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29
nov
09

Lo que sí

No sé explicar qué es ser kayakero. Una vez leí algo bastante interesante en el relato de Facundo Santoro: un amigo a quien persigo desde hace años para terminar la obra sobre una vieja logia llamada AKU. En su texto él se pregunta si esto del kayakismo —no canotaje— es un deporte, una actividad de recreación o un estado de búsqueda… probablemente no sea nada de eso y casi con certeza lo sea todo, y mucho más…

Cuando yo era más chico me acerqué a este mundo tan lindo y fácil de aprender, tal vez buscando el sentido de pertenencia a un grupo, tal vez para ver de cerca al Paraná: que entonces era ese misterio oscuro que encontraba al oír, en la radio de mi madre, a las voces de viento atrapadas en los payés chamameceros.

El porqué de volverme kayakero es confuso para explicarlo. Pero aquí estoy, intentándolo. Ciro Lorente: un amigo en común con los miembros del AKU —actualmente internado en un hospital psiquiátrico—, me dijo en el año 2002 eso que me cambiaría la vida y me volvería esto poco pero digno que soy ahora. Él me regaló, con esa propuesta, la oportunidad de irme alejando de forma definitiva de las necedades de los improductivos intelectuales a quienes admiraba sobre su estúpido y efímero pedestal, tan grande como una mesa de café. Bueno… dejé una pavada que habíamos puesto por nombre Saint Térrièns: la casa donde habitan nuestros alter egos y la gente famosa que se muere, y me permití superar lentamente el síndrome de Estocolmo, para por fin borrar esa vulgaridad tan ridícula de creernos poderosos e intelectuales. Ahora podía enamorarme de algo real y vivo.

Ciro Lorente me dijo ese año: «El día del equinoccio de septiembre dejaríamos todo atrás y cambiaríamos de vida». Nos iríamos a buscar un espíritu al que llamábamos «La Calma», que habíamos encontrado oculto en la poesía del finado santiagueño Jacinto Piedra.

Durante meses planeamos aquel momento. Sabíamos que a La Calma no se la encontraba de a poco, sino que se la recibía de un solo golpe. Si la hallábamos, ya sabríamos siempre donde encontrarla.

El día del equinoccio de septiembre de 2002 nos iríamos a su encuentro. Estábamos convencidos —«trabados» diría un amigo kayakero— que ese espíritu nos iba a estar esperando allá en el monte…

Llegó el 21 de septiembre. Llevamos hasta el río los dos botes viejos, feos y rotos que habíamos podido pagar con nuestros ahorros —Ciro Lorente ganaba 14 pesos por día trabajando doce horas en un lavadero de autos y yo pasaba en computadora trabajos prácticos y tesinas finales a 80 centavos la carilla—. Cargamos los kayaks con pocas cosas: unas ollas de aluminio que habían sido de mis padres, una carpa que habíamos comprado a medias, una bolsa de dormir, unas velas, un machete que le gané a Lorente en una apuesta —el que aguantaba menos sin fumar tabaco debía pagarle un machete al otro… el tiempo que tardamos en esperarlo al equinoccio nos dio muchos ideas con las que elegimos rellenarlo—.

Y salimos a remar el 21 de septiembre de 2002. Tuve la suerte de que mi padre me enseñara lo básico para mover un kayak en el agua, y que me animara a comprar uno simple —para un solo navegante—. Había oído hablar de un paraje llamado La Milonga, y le sugerí a Ciro Lorente que tal vez en aquella dirección podríamos encontrar al duende de La Calma. Me dijo que sí. Ahora que escribo recuerdo las historias de La Milonga; así me la describían: es la entrada a un arroyo con árboles a los costados que te lleva al interior del delta. Un lugar increíble ¿Cómo sería la isla por adentro? ¿Qué habría en esos lugares? ¿Serían montes maravillosos como ésos que se ven en las fotos aéreas de los arroyos meandrosos del norte? ¿Serían arroyos de vegetación bajita como la que se ve al costado del Ludueña?

Nos dijeron que la Boca de la Milonga quedaba a muchísima distancia de donde habíamos bajado al agua los botes, así que imaginamos que, superando un tapón artificial de arena, podríamos acortar la distancia y llegar por atrás, sin enfrentar la corriente de ir río arriba. Para ello, después de saltar el tapón utilizamos el canal de navegación del terraplén Victoria-Rosario, pasamos una laguna, alcanzamos el arroyo Paranacito y lo remontamos hasta entrar en los saucedales donde el albardón se vuelve más alto. Estábamos en el paraíso. El camino no era más corto que si hubiéramos seguido por el río grande, pero por primera vez remaba por el interior de las islas, donde todo es pajonal, madera dura y distante, y los horizontes son largos y descubiertos.

Acampamos en un recodo al que con los años llamamos Las Pajas. Dos sauces jóvenes nos daban sombra y leña. ¿Para qué más? Y ahí fui feliz. Aprendí a hacer un fogón, a oler el perfume salicílico cuando le rompía las leñas más delgadas a los tronquitos de sauce, a encontrar la Cruz del Sur. En la primera noche de campamento en mi reencuentro con el kayak —o en realidad en mi nacimiento como kayakero— oí el canto del misterioso alilicucú: muchos años me llevaría observarlo. Fue maravilloso. Entendimos, con Ciro Lorente, que habíamos encontrado al duende de La Calma: un pomberito silencioso que nos mira desde la copa de los curupíes (*)y, tirándonos con pega-pega, nos aferra el alma, el corazón y el cuerpo, volviéndonos el ser que se anima a salir a andar por la más grande de las búsqueda de la vida: la de vivir sin evocar.

Con Ciro Lorente creemos que «kayakeros» son esas personas que han encontrado al duende de La Calma. Hay los que son palistas, remadores, amantes del kayakismo… Pero ya lo hemos acordado con mi amigo internado: ni Ciro ni yo vamos a considerarlos «kayakeros».

Facundo Santoro.

Bueno, voy terminando… tanto palabrerío ya ha aburrido y poco material concreto he presentado… Ahora paso unas fotos y un video de un lugar común para los kayakeros rosarinos. A media hora de remo de la gran ciudad aparecen estas criaturas de la gran madre naturaleza. Para disfrutarlas hay que practicar eso tan lindo que sabemos hacer silenciando gritos, sin apuro, escuchando, tocando, besando el aire… y siempre agradeciendo que toda esa naturaleza lindera a la ciudad nos reciba con los brazos abiertos cada vez que salgamos a buscar a nuestro amiguito que espera sobre el curupí…

Nota:

(*) El curupí es un árbol muy frecuente en el río y en los campos de nuestra pampa ondulada, que larga de su interior una leche pegajosa a la que llamamos pega-pega y que los jauleros utilizan para volver prisioneras a las aves.

Iguana Overa (lagarto overo).

Picaflor verde.

Cría de iguana.

Espinero grande.

Nido del espinero.

Kayakero (Juan Olivera, profesor de canotaje).

Pichón de algún tordo (ictérido) practicando mudanzas sureñas.

Pichón de ictérido besando la tierra.

Información para la identificación: César Giarduz (ornitólogo): mi profe de fauna.



Art. 41. de la Constitución Argentina.

Todos los habitantes gozan del derecho a un ambiente sano, equilibrado, apto para el desarrollo humano y para que las actividades productivas satisfagan las necesidades presentes sin comprometer las de las generaciones futuras; y tienen el deber de preservarlo. El daño ambiental generará prioritariamente la obligación de recomponer, según lo establezca la ley. Las autoridades proveerán a la protección de este derecho, a la utilización racional de los recursos naturales, a la preservación del patrimonio natural y cultural y de la diversidad biológica, y a la información y educación ambientales. Corresponde a la Nación dictar las normas que contengan los presupuestos mínimos de protección, y a las provincias, las necesarias para complementarlas, sin que aquéllas alteren las jurisdicciones locales. Se prohíbe el ingreso al territorio nacional de residuos actual o potencialmente peligrosos, y de los radiactivos.
TAPA DEL LIBRO SANTIAGODELRIO Todos éstos están ahora atrapados en nuestro remanso costero:

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Que nuestros humedales no sean transformados en una pampa ganadera.

Quema de pastizales

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Máxima del libertador

«Humanizar el carácter y hacerlo sensible, aun con los insectos que nos perjudican. Stern ha dicho a una mosca abriéndole la ventana para que saliese: —Anda, pobre animal: el mundo es demasiado grande para nosotros dos.»

José de San Martín.

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SANTIAGO GUARÚ DEL RÍO

LLAMADO A LA DEFENSA DE LA VIDA Paremos la matanza de animales autóctonos en nuestros humedales. Cambiá tu arma de fuego por un cámara de fotos, y ayudá a tu río a que ellos sigan con vida. Sin armas de fuego: Vuelve el Ciervo de los Pantanos a llenar de belleza al río. El Yacaré nos ayuda a controlar la población de palometas. El Lobito de Río otra vez se acerca a nadar junto a nuestras embarcaciones. El Carpincho deja de ser un animal de hábitos nocturnos, recupera su población mermada y vuelve a visitar nuestros campamentos a la luz del día. Sin armas de fuego paramos el depósito contaminante de plomo en aguas quietas. Sin armas de fuego dejamos un ambiente rico en biodiversidad de fauna autóctona a nuestros hijos. ¿Qué río querés vos? ¿El de un paisaje depredado o el de un ambiente rico en fauna? Ayudá a tu río. Recuperarlo es posible. Paremos la matanza de animales autóctonos.

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    Maximiliano Leo

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Decálogo de la Naturaleza

1 No tendrás otros dioses delante de la Gran Madre Naturaleza. Amarás con todas tus fuerzas a la Creación que te ha dado vida.

2 No te harás imágenes artificiales de las cosas que están en la tierra, o debajo de las aguas o arriba en los cielos. Dejarás los árboles donde están los árboles, las aves donde están las aves y las nieves donde están las nieves. No levantarás un bosque donde hay desierto o harás un desierto del lugar donde está el bosque.

3 No tomarás el nombre de la Gran Madre en vano. No repetirás frases como «Todo bicho que camina va a parar al asador» o como «Todo árbol es madera pero pino no es caoba».

4 Acuérdate de tus tiempos libres, para visitar los espacios naturales de la Gran Madre. Seis días trabajarás, pero uno tendrás para acariciar la creación que cada día te da el pan y el oxígeno para que tú y los tuyos puedan vivir.

5 Honrarás a la Gran Madre, para que tus días y los de tus hijos se alarguen en la tierra que te es nido. 6 No matarás a ningún animal salvaje, sino es para alimentarte cuando no tengas otra posibilidad o cuando el que lo haya matado gane, por esa vida muerta, el pan para sus hijos.

7 No cortarás el árbol ni mandarás a cortarlo, si primero no has plantado sus semillas en un lugar seguro, poniendo tu vida como precio por la descendencia de ese ser longevo de esta tierra. No tendrás mueble de madera lenta ni papel que no uses de las dos carillas.

8 No le robarás su pan a las personas que sobreviven por las criaturas de la Gran Madre: ni al pescador, ni al horticultor, ni al cazador, ni al tambero le robarás la dignidad de vivir como vive.

9 No mentirás diciendo que eres lo que no, y serás consecuente si vas a estar de este lado de la lucha.

10 No desearás el árbol, el pastizal, el agua, los animales, las nieves, el oro, los bosques ni el suelo del que ha ocupado la tierra antes que ti y que la ha mantenido sustentable por cientos de años.

http://rioparana.wordpress.com/

Cuando era chico me gustaba cazar a mí también, hasta que traté que una perdiz levantara vuelo para tirarle y, como no subía a pesar de mis pisotones al suelo, al acercarme me di cuenta que tenía cría abajo ... nunca más le tiré con algo a un ser vivo.»

Capitán Martín Burbuja.


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