Entre los secretos del arcón del AKU en la misteriosa casa de calle Reconquista, disimulado entre revistas gremiales y álbumes de figuritas, hallé un cuaderno escrito en lápiz, aún con olor a humo de sauce y sin ácaros, donde el músico había plasmado pensamientos que seguramente fueron inspirados en sus tardes de isla.
Entre líneas desprolijas, gotas verdosas de mate y moradas de vino, encontré un texto que resultó demás de interesante para seguir sosteniendo mis ideas sobre las relaciones del AKU con el sistema capitalista del trabajo.
Escribió Iván Machado, el músico de Barrio Unión, cuando el artesano Néstor Renzi se disculpó por no poder asistir a un campamento en las islas debido a una entrevista de trabajo.
Al precio de «hasta cuánto querés tener» no lo pagás con otra cosa que no sea con los mejores días de tu vida.
A cambio del dinero que necesitás para el seguro mensual de tu auto elegís dejar pasar dos días de sol radiante.
Por la escuela con dueño de tus hijos, tres días del viento que acaricia, despeina y eleva sus barriletes.
Por tener 100 estúpidos canales, una tarde de mate y lluvia debajo de un quincho…
Por el exceso de energía gastado con el aire acondicionado, una tarde de nadar, fabricar castillos de arena y chapotear con tus pequeños en el hermoso Paraná que baña tu pueblo.
Así se va tu vida cada semana… día a día… de lunes a lunes.
Un lunes que se va sin dejar otro ínfimo recuerdo que una discusión laboral.
Un martes que parte para siempre, alejándose de la cobarde memoria de los que mueren en vida.
Un miércoles… Y más tarde un domingo que sangrará con sabor a lunes.
La vida se va… morimos… envejecemos… todo lo edificado sobre cimiento de material será vilmente repartido entre hijos, nueras, yernos y abogados…
¿Sabías que cada jueves, cuando el sol se está yendo por detrás de las distantes arboledas, un ave observa al coleccionista de ocasos y le susurra sólo dos trinos que hablan de la historia de la Tierra?
¿Sabías que en el amanecer de cada viernes sopla una fría brisa desde el este que seca los ojos del trasnochador solitario, haciéndolo llorar junto al río?
De todo eso te estás perdiendo, por el solo precio de lo que no necesitás.
Un lunes cualquiera, en primavera:
Saucedal en paz.
Suirirí Amarillo.
Cleome.
Saucedal muerto durante la última creciente cuando las vacas, amontonadas en este lugar y sin tener comida, devoraron las cortezas en busca de alimento…
Nota: las vacas murieron de hambre.
Margarita del Bañado.
Churrinche.
Lupinus.
Un senderito cualquiera, en el interior de las islas.
La banda de Ramón.
Parada kayakista.
Cortezas y focos de los sauces.
Un Músico pispiando.
Don Yasí, el señor de los cielos nocturnos.
El martes siguiente de aquel lunes que quedó a un día de distancia:
Otro saucedal.
Juan Chiviro contento por el gajito de mandarina.
El sol bronceando a la negra linda.
Tanto para contar.
Manos de kayakera.
La tarde tan linda.
Predominio vertical.
La brotada.
Leve repunte.
Creceré y seré tapia.
Otra del parador montaraz.
Maniobrando y cazando bichitos en las chilcas.
¡¡Un hermoso Carpinterito!!
El día miércoles de la misma semana, sin ganas de remar:
Líneas paralelas para este trigo que quién sabe qué rico pan será algún día.
¿Caserito, dulce, miñón, factura? Ahora sos tan diferente.
Caminos tan largos como los horizontes, así son los paisajes rurales en esta parte del mundo.
Un mega basural de ésos que nunca deben faltar en las cercanías de una gran ciudad.
Un tas que pronto será una achicharrada planta contaminada con agroquímicos.
¡¡Un misto!!
Oh… Acá comparten el alambrado con un pecho colorado. Pensar que en un par de meses empieza la soja y les van a fumigar los nidos en el suelo.
Lo que se hace por dinero, ¿no?
Una manera económica, saludable y sustentable de moverse sin apuros por todos lados.
Llega el hombre con su máquina. Ya volveremos a las cavernas.
Una fotografía muy fea, pero vale por el nidito y su mirada. Ésa es la cara que ponen las chiyetitas los miércoles al caer el sol.
Y vos preocupado por tanta cosa efímera.
Seguramente Iván Machado, el músico, después de escribir estas líneas, habría tarareado alguna canción como ésta mientras regresaba a su casa, como tararareaba cada lunes al atardecer.
El tradicional, el del almanaque, el que organiza nuestro tiempo y agenda. El escolar, el laboral, el que empieza cuando el calor marca el tope del termómetro y bajan los rendimientos. Ese año empieza el 1ro de enero.
Hay otro:
El año natural. El de los pueblos originarios, el de la naturaleza, el que señala la siembra, el que echa flores, el que llama a la fauna a iniciar el celo, el de los brotes nuevos, el de la semilla que germina. Después de una gestación de meses quietos y fríos, la vida vuelve a estallar, como cada equinoccio de setiembre, como cada primavera. Cuando el sol pasa el Ecuador hacia el sur, cuando los días se alargan, cuando los gigenos se sacian mientras aguardan a los aguaciles, cuando el viento norte vuelve a cargar agua, ahí empieza este nuevo año.
Los hombres blancos desconocen casi por completo del año de la naturaleza, pero estos tiempos motivan transformaciones en muchos:
Va cansado de ciertas voces, de ciertas imágenes, de ciertas prendas y lugares… Ya no importan tanto algunas órdenes de mando y empieza a trabajar con desgano, ya diagramando los borradores de la constante mentira de la «vida nueva», ésa que dirá, como cada año, al levantar la copa de diciembre.
El hombre blanco que se sabe nuevo va saliendo temprano de casa con la luz solar, ya pensando en todo lo bello que no está en la planificación de la rutina pero sí, en cambio, empieza a sentirse en las veredas:
Jazmines oleáceos en los cercos, cerrajas que emergen de los pastos, lapachos de tez oscura que se vuelven rosados antes que verdes, palos borrachos tapados de algodones, fresnos en minúscula flor, escotes y polleritas, mates sin azúcar, bicicletas, farmacias vendiendo loratadina, panzas blancas que resaltan pelos negros, bermudas, sonrisas, vergüenzas…
La primavera es esa antítesis de lo ya estipulado y acomodado. Una revolución que estalla en el grito de los adolescentes, en los susurros de la tacuarita; es esperanza del jardinero endeudado y desoxidación de las viejas que buscan sombrear en la vereda.
Algo le ocurre al hombre blanco que, desconociendo los movimientos de la savia que sube, empieza a sonreír como niño en este tiempo del año nuevo natural.
Dejando de lado algunos contrastes y cosas que no puede evitar, ese extraño y sofisticado hombre blanco intenta dejar la rutina detrás para lanzarse en esta nueva aventura por la naturaleza, aunque no comprenda bien de qué se trate. Las ramitas duelen en los pies, la arena fina mata los hongos, las uñas suspiran y están más feas de lo que las recordaba.
Deja la ciudad, se olvida de todo y huye, o renace, refunda o intenta revivir lo que no hallará, pero busca.
A este hombre le gusta el monte. Sabe que el color verde entona mejor con sus ansias, observa todo lo que ya conoce como si nunca jamás lo hubiera visto. Flores, bichos, hojitas, pajaritos cantando…
…se asombra de los reflejos en el agua y admira la quietud matinal, ésa que falta cada vez que sale a ganar el salario.
Los colores, los matices, todo le pertenece en su renacer con el monte. El hombre blanco ha vuelto.
Ha dejado la prótesis tecnológica encendida sólo por si algún compinche lo busca por ese eme ese, aunque es sus ganas desesperada sueña con recibir el llamado de su jefe, en una emergencia, sólo para sugerirle, con lentitud y claridad, con la suavidad y erotísimo del primerísimo plano de la mujer comiendo una frutilla, que se vaya freír unos muuuy buenos churros.
El hombre cansado, el hombre renacido, el hombre que ha vuelto admira cómo la helada se ha transformado en rocío, y le gusta mojar su calzado en las mañanas del monte.
Todo verdea y él lo sabe.
Y tanto le gustan los verdes, que ha buscado yerba antiácida para seguir abusando de su adorada infusión aun con el stress que se manifiesta de diferentes formas en su interior.
No entiende qué nace, pero observa cómo las plantitas empiezan a ganar el cielo y en azarosa actitud trata de entender si serán trepadoras, pastos o futuros árboles.
La naturaleza renace con él, y nota un movimiento que, aunque crea siempre el mismo en el monte, en realidad es otro: el mismo de cada primavera entre los seres vivos. El monte verdea, los juveniles empiezan a ensayar sus primeros vuelos, los adultos a seguir buscando pareja y lugares para anidar.
Los niños dejaron sus canutos y muestran sus plumas «de leche».
Alturas confusas en el río artificialmente escalonado.
Cuando debía ser el fin del estiaje, las añoranzas de la crecida primaveral son puramente eso: la certeza de que los ciclos del agua se han modificado. Por suerte no para el monte y la fauna, que siguen sabiendo de sus ciclos.
La mayoría de los hombres blancos no han entendido esto, icluso tal vez usted que lee esto haya pasado de largo la oración anterior, pero deténgase un poco, al tiempo que el monte avanza.
«las añoranzas de la crecida primaveral son puramente eso»: alguna vez éste fue el tiempo en que terminaban las bajantes y empezaba a crecer el río, pero ya no. Demasiado desmonte y no se retiene agua, demasiado aterrazamiento del río para producir energía. El ser humano de estas latitudes no entiende el daño que está generando: no separa sus residuos, sigue haciendo mal uso de la energía eléctrica, sigue quemando combustibles fósiles para recorrer apenas un par de kilómetros, sigue pensando que la naturaleza es una idea utópica lejana a su hogar, siguen disparando armas de fuego sin siquiera sospechar que en esa plantita una pequeña hembra passeriforme cría unos indefensos pichones.
Por suerte la primavera trae también a este hombre cansado que siente una fuerza renovadora por este extraño y eventual acontecimiento de cada equinoccio.
También hay un renacer que es difícil de ver, pero que algunas veces es descubierto por nuestro hombre.
Nuestro hombre conoce a las cardenillas, las recuerda, sabe que estarán allí al regresar a su isla, sabe que son parientes del eterno prisionero canoro: el cardenal. Pero no ha visto que por fin han dejado su plumaje naranja para volverse adultas y, cuando el hombre blanco llegue al monte, ellas estarán listas para procrear en el nuevo año de la naturaleza.
Las jaborosas estrenarán hojas y el hombre sabrá que será feliz aun sin haber traído papel higiénico. Esta posibilidad que reconoce, le da la sensación de estar en medio de la nada, desamparado, pero con la eterna sabiduría de ser autosuficiente sin tener cerca ciertas comodidades cotidianas.
Al no ver las flores, no sabrá que el ceibo existe, ni que es un árbol espinudo ni caducifolio, pero será pronto que el ceibo se incorpore a su conocimiento del monte. Por ahora el ceibo es apenas uno de los tantos vegetales que verdean.
La ciudad. Nada más gratificante que saberla lejos, sin ruido, sin jefes, sin bocinas… pero al alcance.
Todo cae hacia el río. Todo va hacia el agua. Nuestra mirada, nuestro sueño. Todo es arrastrado por el gigante. Cada vez que buscamos esa refundación por siempre inconclusa, ese renacer del hombre triste que ha descubierto la primavera, ese escape de la odiosa rutina a la que pronto recaeremos, cada búsqueda va a un fondo donde todo es oscuro, caótico, donde todo es arrastrado por el viborón naviero.
Cuando vemos la paz de una deriva, no hay peor oscuridad que el destino de nuestro siempre trunco renacer en el monte. Y otra primavera siguiendo la misma búsqueda, otro equinoccio predestinado a fracasar las intensiones. El hombre blanco va en su búsqueda, pero aún no ha entendido, pero aún no se ha liberado.
Busca… lucha… está a un paso…
Por qué tenés esos tumores, árbol. Señal de que he sido alambrado. El hombre blanco es sabio cuando todo lo puede preguntar, y entonces el mundo se abre al descubrimiento. Cada primavera vuelve al eterno magisterio de la nueva vida.
Los machos han definido nombres, como el de esta ave: Varillero Negro. Pero es ella quien cría, pare, construye su nido.
La naturaleza presenta en su renacer anual la perfección del equilibrio:
Canales de la última crecida.
El Benteveo cantando y cantando.
El timbó contento que manda savia joven para nuevas hojas.
Los juveniles de Carancho dejando lentamente su plumaje marrón para volverse cada vez más negro.
Los potrillos estrenando nuevo corte, aspecto primavera-verano 2011.
Los herbívoros contentos del mastuerzo que ha vuelto verde el suelo, después de la limpiada del agua.
Los Gallitos de Agua luciendo sus primeras plumas adultas, después de casi un año de usar antifaz y plumas blancas.
¿Qué es esa brasita que el hombre blanco ha encontrado allá lejos? Acerquémonos con cautela para distinguir este animal.
¡Un churrinche! El primero de la temporada. Esta ave es un visitante estival que se ha adelantado al tiempo del verano.
El agua de la crecida se ha retirado, pero la vida emerge de cada grieta.
La vida…
…la vida…
…la vida…
…la vida…
la… la… (esteeee…). Bueno. En el renacer del año natural, del hombre blanco que busca su refundación, hay de todo.
Los carpinteros ya andan en yunta picoteando árboles secos para hacer el hueco que aloje sus huevitos.
Aunque parezca mentira… a éste morocho de pico color marfil también le tocó la primavera:
Sí. Los Caciques Solitarios han dejado su condición eremita para procrear y prolongar la especie.
La lagunas encerradas se llenan de cabombas y helechitos.
¿Acaso puede otra cosa que sonreír un tronco que ha sido elegido por las tacuaritas para gestar la vida?
Y el hombre blanco, el de la agenda, el de la rutina, el que está cansado de ciertas voces, de ciertas imágenes, de ciertas prendas y lugares, él también se viste de primavera y busca su lugar entre el monte que renace:
Mirando el verdeo de las cosas, el celo y grito de las aves, la tierra que se llena de hierbas, los biguáes que se marchan…
El pucará para la pavita, los mates más ricos…
…Los enfrentamientos entre carrancas y mejillones dorados…
…Las improvisaciones que lo vuelven humilde sabio entre la savia nueva.
Ha salido de la última luna para entrar en el año nuevo, en el tiempo de las renovaciones, en el ciclo que comienza tras los quietos meses fríos de la gestación.
El agua nueva, río que se ha puesto verde, color del monte…
…ciclo que se inicia, de la vida que comienza.
Como siempre:
…sin prisa,
en la casa del agua…
con la muerte del tiempo.
Ale Kanelón con su traje de foca y el Pepismo atrás.
La partida.
Espinero pecho manchado.
Guaycurú vestido de huachín.
Sietevestidos fuera de foco.
Sábana de Isipóes.
Zorzal cantor.
Saucedal más alto que el sol.
El huachín reciclando medias-botellas encontradas por ahí, para llevarse plantas.
Juan de Diós Mena.
Bejucos finados.
Sandía purgante.
Turismo sustentable.
Espera al acecho.
Otro Juan de Dios Mena al morir del día.
Tas.
Mosqueta ojo dorado.
Foco desencontrado en el katí que busca el cielo.
El invierno tiene los cítricos sin cámara.
Placer…
Y un texto para el que ha visto esto con paciencia:
A UN RÍO A PREGUNTAR.
Cuando la bella Kiara Osorio, estudiante de lingüística, dio su primera conferencia ante un auditorio invitó a sus amigos para presenciarla. La charla se dirigía a estudiantes de los primeros años de carreras humanísticas; el tema: cultura y naturaleza.
Leonardo Ferreyra, el bioquímico, simulaba cara de intelectual. Luisina Olivera, la vendedora de ropa, anotaba ideas fuerza en un cuaderno borrador. Facundo Santoro, el poeta, observaba cómo la disertante movía los labios liberando con dulzura cada palabra; suspiraba al verla acomodar su pelo para liberar la nuca, pues sudaba por los nervios. Néstor Renzi, el artesano, tallaba con su gubia un cartelito que decía «herencia simbólica e instintiva». Los hermanos Trevisanut, mecánicos, se deleitaban mirando las estudiantes del público. Iván Machado, el músico, dudaba y dudaba, y algo tenía para decir, para disentir, para alborotar al público, pero no se animaba a hacerlo: Machado era tan tímido. El bioquímico notó las ganas del músico, que emitía expresiones ahogadas que no pasaban de un susurro, que trataba de levantar la mano para pedir la palabra, pero esa izquierda que intentaba no llegaba ni al nivel de sus hombros.
—Iván —el bioquímico se dirigió al músico—, decile lo que pensás. Levantá la mano, total Kiara es tu amiga. Te va a escuchar y se va a poner contenta si uno de nosotros aporta algo.
—El animal —explicaba Kiara Osorio— es un ser liberado del lenguaje. Nada, la naturaleza me ha quedado lejos. He puesto el lenguaje en medio y ya no puedo siquiera tocar las cosas, sino sólo construir sus representaciones. No veo un árbol, por el contrario: la cultura ha pintado en mi cerebro la representación de las florestas; ya no necesito estar frente a los paisajes verdes para que la ancestral cadena de estímulos instintivos placenteros rebrote y genere en mí el encanto de sentarme bajo un sauce y ver como éste transpira, brindándome la leve llovizna en un día sin nubes. Con sólo pensarlo y recordarlo, acá mismo incluso, siento ese placer que me transporta automáticamente a una sombra en la isla. Entonces ya no necesito el árbol, sino su representación en mí. Piso una ranita por accidente y el dolor del atropello me carcomerá por mucho tiempo. El animal no siente la tristeza ni la alegría, que son propias de los culturales. Un perro llora y deja de comer porque no está su dueño pero no porque lo quiera con el amor que inventamos en el lenguaje, sino que este animal de jauría, último en la jerarquía familiar, sin su dueño carecerá del estímulo que le abra el apetito. Cada animal brinda una respuesta a un estímulo. La mamá mono no está triste aunque lleve a su bebé mal nacido, después de muerto, colgado como si éste siguiera con vida, arrimándolo, incluso, a sus mamas… No es por pena: es que el instinto que le fue dado por herencia biológica sigue fuerte por ese tiempo de la maternidad. Los humanos inventamos la cultura, el lenguaje, y con ellos el incesto, la sepultura, la lengua… Los animales están en la naturaleza, nosotros en su representación. Hay mil representaciones diferentes. Los esquimales tienen una veintena de palabras para denominar los matices del blanco… ¿Nosotros?: mate, blanco, gris tal vez… Hay tantas representaciones de la naturaleza como humanos. Los animales no… Ellos son de distintas especies, órdenes, razas y todos se rigen por la misma fuerza sin cultura, sin lenguaje, sin representación. Todos son «el mismo y la diversidad».
—Disculpe, señorita —Iván Machado se animó a levantar la voz en el auditorio—. ¿Usted dice que los animales no tienen lenguaje?
—Eso dije, joven.
—Pero entonces, ¿por qué hay monstruos castigados en el Cerro del Purgatorio y no en otros lados?
Kiara Osorio se tomó la cabeza y puteó por lo bajo: este pibe no puede ser tan pelotudo.
—¿Por qué los animales deformes van todos a parar a ese lugar, señorita? Yo sé que usted conoce el lugar que le estoy nombrando.
Kiara Osorio tomó asiento, bebió agua, quitó el cabello de la nuca. Observó a la audiencia que nada entendía. Cerró los ojos. La representación cultural trajo a las criaturas malditas de dicho cerro. Volvió a abrir los ojos. Un viejo hombre vestido de negro, que miraba desde el fondo del auditorio, le recordó al guardián del Cerro del Purgatorio, a quien siempre debían pedirle permiso para acampar sobre la elevación natural de las islas.
Entonces supo lo que debía decir.
—Voy a dirigirme más a la audiencia que a mi compañero de travesías. Espero que los catedráticos que esperaban que terminara mi discurso de memoria sepan entender. Escuchen, chicos, docentes, profesores, compañeros: En la búsqueda por entender lo que es la cultura hemos llegado hasta las puertas de la misma duda. Sólo la duda nos permite romper con todo lo ya escrito. La duda, fruto del mito, hace que aparezcan los verdaderos interrogantes. Los lingüistas están empachados de tecnicismo y se atragantan de las mismas idioteces sobre estructuralismo de las que hablaba Saussure hace una pila de años, más de cien. Nostros estamos parados en la duda y eso nos hace grandes, nuevos, jóvenes, distintos a la comodidad de la biblioteca y del intelecto. Los animales son seres sin cultura y nosotros con, pero hay lugares, espacios, tiempos, donde la duda nos mantiene vivos, alertas y explorando. Lo que dice el joven es cierto: Existe un lugar, un velado recodo del gran Paraná, que es purgatorio de esas criaturas que han elegido dejar de ser parte de la Gran Madre y han corrompido el gran equilibrio, buscando impregnarse de cultura. Hay un lugar así y no queda lejos de Rosario, es un cerro que ha sido habitado por indígenas hace cientos de años, lo sabemos por los restos de alfarería que encontramos en ese lugar. Ahí estamos poniendo mucha de nuestra energía para entender muchos porqués que aún desconocemos por cómodos, por tecnócratas o por estructuralistas. Para los doctos del «dos más dos, cuatro» ya no hay Dios, ya no hay carpincho blanco, ya no hay luz mala ni Difunta Correa y, aunque estos mitos puedan tener sus explicaciones racionales, en su afán de seguir las reglas se han olvidado de la duda… han muerto como científicos, han perdido, han defraudado a los patriarcas, han transformado el mito en folclore sin preguntar por sus fuentes, han temido ver con ojos propios, han abandonado la búsqueda hacia los confines del lenguaje… Es el fin. Nosotros seguimos… Ustedes han quedado en el camino. Eso es todo, gente… Gracias por escucharme.
Gran aplauso.
Ovación.
Gente de pie.
Los oyentes se fueron muy entusiasmados. Dos chicas le pidieron un autógrafo. Sus amigos tiraron cuetes e hicieron sapukais —adentro del auditorio—. Ella estuvo muy contenta, casi emocionada…
…hasta que llegó su profesor…
Bajó la mirada, esperó la reprobación… el «uno» en el final.
—Excelente —habló el calificador—. Tengo un amigo con el que vamos a pescar y tiene una lancha. Ya te vamos a pedir que nos digas dónde queda ese lugarcito. Muy bien, Osorio. Usted es de las nuestras.
————————————————————
Fuimos remando y trajimos imágenes de las criaturas que viven allí.
La gran fiera de la hondura…
el alma que en garras de tiempo y
correderas
dibuja costados al viborón.
I Yara:
no obstante su grado,
de arisco a nervioso,
de embestidas de golpes su andar.
Es marejada y remanso,
es corredera y empalizada.
Es dolor y sorpresa.
Yaguarón:
la bestia que es fiera,
la de garras filosas,
la de uñas de barro,
no es del tiempo rehén
y surca… socava… acomoda sin tiempo
en la Casa del Agua.
En la Casa del Agua una es la morada de Yaguarón
y no hay magna vastedad que su atalaya…
que no es morro, mangrullo o cerrito,
sino hondura…
pozo donde un remanso
amansa a Pirá Añá —de calmo nomás—
y dibuja su lecho con rayas cansadas.
Bejuco rastrero que se aferra de puro amor al árbol, que es uno con ella y por miedo al hombre que te ha sentenciado, pequeña mía, a encarnación de Añá tentando a la india desnuda para que deje de ser una con el mundo y se vuelva el mundo para ella; pero que ha sido ella, como toda carne que no sacia, quien te ha arrastrado a que te asgas, cual bejuco inerte, de la chilca costera pasando por rama.
Puta la hembra que pare las fieras, puta la hembra con cara de madre, con brazos que abrazan, con lengua que arrulla la canción de cuna que, fuera de calma, su fin es adormecer en el largo letargo de una vida que no será fuego ni hielo, sino mera tibia masa.
Tú con frío, bejuco enroscado, ni en tibio arrullo de adormecimiento serías la puta que tienta.
No es que faltas por pobre, ni por perezoso, por cómodo o cobarde. No por distante, dificultoso o intangible. Tú no has visto ni oído, ni palpado o suspirado.
Cuando el árbol se inclinó vedando o marcando la huella, tú has bajado la vista buscando la carta, la pantalla, el rumbo, y ese ser no ha sido más que un objeto, un obstáculo o un mero mojón que sólo recordarías si el instante hubiera pasado del sensor a la memoria.
No has estado si cuando el pájaro cantó sólo para ti, tú has callado el monte, apurando el motor, encendiendo una radio.
Por eso es que habrás pasado, pero no has estado. O habrás soñado desde la banda firme lo que no estarías dispuesto a andar ni conocer.
Hay veces que pienso que nadie, o pocos, hemos andado y conocido. En tiempos del descubrimiento significaba gozo, euforia, pertenencia celosa. Hoy, con la bruma levantada, apena hasta las lágrimas.
De los rojos a los negros… o azules fríos en los turnos de Yasí Yara. Nada hay más calmo si dejamos salir los tonos nuestros, putrefactos, latentes, más oscuros que la noche, libres para no volver. Nada más turbulento que echarse en el suelo, mirar sin enfocar, distinguir hojas de un sauce sacudirse con la masa térmica sin orden, que nace del fogón que no cesa su nervioso baile al compás de melodías vocalizadas apenas en un suspiro entre mil golpes de la leña que revienta, fuego cuya danza se vuelve sincopada, confusa, sus voces anacrusas, desordenadas, leves mientras ahí esté la madera, pero en la inmutabilidad del hombre echado sobre el suelo, la burbuja de fogón calma, enfría, calla en la coda silenciosa de las blancas cenizas, que entonces simplemente serán negras.
El sauce es el eterno condenado. Pionero del banco de arena y barro; pionero predestinado a caer, a cederle paso al agua que busca rumbos. Gigante que acaba antes de la vejez. Pero al fin: soldado que después de muerto sigue dando pelea. No rueda el raigón y se aferra… y emana el perfume que muy pocos hemos olido cuando, soñando con formar un nuevo banco para su descendencia, entona la canción de la muerte, que es voz común de todas las florestas.
Fuimos sombra, firmeza y reparo,
permitimos anidadas y descansos.
Te hemos guardado, aire, en nuestras fibras,
te hemos amado, sol, con nuestro verde.
Saboreamos del vigor, la permanencia
y a la tierra devolvemos nuestras vidas;
a la sangre leve y dulce de este mundo
entregamos nuestra sabia.
y a la tierra de los padres devolvemos la madera.
Palabras del Poeta Entrerriano Juanele Ortiz:
Todo el día mi alma hoy estará suspensa de la voz del agua, como en un sueño mojado. ¡La voz del agua dulcemente cierra el mundo! Todo el día seré un niño que se está durmiendo. La vida será solo una voz querida.
Nosotros bajo techo, encerrados, amontonando humanos de paso, sin posibilidad de salir, de volver… Pasó cuánto tiempo…
Un día de pronto del cielo cerró sus puertas y ya no llovió. Y esta vez no fue una tregua, un amague. No hubo cuervos, tampoco palomas liberadas, pero un chiviro pampa se acercó a la mesa, aún mojada, sirviéndose de las migajas que entonces no eran sino una baba amorfa con base de trigo. Come un chiviro, señal de buen tiempo: vieja ciencia de los poriajú.
Y pudimos seguir con nuestro viaje por lo sitios donde pocos han visto.
Desde el atalaya de Yaguarón
llevan voces
de Temple y paciencia:
Que en la casa del agua
Hay una estrella en la bruma:
Tú
Sin prisa
Sigues al morir el tiempo
Y eres la noche…
El rostro que no te has visto
suspira…
Se ve calmo
Al otro lado del río.
Vasta… leve… difícil…
tú… al otro lado.
Y te llevas algo,
y te guardas un poco
Tú, sin prisa…
en la casa del agua.
Güembé de la selva…
¿Qué aguapé
Ha echado raíces?
Si él, que de lejos,
se ha ungido de delta…
Tú, de aquí,
sin prisa…
has esperado al alba…
y sigues
al otro lado del río.
Temple y paciencia…
Así dibuja Yaguarón…
Y tú,
sin prisa,
en la casa del agua…
con la muerte del tiempo.
Todos los habitantes gozan del derecho a un ambiente sano, equilibrado, apto para el desarrollo humano y para que las actividades productivas satisfagan las necesidades presentes sin comprometer las de las generaciones futuras; y tienen el deber de preservarlo. El daño ambiental generará prioritariamente la obligación de recomponer, según lo establezca la ley.
Las autoridades proveerán a la protección de este derecho, a la utilización racional de los recursos naturales, a la preservación del patrimonio natural y cultural y de la diversidad biológica, y a la información y educación ambientales.
Corresponde a la Nación dictar las normas que contengan los presupuestos mínimos de protección, y a las provincias, las necesarias para complementarlas, sin que aquéllas alteren las jurisdicciones locales.
Se prohíbe el ingreso al territorio nacional de residuos actual o potencialmente peligrosos, y de los radiactivos.
Todos éstos están ahora atrapados en nuestro remanso costero:
Índice de la página
¡¡¡Seguimos adelante!!!
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Que nuestros humedales no sean transformados en una pampa ganadera.
«Humanizar el carácter y hacerlo sensible, aun con los insectos que nos perjudican. Stern ha dicho a una mosca abriéndole la ventana para que saliese: —Anda, pobre animal: el mundo es demasiado grande para nosotros dos.»
LLAMADO A LA DEFENSA DE LA VIDA
Paremos la matanza de animales autóctonos en nuestros humedales.
Cambiá tu arma de fuego por un cámara de fotos, y ayudá a tu río a que ellos sigan con vida.
Sin armas de fuego:Vuelve el Ciervo de los Pantanos a llenar de belleza al río.
El Yacaré nos ayuda a controlar la población de palometas.
El Lobito de Río otra vez se acerca a nadar junto a nuestras embarcaciones.
El Carpincho deja de ser un animal de hábitos nocturnos, recupera su población mermada y vuelve a visitar nuestros campamentos a la luz del día.
Sin armas de fuego paramos el depósito contaminante de plomo en aguas quietas.
Sin armas de fuego dejamos un ambiente rico en biodiversidad de fauna autóctona a nuestros hijos.
¿Qué río querés vos? ¿El de un paisaje depredado o el de un ambiente rico en fauna?
Ayudá a tu río. Recuperarlo es posible.
Paremos la matanza de animales autóctonos.
Para que las personas conozcan. Para que no sigan escalonando los corredores de vida que representan los ríos, ni secando sus lagunas, ni matando sus bosques, ni quemando sus pastizales, ni vaciando su fauna. Porque hay lugar para el hombre y la naturaleza. Porque el agua es vida. Proyecto Vertientes. Apretá sobre la foto para [...]
Así decía aquel texto: TALLER FLOTANTE – Expedición Islas Victoria. Se trata de una expedición científica – artística – cultural que se llevará a cabo durante cinco días de viaje por las islas de Victoria, Entre Ríos, con el objetivo de reflexionar sobre este “territorio de agua”. Consideramos al viaje como herramienta generadora de saberes [...] […]
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Leer la novena parte. Expedición Jaaukanigás. Día final. 26 de enero de 2012. Lo que dice Guarú del Río. Silbando Karumbe’í, de Raúl Barboza, llegamos a destino. ¡¡Vamos llegando!! Ahí se ve Puerto Reconquista. Vamos llegando… vamos llegando… Juan Garmín, el cuarto expedicionario, dijo que aquel día hicimos 23 kilómetros en menos de dos horas [.. […]
Leer la octava parte. Expedición Jaaukanigás. Día noveno. 25 de enero de 2012. Lo que dice Guarú del Río. No hay forma de describir lo que se siente cuando a uno lo despiertan ellos: los monos, los grandes vociferadores del monte. Los monos carayá nos despertaron con todo su rugido. La primera vez que los [...]
Leer la séptima parte. Expedición Jaaukanigás. Día octavo. 24 de enero de 2012. Lo que dice Guarú del Río. Despertarse era imposible. El ruido de los truenos y las gotas golpeando el cubretecho de la carpa invitaban a quedarse ahí hasta al final de los tiempos. Alguno de mis compañeros, creo que Pilagá, se levantó [...]
Leer la sexta parte. Expedición Jaaukanigás. Día séptimo. 23 de enero de 2012. Lo que dice Guarú del Río. Me toca adelante, en el doble. Juan Garmín, el cuarto expedicionario, dijo que debemos doblar a la derecha, ahí por donde hay una tapia. Por primera vez pensamos que puede equivocarse… Es extraño. Yabirú Quaranta no [...]
1 No tendrás otros dioses delante de la Gran Madre Naturaleza. Amarás con todas tus fuerzas a la Creación que te ha dado vida.
2 No te harás imágenes artificiales de las cosas que están en la tierra, o debajo de las aguas o arriba en los cielos. Dejarás los árboles donde están los árboles, las aves donde están las aves y las nieves donde están las nieves. No levantarás un bosque donde hay desierto o harás un desierto del lugar donde está el bosque.
3 No tomarás el nombre de la Gran Madre en vano. No repetirás frases como «Todo bicho que camina va a parar al asador» o como «Todo árbol es madera pero pino no es caoba».
4 Acuérdate de tus tiempos libres, para visitar los espacios naturales de la Gran Madre. Seis días trabajarás, pero uno tendrás para acariciar la creación que cada día te da el pan y el oxígeno para que tú y los tuyos puedan vivir.
5 Honrarás a la Gran Madre, para que tus días y los de tus hijos se alarguen en la tierra que te es nido. 6 No matarás a ningún animal salvaje, sino es para alimentarte cuando no tengas otra posibilidad o cuando el que lo haya matado gane, por esa vida muerta, el pan para sus hijos.
7 No cortarás el árbol ni mandarás a cortarlo, si primero no has plantado sus semillas en un lugar seguro, poniendo tu vida como precio por la descendencia de ese ser longevo de esta tierra. No tendrás mueble de madera lenta ni papel que no uses de las dos carillas.
8 No le robarás su pan a las personas que sobreviven por las criaturas de la Gran Madre: ni al pescador, ni al horticultor, ni al cazador, ni al tambero le robarás la dignidad de vivir como vive.
9 No mentirás diciendo que eres lo que no, y serás consecuente si vas a estar de este lado de la lucha.
10 No desearás el árbol, el pastizal, el agua, los animales, las nieves, el oro, los bosques ni el suelo del que ha ocupado la tierra antes que ti y que la ha mantenido sustentable por cientos de años.
http://rioparana.wordpress.com/
Cuando era chico me gustaba cazar a mí también, hasta que traté que una perdiz levantara vuelo para tirarle y, como no subía a pesar de mis pisotones al suelo, al acercarme me di cuenta que tenía cría abajo ... nunca más le tiré con algo a un ser vivo.»
Los que se animan a levantar su voz