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11
ago
09

Invierno: matices y frutos

Muy cerca de casa, apenas a un cruce y unos remansos de distancia.

Río Paraná en el Invierno

Turtuga de Río

Río Paraná en el Invierno

«La actividad que nosotros desarrollamos podría enmarcarse dentro del gran conjunto del canotaje deportivo. En este marco, podríamos diferenciar lo que sería la disciplina relacionada con la navegación placentera o de travesía —muy diferente al de competición— que busca recorrer paisajes sin la necesidad alcanzar un objetivo antes que un adversario. Discriminando matices en esta actividad, observamos un nuevo subconjunto dentro del canotaje sin fines competitivos y, sin todavía un nombre que lo defina, existe también el ejercicio de montarse al bote sólo para coleccionar horizontes…»

Río Paraná en el Invierno

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—No sé qué carajo es lo que nosotros hacemos. No sé… No sé si te lo puedo definir —Facundo Santoro, el poeta y ensayista del barrio Arroyito, pensaba cómo explicar su forma de amar al río en un pequeño ensayo que intentaba, desde hacía varias semanas, entregar para una revista de divulgación barrial y para algunas publicaciones en internet sobre la disciplina del canotaje—. Hacemos campamentos, llevamos libros para leer, nos enriquecemos escuchando por horas a los isleros, sacamos fotos, estudiamos, dibujamos, miramos cómo el viento mueve a los árboles, buscamos cerámica indígena, remamos sin rumbo. Esas cosas sí las hacemos, pero cómo lo escribo para que parezca una disciplina. No sé.
Hacía tiempo que la musa de Santoro había rumbiado, tal vez colgadas de una baba del diablo, para otros lados. Por aquellos tiempos, apenas si era inspirado por esas telarañas enormes que colgaban, formando complicados condominios en los rincones de la pequeña casa que alquilara en la calle Reconquista de Rosario.
Facundo Santoro era una nada sin ideas que no podía tomar la hoja de papel, que no podía sentarse en la computadora, que no podía crear. Su vida daba vueltas alrededor de la observación de arañas y esa improductividad, a la que siempre temió, por primera vez lo tocaba de cerca. Sentía que no tenía nada para contar; por primera vez en su vida no tenía nada para contar.

Río Paraná en el Invierno

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«Nosotros remamos con paciencia por horas, y por horas también escuchamos a los isleros, y tomamos mate y miramos a los árboles que se mueven con el viento… y a las babas del diablo que…»

—No… Esto no —se lamentó otra vez, y borró todo lo escrito antes—. No es eso…

«Esa pelotudez es justo lo que no somos como kayakeros. No es eso. Cuando me siento en el bote siento que abajo del casco todo se mueve: que estoy sobre una criatura viva y que floto sobre algo que no se detiene… que si me quedo inmóvil seré arrastrado sobre su lomo hasta el estuario lejano y peligroso. Cuando tomo mate no descanso en la compañía de una amistad sino que, por el contrario, voy buscando, en los sonidos de la bombilla que chupa aire, las voces del antiguo guaraní buscaba en la infusión la energía para soportar la dura esclavitud del yugo español, al tiempo que trato de imaginar las manos sucias y hermosas del mencho: tarefero argentino con destino de miseria, que cortó la yerba en el monte misionero para llevarla hasta un establecimiento gringo. Cuando miro el árbol moverse no me interesan sus hojitas estúpidas practicando una danza, más estúpida todavía, con el viento que lo mueve: veo lo inmutable del tronco y reparo que han pasado decenas de años para que este timbó llegara a plantarse así de majestuoso ante la tormenta; observo lo flexible y delicado del palo bobo para entender lo necesario del aliso en este susceptible equilibrio entre erosión y sedimento. Cuando escucho a un islero no me interesa parecerme al tonto citadino que pone cara de asombrado y alegre ante lo exótico de enfrentarse a una persona con una cosmovisión diferente, sino que trato de volver a ser el niño que hace veinte años —tan pocos— corría hasta la casa del vecinito serrano para salir a andar montes a temer pomberos y mamulas ; trato de ser el niño que salía con la gomera a cazar palomones, para guisiarlos luego en el rancho de los compañeritos de la escuela que no tenían ración de carne en su dieta; trato, por todas las fuerzas, de volver a encontrar en mí al niño que no reconocía al otro cultural sino como a un amigo, y trocaba los chicles lindos que le regalara mamá por buenas y olorosas tripas de sábalo para encarnar en el muelle donde el hijo del pescador ayudaba a su padre. Cuando estoy delante del islero, bajo la mirada para no ser irrespetuoso y trato de encontrar a los dos niños que jamás prestaron atención a sus diferencias, y el islero lo sabe… y por eso no se avergüenza de reír y llorar como un pequeñito delante de mí… que también río y lloro con él. Cuando vemos el fuego delante de los ojos no buscamos diablitos entre las chispas ni momentos esotéricos para salirnos de lo «real»; recuerdo una conversación del otro día, cuando chatiaba sobre lo que era el fuego con Ciro: el amigo que está encerrado en un psiquiátrico:

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Ciro Lorente dice:
claro sí, es un lugar de indefensión ante la naturaleza
Ciro Lorente dice:
uno está acostumbrado a los placeres de la seguridad cultural
Ciro Lorente dice:
y cuando estás en la isla de noche, hasta los sonidos naturales son ajenos
Ciro Lorente dice:
el fogón reúne
Ciro Lorente dice:
en lo que hace un back tu back
Ciro Lorente dice:
vos estás con el amigo
Ciro Lorente dice:
si está ahí de noche con vos
Ciro Lorente dice:
es amigo
‘ Facu2003 dice:
ahí vengo y lo proceso
Ciro Lorente dice:
nadie toma una elección de pasar una noche con temperaturas muy bajas, rocío, por momentos mosquitos, si realmente en su alma no tiene un cariño de vencer esas cosas con el que uno quiere
Ciro Lorente dice:
a mí me suena por ahí… ese regreso a lo natural desde la cultura de la amistad
‘ Facu2003 dice:
buenísimo. ¿te lo puedo seudo-plagiar para un ensayito? Ando muy corto de ideas.
Ciro Lorente dice:
jaja claro
Ciro Lorente dice:
es un orgusho

Río Paraná en el Invierno

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Del fuego, la mayoría de nosotros, tratamos de llevarnos un trasfoguero calmo que dure la semana hasta el próximo campamento. Algo de todo esto es eso para lo que usamos un kayak como medio.»

Santoro sopló una araña que bajaba desde el tercer piso del condominio hasta el monitor donde aparecían estas letras.

«Arañas… arañas… Pareciera que volvieran los fantasmas de mi silencio de mediocridad. Estoy sin ideas.»

El poeta miró cómo el animal trepaba por su tela y volvía a acomodar su trampa para moscas. Las arañas de Santoro.

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«Cuando miramos fijamente en la noche, el albardón enseña estrellas tanto en lo alto como en el mismo piso. Enciendo la linterna y entonces aparecen miles de puntos claros de rocío… Y si miramos con muchísima atención, veremos que entre los pequeños astros blancos aparecen minúsculos puntos verdes del color de un tucu-tucu volando en el verano. Esos mini reflejos, que se descubren verdosos al ser encandilados por la linterna, son pequeñas arañas que trabajan de noche, al ras de suelo. Decenas, cientos, miles de arañas en nuestros campamentos. ¿Serán las mismas que amanecen húmedas de rocío, y que se elevan al secarse de sol formando las babas del diablo que viajan por todos lados?
Eso es lo que hacemos en la isla:
– mirar al fuego con el fin de llevarnos a la semana laboral parte del rescoldo que apartamos para calentar una pava,
– mirar estrellas arriba y abajo,
– mirar al árbol para entender qué es eso que enseña, que se transmite al que rema sin querer llegar y que tiene por nombre paciencia. Ya les he dicho tantas veces que de los árboles aprendemos la paciencia.
– Eso es lo que hacemos de nuestro andar por el río: remontarlo sin apuro para tratar de entender qué tiene para enseñarnos ese día: a veces duele, otras dignifica.»

Facundo Santoro leyó estas líneas y las grabó en un archivo de su computadora. «LO QUE NO ES NUESTRO CANOTAJE» fue el nombre que eligió para el documento, que ubicó en la carpeta «BASURA».
—No puedo escribirte lo que me pediste —se disculpó por teléfono con la chica de la revistita barrial—. Primero tengo que limpiar las telarañas de mis musas.
Cargó su kayak con comida y desapareció por varios días.




Art. 41. de la Constitución Argentina.

Todos los habitantes gozan del derecho a un ambiente sano, equilibrado, apto para el desarrollo humano y para que las actividades productivas satisfagan las necesidades presentes sin comprometer las de las generaciones futuras; y tienen el deber de preservarlo. El daño ambiental generará prioritariamente la obligación de recomponer, según lo establezca la ley. Las autoridades proveerán a la protección de este derecho, a la utilización racional de los recursos naturales, a la preservación del patrimonio natural y cultural y de la diversidad biológica, y a la información y educación ambientales. Corresponde a la Nación dictar las normas que contengan los presupuestos mínimos de protección, y a las provincias, las necesarias para complementarlas, sin que aquéllas alteren las jurisdicciones locales. Se prohíbe el ingreso al territorio nacional de residuos actual o potencialmente peligrosos, y de los radiactivos.
TAPA DEL LIBRO SANTIAGODELRIO Todos éstos están ahora atrapados en nuestro remanso costero:

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¡¡¡Seguimos adelante!!!

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Que nuestros humedales no sean transformados en una pampa ganadera.

Quema de pastizales

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Máxima del libertador

«Humanizar el carácter y hacerlo sensible, aun con los insectos que nos perjudican. Stern ha dicho a una mosca abriéndole la ventana para que saliese: —Anda, pobre animal: el mundo es demasiado grande para nosotros dos.»

José de San Martín.

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SANTIAGO GUARÚ DEL RÍO

LLAMADO A LA DEFENSA DE LA VIDA Paremos la matanza de animales autóctonos en nuestros humedales. Cambiá tu arma de fuego por un cámara de fotos, y ayudá a tu río a que ellos sigan con vida. Sin armas de fuego: Vuelve el Ciervo de los Pantanos a llenar de belleza al río. El Yacaré nos ayuda a controlar la población de palometas. El Lobito de Río otra vez se acerca a nadar junto a nuestras embarcaciones. El Carpincho deja de ser un animal de hábitos nocturnos, recupera su población mermada y vuelve a visitar nuestros campamentos a la luz del día. Sin armas de fuego paramos el depósito contaminante de plomo en aguas quietas. Sin armas de fuego dejamos un ambiente rico en biodiversidad de fauna autóctona a nuestros hijos. ¿Qué río querés vos? ¿El de un paisaje depredado o el de un ambiente rico en fauna? Ayudá a tu río. Recuperarlo es posible. Paremos la matanza de animales autóctonos.

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    Este bosque hermoso que atrae musas de poesía y música, sirve de refugio para aves que llegan desde el norte selvático a nidificar a nuestra tierra, da madera, da miel, da medicina natural en abundancia, da harina dulce, da tinturas oscuras para telas, da frutos, retiene al agua de las lluvias, guarda predadores que controlan las poblaciones de roedores pequ […]
    Maximiliano Leo

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Decálogo de la Naturaleza

1 No tendrás otros dioses delante de la Gran Madre Naturaleza. Amarás con todas tus fuerzas a la Creación que te ha dado vida.

2 No te harás imágenes artificiales de las cosas que están en la tierra, o debajo de las aguas o arriba en los cielos. Dejarás los árboles donde están los árboles, las aves donde están las aves y las nieves donde están las nieves. No levantarás un bosque donde hay desierto o harás un desierto del lugar donde está el bosque.

3 No tomarás el nombre de la Gran Madre en vano. No repetirás frases como «Todo bicho que camina va a parar al asador» o como «Todo árbol es madera pero pino no es caoba».

4 Acuérdate de tus tiempos libres, para visitar los espacios naturales de la Gran Madre. Seis días trabajarás, pero uno tendrás para acariciar la creación que cada día te da el pan y el oxígeno para que tú y los tuyos puedan vivir.

5 Honrarás a la Gran Madre, para que tus días y los de tus hijos se alarguen en la tierra que te es nido. 6 No matarás a ningún animal salvaje, sino es para alimentarte cuando no tengas otra posibilidad o cuando el que lo haya matado gane, por esa vida muerta, el pan para sus hijos.

7 No cortarás el árbol ni mandarás a cortarlo, si primero no has plantado sus semillas en un lugar seguro, poniendo tu vida como precio por la descendencia de ese ser longevo de esta tierra. No tendrás mueble de madera lenta ni papel que no uses de las dos carillas.

8 No le robarás su pan a las personas que sobreviven por las criaturas de la Gran Madre: ni al pescador, ni al horticultor, ni al cazador, ni al tambero le robarás la dignidad de vivir como vive.

9 No mentirás diciendo que eres lo que no, y serás consecuente si vas a estar de este lado de la lucha.

10 No desearás el árbol, el pastizal, el agua, los animales, las nieves, el oro, los bosques ni el suelo del que ha ocupado la tierra antes que ti y que la ha mantenido sustentable por cientos de años.

http://rioparana.wordpress.com/

Cuando era chico me gustaba cazar a mí también, hasta que traté que una perdiz levantara vuelo para tirarle y, como no subía a pesar de mis pisotones al suelo, al acercarme me di cuenta que tenía cría abajo ... nunca más le tiré con algo a un ser vivo.»

Capitán Martín Burbuja.


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