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Con Nombre Feo: segunda parte.
Segunda parte.
Entonces había llegado el invierno más gris. Habíamos ido a acampar al Paso Destilería, a la altura de la ciudad de Capitán Bermúdez, y el frío absorbido durante varios días terminó de arruinarme y no pude más que acostarme en la carpa y permanecer el fin de semana mirando el cruce de varillas. Afuera, los miembros del AKU seguían con sus actividades tradicionales de cualquier campamento. Leonardo Ferreyra discutía con Iván Machado sobre las costumbres: las buenas versus las tradicionales. Facundo Santoro recitaba poemas en voz alta tratando de llamar la atención de Kiara Osorio, que había vuelto del monte, donde había encontrado algunas vasijas que pertenecieron a los antiguos habitantes de las islas.
Yo sobre el aislante, envuelto en la bolsa de dormir, con frío, fiebre, calor, malestar… Transpiración que se hela, ruidos que saturan en el oído, varillas que se cruzan. A pesar de ello, no dejé mi trabajo de cronista y seguí anotando.
Tomé un té de coca pero sólo hizo que aumentara la transpiración. Afuera la ligera brisa del oeste era interpretada por mi termostato roto, como una baja de 15 grados en la térmica.
Al baño y otra vez a la carpa. A seguir mirando las varillas. Si por lo menos una araña…
Escribo. Después lo paso en limpio. Afuera hablan.
No; el chamamé maseta no es bueno. Te digo que es la voz de la gente. Te digo que no, que eso no dice nada sino que enaltece lo más oscuro de la sociedad. Solito había quedado el alazán, si ya su patrón, por viejo el animal, lo olvidó en la helada azul de la noche de luna. Esto parece la cabeza de un loro. Es rico en tradición. Pero pobre en música y poesía. Y yo no quise seguir viéndolo, si era llorar los dos cuando me arrimaba al alambrado. El sapukay no debe ser grito de «maricón que se quema»; originalmente era un rebuzno. Las vacas pisan y rompen toda la cerámica. Así que me fui, rodié el camino… por dos años. Debajo de un ceibo viejo, ahí estaban. Pero si la gente lo tomó como propio, y lo grita feliz desde adentro del monte o de su rancho. Qué importa qué docto ha querido imponer un modo. Para no pasar por el campito donde fuiste a terminar tus días. Azulino el Gritón entra y sale del agua a la velocidad de la luz, no salpica. Tómese unos mates, hablábamos de música. Estos dibujos en la pieza son muy interesantes. Cuando vi los caranchos revoloteando sobre la montaña rojiza dije «puto tu destino». Me canso un poco, pero estoy aprendiendo en la escuelita de Juan Olivera. ¿Y le gusta mirar los animales? Sólo un animal soltaría vacas sobre los cerros donde están los restos de esta gente. Animal te dicen a ti, sin ver la bestia que te dejó bajo el invierno. Animales, animales. En el monte los animales que son más buenos que los de la ciudad. Acá buscan comida, allá dinero. Gracia se ha animado. Todo se agradece. Las varillas son 4 ahora, ahora dos, se borran, tengo sueño. El Oscuro que Bucea acomoda su bocado.FIN
Algunas de las cosas que seguramente Gracia vio de cerca, por haberse animado. ¿Quién no las ha visto? Aquí todo se agradece.Descubrir el río (nacimiento)
Dar un portazo, dejar todo atrás y salir a andar un camino nuevo. ¿Serán reales esas manifestaciones de felicidad?
Un día empezar a correr, correr, correr…
Correr…
Sin penar lo que uno deja atrás.
Correr… No escapar…
Correr para buscar; para dejarlo al pasado partir en paz y arrojarse con violencia a lo que vendrá.
Así fue cómo un día Leonardo descubrió el río.
Corrió…
Corrió…
Iba tan ciego y nervioso que al llegar al borde se hizo costero y cayó al agua.
Y ya saben qué pasa cuando uno descubre el río… que no es lo mismo que saberlo, porque la mayoría lo sabe sin jamás descubrirlo.
Leo descubrió el río y el río se adueñó de él.
Leo… quien descubrió el río… El Padre del Niño del Agua.
Un cuento del AKU
El alumno
Muchas historias del río parecen encerradas en la nostalgia de un tiempo imaguaré, cuando los sapukais rompían el silencio del monte, o cuando el yacaré era el señor de los esteros. Aun así, y como es mi intención destacar, todavía se suceden maravillosas anécdotas que dejan entrever que el tiempo de la mística sigue marchando, que las letras chamameceras, las canciones y las leyendas litoraleñas, todavía tienen motivo de inspiración, si queremos que nuestra traza siga adelante.Es cierto que las islas aún guardan misterios ocultos. Pero cada vez menos nos atormenta el llanto del crespín o las apariciones del carpincho blanco. Ocurre que las nuevas historias incluyen lozanas y renovadoras musas, muy distantes de aquellos mitos. Hoy, decenas de narraciones cantan al hombre perseguido que escapó de Coronda, a la venganza de las gatas peludas que avanzan río abajo, o al ecosonda que encuentra la silueta de un monstruo semienterrado en las profundidades del canal.
A pesar de todos estos cambios, la tradición litoraleña nos estimula a mantener vivas las letras de nuestros viejos poetas. Así, las «Monedas de Sol» de Chacho Müller brillan con el mismo esplendor de antaño, y la «Canción de Cuna Costera» de Linares Cardozo sigue durmiendo al gurí que sueña con ser pescador. Pero debemos saber que el nuevo hombre también ha llegado al delta, ha visto con sus ojos color cemento y, a golpes de aire puro, ha matizado también su río. Ahora distingue un curupí de un aliso, un remanso de una corredera(1), un moncholo de un patí, un dos hileras de un bandoneón. Las obras nuevas abren las puertas a quienes disfrutamos de la prosa y el canto, renacidas del puesto vacante que dejaran nuestros viejos poetas.
Esta vez, no sé si fue por voluntad o fuerza mayor, pero debí salir lejos y caminar hasta una laguna para buscar esa porción de misterio. Tuve que atravesar un albardón lleno de mosquitos y sauces, sortear los cardales secos, pasar por yuyeríos espinudos, enterrar las botas en el barro y, una vez sorteados esos obstáculos, por fin esperar. Ahí estaba yo… solo… con un telefonito celular en las manos y un paisaje gigantesco ante mis ojos —SIN SERVICIO—.
A lo lejos se veían enormes los puertos cerealeros y, detrás de ellos, un fuego que encendía con furia las nubes blancas del poniente —UNA RAYITA DE SEÑAL (pero está en modo analógico)—. Un poco más acá se acostaban los esteros interminables del paisaje islero.
Una garza mora apareció entre los pastos, dio varias vueltas por la zona y se perdió detrás de unas arboledas —DOS RAYITAS (sigue analógico: lo apago y lo vuelvo a prender para ver si pasa algo)—. Una pareja de zorzales de pecho colorado se arrimó a la escena, curiosos del ser humano que apretaba botoncitos, al tiempo que revisaba el fondo del agua, caminando con cautela y blandiendo su machete —HOLA, DULCE (el saludo inicial de mi teléfono)—.
—¿Serán taruchas o sabalitos? —Algo se movía entre los camalotes. El río, aunque mostraba unas leves subas por aquellos días, estaba pronto a bajar y estos charcos no tenían salida—. Si los agarro con el machete van a la fritanga; total… igualmente están condenados… que los coma yo o los caranchos… —Me lamenté de no tener una fija(2) en ese momento— DIGITAL, CON UNA RAYITA (capaz que tenga suerte).
Me di cuenta que eran sábalos, los de lomo negro, y no eran tan chiquitos.
—A ver si llego —pensé.
Caía la tarde y la mosquitada se hacía cada vez más insoportable —DIGITAL, CON DOS RAYITAS—. Cada vez estaba más cerca del animal.
—Ya te tengo. No te me escapés, por favor —estaba tan cerca—, que te aso ahora mismo. Te veo y me hace ruido la panza.
Aguanté los mosquitos, que ya tenía de a docenas en el rostro, elevé el brazo que empuñaba el arma y preparé el golpe certero. Elegí el lugar exacto donde iba a dar machetazo: entre la branquia y la aleta pectoral.
—Ahí voy —pensé, pero entonces ocurrió:
—TI TI TI TI TI TI (¿eh?) MENSAJE RECIBIDO.
El sábalo se ahuyentó con el ruido. ¡Se fue!
—¡Ay! Se escapó. ¡Qué odio! ¡Qué tremendo mi fastidio! —vociferé insultos en cantidad; por supuesto, dije groserías mucho más fieras, pero me da un poco de pudor repetirlas en este momento, que lo cuento en frío.
Después de aventar los mosquitos miré al aparato culpable de la fuga del pez.
—LEER (decía la pantalla, haciendo referencia el nuevo mensaje que había receptado) —mis sensaciones en aquel momento se parecían a una mezcla de bronca e intriga—. ¿Será de ella? —como por arte de magia, la totalidad de mis exasperaciones se volvieron sosiego y puras ansias.
El sol que se alejaba y la luna que asomaba al este, miraban, rojos de celo, cómo mis ganas de leer el mensaje tan esperado hacían temblar las puntas toscas de mis dedos callosos, buscando desesperados en el pequeño aparato las respuestas a los grandes sigilos de la juventud.
Nota de Facundo Santoro, censurada luego por Juan Olivera cuando la historia se publicó el la página oficial del la escuelita de canotaje: «supongo que, si el Señor me lo permite, años más tarde y al releer estas líneas, encuentre poco oportuno creer que Paolo utilizara de forma atinada la palabra juventud para identificar el momento donde el amor se presenta como un misterio por el cual nos enfermamos, hacemos humillantes manifestaciones públicas o, por el contrario, nos hacemos de la fortaleza para prescindir de casi cualquier cosa que no se parezca al placer de ocultarse en los ojos cálidos de la mujer amada. De lo contrario, si entiendo que juventud es la palabra acertada donde se encuadra el misterio del amor, entonces mi vida habrá dejado de tener sentido, igual que la de todos ustedes. Seguramente, si aún permanezco con vida: si aún no he cometido un suicidio, me hallaré llorando entre las sombras del muchacho que fui en este pasado… que fui en este presente que se me habrá vuelto tan lejano.»
Mis ojos se llenaron de regocijo al ver las letras oscuras en la pantallita verde:
—QUÉ CALOR EN ROSARIO. TE EXTRAÑO MUCHO. CONTAME QUÉ ESTÁS HACIENDO DE LINDO.
Volví al campamento. Habían hecho fuego y estaban, como dijo don Julio Migno, «vistiando de humo las mosquitadas». Lo abracé al profe Juan y le comenté que mañana íbamos a hacer fijas con troncos de aliso para ver si agarrábamos unos sábalos. Me miró desconfiado y retrucó:
—En esta escuela no matamos peces ni cortamos árboles.
Igualmente le agradecí. Los ayudantes del profe (que en realidad habían ido al raid a tomar vino y a jugar a las cartas) rieron al ver la escena. Esa noche los oí: recordaron con Juan cuando robaban armados en los espineles de los pescadores distraídos, y cuando, a golpes de machete, desmontaban alisales enteros para armar aleros contra el sol y benditos(3) para repararse de la lluvia.Segunda nota de Facundo Santoro: «Durante un asado en una guardería para kayacs, yo escuché a Paolo Cardozo relatándole esta historia a los integrantes viejos del Círculo Rosarino de Canotaje. Recibió aplausos y ovaciones.»
BIENAVENTURADOS LOS QUE ELIGEN AL CIELO COMO TECHO Y A LA TIERRA COMO NIDO.
Referencias.1 Corredera: agua desplazándose de forma veloz por un cause angosto o en las proximidades de una barranca.
2 Fija: lanza que se utiliza para chuzear en las lagunas claras o en bancos de arena. En las márgenes del río Teuco o Bermejo, los wichis y los tobas la utilizan aun en las aguas oscuras, haciendo lanzazos ciegos desde la costa, pues la falta de acopiadores de pescados (cerdos empresarios: en Victoria, cerca nuestro, tenemos varios ejemplares de esta basura) permiten la abundancia ictícola.
3 Benditos: rancho muy precario. Por lo general, hecho a partir de un travesaño, desde donde se descuelga sólo un nailon a dos aguas.
El arroyo
Desembocando en el Paso de los Marinos, a la altura de la comunidad de Villa Gobernador Gálvez, se encontraba un pequeño arroyo que los isleros solían llamar «Arroyo de la Caminata». Ahora: tapiado[i] por causa de la disminución del caudal que generó el terraplén de la conexión vial Rosario-Victoria en esos cauces.
Entre los paisanos de aquel lugar, se cuenta una historia misteriosa. Hay quienes la refieren a la magia del lugar, como un sitio reservado a Y Jara, dios de las aguas. Los más necios, por el contrario, prefieren relacionarla con la desaparición de Juan Errecalde, quien se batiera a duelo de cuchillo con Cristiano López, comisario de Diamante: matándolo y volviéndose prófugo, dicen, internado en la clandestinidad de la que por varias décadas le preservaran los montes isleros.
Cada curva de este arroyito escondía otro recodo serpenteante, alternando una y otra vez entre paisajes rodeados de lagunas, pequeñas arboledas, chilcales[ii] de agachadas y pajonales que a penas dejaban seguir la delgada picada.
El joven caminaba buscando la corriente de agua de donde naciera el arroyo y, por lo que imaginaba, no debía de estar lejos, pues su estrechez era un hecho, y su correntada denunciaba que llegaba de un cauce mayor y cercano. Caminó, caminó y siguió caminado. Algunas veces tuvo hambre y se alimentó de alguna tarucha[iii] lagunera, otras veces tuvo sueño y buscó lugares con gramón para echarse, allí se cubrió con su poncho pampa. Pensó en su abuelo que lo esperaría en el campamento. «Seguramente ya tendrá ganas de que vuelva para regresar a su casa. Yo llego al final del arroyito y también me vuelvo. Él sabe que a mí me gustan estas cosas».
Después de mucho tiempo de caminar y mirar sólo el arroyo, encontró un niño que tiraba el anzuelo de su mojarrero al agua, al costado del cauce y esperaba paciente que la boya de corcho se hundiera: entonces tironeaba y volvía a encarnar el anzuelo.
-Hola -dijo el caminante, feliz de haber encontrado la primera persona en tanto tiempo.
-Buen día -respondió el pequeño-. Es la primera vez que veo a alguien por acá. Pensé que yo era el único que conocía este lugar.
-Vine unos días de campamento con mi abuelo y sus amigos, que están en el río grande. Pero se la pasan tomando vino y discutiendo sobre personalistas y anti-personalistas[iv], yo salí a caminar un poco.
-¿Su abuelo? -miró asombrado el niño-. ¿A su edad todavía se puede tener abuelo?
-Tengo nada más que dieciocho y, ¿por qué no me tuteás?
-¿Cómo que tiene dieciocho? -exclamó el pequeño-. ¡Mírese y déjese de decir barbaridades!
Se atormentó al ver que su cuerpo había envejecido. Contempló espantado sus manos, totalmente enredadas por el ñandutí[v] que formaban las venas azules.
-Algunos dicen que este arroyo no conduce ni viene de ningún lado. Pero veo que usted encontró una de las puntas.
-No puede ser… mi vida… mi familia… -desesperó el anciano, llorando desconsoladamente.
-Pobre… Anduvo tanto tiempo.
-¿Y ahora qué voy a hacer?
-Tanto tiempo anduvo por una sola huella.
-¿Qué voy a hacer? -siguió quejándose.
-Venga conmigo -dijo el niño mientras arrojaba al agua las migas que le quedaban-. Me cansé de pescar. Vamos hasta mi casa, ahí vivo con mi mamá. Debe estar cansado de comer siempre en la misma soledad. Verá que hay buena compañía en mi ranchito.
Remontando un sendero que moría en la costa, se alejaron del arroyo.
Los paisanos de los Marinos prefieren no andar de noche cerca del surco que aún permanece junto a aquel hilo de agua. Dicen que en los senderos de «la Caminata» todavía anda el niño que nos enseña el largo tiempo que hemos perdido solos.
[i] Tapiado: cortado el cauce de agua por el crecimiento de camalotes y canutillos.
[ii] Chilca: arbusto de tallo duro y recto que crece en las costas. Las vacas forman galerías por debajo de estas florestas.
[iii] Tarucha: tararira. Pez de las lagunas deltaicas y pampeanas que se esconde debajo de los camalotes, para acechar a su presa.
[iv] Personalistas y anti-personalistas: posiciones partidarias de la Unión Cívica Radical referidas, las primeras, a Hipólito Irigoyen y a Marcelo de Alvear las segundas.
[v] Ñandutí: tejido, anudada, tela de araña, formas que hacen las enredaderas abrazadas a los árboles costeros.

























































































































Los que se animan a levantar su voz