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14
Sep
09

La entrada

Otros casos documentados.

«En la provincia de Neuquén, en el paraje de Piedra Trompul, donde se encuentra la comunidad mapuche Cayún, hay una enorme piedra que se levanta a más de cien metros por encima del bosque. Sobre ella puede verse, en un panorama inmejorable, el lago Lacar. Una delgada huella permite el ascenso hasta la cima pero, a pocos metros de comenzar el faldeo que conduce hacia arriba, entre dos robles pellines, existe una cueva que conduce a un espacio paralelo en el tiempo. No es fácil encontrarla pues está oculta tras unos matorrales de cañas colihues. Otro obstáculo que presenta esta entrada es la presencia de una guardiana: una mujer mapuche que es conocida por los pobladores del paraje como la Dama Nayén. Ella regula su acceso, y sólo las personas de corazón humilde pueden entrar allí. Se cree que aún nadie ha podido. Lo escépticos dicen que es sólo una leyenda para atraer turistas, pero unos pocos sabemos de su existencia.
De nada sirve buscar la entrada salamanquera.

Río Paraná Santiago del Río (1)

Río Paraná Santiago del Río (1)

Recuerdo una noche de enero en que acampábamos en la cima del lugar. La luna llena nos permitió ver la silueta de un jote que dejaba su forma alada y se volvía en una mujer de largos cabellos. Tuvimos mucho miedo. Ella sabía de nuestra presencia pero no se detuvo a observarnos. Caminó picada abajo y se perdió detrás de unos cipreses. Esa noche no dormimos. Apagamos el fuego minutos después de ver a la guardiana y entramos en la carpa.
Dicen los hombres originarios que Nayén es sobrina de Noé; que detrás del cañaveral, en el interior de la cueva, se esconde la pintura del mundo como fuera tras el diluvio. Al entrar en el socavón, según cuentan, se caminan unos pocos pasos y puede distinguirse una luz en el fondo. Como si entráramos en la simetría central de un punto ordenador del universo, rápidamente volvemos a ver que esa luminiscencia nos devuelve otra vez al paraje de Piedra Trompul, incluso después de haber caminado solamente hacia adelante. Pero éste no es el mismo paisaje. Allí, el constructor del arca se permitió no multiplicar su descendencia en abundancia. Ésa es la tierra como Dios la dirimiera de los seres humanos tras la Inundación. Allí, la naturaleza hizo en tres mil años su obra sin el entorpecimiento de las personas.
Cuando viajé al litoral, en una jornada en que exploramos unos misteriosos cerros que se levantan por sobre el paisaje isleño del río Paraná, les he oído decir a un grupo de huaqueros , que las etnias guaraníes aseguran que ya se han encontrado, en el territorio sudamericano, varios puntos ordenadores del universo.
Esos puntos, según me argumentaron, son un back up que utiliza la demiurgia para restaurar a la Creación de los errores y los excesos.»

Romina Doblado, San Martín de los Andes, junio de 2005.

Río Paraná Santiago del Río (1)

Río Paraná Santiago del Río (1)

Río Paraná Santiago del Río (1)

Parte I

El río se desbordó; pasaba los terraplenes y se metía velozmente en las lagunas que, para finales del verano de 2007, se habían llenado con tanta agua, que sólo se diferenciaban de los cauces principales por las hileras de árboles que emergían desde la superficie.

Leonardo Ferreyra, el bioquímico de Barrio Refinería, sabía que no iba a poder llegar muy lejos. Parar a armar campamento, imposible. Los pocos lugares que aún se mantenían secos atestaban de mosquitos. Sabía que ese mismo día debería volver a Rosario, pero aún así se alejó lo bastante como para que al regreso lo agarrara la noche en mitad de la vuelta. Pasó el brazo de los Meones, y entró en una lengua de agua ensenada hacia el interior de la isla. De allí se distingue, mirando hacia el territorio santafesino, el Campo de la Gloria, en la ciudad de San Lorenzo. Por primera vez iba a lograr cruzar la tapia que siempre le había marcado ese límite. Esta vez no había camalotes impenetrables: el agua se había llevado todo. Pasó unos alisos viejos y ya vio la claridad de una laguna detrás del sumergido albardón. Sólo se interpusieron unos repollitos y una planta de irupé, que apenas podía sostenerse, pues las raíces ya se habían soltado del lecho. A los pocos minutos ya había alcanzado el espejo de agua. Anduvo hacia el este, hacia el interior de la isla y encontró, así, un pequeño cerrito cuya cima mantenía firme un timbó colorado y un laurel . Halló leña seca y, con mucho humo, pudo espantar a la mayoría de los mosquitos.

—Bichos insoportables —se quejó—; qué pesados que se ponen.

Una vez amedrentados los bichos, y con el agua caliente en la pavita, se echó en el pasto a contemplar la crecida. El río se adentró para todos los confines de la comarca islera. No se veía lugar sin río. Abarcaba todo el ancho de la vista, hasta donde los árboles no dejaban ver más allá. Todo era crecida. Todo era río. Allá lejos se veían unas vacas que comían camalotes, sumergidas hasta el cogote. Más acá, el agua se hervía de sábalos y taruchas.

—Este año tuvieron suerte— pensaba Ferreyra. Aquella vez, el cobarde del gobernador levantó la veda de la pesca por miedo a los piquetes de los pescadores y, cuando los peces estaban condenados a muerte, el río les trajo este respiro, pudiendo irse para donde quisieran, siempre lejos de las redes.

Ferreyra quedó dormido sobre el aislante.

Se despertó al oír el ruido de unos pasos que quebraban madera seca a pocos metros de distancia.

Abrió los ojos y distinguió el rostro y la cabellera de una chica que se agachaba justo en el momento en que él levantaba la vista. Se incorporó de un salto, y ya no pudo ver nada. Tuvo miedo: acababa de ver a una persona a su lado y, un segundo más tarde, ésta había desaparecido. Si bien él era un escéptico para los mitos y creencias, supo que aquella figura de ojos sombríos tenía algo de real: que no era una simple fabricación de sus sueños.

—¿Estaré sugestionado? —intentó calmar sus nervios mientras amontonaba, de forma rápida y desprolija, los bártulos dentro de los estancos del kayac—. Pero… ¿Y si fuera real?

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Regresó a la ciudad cuando el lucero terminaba de esconderse atrás del horizonte.

—¿Qué le pasa al farmacéutico que se lo ve tan callado? —le preguntó Ernesto Barbosa (el sereno), que había abierto la puerta de la guardería náutica para que ingresara con el bote.

—Nada.

—Estás nervioso. ¿Querés que te haga un té? ¿Te pasó algo raro allá adentro? —insistió Barbosa.

—Tuve un sueño muy real. Vi una india que se escondía atrás de unas salvias —explicó Ferreyra.

—Mirá que allá enfrente está lleno de almas. Y con esta creciente hay que tener cuidado. Uno debe saber que comparte los pocos lugares secos con todo el bicherío: víboras, iguanas, mosquitos, fantasmas, vacas. Todos buscan lo seco

—¿Los fantasmas también? —dudó Ferreyra.

—Claro, pibe. ¿Dónde se van a poner, sino?

—¿No son espíritus? Los espíritus vuelan —cuestionó el kayaquero.

—Son almas, no espíritus. Los espíritus son con Dios, las almas purgan. Además, ¿vos viste alguna vez un alma volando?

—Nunca vi un alma.

—Vamos… —desconfió el sereno—. ¿Me vas a decir que nunca viste una?

—Te lo estoy diciendo.

—Qué raros que son estos pibes de ahora. Muchos documentales, ustedes.

Esa noche Ferreyra durmió tranquilo en la casa de su amigo Facundo Santoro. Pero poco dijo sobre el suceso de la aparición. Al otro día pidió a otro de sus camaradas, Pablo Medina, que dibujara a la india de ojos sombríos, según él la describiera. Enmarcó el dibujo en un bastidor de madera y lo colgó en el laboratorio de la facultad, donde él daba clases.

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Parte II

Campamento de otoño con la escuelita de canotaje de Juan Olivera —mayo de 2007—. El río había disminuido su caudal en parte significativa. Ferreyra, el bioquímico, estaba allí, apartado del grupo de los adolescentes, tomando whisky con Hernán Dacharry, un amigo que hacía pocos meses regresaba de Escocia.

—Esto es el Pichi Traful de los anglosajones: el uisce beatha, como lo llaman ellos —habló Hernán Dacharry.

Paolo Cardozo, uno de los alumnos más pequeños, se acercó al grupo de los más grandes para tratar de ligar algo de bebida alcohólica.

—Dale, profe. Un traguito, nomás.

—Volvé para allá, con los otros —sentenció Olivera.

Pasaron unas horas y Cardozo se encontraba brindando con Ferreyra y Dacharry junto a la barranca, mirando el humo de mierda que hace la Celulosa de Capitán Bermúdez. Olivera dormía, preso de la borrachera, al lado del fuego.

—Yo traje un vino —comentó el menor, sacando un malbec añejado en roble de la mochila.

—Miralo al pibito —se asombró el escocés.

—Estos días —Cardozo se dirigió al bioquímico— escuché la historia tuya, Leo. La del verano; cuando pasaste remando por arriba de la tapia de La Primera y te fuiste para el lado de las lagunas del Video , esa vez que viste a la chica detrás del cerrito.

—¿Quién te lo dijo? —el bioquímico preguntó extrañado—. Se lo conté a muy pocas personas.

—No importa quién me lo haya dicho —el joven sabía que no debía revelar la fuente, pues Facundo Santoro, un correligionario de la agrupación del AKU (donde militaban también Dacharry y Ferreyra), narró esta anécdota a cambio de información sobre un tal Yarará, un bandido rural que vivió en las islas a finales del siglo XIX y que, según creía Santoro, Cardozo estaba al tanto de una fuente que lo orientaría en su trabajo de investigación literaria—. Pero yo te puedo decir más sobre eso: sobre el fantasma del cerrito.

Cardozo narró parte de la historia ocurrida a un tío suyo, cuando éste acampó sobre un cementerio aborigen. Ferreyra no la creyó, pero Dacharry, que en esa conversación se informaba sobre tales misterios y sugestiones, no tardó en enviar un correo electrónico a un grupo disidente del Auld Kirk, la Iglesia escocesa.

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Parte III

La respuesta tampoco se hizo esperar: la orden europea le sugería ir al lugar del hecho. Consiguió un certificado médico apócrifo para faltar al trabajo y emprendió la empresa en soledad. Sabía que lo más probable era que nada de eso fuera real. También lo sabían los del Auld Kirk, pero éstos no escatimaban en gastos relacionados con búsquedas misteriosas. Se le envió dinero a su cuenta bancaria. Dacharry pensó que sería innecesario utilizarlo.

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Parte IV

No con pocas dificultades, alcanzó a cruzar la primera gran tapia, enterrando las piernas en el barro hasta las rodillas cuando necesitó salirse del bote, pues lo playo le impedía seguir avanzando. Habían pasado ya cuatro horas desde que saliera de la guardería, pero las ansias por llegar al cerro hicieron que las fuerzas de Dacharry no atenuaran su marcha, siquiera para descansar por unos pocos minutos.

El acceso al lagunón era muy difícil. Estaba sin defensas, pues le era casi imposible moverse en el barro que lo succionaba. Enseguida, un centenar de mosquitos —a pesar de que fuera mayo— lo rodeó y se abalanzó contra su rostro y brazos descubiertos. Logró avanzar una corta distancia cuando, superando la primera tapia, vio un trecho de unos cien metros de pantano de barro y yuyos que aún debería atravesar. Supo que no iba a poder lograrlo. Retrocedió, como pudo, hasta alcanzar otra vez la hondura. Se sumergió de cuerpo entero en el agua fría para aliviar el terrible dolor de las picaduras, y sólo salió a la superficie para colgarse del aro de kayac, cuando el ataque hubo de acabar. El fresco del agua era lo único que lo calmaba. La totalidad de su cara estaba cubierta por ronchas coloradas.

Siguiendo las referencias de Ferreyra, y guiándose por una foto satelital, el escocés trató de bordear la laguna para poder acceder por otra de sus márgenes. Fue imposible. La situación era la misma: mosquitos y poca profundidad para pasar con el bote, para colmo el barro era demasiado blando, como ocurre cada vez que el río baja sus aguas.

El intento fue un fracaso.

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Parte V

El Sínodo del Consuelo, como llamaba Dacharry a sus cofrades europeos, envió otro mail. «Los gastos totales de la investigación corren por cuenta nuestra: utilice el dinero y averigüe qué ocurre allí».

Desde un campo, en los alrededores de Pueblo Andino, partió la avioneta fumigadora que lo condujo hasta el paraje inalcanzable de unos días atrás.

—Hacia aquella laguna nos dirigimos —le dijo al piloto.

—¿Querés que le demos unas vueltas en círculo?

—Sí, y acercate lo más que puedas.

Pudo ver el gran barrial que circundaba a todas las lagunas. Ni una sola vaca pudo arrimarse a los cerros que distinguió desde lo alto. Pero entonces vio un gran borboteo en el agua, de unos diez metros de diámetro.

—¿Qué será eso? —se preguntó Dacharry.

—Parece que hubiera un gran hervidero en el medio del charco.

—Andá para allá.

—¿Te puedo hacer una pregunta, que nada que ver? —habló nervioso el piloto.

—Dale.

—¿Qué te pasó en la cara? —le señaló las enormes ronchas coloradas.

—La semana pasada tuve un problema con unos bichos. Hoy vengo a buscar la revancha —de la mochila que traía sacó una gran bolsa inflable—. Esto es el chinchorro de un velero —enseñó un pequeño inflador para bicicletas y comenzó a darle forma al gomón, que al cabo de unos minutos ya no entraba en la cabina del aeroplano—Cuando te diga, hacés una pasada rasante; por ahora seguí dando vueltas en círculo.

Llegó el momento. El avión pasó cerca del agua, a unos cien metros del remolino. Dacharry arrojó las cosas de la cabina, y saltó. Cayó haciendo una bomba. Nadó hasta donde estaba el bote a medio inflar y terminó de darle aire. De la mochila —que también flotaba— extrajo una pequeña vara de aluminio que resultó ser el caño telescópico del remo que completaría, pues, con dos palas de fibra de carbono. Ahora tenía lista la nueva embarcación. Hizo señas al piloto para que dejara de dar vueltas alrededor de la laguna y se marchara.

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Cuando por fin terminó de acomodar las cosas, usó sus binoculares para observar cómo era el movimiento que hacían las aguas hacia el centro de la laguna. Dudaba del hecho de llegar hasta ahí, pues pudo comprobar que el agua se levantaba sobre la superficie de la laguna a más de un metro y medio de altura.

—¿Qué habrá abajo, que genera ese movimiento tan extraño? —se preguntó.

Entonces observó algo. Algo extraño. Una silueta oscura contrastó con el paisaje, justo delante del remolino, asomándose desde y saliendo desde el fondo a la superficie. Luego se sumergió.

Volvió a aparecer: ahora más cerca. Volvió a sumergirse.

—¿Un pez coleteando? No. ¿Un carpincho nadando? Tampoco.

Trató de despejar sus dudas… Y volvió a emerger. Ahora mucho más cerca, y entendió qué era. Una cabeza humana… Una persona que se asomaba desde el agua y volvía a sumergirse. Dacharry, atemorizado, bruscamente inclinó su cuerpo hacia atrás, dejando caer los larga-vistas en el agua. Buscó, nuevamente, y nada pudo hallar. La cabeza humana no volvía a asomarse. Tomó la pala y apuró la remada para alejarse de ahí, pero ocurrió que, cuando ya estaba pronto a orillar, oyó el ruido del agua a su espalda: la criatura lo alcanzó.

Sintió una mano mojada y fría que lo tomaba por la nuca. Oyó la voz de una garganta afónica que citó palabras en una lengua desconocida.

Sus ojos se cerraron.

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Parte VI

Cuando pudo volver en sí, lentamente, entendió que aún seguía sobre la canoa pero, lejos de estar en la laguna, se veía derivando aguas abajo por lugares que se le antojaban conocidos. Un arroyo con casas sobre una de las márgenes. «Taco », alcanzó a leer.

—Es el Charigüé— se dijo. Había derivado más de veinte kilómetros, siempre por la costa del este. Dos niños lo seguían, caminando a la par por uno de los senderos. Dacharry oyó el motor de una lancha que se acercaba desde el norte. Los chicos agitaban sus brazos, mirando hacia donde venía el ruido y señalando al muchacho sobre el chinchorro inflado.

—¡Acá está! —exclamó uno de los hombres uniformados que llegaban al cruce sobre un guardacostas .

—Vino bajando desde allá —explicó el niño, que ahora apuntaba con sus manos río arriba.

—A ver. Ayudame a subirlo y después le pasamos un cabo al gomón —le dijo un prefecto al otro.

Dacharry no habló. Se dejó conducir al destacamento del centro de Rosario, y allí permaneció hasta la aparición de su padre.

—No puedo decirle con seguridad qué le ocurrió —habló el Doctor que lo revisara momentos antes—. No presenta golpes y sus reflejos son normales. Supongo que le ha bajado la presión y eso le produjo un desmayo.

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Parte VII (final)

«Encontré una entrada y, custodiándola, una guardiana»; correo electrónico de Hernán Dacharry, a sus cofrades escoceses.

07
Sep
09

Como tantos otros

Santiago del Río Paraná (1)

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Fue una semana dura, que terminó en la reunión con Hermann Wolbing —militante del Mo.Ca.Se contra el desmonte y los monocultivos—. Organizando las actividades para la reunión de Pueblos Fumigados del sábado 12 de septiembre, en San Lorenzo —Capital Provincial del Cáncer—, se acercó nuestro correligionario Ignacio Bouchard, el emblemático científico que dedica, desde hace algunos años, a revisar si son falsas o no las predicciones climáticas catastróficas de la pampa ondulada.

Unos sábalos a la parrilla, algunos vinos y entre diálogos y risotadas, habíamos solucionado los grandes problemas del mundo.

Pero las semanas se terminan y a muchas personas nos corresponden dos días de descanso. Como tantos otros, como siempre: carpa, comida, unos vinos y ya. Salgamos a vivir un poco. Muchos se quedaron en la ciudad porque los medios anunciaron toda la semana que dos equipos de famosos se enfrentaban en el estadio de fútbol del barrio Arroyito. Nosotros no… Gracias…

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Mujeres al volante. Les hicimos dedo pero no nos llevaron.

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Me encontré con Hernán Dacharry, el personaje del AKU que pasara varios años estudiando en Escocia. Salimos río abajo.

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Entramos por un arroyo en la Comunidad del Espinillo.

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Nos recibieron esta garcita blanca y el gracioso gallito de agua.

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Salimos de una laguna a la que los rosarinos conocen como el Saco y dentramos en el Arroyo San Marquitos.

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Teros y maiceros nos dieron la bienvenida. Encontramos un buen lugar para acampar.

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El amanecer nos encontró con ganas de ver si podíamos llegar hasta la laguna la Chata. Ricardo, un kayakero recorredor que habíamos encontrado saliendo por el arroyo el día anterior, nos dijo que sí se podía. Allá fui…

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Hermosos los colores en el pico de la gallineta común.

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Un monje deltaico disfrazado de cará cará me dio su bendición para que pudiera entrar hasta el final, sin tener que cruzar grandes tapias.

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La primavera en los sauces.

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Los maravillosos pinitos…

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Contrastes… ¿Matadores y carroñeros?

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La hermosa mañana invernal mostró sus matices celestones.

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Familias de gallinetas chicas iban, en bandadas enormes, de un lado para el otro.

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Ciudad de Rosario, qué maravillosos paisajes te rodean. Cuánta falta que le hace a tu río que los pobladores que te habitan salieran a trajinar tus aguas en respetuoso silencio.

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Un viejo amigo hocó me volvió a saludar desde las ramas. Hacía varios años que no recorría tu arroyo, Señor Pájaro.

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Renata Timai preparó el fuego para los mates…

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…un pepitero gris esperó las migas del desayuno…

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…y no hubo mayor felicidad mañanera que compartir este paraíso con amigos. La seño Alicia, la ciclista Valeria y Leonardo Ferreyra, el bioquímico del barrio Refinería, acompañaron este momento de calma.

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La profe Marina Olivera nos dio algunos consejos de cómo socorrer a alguien caído en un arroyo de aguas quietas y frías.

Después lo mismo de siempre… volver al lunes citadino. Pero felices.

Los hay muchos —la mayoría— que pedecen el domingo por la tarde. Sufren, se malhumoran, no disfrutan…

Nosotros amamos los domingos. Y, claro… Si nosotros salimos a vivir.

26
Jun
09

Espejo de otros tiempos

 

 

Publicado por segunda vez, con algunas fotos del lugar donde transcurre la historia.

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En el reflejo de sus pupilas encontró el fuego: nacido, ardiendo, siendo el primero… el primero logrado después de la lluvia. Fuego después de horas de frío bajo el torrente que, según parecía, jamás detendría su caer de aguas, pero que pasó por fin.

Eran frente al ardido, momentos antes, en la humedad y el frío, dos ojos que se achinaban como rezándole a una fuerza que pudiera más que la física, y que pudiera hacer nacer bajo la paja seca, bajo las astillas a cuchillazos de palos secos, era leve luz roja que sería el origen de todo.

Ahí quedó Iván Machado cuando encendió su fuego. Feliz, más niño, más inquieto, más calmo. La nube pasó, descubrió que el sol existía y la claridad volvió a achinarle los ojos, ahora para ser Dios el Hacedor, ése que lograba despejar la tormenta y tener el fuego, y unos segundos más tarde su humildad lo hacía voltear, diminuto y obediente, su vista otra vez hacia el fuego… Iván Machado siempre agradecía. Entonces fue sólo una criatura más, en ese delta infinito, cuya única preocupación consistía en poder calentar agua para tomar unos mates.

El calor regresó y halló reparo a la media sombra de los toratays que también le dieran leña.
Meones Chicos (1)

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Meones Chicos (1)

Aquel día, Iván Machado tuvo la intención de dar con el cerro que llaman El Durazno. Eligió el camino más corto: entrando por un arroyo al que la gente conoce por Meones Chicos, pero el hilo del agua por donde navegaba con su kayak se volvió carpeta de repollitos y luego camalotal, hasta que la tapia lo atoró ya adentrado. Empujándose con los brazos, fue corriendo plantas de camalotes hasta alcanzar un pequeño terraplén, que serviría de resguardo para esperar el paso de la tormenta que llegaba lentamente desde el pampero. La tormenta llegó, mojó, refrescó; pero pasó y volvió el calor.

Sobre el pequeño albardón encontró los arbolitos y, un poco más atrás, un pozo de agua cristalina de unos diez metros de diámetro —entran dos kayaks de largo, pensó—. Probó la hondura con el remo: la pendiente, que parecía no haberse afectado por la gran sedimentación de esa zona, bajaba abruptamente y el remo quedaba corto antes de dar con el fondo.

Cuando sacaba la pala del agua, descubrió su rostro en el reflejo de la laguna. Así se habrán conocido a sí mismos los chanás y los guaraníes, pensó. La nitidez de la imagen de su cara fue mejor a medida de que más se acercaba al agua. Fue más cerca, hasta que la exhalación de su nariz arruinaba de arrugas la mitad inferior de su reflejo. Entonces vio al Machado de antes: más joven, adolescente. El chico del reflejo miraba sus manos: dolían. Callos en la palma marcaban el inicio de cada dedo. El remo y la guitarra, por esos tiempos, sacaban esos endurecimientos tan dolorosos … Y así Machado, con su remo y mbaracá, con sus dolores bautismales, empezó a ver la luz, o al menos esa luz que fue calma para sus ansias, y que puso distancia y melodía a esa pena tan grande de ser «el amor» una dicha esquiva para su suerte.

El reflejo se adornó de ondas concéntricas, circulares, que fueron salando el agua inmediata a su rostro. Machado secó sus lágrimas.
Por qué veo esas imágenes en el reflejo lagunero, se preguntó. A pesar del calor y el sol que le apuntaba a la espalda, el joven músico permaneció junto al pozo.

Abrió los ojos nuevamente, decidido a permitirse descubrir mucho más del pajé jejehexahá. Detrás del reflejo, más arriba —o más abajo—, en una pequeña y última nube rezagada de la tormenta, encontró el rostro de una mujer; ella dejaba su especto de nube para volverse compañera de piragua. Ésta es la boca del Tuyango, explicaba Iván Machado; Laura Aznar, su compañera en el reflejo, admiraba esos paraísos tan cercanos a la urbe, y tan misteriosos y solitarios. Ahora vamos a entrar en la zanja del Caica, seguía explicando el músico. Creyó ver muy nítida la última escena, donde él se miraba desde arriba de un sauce por última vez con la mujer que amaba, momentos antes de que ella lo abandonara para siempre, aquel día en que Laura Aznar despertó y quiso volver a su mundo iluminado y confortable.

Las imágenes se borraban en un suspiro del pampero, y la pena que se había vuelto honda había alcanzado el lecho profundo y cristalino de la lagunita. Y quiso ver más… Tal vez guiando sus deseos podría hallar imágenes a voluntad. ¿Con qué otro lejano olvido podría tropezar en el reflejo de otros tiempos? Su primera barrenada sobre una gran ola; su primer rolido. Observó con atención, sin distraerse en admirar los canutillos rojos, ni los pinitos que formaban extensos bosques subacuáticos diminutos.

Calló las ansias y esperó… Observó… Estuvo atento… Quietud… Y entonces la sorpresa: la silueta de una enorme criatura fue volviéndose nítida a medida que ésta se acercaba a la superficie, con su enorme boca abierta y sus bigotes adelantados a la cabeza, como brazos que intentaban alcanzar al joven que se sobresaltaba junto a la laguna. Era un enorme manguruyú de bigotes largos… larguísimos.

Machado, asustado, saltó hacia atrás, tumbando la pava en el rescoldo y chamuscándose la piel de la palma de su mano derecha al caer sobre las brazas. Fue tal su exaltación que tardó unos segundos en identificar la quemadura.

Cómo habrá aparecido ese animal acá, se preguntó. Un manguruyú gigante en una lagunita. No puede ser. Es imposible. Recordó, mientras volvía hasta el borde para poner la mano quemada en el agua, una de las historias de su abuelo paraguayo:

«El manguruyú es el más grande de los bagres del río. Es un monstruo casi extinto que pulula aguas profundas y correntosas. Esa vez el río nos dio uno gigante, cerca de Encarnación.»

Meones Chicos (1)

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Con temeridad, Machado volvía a abrir los ojos frente a la laguna, y su rostro reflejado era el abuelo, que en cruza de criollo y guaraní, continuaba con la historia.

«Con mi hermano Pepe habíamos atado a un floripondio grande que había crecido en la barranca, una soga de media pulgada que robamos al barquito acopiador que dejamos ir a la deriva. Con una canoa nutriera llevamos, Paraná adentro, el anzuelo casero que medía casi una cuarta de largo, y que tenía el rulo y la traba hechas a martillazos y lima. Le habíamos ensartado un sábalo entero por el lomo.»

Y ya no era a su abuelo contando la historia lo que enseñaba el espejo del estanque, sino a los mismos hermanos preparando la trampa que los haría atrapar al pez grande. Machado observaba la escena como si estuviera a pocos metros de sus antepasados ya finados. La mano ya no le dolía.

«Un fierro oxidado era el muerto que lo sostenía contra la corriente. Esperamos mateando en la costa, y ya habían pasado como dos pavas enteras…»

Los ojos de Iván Machado ardían, pues el humo del fogoncito de su abuelo había llegado hasta sus ojos. No hizo tiempo para asombrarse de ese milagro, pues vio en el agua, en el floripondio también, el golpe del pez que prendía del anzuelo.

«Y pegó tan fuerte que hizo caer como cuatro campanones de la planta de donde habíamos sujetado la línea. Y duró la pelea. Tanto duró la pelea que llegó la noche y no habíamos podido sacar al manguruyú del agua.»

La noche lo sorprendió al joven kayakero, y ya no hubo más reflejo que el del lucero, que ese año se había acomodado al crepúsculo del ocaso.

Iván Machado no necesitó ver más; conocía el final de la historia. Hacia el amanecer, sus antepasados pudieron sacar al pescado que, por lo grande, cargaron sobre el lomo del caballito que los había traído hasta la costa. Caminaron casi toda la mañana hasta Cambyretá, y esa semana hubo gran fiesta en el pueblo: todos aplaudieron la exitosa pesca de los muchachitos. Hubo de todo: chupín, asado, empanadas. El abuelo Machado decía que habían sacado más de 60 kilos de pura carne.

Era cierto. En el pequeño espejo de agua se ocultaba un manguruyú gigante como el de los relatos de su abuelo. Iván Machado no pudo entender cómo fue que esa fiera había caído en tan pequeño espacio de agua.

Para la hora de los mosquitos, el joven músico aún no había juntado leña, así que tuvo que armar la carpa sin demora. Lo hizo sobre la parte más alta del albardón, sobre unos canutillos secos, con cuidado de no pisar mucho, pues son los lugares que prefieren las yararás para hacer el nido.

Machado se durmió en seguida. En los sueños de esa noche, el bagre sapo era una representación del Y Jara, sentado sobre un amontonamiento sumergido de brillantes trozos de nácar. Frente al soberano de las aguas, un ejército de cadáveres humanos de pie, cual imagen sumergida de la Terracota oriental, parecía esperar la orden del pirá guasú para iniciar un avance. Entre las estatuas quietas estaban sus viejos conocidos: Morotí con su valiosa pulsera; Pitá y su inocencia; la fea Anahí; el jefe Timbó antes de volverse árbol y aún apoyado de oreja al piso; Antonio Cruz que espera un nombre; el deforme que se transformaba en flamenco para atrapar mujeres; el negligente Carau y, también quieto entre los cadáveres, el solitario Iván Machado.

Meones Chicos (1)

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Casi dos años después, para el verano de 2009, la bajante histórica volvió a encontrar al músico con el arroyo de los Meones Chicos. Esta vez no lo hizo solo, fue acompañado por Facundo Santoro, un poeta y ensayista literario que hacía las veces de mejor amigo y compañero de remadas y aventuras.

De aquel hermoso estanque de agua cristalina sólo quedaba un pozo casi seco: con sus aguas contaminadas por el orín y el excremento de vacas. Ni el mínimo rastro del gran pez. Pero su inquietud no cesó y, dos días después, entrando por otro arroyo —éste con agua—, dieron con el cerro El Durazno.
Pidieron permiso a Jorge Cáceres, el puestero del lugar, para pasar la noche sobre el terraplén alto, junto a su rancho.

A medias, esa noche, Machado logró contarle al islero la historia de lo ocurrido en el arroyo y el hombre, creyéndole y, al parecer, conociendo ese acontecimiento, les enseñó a los jóvenes kayakeros un tesoro que los dejó con la boca abierta.

A este cacharrito lo encontré haciendo un pozo para cavar este horcón, habló el hombre mientras les enseñaba el pedazo de una vasija india, adornada con dibujos grabados en el barro cocido. Y, efectivamente, un gran pez con bigotes larguísimos se veía claramente en el lateral del trozo. El animal emanaba destellos y pequeñas siluetas de animales más pequeños parecían rodearlo.

No importa que el río esté bajo y las lagunas secas, habló el puestero Cáceres; ese fantasma sigue ahí. El bagre sapo de los Meones jamás se ha ido.

 

Nota:
«Cuando el incrédulo se jacte de haberlo visto todo en el río, sepa que desconoce que la sangre marrón de la Gran Madre, aun intoxicada de pólvora y lucro, sigue guardando suspiros en leves clamores ahogados y pacientes. Las lagunas guardan reflejos que son visiones claras de esas distorsiones que nos pesan, aunque la mayoría sólo aprenda en ellas a desconocerse.
Yo amo a mi río y sigo oyendo sus lecciones que no acaban.»

Iván Machado.

Meones Chicos (1)

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TAPA DEL LIBRO SANTIAGODELRIO Todos éstos están ahora atrapados en nuestro remanso costero:

«La caza es sólo una denominación cobarde para un asesinato especialmente cobarde de criaturas sin posibilidades. La caza es una forma secundaria de enfermedad mental humana». Teodoro Heuss.

Que nuestros humedales no sean transformados en una pampa ganadera.

Quema de pastizales

«El fuego quedó prendido, como testigo nuestro ... en silencio, contrarestrando los escopetazos de los bobos que todavía van a cazar algo cuando no necesitan de eso para vivir ... quitando una vida inutilmente.

Cuando era chico me gustaba cazar a mí también, hasta que traté que una perdiz levantara vuelo para tirarle y, como no subía a pesar de mis pisotones al suelo, al acercarme me di cuenta que tenía cría abajo ... nunca más le tiré con algo a un ser vivo.»

Capitán Martín Burbuja.

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¡¡¡Seguimos adelante!!!

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A diferencia de los soldados, que en la mayoría de los casos tienen ante sí a un enemigo con iguales posibilidades, el cazador es especialmente cobarde: él dispara sólo cuando la víctima no se puede defender.

Que el hombre se atribuya el derecho de matar por diversión a seres vivos que sienten y que perciben el dolor igual que él, es algo absolutamente miserable.

Los cazadores futivos están acabando con la fauna nativa. No les sigas la fiesta a los matadores de carpinchos. Defendé nuestros recursos.

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