Mojarrita atrevida.
Cardumen hacia el norte.
Ale Kanelón con su traje de foca y el Pepismo atrás.
La partida.
Espinero pecho manchado.
Guaycurú vestido de huachín.
Sietevestidos fuera de foco.
Sábana de Isipóes.
Zorzal cantor.
Saucedal más alto que el sol.
El huachín reciclando medias-botellas encontradas por ahí, para llevarse plantas.
Juan de Diós Mena.
Bejucos finados.
Sandía purgante.
Turismo sustentable.
Espera al acecho.
Otro Juan de Dios Mena al morir del día.
Tas.
Mosqueta ojo dorado.
Foco desencontrado en el katí que busca el cielo.
El invierno tiene los cítricos sin cámara.
Placer…
Y un texto para el que ha visto esto con paciencia:
A UN RÍO A PREGUNTAR.
Cuando la bella Kiara Osorio, estudiante de lingüística, dio su primera conferencia ante un auditorio invitó a sus amigos para presenciarla. La charla se dirigía a estudiantes de los primeros años de carreras humanísticas; el tema: cultura y naturaleza.
Leonardo Ferreyra, el bioquímico, simulaba cara de intelectual. Luisina Olivera, la vendedora de ropa, anotaba ideas fuerza en un cuaderno borrador. Facundo Santoro, el poeta, observaba cómo la disertante movía los labios liberando con dulzura cada palabra; suspiraba al verla acomodar su pelo para liberar la nuca, pues sudaba por los nervios. Néstor Renzi, el artesano, tallaba con su gubia un cartelito que decía «herencia simbólica e instintiva». Los hermanos Trevisanut, mecánicos, se deleitaban mirando las estudiantes del público. Iván Machado, el músico, dudaba y dudaba, y algo tenía para decir, para disentir, para alborotar al público, pero no se animaba a hacerlo: Machado era tan tímido. El bioquímico notó las ganas del músico, que emitía expresiones ahogadas que no pasaban de un susurro, que trataba de levantar la mano para pedir la palabra, pero esa izquierda que intentaba no llegaba ni al nivel de sus hombros.
—Iván —el bioquímico se dirigió al músico—, decile lo que pensás. Levantá la mano, total Kiara es tu amiga. Te va a escuchar y se va a poner contenta si uno de nosotros aporta algo.
—El animal —explicaba Kiara Osorio— es un ser liberado del lenguaje. Nada, la naturaleza me ha quedado lejos. He puesto el lenguaje en medio y ya no puedo siquiera tocar las cosas, sino sólo construir sus representaciones. No veo un árbol, por el contrario: la cultura ha pintado en mi cerebro la representación de las florestas; ya no necesito estar frente a los paisajes verdes para que la ancestral cadena de estímulos instintivos placenteros rebrote y genere en mí el encanto de sentarme bajo un sauce y ver como éste transpira, brindándome la leve llovizna en un día sin nubes. Con sólo pensarlo y recordarlo, acá mismo incluso, siento ese placer que me transporta automáticamente a una sombra en la isla. Entonces ya no necesito el árbol, sino su representación en mí. Piso una ranita por accidente y el dolor del atropello me carcomerá por mucho tiempo. El animal no siente la tristeza ni la alegría, que son propias de los culturales. Un perro llora y deja de comer porque no está su dueño pero no porque lo quiera con el amor que inventamos en el lenguaje, sino que este animal de jauría, último en la jerarquía familiar, sin su dueño carecerá del estímulo que le abra el apetito. Cada animal brinda una respuesta a un estímulo. La mamá mono no está triste aunque lleve a su bebé mal nacido, después de muerto, colgado como si éste siguiera con vida, arrimándolo, incluso, a sus mamas… No es por pena: es que el instinto que le fue dado por herencia biológica sigue fuerte por ese tiempo de la maternidad. Los humanos inventamos la cultura, el lenguaje, y con ellos el incesto, la sepultura, la lengua… Los animales están en la naturaleza, nosotros en su representación. Hay mil representaciones diferentes. Los esquimales tienen una veintena de palabras para denominar los matices del blanco… ¿Nosotros?: mate, blanco, gris tal vez… Hay tantas representaciones de la naturaleza como humanos. Los animales no… Ellos son de distintas especies, órdenes, razas y todos se rigen por la misma fuerza sin cultura, sin lenguaje, sin representación. Todos son «el mismo y la diversidad».
—Disculpe, señorita —Iván Machado se animó a levantar la voz en el auditorio—. ¿Usted dice que los animales no tienen lenguaje?
—Eso dije, joven.
—Pero entonces, ¿por qué hay monstruos castigados en el Cerro del Purgatorio y no en otros lados?
Kiara Osorio se tomó la cabeza y puteó por lo bajo: este pibe no puede ser tan pelotudo.
—¿Por qué los animales deformes van todos a parar a ese lugar, señorita? Yo sé que usted conoce el lugar que le estoy nombrando.
Kiara Osorio tomó asiento, bebió agua, quitó el cabello de la nuca. Observó a la audiencia que nada entendía. Cerró los ojos. La representación cultural trajo a las criaturas malditas de dicho cerro. Volvió a abrir los ojos. Un viejo hombre vestido de negro, que miraba desde el fondo del auditorio, le recordó al guardián del Cerro del Purgatorio, a quien siempre debían pedirle permiso para acampar sobre la elevación natural de las islas.
Entonces supo lo que debía decir.
—Voy a dirigirme más a la audiencia que a mi compañero de travesías. Espero que los catedráticos que esperaban que terminara mi discurso de memoria sepan entender. Escuchen, chicos, docentes, profesores, compañeros: En la búsqueda por entender lo que es la cultura hemos llegado hasta las puertas de la misma duda. Sólo la duda nos permite romper con todo lo ya escrito. La duda, fruto del mito, hace que aparezcan los verdaderos interrogantes. Los lingüistas están empachados de tecnicismo y se atragantan de las mismas idioteces sobre estructuralismo de las que hablaba Saussure hace una pila de años, más de cien. Nostros estamos parados en la duda y eso nos hace grandes, nuevos, jóvenes, distintos a la comodidad de la biblioteca y del intelecto. Los animales son seres sin cultura y nosotros con, pero hay lugares, espacios, tiempos, donde la duda nos mantiene vivos, alertas y explorando. Lo que dice el joven es cierto: Existe un lugar, un velado recodo del gran Paraná, que es purgatorio de esas criaturas que han elegido dejar de ser parte de la Gran Madre y han corrompido el gran equilibrio, buscando impregnarse de cultura. Hay un lugar así y no queda lejos de Rosario, es un cerro que ha sido habitado por indígenas hace cientos de años, lo sabemos por los restos de alfarería que encontramos en ese lugar. Ahí estamos poniendo mucha de nuestra energía para entender muchos porqués que aún desconocemos por cómodos, por tecnócratas o por estructuralistas. Para los doctos del «dos más dos, cuatro» ya no hay Dios, ya no hay carpincho blanco, ya no hay luz mala ni Difunta Correa y, aunque estos mitos puedan tener sus explicaciones racionales, en su afán de seguir las reglas se han olvidado de la duda… han muerto como científicos, han perdido, han defraudado a los patriarcas, han transformado el mito en folclore sin preguntar por sus fuentes, han temido ver con ojos propios, han abandonado la búsqueda hacia los confines del lenguaje… Es el fin. Nosotros seguimos… Ustedes han quedado en el camino. Eso es todo, gente… Gracias por escucharme.
Gran aplauso.
Ovación.
Gente de pie.
Los oyentes se fueron muy entusiasmados. Dos chicas le pidieron un autógrafo. Sus amigos tiraron cuetes e hicieron sapukais —adentro del auditorio—. Ella estuvo muy contenta, casi emocionada…
…hasta que llegó su profesor…
Bajó la mirada, esperó la reprobación… el «uno» en el final.
—Excelente —habló el calificador—. Tengo un amigo con el que vamos a pescar y tiene una lancha. Ya te vamos a pedir que nos digas dónde queda ese lugarcito. Muy bien, Osorio. Usted es de las nuestras.
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Fuimos remando y trajimos imágenes de las criaturas que viven allí.
Algunas imágenes del Cerro del Purgatorio.




































































































































Los que se animan a levantar su voz