DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 10 DE ENERO DE 2008.
Nos arrastran remolinos hacia grades empalizadas donde la canoa se golpea y rompe. Veo fondearse a Arara. Entre los palos agarrados al lecho hay anacondas, enormes y amarillas, enroscadas, que esperan que caigamos en su trampa. Logré llegar a la barranca… de los árboles de plátanos que veo salen harto víboras pequeñas que llegan a picarme.
Paolo Cardozo tiene la linterna prendida y duerme. También ha estado soñando. Es de noche pero empieza a aclarar. Abrí el cubre-techo y observé todo el espectáculo de la vida desde el mosquitero. Cuántos pájaros cantando, monos pasando de rama en rama, dos guacamayos colorados que pasaron muy cerca del lugar donde debería estar Arara, si es que un tronco no la ha arrastrado durante la noche.
Entonces el viento sacudió los árboles y, por detrás de la selva, se hizo presente una nube muy oscura. Truenos. Empezó a llover. No voy a salir de la carpa hasta que la lluvia no corte.
En 1998 estábamos de mochileros por las sierras de Córdoba, me contó Paolo Cardozo el cuenta cuentos. Yo apenas tenía 17 o 18 años. Íbamos a acampar a un paraje hermoso llamado Inti Yaco, a unos veinticinco kilómetros de Villa General Belgrano. Como venía haciendo calor por las noches, propuse a mis compañeros no llevar bolsas de dormir para ese lugar. Sólo Ciro Lorente —un miembro del AKU ahora internado en un neuro-psiquiátrico— me hizo caso. El resto de mis amigos fue más inteligente y llevó abribo y bolsa. Resulta que esa noche hizo un fresquete terrible… Nosotros, con poquísimo abrigo y sin bolsas de dormir, tuvimos que ingeniarnos para pasar la noche: flexiones de brazo, saltos de rana, envolvernos en diarios… nada resultaba y el frío seguía. Quise encender el fogón otra vez pero una nube había bajado sobre las sierras y todo estaba mojado… Fue terrible. Ciro había logrado dormirse cerca del amanecer. Yo no. No lo desperté pero sentí un poco de envidia por su logro. Despejó al amanecer y todo seguía mojando, incluso las hojas de los árboles. Había una tipa joven sobre la carpa y la no dudé en sacudirla para que el agua acumulada por la neblina de la noche cayera sobre el cubre techo. Ciro, salí rápido que llueve y se está mojando la ropa. Ciro asomó la cara, dormido, preocupado por la ropa, desvelado, sobresaltado… y el sol radiante del amanecer de enero impactó de lleno en sus ojos irritados. Pobre Ciro. Me odió.
Escuchaba la anécdota de Paolo Cardozo. Él tampoco saldría de la carpa hasta que no dejara de llover. Iván Machado, en un arrojo de voluntad, pudo salir a pesar del agua que caía y de los mosquitos que habían empezado a molestar otra vez. Buscó la leña seca que habíamos reparado bajo el alero y encendió la pequeña fogata. Recién salimos de nuestras carpas cuando el humo ahuyentó a los zancudos y dejó de llover.
Sigue el viaje.
Remamos muchas horas bajo la lluvia. Casi todo el día. No vimos seres humanos recién hasta pasada la hora de la siesta, cuando un barquito que remontaba empujado por un peque peque apareció delante nuestro. Llevaba dos heladeras grandes. Eran acopiadores de pescado fino. Lo llevaban desde la selva hasta San Buenaventura, en la banda de Rurrenabaque, donde lo vendían a muy buen precio. ¿Qué pescado llevan?, preguntó Facundo Santoro. Pacú, respondió el hombre. Mi panza empezó a llamar, a crujir, a pedir ese alimento. Preguntamos el precio: 50 bolivianos: un regalo por un pez de ésos. Cinco kilos y ya está limpio. Qué bueno.
Detuvimos la canoa en una selva muy oscura, debajo de unos árboles enormes. Qué lindo sería saber bajo qué plantas estamos. La única que distinguimos era la chonta, que es una palmera con espinas. Tuvimos que calzarnos porque no se podía andar en patas ahí. El Consejo de Ancianos decidió que el pacú se haría a la parrilla. Yo soy buen asador de pescado, pero ante la decisión de Leonardo Ferreyra, que lo quería cocinar a toda costa, yo me mantuve distante, ayudando a armar el campamento y juntar la leña.
Y ocurrió la tragedia.
Facundo Santoro e Iván Machado, ambos con machete en la mano, preparaban la parrilla. Correte, Iván que te voy a dar un machetazo, estás muy cerca. Vos dale, Facu. No pasa nada. Todos estábamos cansado. Mucho calor, mucha lluvia, muchas horas de remo. Facundo Santoro, queriendo cortar una vara que había clavado en posición vertical, macheteó muy fuerte, cortando el palo, pero la hoja pasó de largo, impactando justo en el tobillo del músico del barrio Unión. Terrible. El machete cortó toda la carne, recién frenándose al chocar contra el hueso de Machado.
Hubo un gran silencio.
Se acaba la expedición.
Machado cayó al piso tomándose la pierna, con los ojos cerrados, tratando de aguantar el grito y el dolor. Santoro lo miraba… No podía creerlo. Dolor, sangre por todos lados. Leonardo Ferreyra corrió a socorrer. Mi corazón latía fuerte. Estábamos incomunicados y lejos de cualquier comunidad. Se hacía de noche. Paolo Cardozo quiso acercarse a ayudar y lo frené. Dejalos, le dije. Dejalos solos así no se ponen más nerviosos. Vos quedate conmigo que vamos a cocinar el pacú. Leonardo Ferreyra había borrado su permanente risa. Facundo Santoro miraba en silencio el dolor de Machado, que se había ubicado en la carpa del Consejo de Ancianos, acostado y sacando la pata lastimada para afuera. La sangre era abundante. Mi cortadura en la rodilla era ahora apenas una picadura de mosquito. Dejalos, Paolo. No los pongamos nerviosos. Ayudame a cocinar esto. No lo vamos a asar, lo vamos a hervir con plátanos y arroz. Vas a ver qué rico queda.
Señor creador de la selva y de los árboles. Señor todopoderoso que nos mandás esta pena al grupo… Señor, danos una mano para salir de ésta porque solos no podemos. Señor de los caimanes y los indígenas; Señor, por favor, poné tu poder en las manos de Leonardo para que su conocimiento en medicina pueda ayudar a Iván. Señor, por favor. Señor del agua y de Bolivia. Señor por favor. Dale a Leonardo la fuerza y el conocimiento para poder ayudar a nuestro hermano Iván. Señor, por favor. Te lo pido en el maravilloso nombre de tu hijo: el Señor Jesús. Señor, por favor. No nos desampares en este momento. No nos dejes solos porque solos no podemos, Señor…Tardé cerca de una hora en terminar de cocinar. El Consejo de Ancianos estaba en silencio. Nos sentamos los cuatro ilesos alrededor del fuego. No nos molestaban los mosquitos. Facundo Santoro se encargó de llevarle alimento a Iván Machado, que no quería comer. No hablábamos.
Está muy rico, trató de estimularnos Santoro, pero no consiguió respuesta.
Leonardo Ferreyra hablaba solo. Nombraba términos técnicos sobre lo que le había practicado a Iván Machado. Prendí mi cámara para poder grabar lo que decía. Transcribo lo que llegué a entender del monólogo que hizo frente al fuego:
«El machetazo lesionó los tejidos superficiales hasta el hueso, sin tocar arterias o el tendón de Aquiles… Atravesó los planos musculares. Haciendo una compresión rápida se logró una buena hemostasia y se decidió no suturarlo por lo sucio de la herida y lo húmedo del clima selvático, dejando que cicatrice por segunda. Necesitamos llevarlo a un hospital.»Luego cambió el discurso y se alentaba solo:
«Iván es fuerte y va a estar bien. Lo atendimos bien. Lo vamos a curar dos o tres veces por día y vamos a llegar a Riberalta.»Cuando iba para la carpa vi una mariposa blanca que volaba en la noche. La seguí por unos segundos, hasta que desapareció detrás de unos arbustos. Y volvió a aparecer. Era casi fosforescente. Qué querés, bicho.
Se escuchan muchos ruidos. Animales pisan cerca de la carpa. Volvieron los mosquitos. Nadie habla. Armamos la carpa lejos de la del Consejo. Escribo. Ha pasado un largo rato. Paolo Cardozo no para de hablar ni de moverse dormido. Tiene muchas pesadillas. A pesar de todo su dolor, Machado interpreta las notas de Libertango de Piazzolla en la guitarra. Lo escucho desde acá. Eso me trae un poco de paz.
Un poco de paz.













































































































Los que se animan a levantar su voz