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Agua en la Cabeza (parte 2/10)
Dejamos la localidad de San Clemente y seguimos camino por el Valle de Calamuchita. Acercándonos cada vez más a los parajes más remotos y puros de la cuenca del Alto Carcarañá.
Un rey chimango nos bendijo en la partida, pero nos advirtió de los malos tiempos que traen las lluvias y las crecidas. Trito Timai entendió la lengua de las aves y nos lo comunicó en nuestra limitada forma de significar el mundo.
Las sierras son elevaciones muy antiguas del terreno. La erosión las ha gastado tanto, que el paisaje pareciera una constante de lomadas dispersas. Si bien las trepadas no son tan duras, es realmente cansador pedalear por ellas porque se suceden unas a otras todo el tiempo. Gente del Río andando por la piedra… Ay ay ay…
¿Lancheros en las sierras? ¿Qué querrá decir este cartelito?
Pedaleamos por muchas horas y nos detuvimos a descanar. Estábamos muy cansados y no hallábamos el rumbo hacia el Gigante con Agua en la Cabeza.
Renata Trotsky Timai se echó a dormir debajo de un arbolito cuando…
…despertó alertada por una picazón y observó su cuerpo. Algo andaba mal.
La desesperación fue instantánea.
Renata había sido flechada por un molle, según la leyenda de los antiguos (*).
Pasado el ardor seguimos camino hacia las Sierras Grandes.
Lentamente nos acercábamos a nuestro destino, al nacimiento del Carancho Diablo.
Trito Timai cambiaba el color de su madera, y eso daba señal de que el Paraná estaba cerca. Una piedra gastada nos llevó hasta el sendero bueno.
Un músico que había perdido su bandada nos preguntó si habíamos visto a sus primos; por supuesto: le indicamos que más abajo habíamos visto a su familia ictérida.
El pequeño tordo nos indicó dónde podíamos conseguir agua y se alejó por el pastizal serrano.
Agua de vida, pero aún con sabor a Ansenuza. No damos con nuestra cuenca, pero sabemos que corre cerca.
Pasados los pircales alcanzamos una zona de pampas muy altas.
Un naranjero nos advirtió que el tiempo desmejoraba y que halláramos pronto reparo. Lo oímos y buscamos lo más alto de las planicies.
El último rayo solar, antes que la nube tapara todo, nos permitió echar una última mirada al observatorio. Desde allá, y aún más, venimos.
Y entonces la lluvia. Y luego la noche.
(*) Flechada debajo de un molle. Eso es por un antiguo derramamiento de sangre india a manos de un español de la conquista. Rodrigo de Soria conoció a la bella indiecita Mishki, que estaba enamorada de Alimi, el hijo de un cacique Comechingón. Rodrigo intentó seducirla, pero ella lo negó. El español, humillado, optó por raptarla. Cuando Alimi intentó rescatarla, una noche, fue descubierto por Rodrigo, quien decidió, impotente por no obtener nada del amor de la doncella, sacrificarla con un sablazo en el corazón antes que saberla feliz al lado de un jefe indio. Fue debajo de un molle que se realizó la matanza. Desde ese día el molle está ofendido, atacando con urticarias y crisis asmáticas a quienes busquan amparo bajo sus sombras.
Continúa…
Pasado del Sur
El sur santafesino es la tierra donde a muchos nos ha tocado nacer, crecer y aún hoy seguir viviendo. Salvo por la majestuosidad del río que lo limita al este, el sur santafesino es un paisaje triste, chato, enfermo de cultivos tóxicos y de horizontes largos que han perdido sus florestas.
El sur santafesino es un paisaje sin música, sin folclore, un fantasma lúgubre que sólo se sustenta en la enorme cantidad de dinero que produce. Pero sin vida… Triste… Una cuadriculada mancha de soledad que, como una enfermedad argentina, rápidamente se expande hacia los vientos.
Este paisaje triste y sin música avanza constante y metastático sobre la cuña boscosa del norte, sobre las onduladas tierras entrerrianas, sobre los valles cordobeses, sobre la infinitud ganadera bonaerense, avanza, siempre avanza sin detenerse.
El sur santafesino alguna vez alternó pastizales y espinales; aguadas, lomadas leves y lagunas, diversidad toda y pura en un maravilloso marco donde el antiguo poblador se nutrió por centurias.
Pero se ha modificado… ahora es de viento que arde de tierra en los ojos, y de caminos silenciosos que aún guardan las huellas de agónico éxodo del puma y del cardenal. El sur santafesino es un triste paisaje productivo donde la biodiversidad se ha marchado.
Pero existe un lugar enclavado justo en el centro de nuestro sur…
Un pequeño reservorio olvidado por los nunca satisfechos productores santafesinos, donde el tala y el chañar siguen siendo los soberanos del espinal, un pequeño portal hacia el pasado, un espacio donde podemos imaginar cómo ha sido nuestra tierra antes de los tiempos del afán de lucro.
Un lugar así:
Chingolo.
Calandria Grande.
Niño Carancho.
Jóvenes en formación.
Naranja Silvestre.
Galería.
Orquídea terrestre.
Detalles del Tala.
Bicho Canasto.
Chañar. Recuerde los maravillosos detalles de la corteza.
Carpintero Blanco.
Fruto maduro y flores de la trepadora Tasi.
Cina Cina.
Monjita coronada.
Troncos de Chañar y Tala.
Hembra Cortarramas.
Macho Cortarramas.
Juvenil de Torcaza.
Copa de Corona de Cristo.
Tronco de la Corona de Cristo.
Tallos volubles (que se enroscan dando vueltas) de una trepadora.
Crestudos.
Espinero Chico.
COA Federal Rosario.
El regreso a la desolada tristeza del sur santafesino.
Finalizo esta publicación con un texto de Pablo Aliado:
Qué importa que trasformemos nuestros ecosistemas en un gran desierto, hoy este yuyito sigue creciendo y en algún momento la tierra se cansará.
Somos un país tercermundista y subdesarrollado, qué importan los recursos naturales, qué importa que los Tobas, Wichís, en el norte, entre otros y los chicos de nuestra periferia mueran de desnutrición si todos los años batimos un nuevo record en exportaciones de alimentos, y dragaremos mas el Paraná para poder sacar los barcos mas cargados, que importa la erosión de las costas y si el Rio escurre mas rápido o lo contaminemos…
Qué importa que los chicos que están en las esquinas no estudien, si podemos darles fútbol gratis.
Por suerte todavía quedan algunos oasis como el de las fotos, como algunas esperanzas de cambiar el rumbo de este camino al precipicio.
Apología
Por más que éste no sea un espacio para difundir actividades como el remo o el canotaje, no ocultamos en lo más mínimo esas pequeñas embarcaciones plásticas que nos permiten llegar ahí donde no todos pueden, pero que quedan muy cerca.
Frente a nuestra ciudad, a minutos de remo, hay ambientes naturales, albardones que forman pequeñas selvas, lagunas que nada tienen que envidiarle al Iberá, cementerios indígenas, animales salvajes que son prácticamente desconocidos para la ciencia, hay cientos de plantas medicinales que si las aprendiéramos a manipular ya no tendríamos que acudir a una farmacia, hay árboles tan longevos que han visto nacer a nuestra Rosario, hay silencios, hay calma, hay vida que nos aborda por todos lados.
Un día un amigo me dijo: el kayak lo que te da es la libertad de llegar donde quieras… donde sea… y por más obvio que parezca hay una gran verdad en estas sabias palabras de Juancho: la Libertad. Recorrer el Alto Delta del Paraná en un kayak es una clara imagen de lo que la libertad representa. Andar, subir, bajar, cortar, entrar, salir, levantar, arrimar, derivar… cualquier infinitivo que se relacione con moverse en libertad le encaja perfectamente a un kayak: nuestro vehículo de plástico.
Por eso esta publicación es apenas una imagen de la libertad, de la libertad de andar cauces, de subir correntadas, de bajarlas, de cortar tapias, de entrar y salir de riachos, de levantar para pasar el albardón, de arrimar a la costa, de ir a la deriva como un camalote.
El kayak es nuestro vehículo: en tan lindo para tener, tan fácil de manejar, tan suave para pasear, tan económico de mantener…
Viva el Río… Viva la Libertad. ¡¡¡Vivan los kayakeros!!!
Un día abrí los ojos
Y al nacer vi que yo era el río.
Crecí, corrí y fui feliz;
Me alimenté de agua ‘e lluvia
Y en larga cañada forjé un cuerpo.
Fui feliz en los remansos y
Alegré al ver un aguapé
Enredado en el remolino turbio
De mis venas.
Y fui canción de corredera
Trinando, con las aves,
Al compás del reflejo ‘e resolana
Que interrumpe con la espuma.
Fui hervidero en lagunales,
Tuve frío y gusto amargo en el estuario,
Transparente en arenales
Y manta ‘e barro en los zanjones.
En una nostalgia de orgullo
Di llorando mi fruto amado
Al hombre manso
Que le dio la historia al albardón.
Espejo de cielo grande
Aún me plazco en mirar mis costas;
Sólo raíz, barro y cangrejal…
Sólo arena, raya y arenal…
Sólo palo caza-tapias y el biguá.
Un día abrí los ojos y al nacer vi que yo era el río.
¡¡¡Si querés conocer a algunos de ésos que nos animamos a la Libertad, entrá en este enlace!!! Acá estamos parte de la familia kayakera argentina.
Y falta algo: una canción que habla de nuestra libertad, en este video que sigue. La canción se llama «La Jaula».
Y por si alguno se quedó con ganas de oír las voces de donde andamos en nuestros ratos libres, invertí unos minutos en ver esto.
¡¡¡Qué lindo que es vivir!!! Pensar que hay gente que se pasa más tiempo haciendo algo que odia, con gente que no ama, en lugar de ser libre y estar con su familia o disfrutando de la naturaleza.
Aprovechando que empieza la estación fría y con ella la época más linda para remar, te imaginás anotándote en una de las tantas escuelitas de canotaje que enseñan cómo ser «feliz» y «libre» saliendo un ratito a mirar a tu ciudad desde la banda. ¿Demasiada utopía, no?
Es demasiado barato y lindo para ser real…





























































































































































































































































































































Los que se animan a levantar su voz