Otros casos documentados.
«En la provincia de Neuquén, en el paraje de Piedra Trompul, donde se encuentra la comunidad mapuche Cayún, hay una enorme piedra que se levanta a más de cien metros por encima del bosque. Sobre ella puede verse, en un panorama inmejorable, el lago Lacar. Una delgada huella permite el ascenso hasta la cima pero, a pocos metros de comenzar el faldeo que conduce hacia arriba, entre dos robles pellines, existe una cueva que conduce a un espacio paralelo en el tiempo. No es fácil encontrarla pues está oculta tras unos matorrales de cañas colihues. Otro obstáculo que presenta esta entrada es la presencia de una guardiana: una mujer mapuche que es conocida por los pobladores del paraje como la Dama Nayén. Ella regula su acceso, y sólo las personas de corazón humilde pueden entrar allí. Se cree que aún nadie ha podido. Lo escépticos dicen que es sólo una leyenda para atraer turistas, pero unos pocos sabemos de su existencia.
De nada sirve buscar la entrada salamanquera.


Recuerdo una noche de enero en que acampábamos en la cima del lugar. La luna llena nos permitió ver la silueta de un jote que dejaba su forma alada y se volvía en una mujer de largos cabellos. Tuvimos mucho miedo. Ella sabía de nuestra presencia pero no se detuvo a observarnos. Caminó picada abajo y se perdió detrás de unos cipreses. Esa noche no dormimos. Apagamos el fuego minutos después de ver a la guardiana y entramos en la carpa.
Dicen los hombres originarios que Nayén es sobrina de Noé; que detrás del cañaveral, en el interior de la cueva, se esconde la pintura del mundo como fuera tras el diluvio. Al entrar en el socavón, según cuentan, se caminan unos pocos pasos y puede distinguirse una luz en el fondo. Como si entráramos en la simetría central de un punto ordenador del universo, rápidamente volvemos a ver que esa luminiscencia nos devuelve otra vez al paraje de Piedra Trompul, incluso después de haber caminado solamente hacia adelante. Pero éste no es el mismo paisaje. Allí, el constructor del arca se permitió no multiplicar su descendencia en abundancia. Ésa es la tierra como Dios la dirimiera de los seres humanos tras la Inundación. Allí, la naturaleza hizo en tres mil años su obra sin el entorpecimiento de las personas.
Cuando viajé al litoral, en una jornada en que exploramos unos misteriosos cerros que se levantan por sobre el paisaje isleño del río Paraná, les he oído decir a un grupo de huaqueros , que las etnias guaraníes aseguran que ya se han encontrado, en el territorio sudamericano, varios puntos ordenadores del universo.
Esos puntos, según me argumentaron, son un back up que utiliza la demiurgia para restaurar a la Creación de los errores y los excesos.»
Romina Doblado, San Martín de los Andes, junio de 2005.



Parte I
El río se desbordó; pasaba los terraplenes y se metía velozmente en las lagunas que, para finales del verano de 2007, se habían llenado con tanta agua, que sólo se diferenciaban de los cauces principales por las hileras de árboles que emergían desde la superficie.
Leonardo Ferreyra, el bioquímico de Barrio Refinería, sabía que no iba a poder llegar muy lejos. Parar a armar campamento, imposible. Los pocos lugares que aún se mantenían secos atestaban de mosquitos. Sabía que ese mismo día debería volver a Rosario, pero aún así se alejó lo bastante como para que al regreso lo agarrara la noche en mitad de la vuelta. Pasó el brazo de los Meones, y entró en una lengua de agua ensenada hacia el interior de la isla. De allí se distingue, mirando hacia el territorio santafesino, el Campo de la Gloria, en la ciudad de San Lorenzo. Por primera vez iba a lograr cruzar la tapia que siempre le había marcado ese límite. Esta vez no había camalotes impenetrables: el agua se había llevado todo. Pasó unos alisos viejos y ya vio la claridad de una laguna detrás del sumergido albardón. Sólo se interpusieron unos repollitos y una planta de irupé, que apenas podía sostenerse, pues las raíces ya se habían soltado del lecho. A los pocos minutos ya había alcanzado el espejo de agua. Anduvo hacia el este, hacia el interior de la isla y encontró, así, un pequeño cerrito cuya cima mantenía firme un timbó colorado y un laurel . Halló leña seca y, con mucho humo, pudo espantar a la mayoría de los mosquitos.
—Bichos insoportables —se quejó—; qué pesados que se ponen.
Una vez amedrentados los bichos, y con el agua caliente en la pavita, se echó en el pasto a contemplar la crecida. El río se adentró para todos los confines de la comarca islera. No se veía lugar sin río. Abarcaba todo el ancho de la vista, hasta donde los árboles no dejaban ver más allá. Todo era crecida. Todo era río. Allá lejos se veían unas vacas que comían camalotes, sumergidas hasta el cogote. Más acá, el agua se hervía de sábalos y taruchas.
—Este año tuvieron suerte— pensaba Ferreyra. Aquella vez, el cobarde del gobernador levantó la veda de la pesca por miedo a los piquetes de los pescadores y, cuando los peces estaban condenados a muerte, el río les trajo este respiro, pudiendo irse para donde quisieran, siempre lejos de las redes.
Ferreyra quedó dormido sobre el aislante.
Se despertó al oír el ruido de unos pasos que quebraban madera seca a pocos metros de distancia.
Abrió los ojos y distinguió el rostro y la cabellera de una chica que se agachaba justo en el momento en que él levantaba la vista. Se incorporó de un salto, y ya no pudo ver nada. Tuvo miedo: acababa de ver a una persona a su lado y, un segundo más tarde, ésta había desaparecido. Si bien él era un escéptico para los mitos y creencias, supo que aquella figura de ojos sombríos tenía algo de real: que no era una simple fabricación de sus sueños.
—¿Estaré sugestionado? —intentó calmar sus nervios mientras amontonaba, de forma rápida y desprolija, los bártulos dentro de los estancos del kayac—. Pero… ¿Y si fuera real?




Regresó a la ciudad cuando el lucero terminaba de esconderse atrás del horizonte.
—¿Qué le pasa al farmacéutico que se lo ve tan callado? —le preguntó Ernesto Barbosa (el sereno), que había abierto la puerta de la guardería náutica para que ingresara con el bote.
—Nada.
—Estás nervioso. ¿Querés que te haga un té? ¿Te pasó algo raro allá adentro? —insistió Barbosa.
—Tuve un sueño muy real. Vi una india que se escondía atrás de unas salvias —explicó Ferreyra.
—Mirá que allá enfrente está lleno de almas. Y con esta creciente hay que tener cuidado. Uno debe saber que comparte los pocos lugares secos con todo el bicherío: víboras, iguanas, mosquitos, fantasmas, vacas. Todos buscan lo seco
—¿Los fantasmas también? —dudó Ferreyra.
—Claro, pibe. ¿Dónde se van a poner, sino?
—¿No son espíritus? Los espíritus vuelan —cuestionó el kayaquero.
—Son almas, no espíritus. Los espíritus son con Dios, las almas purgan. Además, ¿vos viste alguna vez un alma volando?
—Nunca vi un alma.
—Vamos… —desconfió el sereno—. ¿Me vas a decir que nunca viste una?
—Te lo estoy diciendo.
—Qué raros que son estos pibes de ahora. Muchos documentales, ustedes.
Esa noche Ferreyra durmió tranquilo en la casa de su amigo Facundo Santoro. Pero poco dijo sobre el suceso de la aparición. Al otro día pidió a otro de sus camaradas, Pablo Medina, que dibujara a la india de ojos sombríos, según él la describiera. Enmarcó el dibujo en un bastidor de madera y lo colgó en el laboratorio de la facultad, donde él daba clases.








Parte II
Campamento de otoño con la escuelita de canotaje de Juan Olivera —mayo de 2007—. El río había disminuido su caudal en parte significativa. Ferreyra, el bioquímico, estaba allí, apartado del grupo de los adolescentes, tomando whisky con Hernán Dacharry, un amigo que hacía pocos meses regresaba de Escocia.
—Esto es el Pichi Traful de los anglosajones: el uisce beatha, como lo llaman ellos —habló Hernán Dacharry.
Paolo Cardozo, uno de los alumnos más pequeños, se acercó al grupo de los más grandes para tratar de ligar algo de bebida alcohólica.
—Dale, profe. Un traguito, nomás.
—Volvé para allá, con los otros —sentenció Olivera.
Pasaron unas horas y Cardozo se encontraba brindando con Ferreyra y Dacharry junto a la barranca, mirando el humo de mierda que hace la Celulosa de Capitán Bermúdez. Olivera dormía, preso de la borrachera, al lado del fuego.
—Yo traje un vino —comentó el menor, sacando un malbec añejado en roble de la mochila.
—Miralo al pibito —se asombró el escocés.
—Estos días —Cardozo se dirigió al bioquímico— escuché la historia tuya, Leo. La del verano; cuando pasaste remando por arriba de la tapia de La Primera y te fuiste para el lado de las lagunas del Video , esa vez que viste a la chica detrás del cerrito.
—¿Quién te lo dijo? —el bioquímico preguntó extrañado—. Se lo conté a muy pocas personas.
—No importa quién me lo haya dicho —el joven sabía que no debía revelar la fuente, pues Facundo Santoro, un correligionario de la agrupación del AKU (donde militaban también Dacharry y Ferreyra), narró esta anécdota a cambio de información sobre un tal Yarará, un bandido rural que vivió en las islas a finales del siglo XIX y que, según creía Santoro, Cardozo estaba al tanto de una fuente que lo orientaría en su trabajo de investigación literaria—. Pero yo te puedo decir más sobre eso: sobre el fantasma del cerrito.
Cardozo narró parte de la historia ocurrida a un tío suyo, cuando éste acampó sobre un cementerio aborigen. Ferreyra no la creyó, pero Dacharry, que en esa conversación se informaba sobre tales misterios y sugestiones, no tardó en enviar un correo electrónico a un grupo disidente del Auld Kirk, la Iglesia escocesa.


















Parte III
La respuesta tampoco se hizo esperar: la orden europea le sugería ir al lugar del hecho. Consiguió un certificado médico apócrifo para faltar al trabajo y emprendió la empresa en soledad. Sabía que lo más probable era que nada de eso fuera real. También lo sabían los del Auld Kirk, pero éstos no escatimaban en gastos relacionados con búsquedas misteriosas. Se le envió dinero a su cuenta bancaria. Dacharry pensó que sería innecesario utilizarlo.



Parte IV
No con pocas dificultades, alcanzó a cruzar la primera gran tapia, enterrando las piernas en el barro hasta las rodillas cuando necesitó salirse del bote, pues lo playo le impedía seguir avanzando. Habían pasado ya cuatro horas desde que saliera de la guardería, pero las ansias por llegar al cerro hicieron que las fuerzas de Dacharry no atenuaran su marcha, siquiera para descansar por unos pocos minutos.
El acceso al lagunón era muy difícil. Estaba sin defensas, pues le era casi imposible moverse en el barro que lo succionaba. Enseguida, un centenar de mosquitos —a pesar de que fuera mayo— lo rodeó y se abalanzó contra su rostro y brazos descubiertos. Logró avanzar una corta distancia cuando, superando la primera tapia, vio un trecho de unos cien metros de pantano de barro y yuyos que aún debería atravesar. Supo que no iba a poder lograrlo. Retrocedió, como pudo, hasta alcanzar otra vez la hondura. Se sumergió de cuerpo entero en el agua fría para aliviar el terrible dolor de las picaduras, y sólo salió a la superficie para colgarse del aro de kayac, cuando el ataque hubo de acabar. El fresco del agua era lo único que lo calmaba. La totalidad de su cara estaba cubierta por ronchas coloradas.
Siguiendo las referencias de Ferreyra, y guiándose por una foto satelital, el escocés trató de bordear la laguna para poder acceder por otra de sus márgenes. Fue imposible. La situación era la misma: mosquitos y poca profundidad para pasar con el bote, para colmo el barro era demasiado blando, como ocurre cada vez que el río baja sus aguas.
El intento fue un fracaso.







Parte V
El Sínodo del Consuelo, como llamaba Dacharry a sus cofrades europeos, envió otro mail. «Los gastos totales de la investigación corren por cuenta nuestra: utilice el dinero y averigüe qué ocurre allí».
Desde un campo, en los alrededores de Pueblo Andino, partió la avioneta fumigadora que lo condujo hasta el paraje inalcanzable de unos días atrás.
—Hacia aquella laguna nos dirigimos —le dijo al piloto.
—¿Querés que le demos unas vueltas en círculo?
—Sí, y acercate lo más que puedas.
Pudo ver el gran barrial que circundaba a todas las lagunas. Ni una sola vaca pudo arrimarse a los cerros que distinguió desde lo alto. Pero entonces vio un gran borboteo en el agua, de unos diez metros de diámetro.
—¿Qué será eso? —se preguntó Dacharry.
—Parece que hubiera un gran hervidero en el medio del charco.
—Andá para allá.
—¿Te puedo hacer una pregunta, que nada que ver? —habló nervioso el piloto.
—Dale.
—¿Qué te pasó en la cara? —le señaló las enormes ronchas coloradas.
—La semana pasada tuve un problema con unos bichos. Hoy vengo a buscar la revancha —de la mochila que traía sacó una gran bolsa inflable—. Esto es el chinchorro de un velero —enseñó un pequeño inflador para bicicletas y comenzó a darle forma al gomón, que al cabo de unos minutos ya no entraba en la cabina del aeroplano—Cuando te diga, hacés una pasada rasante; por ahora seguí dando vueltas en círculo.
Llegó el momento. El avión pasó cerca del agua, a unos cien metros del remolino. Dacharry arrojó las cosas de la cabina, y saltó. Cayó haciendo una bomba. Nadó hasta donde estaba el bote a medio inflar y terminó de darle aire. De la mochila —que también flotaba— extrajo una pequeña vara de aluminio que resultó ser el caño telescópico del remo que completaría, pues, con dos palas de fibra de carbono. Ahora tenía lista la nueva embarcación. Hizo señas al piloto para que dejara de dar vueltas alrededor de la laguna y se marchara.






Cuando por fin terminó de acomodar las cosas, usó sus binoculares para observar cómo era el movimiento que hacían las aguas hacia el centro de la laguna. Dudaba del hecho de llegar hasta ahí, pues pudo comprobar que el agua se levantaba sobre la superficie de la laguna a más de un metro y medio de altura.
—¿Qué habrá abajo, que genera ese movimiento tan extraño? —se preguntó.
Entonces observó algo. Algo extraño. Una silueta oscura contrastó con el paisaje, justo delante del remolino, asomándose desde y saliendo desde el fondo a la superficie. Luego se sumergió.
Volvió a aparecer: ahora más cerca. Volvió a sumergirse.
—¿Un pez coleteando? No. ¿Un carpincho nadando? Tampoco.
Trató de despejar sus dudas… Y volvió a emerger. Ahora mucho más cerca, y entendió qué era. Una cabeza humana… Una persona que se asomaba desde el agua y volvía a sumergirse. Dacharry, atemorizado, bruscamente inclinó su cuerpo hacia atrás, dejando caer los larga-vistas en el agua. Buscó, nuevamente, y nada pudo hallar. La cabeza humana no volvía a asomarse. Tomó la pala y apuró la remada para alejarse de ahí, pero ocurrió que, cuando ya estaba pronto a orillar, oyó el ruido del agua a su espalda: la criatura lo alcanzó.
Sintió una mano mojada y fría que lo tomaba por la nuca. Oyó la voz de una garganta afónica que citó palabras en una lengua desconocida.
Sus ojos se cerraron.








Parte VI
Cuando pudo volver en sí, lentamente, entendió que aún seguía sobre la canoa pero, lejos de estar en la laguna, se veía derivando aguas abajo por lugares que se le antojaban conocidos. Un arroyo con casas sobre una de las márgenes. «Taco », alcanzó a leer.
—Es el Charigüé— se dijo. Había derivado más de veinte kilómetros, siempre por la costa del este. Dos niños lo seguían, caminando a la par por uno de los senderos. Dacharry oyó el motor de una lancha que se acercaba desde el norte. Los chicos agitaban sus brazos, mirando hacia donde venía el ruido y señalando al muchacho sobre el chinchorro inflado.
—¡Acá está! —exclamó uno de los hombres uniformados que llegaban al cruce sobre un guardacostas .
—Vino bajando desde allá —explicó el niño, que ahora apuntaba con sus manos río arriba.
—A ver. Ayudame a subirlo y después le pasamos un cabo al gomón —le dijo un prefecto al otro.
Dacharry no habló. Se dejó conducir al destacamento del centro de Rosario, y allí permaneció hasta la aparición de su padre.
—No puedo decirle con seguridad qué le ocurrió —habló el Doctor que lo revisara momentos antes—. No presenta golpes y sus reflejos son normales. Supongo que le ha bajado la presión y eso le produjo un desmayo.








Parte VII (final)
«Encontré una entrada y, custodiándola, una guardiana»; correo electrónico de Hernán Dacharry, a sus cofrades escoceses.




















































































Los que se animan a levantar su voz