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Apología
Por más que éste no sea un espacio para difundir actividades como el remo o el canotaje, no ocultamos en lo más mínimo esas pequeñas embarcaciones plásticas que nos permiten llegar ahí donde no todos pueden, pero que quedan muy cerca.
Frente a nuestra ciudad, a minutos de remo, hay ambientes naturales, albardones que forman pequeñas selvas, lagunas que nada tienen que envidiarle al Iberá, cementerios indígenas, animales salvajes que son prácticamente desconocidos para la ciencia, hay cientos de plantas medicinales que si las aprendiéramos a manipular ya no tendríamos que acudir a una farmacia, hay árboles tan longevos que han visto nacer a nuestra Rosario, hay silencios, hay calma, hay vida que nos aborda por todos lados.
Un día un amigo me dijo: el kayak lo que te da es la libertad de llegar donde quieras… donde sea… y por más obvio que parezca hay una gran verdad en estas sabias palabras de Juancho: la Libertad. Recorrer el Alto Delta del Paraná en un kayak es una clara imagen de lo que la libertad representa. Andar, subir, bajar, cortar, entrar, salir, levantar, arrimar, derivar… cualquier infinitivo que se relacione con moverse en libertad le encaja perfectamente a un kayak: nuestro vehículo de plástico.
Por eso esta publicación es apenas una imagen de la libertad, de la libertad de andar cauces, de subir correntadas, de bajarlas, de cortar tapias, de entrar y salir de riachos, de levantar para pasar el albardón, de arrimar a la costa, de ir a la deriva como un camalote.
El kayak es nuestro vehículo: en tan lindo para tener, tan fácil de manejar, tan suave para pasear, tan económico de mantener…
Viva el Río… Viva la Libertad. ¡¡¡Vivan los kayakeros!!!
Un día abrí los ojos
Y al nacer vi que yo era el río.
Crecí, corrí y fui feliz;
Me alimenté de agua ‘e lluvia
Y en larga cañada forjé un cuerpo.
Fui feliz en los remansos y
Alegré al ver un aguapé
Enredado en el remolino turbio
De mis venas.
Y fui canción de corredera
Trinando, con las aves,
Al compás del reflejo ‘e resolana
Que interrumpe con la espuma.
Fui hervidero en lagunales,
Tuve frío y gusto amargo en el estuario,
Transparente en arenales
Y manta ‘e barro en los zanjones.
En una nostalgia de orgullo
Di llorando mi fruto amado
Al hombre manso
Que le dio la historia al albardón.
Espejo de cielo grande
Aún me plazco en mirar mis costas;
Sólo raíz, barro y cangrejal…
Sólo arena, raya y arenal…
Sólo palo caza-tapias y el biguá.
Un día abrí los ojos y al nacer vi que yo era el río.
¡¡¡Si querés conocer a algunos de ésos que nos animamos a la Libertad, entrá en este enlace!!! Acá estamos parte de la familia kayakera argentina.
Y falta algo: una canción que habla de nuestra libertad, en este video que sigue. La canción se llama «La Jaula».
Y por si alguno se quedó con ganas de oír las voces de donde andamos en nuestros ratos libres, invertí unos minutos en ver esto.
¡¡¡Qué lindo que es vivir!!! Pensar que hay gente que se pasa más tiempo haciendo algo que odia, con gente que no ama, en lugar de ser libre y estar con su familia o disfrutando de la naturaleza.
Aprovechando que empieza la estación fría y con ella la época más linda para remar, te imaginás anotándote en una de las tantas escuelitas de canotaje que enseñan cómo ser «feliz» y «libre» saliendo un ratito a mirar a tu ciudad desde la banda. ¿Demasiada utopía, no?
Es demasiado barato y lindo para ser real…
¡¡¡Viva la vida y vivan los locos que transforman las utopías en realidad!!!
Un cuento del AKU
El alumno
Muchas historias del río parecen encerradas en la nostalgia de un tiempo imaguaré, cuando los sapukais rompían el silencio del monte, o cuando el yacaré era el señor de los esteros. Aun así, y como es mi intención destacar, todavía se suceden maravillosas anécdotas que dejan entrever que el tiempo de la mística sigue marchando, que las letras chamameceras, las canciones y las leyendas litoraleñas, todavía tienen motivo de inspiración, si queremos que nuestra traza siga adelante.Es cierto que las islas aún guardan misterios ocultos. Pero cada vez menos nos atormenta el llanto del crespín o las apariciones del carpincho blanco. Ocurre que las nuevas historias incluyen lozanas y renovadoras musas, muy distantes de aquellos mitos. Hoy, decenas de narraciones cantan al hombre perseguido que escapó de Coronda, a la venganza de las gatas peludas que avanzan río abajo, o al ecosonda que encuentra la silueta de un monstruo semienterrado en las profundidades del canal.
A pesar de todos estos cambios, la tradición litoraleña nos estimula a mantener vivas las letras de nuestros viejos poetas. Así, las «Monedas de Sol» de Chacho Müller brillan con el mismo esplendor de antaño, y la «Canción de Cuna Costera» de Linares Cardozo sigue durmiendo al gurí que sueña con ser pescador. Pero debemos saber que el nuevo hombre también ha llegado al delta, ha visto con sus ojos color cemento y, a golpes de aire puro, ha matizado también su río. Ahora distingue un curupí de un aliso, un remanso de una corredera(1), un moncholo de un patí, un dos hileras de un bandoneón. Las obras nuevas abren las puertas a quienes disfrutamos de la prosa y el canto, renacidas del puesto vacante que dejaran nuestros viejos poetas.
Esta vez, no sé si fue por voluntad o fuerza mayor, pero debí salir lejos y caminar hasta una laguna para buscar esa porción de misterio. Tuve que atravesar un albardón lleno de mosquitos y sauces, sortear los cardales secos, pasar por yuyeríos espinudos, enterrar las botas en el barro y, una vez sorteados esos obstáculos, por fin esperar. Ahí estaba yo… solo… con un telefonito celular en las manos y un paisaje gigantesco ante mis ojos —SIN SERVICIO—.
A lo lejos se veían enormes los puertos cerealeros y, detrás de ellos, un fuego que encendía con furia las nubes blancas del poniente —UNA RAYITA DE SEÑAL (pero está en modo analógico)—. Un poco más acá se acostaban los esteros interminables del paisaje islero.
Una garza mora apareció entre los pastos, dio varias vueltas por la zona y se perdió detrás de unas arboledas —DOS RAYITAS (sigue analógico: lo apago y lo vuelvo a prender para ver si pasa algo)—. Una pareja de zorzales de pecho colorado se arrimó a la escena, curiosos del ser humano que apretaba botoncitos, al tiempo que revisaba el fondo del agua, caminando con cautela y blandiendo su machete —HOLA, DULCE (el saludo inicial de mi teléfono)—.
—¿Serán taruchas o sabalitos? —Algo se movía entre los camalotes. El río, aunque mostraba unas leves subas por aquellos días, estaba pronto a bajar y estos charcos no tenían salida—. Si los agarro con el machete van a la fritanga; total… igualmente están condenados… que los coma yo o los caranchos… —Me lamenté de no tener una fija(2) en ese momento— DIGITAL, CON UNA RAYITA (capaz que tenga suerte).
Me di cuenta que eran sábalos, los de lomo negro, y no eran tan chiquitos.
—A ver si llego —pensé.
Caía la tarde y la mosquitada se hacía cada vez más insoportable —DIGITAL, CON DOS RAYITAS—. Cada vez estaba más cerca del animal.
—Ya te tengo. No te me escapés, por favor —estaba tan cerca—, que te aso ahora mismo. Te veo y me hace ruido la panza.
Aguanté los mosquitos, que ya tenía de a docenas en el rostro, elevé el brazo que empuñaba el arma y preparé el golpe certero. Elegí el lugar exacto donde iba a dar machetazo: entre la branquia y la aleta pectoral.
—Ahí voy —pensé, pero entonces ocurrió:
—TI TI TI TI TI TI (¿eh?) MENSAJE RECIBIDO.
El sábalo se ahuyentó con el ruido. ¡Se fue!
—¡Ay! Se escapó. ¡Qué odio! ¡Qué tremendo mi fastidio! —vociferé insultos en cantidad; por supuesto, dije groserías mucho más fieras, pero me da un poco de pudor repetirlas en este momento, que lo cuento en frío.
Después de aventar los mosquitos miré al aparato culpable de la fuga del pez.
—LEER (decía la pantalla, haciendo referencia el nuevo mensaje que había receptado) —mis sensaciones en aquel momento se parecían a una mezcla de bronca e intriga—. ¿Será de ella? —como por arte de magia, la totalidad de mis exasperaciones se volvieron sosiego y puras ansias.
El sol que se alejaba y la luna que asomaba al este, miraban, rojos de celo, cómo mis ganas de leer el mensaje tan esperado hacían temblar las puntas toscas de mis dedos callosos, buscando desesperados en el pequeño aparato las respuestas a los grandes sigilos de la juventud.
Nota de Facundo Santoro, censurada luego por Juan Olivera cuando la historia se publicó el la página oficial del la escuelita de canotaje: «supongo que, si el Señor me lo permite, años más tarde y al releer estas líneas, encuentre poco oportuno creer que Paolo utilizara de forma atinada la palabra juventud para identificar el momento donde el amor se presenta como un misterio por el cual nos enfermamos, hacemos humillantes manifestaciones públicas o, por el contrario, nos hacemos de la fortaleza para prescindir de casi cualquier cosa que no se parezca al placer de ocultarse en los ojos cálidos de la mujer amada. De lo contrario, si entiendo que juventud es la palabra acertada donde se encuadra el misterio del amor, entonces mi vida habrá dejado de tener sentido, igual que la de todos ustedes. Seguramente, si aún permanezco con vida: si aún no he cometido un suicidio, me hallaré llorando entre las sombras del muchacho que fui en este pasado… que fui en este presente que se me habrá vuelto tan lejano.»
Mis ojos se llenaron de regocijo al ver las letras oscuras en la pantallita verde:
—QUÉ CALOR EN ROSARIO. TE EXTRAÑO MUCHO. CONTAME QUÉ ESTÁS HACIENDO DE LINDO.
Volví al campamento. Habían hecho fuego y estaban, como dijo don Julio Migno, «vistiando de humo las mosquitadas». Lo abracé al profe Juan y le comenté que mañana íbamos a hacer fijas con troncos de aliso para ver si agarrábamos unos sábalos. Me miró desconfiado y retrucó:
—En esta escuela no matamos peces ni cortamos árboles.
Igualmente le agradecí. Los ayudantes del profe (que en realidad habían ido al raid a tomar vino y a jugar a las cartas) rieron al ver la escena. Esa noche los oí: recordaron con Juan cuando robaban armados en los espineles de los pescadores distraídos, y cuando, a golpes de machete, desmontaban alisales enteros para armar aleros contra el sol y benditos(3) para repararse de la lluvia.Segunda nota de Facundo Santoro: «Durante un asado en una guardería para kayacs, yo escuché a Paolo Cardozo relatándole esta historia a los integrantes viejos del Círculo Rosarino de Canotaje. Recibió aplausos y ovaciones.»
BIENAVENTURADOS LOS QUE ELIGEN AL CIELO COMO TECHO Y A LA TIERRA COMO NIDO.
Referencias.1 Corredera: agua desplazándose de forma veloz por un cause angosto o en las proximidades de una barranca.
2 Fija: lanza que se utiliza para chuzear en las lagunas claras o en bancos de arena. En las márgenes del río Teuco o Bermejo, los wichis y los tobas la utilizan aun en las aguas oscuras, haciendo lanzazos ciegos desde la costa, pues la falta de acopiadores de pescados (cerdos empresarios: en Victoria, cerca nuestro, tenemos varios ejemplares de esta basura) permiten la abundancia ictícola.
3 Benditos: rancho muy precario. Por lo general, hecho a partir de un travesaño, desde donde se descuelga sólo un nailon a dos aguas.
































































































































































































































Los que se animan a levantar su voz