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07
feb
10

Un cuento del AKU

El alumno

Muchas historias del río parecen encerradas en la nostalgia de un tiempo imaguaré, cuando los sapukais rompían el silencio del monte, o cuando el yacaré era el señor de los esteros. Aun así, y como es mi intención destacar, todavía se suceden maravillosas anécdotas que dejan entrever que el tiempo de la mística sigue marchando, que las letras chamameceras, las canciones y las leyendas litoraleñas, todavía tienen motivo de inspiración, si queremos que nuestra traza siga adelante.
Es cierto que las islas aún guardan misterios ocultos. Pero cada vez menos nos atormenta el llanto del crespín o las apariciones del carpincho blanco. Ocurre que las nuevas historias incluyen lozanas y renovadoras musas, muy distantes de aquellos mitos. Hoy, decenas de narraciones cantan al hombre perseguido que escapó de Coronda, a la venganza de las gatas peludas que avanzan río abajo, o al ecosonda que encuentra la silueta de un monstruo semienterrado en las profundidades del canal.
A pesar de todos estos cambios, la tradición litoraleña nos estimula a mantener vivas las letras de nuestros viejos poetas. Así, las «Monedas de Sol» de Chacho Müller brillan con el mismo esplendor de antaño, y la «Canción de Cuna Costera» de Linares Cardozo sigue durmiendo al gurí que sueña con ser pescador. Pero debemos saber que el nuevo hombre también ha llegado al delta, ha visto con sus ojos color cemento y, a golpes de aire puro, ha matizado también su río. Ahora distingue un curupí de un aliso, un remanso de una corredera(1), un moncholo de un patí, un dos hileras de un bandoneón. Las obras nuevas abren las puertas a quienes disfrutamos de la prosa y el canto, renacidas del puesto vacante que dejaran nuestros viejos poetas.

Esta vez, no sé si fue por voluntad o fuerza mayor, pero debí salir lejos y caminar hasta una laguna para buscar esa porción de misterio. Tuve que atravesar un albardón lleno de mosquitos y sauces, sortear los cardales secos, pasar por yuyeríos espinudos, enterrar las botas en el barro y, una vez sorteados esos obstáculos, por fin esperar. Ahí estaba yo… solo… con un telefonito celular en las manos y un paisaje gigantesco ante mis ojos —SIN SERVICIO—.
A lo lejos se veían enormes los puertos cerealeros y, detrás de ellos, un fuego que encendía con furia las nubes blancas del poniente —UNA RAYITA DE SEÑAL (pero está en modo analógico)—. Un poco más acá se acostaban los esteros interminables del paisaje islero.
Una garza mora apareció entre los pastos, dio varias vueltas por la zona y se perdió detrás de unas arboledas —DOS RAYITAS (sigue analógico: lo apago y lo vuelvo a prender para ver si pasa algo)—. Una pareja de zorzales de pecho colorado se arrimó a la escena, curiosos del ser humano que apretaba botoncitos, al tiempo que revisaba el fondo del agua, caminando con cautela y blandiendo su machete —HOLA, DULCE (el saludo inicial de mi teléfono)—.
—¿Serán taruchas o sabalitos? —Algo se movía entre los camalotes. El río, aunque mostraba unas leves subas por aquellos días, estaba pronto a bajar y estos charcos no tenían salida—. Si los agarro con el machete van a la fritanga; total… igualmente están condenados… que los coma yo o los caranchos… —Me lamenté de no tener una fija(2) en ese momento— DIGITAL, CON UNA RAYITA (capaz que tenga suerte).
Me di cuenta que eran sábalos, los de lomo negro, y no eran tan chiquitos.
—A ver si llego —pensé.

Caía la tarde y la mosquitada se hacía cada vez más insoportable —DIGITAL, CON DOS RAYITAS—. Cada vez estaba más cerca del animal.
—Ya te tengo. No te me escapés, por favor —estaba tan cerca—, que te aso ahora mismo. Te veo y me hace ruido la panza.
Aguanté los mosquitos, que ya tenía de a docenas en el rostro, elevé el brazo que empuñaba el arma y preparé el golpe certero. Elegí el lugar exacto donde iba a dar machetazo: entre la branquia y la aleta pectoral.
—Ahí voy —pensé, pero entonces ocurrió:
—TI TI TI TI TI TI (¿eh?) MENSAJE RECIBIDO.

El sábalo se ahuyentó con el ruido. ¡Se fue!
—¡Ay! Se escapó. ¡Qué odio! ¡Qué tremendo mi fastidio! —vociferé insultos en cantidad; por supuesto, dije groserías mucho más fieras, pero me da un poco de pudor repetirlas en este momento, que lo cuento en frío.
Después de aventar los mosquitos miré al aparato culpable de la fuga del pez.
—LEER (decía la pantalla, haciendo referencia el nuevo mensaje que había receptado) —mis sensaciones en aquel momento se parecían a una mezcla de bronca e intriga—. ¿Será de ella? —como por arte de magia, la totalidad de mis exasperaciones se volvieron sosiego y puras ansias.
El sol que se alejaba y la luna que asomaba al este, miraban, rojos de celo, cómo mis ganas de leer el mensaje tan esperado hacían temblar las puntas toscas de mis dedos callosos, buscando desesperados en el pequeño aparato las respuestas a los grandes sigilos de la juventud.

Nota de Facundo Santoro, censurada luego por Juan Olivera cuando la historia se publicó el la página oficial del la escuelita de canotaje: «supongo que, si el Señor me lo permite, años más tarde y al releer estas líneas, encuentre poco oportuno creer que Paolo utilizara de forma atinada la palabra juventud para identificar el momento donde el amor se presenta como un misterio por el cual nos enfermamos, hacemos humillantes manifestaciones públicas o, por el contrario, nos hacemos de la fortaleza para prescindir de casi cualquier cosa que no se parezca al placer de ocultarse en los ojos cálidos de la mujer amada. De lo contrario, si entiendo que juventud es la palabra acertada donde se encuadra el misterio del amor, entonces mi vida habrá dejado de tener sentido, igual que la de todos ustedes. Seguramente, si aún permanezco con vida: si aún no he cometido un suicidio, me hallaré llorando entre las sombras del muchacho que fui en este pasado… que fui en este presente que se me habrá vuelto tan lejano.»

Mis ojos se llenaron de regocijo al ver las letras oscuras en la pantallita verde:
—QUÉ CALOR EN ROSARIO. TE EXTRAÑO MUCHO. CONTAME QUÉ ESTÁS HACIENDO DE LINDO.

Volví al campamento. Habían hecho fuego y estaban, como dijo don Julio Migno, «vistiando de humo las mosquitadas». Lo abracé al profe Juan y le comenté que mañana íbamos a hacer fijas con troncos de aliso para ver si agarrábamos unos sábalos. Me miró desconfiado y retrucó:
—En esta escuela no matamos peces ni cortamos árboles.
Igualmente le agradecí. Los ayudantes del profe (que en realidad habían ido al raid a tomar vino y a jugar a las cartas) rieron al ver la escena. Esa noche los oí: recordaron con Juan cuando robaban armados en los espineles de los pescadores distraídos, y cuando, a golpes de machete, desmontaban alisales enteros para armar aleros contra el sol y benditos(3) para repararse de la lluvia.Segunda nota de Facundo Santoro: «Durante un asado en una guardería para kayacs, yo escuché a Paolo Cardozo relatándole esta historia a los integrantes viejos del Círculo Rosarino de Canotaje. Recibió aplausos y ovaciones.»

BIENAVENTURADOS LOS QUE ELIGEN AL CIELO COMO TECHO Y A LA TIERRA COMO NIDO.

Referencias.
1 Corredera: agua desplazándose de forma veloz por un cause angosto o en las proximidades de una barranca.
2 Fija: lanza que se utiliza para chuzear en las lagunas claras o en bancos de arena. En las márgenes del río Teuco o Bermejo, los wichis y los tobas la utilizan aun en las aguas oscuras, haciendo lanzazos ciegos desde la costa, pues la falta de acopiadores de pescados (cerdos empresarios: en Victoria, cerca nuestro, tenemos varios ejemplares de esta basura) permiten la abundancia ictícola.
3 Benditos: rancho muy precario. Por lo general, hecho a partir de un travesaño, desde donde se descuelga sólo un nailon a dos aguas.
21
ene
10

El arroyo

Desembocando en el Paso de los Marinos, a la altura de la comunidad de Villa Gobernador Gálvez, se encontraba un pequeño arroyo que los isleros solían llamar «Arroyo de la Caminata». Ahora: tapiado[i] por causa de la disminución del caudal que generó el terraplén de la conexión vial Rosario-Victoria en esos cauces.

Entre los paisanos de aquel lugar, se cuenta una historia misteriosa. Hay quienes la refieren a la magia del lugar, como un sitio reservado a Y Jara, dios de las aguas. Los más necios, por el contrario, prefieren relacionarla con la desaparición de Juan Errecalde, quien se batiera a duelo de cuchillo con Cristiano López, comisario de Diamante: matándolo y volviéndose prófugo, dicen, internado en la clandestinidad de la que por varias décadas le preservaran los montes isleros.

Cada curva de este arroyito escondía otro recodo serpenteante, alternando una y otra vez entre paisajes rodeados de lagunas, pequeñas arboledas, chilcales[ii] de agachadas y pajonales que a penas dejaban seguir la delgada picada.

El joven caminaba buscando la corriente de agua de donde naciera el arroyo y, por lo que imaginaba, no debía de estar lejos, pues su estrechez era un hecho, y su correntada denunciaba que llegaba de un cauce mayor y cercano. Caminó, caminó y siguió caminado. Algunas veces tuvo hambre y se alimentó de alguna tarucha[iii] lagunera, otras veces tuvo sueño y buscó lugares con gramón para echarse, allí se cubrió con su poncho pampa. Pensó en su abuelo que lo esperaría en el campamento. «Seguramente ya tendrá ganas de que vuelva para regresar a su casa. Yo llego al final del arroyito y también me vuelvo. Él sabe que a mí me gustan estas cosas».

Después de mucho tiempo de caminar y mirar sólo el arroyo, encontró un niño que tiraba el anzuelo de su mojarrero al agua, al costado del cauce y esperaba paciente que la boya de corcho se hundiera: entonces tironeaba y volvía a encarnar el anzuelo.

-Hola -dijo el caminante, feliz de haber encontrado la primera persona en tanto tiempo.

-Buen día -respondió el pequeño-. Es la primera vez que veo a alguien por acá. Pensé que yo era el único que conocía este lugar.

-Vine unos días de campamento con mi abuelo y sus amigos, que están en el río grande. Pero se la pasan tomando vino y discutiendo sobre personalistas y anti-personalistas[iv], yo salí a caminar un poco.

-¿Su abuelo? -miró asombrado el niño-. ¿A su edad todavía se puede tener abuelo?

-Tengo nada más que dieciocho y, ¿por qué no me tuteás?

-¿Cómo que tiene dieciocho? -exclamó el pequeño-. ¡Mírese y déjese de decir barbaridades!

Se atormentó al ver que su cuerpo había envejecido. Contempló espantado sus manos, totalmente enredadas por el ñandutí[v] que formaban las venas azules.

-Algunos dicen que este arroyo no conduce ni viene de ningún lado. Pero veo que usted encontró una de las puntas.

-No puede ser… mi vida… mi familia… -desesperó el anciano, llorando desconsoladamente.

-Pobre… Anduvo tanto tiempo.

-¿Y ahora qué voy a hacer?

-Tanto tiempo anduvo por una sola huella.

-¿Qué voy a hacer? -siguió quejándose.

-Venga conmigo -dijo el niño mientras arrojaba al agua las migas que le quedaban-. Me cansé de pescar. Vamos hasta mi casa, ahí vivo con mi mamá. Debe estar cansado de comer siempre en la misma soledad. Verá que hay buena compañía en mi ranchito.

Remontando un sendero que moría en la costa, se alejaron del arroyo.

Los paisanos de los Marinos prefieren no andar de noche cerca del surco que aún permanece junto a aquel hilo de agua. Dicen que en los senderos de «la Caminata» todavía anda el niño que nos enseña el largo tiempo que hemos perdido solos.


[i] Tapiado: cortado el cauce de agua por el crecimiento de camalotes y canutillos.

[ii] Chilca: arbusto de tallo duro y recto que crece en las costas. Las vacas forman galerías por debajo de estas florestas.

[iii] Tarucha: tararira. Pez de las lagunas deltaicas y pampeanas que se esconde debajo de los camalotes, para acechar a su presa.

[iv] Personalistas y anti-personalistas: posiciones partidarias de la Unión Cívica Radical referidas, las primeras, a Hipólito Irigoyen y a Marcelo de Alvear las segundas.

[v] Ñandutí: tejido, anudada, tela de araña, formas que hacen las enredaderas abrazadas a los árboles costeros.

26
mar
09

De peces y enunciados

Primera parte.

 Al atardecer

Un día, después de todo ese estiaje que lo mantuvo encerrado y creciendo en su laguna, el pequeño bagre descubrió el arroyo y salió al río grande.

El universo ampliaba horizontes y los pequeños peces y renacuajos que poblaban la lagunita, ahora se volvían gigantes de bigotes largos, y escamosos brillantes que encendían las correderas cuando los cardúmenes remontaban el viejo río.

Siempre se supo el más grande y guapo lagunero, pero el pequeño hábitat se había vuelto vasto y confuso. Un enorme cachorro  lo persiguió en un pozo y, cuando buscaba alcanzar la costa, un dorado se interpuso en la carrera para comer a nuestro pequeño, y alcanzó a arrancarle la punta de su bigote izquierdo.

Como era su costumbre, antes para cazar y ahora para resguardarse, buscó amparo en una tapia de camalotes que encontró cerca de la costa, flotando y amarrada a un banco de arena y barro.

Río Paraná

-Ahí tampoco vas a estar seguro -le habló una voz que el pequeño no pudo reconocer-. Salí de las tapias -siguió explicando la criatura misteriosa- que en ellas habita la sigilosa y carnicera tarucha .

-¿Quién me habla? -preguntó el chiquitín, desorientado, pues la voz parecía llegar desde muy cerca, pero de un ser invisible.

-Estoy justo abajo tuyo  -y vio dibujarse un disco plano en el fondo que, girando, enseñaba su posición.    

-¿Quién sos? -se asustó el pequeño al ver la enorme criatura chata que arrastraba una cola larga y espinuda.

-Soy la raya a lunares. Acercate que a mí todos me temen y nadie te va a tocar.

Al alejarse de la tapia el pequeño bagre miró atrás, y vio los ojos de las taruchas que estaban pronto a devorarlo.

-Yo soy un gran cazador lagunero -se presentó el rescatado- pero desbordó mi pozo y por accidente me salí, y ya no sé cómo volver.

-Acá sos sólo un malanuncio, y por no tener defensa, sos presa fácil de todos los peces carnívoros. En el río abierto, para llegar a viejo, tenés que estar muy alerta y no caer en ninguna trampa. Cuando el agua sube los peces grandes migran hacia el norte y la ruta se llena de depredadores peligrosos. En el invierno las aguas bajan y todo se colma de palometas , que son pequeñas pero muy voraces.

-Quiero volver a mi laguna, donde estaba seguro y todos me temían.

-Nada es seguro ahora, amiguito. Tu pequeño madrejón -explicó la raya-, debe haberse llenado de peces voraces con esta crecida. Tranquilo. Acá vas a estar bien.

-¿Qué le pasó a esa otra raya que es tan fea? -el bagre vio a otro pez que también se arrastraba como su amiga- Mirá, tiene la boca torcida.

-Es un lenguado, no una raya, Ja, ja. Y ésos de allá son los diablitos. Son como vos, pero pequeños y con peligrosas puntas en sus aletas. Y acá viene otra amiga. No te asustes.

Peces

Una enorme silueta rompió la monotonía rojiza del río, al figurarse un bagre muy grande, armado con una coraza oscura, que arrastraba su boca por el barro. El malanuncio tuvo mucho miedo y se ubicó rápidamente junto a la chuza de su amiga a lunares.

-No te asustes, gurí -explicó la raya riendo-. Es la vieja del agua. Es mansa y le va a gustar tu presencia.

-Pero qué pequeñez tan dulce te has encontrado, raya. Hola, chiquitín -se sonrojó ante las palabras del bagre grande, para él todo resultaba muy confuso, de ser el gran cazador a ser la pequeña mascota del banco de arena y barro.

-Hola, señora -el pequeño se acercó, avergonzado, a la enorme acorazada.

-Ella dirige el Concejo del Aluvión -explicó la raya-. Mantiene alejadas a las taruchas que se pasan de la tapia, y lo corre al lobito de río que a veces viene a cazar acá.

-Vení, pequeño -habló la vieja del agua-. Dejala un rato a la raya y seguime.

La vieja del agua le presentó al resto de la comunidad: a la hermosa yarará que viven en el saucedal de arriba; a la tortuga que se asola en el curupí que una creciente arrastró hasta allí; a los siempre malhumorados cangrejos; al martín pescador que vigila desde lo alto; al dientudo loco, que cree que un día perderá su dentadura y se volverá sábalo.

-A ése -le recomendó la vieja del agua- no te le acerques mucho que la cordura se le ha ido. Y ésas son las mojarras -siguió explicando-: deliciosas, pero tenemos prohibido correrlas porque se espantan -el malanuncio suspiró apenado: él amaba perseguirlas un buen rato antes de devorar alguna-, y si escapan -continuó el bagre grande- se van junto a las tapias, y allí sabés que no entramos. Si tenés hambre, te les acercás con paciencia y sin armar alboroto.

Cangrejo

La vieja del agua también le enseñó los confines del aluvión:

-Río arriba hay barrancas, troncos, desmoronamientos y dorados. Hacia la playo está la costa: irrespirable por el agua caliente en esta época del año. Río abajo, si lográs pasar la terrible tapia, se encuentra la ensenada de un arroyo. Tal vez vos hayas venido desde allí.

-¿Y hacia la hondura? -preguntó el malanuncio.

-Hacia la hondura está el tenebroso lecho del río grande. El lugar más peligroso, y la ruta de los peces que migran al norte. Nunca se te ocurra aventurarte más allá el aluvión. Un chiquitín como vos no duraría nada. Y ahora -la vieja reanimaba al pequeño que tenía la mirada fija en la oscuridad de la hondura- ya conocés tu casa. Recorrela con cuidado y disfrutala.

Efectivamente, la vieja del agua fue acertada respecto del resto de la comunidad: los cangrejos, a pesar de su aspecto de fantoche y su andar gracioso, eran muy agresivos y enojones, y permanentemente peleaban entre ellos para arrebatarse las mejores piezas de alimento. La tortuga, por su parte, pasaba el día entero apoyada en el tronco del curupí con las patitas en el agua, cerca de la hermosísima yarará. Sólo de noche se sumergía para cazar algún diablito o alguna mojarra. El dientudo desconcertó al malanuncio:

-Cuando era chiquito -le dijo- aún no me habían crecido estas aletas lindas que tengo. Entonces yo era una anguila. Y de viejo se me caerán los dientes y seré un gran sábalo que migrará hacia el norte. Tú podrás ser una sanguijuela, y juntos nos iremos bien lejos de aquí.

Malanuncio prometió alejarse del dientudo, cada vez que lo viera cerca.

Tarucha

La rutina pronto lo aburrió y el aluvión se le antojó limitado y escaso de emociones. No se animó a dejarlo, pero pasaba días enteros observando desde el límite de la hondura cómo los gigantes viajaban, felices, hacia el norte y en grandes cardúmenes. El brillo de las relucientes escamas se reflejaba en los ojitos del pequeño, y era verlo solo y triste: una siluetita en el mundo quieto y barroso, y sus ojos dos estrellas frías que brillaban, resignadas, cada vez que los animales resplandecientes se atravesaban entre él y la hondura infinita. La herida en su bigote trunco ya había cerrado, y el dolor del bagre era sólo en su corazón.

Preguntó pero nadie en la comunidad, siquiera la vieja del agua o la raya a lunares, supo decirle qué era el norte, qué había allí y por qué pasaban y pasaban los gigantes de plata en un camino únicamente de ida.

Una tarde, cuando las lluvias ya habían calmado y al agua se había aclarado y enfriado, un enorme pez plateado se acercó al banco de arena y barro, persiguiendo a unas banderitas que se habían aventurado más allá de lo playo. Llegó junto al malanuncio y éste se sorprendió de ver tan cerca a la criatura más hermosa que jamás pudo imaginar: grande, estilizada, sin bigotes, de perfectas escamas brillantes adornadas con sanguijuelas, con una dentadura brava y prolija, de ojos grandes y perfectamente redondos.

-¿Quién sos? -preguntó por preguntar el bagrecito, sin imaginar que tan bello animal le dedicara siquiera una mirada.

-Buenas tarde, bagre pequeño -respondió para sorpresa del malanuncio-. Soy la boga -y agregó-: la dama de la corredera.

Las estrellas distantes en los ojos del bagre se volvieron dos luceros grandes y claros.

Plantita lagunera

-¿Hacia dónde vas? -insistió.

-Al norte.

-¿Qué es el norte?

-El norte… -meditó un segundo la boga-. El norte es grande y no es sólo uno.

-¿Cómo es eso?

-Hay un norte de montes y empalizadas. Hay nortes muy lejanos que son muy altos, más altos que el vuelo del tuyango, y fríos, que nacen del viento y la nevada. Hay otro norte gigante y lagunero, que las aves comparan con un espejo del cielo. Hay nortes de selvas y cascadas. Nortes con lluvias permanentes. Nortes con surgentes cálidos en el lecho. El norte es muy grande y son muchos.

El malanuncio suspiró.

-Pero no debo detener la marcha -exclamó la boga-, pues el grupo sigue y no espera. Adiós, bagre pequeño.

-Adiós, bella dama de la corredera -la alegría del malanuncio se hizo pequeña y grande la desazón de su alma. El alma de los animales es un carente de razones que sólo se manifiesta en conductas puras y honestas.

Pez

El malanuncio permaneció en silencio. El reflejo en sus ojitos se apagó cuando un camalote muerto a la deriva se enredó en la aleta de su lomo, volviendo lo que él veía verdoso río en su bajante, en una total oscuridad.

Cuando el rojo sedimento yungueño desapareció del todo, cuando la bajante tocó su punto máxima, la parte más alta del aluvión, que había quedado expuesta al aire puro, enseñó una linda alfombra de nuevos alisos. Todo seguía igual, sólo que la comunidad debía convivir más apretujada en el espacio reducido del banco de arena y barro.

Aquel día amaneció como de costumbre: la vieja del agua retó a un apretador que corrió las piabas hacia las tapias, la tortuga conversaba con la yarará hermosa sobre lo frío de ese invierno, los cangrejos peleaban por un huevo de paloma que había caído al agua, la raya a lunares corría a chuzazos a unas palometas que quisieron entrar al aluvión, y las tararitas asomaban sus dientes feos entre los camalotes esperando por algún distraído que se arrimara río abajo.

Malanuncio andaba desanimado, arrastrando su pancita amarillenta por la playura, cerca de los nuevos alisos, y entonces la vio: una deliciosa y ágil lombriz de tierra que, por alguna razón, cayó al agua. La raya a lunares vio al bagre arremetiendo y quiso detenerlo, pero fue tarde. El malanuncio tomó la presa escasa… la alcanzó, la puso en su boca, tironeó, le dolió… y desapareció del aluvión.

 Vida bella

Segunda parte.

 

         Ariel, el mayor de los hermanos Trevisanut, condujo a Kiara Osorio hasta Puerto Gaboto. El kayak de la muchacha viajó sobre el techo del auto.

         -Regreso a Rosario en una semana -explicó ella, y se perdió corriente abajo por un arroyo al que llaman las Cañitas. Al rato dio con un brazo del Paraná conocido como la Orzada de Nogoyá, donde se detuvo en un banco de arena para estirar un poco las piernas dormidas, y reanudó la marcha; hasta dar con una boca que algunos llaman de Piaggio, en el canal, a la altura de la boya 474. Allí la barranca daba tregua y podía encontrar una costa playa para bajar del bote: pesado entonces por la carga.

         Armó el campamento bajo unos sauces y juntó mucha leña para calentarse. Era julio, y le quedaban sólo nueve días para preparar su parcial de lenguas muertas europeas. Cuando alguna materia se le complicaba, buscaba la paz y el aislamiento de la isla para poder estudiar.

         Encendió el fuego, colgó la hamaca, se introdujo en lo que ella llama el «uniforme de islera», que consistía en botas de goma, pantalón bombacha y camisa de trabajo. Recogió su pelo, escondiéndolo en el gorro, y dejó su machete a mano. Se vestía de esa forma para no llamar la atención de los cazadores solitarios porque, como canta el negro Luna: «son todos buenos paisanos, pero el poncho no aparece». Pasó días frescos y noches frías estudiando de forma casi ininterrumpida pero, cuando llegó el quinto día, cansada de comer verdura y harina, removió la tierra con el machete, juntó algunas lombrices y encarnó su equipo de pesca. Aunque el lugar era playo, con un buen lanzamiento llegaba sin dificultades a la corredera.

Fuego

         Estuvo un buen rato distraída, entre el mate y su diálogo imaginario con los peces del fondo, persuadiéndolos a comer esa deliciosa lombriz. El río le dio un patí y, ya teniendo el alimento suficiente para hacer una rica olla, quiso probar suerte nuevamente. Preparó la carnada en el anzuelo y volvió a tirar pero, cuando daba el latigazo con la caña, la tanza se enredó en el aro de la punta y el tiro apenas si llegó a un par de metros de la costa, aún en la playura. Kiara le agregó yerba al mate y una pizca de yatay caá -marcelita – para amargarlo un poco más y, cuando iba a recoger el tiro fallido, vio que un pez muy pequeño venía prendido del anzuelo.

         Levantó la pieza para verla de cerca y el bagrecito morado de bigote trunco daba vueltas de trompo y se agitaba desesperado, sufriendo por el dolor del anzuelo atravesado en la boca, y por la falta de aire.

         Kiara Osorio quitó el anzuelo, miró una vez más al animalito y le dijo:

         -Ni para encarnarte…

         Y lo devolvió a su río.

         Los días le acomodaban el conocimiento y las noches junto al fogón desordenaban posturas e ideas. De día le recitaba las claras lecciones a una tortuga que se asolaba sobre un tronco semihundido, y de noche les injuriaba en latín y griego a los cangrejos, que no hacían más que pelear para quedarse con los restos de su comida.

         Al séptimo día consideró que ya estaba lista para volver a la ciudad y rendir el parcial. Se alegró de ver que, aunque la mañana estaba escarchada, un fuerte norte que se iniciaba la ayudaría a volver en pocas horas: tal vez en sólo cinco o seis.

         Cargó la pavita en el río y, cuando volvía hacia el fogón, encontró una enorme víbora yarará que yacía enrollada sobre el trasfoguero aún tibio de la noche anterior.

         Pobre bicho -pensó la kayakera-. Mejor me hago el fuego en otro lado.

         Guardó todo en el bote, sacudió el agua para alejar a la raya que se arrimaba todas las mañanas, y sobre su bote se alejó contenta.

 tortuga

Tercera parte.

 

         El malanuncio había desaparecido por tanto atajar las porquerías que derivan bajo la superficie. Casi no se movía y pasaba la lenta agonía de no ser, mirando a los plateados que sí eran y que remontaban el Paraná en brillantes cardúmenes.

         Hacía días que no comía. La raya a lunares y la vieja del agua trataron de animarlo pero él, sin ganas, les decía que estaba así por el fuerte dolor en la boca que le generara la herida del anzuelo, cuando fue pescado y devuelto. Siquiera encontraba ya emoción al ver las peleas de los cangrejos, ni se sorprendía del golpe del martín pescador cazando en las orillas.

Pero de pronto las cansadas y lejanas estrellitas de su mirada volvieron a ser dos luceros grandotes, igual que la vez en que lo visitó la boga. Un gigante jorobado y de plata se acercó al pequeño inmóvil.

-Malanuncio lagunero, ¿cómo estás? -habló el sábalo gordo.

-¿Cómo me conocés? -preguntó el bagrecito.

-Qué mal. ¿No te das cuenta todavía de quién soy?

-Sí -aclaró sin entusiasmo el malanuncio-. Sos un sábalo grandote que…

-Soy el dientudo. Ya se me cayeron los dientes, mirá -y abrió la boca-. Ahora soy un sábalo. Viste que yo tenía razón… y ustedes me trataban de loco.

De luceros, los ojitos pasaron a soles.

-Nos vamos al norte. Vine a buscarte.

-Pero… no sé…

-Sí, sí, chiquitín. Nos vamos.

-Pu… pu… ¿puede ser al norte de selvas?

-Sí, mi amigo; nos vamos a la selva… Volvete sanguijuela y agarrate de mis escamas que nos vamos.

Y una sanguijuela, feliz, se prendió entre las escamas del sábalo gordo.

-Sí… ya me agarré.

-¿Nos vamos?

-Sí. Nos vamos.

-¡¡Nos vamos!!

Y se fueron.

 pez

La vida del río es una, y son todas y cada una. Una que va, que pasa, que llega y nos llama.

La voz que nos llama es un solo pedido, de millones, que son sólo uno.

 

Cuarta parte.

 

Kiara aprobó.

Raya pez

21
feb
09

Fotografías

I

 

Le gustaban los días sin viento. Aprovechaba las madrugadas calmas, antes que el sol saliera, y buscaba el borde de esa laguna solitaria. Allí trepaba un árbol inclinado al agua y, al pasar los canutillos rojos, observaba su reflejo desde la altura.

Cuando ya fue hombre, cuando ya pudo cazar y tener su propia mujer, en el regreso estival de su comunidad a esos albardones, le pidió a su compañera que lo siguiera hasta su árbol infantil, hasta el lugar donde se había descubierto de cuerpo entero.

         Bordearon una laguna, cruzaron madrejones, atropellaron pajonales y, cuando el sol estaba pronto a asomar en el naciente, treparan al sauce que lloraba sobre el agua.  

         Se abrazaron y rieron. El joven le dijo: mirá, sos vos. ¿Te habías visto? Ella se sonrojó y se encontró más bella de lo que sus pares le habían descrito. Y ésa fue la primera fotografía.

 

II

 

         Laura Aznar disfrutaba el paisaje del arroyo; iba sacando fotografías mientras Iván Machado dirigía la piragua. Dejaron la embarcación donde las tapias prohibían el paso por agua, y decidieron seguir a pie para explorar esos parajes. Bordearon una laguna, cruzaron madrejones, atropellaron pajonales y, cuando el sol ya rumbiaba para su ocaso, treparon a un viejo sauce que se despedazaba sobre la pequeña laguna hacia donde estaba inclinado.

         Laura quiso seguir con el entusiasmo de su amigo, pero estaba cansada, picada por mosquitos y cortada por las pajas. Trató de poner la mejor onda a esa circunstancia, pero ella ya no disfrutaba, como en los campamentos anteriores, el andar por lugares inhóspitos y alejados. Se abrazaron arriba del árbol, y ella fingió una hermosa sonrisa. Laura, como todas las chicas hermosas, sabía cómo fabricar un gesto complaciente. Mirá el reflejo, alentó Machado, mirá cómo nos vemos. Sacá una foto. Mirá cómo sos.

         Sin prestarle mayor atención a la imagen aparecida del calmo espejo de agua, disparó la cámara y revisó la foto para ver si la poca luz la había vuelto borrosa o muy oscura. Y esto fue lo último que Iván Machado oyó de labios de la bella Laura Aznar: Ésa no soy yo. Me parezco a una india sucia. ¿En qué me convertí? Me voy, me vuelvo donde no soy feliz, pero soy más yo que acá. Acá me volví una india mugrienta llena de olor a off y a humo. Y se marchó. Aquélla fue la última fotografía.

         Iván Machado quedó observando cómo caía la noche y cómo la oscuridad borraba su reflejo lagunero. Laura Aznar ya no estaba. Había atropellado sola los pajonales, cruzado los madrejones y bordeado la laguna. Estaría acampando junto a la piragua o volviendo sola a remo hasta Rosario. Machado permaneció inmóvil, toda la noche, en cuclillas sobre el tronco, acompañado de un cuaco que dormía, y un urutaú que cantaba invisible desde alguna rama alta.

Fin.

Ver cómo se conocieron Iván y Laura.

04
dic
08

montaña (litoraleños que se fueron a las sierras)



as� eran las sierras cuando yo era niño
 
 Un viaje diferente a las Sierras Comechingones.
(NOTA. SI LOS TEXTOS APARECEN CON LA LETRA MUY PEQUEÑA, VAYA A LA BARRA DEL EXPLORADOR, APRETE EL BOTÓN DEL RATÓN DONDE DICE "PÁGINA", Y AGRANDE DESDE ALLÍ EL TAMAÑO DEL TEXTO)
LA MONTAÑA 
Vista desde el refugio
 
             Una brisa de ojos negros bajó hasta la cruz. Descansábamos, después de llegar a esa «cima con minúscula». 
             Cuarenta varones arriba de un colectivo. También nosotros cuatro, egresados de la promoción 1996 del colegio Politécnico de Rosario. Daniel —el abogado— nos invitó a este paseo organizado por la agrupación de Acción Católica donde militaba. Pipo —el historiador—, Polito —el niño de treinta— y yo —el re-escritor de monografías— estuvimos de acuerdo: Era algo que nos debíamos… tantos años habían pasado. Por supuesto: Pipo llevó escarapelas para repartir entre los pasajeros y choferes: era el Veinticinco de Mayo; y mi país recuerda a su primero gobierno patrio, en 1810.

              Después de desviarnos de Villa Ciudad de América, en Calamuchita, y pasar de largo el Potrerillo de Garay, llegamos a una comuna llamada San Clemente, bajo las sombras orientales de las Altas Cumbres.

            Una de las habitaciones pequeñas del refugio, dentro del bellísimo parque, sería la morada para nosotros cuatro. Primero hubo que bajar el bartulaje del micro: cajones con tomates, lechuga, cuatro heladeras de telgopor llenas de hielo y carne, bolsas con cebollas, cien botellas de vino, una garrafa, dos tablones, cuatro caballetes, veinte sillas de plástico —¿tanto entra en un colectivo de piso y medio?—, diez bolsas de carbón, etcétera, etcétera.

             Cuando por fin todo estuvo en orden, salimos a caminar por un arroyito de aguas claras hasta la confluencia de más abajo, allí donde acaba el terreno del modesto complejo. Salame, queso y vino: la picada. Mis amigos se acostaron a dormir la siesta sobre una piedra iluminada por un sol tibio y acogedor, y yo me alejé por una angosta traza, más allá de la confluencia de los arroyos. Pasé un pinar —más allá del impacto para el medioambiente de este monocultivo, qué bonito es su alfombra roja, intercalando piedras sobresalientes y piñas semienterradas—, me acerqué a un caserío, donde un perro enfadado me señaló que allí no seguía la huella —¿cómo hará el cartero para hacerle llegar los impuestos a esta familia?—.

        Volví a cruzar el arroyo —ya eran uno, después de la confluencia—, luego salté una pirca[i] y ascendí al morro desde donde podía observar todo el paisaje. Permanecí sentado junto a una cantera de mica[ii] y me detuve a contemplar el valle. Estaba tranquilo, a pesar de las pinchaduras de las semillas del amor seco que lograban atravesar las medias. Subí un poco más. Vi unos postes con sus respectivos cables y supe que allí estaba la ruta. Regresé hasta el pueblo haciendo dedo. Una camioneta me cargó sobre su caja. Cuando llegué al refugio, me enteré que uno de los hombres de la expedición quiso organizar una búsqueda para después de almorzar, con el fin de encontrarme. 

           En la noche helada descorchamos vino, fumamos, nos dejamos quemar la retina por la brillante luna creciente —ese mes habría luna azul[iii]—, observando cómo sus tonos de blancos, celestes y negros, contrastaban con las rojas brasas de nuestros cigarros —Por entre los «pinos» se ven, de lejos, los tucu tucu de los cigarros (Perdón maestro don Ata, pero me era inevitable citarlo[iv])—. Qué hermosa noche.
              Su avío tangible fue puesto junto a la piedra donde descansaba. Su bagaje interior: reinterpretado en las toscas figuras de la piedra alta… del agua que va chocando bajo las quebradas.

 
          El fuego calmo enseñó la helada. Primero unos arreboles y luego un rostro límpido, tímido, apenas desperezado. Amanece. El trasfoguero será avivado para calentar la pava.

             Mientras observaba el humo suspendido en el aire, recordé las mañanas de invierno en la isla: el humo del fuego que calienta la pava y queda quieto sobre el río, que viaja decenas de metros desde la barranca para permanecer inmóvil, en un momento, sobre el agua; recordaba los amaneceres en el sur, suspendiéndolo sobre los lagos; en el Chaco, escapando hacia el Bermejito; en el norte, coronando los altos cardones. Acá, parecía un fantasma avanzando paciente sobre la escarcha; lentamente acercándose hasta la cabaña donde todavía dormían mis compañeros.
 
           El espíritu de la madera —el humo— se filtró por la puerta, despertando así a mis amigos urbanos. Pobre Daniel: la bolsa de dormir le daba claustrofobia, y no podía más que utilizarla como manta. Y… ¡Ay de Pipo!, que me escribió un ensayo sobre los últimos días de Marco Antonio[v] para justificar el miedo que le generaba venir a las montañas. Pues si Marco, con toda su gloria y fama, tuvo temor en sus últimos días, ¿qué le esperaba a Pipo, en las enormes montañas, quien se reconocía menos que una rata de ciudad? Polito, en cambio, parecía el más curtido de los tres: me contó que estaba aprendiendo equitación y que el mes pasado había participado en la pialada de una yerra. 

             Nota del compilador: «según Daniel Gramaccini, el abogado, miente el autor al decir que fue él quien se despertó primero. A Pipo, expuso en su argumentación, le agarró un ataque de locura y felicidad esa mañana, levantándose eufórico al sonar la alarma de su celular, que tenía la melodía de la marcha centralista. Nos sacudió a todos, me dijo, al compás de la musiquita. Después abrió la heladera apagada que usábamos de armario, le pego un trago a la botella de ginebra, nos destapó a todos —a los chicos, que estaban dentro de las bolsas de dormir, les abrió el cierre; a mí me revoleó la manta para el suelo— y salió corriendo por el campo, dejando la puerta de la habitación abierta. Además, agregó Gramaccini, éramos cinco en la piecita, no cuatro.

             Yo por mi parte, no creo que el autor le esté faltando a la verdad. Creo que es una costumbre muy frecuente en los escritores, el volver las situaciones más románticas y armoniosas cuando los matices del texto así lo disponen.» 

            Buenas noticias: empezaríamos el ascenso a las cumbres. Malas nuevas: en el año 2000, estas personas intentaron acarrear una cruz de metal hasta la cima de uno de los cerros. La lesión de uno de ellos, a una hora de alcanzar la cúspide, hizo convencer a los peregrinos de que la cruz quería quedarse en dicho lugar.

             Allí la plantaron. Pero las inclemencias del tiempo y de las personas intolerantes la deterioraron. Ahora había que ir a arreglarla, y era necesario subir —¡qué desgracia!— un generador de energía eléctrica, para poder utilizar un taladro —mi papá tiene un taladro a pilas muy liviano—. La idea fue de un tal Dani, tocayo del abogado, al que teníamos entre ojos: nos había despertado varias veces arriba del micro, y nos hacía bromas todo el tiempo. Con esto se había ganado todo nuestro odio y sed de venganza.               
           Ella no me observaba. Tampoco hablaba con el resto de sus compañeros. Estaba cansada. Por lo que alcancé a oír, su grupo venía bajando desde la Quebrada del Condorito, a muchas horas de caminata desde nuestra «cima con minúscula».

             Nos desviamos de la ruta ripiera, tomando una huella para autos entre un monte de álamos, pinos y eucaliptos. Los últimos hielos de la helada desaparecían y el sol, que tomaba fuerza, pintó de rojo las laderas de los cerros. 
            El generador, llevado al hombro por cuatro hombres dentro de un bolso de arpillera que colgaba de dos caños paralelos de tres metros cada uno, se acercó hasta mi grupo y preferí acelerar la marcha para evitarlo.

             Me arrimé a Juancho, el guía, con quien me puse a conversar. Me aclaró que el frutito del crateu, una planta espinuda, no es venenoso, como amedrentaba mis padres cuando de niño me traían a vacacionar a las sierras: apenas compramos la video-casetera, me hizo creer que los chicos de «la Laguna Azul» se suicidaban con el fruto del crateu al final de la película.

             Juancho me nombró animales y plantas; me explicó que a la colita de zorro, allí le llamaban cortadera. Me explicó cómo distinguir un tala de un molle, a reconocer la peperina y el romerillo, y a no confundir un cóndor por un jote. Uno de los viejos que iba en la caravana, recuerdo, cuando yo les advertí a todos que sobre nosotros planeaba un cóndor, me gritó que eso era un jote, humillándome delante del resto de la peregrinación. Él supo que era un jote porque «apareció muy rápido», todavía no estábamos cansados: el cóndor, imagino según su pedantería, aparece en lugares más inaccesibles y exclusivos. Viejo pelotudo: el animal era un cóndor. Juancho, el guía, me dio la razón.

            Me tocó cargar el generador cuando se iniciaba el faldeo de la montaña. Rápidamente dejé de disfrutar el paisaje, y sentí mis hombros doloridos. Pasamos una tranquera, media hora más adelante, y abandoné la carga. Entonces hacía calor. Escondimos el excedente de ropa detrás de unas rocas. Yo me eché en el suelo, cansado, a ver cómo el cóndor nos observaba desde lo alto. ¿Me habrá visto tirado en el piso? Debe estar contento… ilusionado de que pronto moriré. Ya debe imaginar lo sabroso de mis entrañas aún calentitas. Maldito generador. Bebí un largo trago de agua, y un pequeño sorbo de la ginebra de Pipo.
               Volvió a cargar la mochila. Nosotros también. ¿Saldríamos juntos? No, el encargado de la congregación decidió que partiríamos antes. Al pasar junto a la joven sentí interrumpido el olor a yuyos. Perfume. Y otra vez la montaña. El olor a pasto. Ahora bajaríamos por un despeñadero hasta alcanzar el río que corre en el fondo del cañadón.

               El río de abajo dejó oír sus aguas correntosas. Deberíamos bajar hasta el final de la quebrada, cruzar el cauce, y subir el gran despeñadero hasta la cruz, que ya se veía desde donde estábamos ahora. Polito conversaba con Pipo. Hablaban de las criaturas misteriosas que habitan las montañas: según ellos, hombres-topo montañeses que atacan en grupo por las noches, y sirenas travestidas que habitan entre las heladas aguas de los arroyos cordobeses. Yo recordaba las historias que me contaba mi abuela —la Oma[vii]— de Villa General Belgrano. Nunca te duermas, me decía, debajo de un molle: te despertás flechado. Eso es por un antiguo derramamiento de sangre india a manos de un español de la conquista. Rodrigo de Soria —todavía recuerdo los nombres que mencionaba la Oma— conoció a la bella indiecita Mishki, que estaba enamorada de Alimi, el hijo de un cacique Comechingón. Rodrigo intentó seducirla, pero ella lo negó. El español, humillado, optó por raptarla. Cuando Alimi intentó rescatarla, una noche, fue descubierto por Rodrigo, quien decidió, impotente por no obtener nada del amor de la doncella, sacrificarla con un sablazo en el corazón antes que saberla feliz al lado de un jefe indio. Fue debajo de un molle que se realizó la matanza. Desde ese día el molle está ofendido, atacando con urticarias y crisis asmáticas a quienes busquan amparo bajo sus sombras. No es la leyenda más bella que haya oído —en realidad, una de las menos atractivas—, pero es más interesante que la referida a la Novia de la Laguna, la dama fantasma que aparece en los atardeceres, en la laguna que se encuentra en la cima del Champaquí, a unas pocas leguas del lugar donde nos encontrábamos entonces. Los cuenta-cuentos cordobeses no tenían mucha imaginación. 

             Alcanzamos el río. El generador cruzó con mucha dificultad entre las piedras. La última media hora me la pasé hablando con nuestro archi-enemigo: Dani, el tocayo del abogado. Me contó que él fue el constructor de la cruz de fierro —siguió alimentando mi fastidio— y que fue él el de la idea de subir con el grupo electrógeno para arreglarla —¡odio!—. La cruz se veía muy claramente —torcida y con los tensores sueltos— desde ahí abajo. Me dijo que su padre, ya fallecido, fue quien lo ayudó a fabricarla. Por qué no de bambú, le pregunté. Porque soy herrero, me respondió y agregó, mi padre me enseñó ese bello oficio. Después de oír esas palabras, mi odio se fue apaciguando. 

           Me ofrecí a subir el grupo electrógeno por el despeñadero. En las picadas angostas no podía subirse de a cuatro personas: era acarreado solamente por dos. No me dejaron llevarlo, la última parte estaba reservada para los miembros más importantes de la comunidad católica: ellos debían llegar con toda la gloria; nosotros sólo éramos «los invitados». 
            Una vez alcanzada la piedra donde estaba la cruz, nos alejamos hasta un cañadón para estar más tranquilos, sin el ruido del motor que acababa de arrancar. Treinta y seis ayudando a erigir nuevamente su cruz; cuatro apartados, tomando vino y comiendo un sándwich, observando cómo nuestro gigantesco amigo alado se adueñaba de las térmicas, que abundaban en el calor de ese mediodía. ¡Qué lugar! A cada paso, las perdices huían de nosotros en un aleteo que estallaba violento y sorpresivo. 

            Encontramos el reparo del ruido y del viento detrás de una gran roca.
              Detrás de mí, sentía la presencia de los ojos negros, siempre manteniendo una breve distancia de la peregrinación masculina. Intenté retrasarme, ganar algunos metros, pero el escarpado descenso, pisando todo el tiempo los pastos patinosos sobre la delgadísima huella, hacía muy dificultosa la marcha: no había espacio para dejar pasar a otros. Detrás, seguía sintiendo su presencia. 
              Todos nos congregamos alrededor de la cruz cuando por fin estuvo reparada. Dimos las gracias al Señor de las piedras y las montañas y, no entiendo del todo la razón pero, algo raro escuchó en nuestras plegarias: de la cima del cerro se divisaron siluetas humanas. Confundidos por la luz del sol que nos daba en la cara, distinguimos otra caravana de personas peregrinando, al igual que nosotros, por las montañas. Venían en dirección opuesta, desde las Altas Cumbres: del otro lado del valle.

            Tremenda y macabra la obra del destino: era un grupo de mujeres. Sólo ellas: seres de ese sexo misterioso y bello… de esos temples cifrados y puros. Ellas se acercaban lentamente. Nadie hablaba.
             Ellos, mudos. Ellas, mujeres. 
           La que hacía las veces de guía avanzaba adelante, a paso firme, volteando a cada rato para ver la marcha del resto del grupo. La «cacica amazona de la montaña» vestía un sombrero de cuero quemado, camisa de algodón, bombacha de grafa, zapatillas de cuero con suelas altas y un bastón de pino, que había ido descortezando a lo largo de la caminata. 
            Observé a los anonadados varones. Se peinaban, se quitaban las semillas de amor seco, cambiaban las remeras transpiradas, sonreían nerviosos. Pipo se acomodó la boina, Polito se miró en un espejito que traía en la riñonera y Daniel, el abogado, apagó el cigarrillo. Yo usé el fondo de agua que quedaba en la cantimplora para lavarme la cara.

             Detrás de la «cacica» llegaba el resto de las mujeres; dejaron la fila india, volviéndose un pelotón desordenado y ansioso —imagino— por llegar al descanso, después de la gran cantidad de horas que debió de estar caminando. Entonces alcanzaron la cruz. Adolescentes, adultas, preocupadas algunas, atléticas otras, agotadas en general. Todas con sus mochilas al hombro. Llevaban carpas, aislantes y bolsas de dormir. Sí que hacían una gran caminata. Nosotros, en cambio, sólo alcanzamos la «cima con minúscula». Maldito generador.
             Compartieron con nosotros el minúsculo altiplano, antes de encarar el violento descenso por el despeñadero de los pastos patinosos. Polito, con sus zapatillas de lona, resbaló varias veces mientras ascendíamos, cayendo, una de éstas, varios metros por el faldeo.

             La sombra de la montaña nos cubría. Observé los últimos rayos de sol que disparaban, en línea recta, desde las imperfecciones hondas en la silueta del filo más alto de la montaña. Fue cuando definí entre la tosquedad de las piedras quietas una última criatura en movimiento. Un viento helado comenzó su descenso desde el mismo lugar donde llegaba ella: la chica que iba haciendo punta al final de la caravana. 
              Una brisa de ojos negros bajó hasta la cruz. 

             Nota del compilador: «Daniel Gramaccini, el abogado, llora de la risa al oír estas palabras que le leo. Dice que son sólo mentiras. Ojo que reconozco que en el otro grupo había una morochita linda, me dijo, a la que los viejos no le sacaban los ojos de encima. Y para colmo, rió Gramaccini refiriéndose nuevamente al texto, el guía de ellos era un tipo, no una mina.»
             La joven de ojos negros, la última en llegar, de transpirada musculosa de ribb blanca, de babucha negra y de zapatillas deportivas, se acomodó, separada del grupo, apoyando su espalda contra una roca plana. Se abrigó con un poncho color «raíz desnudada de espinillo en una barranca que se erosiona», y ahí permaneció. Ojos cerrados… Respirar suave…

            Los viejos jesuitas se mezclaron con las amazonas veteranas y entablaron un diálogo pacífico. Los jóvenes, en cambio, un poco relegados, trataban de entrar en la conversación bajo el amparo de las alas de los temas que sacaban los mayores. Yo preferí detener mi atención en la última caminante. Los lacios cabellos, negros como sus ojos. La tez, blanca como un cúmulo solitario de nube. El poncho, escondiéndola del frío de mayo. Cansada, le pregunté. No, me respondió; me duelen, sí, los hombros… mucho; pero ya estamos por llegar a nuestro campamento. 
            De pronto sentí una mano que se apoyó en mi hombro. Una mano grande, de un hombre. Y un caño gélido que tocaba mi chicha —la parte de la espalda que tenía descubierta— justo sobre la cintura. Era Dani, el soldador, con su «hijo de metal» en la bolsa de arpillera. Qué hacés con la espalda al aire, rió, con el frío que hace ahora que baja el sol. Agarrá los caños, seguía riendo, que te toca cargarlo a vos y a Pipo. Pipo, definitivamente, fue a quien hallé al final de las barras paralelas.

             Quise seguir hablando con la muchacha de los ojos negros, pero entonces los líderes de ambas caravanas pidieron la palabra. Maldito generador. Llegaba el momento de bajar. Nuestro líder —negativo— y el de las amazonas —bellísima— decidieron que lo mejor sería que los varones, que cargábamos con el nefasto artefacto, bajáramos primero; así, pues, en caso de un accidente, éste caería por el despeñadero sin ocasionar una avalancha de seres humanos. Juancho, el guía —no el líder, aclaro—, se rascaba la cabeza: seguía asombrado de que hubiésemos cargado hasta allí con ese peso inútil. El generador comenzó el retorno. 
            La bajada fue tediosa y patinosa, caminando todo el tiempo por sobre los pastos amarillos que se aplastaban a la pisada, dejando para los que llegaban atrás una huella delgada y sin agarre para las suelas.

             Antes de alcanzar el río del fondo, llegó mi relevo. Dos jóvenes tomaron el generador por las barras, y yo permanecí sentado al costado del camino de pastos. Vamos, me pidió el líder de los varones. Estoy cansado, le respondí; ahora sigo. Los hombres seguían pasando y yo al costado, quieto, con la cabeza gacha, mirando los calzados que pisaban uno tras otros, de a pares simétricos reflexivamente. Pisadas inseguras, resbaladizas. Imaginaba que en cualquier momento cambiarían los talles y los sexos de las zapatillas. Habían pasado algunos segundos, cuando dos borceguíes negros se plantaron de frente a mis deportivas de cuerina. Vamos, me dijo el par negro con una voz que yo ya conocía: la de Daniel, el soldador. Estoy cansado, repitieron mis zapatillas sucias y llenas de abrojos prendidos en los cordones; ahora sigo. Te espero, me respondieron los borcegos. 

            Levanté la vista pero las mujeres estaban lejos. Maldito generador. Seguí caminando.
             Pronto dimos con el río del fondo. Otra vez el olor a peperina del cañadón. Allí descansamos. Cinco minutos, gritó el líder negativo. Me senté sobre una roca. Dani, el soldador, volvió a acercarse. Qué lindas que son algunas de esas chicas que vienen ahí atrás, me dijo. Sí, le respondí sin mirarlo a los ojos. 

            Cuando las mujeres nos alcanzaron, nuestra caravana se dispuso a salir. Desde abajo alcancé a distinguir a «la punta», la que llevaba los ojos negros, que aún caminaba por el despeñadero. Polito dijo que me apure. Dani, «el punta» soldador, volvió a quedarse a mi lado, hasta que yo tuviera la dignidad de seguir caminando. De nada serviría decirle que iba a permanecer allí, y que iba a bajar solo y más tarde. Él haría detener a toda la peregrinación por mi culpa. De nada serviría decirle que yo ya conocía esas montañas, y que sabía cómo guiarme aunque me alcanzara la noche. De nada serviría que le explicara que he pasado largas temporadas en las Altas Cumbres, acampando en varias de sus cimas. De nada serviría.

           Ellos querían ir todos juntos. Maldito generador; maldita inseguridad de los viejos éstos que se han pasado toda la vida delante de la radio y de la televisión; maldita inseguridad que los hacía temer por la suerte de Juancho, el guía, pues si a él le aconteciera un accidente estarían extraviados en el medio de la nada, tratando de llamar a Gendarmería con los celulares que, por supuesto, no tenían señal en el fondo del despeñadero. Si a Juancho le ocurriera una tragedia, reflexioné, querrían seguir a la líder amazona. Esta situación me sacaba de quicio, me volvía un salvaje; mi juicio no era el más lúcido en ese momento. Juancho podría resbalar… Podría ser empujado por accidente… Las mujeres me ponen así de nervioso, de ansioso. Quería dejar la caravana de hombres y quedarme con ellas. Dani me preguntó si ya estaba listo; si ya podríamos partir. Tal vez lo mejor sería hacer que Juancho, el guía, pereciera. ¿Qué estaba pensando? A Pipo lo veía tranquilo; a Polito también; Dani, el abogado, charlaba con un hombre gordo. Todos estaban serenos. Yo me quería quedar con las mujeres. Bajar con ellas.
             Me planté sentado en la roca. Ahora sigo, le dije a Daniel, el soldador. Te espero, volvió a responder. No me importó.

            Contrario a lo que yo pensaba, que las mujeres cargarían sus botellas y seguirían detrás de la peregrinación del generador, vi a la líder señalando y distribuyendo tareas. Algunas juntaban leña, otras limpiaban de piedras y yuyos a un claro más o menos plano, otras comenzaron desenrollar las carpas. Se quedaban ahí… ¡Se quedaban ahí! ¡A acampar! Acá debo quedar y no seguir, pensé. Noche de fogón y mujeres. Noches gloriosas, las mejores… Como en el ‘98, con Mariana: recuerdo cómo se consumía lentamente el troncazo de pino. Me recuerdo cruzando el río Los Reartes a medianoche, para poder alcanzar el camping donde acampaba ella. Casi se arruina todo con la crecida que había llegado ese mediodía; menos mal que para la noche el río había vuelto a la normalidad. Recuerdo a Guadalupe, en Mar Azul, cerca de Villa Gesell: arena, mar y luna. A Sandrita en Isla Verde, frente a Rosario. A Ivana, de Parque Sarmiento, en Carcarañá. A Franca, la mochilera, a orillas del lago Futalaufquen, en Chubut. A la hermosa Jorgelina, en el Charigüé. A Romina, en el Club Náutico de Diamante, a orilla del riacho de Las Arañas. A Francisca, en la noche puntana de Susques. Y Lorenza, la chica de la selva misionera. Mujeres, noche y carpa. Qué delicia del destino, de la incertidumbre.
             Hay que seguir, nos atrasamos. Esta vez le hice caso a Dani, el soldador. Levantando la mano, la de ojos negros me saludó de lejos. ¡No!

             Cuando nos alejábamos por la margen que nos devolvía a la comuna de San Clemente, volví la mirada y vi el humo que se suspendía en el aire. Otra vez el humo suspendido: el del refugio de la comuna, el del sur sobre los lagos, el del fuego de la pava sobre el río, el que corona los cardales, el que sube por el monte chaqueño de crespines… Oí una guitarra que rasgueaba unos acordes conocidos. Estaban tocando una canción de Joaquín Sabina. ¿Por qué no vi antes el instrumento?, me pregunté.
            Me duele la desesperación, dije al soldador.
             Cuando volvimos al campamento, horas más tarde —ya de noche—, el cielo se cubrió de nubes grises que taparon la luna creciente.

               Comienza a nevar ahora. Dani, el abogado, duerme, al igual que Pipo, el historiador. Polito, el que fue a una yerra, está en el salón con los demás. Se escuchan las risotadas desde acá: desde la pequeña habitación del albergue. La nieve es espesa y cubre todo el pasto en forma veloz. Allá arriba deben estar ellas, solas, tal vez los hombres-topo de la montaña las hayan invitado a pasar a sus cuevas. Tal vez la sirena travesti de los arroyos las esté observando desde el fondo del «río de abajo»… envidiándoles el fuego y el humo suspendido.
             Voy a morir esta noche. Me duele la desesperación.
FIN
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Los miembros saintterrienses emborrachan al guía de montaña, y al candidato a intendente de la Comuna de San Clemente, mientras afuera nieva. El camarógrafo sufre por lo que dejó allá en la montaña.
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 Pirca: cerco, en lengua quechua. Construcciones de piedra que se utilizan para separar los terrenos y evitar que los animales pasen de un lado al otro.
 Mica: mineral compuesto de hojas brillantes, transparentes y delgadas que se separan con facilidad y forman parte integrante de varias rocas.
 Luna azul: es cuando la luna se llena dos veces en un mismo mes.
 La pobrecita, de Atahualpa Yupanqui, canta estos versos entre sus estrofas: por entre los surcos se ven, de lejos, los tucu tucu de los cigarros.

Marco Antonio y Cleopatra, derrotados por las tropas de Octavio en la batalla de Actium, huyeron hacia Egipto. Marco Antonio, atemorizado por el asedio de Octavio en Alejandría, y creyendo que Cleopatra se había quitado la vida, se suicidó cayendo sobre su espada.
 Pialar: tumbar animales utilizando un lazo. En las fiestas, se la reconoce a la pialada como una actividad de destreza criolla.
 Oma: abuela, en alemán.





Art. 41. de la Constitución Argentina.

Todos los habitantes gozan del derecho a un ambiente sano, equilibrado, apto para el desarrollo humano y para que las actividades productivas satisfagan las necesidades presentes sin comprometer las de las generaciones futuras; y tienen el deber de preservarlo. El daño ambiental generará prioritariamente la obligación de recomponer, según lo establezca la ley. Las autoridades proveerán a la protección de este derecho, a la utilización racional de los recursos naturales, a la preservación del patrimonio natural y cultural y de la diversidad biológica, y a la información y educación ambientales. Corresponde a la Nación dictar las normas que contengan los presupuestos mínimos de protección, y a las provincias, las necesarias para complementarlas, sin que aquéllas alteren las jurisdicciones locales. Se prohíbe el ingreso al territorio nacional de residuos actual o potencialmente peligrosos, y de los radiactivos.
TAPA DEL LIBRO SANTIAGODELRIO Todos éstos están ahora atrapados en nuestro remanso costero:

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«Humanizar el carácter y hacerlo sensible, aun con los insectos que nos perjudican. Stern ha dicho a una mosca abriéndole la ventana para que saliese: —Anda, pobre animal: el mundo es demasiado grande para nosotros dos.»

José de San Martín.

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LLAMADO A LA DEFENSA DE LA VIDA Paremos la matanza de animales autóctonos en nuestros humedales. Cambiá tu arma de fuego por un cámara de fotos, y ayudá a tu río a que ellos sigan con vida. Sin armas de fuego: Vuelve el Ciervo de los Pantanos a llenar de belleza al río. El Yacaré nos ayuda a controlar la población de palometas. El Lobito de Río otra vez se acerca a nadar junto a nuestras embarcaciones. El Carpincho deja de ser un animal de hábitos nocturnos, recupera su población mermada y vuelve a visitar nuestros campamentos a la luz del día. Sin armas de fuego paramos el depósito contaminante de plomo en aguas quietas. Sin armas de fuego dejamos un ambiente rico en biodiversidad de fauna autóctona a nuestros hijos. ¿Qué río querés vos? ¿El de un paisaje depredado o el de un ambiente rico en fauna? Ayudá a tu río. Recuperarlo es posible. Paremos la matanza de animales autóctonos.

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    Maximiliano Leo
  • ALGARROBALES DEL SUR SANTAFESINO diciembre 18, 2013
    Este bosque hermoso que atrae musas de poesía y música, sirve de refugio para aves que llegan desde el norte selvático a nidificar a nuestra tierra, da madera, da miel, da medicina natural en abundancia, da harina dulce, da tinturas oscuras para telas, da frutos, retiene al agua de las lluvias, guarda predadores que controlan las poblaciones de roedores pequ […]
    Maximiliano Leo
  • MÚSICA PARA TAMBORES Y TORRENTES diciembre 10, 2013
    Los Meones salva al ñacurutú, los Meones sangra al manguruyú. Bajo los laureles helechos y orín, sobre los laureles llora y va el crespín.
    Maximiliano Leo

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Decálogo de la Naturaleza

1 No tendrás otros dioses delante de la Gran Madre Naturaleza. Amarás con todas tus fuerzas a la Creación que te ha dado vida.

2 No te harás imágenes artificiales de las cosas que están en la tierra, o debajo de las aguas o arriba en los cielos. Dejarás los árboles donde están los árboles, las aves donde están las aves y las nieves donde están las nieves. No levantarás un bosque donde hay desierto o harás un desierto del lugar donde está el bosque.

3 No tomarás el nombre de la Gran Madre en vano. No repetirás frases como «Todo bicho que camina va a parar al asador» o como «Todo árbol es madera pero pino no es caoba».

4 Acuérdate de tus tiempos libres, para visitar los espacios naturales de la Gran Madre. Seis días trabajarás, pero uno tendrás para acariciar la creación que cada día te da el pan y el oxígeno para que tú y los tuyos puedan vivir.

5 Honrarás a la Gran Madre, para que tus días y los de tus hijos se alarguen en la tierra que te es nido. 6 No matarás a ningún animal salvaje, sino es para alimentarte cuando no tengas otra posibilidad o cuando el que lo haya matado gane, por esa vida muerta, el pan para sus hijos.

7 No cortarás el árbol ni mandarás a cortarlo, si primero no has plantado sus semillas en un lugar seguro, poniendo tu vida como precio por la descendencia de ese ser longevo de esta tierra. No tendrás mueble de madera lenta ni papel que no uses de las dos carillas.

8 No le robarás su pan a las personas que sobreviven por las criaturas de la Gran Madre: ni al pescador, ni al horticultor, ni al cazador, ni al tambero le robarás la dignidad de vivir como vive.

9 No mentirás diciendo que eres lo que no, y serás consecuente si vas a estar de este lado de la lucha.

10 No desearás el árbol, el pastizal, el agua, los animales, las nieves, el oro, los bosques ni el suelo del que ha ocupado la tierra antes que ti y que la ha mantenido sustentable por cientos de años.

http://rioparana.wordpress.com/

Cuando era chico me gustaba cazar a mí también, hasta que traté que una perdiz levantara vuelo para tirarle y, como no subía a pesar de mis pisotones al suelo, al acercarme me di cuenta que tenía cría abajo ... nunca más le tiré con algo a un ser vivo.»

Capitán Martín Burbuja.


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