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Publicado por primera vez en agosto de 2008.
Agua en la Cabeza (parte 8/10)
Las nubes cubrieron el cielo y el ambiente se volvía húmedo y cálido. Algunos cerros enseñaban una niebla en sus cimas. Decidimos que era la hora de regresar. La vuelta no fue lo mejor… Me hicieron cargar con la pesada mochila y con una interesante colección de piedras que se eligieron menos por su belleza que por su excesivo peso. Me lleva el chanfle…
El maravilloso árbol del tabaquillo: corteza caída de esta maravilla también a la mochila.
Maravilla natural que está en riesgo de desaparecer. La necesidad de leña y la gran cantidad de cabezas de ganado —hambrientas de hojitas que realizan fotosíntesis— hacen que sólo permanezca este especie arbórea en las laderas pronunciadas de las montañas.
Una verdadera obra de arte natural.
Otra increíble aparición: la Cueva de los 40. Dicen que hace muchísimos años, antes de los celulares y la internet, unos baqueanos paseaban turistas por estas montañas cuando de pronto se armó un tormentón, y hallaron reparo en esta grieta.
…Y hablando de naturaleza creando maravillas…
¿Los antiguos habrían intentado imitar a la naturaleza para contruir sus pircas?
Pica al Canastero escondido.
Un asiento de suegra en flor. ¿Nuestro pequeño Yatán llegará a ser así de lindo?
Terrazas, losas, piedra y pastizal.
Las vertientes del río Cará Cará Añá no dejaron de deslumbrarnos.
Una Dormilona se hizo presente.
Continuamos por las cañadas de este arroyo, que aguas abajo nos llevaría hasta el campamento.
Las barbas de viejo les quedan perfectas a los tabaquillos.
Renata Trotsky Timai contó que ya buceó varias veces en esos pozos, cazando sirenas travesti.
Las millonadas de años crearon cosas.
No me hinchen… Estoy descansando en una playa solitaria.
Un poquito de paz.
Ensayando la «posición de poder» de los guitarreros jevi.
Un chingolito se burló de mis cualidades mímicas, y abandoné la práctica.
La bruma despejó y los últimos rayos de sol iluminaron las partes más altas.
Cansancio, sueño… Al fin dimos con el Gigante con Agua en la Cabeza… Buenas noches…
¡¡¡Buen día, día!!!
Sigue el viaje. Después de lograr el objetivo de filmar la vertiente más alta del Alto Cará Cará Añá, decidimos salir a pasear por la zona.
Además del chivo bajo el brazo… el paisaje también me hace sentir una Heidi.
¡¡¡Visitemos la escuela del Champaquí!!!
¡¡¡Colonicemos!!!
¿No es hermoso?
Un Pico de Plata se puso muy contento con nuestra evangelización auriazul. La naturaleza ama esos colores. Miren la sonrisa en el rostro del ave que, por haber presenciado tamaño acto solemne, hemos bautizado como Canashita. Ahora todos los que visiten en cerro Champaquí, si van con el ojo atento, podrán encontrar a Canashita, testigo único del acto más solemne que se realizara en la comarca.
Hace calor. No es común para la zona. No es buena señal tampoco.
Cúmulus inestábulus. Sigamos, pero atentos.
Estoy pensando… hace calor… el agua está congelada…
…pero hace tanto calor… Má’ sí…
¡¡¡Al agua, anátido!!!!
¡¡¡Esto está bueno que comer pollo con la mano!!!
Pero todo lo bueno dura poco. El tiempo anunciaba algo fiero y estábamos lejos.
Trito de los Mallines.
Sí; algo grande y negro se está armando…
El tiempo no dio pa’ más y se vino muy fuerte. Cayó el sol y llegó el agua, y con ella los rayos y el viento. Qué tormenta.
Agua en la Cabeza (parte 3/10)
La tormenta ha pasado y el tiempo mejora. La aclarancia —diría Juan el Zorro— dio contra la pared que miraba al este y sentimos un alivio de no tener que partir con las cosas mojadas. Al asomar nuestras cabezas de la carpa dimos con este paisaje increíble, que no creíamos encontrar.
La Quebrada del Yatán, vista desde el norte.
A preparar a Cleta Coba para seguir el viaje. Alforjas acomodadas, ruedas infladas, espejito bien ubicado: todo listo.
La falta de agua —apenas contábamos con media botella, como para unos mates sin terminar de lavar la yerba— y el calor inminente nos advierten que necesitamos dejar este paraje y regresar a la ruta.
Una loica nos saluda en la partida y sigue el viaje.
Un negocio al costado de la ruta. Qué hambre, qué sed. Lo saqueamos.
Pocos kilómetros hacia el sur dimos con una localidad llamada Los Reartes, donde encontramos un amable rincón junto al río para armar el campamento.
Es un paisaje modificado donde ya no quedan casi florestas del monte nativo, pero aun así encontramos un buen lugar para descansar y preparar la trepada hacia la Cuenca del Plata. A disfrutar del campamento.
En el disfrute, quemamos merecidamente un genocida y observamos, atentos, el avance de una nueva tormenta.
Al caer la noche: el agua y los refucilos.
Amaneció cargado de humedad pero sin lluvia. Preparamos las bicicletas y partimos hacia el oeste, hacia el corazón de las Sierras Comechingones.
El Cerro Negro… estamos cerca. El agua que cae al sur del Negro va hacia el Paraná. ¡¡Allá vamos!!
Éste es el destruido paisaje del exclusivo barrio Loma del Tigre. Cosas que pasan.
¿Habrán pagado caro los lotes? Ahora les ha quedado este patético paisaje.
Un descansito. Estamos cerca.
Zorzal Chiguanco.
Paloma Manchada.
¡¡¡Qué buena esquina en la Cumbrecita!!!
Renata propuso caminar la mentada zona del Yatán que veníamos divisando desde hacía varios días. Allá fuimos.
Trito Timai reclamó para sí el cerro y nos enseñó la belleza del paisaje. Parecía ser una caminata demás de placentera…
…pero el tiempo empeoró de pronto y temimos lo peor…
Esas nubes llegan por abajo. Si impactan con la montaña quedamos a ciegas. Soplé para ahullentarlas, Renata sopló, Trito no se quedó atrás…
La Cachirla nos avisó: regresen antes de quedar a ciegas, pero no la oímos. Seguimos soplando.
Renata dijo: es suficiente. Me quedo sin aire.
Un águila mora se burló de nuestra imprudencia. Si sólo hubiera tenido una gomera…
Renata reía: qué malo que sos para tirar piedras, vos sí que no tenés puntería. Recordé que ella era una gran lanzadora de rocas.
Entonces la oscuridad y el silencio… y las manchas en el lente de la cámara.
Es demasiado tarde para regresar. La nube nos ha cubierto.
No… ¿Por qué?
Con las últimas horas de luz —o penumbras— armamos la carpa en un lugar llano y debimos esperar a que el tiempo decidiera o no si seguiríamos con esta empresa.
La expedición es un fracaso. 15 horas ininterrumpidas de llovizna y niebla tupida.
Continúa.Agua en la Cabeza (parte 2/10)
Dejamos la localidad de San Clemente y seguimos camino por el Valle de Calamuchita. Acercándonos cada vez más a los parajes más remotos y puros de la cuenca del Alto Carcarañá.
Un rey chimango nos bendijo en la partida, pero nos advirtió de los malos tiempos que traen las lluvias y las crecidas. Trito Timai entendió la lengua de las aves y nos lo comunicó en nuestra limitada forma de significar el mundo.
Las sierras son elevaciones muy antiguas del terreno. La erosión las ha gastado tanto, que el paisaje pareciera una constante de lomadas dispersas. Si bien las trepadas no son tan duras, es realmente cansador pedalear por ellas porque se suceden unas a otras todo el tiempo. Gente del Río andando por la piedra… Ay ay ay…
¿Lancheros en las sierras? ¿Qué querrá decir este cartelito?
Pedaleamos por muchas horas y nos detuvimos a descanar. Estábamos muy cansados y no hallábamos el rumbo hacia el Gigante con Agua en la Cabeza.
Renata Trotsky Timai se echó a dormir debajo de un arbolito cuando…
…despertó alertada por una picazón y observó su cuerpo. Algo andaba mal.
La desesperación fue instantánea.
Renata había sido flechada por un molle, según la leyenda de los antiguos (*).
Pasado el ardor seguimos camino hacia las Sierras Grandes.
Lentamente nos acercábamos a nuestro destino, al nacimiento del Carancho Diablo.
Trito Timai cambiaba el color de su madera, y eso daba señal de que el Paraná estaba cerca. Una piedra gastada nos llevó hasta el sendero bueno.
Un músico que había perdido su bandada nos preguntó si habíamos visto a sus primos; por supuesto: le indicamos que más abajo habíamos visto a su familia ictérida.
El pequeño tordo nos indicó dónde podíamos conseguir agua y se alejó por el pastizal serrano.
Agua de vida, pero aún con sabor a Ansenuza. No damos con nuestra cuenca, pero sabemos que corre cerca.
Pasados los pircales alcanzamos una zona de pampas muy altas.
Un naranjero nos advirtió que el tiempo desmejoraba y que halláramos pronto reparo. Lo oímos y buscamos lo más alto de las planicies.
El último rayo solar, antes que la nube tapara todo, nos permitió echar una última mirada al observatorio. Desde allá, y aún más, venimos.
Y entonces la lluvia. Y luego la noche.
(*) Flechada debajo de un molle. Eso es por un antiguo derramamiento de sangre india a manos de un español de la conquista. Rodrigo de Soria conoció a la bella indiecita Mishki, que estaba enamorada de Alimi, el hijo de un cacique Comechingón. Rodrigo intentó seducirla, pero ella lo negó. El español, humillado, optó por raptarla. Cuando Alimi intentó rescatarla, una noche, fue descubierto por Rodrigo, quien decidió, impotente por no obtener nada del amor de la doncella, sacrificarla con un sablazo en el corazón antes que saberla feliz al lado de un jefe indio. Fue debajo de un molle que se realizó la matanza. Desde ese día el molle está ofendido, atacando con urticarias y crisis asmáticas a quienes busquan amparo bajo sus sombras.
Continúa…































































































































































































Los que se animan a levantar su voz