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27
jun
10

De poesías… de mierda.

Porque Oliverio Girondo y Jacinto Piedra, juntos en Saint Tèrriéns, componen chacareras celestiales.

Habló Facundo Santoro, el poeta de una logia llamada AKU.

Había sido invitado a la casa de uno de esos tíos que se ven cada diez años, en Pueblo Esther, al sur de la ciudad de Rosario. Fui con mi madre. Era una casa grande, con pileta y árboles añosos, que daba a la barranca del Paraná. Llegamos cuando se hizo de noche, el ágape sería en el quincho, cerrado y calefaccionado, al fondo del patio. Nos acomodamos todos alrededor de una mesa muy grande. En uno de los extremos: el jefe de la casa; en el lado opuesto del rectángulo: el dueño; todos los demás, sentados en los lados mayores del rectángulo.

Me vi pato criollo entre las blancas coscorobas. No tardaron mucho en entrevistarme de forma irónica y punzante. ¿Y vos por qué podés ir tanto al río? ¿Qué vas a hacer allá? ¿Pescás, cazás, hacés algún deporte? El primer inquisidor fue una de mis tías. Salgo a recorrer y conocer, le respondí. Veo que tenés mucho tiempo libre, agregó el dueño de la casa: mi tío, al que le había ido económicamente mejor que al resto de los familiares juntos. En la otra punta de la mesa, donde se sentaban las personas más enajenadas y perdedoras, la cara del jefe de la casa mostraba a un hombre bajito que gritaba y no levantaba el pie del acelerador. ¡Es la hora! Julián es una risa, qué lindo, se alegraba mi tía abuela, ésa que el tiempo había dejado sola y resentida. Y dice que quiere ser poeta: mi madre no se quedó afuera del socializado hundimiento de mi persona.

Entonces todos hablaron de fútbol. Del descenso de Central, del equipo que armó Maradona, del torneo que regaló Ñúbel. Del fútbol pasaron a la política, y se quejaron de los pobres sojeros que el gobierno no deja en paz con sus presiones fiscales, y de los industriales que son perseguidos por los gremios zurdos, y del bicentenario sin una patria como la que soñó Sarmiento, y del trabajo y de los autos… y de las casas… Y del dinero y del más dinero. Uno de mis primos se había vuelto especulador de bolsa, su hermana era administradora de empresa, trabajaba para su padre —el tío rico y dueño— llevando papeles y en sus ratos libres estudiaba karate para poder defenderse de la inseguridad.

Entre cemento y piedras, dicen que el hombre ya se perdió.

¿El poeta qué piensa de la inseguridad?, preguntó mi tío rico. Es un negocio para los que viven de ella… le respondí, pero no me escuchó. Enseguida empezaron a contar los hechos violentos que habían vivido en los últimos años, al tiempo que el dueño de la casa mostraba alarmas y cámaras vigías. Orwell, todo esto es tu culpa por haber sido tan inteligente. Los comentarios estúpidos se multiplicaban en ese quincho junto al río. Lo de mi prima karateca seguía llevando el primer lugar.

El jefe de la casa sorteaba unas computadoras chiquitas y gritaba… Llamá, llamá, llamá… Ganá, ganá, ganá… ¡Es la hora! Netbooks, DVDs, Autos 0km. Hablaba el jefe, repetían los súbditos del quincho, el dueño aprobaba, el quincho era un «no lugar». Y el quincho se había llenado de energías… tanta vibración hubo en ese espacio, que en un momento… la habitación cobró vida.

De cada poro, de cada grieta en los ladrillos, de cada ventana, de cada tapita de la luz… el quincho emanó mierda. Mierda sangre de las paredes, surgente de la masilla del suelo. Mierda. Mierda caliente que empañaban los cristales de los anteojos de mi tía abuela solterona, mierda vomitando de la boca del locutor en la cara del jefe de la familia, mierda humana que nos inundaba en el quincho. Que salía de la zona esponjosa del tejido óseo de las costillas de asado, que inundaba los cadáveres de los bichos que yacían muertos del lado de adentro de las lámparas del techo, mierda humana que goteaba del pobre trozo recto del Ibirá Pitá desmontado y que caía dentro de los vasos. Y el tío dueño contaba de sus excelentes negocios con los campos, con las propiedades, con su pequeña industria. Y la mierda humana que había inundado el quincho mutaba y ahora, en zarcillos, trepaba por las extremidades de nuestros cuerpos. Los tentáculos habían alcanzado el pelo de mi madre cuando ella lamentaba no haberme mandado al liceo militar. El olor de toda la mierda humana me descomponía y necesité aire. Caminé unos pasos, recordé los campamentos en que olvidaba las botas de goma y caminaba cerca de una laguna con el río en bajante. Costaba moverse entre la mierda. Noté que por la ventana, humedecida por la diarrea chirle que caía, una luz difusa y amarillenta llegaba desde afuera. Utilicé el antebrazo para desempañar y correr la caca líquida que caía, y arrimé la cara al vidrio para que el reflejo de adentro no molestara. ¿Qué había allá afuera?

Era la luna. Comenzaba a salir. Estaba casi entera, un poco menguada, amarilla, grande… Presente en la noche fría de junio.

Tomé la perilla de la puerta, me costó hacerla girar porque la mierda la había puesto resbalosa; logré abrir y, tras una bocanada de aire frío, estuve afuera. La luna seguía ahí, detrás de la isla, apareciendo gigante, amarilla, roja, iluminando los bañados.

Caminé unos pasos a la barranca y sentí el calor del Yasí… Y ya no sentí la noche otoñal, si todo era luz y calor de esa luna. No había mierda, ya no sentí el olor, y hubiera olvidado el quincho si no fuera por las flatulencias que salieron hasta que cerré la puerta por alguna queja desde adentro.

Y la luna acercó también a mi río. Pude ver los murciélagos cazando bichos, y a los teros reales ladrando al cruzar lagunas, y el tiempo de la búsqueda fue mío y ya no hubo más que la noche y el río, y yo volando sobre las islas, o inmóvil delante de un cuadro que elegí sólo mío. Debajo de un laurel cantaban Rosendo y Ofelia, eran jóvenes todavía; al coro acompañaron dos ñacurutúes enormes; el arpa fue improvisada por un tuyango que aprovechaba la torcedura de un aliso viejo y hueco, al tiempo que sus alas acariciaba las lianas de las escandentes en dulce melodía. A pocos pasos de los músicos, vi al artesano de Caá Cupé que le prestaba, con sus herramientas más delicadas, unos oídos a su virgencita de madera. Y el bandido Yarará cruzaba un madrejón a lomo ‘e yacaré.

Esa escena fue demasiado. Quise regresar al quincho de la mierda porque temí que mi presencia impura arruinara el bello momento de Yasí Jara, pero volaron delante de mí dos aves de la noche.

Los ñañarcas me atajaron, presintiendo mi partida, y no pude más que volver a ver lo que la noche quiso que no dejara.

Caí de rodillas al rocío frío del pasto y lloré… lloré como manda Girondo: a chorros y hasta los mocos… a lágrima viva. Porque el poeta ése que no fui y que ya vivió, también estuvo de rodillas llorando frente a este río, tal vez no en Pueblo Esther, tal vez sí en la Payagua formoseña, o en Villa Bermejito. Pero él, a igual que yo, también vio al yacaré y a la aves de la noche… lloraba su kakuy en el monte, vio cruzar al fugitivo a lomo ‘e cocodrilo y quiso ser él también uno más de los que se perdían… por eso lloró Girondo. Lloró en los cumpleaños, en las clases de antropología y también cuando iba a comer a la casa de sus tíos. Girondo lloró como yo en esta noche de mierda… en este momento de luz. Llorarlo todo pero llorarlo bien. Las lágrimas ardieron mis ojos y evité ver el brillo molesto de la luna.

Permanecí en silencio. ¿Cuánto tiempo? No lo sé.

La prima, administradora y karateca, cortó mi trance cuando salió del quincho para buscarme en la noche. Y me encontró. Yo también me siento acá, por las noches, a llorar. ¿Llorás por miedo a los ladrones? No… Facu… Eso es para ellos. ¿Para quiénes? Para mi familia. Yo trabajo medio día en la empresa para ganar dinero. ¿Y el karate? En las «horas de karate» trabajo con mi grupo en un barrio. ¿Villa? Villa. ¿Y qué hacés? Transformamos baldíos en huertas. Si tu viejo se entera… Me mata. Ja… Los padres son así. ¿Cómo se llama el grupo? ¿Lloran los Jacintos entre las Piedras? No, primo, pero qué lindo nombre se te ha ocurrido. Mi grupo se llama Abajo, que hay la Tierra.

Sabías, prima, que el hombre… que el hombre, interrumpió la administradora y karateca, ¿es un cerebro que no obedece a su corazón?… Sí, Facu, lo sabía… le tiene miedo a la lluvia y en la oficina le escapa al sol. Y llora de amable y amarillo.

No hay velo como la noche; para el amor, para la poesía, para el desengaño y para irse a la mierda. El primo accionista salió a fumar un cigarro: peligro. Los ñañarcas volaron hacia unos chañares en la barranca, la luna se ubicó tras una nube, Rosendo y Ofelia callaron, el artesano dio su último toque con la gubia y entonces fue sólo otro árbol, el Yarará terminó de vadear… El Paraná fue silueta y agua.

No hay velo como la noche. Más si el jefe los tiene a todos a su mesa.

El primo accionista tiró la colilla y volvió al quincho. Y el resto… el resto es La Poesía.

http://www.literaberinto.com/vueltamundo/llorargirondo.htm 

http://lacuerda.net/tabs/j/jacinto_piedra/




Art. 41. de la Constitución Argentina.

Todos los habitantes gozan del derecho a un ambiente sano, equilibrado, apto para el desarrollo humano y para que las actividades productivas satisfagan las necesidades presentes sin comprometer las de las generaciones futuras; y tienen el deber de preservarlo. El daño ambiental generará prioritariamente la obligación de recomponer, según lo establezca la ley. Las autoridades proveerán a la protección de este derecho, a la utilización racional de los recursos naturales, a la preservación del patrimonio natural y cultural y de la diversidad biológica, y a la información y educación ambientales. Corresponde a la Nación dictar las normas que contengan los presupuestos mínimos de protección, y a las provincias, las necesarias para complementarlas, sin que aquéllas alteren las jurisdicciones locales. Se prohíbe el ingreso al territorio nacional de residuos actual o potencialmente peligrosos, y de los radiactivos.
TAPA DEL LIBRO SANTIAGODELRIO Todos éstos están ahora atrapados en nuestro remanso costero:

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Que nuestros humedales no sean transformados en una pampa ganadera.

Quema de pastizales

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Máxima del libertador

«Humanizar el carácter y hacerlo sensible, aun con los insectos que nos perjudican. Stern ha dicho a una mosca abriéndole la ventana para que saliese: —Anda, pobre animal: el mundo es demasiado grande para nosotros dos.»

José de San Martín.

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SANTIAGO GUARÚ DEL RÍO

LLAMADO A LA DEFENSA DE LA VIDA Paremos la matanza de animales autóctonos en nuestros humedales. Cambiá tu arma de fuego por un cámara de fotos, y ayudá a tu río a que ellos sigan con vida. Sin armas de fuego: Vuelve el Ciervo de los Pantanos a llenar de belleza al río. El Yacaré nos ayuda a controlar la población de palometas. El Lobito de Río otra vez se acerca a nadar junto a nuestras embarcaciones. El Carpincho deja de ser un animal de hábitos nocturnos, recupera su población mermada y vuelve a visitar nuestros campamentos a la luz del día. Sin armas de fuego paramos el depósito contaminante de plomo en aguas quietas. Sin armas de fuego dejamos un ambiente rico en biodiversidad de fauna autóctona a nuestros hijos. ¿Qué río querés vos? ¿El de un paisaje depredado o el de un ambiente rico en fauna? Ayudá a tu río. Recuperarlo es posible. Paremos la matanza de animales autóctonos.

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    Maximiliano Leo

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Decálogo de la Naturaleza

1 No tendrás otros dioses delante de la Gran Madre Naturaleza. Amarás con todas tus fuerzas a la Creación que te ha dado vida.

2 No te harás imágenes artificiales de las cosas que están en la tierra, o debajo de las aguas o arriba en los cielos. Dejarás los árboles donde están los árboles, las aves donde están las aves y las nieves donde están las nieves. No levantarás un bosque donde hay desierto o harás un desierto del lugar donde está el bosque.

3 No tomarás el nombre de la Gran Madre en vano. No repetirás frases como «Todo bicho que camina va a parar al asador» o como «Todo árbol es madera pero pino no es caoba».

4 Acuérdate de tus tiempos libres, para visitar los espacios naturales de la Gran Madre. Seis días trabajarás, pero uno tendrás para acariciar la creación que cada día te da el pan y el oxígeno para que tú y los tuyos puedan vivir.

5 Honrarás a la Gran Madre, para que tus días y los de tus hijos se alarguen en la tierra que te es nido. 6 No matarás a ningún animal salvaje, sino es para alimentarte cuando no tengas otra posibilidad o cuando el que lo haya matado gane, por esa vida muerta, el pan para sus hijos.

7 No cortarás el árbol ni mandarás a cortarlo, si primero no has plantado sus semillas en un lugar seguro, poniendo tu vida como precio por la descendencia de ese ser longevo de esta tierra. No tendrás mueble de madera lenta ni papel que no uses de las dos carillas.

8 No le robarás su pan a las personas que sobreviven por las criaturas de la Gran Madre: ni al pescador, ni al horticultor, ni al cazador, ni al tambero le robarás la dignidad de vivir como vive.

9 No mentirás diciendo que eres lo que no, y serás consecuente si vas a estar de este lado de la lucha.

10 No desearás el árbol, el pastizal, el agua, los animales, las nieves, el oro, los bosques ni el suelo del que ha ocupado la tierra antes que ti y que la ha mantenido sustentable por cientos de años.

http://rioparana.wordpress.com/

Cuando era chico me gustaba cazar a mí también, hasta que traté que una perdiz levantara vuelo para tirarle y, como no subía a pesar de mis pisotones al suelo, al acercarme me di cuenta que tenía cría abajo ... nunca más le tiré con algo a un ser vivo.»

Capitán Martín Burbuja.


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