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Amazonía Boliviana
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Arara de mara 19-01-2008 -Última parte-
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DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 19 DE ENERO DE 2008. ADIÓS A ARARA.
Anotaciones en las últimas páginas del cuadernito.Estamos muy cerca y el ánimo no es de jolgorio como hubiéramos imaginado. Quisiéramos pasar Riberalta de largo… No tocarla, no verla, seguir río abajo: caer por la cachuela Esperanza, continuar nuestra deriva por el Madeiras para dar con el Solimoe y no detenernos camino al mar; pinchar la Pororoca y al fin perdernos en el estuario. Arara puede lograrlo, pero a la vuelta de la esquina nos espera Riberalta. Hace apenas unos días atrás no veía la hora de llegar a nuestra Meca, pero hoy tan cerca quisiera alejarla miles de kilómetros.
Nos consolamos pensando que será un paraíso como Rurrenabaque. Riberalta tendría un muelle largo que entraría más de cien metros adentro del río, por aguas tranquilas y playas, donde asomarían palmeras y árboles gigantes por los costados, encerrando el muelle en una galería verde. Entre pescadores y juntadores de castaña, la inmaculada Catu estaría esperando nuestra llegada, aunque estemos una semana antes de lo que habíamos calculado. En el muelle me estaría esperando una Catu plastilina… moldeable a todos mis deseos y ansias, porque no me he dado lugar a ver quién era ella y la he inventado a partir de mis desvelos. Siempre me ocurre con esas mujeres a quienes no puedo tocar. Me ha pasado con Catu, con la piragüera, con tantas otras. Mujeres plásticas que se estiran, que se doblan, que se hacen firmes y compactas… Una Catu de plastilina estaría esperando en el larguísimo muelle de Riberalta. Tendía un pañuelo atado al cuello, un machete en la cintura, plumas de caburé en los bolsillos de su camisa de trabajo y, en el cuaderno de viajes que guarda en su mochila, una autorización para entrar a las zonas intangibles del Noel Kempff Mercado. Hoy llegaremos a la bella Riberalta, ciudad rodeada de selva virgen, donde los monos te roban la comida y los yaguaretés son adoptados por los niños como mascotas. Hoy me encontraré con Catu y empezaremos nuestros grandes viajes juntos por Latinoamérica, como lo habíamos pactado. Pronto tomaremos Wisky en la cumbre del Illimani, seremos rehenes de Sendero Luminoso, recuperaremos los restos de la Rosinha en el Araguaia, domesticaremos un urutaú y un yasí yateré en Misiones, tendremos por amigo a un yapú yungueño, izaremos una bandera de Central en la cima del Chaltén, cruzaremos a lomo de llama el Atacama… Pronto el mundo sería nuestro. Seríamos jóvenes por siempre. En pocas horas llegaríamos a Riberalta… El residencial Navarro tendría las hamacas y las frescas ensaladas de fruta esperando nuestro descanso.
El sol estaba fuerte. Para soportarlo varias veces tuvimos que tirarnos al agua.
Golpeamos muchos troncos en las curvas. Los remansos y las correderas eran más grandes que las que habíamos visto hasta entonces. Tuvimos mucho cuidado en cada maniobra.
En una recta vimos un enorme árbol derivando. Quisimos ser como los rayadores y viajar sobre él. Leonardo Ferreyra y Paolo Cardozo subieron a la rama que asomaba e Iván Machado y yo quedamos al mando de Arara.
El río había subido mucho y arrastraba muchísima madera. Entre lo objetos que flotaban encontramos una balsa chamita, hecha a partir de palos de madera liviana y sujetada por clavos hechos con la durísimo palo de la palmera chonta. Paolo Cardozo jugó un buen rato sobre la balsa perdida por los esse ejas.
Vimos un caimán bebé tirándose al agua en una corredera.
En cada uno de las laderas de las barrancas altas vemos mucha modificación humana: huertos, desmonte, ganado, antenas, viviendas, vehículos. El viaje va acabando.
Llegamos a la confluencia del Beni con el Madre de Dios que llega desde la amazonía peruana. Río arriba por este gran cause se llega a la reserva de Manu, al Tambopata, al Candamo: los sitios con mayor biodiversidad del planeta.
Y entonces la vimos, ahí estaba: Riberalta se presentaba ante Arara. Riberalta: una típica ciudad portuaria. Sin el muelle largo, sin la selva, sin Catu…
Encontramos una ensenada de aguas contaminada y ahí estacionamos a Arara. Ahí quedó abandonada nuestra vieja y fea canoa. ¿Por qué será que nos sujetamos tan tontamente a las cosas materiales? No hablábamos, no reíamos, no nos abrazábamos. Una llegada silenciosa. Llegar no fue gratificante como habíamos soñado.
Agua sucia, tierra colorada, ruido de cientos de motos, surtidores que venden gasolina en botellas de gaseosa, gente por todos lados. Riberalta no era Rurre. Riberalta no tenía la selva. Riberalta y Catu no se conocieron.
Escuchamos música de Agrupación Marilin en cada negocio de venta de alimentos. Hay una gran contaminación acústica de los bares karaokes a toda hora. Pasamos por un negocio de venta de discos musicales: Zambas Argentinas era uno de los más promocionados.
Llegamos al residencial Navarro. El olor más feo que el del agua de la ensenada donde dejamos a la pobre Arara. Una rubia malhumorada me pide los datos para hacer el registro. Se los doy y leo lo que escribió: Santiago del Río, 38 años, artesano. 38 porque sacó mal la cuenta pero, ¿por qué artesano? Le pregunté. ¿No vienen de Argentina? Sí, le respondí. ¿Entonces no son artesanos? Los ingleses piratas, los yanquis consumidores de cola y hamburguesa, nos colombianos narcos, los mexicanos borrachos, los tanos gritones, los franceses sucios, los españoles brutos, los portugueses ladrones, los holandeses ingenieros, los alemanes racistas, los israelitas avaros, los peruanos médicos, los chilenos mineros, los uruguayos fiesteros, los bolivianos mulitas, los brasileros pescadores, los argentinos artesanos. Sí, somos artesanos. Acertaste, rubia. Las rubias: taradas.
Hemos perdido la flota que sale de Riberalta y llega a Trinidad, la que tarda entre uno y quince días en llegar a destino, según las lluvias. Uno y quince días… pequeño margen de error. Hemos perdido la avioneta. Viajaremos por Brasil, dándole la vuelta al Paraguay y entrando por Misiones. Tardaremos un poco más de una semana para llegar a Rosario. Termina éste pero empieza otro.
Allá vamos. Sigue el viaje. Muere éste, nace otro.
Arara o Arará quedó abandonada en una ensenada de aguas contaminadas. El último viaje de nuestra hermosa Arara de Mara ha sido hermoso, pero ha acabado en el lugar más horrible del Beni. Pobre canoa. Si Ze Oroco nos viera abandonándola así… Cosas materiales, cosas que pasan… Arara está viva. Su Mara seguirá viajando. Fue árbol gigante en la selva, miles de aves han nidificado en sus ramas en los cientos de años previos a ser encontrada por el obrajero. Después fue canoa y viajó. Los árboles nacieron para echar raíces, pero la Mara de Arara pudo ser canoa y ver horizontes. Hoy ha hecho el último viaje de su vida. Tal vez debimos haberla quemado. Arara ha cerrado los ojos por última vez, y ahora es sólo un pedazo de madera muerta que flora en aguas del hermoso Beni boliviano.
Adiós Arará, adiós hermosa Bolivia.
FIN
Nota final:
Página de perfiles: Pasé al cyber para ver dónde estaba:Catu; Medellín, Colombia. En relación con Darío.
arara de mara 18-01-2008
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DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 18 DE ENERO DE 2008.
Voy sentado en un árbol gigante… Quiero llegar al mar. Voy junto a unos rayadores que me miran y no se espantan.
Picadura de mosquito. Paf… Muerto. Otro más… Vuelan por todos lados… La carpa está llena de zancudos. Paolo Cardozo habla medio dormido. Iván Machado le dijo al cuenta cuentos que abriera el cierre, que está corriendo lindo aire. Oí que Iván Machado y de Leonardo Ferreyra se reían desde la otra carpa. Fue una trampa. Paolo, despertate, le grité… No puedo cerrar el cierre. El cierre estaba roto. Paolo Cardozo reaccionó como pudo y me ayudó a cerrarlo. Estaba trabado, roto, la pieza que desliza no mordía correctamente los dientes del relámpago… un desastre. Tardamos un buen rato en solucionarlo.
Media hora después, cuando terminamos de matar a la mayoría de los mosquitos, seguimos durmiendo.
Amanece en América. Muchos mosquitos han sobrevivido. Están gordos, llenos de sangre, satisfechos. A Paolo Cardozo se le ocurrió una gran idea para vengar el robo de sangre que estos insectos nos han practicado. Cardozo acerca su mano suavemente a ellos y los roza. El mosquito, satisfecho de sangre pero pesado, con dificultad se traslada unos centímetros, donde vuelve a posarse. Entonces otra vez es molestado por el dedo del cuenta cuentos. El mosquito, pesado, vuelve a cambiar de ubicación. Otra vez el dedo. El mosquito, cansado, debe moverse. El dedo. Con dificultad, logra volar unos pocos centímetros, los suficientes para alejarse un poco. El dedo llega igual. El mosquito hembra, lleno de sangre, cae al suelo, de donde no se levantará.
Así nos divertimos un rato.
Llegó la hora de levantarse. Los niños siguen ahí. ¿Habrán llegado recién o habrán pasado allí toda la noche?
Qué hermoso se ve el Beni desde la altura de esta barranca. No me canso de mirarlo.
Mientras tomábamos mate, pensábamos cómo haríamos para regresar a Rosario. Una opción sería volver en una avioneta desde Riberalta a Trinidad, otra volver a Rurre en flota, y la tercera: darle la vuelta al Paraguay por Brasil y entrar por Puerto Iguazú. Qué lejos que estamos. Nota para tener en cuenta para el próximo viaje: hay que ir desde lo más lejos a lo más cercano. Acá todo el tiempo nos seguimos alejando y alejando.
Jugamos a la pelota un rato con los niños. A dos les pusimos la camiseta de Central en señal de nuestra sana evangelización:
En nombre del Che Guevara, de Osvaldo Bayer y del Negro Olmedo, están evangelizados en el Santo Amor Canaya. Los niños reían conformes e hicieron la Señal Sagrada de los Cuatro Dedos.Oímos la radio, que está prendida en una casa vecina. Alientan al boliviano a sentirse un americano grande, leen la constitución al aire, hablan maravillas de las riquezas naturales que tienen pero que están mal administradas.
Nos despedimos de todos. Navarro dijo que su madre tenía un buen residencial en Riberalta, que era barato y podríamos alojarnos allí. Buenísimo. Dijo que en uno o dos días estaríamos allá. El viaje se está acabando.
Remamos muy entusiastas, porque el día se prestaba para andar contentos. Se armaron muchas pequeñas tormentas localizadas, mostrando el cielo colores como no habíamos visto hasta entonces.
Muchos monos en los árboles, muchos guacamayos, muchos rayadores. Vimos muchas plantaciones pequeñas. Muy lindo el paisaje.
Desarmamos la carpa porque en sus plásticos se había formado un gran nido de viuditas y nos estaban castigando duro. Ahora navegamos sin tabanitos. Excelente.
Entramos a un arroyo para acortar camino. Para pasarlo de un lado al otro de la canoa de doce metros, Leonardo Ferreyra arrojó mal el último termo que nos quedaba, y éste cayó al agua perdiéndose en el fondo del Beni.
Al atardecer se armó una gran tormenta. Pronto nos alcanzaría. Llegamos a una comunidad. Una mujer que pescaba con un mojarrero desde la orilla nos dijo que habíamos alcanzado el pueblo de Gonzalo Moreno. Entonces se desató la lluvia. El último rayo de sol dibujó en la selva una pintura como no habíamos visto hasta entonces. Los atardeceres del Beni son lo mejor de la vida.
Cuando terminó de llover acomodamos todo y partimos por una calle hacia el pueblo. Era un poblado chico, había electricidad, calles, motos. Preguntamos quién servía cena y nos indicaron un lugar frente a la plaza. Golpeamos y nos atendieron muy amablemente. Era una habitación grande, con muchas sillas alrededor de una mesa no poco extensa. Estábamos nosotros, dos militares, un doctor, una mujer que era maestra, un pibe afeminado de unos treinta años y un hombre mayor, que era el dueño de la casa. Iván Machado se sintió muy incómodo por la presencia de los uniformados, yo por la del afeminado, que se llamaba Eco y no me sacaba los ojos de encima. Ferreyra de dio cuenta y me golpeaba la rodilla en mensaje de burla. Los militares terminaron de cenar temprano y se marcharon. Al irse, Eco empezó a burlarse de ellos, a insultarlos por lo bajo, a tratarlos de coyas negritos; claro: Eco se sentía toda una camba anti Evo. Dio asco la forma en que trataban al coyado. Todos menos el doctor insultaron asquerosamente a Evo, en pos de la soberanía terrateniente de la Media Luna. Escucharlos hablar fue tan feo como enriquecedor. Me hacían acordar a las aventuras del Barón de Münchhausen… El departamento de Pando, para esta gente pro capitalista, era un ser vivo que podía conseguir la autonomía e independizarse del resto de Bolivia, pues tenía petróleo, madera, campos, minería, etc…
«Un día, galopando por los bosques de Münchhausen, traté de saltar con mi caballo sobre una ciénaga que encontré en mi camino. En medio del salto descubrí que era más ancha de lo que pensaba, por lo que, suspendido en el aire, decidí volver atrás para tomar mayor impulso. Así hice, pero también en el segundo intento el salto fue demasiado corto y caí con el caballo no lejos de la otra orilla, hundiéndome hasta el cuello en la ciénaga. Hubiéramos muerto irremisiblemente de no haber sido porque, recurriendo a toda la fuerza de mi brazo, así con él mi coleta y tiré con toda mi energía hacia arriba, pudiendo de esta forma salir de la ciénaga con mi caballo al que también conseguí sacar apretándolo fuertemente entre mis rodillas hasta alcanzar la otra orilla.»Así de mágica sería la autonomía para ellos. Creo que de darse, pronto acabarían con sus recursos naturales y serían esclavos de las decisiones brasileras.
Una pregunta recurrente en los últimos días: quisieron saber si nos gustaban las zambas argentinas. Claro, respondimos.
El doctor se llevó a Machado al dispensario para practicarle las curaciones necesarias en tu tobillo macheteado. Yo los escuché por un rato más y partí para el campamento. La carpa todavía no estaba armada. El pasto estaba alto e inspiraba poca confianza. La tendí muy precariamente, sin estacas, y me acosté. Todo estaba húmedo. No importa, podré dormir igual. La carpa huele a peste.
arara de mara 17-01-2008
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DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 17 DE ENERO DE 2008.
Llegamos a Riberalta con el último sol de la tarde. Un rayo que había podido huir de majestuoso arrebol del cielo tormentos iluminaba los cabellos de Catu, que estaba ahí… esperando.
Paolo se dio vuelta dormido y me dio de lleno en la cara con la luz de la linterna. Otra vez la había encendido dormido. ¿Por qué dormirá con la linterna en la cabeza?
Parece que va a ser un lindo día. Escucho muchos pájaros y gallos. Unos chicos cantan alabanzas desde alguna casa vecina. Los miembros del Consejo de Ancianos se han levantado ya. Quiero ir al baño, me dijo Paolo Cardozo. Yo también, agregué, pero la letrina es horrible. Salgamos a caminar un rato y vemos si aparece un lindo huequito.
Saludamos a Leonardo Ferreyra, que seguía haciéndose el lindo con la piba de ayer. Ella le contaba que su sueño es dejar la selva y mudarse a alguna ciudad de Pando.
Caminamos por una huella delgada que subía una cuchilla. Muchas aves, muchos árboles. Un lugar hermoso. Llegamos hasta un arroyo de aguas cristalinas donde la gente lava ropa. Está lleno de peces pequeños. Seguimos subiendo por el sendero hasta un lugar plano, abierto, donde podríamos hacer nuestras necesidades tranquilos y cómodos. Ahí nos acomodamos. Tip, pum. ¿Cómo es el árbol de la castaña?, me preguntó Cardozo. Tiene la corteza rugosa, al estilo del sauce. Entonces miré en el suelo y vi los cocos semi enterrados. Estábamos apoyados en un árbol de la castaña. ¡Noo! Paolo había oído la caída de un coco. Salimos corriendo de abajo del gigante. Tip, pum.
Al regresar a la comunidad vimos que el humor de Ferreyra no era bueno. Algo había pasado. Nos dimos cuenta que su rostro quería decirnos algo. Entramos a la casa del jefe comunal y vimos a Santoro serio, sentado frente a Machado, que se tomaba la cara. Facundo se va, nos dijo. Mi viaje llegó hasta acá, habló Facundo Santoro. Me voy. Hasta ahora estaba aguantado para ver cómo avanzaba la herida de Iván pero ahora, que sé que está bien, me voy. En un rato sale una lancha para Puerto Pando, y de ahí una flota me va a dejar en Riberalta. No quiero que vengan conmigo. Prefiero que lleguen a Riberalta con Arará. Yo hasta acá llegué. Quiero irme.
Fue un momento oscuro. Iván Machado quiso irse con él. Ferreyra no sabía qué hacer. Tomé la palabra. Si uno solo me acompaña, yo sigo hasta Riberalta. Solo no puedo porque es muy larga. Cardozo dijo que vendría conmigo. Entonces a Machado y a Ferreyra les volvieron las ganas de seguir y dijeron que seguirían con Arara.
Bajamos todos juntos: nosotros para seguir hasta Riberalta, Santoro para llegar a Pando. Fue una despedida muy triste. Él nos saludaba desde la lancha que nos alejará para siempre. La expedición quedaba trunca. Estuvimos un largo rato en silencio.
La chica que había estado chamullando al vector se puso contenta porque su marido había partido junto a Santoro hacia Pando, pero entonces Ferreyra le dio la mala noticia: nosotros también nos vamos. La cara que puso fue mortal… Pobre niña de la selva. Ay del vector.
Sigue el viaje, ahora con la tripulación mermada.
Iván Machado no sonríe. Está triste por la partida de su mejor amigo. Él tiene alma de padre y enseguida adoptó a Paolo Cardozo como su nuevo compañero.
Llovió de a ratos. Vimos enormes bandadas de guacamayos pasando por los árboles. De a ratos, cuando llegamos a aluviones con árboles jóvenes, oímos los gritos de los ypacaás ocultos. Pasan harto rayadores arriba de los árboles que derivan, que son muchos, grandes, enormes, algunos dando vuelta, y tenemos que remar con cuidado de no chocar contra ellos.
Pasamos por varias entradas de lagunas. Nos cruzamos con personas que nos preguntaban para dónde íbamos… Qué lindo, nos decían, pero nadie nos creía que veníamos remando desde Rurrenabaque.
Iván Machado cambió su humor cuando Ferreyra le permitió titarse al agua. El músico de barrio Unión volvía a sentirse un niño jugando alrededor de Arara. No le importaba que lo atacara un paiche, un caimán, una palometa, que se le metiera un candirú (vandellia cirrosa) en el pene. Machado era feliz otra vez… Estuvo un rato largo recorriendo los bordes. Recién volvió a subirse a la canoa cuando nos aproximábamos a un enorme árbol que derivaba. Su herida apenas mejoraba, pero prometía curársela después de cada zambullida. Paolo Cardozo se divertía matando viuditas con una bandita elástica rota. Una técnica interesante. Las esperaba, una vez que éstas se posaban, estiraba la goma y la soltaba golpeándose la pierna y, casi siempre, despedazando a la mosca carnívora.
Encontramos una canoa a la deriva. Llevaba un peque peque, por lo que nos dimos cuenta que debía habérsele soltado a alguien en alguna comunidad. La atamos a un árbol después de explorarla. No era de tronco ahuecado sino que su fondo estaba armado a partir de tablas.
Pasamos por algunas poblaciones esse ejas.
Jugamos harto en el agua.
A la tarde llegamos a una comunidad erigida sobre una barranca altísima. Unos niños nos observaban desde una canoa amarrada. Oímos las voces de los pequeños:
¿Qué son? No sé… ¿Esse Ejas? No, son muy grandes. ¿Incas? No… son pálidos… ¿Qué son? Ya sé… dijo una gordita que había dado con respuesta correcta: ¡¡¡Son gringos!!!!
La comunidad tenía por nombre América. Había un almacén. Quisimos ir a comprar todo lo que había pero estaba vacío: la mercadería aún no llegaba. Nada había para vendernos… le preguntamos si nos podía preparar una comida, pero dijo que nada tenía.
Teníamos hambre. No había comida.
Qué hermoso es el Beni desde esta barranca tan alta. Un atardecer increíble.
Los niños siguen con nosotros.
Los niños se ofrecieron a buscarnos algunos cocos para pasar el hambre. Paolo Cardozo fue con ellos. Al rato regresaron con las manos vacías. ¿No había cocos?, le pregunté. Había harto, me dijo, pero empezó a cantar un pajarito y los chicos dijeron que era un duende y que nos iba a volver locos, así que salimos corriendo para acá. No lo puedo creer. Un pajarito duende nos dejaba con hambre.
Entonces oímos un gran motor. Un fuera de borda. Es la lancha de Navarro, gritaban los chicos con alegría. Llega la comida.
La carga para descargar era mucha. Iván Machado nos mandó al frente diciendo: Mis compañero son fuertes y los van a ayudar a bajar todo de la lancha. En realidad a subir… porque la barranca era tan alta; encima estaba mojada por la lluvia y tenía algunos escalones rotos… Y la carga era tan pesada… Qué manera de hacer fuerza. Y comenzó a llover y nosotros seguíamos descargando bultos, peso, comida, castañas, qué dolor… qué pesado…
Los niños siguen cerca de nosotros.
Cuando por fin estuvo todo en tierra firme, la gente nos preparó una cena. El tal Navarro es un tipo enorme, parece prepotente… No me cae bien. Da órdenes a todos y nos trata de estúpidos: un «más capito» cualquiera. Le dio la orden a una chica que nos dé charque para ir masticando. Leonardo Ferreyra e Iván Machado no comen… ¿Les habrá caído mal?
Cenamos arroz y tomamos una gaseosa —soda de lima—.
Los niños siguen cerca de nosotros. Nos preguntan si sabemos tocar las zambas argentinas. Claro. Tocamos unas cuantas. Pero ésas no son, nos dicen. Los mosquitos no nos dejan discutir.
A dormir. Armamos las carpas cerca de la barranca. El comando baigón se ampliaba. Los miembros del Consejo de Ancianos tiraron harto veneno en la carpa. Muchos mosquitos.
Los niños siguen afuera. Tocan nuestra guitarra. ¿Se quedarán acá toda la noche?
Paolo Cardozo me confesó que Navarro le pidió un poco de marihuana. Nosotros no andamos con droga en el equipaje, pero nuestra aspecto no es bueno. Nos tomarán por prófugos… No lo sé…
¿Saben por qué no comimos charqui nosotros?, nos habló Machado desde la carpa del Consejo. Porque tenía gusanos. Los vimos cuando lo sacaban del tarro.
Ricos gusanos entonces. Se lo perdieron.
arara de mara 16-01-2008
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DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 16 DE ENERO DE 2008.
Garúa. Las gotitas minúsculas chocando contra el cubre techo llaman a seguir durmiendo por horas. Las aves apenas cantan. La selva maravillosa está en silencio. Siquiera roncan los miembros del Consejo. Estiro la espalda y siento que está curada. Me habrá hecho bien ser timonel aquel día tan difícil. Parece que hubiera pasado hace mucho tiempo…
Mi malestar es en la panza pero puedo vivir con ello. Escribo. Esto es la paz… Menos mal que ya no estamos en La Paz.
Pasó un largo rato hasta que el Consejo dictaminara que debíamos levantarnos. Con Paolo Cardozo nos levantamos. Harto mosquitos. Muchos. El Consejo se ríe de nosotros —del Comando Baigón—; los viejos que no se habían levantado nos aconsejan que nos rociemos veneno en la ropa. Nos preguntan si combinan bien los mosquitos con la garúa. Se burlan. Hasta que no salga el soy y se vaya el último de los mosquitos, habló Facundo Santoro, nos quedamos acá cómodos. Con Paolo nos sentimos humillados.
Esto es demasiado. Llegó el momento de la venganza. Caminé hacia la carpa del Consejo; a pesar de que esté prohibido que un juvenil le roce aunque sea un dedo; abrí el cierre del avance que tiene para guardar bolsos: había ahí un millón de mosquitos. Los miré con cara de idiota que no entiende razones. Les dije que si hubieran echado el veneno no tendían tantos entre el mosquitero y el cubre techo. Les dije que tenía el aerosol en mis manos. Santoro abrió sus ojos. Pensó que le estaba haciendo una broma. Se los enseñé; al ver el envase el poeta se sobresaltó y dijo que me patearía el culo si apretaba el botón que libera el gas contenido. Iván Machado y Leonardo Ferreyra también se asustaron. Córranse para atrás, les dije, porque va el veneno. Los cuatro del Consejo se tiraron para el lado más lejano de la pared del mosquitero, emitiendo voces como: no se te ocurra; nos vamos a morir intoxicados; acá no hay aire… Entonces hablé: Ahora les doy aire, y procedí. Abrí el mosquitero y, cuando todos pensaban que iba a tirar el veneno, dejé el lugar y disfruté la escena. El millón de zancudos hambrientos entró desesperado a devorarse a los miembros del Consejo de Ancianos. Gritos, puteadas, corridas.
En diez minutos estábamos yendo a la casa de Anibal, que en la noche nos había prometido un desayuno. Nos sentamos en una mesita de madera, en la parte de atrás de la casa. Iván Machado se entretuvo con la señora, que preparaba unas tortillas de maíz. Le habrá dicho otra vez que es padre, no sé, pero cada vez que dice eso, las mujeres lo acechan. La esposa de Anibal le quería presentar a un par de nietas. Sentí un trueno en la panza. Tuve que ir otra vez al baño. La mujer me indicó dónde estaba. Otra vez el cajoncito con el pozo abajo. No me gusta. Era más lindo a la noche, que hacía en cualquier lado. Volví a la pequeña habitación donde se preparaba el desayuno. Se lo ve mal a usted, me dijo la señora. Me duele mucho la panza, le respondí; hace desde ayer que estoy así. Le voy a preparar algo bueno y va a ver cómo se le pasa. Mandó al viejo a pedir algo a un vecino. Tuve que ir otra vez al baño. Cuando regresé, justo llegaba Aníbal con una hojita en la mano. Qué es, le pregunté. Sanaico, me dijo. Casi nadie sabe dónde encontrar esta planta medicinal. Es un secreto que compartimos unos pocos. ¿Por qué?, le pregunté. Porque cobramos dinero para curar, pero a usted no le vamos a cobrar porque están viajando y no deben de tener mucho. Si tuvieran dinero hubieran ido hasta Riberalta en avión, o al menos en flota, pero venirse en canoa desde Rurrenabaque…
La mujer preparó un té con esa hoja. Ojo que es amargo, me advirtió. No hay problema, le dije, estoy acostumbrado a los cimarrones. La mujer frunció el ceño pero no preguntó.
Tomé el té. No estaba malo.
La mujer había mandado a llamar a sus nietas y estaban curando la herida de Iván Machado. Leonardo Ferreyra permaneció con el músico para ver si alguna chica le daba bola.
Anibal nos dijo que nos llevaría a conocer un lago que había atrás de la comunidad de Iberia. Fuimos Paolo Cardozo, Facundo Santoro y yo.
El vector Ferreyra se quedó a ver cómo curaban a Machado. Je, je. Necesitado de mujeres el bioquímico…
Empezamos a caminar y pasamos por la casa donde seguía el funeral, no pude aguantar la curiosidad y le pregunté al viejo por qué había muerto el bebé. Muchos se mueren antes de cumplir el año. Cuando un niño cumple su primer año, entonces ya no se muere. Pensé que sería alguna creencia mitológica, pero no. Es por el agua, siguió explicando; el agua del Beni es mala por culpa del oro de Caranavi. Hace morir a los bebés y a los viejos nos entorpece las manos. Otro hombre con problemas reumáticos. Al agua la sacamos de pozos o de los lagos, porque el río está enfermo.
Pasamos por la nueva escuela que está construyendo el gobierno de Evo. El nombre del plan de obras es Revolución Municipal Comunitaria.
Atravezamos un chaco donde ellos tienen sus cultivos y llegamos al lago. Es un lagunón hermoso. Quisiera quedarme una temporada en Iberia documentando todo en esta región. Cuando sea más viejo tal vez lo haga. Es un lugar hermoso. Aníbal nos habla de un gran pez del amazonas peruano, que se metió en aguas bolivianas y está haciendo un desastre con la fauna ictícola. Su nombre es Paiche. Mide hasta 10 metros de largo y es una fiera. Ataca a la gente cuando está nadando. Sus escamas son más grandes que el pulgar de un adulto. Y sí… tarde o temprano lo mitológico siempre aparece en las gentes del Beni. Yo he cazado un pequeño y lo tengo en mi casa. Quiero verlo, le dije. Claro, al ratito que regresemos.
Pasamos por un bosque de árboles muy altos y Aníbal nos iba diciendo los nombres de cada uno. Sólo recuerdo el de la goma. Es un árbol cojudo, alto, y la goma, que es blanca y no es el caucho, sale por las heridas en la corteza. Parece chicle. Antiguamente se la vendía. Les hacían al tronco unas rayaduras en V, y la goma que brotaba de los cortes se juntaba con un tarrito. El viejo está apenado porque dice que el cedro y la mara ya casi han desaparecido. El viejo nos mostró unos brotes de mara y un cedro de unos 10 años. Esto es todo lo que ha quedado por acá, nos dice. Los europeos se han llevado los árboles más hermosos de la selva. Recuerdo una canción de la familia Carabajal.
«Quiero una mesa de cedro, hermano,hermano carpintero…»
Cuando sea grande voy a tener una mesa de madera recuperada o de plástico reciclado. Paolo Cardozo dice que ya soy grande, que acepte mi edad.
Regresamos. Cuando le contamos a Ferreyra lo que habíamos visto se arrepintió de no haber ido con nosotros. Le pasa por vector.
Estábamos listos para partir. Pero antes el Consejo de Ancianos dijo que tenía algo importante que decirme. Qué pasa, les pregunté. La bolsa de basura no sigue hacia Riberalta. Entendí el pedido. Se la dejamos a Anibal. Dijo que él se encargaría de destruirla. Seguro la quemarán. Nos hemos librado de una carga realmente pesada. Bajé la pesadísima bolsa gigante con mucho cuidado para que no se desfondara. Listo. Olía peor que nunca. Un grupo de moscas, que eran mis amigas en la canoa, quedó con la bolsa y ya no quiso estar conmigo.
Sigue el viaje.
Una tormenta se prepara adelante. Vemos la cortina de agua, pero ahí permanece. Nos burlamos del vector. Y también de Machado, que recibió los mimos de Antonia: así es como se llamaba la vieja. Qué lindo es poder estar acá.
No hace calor. Es un día perfecto.
Las viuditas sobre la canoa están insoportables.
Oímos el ruido de un peque peque y vemos venir una canoa cargada de personas a lo lejos. Se acercan a nosotros. Entre los que viajan, van los dos muchachos que habían ido a pedir el dinero prestado en la empresa Amazonas. Se detuvieron junto a nosotros. Están contentos: consiguieron el dinero y mañana mismo se irían a Riberalta a gastarlo todo. Probaron el mate. Es lindo verles las caras cuando toman nuestra infusión tan amarga. Ja, ja. ¿Por qué no le ponen azúcar? Porque los mates dulces sólo le gustan a los niños o los obesos. Nos invitaron a quedarnos esta noche en su comunidad, que estaba a unas pocas curvas de distancia. Aceptamos la invitación. No dijo que nos daríamos cuanta porque hay un barquito de techo azul amarrado en la costa.
Pasamos Peña Amarilla y Puerto Pando. Una balsa cruza camiones de un lado al otro. Se ve mucho movimiento en esta zona y varias casas a un lado y otro del cruce. Las rutas que llegan hasta el río son de tierra bien colorada.
Vimos el barquito con techo azul y supimos que habíamos llegado. Todavía teníamos un rato largo de luz para remar, pero preferimos no rechazar la invitación.
Para llegar hasta la comunidad había que caminar por un sendero que subía las barrancas, entre unos montes de cacao —árboles de chocolate—. El sendero es tupido y, por ello, oscuro.
Llegamos a las primeras casas de la comunidad. A Iván Machado le costó subir por la herida en el tobillo. Había muchos globos colgados y muchos niños jugando. Era el primer cumpleaños de una niña. Había llegado al año. Qué alegría, como para no hacer fiesta…
Resultó que uno de los muchachos que habíamos conocido en el casco de estancia de la empresa Amazonas era el jefe comunal. La comunidad se llama Brígida. Brígida es una palabra que usan los villeros de Rosario, para apuntar a una mujer que no es simpática. Nos contó que el jefe se elije de forma democrática cada dos años. Todos los habitantes son evangélicos. Hicimos un contrapunteo de guitarras con unos chicos. Nosotros interpretábamos temas folclóricos argentinos y ellos canciones evangélicas.
Nos pedían zambas argentinas.
Pocos mosquitos al caer la noche.
Armamos la carpa bajo el alero anterior a una casa. Una chica muy simpática conversaba con Leonardo Ferreyra. Es inútil… es el vector. Que se resigne…
Comimos en la casa del jefe comunal. Nosotros comemos y ellos miran. Es incómodo, pero es su costumbre. Después comen ellos.
A dormir. Ahora sí había algunos mosquitos. Echamos insecticida en la puerta de nuestra carpa y esperamos que se ventilara un poco. Luego entramos. Pasaron pocos mosquitos. El Consejo de Ancianos reniega un buen raro después de que entra el último miembro, matando mosquitos contra las paredes. Incluso orinan adentro, en una botella de plástico, para no tener que salir de la carpa.
A la medianoche tuvimos que ir al baño. El sanaico había hecho buen efecto, pero algo de malestar quedaba. Caminé hasta la letrina. El olor a mierda era insoportable. Un asco. Alumbré con la linterna y vi el cajoncito del pozo todo manchado de caca y pedazos de papel higiénico rosado desparramados por todo el piso. No voy a hacer caca acá. Di la vuelta a un sendero y vi el claro justo entre dos árboles. Qué alivio. Le advertí a Cardozo que el baño estaba malo y prefirió aguantar hasta la mañana.




















































































































































































































































Los que se animan a levantar su voz