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El Crespín
«Cuando uno ha visto a un chiquilín reírse a las dos de la mañana como un loco, con una fiebre de cuarenta y dos grados, mientras afuera ronda un yasiyateré, se adquiere de golpe sobre las supersticiones ideas que van hasta el fondo de los nervios.»; Horacio Quiroga.
Horacio Quiroga… loco, genio, suicida.
Esto aconteció durante un fin de semana del verano de 2003. Juan Olivera, el profesor de canotaje, Fabián Trevisanut, el técnico en seguridad, y Kiara Osorio, la bella estudiante de lingüística, salieron a remar un sábado de mucho calor rumbo al Paso Destilería, un brazo del Paraná que se define entre las localidades de Capitán Bermúdez y Rosario, pero un súbito temporal imposibilitó el retorno a la guardería. Debieron quedarse a acampar.Hacia la medianoche el viento amainó, pero ya era muy tarde para volver. El calor, con su manto de humedad, cubrió nuevamente al paisaje islero.Cuando se acostaron, al apagarse las últimas brasas, un ave inició su canto desde uno de los sauces que estiraba sus ramas por sobre la carpa.
Pi pii…
A los pocos segundos —tres o cuatro— otra vez.
Pi pii…
Ninguno de los tres habló, es normal que las aves canten en las noches estivales.
Pi pii…
No le dieron mayor importancia y se acomodaron. Osorio ubicó su hamaca enrollada debajo de su cabeza, Trevisanut acomodó la bolsa de dormir bajo su cuerpo, Olivera se echó sobre su aislante. Hablaron tonterías por un rato, y al fin se dijeron las buenas noches.
Pi pii…
Afuera seguía la criatura.
Pi pii…
Kiara Osorio ya contaba los segundos entre trino y trino.
Pi pii…
—¡Qué pájaro! ¿Qué es ese bicho? —preguntó nerviosa.
—Un crespín —explicó Olivera—. El que llora en las canciones del monte.
Pi pii…
—Habría que salir afuera y tirarle un piedrazo.
Se taparon los oídos con los protectores que el técnico en seguridad industrial traía en su kayac. —Lo que pasa —explicó Trevisanut— es que, cada vez que venimos con mi hermano y mi primo a la isla, estamos toda lo noche de joda y cuando me quiero acostar, que ya es de día, empiezan a cantar todos los pajaritos, y me vuelven loco… Por eso traigo los tapones.
Pi pii…
El canto no acababa y los protectores apenas si disminuían el trino.
—¡Ah! Yo voy afuera —salió Olivera enojado, casi desnudo, y comenzó a arrojar, apuntando a las partes altas de los árboles, las leñas secas que habían quedado sin quemar bajo el alero de la carpa. El ave hizo silencio.
—¿Le diste? —preguntó Trevisanut.
—No… Ni idea dónde estaba, pero se ve que se asustó.Los tres, totalmente exhaustos, cerraron los ojos y trataron de dormir. Pasaron algunos minutos. Fabián Trevisanut ya comenzaba a roncar.
Pi pii…
—La puta que lo parió —la estudiante de lingüística hizo uso del idioma.Dejaron de hablar, sólo se taparon los oídos y trataron de dormir.
Pi pii…
—Es como una gota de agua que te cae en la frente —se quejó Olivera—: es una tortura.Pero por fin el cansancio fue más fuerte y el manto de oscuridad, suavemente, cayó sobre los ojos para velar el discernimiento.Apareció la criatura extraña y me miró de frente, primero con desprecio y luego, al verme indefensa y sin armas, con algo de lástima. Era misterioso, morocho y de cara ancha. De muy baja estatura y, lo más extraño, sus tobillos parecían estar doblados en 180 grados cada uno, como si le hubieran retorcido los pies.Qué extraño Golem fabrica mi inconsciente mientras intento conciliarme con el sueño. En mi cabeza aún sigue trinando, en un intervalo constante de tiempo, el fatídico crespín.
Somos barro, arena y somos raíz;
De la tierra despertamos…
Nos hacen las sales del suelo,
El agua mansa de los riachos
Y las fibras de los árboles.
Somos carne de animales
Que ceden su andar para
Darnos un cuerpo.
La tierra nos da sus frutos
Y el Gran Espíritu nos presta un alma.
Alguien alguna vez pensó estas palabras. Seguramente ya la habrán filosofado muchos otros antes que yo pero, después de tantos siglos, esta criatura me pide plasmarlas en una cama eterna, que sea condena de aquellos pensamientos que llegan a morir en su lecho justo en el momento en que son dados a la luz.
Esa extraña criatura me habló de las cosas de antaño.
Vos, que sos extranjera
Hasta la centenaria heredad,
¡Hasta que llegue otro más fuerte!
Vos, la de la casa caliente
Y la mirada fría…
Vos, que necesitaste asesinar al Hijo
Para poder sentir la culpa…
Vos, vos sos bienvenida.
Pero dale luz a mis palabras,
Que sólo fueron oídas por los historiadores
Para la estadística del museo
O como musa de algún poeta mediocre,
Porque tu historia fue hecha feriados
Y la nuestra: sólo museos y leyendas.
Y sabé, cara pálida,
Que uno solo es el lenguaje de la tierra
Y no fue babelizado,
Dice así, cada vez que te habla:
Vos, quedate
Para hacer más fértil
El suelo que te fuera nido.
Kiara Osorio; enero de 2003.
A la mañana siguiente los tres lucían enormes ojeras. Con ayuda de unas pajas secas prendieron el fuego y hablaron sobre el ave que se había posado en alguna rama, por encima de la carpa.
—Casi no pegué un ojo —dijo Trevisanut.
—Yo —agregó Olivera— soñé que perdía todo el habla y sólo podía decir Pi pii, quería comunicarme con mi mamá y sólo emitía un Pi pii. Ella lloraba porque pensaba que yo había perdido la cordura. Después aparecían mi papá y mis hermanos y todo seguía igual.
—Lo mío —habló Branda Osorio— fue extraño. No sé… Cuando llegue a casa voy a ponerme a repasar algunas historias del litoral. Anoche soñé que un duende me pedía que escribiera cosas.
Oh, crespín misterioso que te apareces en los veranos litoraleños. El canto del crespín.
PUBLICACION DEL 30 DE JUNIO DE 2008.
Otra vez la mismo pregunta. Pero ustedes, ¿pára qué van a la isla y se pasan allá todos los fines de semana? Si allá… si allá no hay nada.
No hay nada en la isla. Puede ser. Para estas personas, les mandamos la crónica de un fin de semana común y corriente, en la isla, a breves dos horas —o menos— de remo desde Rosario. Un campamentito sólo para descansar, como hacemos cada fin de semana. Lo cuento como cuando escribo en mi libretita. No se enojen por los errores o la letras que me como.
Abro los ojos. Es de mañana. Sigo mareado. Pensé que se iba a pasar con dormir un rato. Pero no… ahora duele más. Descubro un pequeñísimo corte en el parietal izquierdo, y en el labio inferior. Espalda otra vez sobre la cama. La radio un ratito. Programa sobre arte urbana, o algo así. Habla Carlos Galli, el director de la revista El Vecino. Habla mucho. Duele la cabeza. Sábado a la mañana y alguien que no para de hablar. Apago la radio. Los sábados deberían ser silenciosos. Toda la semana estuve escuchando gente que habla y habla —conferencia ecologista, los consejos de Calixto, teatro, mis alumnos, personal docente, los dentistas que trabajan en mi casa, mi mamá, los ladridos de Maleva—. El sábado no. Todo adentro de la mochila. Ropa, más ropa, libritos y la libretita. Listo. Toma la bicicleta y arranco a lo de Nacho. No puedo seguir la línea de brea de la calzada. Voy en zigzag. No está bueno.
Nacho me dio las tapas de su kayak. Ahora a visitar a mamá. Por la avenida no porque me van a llevar puesto los autos. Hola, ma. Te traigo la ropa sucia. Qué te pasó que estás como borracho, me pregunta. Nada. Tuve un problemita en el centro, anoche. Te emborrachaste, insiste mamá. No, ma… me quisieron robar y me pegaron. Pero, hijo… Nada, ma… estoy bien. Ya me revisé la cabeza y no tengo nada. Ni un chichón. Y esos cortes, pregunta llorando. Chau, ma. Me voy al río. No tengo nada. Querés unas facturas, me pregunta. Sí. Qué bien. Me llevo las facturas.
Leonardo Ferreyra, el bioquímico de barrio Refinería, no había llegado. Estaba Sole. Voy al Sitio, me dijo. Vamos. Lo espero a Leo allá. Estás bien, me pregunta. Sí, Sole, todo bien. Vamos. Hace calor y las ojotas sostiene unos pies blancos y fieros. Hace rato que no pegábamos un finde así de lindo.
Pasamos un barcito llamado Popeye. El dueño, Julio, era proxeneta de los empleados de la conexión Victoria-Rosario. Él les llevaba chicas por las noches. Las buscaba de la villa miseria donde doy clases. Hace rato que Julio no aparece por su bar. Algunos dicen que fue asesinado. No lo sé.
En el Lugar están acampando Mati Chico y mi tocayo silencioso. Nos saludamos. Preguntas típicas de los kayakeros: ¿Se quedan a la noche? ¿Dónde van? ¿Hace cuánto que están? Típicas.
Se fue el mareo. Qué bien. El río cura todo. Casi todo, porque a lo que ando añorando, no me lo hace olvidar ni el rumor del Guayra. Pasando el viejo hornito de barro, unos amigos de Leonardo lo saludan. Él los invita a venir con nosotros, ellos dicen que no. Sole, con cara de enojada, les dice que ella no muerde. Los chicos ríen. En el AKU —donde acampaban frecuentemente los antiguos miembros de la logia— nos saluda Dobson —ex Combatiente de Malvinas al que respetamos muchísimo—. Preguntas típicas. Pasamos un hermoso sauce a punto de ser devorado por el río y un viejo llamado Federico le propicia piropos a Sole. Debe ser el calor, que altera las hormonas. Llegamos a los alisales cercanos a la Boca de la Milonga, y Sole y Leo no hacen más que pelear. Sopla el norte: viento de los locos.
Cuando pasamos el Primer Zanjón, ellos discutían sobre si es bueno o no ser celoso. Unos chicos, en sunga y con la piel blanca como la teta de una monja, le dicen a Sole que no son celosos, que bla bla bla. Sole les dice que ella ya tiene dueño. Yo les pregunto si están disfrutando los últimos días de la semana por el Orgullo Gay; ellos ríen y dicen que sí. El calor nos libera a todos.
La tarde nos encuentra en el segundo zanjón. Qué lindo día. Juntamos leña, preparamos un sábalo para cocinar a la noche, y nos pusimos a matear. La tarde se va lenta y llega el frío.
El sábalo salió muy rico. Limón, pimienta y sal.
Una estrella fugaz gigante se desarma en el cielo y cae en pedazos. Magia. Estuvimos muchas horas cantando y riendo. Desde abajo, los troncos de los sauces se ven colorados por el fuego que no se ha apagado. Me he tapado. Envuelto en la bolsa de dormir. Hace frío. Leo y Sole discuten a lo lejos. Qué densos. Debe ser el frío.
Yo pienso. Pienso. De a ratos estoy contento, de a ratos mal. Pienso en el suceso de anoche, cuando me golpearon en el centro. Pienso en el error que me mandé esta semana con un niño en la escuela —una especie de mala praxis pedagógica—. Chispas que suben lentas, que esquivan las ramas más bajas de los árboles. Hace frío. Lo siento en la cara. Leo y Sole callaron. Al fin. Entonces veo otra estrella fugaz que pasa brillante por arriba de nosotros. Los ojos se cierran.
Todo es siluetas oscuras. Toso. Del fogón sólo queda un tibio rescoldo debajo de las blancas cenizas. Los ojos se cierran.
Por qué no te vas a mear más lejos, pregunté. Qué pasa. No eran humanos. Mucho ruido. Una chancha enorme con su cría. Había chanchitos por todos lados. Le grito desde el suelo y se van. Cierro los ojos.
Leo se enfurece con el ruido que hizo la chancha.
Mis alumnos están en la puerta de la sala de maestros y me dicen que no entre. Chicos, los reto, tengo que ir al baño. Los hago a un lado y paso igual. Oscuridad. La luz está cortada y no encuentro las perillas. Veo solo sombras en esa habitación. Voy hacia el inodoro y atropello algo en el camino. Quejido largo, lento, bajito. Un suave lamento que llegaba de lo que acababa de pisar. Los ilumino con un encendedor y descubro que son extraterrestres. Dos. Viejos y cansados. Te trajimos las cosas para tu último viaje. Ya no vas a volver de éste. Señalan un costado, y logro diferenciar una mochila muy grande. Frío en la rodilla derecha. El extraterrestre que me había hablado vomitaba sobre mi pierna. Pobrecito. Tose y me pide disculpas con los ojos rojos de dolor. Mi rodilla tiene vomitada fría de un ser de otro lugar. Siento mucho frío en la rodilla. Asomo la cara por la bolsa y veo que el aislante ha quedado lejos. Rodé varios metros y tengo las piernas apoyadas en una chapa fría y mojada por el rocío. Ruedo para regresar a la colchoneta. La bolsa de dormir está mojada a la altura de la rodilla. Frío. Sin salir del saco, extiendo la mano, alcanzo el poncho que uso de almohada, y cubro mis piernas para zafar de lo mojado. El tarro de la cámara de fotos será la nueva cabecera. La luna aparece. Es una sonrisita menguada. Los ojos se cierran.
Ruido. Quiero orinar. ¿Es de día? Otra vez la chancha y su piara joven. Está al lado mío. Recojo las piernas, preparo un impulso y PUM. Patada al cuarto derecho. La chancha grita y corre. Lleva una bolsa en la boca. Algo robó.
Los ojos se cierran.
Una silueta en la costa. Qué hacés, mono, le pregunto a Leo. Meo, responde. Tirale unas maderitas a las barazas, así se arranca otra vez. Hay mucha neblina y va a quedar todo mojado.
Los ojos se cierran.
No resisto. Tengo que orinar. El alba empieza a rayar lentamente. Todo es neblina. Avivo el fuego. Escucho un motor, y la lancha se acerca a la costa. Voy bien para los Meones. Va bien, sí, hago eco a su pregunta. Porque nos perdimos por acá. Sí, pero va bien. Cuando pase el rancho, empieza a meterse en el brazo. Va bien, pero ojo con los troncos y los arenales.
Le niebla no permite ver a cien metros.
Preparo el mate. Amanece. Yo soy el primero en levantarse. Y las facturas que mandó mi mamá, les pregunto. Estaban acá. Recordé la chancha con la bolsa en la boca. Leo me confirmó la pérdida del alimento.
Salimos a caminar por el albardón. Recorremos las lagunas escondidas, y llegamos al campo abierto. Qué bueno. Lleno de patos y aguiluchos. Pasamos varios terraplenes hasta dar con un enorme charco. Sobrevuelan dos chajás, y una cigüeña nos mira de lejos. Decenas de patos bajan a buscar el agua, y el sol nos permite una ligera siesta. Leo encuentra una yarará en el pasto. Son hermosas. La gente, por bruta e ignorante, las mata. Son muy venenosas, pero jamás atacan. Son animales maravillosos.
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Son muy venenosas, pero jamás atacan. Son animales maravillosos.
De vuelta al campamento hay que volver a los mates y pensar en el almuerzo. Unos fideos con una cremita. Muy sencillo. Muy rico.
¿Para qué más?
Siesta al sol. Qué lindo.
A mi casa urbana porque tengo que volver temprano. Qué mal.
Mañana es lunes. Ya llagará el nuevo sábado. Mientras, habrá muchísimo para hacer en estos cinco brevísimos días que faltan.
¿Pára qué van a la isla y se pasan allá todos los fines de semana? Si allá… si allá no hay nada.
Crítica sobre Ruedas
Para los que no saben dónde vamos… Miren esto: Masa Crítica Budapest.
MASA CRITICA no es una organización. Es una coincidencia no organizada, es un movimiento de bicicletas en las calles, un paseo mensual para celebrar el ciclismo y para afirmar los derechos del ciclista en las calles. Es una idea y un evento. Es grátis. No es una carrera. Es sólo por diversión.Sucede cuando muchos ciclistas se reunen en el mismo lugar, a la misma hora y deciden pedalear juntos el mismo recorrido por un rato.
SOMOS EL TRÁFICO
¡¡¡Te esperamos el próximo primer domingo!!!
Contacto: masacriticarosario@gmail.com













































































































































































































































































Los que se animan a levantar su voz