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05
Oct
09

Paseo Errabundo

santiago del rio parana

Camino al Pozo del Deseo.

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Verdes, flores, la primavera grita vida por todos lados.

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Un par de curvas y ya.

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Todo tranquilidad…

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Hembra del martín enano.

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Fumy y sus prácticas pesqueras ecologistas. El río no le dio ni uno… Me voy a buscar al AKU.

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Cae la tarde en el estero.

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Equipo dobsoniano en retirada.

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El bioquímico del barrio Refinería posando para una tapa de revista.

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La pequeña y abundante vida nocturna.

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Rosario, la vecina del monte (a un ratito de remo)

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La bruja del albardón haciendo su aparición matutina.

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El deportista.

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Ala de garza mora matada por un furtivo.

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Pepitero gris.

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Colmena en estado natural.

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Panal de lechiguana abandonado y sin cobertura.

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Picabuey cazando bichitos.

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Nuestra vecinita discreta.

07
Sep
09

Como tantos otros

Santiago del Río Paraná (1)

Santiago del Río Paraná (1)

Santiago del Río Paraná (1)

Fue una semana dura, que terminó en la reunión con Hermann Wolbing —militante del Mo.Ca.Se contra el desmonte y los monocultivos—. Organizando las actividades para la reunión de Pueblos Fumigados del sábado 12 de septiembre, en San Lorenzo —Capital Provincial del Cáncer—, se acercó nuestro correligionario Ignacio Bouchard, el emblemático científico que dedica, desde hace algunos años, a revisar si son falsas o no las predicciones climáticas catastróficas de la pampa ondulada.

Unos sábalos a la parrilla, algunos vinos y entre diálogos y risotadas, habíamos solucionado los grandes problemas del mundo.

Pero las semanas se terminan y a muchas personas nos corresponden dos días de descanso. Como tantos otros, como siempre: carpa, comida, unos vinos y ya. Salgamos a vivir un poco. Muchos se quedaron en la ciudad porque los medios anunciaron toda la semana que dos equipos de famosos se enfrentaban en el estadio de fútbol del barrio Arroyito. Nosotros no… Gracias…

Santiago del Río Paraná (1)

Mujeres al volante. Les hicimos dedo pero no nos llevaron.

Santiago del Río Paraná (1)

Me encontré con Hernán Dacharry, el personaje del AKU que pasara varios años estudiando en Escocia. Salimos río abajo.

Santiago del Río Paraná (1)

Entramos por un arroyo en la Comunidad del Espinillo.

Santiago del Río Paraná (1)

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Nos recibieron esta garcita blanca y el gracioso gallito de agua.

Santiago del Río Paraná (1)

Salimos de una laguna a la que los rosarinos conocen como el Saco y dentramos en el Arroyo San Marquitos.

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Teros y maiceros nos dieron la bienvenida. Encontramos un buen lugar para acampar.

Santiago del Río Paraná (1)

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El amanecer nos encontró con ganas de ver si podíamos llegar hasta la laguna la Chata. Ricardo, un kayakero recorredor que habíamos encontrado saliendo por el arroyo el día anterior, nos dijo que sí se podía. Allá fui…

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Hermosos los colores en el pico de la gallineta común.

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Un monje deltaico disfrazado de cará cará me dio su bendición para que pudiera entrar hasta el final, sin tener que cruzar grandes tapias.

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La primavera en los sauces.

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Los maravillosos pinitos…

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Contrastes… ¿Matadores y carroñeros?

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La hermosa mañana invernal mostró sus matices celestones.

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Familias de gallinetas chicas iban, en bandadas enormes, de un lado para el otro.

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Ciudad de Rosario, qué maravillosos paisajes te rodean. Cuánta falta que le hace a tu río que los pobladores que te habitan salieran a trajinar tus aguas en respetuoso silencio.

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Un viejo amigo hocó me volvió a saludar desde las ramas. Hacía varios años que no recorría tu arroyo, Señor Pájaro.

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Renata Timai preparó el fuego para los mates…

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…un pepitero gris esperó las migas del desayuno…

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…y no hubo mayor felicidad mañanera que compartir este paraíso con amigos. La seño Alicia, la ciclista Valeria y Leonardo Ferreyra, el bioquímico del barrio Refinería, acompañaron este momento de calma.

Santiago del Río Paraná (1)

Santiago del Río Paraná (1)

La profe Marina Olivera nos dio algunos consejos de cómo socorrer a alguien caído en un arroyo de aguas quietas y frías.

Después lo mismo de siempre… volver al lunes citadino. Pero felices.

Los hay muchos —la mayoría— que pedecen el domingo por la tarde. Sufren, se malhumoran, no disfrutan…

Nosotros amamos los domingos. Y, claro… Si nosotros salimos a vivir.

26
Jun
09

Espejo de otros tiempos

 

 

Publicado por segunda vez, con algunas fotos del lugar donde transcurre la historia.

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En el reflejo de sus pupilas encontró el fuego: nacido, ardiendo, siendo el primero… el primero logrado después de la lluvia. Fuego después de horas de frío bajo el torrente que, según parecía, jamás detendría su caer de aguas, pero que pasó por fin.

Eran frente al ardido, momentos antes, en la humedad y el frío, dos ojos que se achinaban como rezándole a una fuerza que pudiera más que la física, y que pudiera hacer nacer bajo la paja seca, bajo las astillas a cuchillazos de palos secos, era leve luz roja que sería el origen de todo.

Ahí quedó Iván Machado cuando encendió su fuego. Feliz, más niño, más inquieto, más calmo. La nube pasó, descubrió que el sol existía y la claridad volvió a achinarle los ojos, ahora para ser Dios el Hacedor, ése que lograba despejar la tormenta y tener el fuego, y unos segundos más tarde su humildad lo hacía voltear, diminuto y obediente, su vista otra vez hacia el fuego… Iván Machado siempre agradecía. Entonces fue sólo una criatura más, en ese delta infinito, cuya única preocupación consistía en poder calentar agua para tomar unos mates.

El calor regresó y halló reparo a la media sombra de los toratays que también le dieran leña.
Meones Chicos (1)

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Meones Chicos (1)

Aquel día, Iván Machado tuvo la intención de dar con el cerro que llaman El Durazno. Eligió el camino más corto: entrando por un arroyo al que la gente conoce por Meones Chicos, pero el hilo del agua por donde navegaba con su kayak se volvió carpeta de repollitos y luego camalotal, hasta que la tapia lo atoró ya adentrado. Empujándose con los brazos, fue corriendo plantas de camalotes hasta alcanzar un pequeño terraplén, que serviría de resguardo para esperar el paso de la tormenta que llegaba lentamente desde el pampero. La tormenta llegó, mojó, refrescó; pero pasó y volvió el calor.

Sobre el pequeño albardón encontró los arbolitos y, un poco más atrás, un pozo de agua cristalina de unos diez metros de diámetro —entran dos kayaks de largo, pensó—. Probó la hondura con el remo: la pendiente, que parecía no haberse afectado por la gran sedimentación de esa zona, bajaba abruptamente y el remo quedaba corto antes de dar con el fondo.

Cuando sacaba la pala del agua, descubrió su rostro en el reflejo de la laguna. Así se habrán conocido a sí mismos los chanás y los guaraníes, pensó. La nitidez de la imagen de su cara fue mejor a medida de que más se acercaba al agua. Fue más cerca, hasta que la exhalación de su nariz arruinaba de arrugas la mitad inferior de su reflejo. Entonces vio al Machado de antes: más joven, adolescente. El chico del reflejo miraba sus manos: dolían. Callos en la palma marcaban el inicio de cada dedo. El remo y la guitarra, por esos tiempos, sacaban esos endurecimientos tan dolorosos … Y así Machado, con su remo y mbaracá, con sus dolores bautismales, empezó a ver la luz, o al menos esa luz que fue calma para sus ansias, y que puso distancia y melodía a esa pena tan grande de ser «el amor» una dicha esquiva para su suerte.

El reflejo se adornó de ondas concéntricas, circulares, que fueron salando el agua inmediata a su rostro. Machado secó sus lágrimas.
Por qué veo esas imágenes en el reflejo lagunero, se preguntó. A pesar del calor y el sol que le apuntaba a la espalda, el joven músico permaneció junto al pozo.

Abrió los ojos nuevamente, decidido a permitirse descubrir mucho más del pajé jejehexahá. Detrás del reflejo, más arriba —o más abajo—, en una pequeña y última nube rezagada de la tormenta, encontró el rostro de una mujer; ella dejaba su especto de nube para volverse compañera de piragua. Ésta es la boca del Tuyango, explicaba Iván Machado; Laura Aznar, su compañera en el reflejo, admiraba esos paraísos tan cercanos a la urbe, y tan misteriosos y solitarios. Ahora vamos a entrar en la zanja del Caica, seguía explicando el músico. Creyó ver muy nítida la última escena, donde él se miraba desde arriba de un sauce por última vez con la mujer que amaba, momentos antes de que ella lo abandonara para siempre, aquel día en que Laura Aznar despertó y quiso volver a su mundo iluminado y confortable.

Las imágenes se borraban en un suspiro del pampero, y la pena que se había vuelto honda había alcanzado el lecho profundo y cristalino de la lagunita. Y quiso ver más… Tal vez guiando sus deseos podría hallar imágenes a voluntad. ¿Con qué otro lejano olvido podría tropezar en el reflejo de otros tiempos? Su primera barrenada sobre una gran ola; su primer rolido. Observó con atención, sin distraerse en admirar los canutillos rojos, ni los pinitos que formaban extensos bosques subacuáticos diminutos.

Calló las ansias y esperó… Observó… Estuvo atento… Quietud… Y entonces la sorpresa: la silueta de una enorme criatura fue volviéndose nítida a medida que ésta se acercaba a la superficie, con su enorme boca abierta y sus bigotes adelantados a la cabeza, como brazos que intentaban alcanzar al joven que se sobresaltaba junto a la laguna. Era un enorme manguruyú de bigotes largos… larguísimos.

Machado, asustado, saltó hacia atrás, tumbando la pava en el rescoldo y chamuscándose la piel de la palma de su mano derecha al caer sobre las brazas. Fue tal su exaltación que tardó unos segundos en identificar la quemadura.

Cómo habrá aparecido ese animal acá, se preguntó. Un manguruyú gigante en una lagunita. No puede ser. Es imposible. Recordó, mientras volvía hasta el borde para poner la mano quemada en el agua, una de las historias de su abuelo paraguayo:

«El manguruyú es el más grande de los bagres del río. Es un monstruo casi extinto que pulula aguas profundas y correntosas. Esa vez el río nos dio uno gigante, cerca de Encarnación.»

Meones Chicos (1)

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Con temeridad, Machado volvía a abrir los ojos frente a la laguna, y su rostro reflejado era el abuelo, que en cruza de criollo y guaraní, continuaba con la historia.

«Con mi hermano Pepe habíamos atado a un floripondio grande que había crecido en la barranca, una soga de media pulgada que robamos al barquito acopiador que dejamos ir a la deriva. Con una canoa nutriera llevamos, Paraná adentro, el anzuelo casero que medía casi una cuarta de largo, y que tenía el rulo y la traba hechas a martillazos y lima. Le habíamos ensartado un sábalo entero por el lomo.»

Y ya no era a su abuelo contando la historia lo que enseñaba el espejo del estanque, sino a los mismos hermanos preparando la trampa que los haría atrapar al pez grande. Machado observaba la escena como si estuviera a pocos metros de sus antepasados ya finados. La mano ya no le dolía.

«Un fierro oxidado era el muerto que lo sostenía contra la corriente. Esperamos mateando en la costa, y ya habían pasado como dos pavas enteras…»

Los ojos de Iván Machado ardían, pues el humo del fogoncito de su abuelo había llegado hasta sus ojos. No hizo tiempo para asombrarse de ese milagro, pues vio en el agua, en el floripondio también, el golpe del pez que prendía del anzuelo.

«Y pegó tan fuerte que hizo caer como cuatro campanones de la planta de donde habíamos sujetado la línea. Y duró la pelea. Tanto duró la pelea que llegó la noche y no habíamos podido sacar al manguruyú del agua.»

La noche lo sorprendió al joven kayakero, y ya no hubo más reflejo que el del lucero, que ese año se había acomodado al crepúsculo del ocaso.

Iván Machado no necesitó ver más; conocía el final de la historia. Hacia el amanecer, sus antepasados pudieron sacar al pescado que, por lo grande, cargaron sobre el lomo del caballito que los había traído hasta la costa. Caminaron casi toda la mañana hasta Cambyretá, y esa semana hubo gran fiesta en el pueblo: todos aplaudieron la exitosa pesca de los muchachitos. Hubo de todo: chupín, asado, empanadas. El abuelo Machado decía que habían sacado más de 60 kilos de pura carne.

Era cierto. En el pequeño espejo de agua se ocultaba un manguruyú gigante como el de los relatos de su abuelo. Iván Machado no pudo entender cómo fue que esa fiera había caído en tan pequeño espacio de agua.

Para la hora de los mosquitos, el joven músico aún no había juntado leña, así que tuvo que armar la carpa sin demora. Lo hizo sobre la parte más alta del albardón, sobre unos canutillos secos, con cuidado de no pisar mucho, pues son los lugares que prefieren las yararás para hacer el nido.

Machado se durmió en seguida. En los sueños de esa noche, el bagre sapo era una representación del Y Jara, sentado sobre un amontonamiento sumergido de brillantes trozos de nácar. Frente al soberano de las aguas, un ejército de cadáveres humanos de pie, cual imagen sumergida de la Terracota oriental, parecía esperar la orden del pirá guasú para iniciar un avance. Entre las estatuas quietas estaban sus viejos conocidos: Morotí con su valiosa pulsera; Pitá y su inocencia; la fea Anahí; el jefe Timbó antes de volverse árbol y aún apoyado de oreja al piso; Antonio Cruz que espera un nombre; el deforme que se transformaba en flamenco para atrapar mujeres; el negligente Carau y, también quieto entre los cadáveres, el solitario Iván Machado.

Meones Chicos (1)

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Casi dos años después, para el verano de 2009, la bajante histórica volvió a encontrar al músico con el arroyo de los Meones Chicos. Esta vez no lo hizo solo, fue acompañado por Facundo Santoro, un poeta y ensayista literario que hacía las veces de mejor amigo y compañero de remadas y aventuras.

De aquel hermoso estanque de agua cristalina sólo quedaba un pozo casi seco: con sus aguas contaminadas por el orín y el excremento de vacas. Ni el mínimo rastro del gran pez. Pero su inquietud no cesó y, dos días después, entrando por otro arroyo —éste con agua—, dieron con el cerro El Durazno.
Pidieron permiso a Jorge Cáceres, el puestero del lugar, para pasar la noche sobre el terraplén alto, junto a su rancho.

A medias, esa noche, Machado logró contarle al islero la historia de lo ocurrido en el arroyo y el hombre, creyéndole y, al parecer, conociendo ese acontecimiento, les enseñó a los jóvenes kayakeros un tesoro que los dejó con la boca abierta.

A este cacharrito lo encontré haciendo un pozo para cavar este horcón, habló el hombre mientras les enseñaba el pedazo de una vasija india, adornada con dibujos grabados en el barro cocido. Y, efectivamente, un gran pez con bigotes larguísimos se veía claramente en el lateral del trozo. El animal emanaba destellos y pequeñas siluetas de animales más pequeños parecían rodearlo.

No importa que el río esté bajo y las lagunas secas, habló el puestero Cáceres; ese fantasma sigue ahí. El bagre sapo de los Meones jamás se ha ido.

 

Nota:
«Cuando el incrédulo se jacte de haberlo visto todo en el río, sepa que desconoce que la sangre marrón de la Gran Madre, aun intoxicada de pólvora y lucro, sigue guardando suspiros en leves clamores ahogados y pacientes. Las lagunas guardan reflejos que son visiones claras de esas distorsiones que nos pesan, aunque la mayoría sólo aprenda en ellas a desconocerse.
Yo amo a mi río y sigo oyendo sus lecciones que no acaban.»

Iván Machado.

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TAPA DEL LIBRO SANTIAGODELRIO Todos éstos están ahora atrapados en nuestro remanso costero:

«La caza es sólo una denominación cobarde para un asesinato especialmente cobarde de criaturas sin posibilidades. La caza es una forma secundaria de enfermedad mental humana». Teodoro Heuss.

Que nuestros humedales no sean transformados en una pampa ganadera.

Quema de pastizales

«El fuego quedó prendido, como testigo nuestro ... en silencio, contrarestrando los escopetazos de los bobos que todavía van a cazar algo cuando no necesitan de eso para vivir ... quitando una vida inutilmente.

Cuando era chico me gustaba cazar a mí también, hasta que traté que una perdiz levantara vuelo para tirarle y, como no subía a pesar de mis pisotones al suelo, al acercarme me di cuenta que tenía cría abajo ... nunca más le tiré con algo a un ser vivo.»

Capitán Martín Burbuja.

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¡¡¡Seguimos adelante!!!

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A diferencia de los soldados, que en la mayoría de los casos tienen ante sí a un enemigo con iguales posibilidades, el cazador es especialmente cobarde: él dispara sólo cuando la víctima no se puede defender.

Que el hombre se atribuya el derecho de matar por diversión a seres vivos que sienten y que perciben el dolor igual que él, es algo absolutamente miserable.

Los cazadores futivos están acabando con la fauna nativa. No les sigas la fiesta a los matadores de carpinchos. Defendé nuestros recursos.

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SANTIAGO GUARÚ DEL RÍO

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