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20
ago
10

Amazonía Boliviana

arara de mara12

Diario de viaje por la amazonía boliviana.

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12
abr
10

Apología

Por más que éste no sea un espacio para difundir actividades como el remo o el canotaje, no ocultamos en lo más mínimo esas pequeñas embarcaciones plásticas que nos permiten llegar ahí donde no todos pueden, pero que quedan muy cerca.

Frente a nuestra ciudad, a minutos de remo, hay ambientes naturales, albardones que forman pequeñas selvas, lagunas que nada tienen que envidiarle al Iberá, cementerios indígenas, animales salvajes que son prácticamente desconocidos para la ciencia, hay cientos de plantas medicinales que si las aprendiéramos a manipular ya no tendríamos que acudir a una farmacia, hay árboles tan longevos que han visto nacer a nuestra Rosario, hay silencios, hay calma, hay vida que nos aborda por todos lados.

Un día un amigo me dijo: el kayak lo que te da es la libertad de llegar donde quieras… donde sea… y por más obvio que parezca hay una gran verdad en estas sabias palabras de Juancho: la Libertad. Recorrer el Alto Delta del Paraná en un kayak es una clara imagen de lo que la libertad representa. Andar, subir, bajar, cortar, entrar, salir, levantar, arrimar, derivar… cualquier infinitivo que se relacione con moverse en libertad le encaja perfectamente a un kayak: nuestro vehículo de plástico.

Por eso esta publicación es apenas una imagen de la libertad, de la libertad de andar cauces, de subir correntadas, de bajarlas, de cortar tapias, de entrar y salir de riachos, de levantar para pasar el albardón, de arrimar a la costa, de ir a la deriva como un camalote.

El kayak es nuestro vehículo: en tan lindo para tener, tan fácil de manejar, tan suave para pasear, tan económico de mantener…

Viva el Río… Viva la Libertad. ¡¡¡Vivan los kayakeros!!!

Un día abrí los ojos
Y al nacer vi que yo era el río.

Crecí, corrí y fui feliz;
Me alimenté de agua ‘e lluvia
Y en larga cañada forjé un cuerpo.

Fui feliz en los remansos y
Alegré al ver un aguapé
Enredado en el remolino turbio
De mis venas.

Y fui canción de corredera
Trinando, con las aves,
Al compás del reflejo ‘e resolana
Que interrumpe con la espuma.

Fui hervidero en lagunales,
Tuve frío y gusto amargo en el estuario,
Transparente en arenales
Y manta ‘e barro en los zanjones.

En una nostalgia de orgullo
Di llorando mi fruto amado
Al hombre manso
Que le dio la historia al albardón.

Espejo de cielo grande
Aún me plazco en mirar mis costas;
Sólo raíz, barro y cangrejal…
Sólo arena, raya y arenal…
Sólo palo caza-tapias y el biguá.

Un día abrí los ojos y al nacer vi que yo era el río.

¡¡¡Si querés conocer a algunos de ésos que nos animamos a la Libertad, entrá en este enlace!!! Acá estamos parte de la familia kayakera argentina.

Y falta algo: una canción que habla de nuestra libertad, en este video que sigue. La canción se llama «La Jaula».

Y por si alguno se quedó con ganas de oír las voces de donde andamos en nuestros ratos libres, invertí unos minutos en ver esto.

¡¡¡Qué lindo que es vivir!!! Pensar que hay gente que se pasa más tiempo haciendo algo que odia, con gente que no ama, en lugar de ser libre y estar con su familia o disfrutando de la naturaleza.

Aprovechando que empieza la estación fría y con ella la época más linda para remar, te imaginás anotándote en una de las tantas escuelitas de canotaje que enseñan cómo ser «feliz» y «libre» saliendo un ratito a mirar a tu ciudad desde la banda. ¿Demasiada utopía, no?

Es demasiado barato y lindo para ser real…

¡¡¡Viva la vida y vivan los locos que transforman las utopías en realidad!!!

 

07
feb
10

Un cuento del AKU

El alumno

Muchas historias del río parecen encerradas en la nostalgia de un tiempo imaguaré, cuando los sapukais rompían el silencio del monte, o cuando el yacaré era el señor de los esteros. Aun así, y como es mi intención destacar, todavía se suceden maravillosas anécdotas que dejan entrever que el tiempo de la mística sigue marchando, que las letras chamameceras, las canciones y las leyendas litoraleñas, todavía tienen motivo de inspiración, si queremos que nuestra traza siga adelante.
Es cierto que las islas aún guardan misterios ocultos. Pero cada vez menos nos atormenta el llanto del crespín o las apariciones del carpincho blanco. Ocurre que las nuevas historias incluyen lozanas y renovadoras musas, muy distantes de aquellos mitos. Hoy, decenas de narraciones cantan al hombre perseguido que escapó de Coronda, a la venganza de las gatas peludas que avanzan río abajo, o al ecosonda que encuentra la silueta de un monstruo semienterrado en las profundidades del canal.
A pesar de todos estos cambios, la tradición litoraleña nos estimula a mantener vivas las letras de nuestros viejos poetas. Así, las «Monedas de Sol» de Chacho Müller brillan con el mismo esplendor de antaño, y la «Canción de Cuna Costera» de Linares Cardozo sigue durmiendo al gurí que sueña con ser pescador. Pero debemos saber que el nuevo hombre también ha llegado al delta, ha visto con sus ojos color cemento y, a golpes de aire puro, ha matizado también su río. Ahora distingue un curupí de un aliso, un remanso de una corredera(1), un moncholo de un patí, un dos hileras de un bandoneón. Las obras nuevas abren las puertas a quienes disfrutamos de la prosa y el canto, renacidas del puesto vacante que dejaran nuestros viejos poetas.

Esta vez, no sé si fue por voluntad o fuerza mayor, pero debí salir lejos y caminar hasta una laguna para buscar esa porción de misterio. Tuve que atravesar un albardón lleno de mosquitos y sauces, sortear los cardales secos, pasar por yuyeríos espinudos, enterrar las botas en el barro y, una vez sorteados esos obstáculos, por fin esperar. Ahí estaba yo… solo… con un telefonito celular en las manos y un paisaje gigantesco ante mis ojos —SIN SERVICIO—.
A lo lejos se veían enormes los puertos cerealeros y, detrás de ellos, un fuego que encendía con furia las nubes blancas del poniente —UNA RAYITA DE SEÑAL (pero está en modo analógico)—. Un poco más acá se acostaban los esteros interminables del paisaje islero.
Una garza mora apareció entre los pastos, dio varias vueltas por la zona y se perdió detrás de unas arboledas —DOS RAYITAS (sigue analógico: lo apago y lo vuelvo a prender para ver si pasa algo)—. Una pareja de zorzales de pecho colorado se arrimó a la escena, curiosos del ser humano que apretaba botoncitos, al tiempo que revisaba el fondo del agua, caminando con cautela y blandiendo su machete —HOLA, DULCE (el saludo inicial de mi teléfono)—.
—¿Serán taruchas o sabalitos? —Algo se movía entre los camalotes. El río, aunque mostraba unas leves subas por aquellos días, estaba pronto a bajar y estos charcos no tenían salida—. Si los agarro con el machete van a la fritanga; total… igualmente están condenados… que los coma yo o los caranchos… —Me lamenté de no tener una fija(2) en ese momento— DIGITAL, CON UNA RAYITA (capaz que tenga suerte).
Me di cuenta que eran sábalos, los de lomo negro, y no eran tan chiquitos.
—A ver si llego —pensé.

Caía la tarde y la mosquitada se hacía cada vez más insoportable —DIGITAL, CON DOS RAYITAS—. Cada vez estaba más cerca del animal.
—Ya te tengo. No te me escapés, por favor —estaba tan cerca—, que te aso ahora mismo. Te veo y me hace ruido la panza.
Aguanté los mosquitos, que ya tenía de a docenas en el rostro, elevé el brazo que empuñaba el arma y preparé el golpe certero. Elegí el lugar exacto donde iba a dar machetazo: entre la branquia y la aleta pectoral.
—Ahí voy —pensé, pero entonces ocurrió:
—TI TI TI TI TI TI (¿eh?) MENSAJE RECIBIDO.

El sábalo se ahuyentó con el ruido. ¡Se fue!
—¡Ay! Se escapó. ¡Qué odio! ¡Qué tremendo mi fastidio! —vociferé insultos en cantidad; por supuesto, dije groserías mucho más fieras, pero me da un poco de pudor repetirlas en este momento, que lo cuento en frío.
Después de aventar los mosquitos miré al aparato culpable de la fuga del pez.
—LEER (decía la pantalla, haciendo referencia el nuevo mensaje que había receptado) —mis sensaciones en aquel momento se parecían a una mezcla de bronca e intriga—. ¿Será de ella? —como por arte de magia, la totalidad de mis exasperaciones se volvieron sosiego y puras ansias.
El sol que se alejaba y la luna que asomaba al este, miraban, rojos de celo, cómo mis ganas de leer el mensaje tan esperado hacían temblar las puntas toscas de mis dedos callosos, buscando desesperados en el pequeño aparato las respuestas a los grandes sigilos de la juventud.

Nota de Facundo Santoro, censurada luego por Juan Olivera cuando la historia se publicó el la página oficial del la escuelita de canotaje: «supongo que, si el Señor me lo permite, años más tarde y al releer estas líneas, encuentre poco oportuno creer que Paolo utilizara de forma atinada la palabra juventud para identificar el momento donde el amor se presenta como un misterio por el cual nos enfermamos, hacemos humillantes manifestaciones públicas o, por el contrario, nos hacemos de la fortaleza para prescindir de casi cualquier cosa que no se parezca al placer de ocultarse en los ojos cálidos de la mujer amada. De lo contrario, si entiendo que juventud es la palabra acertada donde se encuadra el misterio del amor, entonces mi vida habrá dejado de tener sentido, igual que la de todos ustedes. Seguramente, si aún permanezco con vida: si aún no he cometido un suicidio, me hallaré llorando entre las sombras del muchacho que fui en este pasado… que fui en este presente que se me habrá vuelto tan lejano.»

Mis ojos se llenaron de regocijo al ver las letras oscuras en la pantallita verde:
—QUÉ CALOR EN ROSARIO. TE EXTRAÑO MUCHO. CONTAME QUÉ ESTÁS HACIENDO DE LINDO.

Volví al campamento. Habían hecho fuego y estaban, como dijo don Julio Migno, «vistiando de humo las mosquitadas». Lo abracé al profe Juan y le comenté que mañana íbamos a hacer fijas con troncos de aliso para ver si agarrábamos unos sábalos. Me miró desconfiado y retrucó:
—En esta escuela no matamos peces ni cortamos árboles.
Igualmente le agradecí. Los ayudantes del profe (que en realidad habían ido al raid a tomar vino y a jugar a las cartas) rieron al ver la escena. Esa noche los oí: recordaron con Juan cuando robaban armados en los espineles de los pescadores distraídos, y cuando, a golpes de machete, desmontaban alisales enteros para armar aleros contra el sol y benditos(3) para repararse de la lluvia.Segunda nota de Facundo Santoro: «Durante un asado en una guardería para kayacs, yo escuché a Paolo Cardozo relatándole esta historia a los integrantes viejos del Círculo Rosarino de Canotaje. Recibió aplausos y ovaciones.»

BIENAVENTURADOS LOS QUE ELIGEN AL CIELO COMO TECHO Y A LA TIERRA COMO NIDO.

Referencias.
1 Corredera: agua desplazándose de forma veloz por un cause angosto o en las proximidades de una barranca.
2 Fija: lanza que se utiliza para chuzear en las lagunas claras o en bancos de arena. En las márgenes del río Teuco o Bermejo, los wichis y los tobas la utilizan aun en las aguas oscuras, haciendo lanzazos ciegos desde la costa, pues la falta de acopiadores de pescados (cerdos empresarios: en Victoria, cerca nuestro, tenemos varios ejemplares de esta basura) permiten la abundancia ictícola.
3 Benditos: rancho muy precario. Por lo general, hecho a partir de un travesaño, desde donde se descuelga sólo un nailon a dos aguas.
14
ene
10

Arara de mara 19-01-2008 -Última parte-

DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 19 DE ENERO DE 2008. ADIÓS A ARARA.

Anotaciones en las últimas páginas del cuadernito.

Estamos muy cerca y el ánimo no es de jolgorio como hubiéramos imaginado. Quisiéramos pasar Riberalta de largo… No tocarla, no verla, seguir río abajo: caer por la cachuela Esperanza, continuar nuestra deriva por el Madeiras para dar con el Solimoe y no detenernos camino al mar; pinchar la Pororoca y al fin perdernos en el estuario. Arara puede lograrlo, pero a la vuelta de la esquina nos espera Riberalta. Hace apenas unos días atrás no veía la hora de llegar a nuestra Meca, pero hoy tan cerca quisiera alejarla miles de kilómetros.

Nos consolamos pensando que será un paraíso como Rurrenabaque. Riberalta tendría un muelle largo que entraría más de cien metros adentro del río, por aguas tranquilas y playas, donde asomarían palmeras y árboles gigantes por los costados, encerrando el muelle en una galería verde. Entre pescadores y juntadores de castaña, la inmaculada Catu estaría esperando nuestra llegada, aunque estemos una semana antes de lo que habíamos calculado. En el muelle me estaría esperando una Catu plastilina… moldeable a todos mis deseos y ansias, porque no me he dado lugar a ver quién era ella y la he inventado a partir de mis desvelos. Siempre me ocurre con esas mujeres a quienes no puedo tocar. Me ha pasado con Catu, con la piragüera, con tantas otras. Mujeres plásticas que se estiran, que se doblan, que se hacen firmes y compactas… Una Catu de plastilina estaría esperando en el larguísimo muelle de Riberalta. Tendía un pañuelo atado al cuello, un machete en la cintura, plumas de caburé en los bolsillos de su camisa de trabajo y, en el cuaderno de viajes que guarda en su mochila, una autorización para entrar a las zonas intangibles del Noel Kempff Mercado. Hoy llegaremos a la bella Riberalta, ciudad rodeada de selva virgen, donde los monos te roban la comida y los yaguaretés son adoptados por los niños como mascotas. Hoy me encontraré con Catu y empezaremos nuestros grandes viajes juntos por Latinoamérica, como lo habíamos pactado. Pronto tomaremos Wisky en la cumbre del Illimani, seremos rehenes de Sendero Luminoso, recuperaremos los restos de la Rosinha en el Araguaia, domesticaremos un urutaú y un yasí yateré en Misiones, tendremos por amigo a un yapú yungueño, izaremos una bandera de Central en la cima del Chaltén, cruzaremos a lomo de llama el Atacama… Pronto el mundo sería nuestro. Seríamos jóvenes por siempre. En pocas horas llegaríamos a Riberalta… El residencial Navarro tendría las hamacas y las frescas ensaladas de fruta esperando nuestro descanso.

El sol estaba fuerte. Para soportarlo varias veces tuvimos que tirarnos al agua.

Golpeamos muchos troncos en las curvas. Los remansos y las correderas eran más grandes que las que habíamos visto hasta entonces. Tuvimos mucho cuidado en cada maniobra.

En una recta vimos un enorme árbol derivando. Quisimos ser como los rayadores y viajar sobre él. Leonardo Ferreyra y Paolo Cardozo subieron a la rama que asomaba e Iván Machado y yo quedamos al mando de Arara.

El río había subido mucho y arrastraba muchísima madera. Entre lo objetos que flotaban encontramos una balsa chamita, hecha a partir de palos de madera liviana y sujetada por clavos hechos con la durísimo palo de la palmera chonta. Paolo Cardozo jugó un buen rato sobre la balsa perdida por los esse ejas.

Vimos un caimán bebé tirándose al agua en una corredera.

En cada uno de las laderas de las barrancas altas vemos mucha modificación humana: huertos, desmonte, ganado, antenas, viviendas, vehículos. El viaje va acabando.

Llegamos a la confluencia del Beni con el Madre de Dios que llega desde la amazonía peruana. Río arriba por este gran cause se llega a la reserva de Manu, al Tambopata, al Candamo: los sitios con mayor biodiversidad del planeta.

Y entonces la vimos, ahí estaba: Riberalta se presentaba ante Arara. Riberalta: una típica ciudad portuaria. Sin el muelle largo, sin la selva, sin Catu…

Encontramos una ensenada de aguas contaminada y ahí estacionamos a Arara. Ahí quedó abandonada nuestra vieja y fea canoa. ¿Por qué será que nos sujetamos tan tontamente a las cosas materiales? No hablábamos, no reíamos, no nos abrazábamos. Una llegada silenciosa. Llegar no fue gratificante como habíamos soñado.

Agua sucia, tierra colorada, ruido de cientos de motos, surtidores que venden gasolina en botellas de gaseosa, gente por todos lados. Riberalta no era Rurre. Riberalta no tenía la selva. Riberalta y Catu no se conocieron.

Escuchamos música de Agrupación Marilin en cada negocio de venta de alimentos. Hay una gran contaminación acústica de los bares karaokes a toda hora. Pasamos por un negocio de venta de discos musicales: Zambas Argentinas era uno de los más promocionados.

Llegamos al residencial Navarro. El olor más feo que el del agua de la ensenada donde dejamos a la pobre Arara. Una rubia malhumorada me pide los datos para hacer el registro. Se los doy y leo lo que escribió: Santiago del Río, 38 años, artesano. 38 porque sacó mal la cuenta pero, ¿por qué artesano? Le pregunté. ¿No vienen de Argentina? Sí, le respondí. ¿Entonces no son artesanos? Los ingleses piratas, los yanquis consumidores de cola y hamburguesa, nos colombianos narcos, los mexicanos borrachos, los tanos gritones, los franceses sucios, los españoles brutos, los portugueses ladrones, los holandeses ingenieros, los alemanes racistas, los israelitas avaros, los peruanos médicos, los chilenos mineros, los uruguayos fiesteros, los bolivianos mulitas, los brasileros pescadores, los argentinos artesanos. Sí, somos artesanos. Acertaste, rubia. Las rubias: taradas.

Hemos perdido la flota que sale de Riberalta y llega a Trinidad, la que tarda entre uno y quince días en llegar a destino, según las lluvias. Uno y quince días… pequeño margen de error. Hemos perdido la avioneta. Viajaremos por Brasil, dándole la vuelta al Paraguay y entrando por Misiones. Tardaremos un poco más de una semana para llegar a Rosario. Termina éste pero empieza otro.

Allá vamos. Sigue el viaje. Muere éste, nace otro.

Arara o Arará quedó abandonada en una ensenada de aguas contaminadas. El último viaje de nuestra hermosa Arara de Mara ha sido hermoso, pero ha acabado en el lugar más horrible del Beni. Pobre canoa. Si Ze Oroco nos viera abandonándola así… Cosas materiales, cosas que pasan… Arara está viva. Su Mara seguirá viajando. Fue árbol gigante en la selva, miles de aves han nidificado en sus ramas en los cientos de años previos a ser encontrada por el obrajero. Después fue canoa y viajó. Los árboles nacieron para echar raíces, pero la Mara de Arara pudo ser canoa y ver horizontes. Hoy ha hecho el último viaje de su vida. Tal vez debimos haberla quemado. Arara ha cerrado los ojos por última vez, y ahora es sólo un pedazo de madera muerta que flora en aguas del hermoso Beni boliviano.

Adiós Arará, adiós hermosa Bolivia.

FIN

Nota final:

Página de perfiles:
Pasé al cyber para ver dónde estaba:
Catu; Medellín, Colombia. En relación con Darío.
07
ene
10

arara de mara 18-01-2008

DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 18 DE ENERO DE 2008.

Voy sentado en un árbol gigante… Quiero llegar al mar. Voy junto a unos rayadores que me miran y no se espantan.

Picadura de mosquito. Paf… Muerto. Otro más… Vuelan por todos lados… La carpa está llena de zancudos. Paolo Cardozo habla medio dormido. Iván Machado le dijo al cuenta cuentos que abriera el cierre, que está corriendo lindo aire. Oí que Iván Machado y de Leonardo Ferreyra se reían desde la otra carpa. Fue una trampa. Paolo, despertate, le grité… No puedo cerrar el cierre. El cierre estaba roto. Paolo Cardozo reaccionó como pudo y me ayudó a cerrarlo. Estaba trabado, roto, la pieza que desliza no mordía correctamente los dientes del relámpago… un desastre. Tardamos un buen rato en solucionarlo.

Media hora después, cuando terminamos de matar a la mayoría de los mosquitos, seguimos durmiendo.

Amanece en América. Muchos mosquitos han sobrevivido. Están gordos, llenos de sangre, satisfechos. A Paolo Cardozo se le ocurrió una gran idea para vengar el robo de sangre que estos insectos nos han practicado. Cardozo acerca su mano suavemente a ellos y los roza. El mosquito, satisfecho de sangre pero pesado, con dificultad se traslada unos centímetros, donde vuelve a posarse. Entonces otra vez es molestado por el dedo del cuenta cuentos. El mosquito, pesado, vuelve a cambiar de ubicación. Otra vez el dedo. El mosquito, cansado, debe moverse. El dedo. Con dificultad, logra volar unos pocos centímetros, los suficientes para alejarse un poco. El dedo llega igual. El mosquito hembra, lleno de sangre, cae al suelo, de donde no se levantará.

Así nos divertimos un rato.

Llegó la hora de levantarse. Los niños siguen ahí. ¿Habrán llegado recién o habrán pasado allí toda la noche?

Qué hermoso se ve el Beni desde la altura de esta barranca. No me canso de mirarlo.

Mientras tomábamos mate, pensábamos cómo haríamos para regresar a Rosario. Una opción sería volver en una avioneta desde Riberalta a Trinidad, otra volver a Rurre en flota, y la tercera: darle la vuelta al Paraguay por Brasil y entrar por Puerto Iguazú. Qué lejos que estamos. Nota para tener en cuenta para el próximo viaje: hay que ir desde lo más lejos a lo más cercano. Acá todo el tiempo nos seguimos alejando y alejando.

Jugamos a la pelota un rato con los niños. A dos les pusimos la camiseta de Central en señal de nuestra sana evangelización:

En nombre del Che Guevara, de Osvaldo Bayer y del Negro Olmedo, están evangelizados en el Santo Amor Canaya. Los niños reían conformes e hicieron la Señal Sagrada de los Cuatro Dedos.

Oímos la radio, que está prendida en una casa vecina. Alientan al boliviano a sentirse un americano grande, leen la constitución al aire, hablan maravillas de las riquezas naturales que tienen pero que están mal administradas.

Nos despedimos de todos. Navarro dijo que su madre tenía un buen residencial en Riberalta, que era barato y podríamos alojarnos allí. Buenísimo. Dijo que en uno o dos días estaríamos allá. El viaje se está acabando.

Remamos muy entusiastas, porque el día se prestaba para andar contentos. Se armaron muchas pequeñas tormentas localizadas, mostrando el cielo colores como no habíamos visto hasta entonces.

Muchos monos en los árboles, muchos guacamayos, muchos rayadores. Vimos muchas plantaciones pequeñas. Muy lindo el paisaje.

Desarmamos la carpa porque en sus plásticos se había formado un gran nido de viuditas y nos estaban castigando duro. Ahora navegamos sin tabanitos. Excelente.

Entramos a un arroyo para acortar camino. Para pasarlo de un lado al otro de la canoa de doce metros, Leonardo Ferreyra arrojó mal el último termo que nos quedaba, y éste cayó al agua perdiéndose en el fondo del Beni.

Al atardecer se armó una gran tormenta. Pronto nos alcanzaría. Llegamos a una comunidad. Una mujer que pescaba con un mojarrero desde la orilla nos dijo que habíamos alcanzado el pueblo de Gonzalo Moreno. Entonces se desató la lluvia. El último rayo de sol dibujó en la selva una pintura como no habíamos visto hasta entonces. Los atardeceres del Beni son lo mejor de la vida.

Cuando terminó de llover acomodamos todo y partimos por una calle hacia el pueblo. Era un poblado chico, había electricidad, calles, motos. Preguntamos quién servía cena y nos indicaron un lugar frente a la plaza. Golpeamos y nos atendieron muy amablemente. Era una habitación grande, con muchas sillas alrededor de una mesa no poco extensa. Estábamos nosotros, dos militares, un doctor, una mujer que era maestra, un pibe afeminado de unos treinta años y un hombre mayor, que era el dueño de la casa. Iván Machado se sintió muy incómodo por la presencia de los uniformados, yo por la del afeminado, que se llamaba Eco y no me sacaba los ojos de encima. Ferreyra de dio cuenta y me golpeaba la rodilla en mensaje de burla. Los militares terminaron de cenar temprano y se marcharon. Al irse, Eco empezó a burlarse de ellos, a insultarlos por lo bajo, a tratarlos de coyas negritos; claro: Eco se sentía toda una camba anti Evo. Dio asco la forma en que trataban al coyado. Todos menos el doctor insultaron asquerosamente a Evo, en pos de la soberanía terrateniente de la Media Luna. Escucharlos hablar fue tan feo como enriquecedor. Me hacían acordar a las aventuras del Barón de Münchhausen… El departamento de Pando, para esta gente pro capitalista, era un ser vivo que podía conseguir la autonomía e independizarse del resto de Bolivia, pues tenía petróleo, madera, campos, minería, etc…

«Un día, galopando por los bosques de Münchhausen, traté de saltar con mi caballo sobre una ciénaga que encontré en mi camino. En medio del salto descubrí que era más ancha de lo que pensaba, por lo que, suspendido en el aire, decidí volver atrás para tomar mayor impulso. Así hice, pero también en el segundo intento el salto fue demasiado corto y caí con el caballo no lejos de la otra orilla, hundiéndome hasta el cuello en la ciénaga. Hubiéramos muerto irremisiblemente de no haber sido porque, recurriendo a toda la fuerza de mi brazo, así con él mi coleta y tiré con toda mi energía hacia arriba, pudiendo de esta forma salir de la ciénaga con mi caballo al que también conseguí sacar apretándolo fuertemente entre mis rodillas hasta alcanzar la otra orilla.»

Así de mágica sería la autonomía para ellos. Creo que de darse, pronto acabarían con sus recursos naturales y serían esclavos de las decisiones brasileras.

Una pregunta recurrente en los últimos días: quisieron saber si nos gustaban las zambas argentinas. Claro, respondimos.

El doctor se llevó a Machado al dispensario para practicarle las curaciones necesarias en tu tobillo macheteado. Yo los escuché por un rato más y partí para el campamento. La carpa todavía no estaba armada. El pasto estaba alto e inspiraba poca confianza. La tendí muy precariamente, sin estacas, y me acosté. Todo estaba húmedo. No importa, podré dormir igual. La carpa huele a peste.




Art. 41. de la Constitución Argentina.

Todos los habitantes gozan del derecho a un ambiente sano, equilibrado, apto para el desarrollo humano y para que las actividades productivas satisfagan las necesidades presentes sin comprometer las de las generaciones futuras; y tienen el deber de preservarlo. El daño ambiental generará prioritariamente la obligación de recomponer, según lo establezca la ley. Las autoridades proveerán a la protección de este derecho, a la utilización racional de los recursos naturales, a la preservación del patrimonio natural y cultural y de la diversidad biológica, y a la información y educación ambientales. Corresponde a la Nación dictar las normas que contengan los presupuestos mínimos de protección, y a las provincias, las necesarias para complementarlas, sin que aquéllas alteren las jurisdicciones locales. Se prohíbe el ingreso al territorio nacional de residuos actual o potencialmente peligrosos, y de los radiactivos.
TAPA DEL LIBRO SANTIAGODELRIO Todos éstos están ahora atrapados en nuestro remanso costero:

Índice de la página

¡¡¡Seguimos adelante!!!

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Que nuestros humedales no sean transformados en una pampa ganadera.

Quema de pastizales

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Máxima del libertador

«Humanizar el carácter y hacerlo sensible, aun con los insectos que nos perjudican. Stern ha dicho a una mosca abriéndole la ventana para que saliese: —Anda, pobre animal: el mundo es demasiado grande para nosotros dos.»

José de San Martín.

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SANTIAGO GUARÚ DEL RÍO

LLAMADO A LA DEFENSA DE LA VIDA Paremos la matanza de animales autóctonos en nuestros humedales. Cambiá tu arma de fuego por un cámara de fotos, y ayudá a tu río a que ellos sigan con vida. Sin armas de fuego: Vuelve el Ciervo de los Pantanos a llenar de belleza al río. El Yacaré nos ayuda a controlar la población de palometas. El Lobito de Río otra vez se acerca a nadar junto a nuestras embarcaciones. El Carpincho deja de ser un animal de hábitos nocturnos, recupera su población mermada y vuelve a visitar nuestros campamentos a la luz del día. Sin armas de fuego paramos el depósito contaminante de plomo en aguas quietas. Sin armas de fuego dejamos un ambiente rico en biodiversidad de fauna autóctona a nuestros hijos. ¿Qué río querés vos? ¿El de un paisaje depredado o el de un ambiente rico en fauna? Ayudá a tu río. Recuperarlo es posible. Paremos la matanza de animales autóctonos.

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    Guarú del Río
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    Leer la sexta parte. Expedición Jaaukanigás. Día séptimo. 23 de enero de 2012. Lo que dice Guarú del Río. Me toca adelante, en el doble. Juan Garmín, el cuarto expedicionario, dijo que debemos doblar a la derecha, ahí por donde hay una tapia. Por primera vez pensamos que puede equivocarse… Es extraño. Yabirú Quaranta no [...]
    Guarú del Río

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Decálogo de la Naturaleza

1 No tendrás otros dioses delante de la Gran Madre Naturaleza. Amarás con todas tus fuerzas a la Creación que te ha dado vida.

2 No te harás imágenes artificiales de las cosas que están en la tierra, o debajo de las aguas o arriba en los cielos. Dejarás los árboles donde están los árboles, las aves donde están las aves y las nieves donde están las nieves. No levantarás un bosque donde hay desierto o harás un desierto del lugar donde está el bosque.

3 No tomarás el nombre de la Gran Madre en vano. No repetirás frases como «Todo bicho que camina va a parar al asador» o como «Todo árbol es madera pero pino no es caoba».

4 Acuérdate de tus tiempos libres, para visitar los espacios naturales de la Gran Madre. Seis días trabajarás, pero uno tendrás para acariciar la creación que cada día te da el pan y el oxígeno para que tú y los tuyos puedan vivir.

5 Honrarás a la Gran Madre, para que tus días y los de tus hijos se alarguen en la tierra que te es nido. 6 No matarás a ningún animal salvaje, sino es para alimentarte cuando no tengas otra posibilidad o cuando el que lo haya matado gane, por esa vida muerta, el pan para sus hijos.

7 No cortarás el árbol ni mandarás a cortarlo, si primero no has plantado sus semillas en un lugar seguro, poniendo tu vida como precio por la descendencia de ese ser longevo de esta tierra. No tendrás mueble de madera lenta ni papel que no uses de las dos carillas.

8 No le robarás su pan a las personas que sobreviven por las criaturas de la Gran Madre: ni al pescador, ni al horticultor, ni al cazador, ni al tambero le robarás la dignidad de vivir como vive.

9 No mentirás diciendo que eres lo que no, y serás consecuente si vas a estar de este lado de la lucha.

10 No desearás el árbol, el pastizal, el agua, los animales, las nieves, el oro, los bosques ni el suelo del que ha ocupado la tierra antes que ti y que la ha mantenido sustentable por cientos de años.

http://rioparana.wordpress.com/

Cuando era chico me gustaba cazar a mí también, hasta que traté que una perdiz levantara vuelo para tirarle y, como no subía a pesar de mis pisotones al suelo, al acercarme me di cuenta que tenía cría abajo ... nunca más le tiré con algo a un ser vivo.»

Capitán Martín Burbuja.


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