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Agua en la Cabeza (parte 3/10)
La tormenta ha pasado y el tiempo mejora. La aclarancia —diría Juan el Zorro— dio contra la pared que miraba al este y sentimos un alivio de no tener que partir con las cosas mojadas. Al asomar nuestras cabezas de la carpa dimos con este paisaje increíble, que no creíamos encontrar.
La Quebrada del Yatán, vista desde el norte.
A preparar a Cleta Coba para seguir el viaje. Alforjas acomodadas, ruedas infladas, espejito bien ubicado: todo listo.
La falta de agua —apenas contábamos con media botella, como para unos mates sin terminar de lavar la yerba— y el calor inminente nos advierten que necesitamos dejar este paraje y regresar a la ruta.
Una loica nos saluda en la partida y sigue el viaje.
Un negocio al costado de la ruta. Qué hambre, qué sed. Lo saqueamos.
Pocos kilómetros hacia el sur dimos con una localidad llamada Los Reartes, donde encontramos un amable rincón junto al río para armar el campamento.
Es un paisaje modificado donde ya no quedan casi florestas del monte nativo, pero aun así encontramos un buen lugar para descansar y preparar la trepada hacia la Cuenca del Plata. A disfrutar del campamento.
En el disfrute, quemamos merecidamente un genocida y observamos, atentos, el avance de una nueva tormenta.
Al caer la noche: el agua y los refucilos.
Amaneció cargado de humedad pero sin lluvia. Preparamos las bicicletas y partimos hacia el oeste, hacia el corazón de las Sierras Comechingones.
El Cerro Negro… estamos cerca. El agua que cae al sur del Negro va hacia el Paraná. ¡¡Allá vamos!!
Éste es el destruido paisaje del exclusivo barrio Loma del Tigre. Cosas que pasan.
¿Habrán pagado caro los lotes? Ahora les ha quedado este patético paisaje.
Un descansito. Estamos cerca.
Zorzal Chiguanco.
Paloma Manchada.
¡¡¡Qué buena esquina en la Cumbrecita!!!
Renata propuso caminar la mentada zona del Yatán que veníamos divisando desde hacía varios días. Allá fuimos.
Trito Timai reclamó para sí el cerro y nos enseñó la belleza del paisaje. Parecía ser una caminata demás de placentera…
…pero el tiempo empeoró de pronto y temimos lo peor…
Esas nubes llegan por abajo. Si impactan con la montaña quedamos a ciegas. Soplé para ahullentarlas, Renata sopló, Trito no se quedó atrás…
La Cachirla nos avisó: regresen antes de quedar a ciegas, pero no la oímos. Seguimos soplando.
Renata dijo: es suficiente. Me quedo sin aire.
Un águila mora se burló de nuestra imprudencia. Si sólo hubiera tenido una gomera…
Renata reía: qué malo que sos para tirar piedras, vos sí que no tenés puntería. Recordé que ella era una gran lanzadora de rocas.
Entonces la oscuridad y el silencio… y las manchas en el lente de la cámara.
Es demasiado tarde para regresar. La nube nos ha cubierto.
No… ¿Por qué?
Con las últimas horas de luz —o penumbras— armamos la carpa en un lugar llano y debimos esperar a que el tiempo decidiera o no si seguiríamos con esta empresa.
La expedición es un fracaso. 15 horas ininterrumpidas de llovizna y niebla tupida.
Continúa.Agua en la Cabeza (parte 2/10)
Dejamos la localidad de San Clemente y seguimos camino por el Valle de Calamuchita. Acercándonos cada vez más a los parajes más remotos y puros de la cuenca del Alto Carcarañá.
Un rey chimango nos bendijo en la partida, pero nos advirtió de los malos tiempos que traen las lluvias y las crecidas. Trito Timai entendió la lengua de las aves y nos lo comunicó en nuestra limitada forma de significar el mundo.
Las sierras son elevaciones muy antiguas del terreno. La erosión las ha gastado tanto, que el paisaje pareciera una constante de lomadas dispersas. Si bien las trepadas no son tan duras, es realmente cansador pedalear por ellas porque se suceden unas a otras todo el tiempo. Gente del Río andando por la piedra… Ay ay ay…
¿Lancheros en las sierras? ¿Qué querrá decir este cartelito?
Pedaleamos por muchas horas y nos detuvimos a descanar. Estábamos muy cansados y no hallábamos el rumbo hacia el Gigante con Agua en la Cabeza.
Renata Trotsky Timai se echó a dormir debajo de un arbolito cuando…
…despertó alertada por una picazón y observó su cuerpo. Algo andaba mal.
La desesperación fue instantánea.
Renata había sido flechada por un molle, según la leyenda de los antiguos (*).
Pasado el ardor seguimos camino hacia las Sierras Grandes.
Lentamente nos acercábamos a nuestro destino, al nacimiento del Carancho Diablo.
Trito Timai cambiaba el color de su madera, y eso daba señal de que el Paraná estaba cerca. Una piedra gastada nos llevó hasta el sendero bueno.
Un músico que había perdido su bandada nos preguntó si habíamos visto a sus primos; por supuesto: le indicamos que más abajo habíamos visto a su familia ictérida.
El pequeño tordo nos indicó dónde podíamos conseguir agua y se alejó por el pastizal serrano.
Agua de vida, pero aún con sabor a Ansenuza. No damos con nuestra cuenca, pero sabemos que corre cerca.
Pasados los pircales alcanzamos una zona de pampas muy altas.
Un naranjero nos advirtió que el tiempo desmejoraba y que halláramos pronto reparo. Lo oímos y buscamos lo más alto de las planicies.
El último rayo solar, antes que la nube tapara todo, nos permitió echar una última mirada al observatorio. Desde allá, y aún más, venimos.
Y entonces la lluvia. Y luego la noche.
(*) Flechada debajo de un molle. Eso es por un antiguo derramamiento de sangre india a manos de un español de la conquista. Rodrigo de Soria conoció a la bella indiecita Mishki, que estaba enamorada de Alimi, el hijo de un cacique Comechingón. Rodrigo intentó seducirla, pero ella lo negó. El español, humillado, optó por raptarla. Cuando Alimi intentó rescatarla, una noche, fue descubierto por Rodrigo, quien decidió, impotente por no obtener nada del amor de la doncella, sacrificarla con un sablazo en el corazón antes que saberla feliz al lado de un jefe indio. Fue debajo de un molle que se realizó la matanza. Desde ese día el molle está ofendido, atacando con urticarias y crisis asmáticas a quienes busquan amparo bajo sus sombras.
Continúa…
Pasado del Sur
El sur santafesino es la tierra donde a muchos nos ha tocado nacer, crecer y aún hoy seguir viviendo. Salvo por la majestuosidad del río que lo limita al este, el sur santafesino es un paisaje triste, chato, enfermo de cultivos tóxicos y de horizontes largos que han perdido sus florestas.
El sur santafesino es un paisaje sin música, sin folclore, un fantasma lúgubre que sólo se sustenta en la enorme cantidad de dinero que produce. Pero sin vida… Triste… Una cuadriculada mancha de soledad que, como una enfermedad argentina, rápidamente se expande hacia los vientos.
Este paisaje triste y sin música avanza constante y metastático sobre la cuña boscosa del norte, sobre las onduladas tierras entrerrianas, sobre los valles cordobeses, sobre la infinitud ganadera bonaerense, avanza, siempre avanza sin detenerse.
El sur santafesino alguna vez alternó pastizales y espinales; aguadas, lomadas leves y lagunas, diversidad toda y pura en un maravilloso marco donde el antiguo poblador se nutrió por centurias.
Pero se ha modificado… ahora es de viento que arde de tierra en los ojos, y de caminos silenciosos que aún guardan las huellas de agónico éxodo del puma y del cardenal. El sur santafesino es un triste paisaje productivo donde la biodiversidad se ha marchado.
Pero existe un lugar enclavado justo en el centro de nuestro sur…
Un pequeño reservorio olvidado por los nunca satisfechos productores santafesinos, donde el tala y el chañar siguen siendo los soberanos del espinal, un pequeño portal hacia el pasado, un espacio donde podemos imaginar cómo ha sido nuestra tierra antes de los tiempos del afán de lucro.
Un lugar así:
Chingolo.
Calandria Grande.
Niño Carancho.
Jóvenes en formación.
Naranja Silvestre.
Galería.
Orquídea terrestre.
Detalles del Tala.
Bicho Canasto.
Chañar. Recuerde los maravillosos detalles de la corteza.
Carpintero Blanco.
Fruto maduro y flores de la trepadora Tasi.
Cina Cina.
Monjita coronada.
Troncos de Chañar y Tala.
Hembra Cortarramas.
Macho Cortarramas.
Juvenil de Torcaza.
Copa de Corona de Cristo.
Tronco de la Corona de Cristo.
Tallos volubles (que se enroscan dando vueltas) de una trepadora.
Crestudos.
Espinero Chico.
COA Federal Rosario.
El regreso a la desolada tristeza del sur santafesino.
Finalizo esta publicación con un texto de Pablo Aliado:
Qué importa que trasformemos nuestros ecosistemas en un gran desierto, hoy este yuyito sigue creciendo y en algún momento la tierra se cansará.
Somos un país tercermundista y subdesarrollado, qué importan los recursos naturales, qué importa que los Tobas, Wichís, en el norte, entre otros y los chicos de nuestra periferia mueran de desnutrición si todos los años batimos un nuevo record en exportaciones de alimentos, y dragaremos mas el Paraná para poder sacar los barcos mas cargados, que importa la erosión de las costas y si el Rio escurre mas rápido o lo contaminemos…
Qué importa que los chicos que están en las esquinas no estudien, si podemos darles fútbol gratis.
Por suerte todavía quedan algunos oasis como el de las fotos, como algunas esperanzas de cambiar el rumbo de este camino al precipicio.
El arroyo
Desembocando en el Paso de los Marinos, a la altura de la comunidad de Villa Gobernador Gálvez, se encontraba un pequeño arroyo que los isleros solían llamar «Arroyo de la Caminata». Ahora: tapiado[i] por causa de la disminución del caudal que generó el terraplén de la conexión vial Rosario-Victoria en esos cauces.
Entre los paisanos de aquel lugar, se cuenta una historia misteriosa. Hay quienes la refieren a la magia del lugar, como un sitio reservado a Y Jara, dios de las aguas. Los más necios, por el contrario, prefieren relacionarla con la desaparición de Juan Errecalde, quien se batiera a duelo de cuchillo con Cristiano López, comisario de Diamante: matándolo y volviéndose prófugo, dicen, internado en la clandestinidad de la que por varias décadas le preservaran los montes isleros.
Cada curva de este arroyito escondía otro recodo serpenteante, alternando una y otra vez entre paisajes rodeados de lagunas, pequeñas arboledas, chilcales[ii] de agachadas y pajonales que a penas dejaban seguir la delgada picada.
El joven caminaba buscando la corriente de agua de donde naciera el arroyo y, por lo que imaginaba, no debía de estar lejos, pues su estrechez era un hecho, y su correntada denunciaba que llegaba de un cauce mayor y cercano. Caminó, caminó y siguió caminado. Algunas veces tuvo hambre y se alimentó de alguna tarucha[iii] lagunera, otras veces tuvo sueño y buscó lugares con gramón para echarse, allí se cubrió con su poncho pampa. Pensó en su abuelo que lo esperaría en el campamento. «Seguramente ya tendrá ganas de que vuelva para regresar a su casa. Yo llego al final del arroyito y también me vuelvo. Él sabe que a mí me gustan estas cosas».
Después de mucho tiempo de caminar y mirar sólo el arroyo, encontró un niño que tiraba el anzuelo de su mojarrero al agua, al costado del cauce y esperaba paciente que la boya de corcho se hundiera: entonces tironeaba y volvía a encarnar el anzuelo.
-Hola -dijo el caminante, feliz de haber encontrado la primera persona en tanto tiempo.
-Buen día -respondió el pequeño-. Es la primera vez que veo a alguien por acá. Pensé que yo era el único que conocía este lugar.
-Vine unos días de campamento con mi abuelo y sus amigos, que están en el río grande. Pero se la pasan tomando vino y discutiendo sobre personalistas y anti-personalistas[iv], yo salí a caminar un poco.
-¿Su abuelo? -miró asombrado el niño-. ¿A su edad todavía se puede tener abuelo?
-Tengo nada más que dieciocho y, ¿por qué no me tuteás?
-¿Cómo que tiene dieciocho? -exclamó el pequeño-. ¡Mírese y déjese de decir barbaridades!
Se atormentó al ver que su cuerpo había envejecido. Contempló espantado sus manos, totalmente enredadas por el ñandutí[v] que formaban las venas azules.
-Algunos dicen que este arroyo no conduce ni viene de ningún lado. Pero veo que usted encontró una de las puntas.
-No puede ser… mi vida… mi familia… -desesperó el anciano, llorando desconsoladamente.
-Pobre… Anduvo tanto tiempo.
-¿Y ahora qué voy a hacer?
-Tanto tiempo anduvo por una sola huella.
-¿Qué voy a hacer? -siguió quejándose.
-Venga conmigo -dijo el niño mientras arrojaba al agua las migas que le quedaban-. Me cansé de pescar. Vamos hasta mi casa, ahí vivo con mi mamá. Debe estar cansado de comer siempre en la misma soledad. Verá que hay buena compañía en mi ranchito.
Remontando un sendero que moría en la costa, se alejaron del arroyo.
Los paisanos de los Marinos prefieren no andar de noche cerca del surco que aún permanece junto a aquel hilo de agua. Dicen que en los senderos de «la Caminata» todavía anda el niño que nos enseña el largo tiempo que hemos perdido solos.
[i] Tapiado: cortado el cauce de agua por el crecimiento de camalotes y canutillos.
[ii] Chilca: arbusto de tallo duro y recto que crece en las costas. Las vacas forman galerías por debajo de estas florestas.
[iii] Tarucha: tararira. Pez de las lagunas deltaicas y pampeanas que se esconde debajo de los camalotes, para acechar a su presa.
[iv] Personalistas y anti-personalistas: posiciones partidarias de la Unión Cívica Radical referidas, las primeras, a Hipólito Irigoyen y a Marcelo de Alvear las segundas.
[v] Ñandutí: tejido, anudada, tela de araña, formas que hacen las enredaderas abrazadas a los árboles costeros.




























































































































































































































Los que se animan a levantar su voz