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20
ago
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Amazonía Boliviana

arara de mara12

Diario de viaje por la amazonía boliviana.

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05
jul
10

de todos: nuestros ojos tras los pasos del Aliado

Pablo Aliado en una persona como tantos otros, vive en una ciudad, está casado, es trabajador de una fábrica, paga sus impuestos… pero tiene algo, tal vez un don, que la mayoría desconocemos en nosotros mismos. Pablo es un obsesivo de los ambientes naturales y sus detalles ínfimos, así como de la conservación de estos lugares.

Pasen por el espacio de Pablo para descubrir lo que la mayoría no hemos visto aunque estas maravillas, que nos enseña cada vez que presta sus ojos, se encuentren a un paso de nuestras narices.

14
ene
10

Arara de mara 19-01-2008 -Última parte-

DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 19 DE ENERO DE 2008. ADIÓS A ARARA.

Anotaciones en las últimas páginas del cuadernito.

Estamos muy cerca y el ánimo no es de jolgorio como hubiéramos imaginado. Quisiéramos pasar Riberalta de largo… No tocarla, no verla, seguir río abajo: caer por la cachuela Esperanza, continuar nuestra deriva por el Madeiras para dar con el Solimoe y no detenernos camino al mar; pinchar la Pororoca y al fin perdernos en el estuario. Arara puede lograrlo, pero a la vuelta de la esquina nos espera Riberalta. Hace apenas unos días atrás no veía la hora de llegar a nuestra Meca, pero hoy tan cerca quisiera alejarla miles de kilómetros.

Nos consolamos pensando que será un paraíso como Rurrenabaque. Riberalta tendría un muelle largo que entraría más de cien metros adentro del río, por aguas tranquilas y playas, donde asomarían palmeras y árboles gigantes por los costados, encerrando el muelle en una galería verde. Entre pescadores y juntadores de castaña, la inmaculada Catu estaría esperando nuestra llegada, aunque estemos una semana antes de lo que habíamos calculado. En el muelle me estaría esperando una Catu plastilina… moldeable a todos mis deseos y ansias, porque no me he dado lugar a ver quién era ella y la he inventado a partir de mis desvelos. Siempre me ocurre con esas mujeres a quienes no puedo tocar. Me ha pasado con Catu, con la piragüera, con tantas otras. Mujeres plásticas que se estiran, que se doblan, que se hacen firmes y compactas… Una Catu de plastilina estaría esperando en el larguísimo muelle de Riberalta. Tendía un pañuelo atado al cuello, un machete en la cintura, plumas de caburé en los bolsillos de su camisa de trabajo y, en el cuaderno de viajes que guarda en su mochila, una autorización para entrar a las zonas intangibles del Noel Kempff Mercado. Hoy llegaremos a la bella Riberalta, ciudad rodeada de selva virgen, donde los monos te roban la comida y los yaguaretés son adoptados por los niños como mascotas. Hoy me encontraré con Catu y empezaremos nuestros grandes viajes juntos por Latinoamérica, como lo habíamos pactado. Pronto tomaremos Wisky en la cumbre del Illimani, seremos rehenes de Sendero Luminoso, recuperaremos los restos de la Rosinha en el Araguaia, domesticaremos un urutaú y un yasí yateré en Misiones, tendremos por amigo a un yapú yungueño, izaremos una bandera de Central en la cima del Chaltén, cruzaremos a lomo de llama el Atacama… Pronto el mundo sería nuestro. Seríamos jóvenes por siempre. En pocas horas llegaríamos a Riberalta… El residencial Navarro tendría las hamacas y las frescas ensaladas de fruta esperando nuestro descanso.

El sol estaba fuerte. Para soportarlo varias veces tuvimos que tirarnos al agua.

Golpeamos muchos troncos en las curvas. Los remansos y las correderas eran más grandes que las que habíamos visto hasta entonces. Tuvimos mucho cuidado en cada maniobra.

En una recta vimos un enorme árbol derivando. Quisimos ser como los rayadores y viajar sobre él. Leonardo Ferreyra y Paolo Cardozo subieron a la rama que asomaba e Iván Machado y yo quedamos al mando de Arara.

El río había subido mucho y arrastraba muchísima madera. Entre lo objetos que flotaban encontramos una balsa chamita, hecha a partir de palos de madera liviana y sujetada por clavos hechos con la durísimo palo de la palmera chonta. Paolo Cardozo jugó un buen rato sobre la balsa perdida por los esse ejas.

Vimos un caimán bebé tirándose al agua en una corredera.

En cada uno de las laderas de las barrancas altas vemos mucha modificación humana: huertos, desmonte, ganado, antenas, viviendas, vehículos. El viaje va acabando.

Llegamos a la confluencia del Beni con el Madre de Dios que llega desde la amazonía peruana. Río arriba por este gran cause se llega a la reserva de Manu, al Tambopata, al Candamo: los sitios con mayor biodiversidad del planeta.

Y entonces la vimos, ahí estaba: Riberalta se presentaba ante Arara. Riberalta: una típica ciudad portuaria. Sin el muelle largo, sin la selva, sin Catu…

Encontramos una ensenada de aguas contaminada y ahí estacionamos a Arara. Ahí quedó abandonada nuestra vieja y fea canoa. ¿Por qué será que nos sujetamos tan tontamente a las cosas materiales? No hablábamos, no reíamos, no nos abrazábamos. Una llegada silenciosa. Llegar no fue gratificante como habíamos soñado.

Agua sucia, tierra colorada, ruido de cientos de motos, surtidores que venden gasolina en botellas de gaseosa, gente por todos lados. Riberalta no era Rurre. Riberalta no tenía la selva. Riberalta y Catu no se conocieron.

Escuchamos música de Agrupación Marilin en cada negocio de venta de alimentos. Hay una gran contaminación acústica de los bares karaokes a toda hora. Pasamos por un negocio de venta de discos musicales: Zambas Argentinas era uno de los más promocionados.

Llegamos al residencial Navarro. El olor más feo que el del agua de la ensenada donde dejamos a la pobre Arara. Una rubia malhumorada me pide los datos para hacer el registro. Se los doy y leo lo que escribió: Santiago del Río, 38 años, artesano. 38 porque sacó mal la cuenta pero, ¿por qué artesano? Le pregunté. ¿No vienen de Argentina? Sí, le respondí. ¿Entonces no son artesanos? Los ingleses piratas, los yanquis consumidores de cola y hamburguesa, nos colombianos narcos, los mexicanos borrachos, los tanos gritones, los franceses sucios, los españoles brutos, los portugueses ladrones, los holandeses ingenieros, los alemanes racistas, los israelitas avaros, los peruanos médicos, los chilenos mineros, los uruguayos fiesteros, los bolivianos mulitas, los brasileros pescadores, los argentinos artesanos. Sí, somos artesanos. Acertaste, rubia. Las rubias: taradas.

Hemos perdido la flota que sale de Riberalta y llega a Trinidad, la que tarda entre uno y quince días en llegar a destino, según las lluvias. Uno y quince días… pequeño margen de error. Hemos perdido la avioneta. Viajaremos por Brasil, dándole la vuelta al Paraguay y entrando por Misiones. Tardaremos un poco más de una semana para llegar a Rosario. Termina éste pero empieza otro.

Allá vamos. Sigue el viaje. Muere éste, nace otro.

Arara o Arará quedó abandonada en una ensenada de aguas contaminadas. El último viaje de nuestra hermosa Arara de Mara ha sido hermoso, pero ha acabado en el lugar más horrible del Beni. Pobre canoa. Si Ze Oroco nos viera abandonándola así… Cosas materiales, cosas que pasan… Arara está viva. Su Mara seguirá viajando. Fue árbol gigante en la selva, miles de aves han nidificado en sus ramas en los cientos de años previos a ser encontrada por el obrajero. Después fue canoa y viajó. Los árboles nacieron para echar raíces, pero la Mara de Arara pudo ser canoa y ver horizontes. Hoy ha hecho el último viaje de su vida. Tal vez debimos haberla quemado. Arara ha cerrado los ojos por última vez, y ahora es sólo un pedazo de madera muerta que flora en aguas del hermoso Beni boliviano.

Adiós Arará, adiós hermosa Bolivia.

FIN

Nota final:

Página de perfiles:
Pasé al cyber para ver dónde estaba:
Catu; Medellín, Colombia. En relación con Darío.
07
ene
10

arara de mara 18-01-2008

DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 18 DE ENERO DE 2008.

Voy sentado en un árbol gigante… Quiero llegar al mar. Voy junto a unos rayadores que me miran y no se espantan.

Picadura de mosquito. Paf… Muerto. Otro más… Vuelan por todos lados… La carpa está llena de zancudos. Paolo Cardozo habla medio dormido. Iván Machado le dijo al cuenta cuentos que abriera el cierre, que está corriendo lindo aire. Oí que Iván Machado y de Leonardo Ferreyra se reían desde la otra carpa. Fue una trampa. Paolo, despertate, le grité… No puedo cerrar el cierre. El cierre estaba roto. Paolo Cardozo reaccionó como pudo y me ayudó a cerrarlo. Estaba trabado, roto, la pieza que desliza no mordía correctamente los dientes del relámpago… un desastre. Tardamos un buen rato en solucionarlo.

Media hora después, cuando terminamos de matar a la mayoría de los mosquitos, seguimos durmiendo.

Amanece en América. Muchos mosquitos han sobrevivido. Están gordos, llenos de sangre, satisfechos. A Paolo Cardozo se le ocurrió una gran idea para vengar el robo de sangre que estos insectos nos han practicado. Cardozo acerca su mano suavemente a ellos y los roza. El mosquito, satisfecho de sangre pero pesado, con dificultad se traslada unos centímetros, donde vuelve a posarse. Entonces otra vez es molestado por el dedo del cuenta cuentos. El mosquito, pesado, vuelve a cambiar de ubicación. Otra vez el dedo. El mosquito, cansado, debe moverse. El dedo. Con dificultad, logra volar unos pocos centímetros, los suficientes para alejarse un poco. El dedo llega igual. El mosquito hembra, lleno de sangre, cae al suelo, de donde no se levantará.

Así nos divertimos un rato.

Llegó la hora de levantarse. Los niños siguen ahí. ¿Habrán llegado recién o habrán pasado allí toda la noche?

Qué hermoso se ve el Beni desde la altura de esta barranca. No me canso de mirarlo.

Mientras tomábamos mate, pensábamos cómo haríamos para regresar a Rosario. Una opción sería volver en una avioneta desde Riberalta a Trinidad, otra volver a Rurre en flota, y la tercera: darle la vuelta al Paraguay por Brasil y entrar por Puerto Iguazú. Qué lejos que estamos. Nota para tener en cuenta para el próximo viaje: hay que ir desde lo más lejos a lo más cercano. Acá todo el tiempo nos seguimos alejando y alejando.

Jugamos a la pelota un rato con los niños. A dos les pusimos la camiseta de Central en señal de nuestra sana evangelización:

En nombre del Che Guevara, de Osvaldo Bayer y del Negro Olmedo, están evangelizados en el Santo Amor Canaya. Los niños reían conformes e hicieron la Señal Sagrada de los Cuatro Dedos.

Oímos la radio, que está prendida en una casa vecina. Alientan al boliviano a sentirse un americano grande, leen la constitución al aire, hablan maravillas de las riquezas naturales que tienen pero que están mal administradas.

Nos despedimos de todos. Navarro dijo que su madre tenía un buen residencial en Riberalta, que era barato y podríamos alojarnos allí. Buenísimo. Dijo que en uno o dos días estaríamos allá. El viaje se está acabando.

Remamos muy entusiastas, porque el día se prestaba para andar contentos. Se armaron muchas pequeñas tormentas localizadas, mostrando el cielo colores como no habíamos visto hasta entonces.

Muchos monos en los árboles, muchos guacamayos, muchos rayadores. Vimos muchas plantaciones pequeñas. Muy lindo el paisaje.

Desarmamos la carpa porque en sus plásticos se había formado un gran nido de viuditas y nos estaban castigando duro. Ahora navegamos sin tabanitos. Excelente.

Entramos a un arroyo para acortar camino. Para pasarlo de un lado al otro de la canoa de doce metros, Leonardo Ferreyra arrojó mal el último termo que nos quedaba, y éste cayó al agua perdiéndose en el fondo del Beni.

Al atardecer se armó una gran tormenta. Pronto nos alcanzaría. Llegamos a una comunidad. Una mujer que pescaba con un mojarrero desde la orilla nos dijo que habíamos alcanzado el pueblo de Gonzalo Moreno. Entonces se desató la lluvia. El último rayo de sol dibujó en la selva una pintura como no habíamos visto hasta entonces. Los atardeceres del Beni son lo mejor de la vida.

Cuando terminó de llover acomodamos todo y partimos por una calle hacia el pueblo. Era un poblado chico, había electricidad, calles, motos. Preguntamos quién servía cena y nos indicaron un lugar frente a la plaza. Golpeamos y nos atendieron muy amablemente. Era una habitación grande, con muchas sillas alrededor de una mesa no poco extensa. Estábamos nosotros, dos militares, un doctor, una mujer que era maestra, un pibe afeminado de unos treinta años y un hombre mayor, que era el dueño de la casa. Iván Machado se sintió muy incómodo por la presencia de los uniformados, yo por la del afeminado, que se llamaba Eco y no me sacaba los ojos de encima. Ferreyra de dio cuenta y me golpeaba la rodilla en mensaje de burla. Los militares terminaron de cenar temprano y se marcharon. Al irse, Eco empezó a burlarse de ellos, a insultarlos por lo bajo, a tratarlos de coyas negritos; claro: Eco se sentía toda una camba anti Evo. Dio asco la forma en que trataban al coyado. Todos menos el doctor insultaron asquerosamente a Evo, en pos de la soberanía terrateniente de la Media Luna. Escucharlos hablar fue tan feo como enriquecedor. Me hacían acordar a las aventuras del Barón de Münchhausen… El departamento de Pando, para esta gente pro capitalista, era un ser vivo que podía conseguir la autonomía e independizarse del resto de Bolivia, pues tenía petróleo, madera, campos, minería, etc…

«Un día, galopando por los bosques de Münchhausen, traté de saltar con mi caballo sobre una ciénaga que encontré en mi camino. En medio del salto descubrí que era más ancha de lo que pensaba, por lo que, suspendido en el aire, decidí volver atrás para tomar mayor impulso. Así hice, pero también en el segundo intento el salto fue demasiado corto y caí con el caballo no lejos de la otra orilla, hundiéndome hasta el cuello en la ciénaga. Hubiéramos muerto irremisiblemente de no haber sido porque, recurriendo a toda la fuerza de mi brazo, así con él mi coleta y tiré con toda mi energía hacia arriba, pudiendo de esta forma salir de la ciénaga con mi caballo al que también conseguí sacar apretándolo fuertemente entre mis rodillas hasta alcanzar la otra orilla.»

Así de mágica sería la autonomía para ellos. Creo que de darse, pronto acabarían con sus recursos naturales y serían esclavos de las decisiones brasileras.

Una pregunta recurrente en los últimos días: quisieron saber si nos gustaban las zambas argentinas. Claro, respondimos.

El doctor se llevó a Machado al dispensario para practicarle las curaciones necesarias en tu tobillo macheteado. Yo los escuché por un rato más y partí para el campamento. La carpa todavía no estaba armada. El pasto estaba alto e inspiraba poca confianza. La tendí muy precariamente, sin estacas, y me acosté. Todo estaba húmedo. No importa, podré dormir igual. La carpa huele a peste.

31
dic
09

arara de mara 17-01-2008

arara de mara

DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 17 DE ENERO DE 2008.

Llegamos a Riberalta con el último sol de la tarde. Un rayo que había podido huir de majestuoso arrebol del cielo tormentos iluminaba los cabellos de Catu, que estaba ahí… esperando.

Paolo se dio vuelta dormido y me dio de lleno en la cara con la luz de la linterna. Otra vez la había encendido dormido. ¿Por qué dormirá con la linterna en la cabeza?

Parece que va a ser un lindo día. Escucho muchos pájaros y gallos. Unos chicos cantan alabanzas desde alguna casa vecina. Los miembros del Consejo de Ancianos se han levantado ya. Quiero ir al baño, me dijo Paolo Cardozo. Yo también, agregué, pero la letrina es horrible. Salgamos a caminar un rato y vemos si aparece un lindo huequito.

Rio Beni Amazonas Bolivia Arara de Mara

Rio Beni Amazonas Bolivia Arara de Mara

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Saludamos a Leonardo Ferreyra, que seguía haciéndose el lindo con la piba de ayer. Ella le contaba que su sueño es dejar la selva y mudarse a alguna ciudad de Pando.

Caminamos por una huella delgada que subía una cuchilla. Muchas aves, muchos árboles. Un lugar hermoso. Llegamos hasta un arroyo de aguas cristalinas donde la gente lava ropa. Está lleno de peces pequeños. Seguimos subiendo por el sendero hasta un lugar plano, abierto, donde podríamos hacer nuestras necesidades tranquilos y cómodos. Ahí nos acomodamos. Tip, pum. ¿Cómo es el árbol de la castaña?, me preguntó Cardozo. Tiene la corteza rugosa, al estilo del sauce. Entonces miré en el suelo y vi los cocos semi enterrados. Estábamos apoyados en un árbol de la castaña. ¡Noo! Paolo había oído la caída de un coco. Salimos corriendo de abajo del gigante. Tip, pum.

Rio Beni Amazonas Bolivia Arara de Mara

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Al regresar a la comunidad vimos que el humor de Ferreyra no era bueno. Algo había pasado. Nos dimos cuenta que su rostro quería decirnos algo. Entramos a la casa del jefe comunal y vimos a Santoro serio, sentado frente a Machado, que se tomaba la cara. Facundo se va, nos dijo. Mi viaje llegó hasta acá, habló Facundo Santoro. Me voy. Hasta ahora estaba aguantado para ver cómo avanzaba la herida de Iván pero ahora, que sé que está bien, me voy. En un rato sale una lancha para Puerto Pando, y de ahí una flota me va a dejar en Riberalta. No quiero que vengan conmigo. Prefiero que lleguen a Riberalta con Arará. Yo hasta acá llegué. Quiero irme.

Fue un momento oscuro. Iván Machado quiso irse con él. Ferreyra no sabía qué hacer. Tomé la palabra. Si uno solo me acompaña, yo sigo hasta Riberalta. Solo no puedo porque es muy larga. Cardozo dijo que vendría conmigo. Entonces a Machado y a Ferreyra les volvieron las ganas de seguir y dijeron que seguirían con Arara.

Rio Beni Amazonas Bolivia Arara de Mara

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Bajamos todos juntos: nosotros para seguir hasta Riberalta, Santoro para llegar a Pando. Fue una despedida muy triste. Él nos saludaba desde la lancha que nos alejará para siempre. La expedición quedaba trunca. Estuvimos un largo rato en silencio.

La chica que había estado chamullando al vector se puso contenta porque su marido había partido junto a Santoro hacia Pando, pero entonces Ferreyra le dio la mala noticia: nosotros también nos vamos. La cara que puso fue mortal… Pobre niña de la selva. Ay del vector.

Sigue el viaje, ahora con la tripulación mermada.

Iván Machado no sonríe. Está triste por la partida de su mejor amigo. Él tiene alma de padre y enseguida adoptó a Paolo Cardozo como su nuevo compañero.

Rio Beni Amazonas Bolivia Arara de Mara

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Llovió de a ratos. Vimos enormes bandadas de guacamayos pasando por los árboles. De a ratos, cuando llegamos a aluviones con árboles jóvenes, oímos los gritos de los ypacaás ocultos. Pasan harto rayadores arriba de los árboles que derivan, que son muchos, grandes, enormes, algunos dando vuelta, y tenemos que remar con cuidado de no chocar contra ellos.

Pasamos por varias entradas de lagunas. Nos cruzamos con personas que nos preguntaban para dónde íbamos… Qué lindo, nos decían, pero nadie nos creía que veníamos remando desde Rurrenabaque.

Iván Machado cambió su humor cuando Ferreyra le permitió titarse al agua. El músico de barrio Unión volvía a sentirse un niño jugando alrededor de Arara. No le importaba que lo atacara un paiche, un caimán, una palometa, que se le metiera un candirú (vandellia cirrosa) en el pene. Machado era feliz otra vez… Estuvo un rato largo recorriendo los bordes. Recién volvió a subirse a la canoa cuando nos aproximábamos a un enorme árbol que derivaba. Su herida apenas mejoraba, pero prometía curársela después de cada zambullida. Paolo Cardozo se divertía matando viuditas con una bandita elástica rota. Una técnica interesante. Las esperaba, una vez que éstas se posaban, estiraba la goma y la soltaba golpeándose la pierna y, casi siempre, despedazando a la mosca carnívora.

Encontramos una canoa a la deriva. Llevaba un peque peque, por lo que nos dimos cuenta que debía habérsele soltado a alguien en alguna comunidad. La atamos a un árbol después de explorarla. No era de tronco ahuecado sino que su fondo estaba armado a partir de tablas.

Rio Beni Amazonas Bolivia Arara de Mara

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Pasamos por algunas poblaciones esse ejas.

Jugamos harto en el agua.

A la tarde llegamos a una comunidad erigida sobre una barranca altísima. Unos niños nos observaban desde una canoa amarrada. Oímos las voces de los pequeños:

¿Qué son? No sé… ¿Esse Ejas? No, son muy grandes. ¿Incas? No… son pálidos… ¿Qué son? Ya sé… dijo una gordita que había dado con respuesta correcta: ¡¡¡Son gringos!!!!

Rio Beni Amazonas Bolivia Arara de Mara

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La comunidad tenía por nombre América. Había un almacén. Quisimos ir a comprar todo lo que había pero estaba vacío: la mercadería aún no llegaba. Nada había para vendernos… le preguntamos si nos podía preparar una comida, pero dijo que nada tenía.

Teníamos hambre. No había comida.

Qué hermoso es el Beni desde esta barranca tan alta. Un atardecer increíble.

Los niños siguen con nosotros.

Los niños se ofrecieron a buscarnos algunos cocos para pasar el hambre. Paolo Cardozo fue con ellos. Al rato regresaron con las manos vacías. ¿No había cocos?, le pregunté. Había harto, me dijo, pero empezó a cantar un pajarito y los chicos dijeron que era un duende y que nos iba a volver locos, así que salimos corriendo para acá. No lo puedo creer. Un pajarito duende nos dejaba con hambre.

Entonces oímos un gran motor. Un fuera de borda. Es la lancha de Navarro, gritaban los chicos con alegría. Llega la comida.

La carga para descargar era mucha. Iván Machado nos mandó al frente diciendo: Mis compañero son fuertes y los van a ayudar a bajar todo de la lancha. En realidad a subir… porque la barranca era tan alta; encima estaba mojada por la lluvia y tenía algunos escalones rotos… Y la carga era tan pesada… Qué manera de hacer fuerza. Y comenzó a llover y nosotros seguíamos descargando bultos, peso, comida, castañas, qué dolor… qué pesado…

Los niños siguen cerca de nosotros.

Cuando por fin estuvo todo en tierra firme, la gente nos preparó una cena. El tal Navarro es un tipo enorme, parece prepotente… No me cae bien. Da órdenes a todos y nos trata de estúpidos: un «más capito» cualquiera. Le dio la orden a una chica que nos dé charque para ir masticando. Leonardo Ferreyra e Iván Machado no comen… ¿Les habrá caído mal?

Cenamos arroz y tomamos una gaseosa —soda de lima—.

Los niños siguen cerca de nosotros. Nos preguntan si sabemos tocar las zambas argentinas. Claro. Tocamos unas cuantas. Pero ésas no son, nos dicen. Los mosquitos no nos dejan discutir.

A dormir. Armamos las carpas cerca de la barranca. El comando baigón se ampliaba. Los miembros del Consejo de Ancianos tiraron harto veneno en la carpa. Muchos mosquitos.

Los niños siguen afuera. Tocan nuestra guitarra. ¿Se quedarán acá toda la noche?

Paolo Cardozo me confesó que Navarro le pidió un poco de marihuana. Nosotros no andamos con droga en el equipaje, pero nuestra aspecto no es bueno. Nos tomarán por prófugos… No lo sé…

¿Saben por qué no comimos charqui nosotros?, nos habló Machado desde la carpa del Consejo. Porque tenía gusanos. Los vimos cuando lo sacaban del tarro.

Ricos gusanos entonces. Se lo perdieron.

24
dic
09

arara de mara 16-01-2008

arara de mara

DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 16 DE ENERO DE 2008.

Garúa. Las gotitas minúsculas chocando contra el cubre techo llaman a seguir durmiendo por horas. Las aves apenas cantan. La selva maravillosa está en silencio. Siquiera roncan los miembros del Consejo. Estiro la espalda y siento que está curada. Me habrá hecho bien ser timonel aquel día tan difícil. Parece que hubiera pasado hace mucho tiempo…

Mi malestar es en la panza pero puedo vivir con ello. Escribo. Esto es la paz… Menos mal que ya no estamos en La Paz.

Pasó un largo rato hasta que el Consejo dictaminara que debíamos levantarnos. Con Paolo Cardozo nos levantamos. Harto mosquitos. Muchos. El Consejo se ríe de nosotros —del Comando Baigón—; los viejos que no se habían levantado nos aconsejan que nos rociemos veneno en la ropa. Nos preguntan si combinan bien los mosquitos con la garúa. Se burlan. Hasta que no salga el soy y se vaya el último de los mosquitos, habló Facundo Santoro, nos quedamos acá cómodos. Con Paolo nos sentimos humillados.

Esto es demasiado. Llegó el momento de la venganza. Caminé hacia la carpa del Consejo; a pesar de que esté prohibido que un juvenil le roce aunque sea un dedo; abrí el cierre del avance que tiene para guardar bolsos: había ahí un millón de mosquitos. Los miré con cara de idiota que no entiende razones. Les dije que si hubieran echado el veneno no tendían tantos entre el mosquitero y el cubre techo. Les dije que tenía el aerosol en mis manos. Santoro abrió sus ojos. Pensó que le estaba haciendo una broma. Se los enseñé; al ver el envase el poeta se sobresaltó y dijo que me patearía el culo si apretaba el botón que libera el gas contenido. Iván Machado y Leonardo Ferreyra también se asustaron. Córranse para atrás, les dije, porque va el veneno. Los cuatro del Consejo se tiraron para el lado más lejano de la pared del mosquitero, emitiendo voces como: no se te ocurra; nos vamos a morir intoxicados; acá no hay aire… Entonces hablé: Ahora les doy aire, y procedí. Abrí el mosquitero y, cuando todos pensaban que iba a tirar el veneno, dejé el lugar y disfruté la escena. El millón de zancudos hambrientos entró desesperado a devorarse a los miembros del Consejo de Ancianos. Gritos, puteadas, corridas.

Santiago del Rio bolivia amazonas beni

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En diez minutos estábamos yendo a la casa de Anibal, que en la noche nos había prometido un desayuno. Nos sentamos en una mesita de madera, en la parte de atrás de la casa. Iván Machado se entretuvo con la señora, que preparaba unas tortillas de maíz. Le habrá dicho otra vez que es padre, no sé, pero cada vez que dice eso, las mujeres lo acechan. La esposa de Anibal le quería presentar a un par de nietas. Sentí un trueno en la panza. Tuve que ir otra vez al baño. La mujer me indicó dónde estaba. Otra vez el cajoncito con el pozo abajo. No me gusta. Era más lindo a la noche, que hacía en cualquier lado. Volví a la pequeña habitación donde se preparaba el desayuno. Se lo ve mal a usted, me dijo la señora. Me duele mucho la panza, le respondí; hace desde ayer que estoy así. Le voy a preparar algo bueno y va a ver cómo se le pasa. Mandó al viejo a pedir algo a un vecino. Tuve que ir otra vez al baño. Cuando regresé, justo llegaba Aníbal con una hojita en la mano. Qué es, le pregunté. Sanaico, me dijo. Casi nadie sabe dónde encontrar esta planta medicinal. Es un secreto que compartimos unos pocos. ¿Por qué?, le pregunté. Porque cobramos dinero para curar, pero a usted no le vamos a cobrar porque están viajando y no deben de tener mucho. Si tuvieran dinero hubieran ido hasta Riberalta en avión, o al menos en flota, pero venirse en canoa desde Rurrenabaque…

La mujer preparó un té con esa hoja. Ojo que es amargo, me advirtió. No hay problema, le dije, estoy acostumbrado a los cimarrones. La mujer frunció el ceño pero no preguntó.

Tomé el té. No estaba malo.

La mujer había mandado a llamar a sus nietas y estaban curando la herida de Iván Machado. Leonardo Ferreyra permaneció con el músico para ver si alguna chica le daba bola.

Anibal nos dijo que nos llevaría a conocer un lago que había atrás de la comunidad de Iberia. Fuimos Paolo Cardozo, Facundo Santoro y yo.

El vector Ferreyra se quedó a ver cómo curaban a Machado. Je, je. Necesitado de mujeres el bioquímico…

Santiago del Rio bolivia amazonas beni

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Empezamos a caminar y pasamos por la casa donde seguía el funeral, no pude aguantar la curiosidad y le pregunté al viejo por qué había muerto el bebé. Muchos se mueren antes de cumplir el año. Cuando un niño cumple su primer año, entonces ya no se muere. Pensé que sería alguna creencia mitológica, pero no. Es por el agua, siguió explicando; el agua del Beni es mala por culpa del oro de Caranavi. Hace morir a los bebés y a los viejos nos entorpece las manos. Otro hombre con problemas reumáticos. Al agua la sacamos de pozos o de los lagos, porque el río está enfermo.

Pasamos por la nueva escuela que está construyendo el gobierno de Evo. El nombre del plan de obras es Revolución Municipal Comunitaria.

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Atravezamos un chaco donde ellos tienen sus cultivos y llegamos al lago. Es un lagunón hermoso. Quisiera quedarme una temporada en Iberia documentando todo en esta región. Cuando sea más viejo tal vez lo haga. Es un lugar hermoso. Aníbal nos habla de un gran pez del amazonas peruano, que se metió en aguas bolivianas y está haciendo un desastre con la fauna ictícola. Su nombre es Paiche. Mide hasta 10 metros de largo y es una fiera. Ataca a la gente cuando está nadando. Sus escamas son más grandes que el pulgar de un adulto. Y sí… tarde o temprano lo mitológico siempre aparece en las gentes del Beni. Yo he cazado un pequeño y lo tengo en mi casa. Quiero verlo, le dije. Claro, al ratito que regresemos.

Pasamos por un bosque de árboles muy altos y Aníbal nos iba diciendo los nombres de cada uno. Sólo recuerdo el de la goma. Es un árbol cojudo, alto, y la goma, que es blanca y no es el caucho, sale por las heridas en la corteza. Parece chicle. Antiguamente se la vendía. Les hacían al tronco unas rayaduras en V, y la goma que brotaba de los cortes se juntaba con un tarrito. El viejo está apenado porque dice que el cedro y la mara ya casi han desaparecido. El viejo nos mostró unos brotes de mara y un cedro de unos 10 años. Esto es todo lo que ha quedado por acá, nos dice. Los europeos se han llevado los árboles más hermosos de la selva. Recuerdo una canción de la familia Carabajal.

«Quiero una mesa de cedro, hermano,
hermano carpintero…»

Cuando sea grande voy a tener una mesa de madera recuperada o de plástico reciclado. Paolo Cardozo dice que ya soy grande, que acepte mi edad.

Santiago del Rio bolivia amazonas beni

Regresamos. Cuando le contamos a Ferreyra lo que habíamos visto se arrepintió de no haber ido con nosotros. Le pasa por vector.

Estábamos listos para partir. Pero antes el Consejo de Ancianos dijo que tenía algo importante que decirme. Qué pasa, les pregunté. La bolsa de basura no sigue hacia Riberalta. Entendí el pedido. Se la dejamos a Anibal. Dijo que él se encargaría de destruirla. Seguro la quemarán. Nos hemos librado de una carga realmente pesada. Bajé la pesadísima bolsa gigante con mucho cuidado para que no se desfondara. Listo. Olía peor que nunca. Un grupo de moscas, que eran mis amigas en la canoa, quedó con la bolsa y ya no quiso estar conmigo.

Sigue el viaje.

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Una tormenta se prepara adelante. Vemos la cortina de agua, pero ahí permanece. Nos burlamos del vector. Y también de Machado, que recibió los mimos de Antonia: así es como se llamaba la vieja. Qué lindo es poder estar acá.

No hace calor. Es un día perfecto.

Las viuditas sobre la canoa están insoportables.

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Oímos el ruido de un peque peque y vemos venir una canoa cargada de personas a lo lejos. Se acercan a nosotros. Entre los que viajan, van los dos muchachos que habían ido a pedir el dinero prestado en la empresa Amazonas. Se detuvieron junto a nosotros. Están contentos: consiguieron el dinero y mañana mismo se irían a Riberalta a gastarlo todo. Probaron el mate. Es lindo verles las caras cuando toman nuestra infusión tan amarga. Ja, ja. ¿Por qué no le ponen azúcar? Porque los mates dulces sólo le gustan a los niños o los obesos. Nos invitaron a quedarnos esta noche en su comunidad, que estaba a unas pocas curvas de distancia. Aceptamos la invitación. No dijo que nos daríamos cuanta porque hay un barquito de techo azul amarrado en la costa.

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Pasamos Peña Amarilla y Puerto Pando. Una balsa cruza camiones de un lado al otro. Se ve mucho movimiento en esta zona y varias casas a un lado y otro del cruce. Las rutas que llegan hasta el río son de tierra bien colorada.

Vimos el barquito con techo azul y supimos que habíamos llegado. Todavía teníamos un rato largo de luz para remar, pero preferimos no rechazar la invitación.

Para llegar hasta la comunidad había que caminar por un sendero que subía las barrancas, entre unos montes de cacao —árboles de chocolate—. El sendero es tupido y, por ello, oscuro.

Llegamos a las primeras casas de la comunidad. A Iván Machado le costó subir por la herida en el tobillo. Había muchos globos colgados y muchos niños jugando. Era el primer cumpleaños de una niña. Había llegado al año. Qué alegría, como para no hacer fiesta…

Resultó que uno de los muchachos que habíamos conocido en el casco de estancia de la empresa Amazonas era el jefe comunal. La comunidad se llama Brígida. Brígida es una palabra que usan los villeros de Rosario, para apuntar a una mujer que no es simpática. Nos contó que el jefe se elije de forma democrática cada dos años. Todos los habitantes son evangélicos. Hicimos un contrapunteo de guitarras con unos chicos. Nosotros interpretábamos temas folclóricos argentinos y ellos canciones evangélicas.

Nos pedían zambas argentinas.

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Pocos mosquitos al caer la noche.

Armamos la carpa bajo el alero anterior a una casa. Una chica muy simpática conversaba con Leonardo Ferreyra. Es inútil… es el vector. Que se resigne…

Comimos en la casa del jefe comunal. Nosotros comemos y ellos miran. Es incómodo, pero es su costumbre. Después comen ellos.

A dormir. Ahora sí había algunos mosquitos. Echamos insecticida en la puerta de nuestra carpa y esperamos que se ventilara un poco. Luego entramos. Pasaron pocos mosquitos. El Consejo de Ancianos reniega un buen raro después de que entra el último miembro, matando mosquitos contra las paredes. Incluso orinan adentro, en una botella de plástico, para no tener que salir de la carpa.

A la medianoche tuvimos que ir al baño. El sanaico había hecho buen efecto, pero algo de malestar quedaba. Caminé hasta la letrina. El olor a mierda era insoportable. Un asco. Alumbré con la linterna y vi el cajoncito del pozo todo manchado de caca y pedazos de papel higiénico rosado desparramados por todo el piso. No voy a hacer caca acá. Di la vuelta a un sendero y vi el claro justo entre dos árboles. Qué alivio. Le advertí a Cardozo que el baño estaba malo y prefirió aguantar hasta la mañana.

17
dic
09

arara de mara 15-01-2008

arara de mara

DIARIO DE SANTIAGO DEL RÍO. 15 DE ENERO DE 2008.

Estamos en el casco de estancia de la empresa Amazonas, que se dedica a la cosecha de la castaña. La parejita de nativos que cuida la casa nos ha preparado un rico desayuno, con arroz y una deliciosa carne hervida. Muy sabroso. Iván Machado, el músico del barrio Unión, dio un bello recital por la mañana. Gente que estaba afuera se acercaba al mosquitero de la carpa para escucharlo cantar. Interpretaba canciones que hablan del río. Se acercaron algunos viejos y unos cuantos niños. Mucha paz… y comida.

Santiago del rio beni bolivia 15 de enero (2)

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Paolo el cuenta cuentos sale de la casa para acercarse a la gente que está afuera. Les voy a contar una historia de mi tierra, les dijo. Voy a usar los nombres de las cosas vivas tal como las conocemos en mi tierra, pues no sé cómo las llaman aquí. A duras penas hizo entender a la gente que el cuento se trataría de un ceibo. Creo que la gente no entendió que se refería a esa planta, pero no por ello hubo uno solo que durante esa media hora quitara la atención de las palabras de Cardozo.

No había mayor belleza en la laguna que la pequeña ceibo, que ya lucía toda la pompa de una adolescente que sacaba a resplandecer sus primeros atributos: a la ceibo le había asomado su primera flor. Ella no tenía muchos amigos; vecinos sí, pero le costaba mantener una buena relación con ellos. Para la brava arrogancia de la joven árbol, la escobadura era un yuyo petiso y fiero y hasta se animaba a llamarla «plaga» —insulto de los más terribles entre los seres vivos de la naturaleza—; la madera negra, una flacucha paluda que lo único lindo que podía hacer esa sonar sus cascabeles leguminosos cuando soplaba el viento; las chilcas eras yuyos que se creían árboles; el aliso, un palo bobo y la sagitaria que crecía cerca, en la zona inundada, una arrastrada que no sabía levantarse del barro. Al único que ella escuchaba era al viejo sauce, que de tan longevo apenas le quedaban hojas en una sola rama. La mayoría creía que el sauce, con la vejez, había perdido la cordura y que sólo podía hablar incoherencias.
El sauce puede renacer de su tallo amputado, se largaba a hablar el viejo árbol, y yo he sido muchos brotes ya. Nací en un hermoso arenal en la selva, besando el cristalino río Formoso del Bonito, viví muchos años allí hasta que un macaquinho gordo hizo quebrar una de las ramas y justo dio que mi ser estaba trajinando por ese extremo: tuve que caer el agua. ¡Mono gordo! Derivé largo por esos ríos durante mucho tiempo, hasta quedar trabado en playas del Paraguaí, listo para terminar mi vida. Iba a salirme la canción, justo cuando un yacaré overo pisó una de las puntas de la rama, clavándola en la arena y otra vez tuve que echar brote y repetirme árbol. Volví a crecer, volví a ser fuerte y lindo. Estaba tan alejado de otros árboles que, sin compañía, pude hacer cuanto quise con mi cuerpo: largar una rama para allá, otra para arriba, una para abajo… Ningún árbol hubo a mi alrededor que pudiera robarme siquiera un rayito de sol. Saqué ramas rectas, otras torcidas y hasta una que tenía un rulo hacia la arena y después volvía a subir. Por fin moriría en paz habiendo echado raíces.
Todos en la laguna callaban cuando el viejo sauce contaba sus historias.
Después de muchísimos años vino una tormenta como cualquier otra. Viento, rayos, lluvia, siempre se me iban algunos pedazos en los temporales, pero esta vez tuve visitas, vida a cargo, y temí por ellos. Había anidado una hermosa garza blanca y tenía sus pichoncitos en mi custodia. Yo le había dicho que buscara un árbol en la selva, en medio de otros más grandes para estar al reparo, pero la tonta no me hizo caso. La mamá garza no estaba cuando empezó el viento fuerte y tuve que irme al extremo donde estaba el nido para hablar con los bebés y tratar de calmarlos. ¿A qué madre se le ocurre salir a pasear cuando el viento está dulce y anuncia? Pobres pichoncitos. Entonces lo peor: un rayo dio justo en esa rama y caí al agua con toda la nidada. Los pichoncitos murieron ahogados y yo, otra vez, me vi separado del cuerpo principal del árbol, yendo río abajo. El Paraguaí golpea sus aguas contra un río violento y verdoso que baja de la selva, volviéndose este enorme cauce marrón por el que fui arrastrado hasta dar nuevamente en un banco, esta vez de barro, muy cercano a este lugar, donde estuve otra vez preparado para cantar la canción de la muerte. Mucho tiempo duró ahí mi rama verde. Mis hojas empezaban a largar el olor de los sauces cuando nos hacemos de río. Era feliz muriendo. Pero entonces llegó un humano con un machete. El hombre cortó el pedazo más recto que yo tenía y otra vez la desgracia me hizo ser tallo sin tierra ni raíz. El humano armó un alambrado para repartir la herencia de dos hermanos justo aquí, en esta laguna. Pero, a quién iban a interesarles estas tierras que se mojan. Estas islas fueron olvidadas por los hermanos, el humano siguió dedicado a la pesca y yo, poste de alambrado, volví a brotar para tener otra vida de árbol. Y estoy cansado, los árboles nacimos para echar raíces y no para andar viajando.
Está loco, se quejó el pehuajó. ¿Por qué no acepta lo que es y punto?: un viejo que ya no puede sostenerse. Sos un palustre feo y maleducado, respondió la ceibo; dejalo en paz; el sauce tiene razón y le creo todo lo que dice. Tanto viaje lo ha confundido, habló el aliso; ya no sabe si está en el delta o en la selva; su tiempo y espacio han quedado mareados para siempre. Otro que dice tonteras, volvió a atacar la ceibo, palo bobo y flaco, pronto te vas a romper por la mitad; y ustedes dejen de reírse, chilcas, que esta discusión es entre árboles y no entre yuyitos. La madera negra sacudió sus semillas y dijo: estás agrandada porque te salió la primera flor, pero vas a ver que pronto se te caerán las espinas y te vas a llenar de corteza fea y arrugada por todo el tronco.
El sauce volvió a hablar: tu primera flor, pequeña ceibo, es igual a las que lucía tu madre. ¿Conociste a mi madre, viejo sauce? Sí, sí que la conocí… era tan hermosa. Tu madre vivía en la costa, pero el río nunca la arrastró; por el contrario, el río la ha cuidado y le ha sedimentado a sus raíces para que ella permaneciera por siempre pero, por multiplicados que sean nuestros días sobre la tierra, la vida se nos acaba. Cuando yo quedé atrancado en el barro tu madre fue mi amiga, pero luego, cuando el hombre de la isla me trajo hasta aquí, me quedó lejos, estuve solo, y muchísimo tiempo después supe que terminaba su vida. Un día, hace no mucho tiempo, el viento que llega de la costa me trajo su voz: ella cantaba la canción de la muerte. ¿Cuál es esa canción, sauce? Cuando los árboles morimos, pequeña ceibo, la cantamos. Ya la oirás cuando le llegue la hora a alguno de nosotros. Cuando el viento trajo la voz de tu madre hasta la laguna, supe que terminaba su trabajo y debía devolver a la tierra su madera: ella debía partir para siempre; y tanto sufrí que se fuera que me vi arrastrado y tentado a cometer un gran pecado: le he pedido a la pollona negra que se llegara hasta la costa y me trajera una semilla de tu madre. Vos, ahora, sos esa semilla. Los árboles nacimos para echar raíces y yo, en un atropello, quise que nacieras aquí, para poder volver a oler como antes la fragancia leve y poder admirar las flores tan hermosas. Quise que echaras raíces lejos de la costa. No es bueno mover un árbol, pero yo quise tenerte cerca. La ceibo estuvo muy emocionada tras las palabras del viejo amigo. Quise que crecieras junto al alambrado. ¿Qué alambrado?, preguntó la ceibo. Es que ya no está; fue hace muchos años. Yo renací como un simple poste de alambrado. Ahora sólo quedamos los grandes sauces formando una larga hilera, como ves. Pero todos esos gigantes están muertos, viejo sauce. Es que fue hace mucho tiempo, pequeña amiga, sólo yo he vivido hasta hoy, pero pronto llegará mi día y podré descansar en paz. No es la más bella de las muertes, pero he vivido y andado demasiado, y ya me he cansado mucho. Los sauces soñamos con la hora de nuestra muerte y, cuando sentimos el río cerca, nos inclinamos a beberlo, tratando de caer y perdernos en las hermosas aguas. Si hubiera sido pacará, hubiera querido morir siendo una canoa de las recorredoras. Si un aromo: nido de aves hubiera querido morir. Si un aliso: enterrado en la tierra y sujetándola a mis barbas. Pero me ha tocado sauce y como sauce quisiera morir, pero sé que el río no vendrá y que yo no iré hasta la orilla, y sé que no les cantaré la canción a los peces; sé que moriré de pie, lejos del agua que me vio nacer. Podría llorar mi destino, pero ya he andado demasiado y me he cansado mucho. Qué son los peces, preguntó una escobadura. El sauce pensó un poco, hizo una pausa y le respondió: Son criaturas bellas y misteriosas que se mueven debajo de las aguas y que nunca salen a flote. Los hay pequeños como las flores del catay, grandes como las hojas del irupé y también los hay pesados como diez chajás posados en una misma rama. Pero no hay belleza más grande que mi flor, habló la ceibo en voz alta para que todos la oyeran. La sagitaria, cansada de escuchar su arrogancia, apuntó sus grandes hojas para otro lado y el pehuajó, por su parte, rió en la voz de una bandada de tordos renegridos que llegó a ocuparlo. Mi flor es una maravilla, es hermosa. No hay mayor preciosura que esta estrella roja que cuelga de mi rama. La pequeña ceibo se admiraba de ver su primera flor en el día, a la luz del sol, y en la oración, humedecida por el rocío que baja de la luna gigante. En la suave voz de un viento fresco y este, una noche, oyó a su viejo amigo: Según cuentan las historias que bajan del Guairá, de los hombres antiguos, anteriores a nosotros, Acá-ë fue la madre de tus flores. Ella fue la mujer más increíble de la tierra: una gran cazadora. El destino quiso que no tuviera un varón al lado, debido a un problema que padeció de nacimiento: Acá-ë tenía mala su cara. De chica fue dejada de lado por sus propios padres al destino de las sombras de la selva: todos en la comunidad temían que tan fea imagen humana pudiera repetirse en otro de los niños. Acá-ë, abandonada en la espesura oscura, fue criada por yaguaretés que la aceptaron como retoño propio y de ellos aprendió la lengua de Urupianga. Pasó su infancia entera junto a sus padres sin cultura cazando entre los saltos ya callados por el Itaipú de los hombres. Podía sumergirse por muchos minutos eligiendo los peces más grandes y ayudaba a sus nuevos padres tigres a atrapar las antas más peleadoras y bravías. Su voz era tan hermosa. Aprendió a cantar imitando a los urutaús y yasí yaterés que la custodiaban por las noches. Cuando fue adolescente, una tarde, vio por primera vez a sus semejantes humanos. Eran dos niños desnutridos que comían tierra y hongos. Estaban perdidos y asustados. Quién sabe cuánto tiempo anduvieron solos por la selva, desesperados y alimentándose de cuanta porquería encontraban aceptable al paladar. Los animales no son como nosotros, los árboles: ellos necesitan encontrar el alimento ya amasado por la naturaleza. A nosotros nos alcanza con encontrar la sal y el agua. Acá-ë sintió lástima por esas criaturas semejantes a ella, que lloraban el dolor del hambre, y se les acercó a ayudarles. Los niños temieron al ver la mujer con la cara mala, pero sus fuerzas estaban ya cansadas para huir. Acá-ë les entregó buen pescado y frutas de los árboles más altos y sabios, y ellos comieron y volvieron a llenar de esperanza su corazón. Ella no hablaba la lengua de los humanos, pero entendió que estaban perdidos y les ayudó a encontrar el camino de regreso. Los yaguaretés, al principio, no estuvieron de acuerdo en regresar a los pequeños, pero bastaba un dulce trino de su amada hija para que ellos la complacieran. Los tigres olieron y encontraron la huella que habían recorrido los niños. Pasados cuatro días y tres noches de andar por la selva, los tigres marcaron el final del camino: la comunidad de los humanos estaba muy cerca. Los niños corrieron al encuentro de sus padres, que lloraban de la alegría y los abrazaban y besaban. Acá-ë y sus padres tigres observaron la escena con ternura y, cuando se disponían a regresar al Guairá ya callado por el Itaipú de los hombres, oyeron las corridas de los indígenas que los interceptaron en el camino. Los niños habían marcado la posición de los salvajes, que en pocos segundos habían sido rodeados por todos los varones guerreros de la comunidad guaranítica. Entonces una mujer, con los niños tomados de la mano, se les acercó a los tres sin cultura y se arrodilló ante Acá-ë para besarle los pies y agradecerle por la vida de los pequeños. Acá-ë, la adolescente de la voz tan dulce y la cara mala, volvía a reunirse con humanos. Los guerreros de la tribu rindieron grande homenaje a los tres salvadores y entregaron a los tigres las mejores carnes asadas y a Acá-ë los mejores ornamentos para su cuerpo hermoso y desnudo. La joven de la cara mala fue nombrada corregidora de la comunidad y fue así la primera jefa indígena de la historia del gran Para Rehe Onáva. Acá-ë les enseñó a cazar el mejor pescado y ellos la respetaron, amaron y aceptaron como fiel maestra, a pesar de no hablar la lengua de los humanos. Por las noches ella cantaba los cantos más bellos de la selva, mientras los yaguaretés hacían de colchón para que los más pequeños de la tribu durmieran calentitos y sobre un lecho seco. El resto de los humanos de la pequeña comunidad, sentados en ronda, escuchaban las canciones y celebraban. Todo fue felicidad por muchos años.
Qué hermosa historia, viejo sauce. Pero no entiendo qué tiene que ver Acá-ë con las flores de los ceibos. Es que la historia no ha terminado, pequeña. La felicidad duró años, pero la tragedia fue la dueña del destino final. Viejo sauce, habló tímidamente la pequeña ceibo, no me gustan las historias tristes. No quiero oírla. Yo en cambio sí que quiero, se quejó la sagitaria. Entonces te la contaré; ésta es una bella noche para contar historias, dijo contento el sauce y prosiguió con el relato: Todo lo que hace el hombre blanco es para sojuzgar: al monte, al río, al otro, a sí mismo. Un día llegaron los hombres blancos al Guairá y empezó una nueva etapa para la selva. Los blancos entraron con armas en la pequeña comunidad de Acá-ë y entonces todo fue muerte y desolación: los niños salvados, que para entonces ya eran padres, fueron llevados prisioneros para realizar trabajos de esclavitud. Las pieles de los dos viejos tigres, que fueron desollados vivos en represalia a su resistencia, fueron a adornar la casa del adelantado que estuvo a cargo de la matanza. Las mujeres jóvenes fueron violadas y luego asesinadas. Acá-ë, debido a su cara mala, fue tomada por un monstruo; el corregidor religioso ordenó que se sacrificara a la criatura de Satanás en una hoguera que fuera tan fea como su rostro. Acá-ë fue atada de un viejo y retorcido árbol de hojas redondas y el misionero católico dispuso que fuera quemada viva. Encendieron el fuego bajo sus pies pero grande fue la sorpresa de los hombres blancos cuando, en lugar de ver lo que esperaban: un monstruo retorciéndose y gritando de dolor, la indiecita fea de la voz tan dulce, envuelta en llamas que no la quemaban, comenzó a entonar los trinos de las aves más misteriosas de la selva. Su dulce voz tapó el ruido de la leña húmeda estallando y ya no pudo oírse otra cosa que su canto. Un surucuá, un crespín y un lechuzón oscuro se posaron en los hombros de Acá-ë. El fuego tampoco podía quemar a las aves, que susurraron un mensaje de Urupianga al oído de la poderosa mujer y fue entonces que ocurrió la maravilla. El cuerpo de Acá-ë fue volviéndose en chipas rojas y brillantes que quedaron, para siempre, sujetas al árbol retorcido de hojas redondas. Cosa de hechicería, dicen los hombres. Así nacieron las flores del ceibo. Así cuentan los antiguos del Guairá ya silenciado por el Itaipú de los hombres.
La ceibo quedó en silencio por varios meses. Su hermosa flor cayó al suelo cuando llegaron los primeros fríos del otoño y el resto de la flora de la pequeña laguna, algo conmovida por su actitud, pensó que la arrogante planta por primera vez entendía de sufrimientos y diferencias. Cuando llegó el frío invierno, cuando el río había retirado casi todas sus aguas del humedal y los tonos áridos dominaban el paraje, un suirirí amarillo posó sobre una de las ramas de la ceibo, preguntándole el porqué de su largo silencio. ¿Y si el hombre blanco viniera también aquí a silenciarnos, igual que hizo con el Guairá, igual que hizo con la pequeña comunidad de Acá-ë…? ¿Si el hombre blanco viniera a silenciar la laguna? Lamento haber sido tan arrogante con mis amigos, lamento haber sido ingrata con los yuyos que dejan sus partes muertas para enriquecer el suelo donde he echado raíces. El sauce, cada vez más muerto y pelado de hojas, escuchó a la pequeña ceibo y respiró satisfecho. Cada vez sos más parecida a tu madre, habló; ella igual que vos fue ceibo y, como ceibo, también brilló arrogante, pero el tiempo un día le torció sus ramas en señal de humildad… como también te está pasando a vos.
El invierno llegó cálido y sin agua. La sagitaria era apenas una rama amarilla enterrada en el barro y el pehuajó había perdido su brillo y alto porte, siquiera era visitado ya por sus tordos renegridos. Lo que les llamó la atención a todos es que lo que durante años fue apenas un andurrial, un lugar alejado del resto de la civilización, ahora se volvía un lugar frecuente por humanos que llegaban a caballo y que traían consigo vacas.
Meses sin llover y los árboles de la lagunita casi no hablaban: trataban de aguantar la sed hasta la nueva estación lluviosa. La ceibo era apenas un palo flaco y espinudo que había perdido su flor, tanto como todas sus hojas triples y redondas. Los tonos mate amarillentos habían cubierto todo el lugar y en el paisaje escaseaban los verdes.
Un día comenzó a soplar un irrespirable viento de culebras nerviosas y dolores de cabeza. El cálido norte trajo hasta el pie de la ceibo una hoja negra, quemada, que volaba y se deshacía a cada golpe. Y otra hoja negra que pasaba. Y más tarde otra. Vio una nube oscura que se levantaba desde el norte y pensó que podía ser agua. Pero la nube vino por abajo, trayendo asfixia y hojas negras de a millares. Entonces vieron los demonios en lenguas de fuego que asomaron en el horizonte. La ceibo tuvo miedo. Al poco rato ya se oían los canutillos secos estallando. El humo tapó el sol y el norte duro pronto cubrió de hollín a los árboles de la laguna. Las lenguas ardidas no se detenían. Las aves volaban desesperadas, abandonando sus nidos. Las llaman pasaban donde la ceibo sabía que estaban enterrados los huevos de lagartos y tortugas. Las llamas envolvieron a un borrego de carpinchito que había nacido hacía unas diez noches. La muerte en lenguas de fuego se acercaba al pequeño monte donde habían echado raíces el viejo sauce, la pequeña ceibo y el aliso. Vio las telas de araña evaporarse antes de que el fuego las tocara. La ceibo tuvo miedo, pero pensó en Acá-ë… A ella el fuego no pudo herirla. Vio a la vieja ñacaniná retorciéndose desesperada cuando el fuego la achicharraba. La ceibo creía en Acá-ë. Urupianga vendrá; nadie cantará la canción de la muerte. El fuego se arrimaba a los sapos y era ver cómo se despellejaban enteros, antes de que la carne se les quemara. Cuando las llamas tocaron la elevación de tierra, los cascabeles leguminosos de las maderas negras se ardieron al tiempo que el fuego tocaba sus blandos tallos. Las chilcas explotaron desde adentro. Mis espinas no… Las espinas de la ceibo se ablandaron y las sentía hervir desde el interior. Acá-ë, Urupianga. Agua. Agua. Por favor. Entonces la oyó llegando desde el sur… suavemente.

Fuimos sombra, firmeza y reparo,
permitimos anidadas y descansos.

El aliso está cantando la canción de la muerte, no… ¡Mamá!… ¡Acá-ë, Urupianga! Vengan. Entonces el viejo sauce acompañó con la misma canción el murmullo de su amigo de madera blanda. La ceibo vio la pollona negra, pelada, que salía caminando de las llamas y moría chamuscada a sus pies.

Te hemos guardado, aire, en nuestras fibras,
te hemos amado, sol, con nuestro verde.

Nooo… Nooo… Nooo… ¡¡¡¡Noooooooooooooo!!!!

Y la pequeña ceibo dijo, a coro con sus dos eternos compañeros, en el momento en que las lenguas de fuego la vestían de ardor y muerte.

Saboreamos del vigor, la permanencia
y a la tierra devolvemos nuestras vidas;
a la sangre leve y dulce de este mundo
entregamos nuestra sabia.
y a la tierra de los padres devolvemos la madera.

Santiago del rio beni bolivia 15 de enero (2)

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Dentro de la casa seguían los dos muchachos de anoche. Les pregunté por qué estaban acá. Me dijeron que habían venido a ofrecerse a trabajar para la empresa. Estaban esperando que llegara el masca para hacer con él su negocio. Ahora entiendo: lo que necesitan es un préstamo, y se lo pagan trabajando para esta gente. Así se maneja esta mega empresa: te presto un montón de plata, te endeudo hasta el cogote, y después vos trabajás para mí y no le vendés la castaña a otro. Me acordé de los personajes que habíamos conocido: el que contaba chistes malos y el hombre que tenía las hijas lindas, todos ellos endeudados para por varios años, y llevándose a toda la familia a trabajar en la castaña. Estos muchachos estaban por firmar su pacto con Satanás. ¿Para qué querrán el dinero? Por qué no pueden organizarse y formar una cooperativa indígena y todos juntos vender la castaña a un mejor precio. No debe ser fácil.

Abrió un almacén frente a la casa grande donde habíamos pernoctado y fuimos de compra. Otra vez: compramos todo lo que entraba en la canoa. No había variedad, pero compramos mucho. Galletas, fruta, bolsas gigantes de la zafra. Salimos de la estancia y seguimos el viaje. Amenaza con seguir lloviendo. Esperemos que no.

Santiago del rio beni bolivia 15 de enero (2)

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Escribo acostado en la carpa de Arara.

Hemos cocinado quínoa y me ha caído mal. Tengo mucha diarrea. No sé si será la quínoa pero estoy súper descompuesto.

Salgo a remar un rato, pero enseguida tengo que colgarme de la bancada para defecar, y quedo enroscado en posición fetal por el dolor de panza.

Qué cagada…

A la tarde llegamos a la comunidad de Iberia. Fuimos recibidos por niños, que nos condujeron a la casa de un hombre viejo y respetuoso llamado Aníbal. Iberia es una comunidad muy organizada: un pequeño pueblo. Casi como Cabina. Tienen escuela, centro de salud, un grupo electrógeno que funciona todas las noches. Esa noche no era la excepción. Por primera vez en muchos días veíamos aparatos que funcionan con electricidad: una heladera que nos proveyó de mucha cerveza fría, una bombita que nos permitía ver todo el tiempo a la camba que nos atendía, que era nieta de Aníbal, el hombre que nos recibió, un televisor conectado a un reproductor de devedé y a un grabador de parlantes importantes que nos proyectaba música boliviana. Recuerdo año nuevo en Palos Blancos. Parece que hubiera pasado muchísimo tiempo.

Cenamos pez con arroz.

Había encontrado un rinconcito oscuro, a unos metros de la casa, donde podía ir a defecar cada vez que la diarrea me lo indicaba. Creo que ya debo estar cagando con sangre. Duele.

Santiago del rio beni bolivia 15 de enero (2)

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Cuando íbamos a proceder a armar las carpas para acostarnos, la camba linda que nos atendía dijo: ¿No van a ir al velorio? Tienen que ir porque murió un bebé y hay que acompañar a la madre.

Respetuosamente entramos a la casa donde se desarrollaba el ritual. Pasamos, nos sentamos en un banquito largo, llegó la mamá del bebé muerto y tomó cinco velas. Tienen que quedarse hasta que se apaguen, nos dijo una vieja que notó que nosotros éramos forasteros. Encendió las mechas y las acomodó junto al resto de las velas. Si fueran éstas unas Rancheras se acabarían rápido, pero veo que son de muy buena calidad… A ritmo que baja la cera estaremos acá toda la noche, o más. Sólo los niños estaban inquietos y entraban y salían de la habitación donde se llevaba a cabo el funeral. Iván Machado habló con una chica jovencita que era parecida a la mamá del angelito muerto. ¿Por qué el cadáver no está aquí? Porque el bebé murió en Riberalta, hace nueve días. Por lo que entendí en la conversación que mantuvieron, el niño muere y se celebra el funeral una semana después, durante ocho días. Al mes vuelve a celebrarse y otra vez al año.

Con Paolo Cardozo elegimos de quién sería cada vela, y la mía no ha bajado ni un centímetro. La de él está rodeada por otra velas, y al calor que se remansa en ese sector hace que su cera se derrita más rápido. No puede ser. Cambiaría mi vela de lugar. Paolo Cardozo le da un suave golpe a mi rodilla, como diciéndome que va derecho hacia una victoria contundente.

En un par de horas ganaría. Yo deberé seguir acá hasta que amanezca, o tal vez más. El sol estará alto y yo seguiré esperando que la cera de mi vela se acabe.

Pero entonces el Consejo de Ancianos tomó una resolución. Iván Machado se puso de pie y encaró a la mamá del bebé muerto. Pidió disculpas y dijo que deberíamos retirarnos a dormir porque estábamos de viaje. Ella aceptó y nos fuimos de la casa.

…pero te iba ganando… habló Paolo Cardozo.

Armamos la carpa en un clarito de pasto corto, cerca de un pozo de agua con una canilla. Unos adolescentes charlaban debajo de un farolito encendido. ¿Habrán ido al velorio ose habrán hecho la chupina?

Iván Machado se queja dentro de la carpa del Consejo de Ancianos: le duele mucho la herida del machetazo.

Santiago del rio beni bolivia 15 de enero (2)




Art. 41. de la Constitución Argentina.

Todos los habitantes gozan del derecho a un ambiente sano, equilibrado, apto para el desarrollo humano y para que las actividades productivas satisfagan las necesidades presentes sin comprometer las de las generaciones futuras; y tienen el deber de preservarlo. El daño ambiental generará prioritariamente la obligación de recomponer, según lo establezca la ley. Las autoridades proveerán a la protección de este derecho, a la utilización racional de los recursos naturales, a la preservación del patrimonio natural y cultural y de la diversidad biológica, y a la información y educación ambientales. Corresponde a la Nación dictar las normas que contengan los presupuestos mínimos de protección, y a las provincias, las necesarias para complementarlas, sin que aquéllas alteren las jurisdicciones locales. Se prohíbe el ingreso al territorio nacional de residuos actual o potencialmente peligrosos, y de los radiactivos.
TAPA DEL LIBRO SANTIAGODELRIO Todos éstos están ahora atrapados en nuestro remanso costero:

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¡¡¡Seguimos adelante!!!

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Que nuestros humedales no sean transformados en una pampa ganadera.

Quema de pastizales

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Máxima del libertador

«Humanizar el carácter y hacerlo sensible, aun con los insectos que nos perjudican. Stern ha dicho a una mosca abriéndole la ventana para que saliese: —Anda, pobre animal: el mundo es demasiado grande para nosotros dos.»

José de San Martín.

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SANTIAGO GUARÚ DEL RÍO

LLAMADO A LA DEFENSA DE LA VIDA Paremos la matanza de animales autóctonos en nuestros humedales. Cambiá tu arma de fuego por un cámara de fotos, y ayudá a tu río a que ellos sigan con vida. Sin armas de fuego: Vuelve el Ciervo de los Pantanos a llenar de belleza al río. El Yacaré nos ayuda a controlar la población de palometas. El Lobito de Río otra vez se acerca a nadar junto a nuestras embarcaciones. El Carpincho deja de ser un animal de hábitos nocturnos, recupera su población mermada y vuelve a visitar nuestros campamentos a la luz del día. Sin armas de fuego paramos el depósito contaminante de plomo en aguas quietas. Sin armas de fuego dejamos un ambiente rico en biodiversidad de fauna autóctona a nuestros hijos. ¿Qué río querés vos? ¿El de un paisaje depredado o el de un ambiente rico en fauna? Ayudá a tu río. Recuperarlo es posible. Paremos la matanza de animales autóctonos.

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RSS Fotos silenciosas

  • Tierra de gigantes junio 5, 2014
    Originalmente publicado en NATURALEZA EN CASA:Hay quien no puede ver porque su preocupación está en generar dinero. Hay quien no puede ver porque su preocupación está en mantener nutridos a sus miedos. Hay quien no puede ver porque ha hallado su pequeña cuota de seguridad apegándose a los pequeños espacios ganados con esfuerzo. Hay…
    Maximiliano Leo
  • PUERTO LAS CUEVAS marzo 25, 2014
    Originalmente publicado en NATURALEZA EN CASA:En un discreto borde del gigantesco valle de inundación del Paraná, como una posta poblada en la delgada línea del agonizante bosque de barrancas, aparece la comunidad costera de Puerto Las Cuevas, allá en el este de nuestra gran comarca del agua. Desde allí partieron nuestros tres nobles navíos,…
    Maximiliano Leo
  • NDORÍ marzo 16, 2014
    Recorriendo en kayak las islas del alto delta del Paraná, entre las localidades de Rosario, Puerto Gaboto y Diamante. http://proyectovertientes.wordpress.com/ http://ciclistaviajero.com/ https://rioparana.wordpress.com/ http://puertogaboto.wordpress.com/Archivado en: Río Paraná, viaje, video Tagged: NDORÍ, purto gaboto
    Maximiliano Leo
  • Final del verano recorriendo las islas marzo 13, 2014
    Originalmente publicado en NATURALEZA EN CASA:Los humedales de la isla son el aire que respiramos, la fuente de trabajo de los costeros, la musa del artista, la arena y la arcilla de nuestra casa. Cada laguna, cada camalote, cada albardón es necesario. APRETÁ EL BOTÓN IZQUIERDO DEL RATÓN SOBRE LAS FOTOS PARA VERLAS DE…
    Maximiliano Leo
  • El Blog del Río Paraná en 2013 enero 16, 2014
    Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2013 de este blog. Aquí hay un extracto: El Museo del Louvre tiene 8.5 millones de visitantes por año. Este blog fue visto cerca de 290.000 veces en 2013. Si fuese una exposición en el Museo del Louvre, se precisarían alrededor de […]
    Maximiliano Leo
  • Imagen: EL MEJOR PARENTESCO. diciembre 25, 2013
    la confianza es el mejor parentesco
    Maximiliano Leo
  • ALGARROBALES DEL SUR SANTAFESINO diciembre 18, 2013
    Este bosque hermoso que atrae musas de poesía y música, sirve de refugio para aves que llegan desde el norte selvático a nidificar a nuestra tierra, da madera, da miel, da medicina natural en abundancia, da harina dulce, da tinturas oscuras para telas, da frutos, retiene al agua de las lluvias, guarda predadores que controlan las poblaciones de roedores pequ […]
    Maximiliano Leo

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nuestrorioparana@argentina.com

Decálogo de la Naturaleza

1 No tendrás otros dioses delante de la Gran Madre Naturaleza. Amarás con todas tus fuerzas a la Creación que te ha dado vida.

2 No te harás imágenes artificiales de las cosas que están en la tierra, o debajo de las aguas o arriba en los cielos. Dejarás los árboles donde están los árboles, las aves donde están las aves y las nieves donde están las nieves. No levantarás un bosque donde hay desierto o harás un desierto del lugar donde está el bosque.

3 No tomarás el nombre de la Gran Madre en vano. No repetirás frases como «Todo bicho que camina va a parar al asador» o como «Todo árbol es madera pero pino no es caoba».

4 Acuérdate de tus tiempos libres, para visitar los espacios naturales de la Gran Madre. Seis días trabajarás, pero uno tendrás para acariciar la creación que cada día te da el pan y el oxígeno para que tú y los tuyos puedan vivir.

5 Honrarás a la Gran Madre, para que tus días y los de tus hijos se alarguen en la tierra que te es nido. 6 No matarás a ningún animal salvaje, sino es para alimentarte cuando no tengas otra posibilidad o cuando el que lo haya matado gane, por esa vida muerta, el pan para sus hijos.

7 No cortarás el árbol ni mandarás a cortarlo, si primero no has plantado sus semillas en un lugar seguro, poniendo tu vida como precio por la descendencia de ese ser longevo de esta tierra. No tendrás mueble de madera lenta ni papel que no uses de las dos carillas.

8 No le robarás su pan a las personas que sobreviven por las criaturas de la Gran Madre: ni al pescador, ni al horticultor, ni al cazador, ni al tambero le robarás la dignidad de vivir como vive.

9 No mentirás diciendo que eres lo que no, y serás consecuente si vas a estar de este lado de la lucha.

10 No desearás el árbol, el pastizal, el agua, los animales, las nieves, el oro, los bosques ni el suelo del que ha ocupado la tierra antes que ti y que la ha mantenido sustentable por cientos de años.

http://rioparana.wordpress.com/

Cuando era chico me gustaba cazar a mí también, hasta que traté que una perdiz levantara vuelo para tirarle y, como no subía a pesar de mis pisotones al suelo, al acercarme me di cuenta que tenía cría abajo ... nunca más le tiré con algo a un ser vivo.»

Capitán Martín Burbuja.


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