La gran fiera de la hondura…
el alma que en garras de tiempo y
correderas
dibuja costados al viborón.
I Yara:
no obstante su grado,
de arisco a nervioso,
de embestidas de golpes su andar.
Es marejada y remanso,
es corredera y empalizada.
Es dolor y sorpresa.
Yaguarón:
la bestia que es fiera,
la de garras filosas,
la de uñas de barro,
no es del tiempo rehén
y surca… socava… acomoda sin tiempo
en la Casa del Agua.
En la Casa del Agua una es la morada de Yaguarón
y no hay magna vastedad que su atalaya…
que no es morro, mangrullo o cerrito,
sino hondura…
pozo donde un remanso
amansa a Pirá Añá —de calmo nomás—
y dibuja su lecho con rayas cansadas.
Bejuco rastrero que se aferra de puro amor al árbol, que es uno con ella y por miedo al hombre que te ha sentenciado, pequeña mía, a encarnación de Añá tentando a la india desnuda para que deje de ser una con el mundo y se vuelva el mundo para ella; pero que ha sido ella, como toda carne que no sacia, quien te ha arrastrado a que te asgas, cual bejuco inerte, de la chilca costera pasando por rama.
Puta la hembra que pare las fieras, puta la hembra con cara de madre, con brazos que abrazan, con lengua que arrulla la canción de cuna que, fuera de calma, su fin es adormecer en el largo letargo de una vida que no será fuego ni hielo, sino mera tibia masa.
Tú con frío, bejuco enroscado, ni en tibio arrullo de adormecimiento serías la puta que tienta.
No es que faltas por pobre, ni por perezoso, por cómodo o cobarde. No por distante, dificultoso o intangible. Tú no has visto ni oído, ni palpado o suspirado.
Cuando el árbol se inclinó vedando o marcando la huella, tú has bajado la vista buscando la carta, la pantalla, el rumbo, y ese ser no ha sido más que un objeto, un obstáculo o un mero mojón que sólo recordarías si el instante hubiera pasado del sensor a la memoria.
No has estado si cuando el pájaro cantó sólo para ti, tú has callado el monte, apurando el motor, encendiendo una radio.
Por eso es que habrás pasado, pero no has estado. O habrás soñado desde la banda firme lo que no estarías dispuesto a andar ni conocer.
Hay veces que pienso que nadie, o pocos, hemos andado y conocido. En tiempos del descubrimiento significaba gozo, euforia, pertenencia celosa. Hoy, con la bruma levantada, apena hasta las lágrimas.
De los rojos a los negros… o azules fríos en los turnos de Yasí Yara. Nada hay más calmo si dejamos salir los tonos nuestros, putrefactos, latentes, más oscuros que la noche, libres para no volver. Nada más turbulento que echarse en el suelo, mirar sin enfocar, distinguir hojas de un sauce sacudirse con la masa térmica sin orden, que nace del fogón que no cesa su nervioso baile al compás de melodías vocalizadas apenas en un suspiro entre mil golpes de la leña que revienta, fuego cuya danza se vuelve sincopada, confusa, sus voces anacrusas, desordenadas, leves mientras ahí esté la madera, pero en la inmutabilidad del hombre echado sobre el suelo, la burbuja de fogón calma, enfría, calla en la coda silenciosa de las blancas cenizas, que entonces simplemente serán negras.
El sauce es el eterno condenado. Pionero del banco de arena y barro; pionero predestinado a caer, a cederle paso al agua que busca rumbos. Gigante que acaba antes de la vejez. Pero al fin: soldado que después de muerto sigue dando pelea. No rueda el raigón y se aferra… y emana el perfume que muy pocos hemos olido cuando, soñando con formar un nuevo banco para su descendencia, entona la canción de la muerte, que es voz común de todas las florestas.
Fuimos sombra, firmeza y reparo,permitimos anidadas y descansos.
Te hemos guardado, aire, en nuestras fibras,
te hemos amado, sol, con nuestro verde. Saboreamos del vigor, la permanencia
y a la tierra devolvemos nuestras vidas;
a la sangre leve y dulce de este mundo
entregamos nuestra sabia. y a la tierra de los padres devolvemos la madera.
Palabras del Poeta Entrerriano Juanele Ortiz:
Todo el día mi alma hoy estará suspensa de la voz del agua, como en un sueño mojado. ¡La voz del agua dulcemente cierra el mundo! Todo el día seré un niño que se está durmiendo. La vida será solo una voz querida.Nosotros bajo techo, encerrados, amontonando humanos de paso, sin posibilidad de salir, de volver… Pasó cuánto tiempo…
Un día de pronto del cielo cerró sus puertas y ya no llovió. Y esta vez no fue una tregua, un amague. No hubo cuervos, tampoco palomas liberadas, pero un chiviro pampa se acercó a la mesa, aún mojada, sirviéndose de las migajas que entonces no eran sino una baba amorfa con base de trigo. Come un chiviro, señal de buen tiempo: vieja ciencia de los poriajú.
Y pudimos seguir con nuestro viaje por lo sitios donde pocos han visto.
Desde el atalaya de Yaguarón
llevan voces
de Temple y paciencia:
Que en la casa del agua
Hay una estrella en la bruma:
Tú
Sin prisa
Sigues al morir el tiempo
Y eres la noche…
El rostro que no te has visto
suspira…
Se ve calmo
Al otro lado del río.
Vasta… leve… difícil…
tú… al otro lado.
Y te llevas algo,
y te guardas un poco
Tú, sin prisa…
en la casa del agua.
Güembé de la selva…
¿Qué aguapé
Ha echado raíces?
Si él, que de lejos,
se ha ungido de delta…
Tú, de aquí,
sin prisa…
has esperado al alba…
y sigues
al otro lado del río.
Temple y paciencia…
Así dibuja Yaguarón…
Y tú,
sin prisa,
en la casa del agua…
con la muerte del tiempo.



























































































































































Los que se animan a levantar su voz