curar si se moja. Sé que es cierto, lo mismo pasa con las heridas mojadas en el Paraná. Tendré que soportar el calor sin tirarme clavados desde la proa de Arara. No estoy contento.

Nos detuvimos en la entrada de una laguna, junto a un banco de barro lleno de árboles jóvenes. Caía la tarde. Hacía mucho Calor y soplaba un viento fuerte y pesado.

Ferreyra perdió un cuchillo artesanal, que cayó al agua cuando él bajaba de Arara. Estaba profundo. Los alisos que crecían en el banco sólo mostraban su penacho junto a la canoa. Debía haber cerca de dos metros de profundidad. La selva inspira mucho miedo y respeto. Nadie quiso bucear para rescatarlo.

Vi un insecticida tirado en la limpiada. Estaba vacío, pero lamenté no haber comprado uno en Rurrenabaque.

Donde armamos el campamento es una limpiadita, cercada de cañas que hacen imposible caminar y alejarse. Hay poco lugar, pero las dos carpas entran bien. Comimos y la mosquitada se puso violenta. Todos a las carpas. Facundo Santoro mea el fuego para apagarlo. Iván Machado se molesta y lo putea. Santoro dice que le molesta el olor a humo, Machado retruca diciendo que el olor a meada quemada es peor. Siempre pelean estos dos, pero son tan amigos… El cierre de la carpa está fallando. Miedo…

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Escuchamos unos ruidos, un sonido largo y grave, como un el rulo de un redoblante, pero mucho más bajo, como si uno se hiciera en la chancha de la batería. Se extendía por unos diez segundos y callaba. Pregunté qué era. Son los caimanes, me dijo Santoro. Le creí y tuve miedo. Está oscuro, hay muchos mosquitos y los lagartos gigantes se escuchan muy cerca. Si fuéramos tres en la carpa, me habría puesto en el medio para que me hagan sanguchito y me sintiera más seguro. Igualmente me alejé los centímetros que pude de la pared de la carpa, arrimándome a Paolo que, como siempre, ya dormía. Paolo se sienta y duerme, deja de remar y duerme, termina de comer y duerme. Duerme mini siestas todo el tiempo. El año pasado viajamos a la Patagonia con las bicicletas y en un día le conté casi diez mini siestas —descansábamos mucho y pedaleábamos poco—. El cielo, esta noche, está igual que a orillas del fresco lago Queñi… Estrellas por millares y ninguna luz de ciudades al horizonte. Estamos lejos. Muy lejos.

Ausencia de todos, todos están lejos, todo está lejos. Soy sólo yo y los caimanes a mi alrededor. Ya no escucho la respiración ni las voces de mis compañeros. Todos duermen o fueron devorados. Yo no puedo dormir, no concilio el sueño. Las voces de los caimanes, cada vez más cerca, son insoportables. Mi corazón está acelerado.

Algo terrible en la mitad de la noche. Terrible… Paolo Cardozo y yo tuvimos que orinar y no teníamos un achicador adentro de la carpa. Salimos, soportando la terrible mosquitada y, cuando volvimos a la carpa, terminó de romperse el cierre. El culpable fue Cardozo, por apurarse y no moverlo con delicadeza. Mientras él trataba de arreglarlo, yo mataba los zancudos que entraban. El caimán se escuchaba muy cerca, creo que atrás de la primera pared de cañas, en la entrada de la laguna. La situación era desesperante, hasta que el cuenta cuentos logró solucionar el problema. Pudimos cerrar la carpa y decidimos anular ese cierre. Le hice unos puntos con hilo y aguja para ya no poder utilizarlo. Ahora sólo teníamos una entrada a la carpa. Tardamos un buen rato en matar los mosquitos que quedaban, pero la paz volvió al lugar. Me fijé la hora en la cámara de fotos:  medianoche.




TAPA DEL LIBRO SANTIAGODELRIO Todos éstos están ahora atrapados en nuestro remanso costero:

«La caza es sólo una denominación cobarde para un asesinato especialmente cobarde de criaturas sin posibilidades. La caza es una forma secundaria de enfermedad mental humana». Teodoro Heuss.

Que nuestros humedales no sean transformados en una pampa ganadera.

Quema de pastizales

«El fuego quedó prendido, como testigo nuestro ... en silencio, contrarestrando los escopetazos de los bobos que todavía van a cazar algo cuando no necesitan de eso para vivir ... quitando una vida inutilmente.

Cuando era chico me gustaba cazar a mí también, hasta que traté que una perdiz levantara vuelo para tirarle y, como no subía a pesar de mis pisotones al suelo, al acercarme me di cuenta que tenía cría abajo ... nunca más le tiré con algo a un ser vivo.»

Capitán Martín Burbuja.

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¡¡¡Seguimos adelante!!!

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A diferencia de los soldados, que en la mayoría de los casos tienen ante sí a un enemigo con iguales posibilidades, el cazador es especialmente cobarde: él dispara sólo cuando la víctima no se puede defender.

Que el hombre se atribuya el derecho de matar por diversión a seres vivos que sienten y que perciben el dolor igual que él, es algo absolutamente miserable.

Los cazadores futivos están acabando con la fauna nativa. No les sigas la fiesta a los matadores de carpinchos. Defendé nuestros recursos.

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SANTIAGO GUARÚ DEL RÍO

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